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El imperativo de la ayuda y la naturaleza humana

(Texto de Romano Guardini, académico, sacerdote y teólogo italiano [1885-1968])

Si se buscara una frase que expresara breve y claramente en qué se basan todas las formas de ayuda, individuales o de índole organizada, se llegaría a ésta: "Ahí hay una persona en apuro; por tanto, debo ayudarla". Simplemente así: por tanto; sin ulterior fundamentación ni demostración; como exigencia que surge del apuro mismo.

Quizá se preguntarán ustedes por qué hace falta decir esto en especial; puesto que es obvio. Pero ¿lo es realmente?

El día de hoy los llama a ustedes a una consideración: queremos intentarla dejándonos guiar por la máxima recién expuesta. Queremos preguntar si es realmente obvia; y con ello percibiremos toda una historia. Una historia de la Humanidad, que se ha realizado en lo más vivo de ella, o sea, en su corazón, y se sigue realizando, y afecta a todos los que se sientan llamados por la necesidad humana.

Entonces, ¿es obvia la frase que acabamos de hallar? Muchos dicen que así: opinan que forma parte de la naturaleza del hombre responder a la dificultad de otro con una ayuda activa. Esta opinión es muy noble y parece expresar la esencia del hombre del modo más bello. Pero yo creo que se engaña. Preguntemos con frialdad: el hombre natural de que se habla ahí, ¿cómo se comporta en realidad?

En realidad, la sensibilidad originaria, cuando percibe la privación, los dolores y el riesgo de otro no lo nota en absoluto de tal modo que sin más surja de ello el impulso de acudir a él, de asistirlo, de ayudarlo a salir adelante, sino que se echa atrás con miedo. Percibe el apuro ajeno como alteración del bienestar propio; como requerimiento al bolsillo propio, como exigencia de tener que esforzarse. Una mirada decidida a nuestro mismo interior nos lo muestra así. Y aun el mayor idealista debe verlo así en cuanto se encuentra en la situación de tener que pedir a otro su colaboración o su sacrificio pecuniario en un determinado apuro. El gesto y las palabras de la persona requerida le enseñan una amarguísima verdad.

Pero las raíces de esa actitud se encuentran aún más hondas. Si miramos a culturas primitivas, vemos entonces que el apuro de otro se percibe principalmente como algo que es enemigo del propio bienestar. Nos acordamos de la conducta de los animales que viven en comunidad: tan pronto como en una colmena o un hormiguero se pone enfermo uno de sus miembros, no lo curan en absoluto, sino que lo matan. Esa tendencia que con tal confianza se llama sentimiento natural, en el hombre responde en principio de modo muy semejante al apuro de otro; pero es preciso decirlo, aún peor, porque en el hombre toda emoción toma un carácter especial. El ser que está en peligro debe ser eliminado, para que no ponga también en peligro a los demás.

Pero la cuestión del cómo y por qué lleva todavía más hondo. En épocas primitivas, todo acontecer estaba atravesado de sentimientos religiosos. Con eso no aludimos a nada cristiano; a nada que tenga que ver con el mensaje divino de la Biblia; sino más bien a un sentimiento inmediato del misterio en todo lo que existe. En todo acontecer se perciben poderes, beneficiosos y destructores. El dolor, la infelicidad, la enfermedad y la muerte se presentan a la conciencia precisamente de este modo. Por tanto, el que está al lado del afectado también se siente amenazado por todo ello. Ve en el apuro ajeno el dominio de poderes encolerizados y perversos, y su sensibilidad le dice: ¡Mantente lejos: podría envolverte a ti también!

Así es en realidad la fisonomía de los sentimientos naturales. Y sólo tenemos que volver la vista a nuestro pasado inmediato para comprobar con qué carácter elemental han vuelto a irrumpir en el más moderno presente. Pero sobre eso diremos enseguida algo más.

¿Cuándo responde realmente al apuro ajeno un impulso involuntario de auxiliar? Cuando ese apuro afecta a alguien que pertenece a uno mismo. Los padres lo perciben así cuando su hijo se pone enfermo; los esposos, uno por el otro; el amigo por el amigo; el señor por sus servidores…

Pero ¿qué es lo que ocurre ahí en realidad? La otra persona no es entonces el prójimo, ante el cual despertara la solidaridad natural de la humanidad común, sino que domina la ligazón inmediata de la sangre, de los intereses, de la simpatía, de las diversas relaciones de fidelidad, tal como atan a los hombres. El sentimiento de la vida y la prosperidad propias se extienden al otro y lo atraen dentro del dominio propio. En la medida en que esa incorporación inmediata no tenga lugar, impera su forma contraria, a saber, la relación de la extrañeza. Y el extraño es el desconocido para el sentir inmediato; pero en cuanto tal, es el peligroso.

Aquí cabría objetar que así podría ser en grados primitivos de cultura; pero que el hombre evoluciona y progresa. En efecto: el progreso constituye el concepto central del sentido de la vida en los tiempos modernos. Tal concepto afirma que cuanto más se desarrollan la ciencia, la cultura común, la vida económica y social, más se ennoblece el hombre mismo. Asciende a una concepción de la existencia cada vez más alta, a una relación cada vez más llena de sentido entre hombre y hombre, y también cada vez tiene sentimientos más refinados respecto al apuro de otro, surgiendo poco a poco ese sentimiento básico que hemos expresado en la frase: "Hay una persona en apuro; por lo tanto, debo ayudarla". ¿Es esto cierto? No lo creo. Es una ideología. El hombre moderno a quien se le escapan cada vez más los valores absolutos, trata de sustituirlos por la ilusión de un futuro perfecto, al que se aproximaría constantemente. Ello se hace evidente en una consideración sobria y realista de los hechos. Solamente, tenemos bastante ejemplos de que algunos pueblos que culturalmente están muy elevados, y tienen ya detrás de sí una larga historia de pensamiento y evolución social, no confirman en absoluto esa afirmación; pero ahora no hay tiempo de entrar en ello. En todo caso, entre nosotros, en Occidente, no ha ocurrido así. Entre nosotros, el empujón decisivo no ha llegado desde tendencias interiores a la evolución, sino de otros puntos.

¿Qué debe haber entonces para que esa frase sea reconocida como verdadera? La admonición interior que expresa debe ser percibida ante toda persona. Es decir, no sólo ante la persona estrechamente ligada a nosotros, simpática, sino también ante aquel que no logra serlo; no sólo ante la persona dotada y hermosa, sino también ante el mediocre, y aun el retrasado; no sólo ante el rico y el cultivado, sino también ante el pobre y el mísero. Si esa frase ha de ser cierta, la admonición debe atravesar por en medio de toda distinción, y dirigirse a algo que determine al hombre como tal, sea como sea por lo demás. Y si, no obstante, han de notarse distinciones, entonces, que sea según este principio: "Cuanto más pobre y pequeño el hombre, más apremiante es la obligación de ayudarlo".

El cáliz

(De "Los Signos Sagrados" por Romano Guardini)

Una vez, y de esto hace ya largo tiempo, hallé el cáliz. Ver, eso sí, muchísimas; pero hallarle, en Beurón fue la primera, visitando el tesoro de la sacristía que el monje encargado de guardar los objetos del culto me enseñó gentilmente.

Sosteníase firme sobre extenso pie, asentado en la peana. Austero subía el tallo, sutil por extremo, en que se adivinaba la fuerza sustentadora, ascendente en apretado haz.

A poco más de su mitad, el nudo finamente labrado; y en el remate, donde angosto anillo reducía a extrema sujeción la noble fuerza sostenedora desplegábase minuciosa y linda decoración foliácea ofreciendo amable descanso al corazón del cáliz, la copa.

¡Ah y cómo en aquella ocasión sentí el sagrado misterio!

Como si el tallo sustentador brotara de honda y sólida base, con fuerza severamente concentrada, y de él floreciera aquella figura, que tiene un sentido único: recoger y guardar.

¡Oh, tu, santo y sagrado arcano, Cáliz que en tu fondo resplandeciente escondes el tesoro de las gotas divinas, el misterio inefable de la sangre dulce y fecunda puro fuego y puro amor!

Y proseguía el discurso…

Mas, no; que ya no era discurrir, sino sentir y contemplar.

¿No está ahí el mundo? ¿Y la creación entera, que, en último término, sólo tiene un sentido?

El hombre, en carne y hueso, en cuerpo y alma, con su corazón palpitante…

¿No dijo San Agustín con frase grandiosa que lo más hondo de mi ser de hombre consiste en que «soy capaz de abarcar a Dios»?

El lino

(De "Los Signos Sagrados" por Romano Guardini)

Lino, el mantel extendido sobre el altar; lino, los Corporales donde reposan Hostia y Cáliz del Señor; lino, el alba o túnica blanca en que se envuelve el sacerdote para el divino servicio; lino, el lienzo que cubre la mesa del Señor, donde se reparte el Pan Eucarístico entre los fieles…

Cosa en verdad preciosa el lino de buena ley: limpio fino y fuerte. Viéndole extendido tan blanco y fresco, me viene a la memoria cómo, yendo cierto día de invierno por el bosque, llegué de pronto a un claro que se hacía entre oscuros abetos, alfombrado de reciente y blanquísima nieve. Respetuoso, no osando hollar con burdo calzado aquella albura sin mancilla, di un rodeo para proseguir mi ruta a la otra parte… Pues así está el lino desplegado para el culto.

Se ha de ver ante todo en el altar de la divina ofrenda. Del altar decíamos en el epígrafe anterior que está aislado del resto del templo, como lugar sagrado por excelencia, y que el altar visible es imagen y semejanza del interior del alma. ¿Qué digo imagen? El altar visible no sólo representa aquel otro invisible del corazón interiormente dispuesto al sacrificio, sino que ambos se complementan mutuamente, y aun por manera misteriosa componen uno solo. El altar verdadero y perfecto donde se ofrece el sacrificio de Cristo es la unidad viviente de entrambos.

