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Juan 13,31-33a.34-35: El mandamiento nuevo


Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús:
Ahora es glorificado el Hijo del Hombre y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará.
Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros.
Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros.
REFLEXIÓN (de los Sermones de san Agustín):

Quien tiene su corazón lleno de amor, hermanos míos, comprende sin error y mantiene sin esfuerzo la variada, abundante y vastísima doctrina de las Sagradas Escrituras, según las palabras del Apóstol: La plenitud de la ley es el amor, y en otro lugar: El fin del precepto es el amor, que surge de un corazón puro, de una conciencia recta y de una fe no fingida.

¿Cuál es el fin del precepto, sino el cumplimiento del mismo? ¿Y qué es el cumplimiento del precepto, sino el cumplimiento de la ley? Lo que dijo en un lugar: La plenitud de la ley es el amor, es lo mismo que dijo en el otro: El fin del precepto es el amor. No puede dudarse de que el hombre en el que habita el amor es templo de Dios, pues dice también Juan: Dios es amor.

Al decirnos esto los apóstoles y confiarnos la excelencia del amor, están indicando que no comieron otra cosa, sino lo que manifiestan esos eructos. El mismo Señor que los alimentó con la palabra de la verdad y del amor, que es el mismo pan vivo que ha bajado del cielo, dijo: Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Y también: En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si os amáis los unos a los otros.

El que vino a dar muerte a la corrupción de la carne a través de la ignominia de la cruz y a desatar con la novedad de su muerte la cadena vetusta de la nuestra, creó un hombre nuevo con el mandamiento nuevo. Que el hombre muriera era, efectivamente, algo muy antiguo; para que no siempre fuese realidad en el hombre, aconteció algo nuevo: que Dios muriera. Mas como murió en la carne, pero no en la divinidad, mediante la vida sempiterna de su divinidad no permitió que fuese eterna la perdición de la carne. Y así, como dice el Apóstol, murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación (Rom 4,25).

Por tanto, quien adujo la novedad de la vida contra la vetustez de la muerte, él mismo opone al pecado viejo el mandamiento nuevo. En consecuencia, quienquiera que seas tú que quieres extinguir el viejo pecado, apaga la concupiscencia con el mandamiento nuevo y abrázate al amor. Como la concupiscencia es la raíz de todos los males, así también el amor es la raíz de todos los bienes.

El amor por el que amamos a Dios y al prójimo posee confiado toda la magnitud y latitud de las palabras divinas. El único maestro, el celestial, nos enseña y dice: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y amarás al prójimo como a ti mismo. De estos dos preceptos pende toda la ley y los profetas.

Si, pues, no dispones de tiempo para escudriñar todas las páginas santas, para quitar todos los velos a sus palabras y penetrar en todos los secretos de las Escrituras, mantente en el amor, del que pende todo; así tendrás lo que allí aprendiste y también lo que aún no has aprendido.

En efecto, si conoces el amor, conoces algo de lo que pende también lo que tal vez no conoces. En lo que comprendes de las Escrituras, se descubre evidente el amor; en lo que no entiendes se oculta. Quien tiene el amor en sus costumbres posee, pues, tanto lo que está a la vista como lo que está oculto en la palabra divina.

Por tanto, hermanos, perseguid el amor, el dulce y saludable vinculo de las mentes sin el que el rico es pobre y con el que el pobre es rico. El amor da resistencia en las adversidades y moderación en la prosperidad; es fuerte en las pruebas duras, alegre en las buenas obras; confiado en la tentación, generoso en la hospitalidad; alegre entre los verdaderos hermanos, pacientísimo entre los falsos.