¿Hablará por eso el lino tan eficazmente al corazón? Algo ha de haber sin duda en nuestro interior que le haga correspondencia. Porque sentimos su voz como una orden expresa, como un cargo y un anhelo; Sólo del corazón limpio nace el sacrificio verdadero; y el lino representa la pureza que debe adornar el corazón para que la ofrenda sea grata a Dios

No poco tiene el lino que decirnos sobre la pureza. Cosa fina y noble el verdadero lino. Un natural tosco y violento no constituye de suyo pureza alguna; nada tiene ésta que ver con el rostro ceñudo, su fortaleza es la de la finura; su disciplina, aristocrática. Pero tiene vigor. El verdadero lino es fuerte, no tela sutil de araña, que un airecillo disipa. La verdadera pureza no es enfermiza; no huye de la vida, ni vive de vanas ilusiones, ni se forja ideales exagerados. La pureza de verdad tiene las mejillas sonrosadas del gozo de la vida y ostenta el brío intrépido de la lucha valerosa.

Y otra cosa más dice el lino al espíritu reflexivo. Porque no fue al principio tan límpido y primoroso cual ahora le ves; primero tosco y de escasa vistosidad, poco a poco ha ido tras repetido tratamiento de lavados y blanqueos adquiriendo ese su aroma de frescura. Pureza no es virtud congénita. Es ciertamente gracia; y hay sin duda quienes la llevan en su alma como un don, mostrando en todo su ser el frescor vívido de íntima nativa inocencia. Pero son excepciones. Eso que en los demás casos llamamos pureza, es cosa a menudo muy incierta, y sólo significa que aun no se ha movido tempestad contra ella. El casto no nace, sino se hace. La verdadera pureza se adquiere tras largo y decidido empeño.

Lino sobre el altar, blanco, fino y fuerte: símbolo de pureza, hidalguía y vigor sano.

En el Apocalipsis nos habla San Juan de «una gran muchedumbre, que nadie podía contar, de toda las naciones, y tribus, y pueblos, y lenguas, de pie ante el trono, vestidos de túnicas blancas». Y como alguien preguntase «Éstos que andan así vestidos de blanco, ¿quiénes son y de dónde vinieron?», fuele respondido: «Éstos son los que vienen de la magna tribulación, y lavaron sus vestiduras y las blanquearon en la sangre del Cordero. Por eso asisten en el trono de Dios y le rinden culto día y noche» (Apoc 7,9 ss).

«Vísteme, Señor, de blanca túnica», reza el sacerdote poniéndose el alba para el Santo Sacrificio de la Misa…

Las gradas

(De "Los Signos Sagrados" por Romano Guardini)

Llevamos discurriendo sobre diversas cosas; pero ¿has dado en la cuenta de lo que con ello hemos hecho?

Cosas tiempo ha sabidas, pero que nos han parecido nuevas. Cosas mil veces vistas, que, contempladas a su verdadera luz, nos han descubierto su interior y revelado bellezas desconocidas. Hemos prestado atención, y ellas han roto a hablar.

Nos hemos puesto en contacto con acciones ya antes a menudo usadas, las hemos hecho a conciencia, y sin más nos han entregado el secreto que guardaban.

Gran descubrimiento, por cierto. Pues a ese tenor hemos de ir reconquistando lo que tiempo ha poseíamos, para que vuelva a ser realmente nuestro.

Un ver exacto, un oír exacto y un obrar exacto es el supremo arte de aprender a ver y de llegar a saber. En tanto no lo conseguimos, todo permanece para nosotros mudo y oscuro; pero una vez logrado, las cosas se manifiestan como son; muestran su interior, y de ahí, de su esencia, va adquiriendo forma lo que de fuera aparece. Y comprobarás que precisamente las cosas más a la vista, las acciones cotidianas, encierran los secretos más profundos. En lo más simple se esconde el misterio más sublime.

Ejemplo tenemos en las gradas. Tantísimas veces como has andado por ellas, ¿reparaste una siquiera en lo que acontecía en ti mismo al subirlas? Porque realmente sucede algo en nosotros cuando ascendemos; sino que, de puro sutil y secreto, no lo advertimos.

Pues ahí se declara un profundo misterio. Uno de esos fenómenos que provienen de la raíz de nuestra naturaleza, enigmático, imposible de descifrar con razón, pero que cualquiera lo entiende, por ser reacción nacida de lo más íntimo de nuestro ser.

No sólo el pie sube las gradas, sino con él nuestro ser. También en espíritu subimos. Y hecho con recogimiento, presentimos vagamente la ascensión de aquella altura en que todo es grande y perfecto: el cielo donde Dios tiene su morada.

Pero ya tocamos el misterio a que aludíamos. ¿Se halla Dios propiamente «arriba»? Para Él no hay alto ni bajo. A Dios llegamos haciéndonos más puros, más sinceros y mejores. Pero ¿qué relación hay entre hacerse sinceros y mejores y subir unas gradas, entre ser puro y estar en lo alto? Aquí huelgan las explicaciones. Nos es ingénito el considerar lo bajo como símbolo de mezquindad y malicia, lo alto como imagen de nobleza y bondad; y el subir con gravedad nos evoca la Ascensión de nuestro ser hacia el «Altísimo, hacia Dios. No sabemos explicarlo, pero sentimos y vemos que así es.

Por eso, de la calle a la iglesia hay unas gradas, que parecen decir: «Vas arriba, a la casa de oración, cerca de Dios». Y nuevamente las hay de la nave del templo al presbiterio, que sugieren: «Ahora entramos en el Santísimo.» Y por fin otras, para llegar al altar. Y al subirlas, susurran al oído aquello que Dios dijo a Moisés en el monte Horeb: «Quítate el calzado, porque es santo el suelo que pisas». El altar es el umbral de la eternidad.

¡Qué hermoso es todo esto! Y ahora, pregunto, ¿subirás las gradas consciente? ¿Sabiendo que es para ir arriba? ¿Te resolverás a dejar abajo lo mezquino, para subir realmente «a lo alto»? Mas huelga dilatarse aquí en palabras.

Basta que veas en tu interior con claridad, y que en ti se cumplan las «ascensiones del Señor».

Las campanas

(De "Los Signos Sagrados" por Romano Guardini)

Dentro, el espacio de la iglesia habla de Dios, le pertenece por entero y está lleno de su augusta presencia. Pues realmente es casa de Dios, separada del mundo y cerrada de muros y bóveda. Es un espacio vuelto hacia adentro, a lo escondido, y habla del misterio divino.

¿Y el espacio de fuera? ¿Esa inmensidad sobre la llanura, que se extiende ilimitada por todas partes? ¿Y la que está sobre las altas cumbres, rayana en lo infinito? ¿Y la que llena en profunda calma los valles, cercada de montañas? ¿No estaráiese espacio de alguna manera unido con el santuario?

¡Oh, sí que lo está! ¿Ves esa torre que descuella sobre el templo e invade la región del aire, como tomando posesión de ella en nombre de Dios? Pues allí dentro, en el campanil, verás suspendidas unas campanas de pesado bronce, que, tocadas a vuelo, vibran con su cuerpo reluciente y gentil, enviando sonido tras sonido a la inmensidad. Ondas de eufonía brotan del bronce, ora breves y argentinas, ora graves y llenas, ora profundas y pausadas, invaden el espacio y le inundan del mensaje del santuario.

Mensaje de lejanía; mensaje del Dios sin fronteras ni límites; mensaje de anhelos y de dádiva infinita.

Al «varón de deseos» llaman, al hombre de corazón abierto a la inmensidad.

Porque así es; al oír las campanas, palpamos la inmensidad Cuando su voz vibrante se derrama del campanario en todas direcciones hasta lo infinito, acompáñala nuestro anhelo, hasta persuadirnos de que el logro y satisfacción no se hallan en el confín de la llanura con la región azul, sino dentro.

Cuando de la iglesia sita en la altura el sonido del bronce desciende al valle o sube al cielo, el pecho se dilata y siente una amplitud nunca antes experimentada.

O bien acontece que, rompiendo la verde calma crepuscular, llega al bosque el tañido de la campana, Dios sabe de dónde, de lejos, muy lejos… ¡Ah, y qué de recuerdos no evocal Surgen especies ha tiempo olvidadas; e incorporándote escuchas y preguntas: «Pero ¿qué será eso?… ¿Qué será?…»

Entonces se palpa la inmensidad. Como si el alma, desplegando sus alas, tendiera el vuelo por cruzar el espacio en respuesta al lejano llamamiento de los confines de la infinitud.

«Tan dilatado el universo», dice el bronce. «Tan lleno tú de anhelos… Dios llama… Sólo en Él la paz…»

Oh Señor, más espaciosa que el universo mi alma. Profundas, más que los valles, sus aspiraciones. Y sus ansias, más lastimeras que el gemido de la campana, que va a perderse en la lejanía.

Sólo tú, Señor, puedes calmarlas, sólo tú…

El altar

(De "Los Signos Sagrados" por Romano Guardini)

Que hermosa variedad de potencias y facultades en el hombre !Puede por el conocimiento hacer suyos los objetos que le rodean, estrellas, montañas, ríos, mares, plantas, animales, y aun los seres humanos, dándoles aposento en su mundo interior.

Puede amar las criaturas, como asimismo aborrecerlas o desecharlas; mostrarse hostil, o bien ir en su busca y atraerlas hacia sí. Puede echar mano del mundo circundante y modificarle a su placer. Olas de variados y aun opuestos afectos y sentimientos cruzan de continuo su corazón: gozo y deseo, tristeza y amor, calma y zozobra…

Pero de todas sus facultades, ninguna tan noble como la de reconocer a un ser superior, rendirle adoración y emplearse en su servicio. El hombre puede reconocer a Dios por su dueño, puede adorarle y hacer de si ofrenda «para que Él sea glorificado».

En eso consiste el sacrificio: en que la majestad de Dios resplandezca en el espíritu; en que el hombre adore esa majestad y no se deje llevar de afanes egoístas, antes bien, con perfecta abnegación ponga su estudio en que «Dios sea glorificado».

Esa facultad de sacrificar es lo más hondo del alma. En la entraña del ser humano reina aquel sosiego y claridad de donde sube a Dios la ofrenda.

Signo visible de esta recámara secretísima, sosegadísima y fortísima del hombre es el altar. Ocupa el lugar más sagrado de la iglesia, dominando, desde las gradas en que se eleva, todo el recinto del templo, que ya por su misma configuración externa difiere de las construcciones humanas y está aislado como el santuario del alma. Asiéntase en sólido pedestal, como la voluntad sincera del hombre conocedor de Dios y dispuesto a servirle. Sobre el pedestal, la «mesa», lugar apropiado para el sacrificio, llana, sin rincones, penumbras ni cosa alguna que se preste a manejos sospechosos, antes bien abierta a todas las miradas. Así, como en el corazón ha de llevarse a efecto el sacrificio: patente a los ojos de Dios, sin reservas ni segundas intenciones.

Ambos altares guardan estrecha analogía, el visible del templo y el invisible del alma. Aquél es el corazón del santuario; éste, la realidad más honda del pecho humano palpitante, del santuario interior, del cual el visible, con sus muros y bóveda, es símbolo e imagen.

Luz y ardor

(De "Los Signos Sagrados" por Romano Guardini)

Con ansia apetecemos la unión con Dios, obligados de intrínseca necesidad. Para alcanzarla, nuestra alma nos propone dos caminos que, con ser distintos, conducen al mismo fin.

El primero es el del conocimiento y amor. Conocimiento es unión. Conociendo nos adentramos en las cosas y las asimilamos. Hacémoslas propiedad nuestra, partes de nuestra vida. También amor es unión. No mera tendencia, sino unión lograda Tanto tienes cuanto amas. Pero este amor ofrece una particularidad que expresamos llamándole «espiritual». La palabra, con todo, no es adecuada, porque también el otro amor de que hablaremos más tarde es espiritual. Llamándole «espiritual» queremos aquí significar que no se efectúa la unión en la sustancia misma, sino en un movimiento de la inteligencia y del corazón.

¿Habrá de ello alguna figura externa? ¿Alguna imagen? Sí que la hay, y maravillosa: luz y ardor.

He ahí el cirio con su llama refulgente. Nuestros ojos ven la luz, la reciben, se identifican con ella, aun sin tocarla. La llama queda en su lugar, como también los ojos que la ven; con todo, de ambas cosas, llama y ojos, se ha hecho unión íntima; unión respetuosa y casta, podríamos decir. Unión sin contacto ni mixtura, puramente visual.

Semejanza profunda de aquella unión que se lleva a cabo entre Dios y el alma por el conocimiento. «Dios es la verdad», dice la Escritura. Y quien conoce la verdad, la posee en espíritu Luego Dios está en el pensamiento de quien debidamente le conoce. Dios vive en el espíritu de quien piensa en Él con verdad. Por eso, «conocer a Dios» equivale a unirse con Él, como los ojos con la llama en la visión de la luz.

Con la llama se establece unión también por el ardor, como experimentamos en el rostro y en las manos; sentimos cómo nos penetra calentando, no obstante quedar ella intacta en sí.

Eso es amor: unión por ardor con la llama divina, pero sin tocarla. Porque Dios es bueno, y quien ama el bien, lo posee ya en espíritu. Con sólo amar el bien, ya es mío; y cuanto lo amo, tanto me pertenece; pero no lo toco. «Dios es amor», dice San Juan, «y quien permanece en el amor, en Dios permanece, y Dios en él» (1 Jn 4,16). Conocer y amar a Dios significa unión con Él. Por eso la eterna bienaventuranza consiste en ver y amar. No en asistir hambriento, sino en estrechísima intimidad, satisfacción y hartura.

Vimos antes cómo la llama es imagen del alma. Ahora descubrimos que lo es también del Dios viviente, «puesto que Dios es luz, y en Él no hay tinieblas» (1 Jn 1,5). Como la llama luz, así Dios irradia verdad. Y el alma recibe en sí la verdad y por ella se une con Dios, de la misma suerte que los ojos ven la luz y por ella se unen con la llama. La llama despide ardor; así también Dios derrama bondad. Mas quien ama a Dios, hácese uno con Él en bondad, a la manera como con la llama se hacen uno mano y rostro recibiendo su cálida caricia. Pero la llama permanece en sí misma intacta, pura y noble; y así de Dios dice la Escritura que «habita en luz inaccesible» (1 Tim 6, 16).

¡Llama fúlgida y ardorosa, imagen de Dios vivo!

Ahora comprendemos por qué en la función del Sábado Santo el cirio pascual simboliza a Cristo; y por qué el diácono anuncia la llama del cirio cantando jubiloso: «Lumen Christi: luz de Cristo», y de allí se encienden las luminarias del templo, para que por todas partes brille e inflame la luz y el ardor del Dios viviente.

El incienso

(De "Los Signos Sagrados" por Romano Guardini)

«Y vi llegar un ángel, que traía un incensario de oro, y púsose ante el altar. Y fuéronle dados muchos perfumes… Y el humo de los perfumes subió por entre las oraciones de los santos de la mano del ángel a la presencia de Dios.» (Apoc 8,3-4).

Así dice el Apocalipsis de San Juan.

¡Cuánta nobleza en ese colocar sobre las brasas los granos de dorado incienso, y en ese humo perfumado que sube del incensario oscilante! Parece una melodía, hecha de movimiento reprimido y de fragancia.

Sin utilidad práctica alguna, a manera de canción. Bello derroche de cosas preciosas. Amor desprendido y abnegado.

Como allá en Betania, cuando fué María con el frasco de nardo precioso y lo derramó sobre los pies del divino Maestro allí sentado, enjugándoselos luego con sus cabellos; y de su fragancia se llenó la casa.

No faltó entonces un espíritu sórdido que murmurase: «¿A qué tal dispendio?» Pero el Hijo de Dios le atajó, diciendo: «Dejadla, que para el día de mi sepultura lo guardaba» (Jn 12,7). Misterio de la muerte, del amor, del perfume y del sacrificio.

Pues eso mismo acontece con el incienso: misterio de la belleza, que asciende graciosamente, sin utilidad práctica; misterio del amor, que arde, y se consume ardiendo, y no teme la muerte. Tampoco faltan aquí espíritus áridos que se preguntan: ¿A qué todo esto?

Sacrificio del perfume: eso dice la Escritura que son las oraciones de los santos (Apoc 5,8). Símbolo de la oración es el incienso, de aquella oración propiamente que no piensa en fines prácticos; que nada quiere, y sube como el Gloria Patri al término de cada salmo; que adora y da a Dios gracias «por ser tan glorioso».

Puede, ciertamente, en este símbolo mezclarse la vanidad. Pueden también las nubes aromáticas crear una atmósfera sofocante de misterio y ser ocasión de alucinamiento religioso. Siendo así, razón tendrá la conciencia cristiana en protestar, reclamando la oración «en espíritu y verdad» (Jn 4,24), y en recomendar austeridad y honradez.

Pero también en religión suele haber tacañería, nacida, como el comentario de Judas, de mezquindad de espíritu y sequedad de corazón. Para tales roñosos, la oración es cosa de utilidad espiritual y debe mostrarse circunspecta y burguésmente razonable.

Semejante mentalidad echa en olvido la regia munificencia de la oración, que es dádiva; desconoce la adoración profunda; ignora el alma de la oración, que nunca inquiere el porqué ni el para qué, antes bien asciende, porque es amor, y perfume, y belleza. Y cuanto más amor, tanto es más ofrenda; y del fuego consumidor sube la fragancia.

El hombre a la luz de la Revelación

(De "Quién es el hombre" reflexión del sacerdote y teólogo italiano Romano Guardini 1885-1968)

El pecado original consistió en que el hombre se negó a seguir siendo retrato, en que quiso ser original, sabio y poderoso como Dios. En consecuencia, perdió la relación con Él. El puente cayó al vacío. La figura se precipitó sobre sí misma y surgió el hombre perdido.

Nada sabemos del largo tramo de su vida en la oscuridad de la perdición. Puede que algún día logremos escuchar lo que sobre ello dice el arte de los tiempos más primitivos; es posible que alguna vez aprendamos a interrogar sobre estas cosas a los hallazgos paleontológicos. Hasta el presente no se ha logrado; la pregunta y la respuesta se encuentran de antemano con el anatema de la idea de evolución, para la cual todo peldaño inferior está en camino hacia el peldaño superior. La verdad es que esta oscuridad no fue la fase anterior a la salida hacia una nueva luz, sino el bronco aturdimiento que siguió a la caída.

En esta situación el hombre ya no sabía quién era ni dónde estaba el sentido de su vida. En el norte hay una fábula de gentes a quienes la tristeza ha herido de muerte el corazón, y entonces ya no saben quiénes son. Es una imagen de lo que queremos decir: los hombres ya no supieron nunca más quiénes eran, ni de dónde venían, ni adónde iban.

Y esto duró mucho tiempo, a pesar de toda la grandeza de las realizaciones y de toda la magnificencia de las obras que llenan la historia. Si se repasan las respuestas que el hombre da a la pregunta sobre el sentido de su vida—no solamente algunas, sino todas; no sólo las valientes, sino las desesperadas; no sólo las nobles, sino también las villanas—hay que concluir que el hombre no sabe quién es. Sólo que se ha acostumbrado tanto a este no-saber, que lo encuentra correcto, que lo confunde con la problemática de la naturaleza, a la que paso a paso supera la ciencia, y que hasta se siente orgulloso de ello.

Esta es la segunda definición que el hombre conoce por la revelación. La primera era: el hombre es imagen de Dios. La segunda: se ha rebelado contra la relación con su original, pero sin poder invalidarlo. Por tanto es una imagen distorsionada. Y esta distorsión confirma completamente cómo se comprende a sí mismo, qué hace, quién es.

Luego vino la revelación y la redención, que se llevó a cabo en la estrecha línea de la historia veterotestamentaria y se consumó en Cristo. A través de ella se comunicó al hombre quién es, y también quién es Dios. Conocimiento de Dios y conocimiento del hombre volvieron a formar un todo, y la imagen recobró de nuevo su sentido.

En Cristo alcanzó una grandeza incomprensible, pues en Él la imagen del hombre fue el medio para la epifanía del Hijo eterno de Dios en el mundo: «El que me ve a mí, ve también al Padre» (Jn 14, 9). Pero por la fe y el bautismo participa el hombre en este misterio. Nacerá el hombre nuevo «destinado, desde el principio, a reproducir la imagen de su Hijo» (Rom 8, 29).

A partir de aquí pudo volver a entenderse. Era como quien, tras un largo olvido, retorna a sí mismo. Si observamos el pensamiento, la contemplación, la figura, el orden y la sabiduría de los primeros cinco siglos después de Cristo, veremos cómo el hombre se arraiga en sus propias raíces. Remontándose hasta Dios, encuentra su verdad. Experimentando la interioridad de Dios, capta su propia interioridad. Entreviendo la grandeza de Dios, es consciente de su propia añoranza. La ciencia actual es incapaz de leer el arte de esta época. Dispone de una enormidad de datos y relaciones, sabe mucho sobre formas y estilos, pero no ve lo realmente peculiar, a saber, el encuentro del hombre consigo mismo en su encuentro con Dios, si es que se trata de la figura misma del hombre o del espacio con rostro humano en la Iglesia, el palacio y la casa, del destino del hombre en la poesía o el drama o de la vida de su corazón en la música.

La tercera definición que la revelación da del ser del hombre es la siguiente: Cristo cargó sobre sí mismo la culpa y la expió. El hizo visible en sí la imagen sagrada, y mediante la fe, el amor y la obediencia puede el hombre volver a estar salvado.

En el curso de la historia, de una historia que debería haber llevado a un conocimiento cada vez más hondo y, por tanto, a una vida definida, sobrevino una vez más la caída. No sólo este o aquel individuo, sino muchas personas influyentes y responsables se apartaron de la revelación. Se produjo un enorme auge en la producción artística, poética y científica, y se llevó a cabo la configuración del Estado y el dominio económico y técnico del mundo. Pero, en medio de todo esto, sucedió algo tremendo: sin darse cuenta de que estaba sucediendo, más aún, creyendo que llegaría a la auténtica verdad, el hombre volvió a olvidar quién es.

Perdió su «referencia» a Dios y se entendió a sí mismo como un ser naturalmente autosuficiente, y a su obra como una creación autónoma. Con ello desapareció de su vista su auténtico ser y también el verdadero sentido de su obrar.

Den ustedes hoy un repaso a la ciencia actual del hombre, tal como se manifiesta en la medicina, la psicología profunda, la sociología y la historia. ¿Acaso se reconocen a sí mismos en lo que estas ciencias dicen? Si rechazan la sugestión que les rodea, si apelan a su conocimiento más profundo, ¿acaso tienen la sensación de que se está hablando de ustedes?

¿No asisten al espectáculo del hombre que con tanto despliegue de realidades y medios habla de sí y precisamente por eso se escurre de sí mismo? Fíjense también: el Estado moderno, con obras tan gigantescas como el orden y la administración, ¿acaso se dan cuenta de que el ser, que hace leyes y las cumple, que rige y regirá, son ustedes mismos? ¿No se trata de un temible aparato, que al final suena a hueco? ¿No estamos ante un ser que allí atrapado, acostumbrado a órdenes, utilizado y explotado a propósito, será protegido y destruido; y que a este ser se le llama «hombre», cuando la verdad es que de hombre no tiene nada en absoluto, sino que es algo fantasmagórico entre un semidiós y una hormiga?

Ahí está el fenómeno patológico de la amnesia, que no es raro que se presente con motivo de las guerras. Ahí tienen ustedes un hombre que hace esto y aquello, pero que ha olvidado quién es, y, por tanto, su existencia carece de centro y de unidad. Algo parecido, aunque en proporciones infinitamente mayores, es lo que le ha pasado al hombre moderno. Es como alguien que ha olvidado su nombre, porque este nombre va incluido en el nombre de Dios. No se puede olvidar el nombre del Dios viviente y seguir manteniendo el propio nombre, el propio sentido de la vida y la propia trayectoria vital. Es tan poco probable como que un puente pueda seguir donde está si desaparece la orilla en que se apoya. Este hombre está alucinado.

Hace cosas impresionantes para ratificarse a sí mismo. Somete al mundo a su poder para convertirlo en obra suya. Pero, en el fondo, ya no sabe quién es el ser, quién lo hizo, ni de dónde viene ni adónde va. Que esta situación no se queda en el plano metafísico, sino que también afecta a la realidad de la vida psíquica y somática, de la vida individual y estatal, de la vida económica y cultural, lo ve quien quiere verlo.

Aquí tenemos un contexto real, cuyo análisis constituye una tarea del pensamiento cristiano. El tendrá que mostrar que mediante la confusión de las distintas contradicciones políticas, económicas y culturales que llenan el mundo, discurren dos grandes frentes en los que se decidirán las auténticas cuestiones: las del hombre que intenta comprender su existencia y su obra desde sí mismo, y las del hombre que recibe sin cesar su nombre del nombre de Dios y su misión del Dios verdadero. Con ello se plantea un serio interrogante: ¿hasta qué punto sucede en realidad todo esto? ¿Cuántos hombres son conscientes de la nueva posibilidad? ¿Hasta dónde lo es la humanidad en cuanto tal?

Seamos más incisivos: ¿la toman también en serio quienes han escuchado y aceptado el mensaje? Nietzsche acusó a los cristianos de hablar de salvación, pero de no dar en absoluto la impresión de estar realmente salvados.

Planteemos todavía el tema más radicalmente: ¿Dan la impresión de estar salvados los que lo toman en serio? ¿Se trasluce en ellos el «hombre nuevo» que debe surgir de la fe y del amor? ¿Se hace visible la imagen santificada en Cristo? ¿Es el mensaje del hombre nuevo que brota de la salvación algo más que un ideal?

La respuesta procede de alguien que está junto a las fuentes de la revelación misma, es decir, de Pablo. El vivió el interrogante que nace de la contraposición entre el contenido de la fe y la realidad inmediata. El cristiano cree que está salvado; cree también que ha crecido en él el nuevo ser humano a partir de Dios; pero ¿no se siente inmediatamente desmentido por la experiencia de su propio ser? Pablo lo expresa mediante su doctrina del hombre «viejo» y del hombre «nuevo», del hombre carnal y del hombre espiritual. Con esto no alude a ningún dualismo, ni tampoco a la contraposición platónica entre cuerpo y espíritu. Lo que él llama «carne» es el hombre viejo con cuerpo y alma; lo que llama Espíritu es el hombre nuevo, también con cuerpo y alma viviente, pero un hombre salvado. Entre ambos hay una lucha incesante, y la existencia debe entenderse como el campo donde se desarrolla esa lucha. Cierto que hay momentos en que el hombre «nuevo» emerge y es dueño de sí mismo, pero una y otra vez aparece el hombre «viejo» y lo oculta.

Así pues, el cristiano se halla en una situación comprometida: tener que dejar claro quién es propiamente él frente a lo que, aunque parezca lo contrario, es impropiamente. Sin cesar surge la duda: ¿Soy yo realmente lo que el mensaje dice de mí? Y una y otra vez ha de superarse esta pregunta con el «a pesar de» de la fe, con «la esperanza contra toda esperanza».

Y llegamos a la cuarta cosa que la revelación nos dice sobre el hombre: lo que es el hombre, si logra una auténtica imagen, se manifestará al final, tras la resurrección y el juicio. Entretanto queda la lucha en la oscuridad, el devenir en permanente contradicción.

Y realmente así es: el cristiano ha de creer en su propio ser cristiano. En su peculiaridad contra el enorme poder de lo inauténtico. Podría incluso decirse que en la confesión de fe falta un artículo: Creo en el hombre, que se formará según la imagen de Cristo; creo que Él está en mí, a pesar de todo, y que, a pesar de todo, madura en mí.

Tiempo santificado

(De "Los signos sagrados" por Romano Guardini)

Si bien cada hora del día tiene sus rasgos propios, hay tres que nos miran con rostro particularmente radiante: la mañana, la noche y el mediodía. Y todas tres son sagradas.

a) La mañana

El semblante de la mañana resalta por su claridad y vigor.entre todas las horas del día. Es el preludio. Cada mañana se renueva el misterio del nacimiento. Despertados del sueño que remozó nuestra vida, comprobamos clara y distintamente: «Sigo viviendo; soy» Y nuestro ser, rejuvenecido, entra en oración. Vuelto al origen de donde procede, le dice: «Oh Dios, que me criaste, gracias te doy por la vida que me otorgas. Gracias también por lo que soy y tengo». Y la vida renovada, comprobando sus energías, tiende a obrar. Cara al día que comienza y a sus tareas, dirige al cielo esta plegaria: «Señor, en tu nombre y con tu favor comienzo la jornada. ¡Deseo consumarla en tu servicio!»

Tal es la hora sagrada de la mañana. Renace la vida; y, consciente de existir, presenta al Señor la gratitud sincera de la criatura; apréstase a luchar de nuevo y comienza la faena cotidiana, reconociendo su origen divino e invocando el favor de Dios.

¿Ves cuántas cosas dependen de esta primera hora del día? Es su preludio; mas hay quienes le inician sin preludiar, deslizándose por él distraídos e irresolutos. Pero entonces ya no es el día una «jornada, sino un jirón de tiempo, desprovisto de semblante. Un día es un camino que requiere dirección. Un día es una obra que ha menester voluntad resuelta. Un día es tu vida entera Tu vida es como un día, mas es preciso darle un semblante.

Voluntad, dirección y faz serena vuelta a Dios: he ahí lo que representa la mañana.

b) La noche

También la noche encierra un misterio: el de la muerte. Cumplida la jornada, el hombre se dispone a entrar en el silencio del sueño. Por la mañana, la vida renovada hacía alarde de vigor; pero al anochecer siéntese rendida y exige reposo. Y durante las horas que preceden al sueño está sonando el misterio de la muerte. A menudo no le oímos, por estar nosotros interiormente dominados de las especies del día transcurrido o acuciados de deseos y proyectos para el siguiente. Percíbesele a las veces muy quedo, como lejano presentimiento. Noches hay, con todo, en que sentimos declinar la vida hacia aquella densa oscuridad «en que ya nadie puede obrar» (Jn. 9,4).

Y es de suma consecuencia que entendamos ese misterio de la muerte. Porque morir no significa simplemente cumplirse el plazo de los días. Morir es el postrer esfuerzo de la vida, su acto supremo y decisivo. Lo que sucede en vida, ya de un pueblo, ya de un individuo, no queda ultimado y concluso Todo depende de lo que ellos estén dispuestos a hacer. Según la resolución que tomen, cabe aún que de lo pasado resulte algo nuevo, ora en provecho, ora en daño suyo. Imagina, por ejemplo, que sobre un pueblo vino una gran desgracia. Lo acaecido no vuelve atrás, ciertamente; pero está inconcluso. Demos ahora que el pueblo se abandone a la desesperación, o bien que, enmendando el yerro, comience de nuevo. Con esto quedará definitivamente ultimado lo acaecido tiempo atrás.

Viniendo a nuestro caso, decimos que el significado más profundo de la muerte consiste en ser ella la postrera palabra que pronuncia el hombre sobre su pasada vida, la fisonomía definitiva que le imprime. Es el momento supremo en que se le ofrece al hombre una tremenda disyuntiva: o bien se resuelve a repasar por última vez la vida entera; y entonces el fuego de la contrición purifica las faltas cometidas, y el agradecimiento y la humildad atribuyen a Dios la gloria del bien que se hizo, yendo todo a parar en una entrega sin reservas en las manos de Dios; o bien, descorazonado, deja el mortal escurrir la vida en un acabamiento sin dignidad ni fortaleza. Pero entonces no tiene ella propiamente fin; fenece sin más. Y no le queda forma ni fisonomía.

Aquí estriba el sublime «arte de morir»: el arte de cifrar todo lo pasado en un «sí» único, dado a Dios. Mira, pues, de ejercitarte cada noche en ese arte de dar a tu vida un remate verdadero que preste a lo pasado valor decisivo y rasgos de eternidad.

El anochecer es la hora de dar la última mano a las cosas. Nos hallamos ante Dios, previendo que algún día nos hemos de encontrar con Él cara a cara para rendir la última cuenta. Bien palpamos el contenido de la palabra «sucedió»: el bien; el mal; pérdidas y despilfarros. Puestos en la presencia de Aquel «para quien todas las cosas viven», tanto las pasadas como las venideras, de Aquel que tiene virtud para devolver al corazón contrito aun los méritos perdidos, demos al día que muere un semblante definitivo. Por las malas obras, arrepentimiento que las «enmiende» por las buenas, gratitud humilde y sincera, que las despoje de toda vanidad; cuanto a lo dudoso, imperfecto, mezquino y turbio, confianza incondicional que lo anegue todo en el amor todopoderoso del Señor.

c) El mediodía

Por la mañana resurge la vida, asciende primero risueña y con brío, luego un tanto perezosa y lenta por el cúmulo de obstáculos que la entorpecen. Alcanzado al fin el punto culminan~e del mediodía, reposa breve espacio de tiempo Comienza luego el descenso. La fatiga le va haciendo desmayar, hasta que, tras un nuevo y breve esfuerzo. se entrega al silencio de la noche.

Mas entre la mañana y la noche, en la culminación diurna, la vida se toma un respiro, corto, pero magnífico: el mediodía; no es para otear lo por venir, pues no siente apremio; tampoco para mirar atrás, ya que aun no ha iniciado el descenso; ni es por cansancio, puesto que conserva todo el brío de la carrera. Se detiene en pura actualidad, vueltos a la inmensidad los ojos; digo mal, porque no mira al tiempo ni al espacio, sino a la eternidad.

¡Ah, y qué profundo ese intervalo del mediodía! No lo notas en la ciudad, donde el bullicio tiene su mansión propia y el silencio y el recogimiento están proscritos. Pero sal de paseo un día de verano por los sembrados o la campiña, a la hora en que el sol culmina y caldea el ambiente ¡Qué profundo te parece ahora todo! Te detienes, y el tiempo se desvanece. La eternidad te contempla. A todas las horas tiene algo que decir la eternidad; pero de esta del mediodía es vecina. Así espera el tiempo y se abre. La hora meridiana es actualidad pura, la plenitud del día.

Plenitud del día… Presencia de la eternidad… Esperar y abrirse… Suena a lo lejos la campana del Ángelus… Mensaje de redención nos trae a la hora silenciosa del mediodía «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios…»

«El Ángel del Señor anunció a María. Y concibió por obra del Espíritu Santo. Y María dijo: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.»

Llegó por fin la hora meridiana de la humanidad, la «plenitud de los tiempos, que en una mujer hizo mansión y aguardaba: en María. La cual no sentía apremio; no miraba adelante ni atrás. En ella residía la plenitud de los tiempos, actualidad pura, abierta a la eternidad y en espera. Y la eternidad se inclinó a María; vino el mensaje, y el Verbo se hizo carne en sus purísimas entrañas.

La campana evoca ese misterio en nuestra jornada. En la hora meridiana del día cristiano revive de continuo el misterio del mediodía de la humanidad. Siglo tras siglo suena en ella el eco de la plenitud de los tiempos. 

Nuestra vida entera había de ser vecina de la eternidad, y en nosotros reinar siempre un silencio abierto a ella y atento a cuanto nos dice. Pero la vida es tan bulliciosa, que no deja oír su voz. Así que al menos en la hora sagrada del mediodía, al toque de Ángelus, habíamos de recogernos y apartar de nosotros toda suerte de importunidades, estar callados y escuchar atentos el misterio en que el «Verbo eterno abandona su real trono, cuando el mundo está sumido en profundísimo silencio»; una vez en la realidad histórica concreta, pero día tras día en cada una de las almas.

¡Ah, y qué bella oportunidad ofrece esta pausa para reconocerse estrechamente unido con cuantos a la vez la guardan! ¡Qué ocasión tan propicia para ahondar la comunidad, cambiar saludos y bendiciones!…

Del Nombre de Dios

(De "Los Signos Sagrados" por Romano Guardini)

No ha de sorprendernos que jamás pronunciaran el Nombre de Dios los fieles de la Antigua Alianza, sino que le sustituyeran por el de «Señor».

Porque la especial elección del pueblo judío consistió en haber él palpado más directamente que ningún otro la realidad divina y la presencia de Dios.

De su grandeza, majestad y terribilidad tuvo Israel idea mucho más clara que ninguna otra nación.

Por medio de Moisés le reveló Dios su «Nombre»: «El que es, tal es mi Nombre.» «El que es», el que de nadie necesita, el que subsiste en sí y por sí mismo, y es suma y sustancia de todo ser y toda virtud.

El Nombre de Dios era para ellos imagen y resplandor de su esencia. De su Nombre veían irradiar la esencial divina. Tan una cosa con Dios era su Nombre, que tenían temor de pronunciarle, como temieron de su presencia un día en el Sinaí.

En los Libros Sagrados del Antiguo Testamento habla Dios de su Nombre como de sí mismo al decir del templo: «Allí estará mi Nombre» (Deut 12,11). Y también en aquel lugar del Apocalipsis donde promete, a quien se mantuviere fiel, que le ha de «hacer columna del templo» y «sobre él inscribir el Nombre de Dios» (Apoc 3,12): como si dijera que le ha de consagrar y dársele en persona.

Se explica, pues, aquel mandamiento: «No tomarás el Nombre del Señor, tu Dios, en vano» (Éx 20,7). Se explica también que el Salvador nos enseñe a orar: «Santificado sea el tu Nombre» (Mat 6,9; Luc 11,2); y que «en el Nombre de Dios» hayamos de comenzar todas nuestras obras.

Misterioso, en verdad, el Nombre de Dios. En él resplandece la esencia de lo Infinito; la esencia de Aquel «que es» en plenitud inagotable de ser y majestad.

Y en esa palabra vive asimismo lo más hondo de Nuestra alma. Nuestro ser íntimo responde a Dios, porque inseparablemente le pertenece. Creado por Él y para Él, no descansará en tanto no esté con Él unido. Ningún otro sentido, en efecto, tiene nuestro «yo», sino el de unirse en comunión de amor con Dios.

Todo esto, nuestra nobleza, el alma de nuestra alma, se encierra en la palabra «Dios», «mi Dios». Mi origen y fin, el principio y término de mi ser, la adoración, la nostalgia, la contrición: todo.

El Nombre de Dios es propiamente todo. Hemos, pues, de pedir que nos enseñe a «no tomar su santo Nombre en vano», antes bien a «santificarle».

Hemos de rogar que su Nombre resplandezca en toda su gloria. Jamás consintamos que se convierta en moneda que circula muerta de mano en mano. Ha de ser para nosotros infinitamente precioso, tres veces santo.

Honremos como a Dios mismo su Nombre, que con ello honramos también el santuario de nuestra propia alma.

La patena

(De "Los Signos Sagrados" por Romano Guardini)

Rayaba el día. Tras haber ganado la cumbre, emprendí el regreso. Abajo, en el valle, dormía el lago, y hacíanle guardia, solemnes y silenciosas, las montañas circundantes, bañadas en luz matinal. ¡Era tan puro el ambiente! ¡Tan majestuoso el espacio, y los árboles tan lozanos con su pomposo ramaje! Y en mí mismo todo mi ser tan lleno de vigor placentero y radiante, que parecíame como si invisibles fuentes surtieran calladas, y la naturaleza toda ascendiera a la región inmensa y luminosa.

Entonces comprendí que pueda dilatársele el corazón al hombre; y que, puesto en pie, erguido el rostro, abiertas las manos en forma de patena y alzadas en alto hacia la infinita Bondad, al Padre de la luz, al Dios que es amor, le ofrezca todo cuanto en torno suyo y en los secretos veneros del mundo se cría y resplandece en suma quietud y calma. ¿No le parecerá que de la patena de sus manos asciende radiante y santo el universo?

Así Cristo en la cima del espíritu ofreciendo al Padre en holocausto su amor y su aliento de vida. De esa cima fue un peldaño el monte Moria, en el cual sacrificó Abraham; y lo fue antes el lugar en que ofreció su sacrificio expiatorio Melquisedec, sacerdote y rey; y en los albores de la humanidad, aquel otro de donde subía al cielo en derechura la ofrenda de Abel.

Pues siempre esa cima despunta, y siempre están extendidas las divinas manos, y siempre sube en alto la ofrenda, cuando el sacerdote —no el hombre, instrumento insignificante—, de pie ante el altar, alza en sus manos abiertas la patena, en que reposa el pan blanquísimo: «Recibe, ¡oh Padre santo y omnipotente Dios!, esta hostia limpia, que yo, indigno siervo tuyo, te ofrezco a ti, Dios mío, vivo y verdadero, por los innumerables pecados míos, ofensas y negligencias, y por todos los circunstantes, y por todos los fieles cristianos, vivos y difuntos, para que a ellos y a mí aproveche para salud en vida eterna».

La bendición

(De "Los Signos Sagrados" por Romano Guardini)

Sólo puede bendecir quien tiene poder. Sólo puede bendecir quien puede crear. Sólo puede bendecir Dios.

Bendiciendo, vuelve Dios su faz a la criatura y la llama por su propio nombre. Escoge por blanco de su amor omnipotente el corazón, la entraña de la criatura, y de sus liberales manos la abastece de virtudes que dan fecundidad, crecimiento, salud y remedio: «Yo volveré hacia vosotros mi rostro; yo os haré fecundos y os multiplicaré.» (Lev. 26,9)

El bendecir compete a sólo Dios, porque lleva implícito el derecho de disponer de los seres vivientes. El bendecir es acto de autoridad del Señor de la creación; es beneplácito y promesa del Señor de la Providencia. Bendición es destino feliz.

Al decir Nietzsche: «De suplicantes hemos de hacernos bendicientes», se alzó en rebeldía, puesto que no ignoraba el alcance de tales palabras. Sólo Dios puede bendecir, por ser dueño único de la vida. Mas nosotros por naturaleza somos suplicantes.

Lo contrario de bendecir es maldecir, que significa sentencia de muerte, sello de condenación. También la maldición va dirigida al rostro, al corazón de la criatura maldita. Es una orden del Señor, que seca las fuentes de la vida.

Dios comunica el poder de bendecir y maldecir a cuantos intervienen en suscitar la vida: a los padres —de quienes dice el Eclesiástico: «La bendición del padre levanta las casas de los hijos» (3,11) y a los sacerdotes. A ellos toca engendrar la vida natural y la de la gracia. A ese fin han sido designados por la naturaleza y el ministerio.

Y también podrá uno pretender el derecho de bendecir haciéndose de ello digno por su pureza, no buscándose a sí mismo, antes bien tratando de emplearse todo en el servicio del Dios viviente.

Pero siempre el poder de bendecir proviene de Dios; y queda sin efecto cuando uno presume tenerlo por derecho propio. Somos por naturaleza suplicantes; bendicientes somos por gracia, como también sólo por gracia tenemos poder para mandar eficazmente.

Y como el poder de bendecir, de igual suerte el de maldecir: «La maldición de la madre arruina los cimientos» de las casas de los hijos, la vida y la salud (Eclesiástico 3,11).

Lo representado en el orden corpóreo al bendecir, tiene su cumplimiento en el sobrenatural de la gracia; pues lo que obra y realmente fluye en la verdadera bendición, en la esencial figurada en la visible, es la vida propia divina. Dios bendice consigo mismo; se da a sí mismo en la bendición, la cual engendra vida divina en nosotros, haciéndonos «partícipes de la naturaleza divina» (2 Ped 1,4). 

Mas, siendo gracia, don puramente gratuito otorgado en Cristo, la bendición en que se nos da Dios habrá de ser con el signo de la Cruz.

El poder de bendecir lo comunica Dios a cuantos en la tierra hacen sus veces: por el misterio del Matrimonio cristiano, al padre y a la madre; por el del Presbiterado, al sacerdote; por el del Bautismo y del real sacerdocio de la Confirmación, a los que «aman a Dios de todo corazón, y con toda el alma, y con todas sus fuerzas, y con toda su mente, y al prójimo como a sí mismos» (Mt. 22,34 ss.; Mc 12,28 ss.; Lc 10,27). A todos éstos concede el Señor poder de bendecir con su propia vida divina; a cada uno en distinto grado, según lo requiera el ministerio que se le confía.

La llamada a representar la bendición es la mano, por medio de algún ademán conveniente. En la Confirmacion y Ordenación sacerdotal se impone sobre la cabeza, para que por ella se difunda en el alma cuanto viene de lo alto y nace del divino Espíritu. Con ella traza el obispo la señal de la Cruz en la frente y sobre la persona, para que allí se derramen en abundancia los tesoros divinos. Porque la mano es la dispensadora; ella crea, forma y da.

Pero la bendición por excelencia es aquella del Santísimo, con el Cuerpo de Jesucristo sacramentado. Mas es preciso hacerla con sumo respecto, observando la disciplina que requiere el misterio.

El agua bendita

(De "Los Signos Sagrados" por Romano Guardini)

Misteriosa, por cierto, el agua. Pura, sencilla —«casta» la llamó San Francisco—. Tan modesta, que parece no dársele nada de sí misma. Tan desinteresada, que se diría estar hecha para servicio, aseo y refrigerio ajeno.

Pero ¿la observaste acaso dormida en la profundidad y te sumergiste allí con ánima sensible? ¿Vislumbraste por ventura cuán preñado de misterios está el abismo? ¿No te parecieron maravillosas, seductoras y terroríficas aquellas profundas aguas? ¿Las escuchaste alguna vez cuando en caudaloso río fluyen, y fluyen, violentas y fragorosas? ¿O las viste quizá en vertiginoso remolino, cómo giran, bullen y atraen?

Tan angustiosa violencia puede surgir de tal espectáculo, que se vea forzado a huir de allí el corazón humano.

Misteriosa el agua. Sencilla, limpia, ajena de sí misma; dispuesta siempre a asear y apagar la sed; pero a la vez insondable, inquieta, enigmática y violenta, y aun peligrosamente seductora. Imagen adecuada de los abismos misteriosos de donde brota la vida y acecha la muerte; imagen de la vida misma, tan clara al parecer, pero tan erizada de problemas.

Se comprende, pues, que de ella use la Iglesia para simbolizar y conferir la vida divina, la gracia.

Del Bautismo salimos un día hombres nuevos, «regenerados por el agua y el Espíritu Santo» (Jn 3,5), después de muerto allí y sumergido el hombre viejo.

Y con «agua santa», con agua bendita hacemos la señal de la Cruz de la frente al pecho y del hombro izquierdo al derecho; con ese elemento primigenio enigmático, puro, sencillo y fecundo, símbolo y vehículo de aquel otro elemento de vida sobrenatural, que es la gracia.

Con la bendición purifica la Iglesia el agua de las fuerzas tenebrosas que en ella dormitan. No son meras palabras. Quien tenga alma sensible, habrá experimentado el encanto de la energía natural que proviene del agua. Pero ¿sólo habrá en ella fuerzas naturales, y no algún elemento extraño y oscuro? Porque en la naturaleza. en sus tesoros y encantos, andar también mezcladas cosas maléficas y satánicas.

Culpa es de la ciudad embrutecedora de almas que con frecuencia el hombre no se percate; pero la Iglesia, que lo sabe, «purifica» el agua de todo maligno enemigo y la «bendice», pidiendo al Señor haga de ella el instrumento de su gracia.

Ahora bien, al entrar el cristiano en la casa de Dios, santíguase de la frente al pecho, y del hombro izquierdo al derecho, es decir, toda la persona, con agua pura y purificadora, para que el alma quede limpia. ¿No es hermoso este rito, en que la naturaleza purificada, la gracia y el hombre ansioso de limpieza se juntan en la señal de la Cruz?

¿Y al anochecer? «La noche es enemiga del hombre», dice no sin razón el proverbio, ya que para la luz fuimos creados. Así que al rendirse al poder del sueño y de las tinieblas, en que muere la luz del día y de la conciencia, el cristiano hace con agua bendita la señal de la Cruz, símbolo de la naturaleza redimida y purificada, para que Dios le libre de cuanto se fragua en las tinieblas. Y por la mañana, al despertar del sueño y de la oscuridad e inconsciencia, y reanudar la vida, repite la señal en recuerdo de aquellas puras aguas bautismales que le introdujeron en el reino de la luz de Cristo.

Bella costumbre, en que naturaleza y alma redimidas se encuentran en el signo de la Cruz.

De pie

(De "Los Signos Sagrados" por Romano Guardini)

Hemos dicho que el respeto ante el Dios infinito requiere actitud comedida. Es Dios tan grande, y ante Él nosotros tan poca cosa, que el solo reparar en ello trasciende al exterior: nos empequeñece, nos fuerza a doblar la rodilla.

Mas puede también la reverencia mostrarse de otra suerte. Imagina que estás sentado, ora descansando, ora en conversación; llega de pronto una persona, para ti respetable, y te dirige la palabra. Puesto al punto de pie, le escuchas, y respondes a sus preguntas cortésmente erguido.

¿Qué viene a significar esa actitud? Ponerse de pie supone ante todo concentración de facultades y energías; de la postura de comodidad y abandono, pasamos a la de disciplina y rigidez.

Entraña además atención; porque el estar de pie es actitud expectante y despierta. Implica, en fin, ánimo dispuesto; porque, de pie, ya está uno listo para marchar, como también para cumplir en el acto una orden o comenzar el trabajo que se le asigna.

Tal es la otra manera de actitud respetuosa ante Dios. Aquélla, de rodillas, propia de la adoración y perseverancia en la quietud; ésta, de pie, atenta y activa, propia del siervo solícito y del soldado en armas.

De pie escuchan los fieles la Buena Nueva, es decir, el Evangelio, leído o cantado, en la Santa Misa. De pie asisten los padrinos en la pila bautismal, prometiendo por su ahijado la guarda constante de la fe. De pie los novios, cuando ante el altar por palabra mutua de fidelidad contraen matrimonio. Y en tantas otras ocasiones.

También para el individuo puede ser a las veces expresión viva de los sentimientos del alma el orar de pie. Los primeros cristianos gustaban de hacerlo así.

Conoces, sin duda, la imagen del Orante de las Catacumbas: cuerpo erguido, túnica descendente en nobles pliegues, brazos abiertos. Se le ve libre, pero disciplinado; apaciblemente atento a la palabra y presto a obrar con alegría.

No siempre podrás arrodillarte bien; estarías cohibido. En tales casos, bueno será te pongas de pie; es postura de libertad. Pero que sea un verdadero estar de pie. En ambos pies, y sin apoyarse. Las rodillas tensas, no encorvada una con dejadez. Recto y compuesto.

En esta actitud la oración es austera y libre a la vez, reverente y pronta a obrar.

Pan y Vino

(De los "Signos Sagrados" por Romano Guardini)

Hay también otro camino que conduce a Dios. No osaríamos hacer mención de él, si no lo indicara la palabra misma de Cristo ni lo siguiera tan confiada la Liturgia.

Porque, además de la unión de ver y amar, por conocimiento y afecto, como antes decíamos, hay también unión dél ser viviente con Dios. No sólo el entendimiento y la voluntad tienden a Él, sino todo nuestro ser. «Mi corazón y mi carne claman ansiosos hacia el Dios vivo», dice el Salmista (83, 3), y no apagaremos nuestra sed, en tanto no nos hayamos con Él unido en ser y vida. Mas este género de unión a que nos referimos no implica mezcla de sustancias o confusión de vidas; que sólo el afirmarlo sería, sobre temerario, insensato, ya que ninguna cosa creada puede mezclarse con la esencia divina. Y, con todo, hay esta otra suerte de unión, distinta del mero conocer y amar: la unión de la vida real.

La deseamos con ansia, por secreta e íntima necesidad: y para declarar este deseo nuestro hay una expresión profunda, que la misma Escritura y la Liturgia nos ponen en los labios: desearíamos que nuestra vida personal se uniera con Dios, como se une el cuerpo con el manjar y la bebida. Sentimos hambre y sed de Dios. No nos basta conocerle y amarle; querríamos estrecharle, guardarle, poseerle; es más, digámoslo de una vez sin temor: querríamos comerle, beberle, ingerirle por entero en nosotros, hasta saciarnos de Él y quedar satisfechos y hartos. Lo dice la Liturgia de la fiesta de Corpus con las palabras mismas del Señor: «Envióme el Padre viviente, y yo vivo por el Padre; y quien me come, vivirá por mí».

¿No es verdad? Por derecho propio no osaríamos pedir tanto, temerosos de parecer sacrílegos. Pero diciéndolo Dios mismo, nuestro interior asiente: «Así ha de ser».

Insisto en que no cabe aquí presumir de irreverencia alguna; ni hay indicio deque intentemos suprimir con ello las fronteras entre Dios y nosotros, criaturas suyas.

Pero podemos declarar con sinceridad el deseo vehemente que Él mismo ha puesto en nuestro corazón. Bien podemos alegrarnos del don de su inmensa bondad.

Jesucristo dice: «Mi carne verdaderamente es comida, y mi sangre verdaderamente es bebida… Quien come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él.» «De la misma suerte que yo, enviado del Padre viviente, vivo por el Padre, así, quien me come, vivirá en mí.» (Jn. 6, 55-57.) Comer su carne… beber su sangre… comerle… recibir al Hombre Dios dentro de nosotros, con cuanto es y tiene, ¿no excede con mucho lo que podíamos desear de propia iniciativa? Mas ¿no es eso precisamente lo que responde a nuestros deseos más íntimos?

Magnífica expresión de tan augusto misterio nos ofrece la figura del pan y del vino.

El pan es alimento. Verdadero, puesto que realmente nutre; sustancioso, que nunca hastía. El pan es veraz. También es bueno, en el sentido profundo y cálido de la palabra. Pues en figura de pan se da a nosotros por alimento el Dios viviente. San Ignacio de Antioquía escribe a los fieles de Ëfeso: «Partimos un pan que es remedio de inmortalidad». Es manjar que sustenta nuestro ser del Dios viviente y nos da morada en Él y a Él en nosotros.

El vino es bebida. Por mejor decir, no sólo es bebida para apagar la sed, que a tal fin basta el agua. El vino hace algo más: «Alegra el corazón del hombre», dice el Eclesiástico (31, 35). Sobre alivio de la sed, el vino es bebida de alegría, abundancia y exceso.

«¡Cuán bello mi cáliz que embriaga!», dice el Salmista (22, 5). ¿Entiendes ese lenguaje? ¿Comprendes que embriaguez aquí no significa exceso, antes bien cosa muy distinta? El vino es belleza rutilante, fragancia y vigor, que ensancha y transfigura.

Y bajo la especie de vino da Cristo a beber su sangre; no como bebida discretamente virtuosa, antes bien como el non plus ultra de la exquisitez divina. «Sanguis Christi, inebriame: Sangre de Cristo, embriágame», oraba San Ignacio de Loyola, el caballero de corazón ardiente. Y Santa Inés, en el Oficio de su fiesta, nos habla del misterio de amor y belleza de la sangre de Cristo: «Miel y leche libé yo de su boca, y su sangre embelleció mis mejillas».

Cristo se ha hecho para nosotros pan y vino, manjar y bebida. Le podemos, pues, comer y beber. Pan: lealtad y constancia; vino: audacia, alegría desmedida, fragancia y belleza, holgura y liberalidad sin límite. Borrachera de vivir, y de poseer, y de prodigar.

La llama

(De "Los Signos Sagrados" por Romano Guardini)

Ya avanzada la tarde, te hallas un día de otoño en la campiña. Oscuridad y frío en derredor. En la vasta extensión inanimada, el alma se siente en soledad Su anhelo de viviente busca en torno algún apoyo; mas nadie responde. Arboles desnudos, frías colinas, llanuras desiertas, ¡todo muerto! Ella, único ser viviente en aquel yermo. De pronto, al doblar el camino, brilla una luz… ¿Será algún llamamiento? ¿La respuesta al buscar ansioso del alma? ¿Algo esperado o familiar?

O bien acontece que te hallas al anochecer sentado en oscuro aposento. Paredes grises e indiferentes, muebles mudos. En esto se oyen pasos conocidos; una mano experta enciende la estufa; crepita dentro la leña, brota la llama, y de la portezuela abierta se esparce por el aposento un claror rojizo y un calorcito reparador.

¡Qué cambio! ¿No es verdad? Todo está ahora animado. Como cuando en un rostro apagado brilla de súbito risueña la vida.

Si; el fuego se asemeja a los seres vivientes. Y es imagen purísima de nuestra alma; reflejo de cuanto experimentamos vivir en nuestro interior: es cálido, luminoso, inquieto, siempre dirigido en alto. 

Viendo subir íntegra la llama, sensible al más leve soplo pero tenaz en su tendencia ascensional, irradiando luz; prodigando calor, ¿ no sentimos ahí una afinidad profunda con aquello nuestro que también arde de continuo, y es luz y tiende a las alturas, por más que sea a menudo cimbreado por las potencias adversas que lo cercan? Y viendo cómo la llama penetra, y anima, y transfigura el ambiente, y se convierte en centro vivo de cuanto ilumina, ¿no descubrimos ahí una imagen de la misteriosa luz que llevamos dentro, encendida en este mundo para transfigurar todas las cosas y darles una patria?

En efecto, así es. La llama simboliza nuestra vida interior, con sus aspiraciones, su irradiación, fortaleza y espíritu. Llama que vemos, parece que por su oscilación y brillo nos hablara un ser viviente. Y deseando exteriorizar nuestra vida y hacerle hablar de alguna manera, encendemos una llama.

Comprendemos también por qué ha de arder donde nos correspondía estar de continuo: ante el Altar. Allí habíamos de permanecer en profunda adoración, concentradas nuestras potencias y facultades en la misteriosa y augusta presencia.

Dios vuelto a nosotros, y nosotros a Él Así había de ser. Y lo significamos encendiendo allí la llama, como símbolo y expresión de nuestra vida.

La llama que allí arde en la lámpara perpetua —¿lo has pensado?— eres tú. La llama significa tu alma. Significa… debía significarla. Porque naturalmente de suyo nada dice a Dios la luz terrena. Tú eres quien ha de expresar por medio de ella tu vida consagrada a Dios.

Su augusta presencia ha de ser realmente el lugar donde arda tu alma, donde viva, se inflame y brille para Él. Tan en propia casa has de sentirte allí, que la llama silenciosa de la lámpara sea verdadero emblema de tu vida interior.

Esfuérzate por conseguirlo. La cosa no es fácil; mas, hecho a ello, tras tales momentos de quietud luminosa, podrás tranquilo reanudar tu vida entre los hombres.

La llama queda en su augusta presencia, y tú dirás a Dios con verdad: «Señor, ésa es mi alma. Siempre a tu lado».

Tentación y pecado

(De "Verdad y Orden. Homilías universitarias" del padre Romano Guardini, académico, sacerdote y teólogo italiano (1885-1968))

Tenía que someterse a una prueba esa situación de armonía concedida por la gracia, en que estaba el primer hombre respecto a Dios, y en que, por Dios, vivía consigo mismo y con todas las cosas. Debía hacerse evidente que el hombre tenía la seriedad de la decisión auténtica al querer aquello que sostenía toda su situación: la obediencia de la criatura respecto al Creador, y con ella, la verdad del ser. Esta decisión se expresa en la Escritura con una imagen: el hombre debía reconocer como prohibido un árbol en medio de la abundancia de tantos árboles, ricos en fruto. De todos podía comer; de ése, no. Y no porque la prohibición del fruto se expresara simbólicamente una crisis esencial del conjunto de la vida, sino porque ahí se yergue la grandeza de Dios, requiriendo obediencia.

"Pero la serpiente era el más astuto animal del campo que Dios había hecho. Dijo a la mujer: Entonces, ¿Dios ha dicho: No podéis comer de ningún árbol del jardín? La mujer dijo a la serpiente: Podemos comer de los frutos de los árboles del jardín: solamente, de los frutos del árbol que está en medio del jardín ha dicho Dios: No comáis de ellos, ni los toquéis, porque si no, moriréis. La serpiente dijo a la mujer: ¡De ningún modo moriréis! Pero Dios sabe que en cuanto comáis de ellos, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios, conociendo el bien y el mal. Entonces vio la mujer que el árbol era bueno para comer de él, hermoso de ver, y deseable para adquirir entendimiento. Tomó de su fruto, comió y dio a su marido, que estaba con ella, y que también comió. Entonces se les abrieron los ojos y se dieron cuenta de que estaban desnudos" (Gen 3, 1-7).

Un texto abismal. ¿Qué se dice en él?

Ante todo: El mal no estaba en la primera naturaleza del hombre, ni él lo trajo por su propia iniciativa al mundo, sino que le salió al paso. Su origen tiene la forma de una tentación por voluntad ajena, y el pecado consistió en que el hombre cedió a esa voluntad. Por tanto, hay ahí alguien que odia a Dios y su orden, y que quiere incluir al hombre en ese odio.

La naturaleza humana no era originalmente como la conocemos ahora, con tendencias buenas y malas, con potencias ordenadoras y desordenadoras, de las cuales estas últimas se hubieran despertado en alguna ocasión. Ni mucho menos ocurre, como dice una interpretación cínica, en el fondo estúpida, que los hombres se aburrieran en el Paraíso, y eso les hubiera llevado a que sólo el mal es interesante. No se habla de esto ni de nada semejante, sino que la Revelación dice que la historia del bien y del mal se retrotrae hasta el reino del puro espíritu, y que allí tuvo lugar la primera alternativa.

Lo que esto significa, se hace visible sólo en el curso de la Revelación, y alcanza su plena claridad en la tentación de Cristo. Ahí se nos dice que hay un ser que quiere arrancar de Dios al hombre, y mediante éste, al mundo: Satán, él y los suyos. Este no significa, como tantas veces se entiende, el principio del mal. No hay tal principio del mal. No lograrán ustedes, amigos míos, pensar semejante principio. Afirmarlo constituye la misma insensatez que afirmar un principio de la falsedad. El gnosticismo pensó así, y declaró que el mal era uno de los dos elementos básicos de la existencia: muchos lo han repetido, pensando expresar una profunda sabiduría. Pero lo único que existe es el principio del bien y de la verdad, y éste es Dios. Sin embargo, la libertad puede ponerse contra él, en negación y desobediencia, y eso es el mal. Así, no hay ningún ser que sea malo por naturaleza, sino que sólo hay seres que se han rebelado contra Dios; cuya decisión les ha penetrado hasta la médula, y ahora Le odian.

Esto lo manifestó Cristo. Por eso hemos de saber que tenemos enemigos que quieren nuestra perdición, Satán y los suyos. Siempre ha estado en actuación. El fue quien tentó a los primeros hombres.

No se dice su nombre, sino que, una vez más, aparece una imagen, la de la serpiente.

En sí, este animal es como los demás, y en cuanto tal, tan escasamente malo como un águila o un león. Lo que da pie a esta imagen es la impresión que produce la serpiente: se mueve sin ruido, se desliza al avanzar, como escapando, es muda y fría, y su mordedura envenena. Todo ello se condensa en la expresión: "astuta". Por eso puede servir de imagen para Satán, que se acerca, en frío y pérfido, al hombre, para destruirle su vida.

Dice: "Entonces, ¿Dios ha dicho: No podéis comer de ningún árbol del jardín?" Ya observan ustedes que la primera frase crea en seguida una atmósfera de ambigüedad. No dice: Dios ha dicho... a lo cual correspondiera la clara respuesta: es cierto. Sino: ¿es cierto lo que se oye decir? Una penumbra, pues, en que no se separan limpiamente y con claridad el sí y el no, el bien y el mal. ¿Cuál hubiera sido la respuesta adecuada? No dar ninguna en absoluto. Pues la mujer, al ser interpelada, sabe en la claridad de su ánimo: lo que ahí alienta, no es bueno: ahí dentro no está Dios. Por eso debió rehusar todo diálogo. En vez de eso, contesta, y así ya se entregó. Cierto es que todavía dice, defendiendo: "Podemos comer de los frutos de los árboles del jardín." Pero ¿qué necesidad tiene de defender a Dios? ¿Por qué tiene que dar cuentas a ese ser malo sobre la acción de Dios? Esto ya es traición a la sagrada confianza que ha puesto en el hombre el magnánimo amor de Dios.

Luego dice: "Solamente, de los frutos del árbol que está en medio del jardín ha dicho Dios: No comáis de ellos, ni los toquéis, porque si no, moriréis". ¡Pero Dios no ha dicho eso! Defiende a Dios con una exageración. ¿Y quién exagera? El que ya está inseguro. Intenta remachar la validez de lo que ya no está muy sólido para él.

Entonces sabe la serpiente que ha llevado la intranquilidad al ánimo de la mujer, y que es hora del ataque descubierto.

"La serpiente dijo a la mujer: ¡De ningún modo moriréis! Pero Dios sabe que en cuanto comáis de ellos, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios, conociendo el bien y el mal". El ataque se dirige contra la mente e intención de Dios. El Tentador se presenta como si estuviera bien informado. Su mirada penetra más allá de todo el orden de las cosas —hoy se diría más allá del engaño de los curas, más allá de las maniobras de los capitalistas—. Sabe cómo están las cosas en realidad, y se lo explica a los hombres. ¿Qué significa esto? Prescindamos por ahora de la deformación de toda verdad, que aquí tiene lugar, y preguntemos: ¿Cuándo se habla entonces adecuadamente de Dios? En tanto se está vivamente en la relación que fundamenta toda nuestra existencia: Tú, Creador y Señor; yo, hombre, Tu criatura. Sobre El no se puede hablar con objetividad imparcial, sino sólo con fe y con obediencia radical. Aquí se incita al hombre a salir de esa obediencia, poniéndose en un punto de vista de presunta crítica independiente, desde el cual juzgará autónomamente sobre Dios y la existencia: en sentido filosófico, sociológico, histórico o como se quiera. Entonces decidirá si Dios actúa correctamente, si tiene intención justa, incluso si es en absoluto Dios.

Y luego sigue diciendo el Tentador: ¿Sabéis también por qué Dios os prohíbe el fruto? Porque tiene miedo... Pero ¿cómo? Satán falsea la verdadera imagen del Dios vivo transformándolo en el Dios mitológico. El Dios mitológico, en efecto, es un ser cuya soberanía depende de circunstancias, y una de ellas es el saber mágico sobre los misterios de la existencia. Este saber confiere poder: mientras que lo tiene él sólo, está seguro de su soberanía. Pero si otros seres obtienen ese saber, se pone en peligro su poder, y el dios de la hora actual del mundo será destronado por el de la próxima... Tal es el núcleo de lo que dice Satán. Convierte al Dios puro, grande, no necesitado de nada, eterno, en un numen que depende de las condiciones del mundo, y da al hombre la idea de que puede destruir esas condiciones y ponerse en el lugar de Dios.

La tentación debió ser terrible, pues tocó el sentido vital de los primeros hombres. Estos no eran unos niños, sino seres que resplandecían con la plenitud de pura fuerza, tal como había surgido del poder creador de Dios. Ellos percibían esa fuerza: y entonces dice la tentación: El poder vital que sentís, puede hacerse mucho mayor todavía. Puede abarcar el mundo, puede mandar sobre el Universo. Podéis llegar a ser sus soberanos, tal como ahora es Dios su soberano. Con eso el Tentador destruye la relación humana de semejanza a Dios, en que descansa la verdad del hombre; la destruye con la mentira de la igualdad; más aún, de la superioridad.

Estos influjos los recibe la mujer al escuchar, y de repente el árbol, que hasta un momento antes estaba en la inaccesibilidad de la prohibición sagrada, se vuelve seductor, incitante, prometedor: "Entonces vio la mujer que el árbol era bueno para comer de él, hermoso de ver y deseable para adquirir entendimiento. Tomó de su fruto, comió y dio a su mando, que estaba con ella, y que también comió".

La tentación empezó por atacar a la mujer, porque el sentido unitivo de su naturaleza la hace más susceptible para que se le borren las distinciones. Desde ella, el efecto pasa al hombre. El pudo haberle puesto término, pero también sucumbió.

Y se cambia todo: "Entonces se les abrieron los ojos y se dieron cuenta de que estaban desnudos". Ya antes se había dicho: "Los dos estaban desnudos, pero no sentían vergüenza." Era otra desnudez: la del puro estar abiertos. Lo que eran, podían verlo todos, pues todo estaba puro. La pureza surge en el espíritu: si éste está claro, lo está también el cuerpo. Ahora ha tenido lugar la caída en el espíritu. La rebeldía ha puesto al hombre en contradicción con Dios, y por tanto, también consigo mismo. Esto le desordena también el instinto y los sentidos, y se avergüenza. Se siente asaltado por los poderes de la destrucción, y trata de defenderse con la cubierta del vestido.

Amigos míos, lean con cuidado este breve relato: verán qué conocimiento del hombre se expresa en él Será para ustedes como 'un espejo, en que no sólo se ve reflejado un suceso que ocurrió antaño, al principio de la historia misma, sino que sentirán: En esa historia he estado yo mismo.