Bienvenidos a nuestra página con temas provenientes de documentos de la Iglesia, de escritos de los santos, así como de autores clásicos y contemporáneos, donde también aparece algo de nuestra humilde autoría. Vengan regularmente; aquí siempre encontrarán palabras de vida eterna

Lectura orante del Evangelio del Domingo (Ciclo B) de la Semana 29 del Tiempo Ordinario: Marcos 10,35-45


El auxilio de tu Espíritu Santo pedimos, Señor, en este rato de oración con tu Palabra que iniciamos ahora; que Él nos provea la luz del entendimiento y la animosidad para cumplir las enseñanzas que el texto de hoy nos trae. Amén.

1. Lectura

a) Texto del día

Marcos 10,35-45: En aquel tiempo, Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercan a Jesús y le dijeron: «Maestro, queremos, nos concedas lo que te pidamos». Él les dijo: «¿Qué queréis que os conceda?». Ellos le respondieron: «Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda». Jesús les dijo: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?». Ellos le dijeron: «Sí, podemos». Jesús les dijo: «La copa que yo voy a beber, sí la beberéis y también seréis bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado; pero, sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado».

Al oír esto los otros diez, empezaron a indignarse contra Santiago y Juan. Jesús, llamándoles, les dice: «Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».

b) Contexto histórico y cultural

Al cabo de tres años de intensa labor, Jesús ha emprendido el viaje final a Jerusalén, la capital religiosa y política de la nación judía; le espera la muerte en cruz y la humillación, camino redentor para la salvación del mundo. Sus discípulos, que todavía no han podido entender el verdadero sentido de su mesianismo, están más preocupados por asuntos como el que se describe en el pasaje de hoy, relativo a lugar de la posición a ocupar en el venidero Reino.

2. Meditación (para leer lenta y pausadamente; deteniéndose a meditar y saborear cada palabra, cada verso y cada estrofa, relacionándolos con el Evangelio del día y con nuestra vida)

El ego

¡Cuánto ultrajo con este ego
que únicamente busca brillo,
queriendo ser el mejor bombillo
aunque los otros queden ciegos!

Ofendo a Dios, a quien reniego,
pues la humildad la enseña Cristo,
que no vino a ser servido
y no quiso ser palaciego.

Falto al hermano que doblego,
también a aquel a quien humillo,
a quien trato como enemigo
sólo por querer ser yo primero.

Del banquete hazme camarero,
como esclavo de tus amigos;
así comeré del platillo
del festín del fin de los tiempos.

Amén.

3. Oración

Que sea yo el burrito

Señor, que sea yo el burrito
y no quiera ser jinete
aunque el trabajo sea fuerte;
porque tu ejemplo yo imito
cuando al hermano le sirvo
y, no, poniendo grillete.

Amén.

4. Contemplación (en un profundo silencio interior nos abandonamos por unos minutos de un modo contemplativo en el amor del Padre y en la gracia del Hijo, permitiendo que el Espíritu Santo nos inunde. En resumen, intentamos prolongar en el tiempo este momento de paz en la presencia de Dios).

5. Acción

Al servicio estoy invitado, no sólo en este día, sino siempre;
a dominar la malsana inclinación a la dominación a los demás,
y a alejarme de la vanagloria propia individual.
Con tu ayuda, lo lograré, Señor.
Amén.

Si matar significa destruir, suprimir, eliminar a alguien, entonces no matar querrá decir cuidar, valorar, incluir; y también perdonar

(De la Audiencia General del Papa Francisco del 17 de octubre de 2018)

Hoy quisiera continuar la catequesis sobre la Quinta Palabra del Decálogo: «No matarás». Ya hemos subrayado cómo este mandamiento revela que a los ojos de Dios la vida humana es valiosa, sacra e inviolable. Nadie puede despreciar la vida de otros o la propia; el hombre, de hecho, lleva en sí la imagen de Dios y es objeto de su amor infinito, cualquiera que sea la condición en la que ha sido llamado a la existencia.

En el pasaje del Evangelio que hemos escuchado hace poco, Jesús nos revela de este mandamiento un sentido aún más profundo. Él afirma que, frente al tribunal de Dios, también la ira contra un hermano es una forma de homicidio. Por eso, el Apóstol Juan escribe: «Todo el que aborrece a su hermano es un asesino» (1 Juan 3,15). Pero Jesús no se detiene en esto, y en la misma lógica añade que también el insulto y el desprecio pueden matar. Y nosotros estamos acostumbrados a insultar, es cierto. Y nos sale un insulto como si fuera un suspiro. Y Jesús nos dice: «Detente, porque el insulto hace mal, mata». El desprecio. «Pero yo... esta gente, a este lo desprecio». Y esta es una forma para matar la dignidad de una persona. Y sería hermoso que esta enseñanza de Jesús entrara en la mente y en el corazón, y cada uno de nosotros dijera: «Nunca insultaré a nadie». Sería un propósito hermoso, porque Jesús nos dice: «Mira, si tú desprecias, si tú insultas, si tú odias, eso es homicidio».

Ningún código humano equipara hechos tan diferentes asignándoles el mismo grado de juicio. Y de manera coherente, Jesús invita además a interrumpir la oferta del sacrificio en el templo si se recuerda que un hermano se ha ofendido con nosotros, para ir a buscarlo y reconciliarse con él. También nosotros, cuando vamos a Misa, deberíamos tener esta actitud de reconciliación con las personas con las que hemos tenido problemas. Incluso si hemos pensado mal de ellos, les hemos insultado. Pero muchas veces, mientras esperamos que venga el sacerdote a decir la Misa, se charla un poco y se habla más de los demás. Pero esto no se puede hacer. Pensemos en la gravedad del insulto, del desprecio, del odio: Jesús los pone al mismo nivel del asesinato. ¿Qué pretende decir Jesús, extendiendo hasta este punto el campo de la Quinta Palabra? El hombre tiene una vida noble, muy sensible, y posee un yo recóndito no menos importante de su ser físico. De hecho, para ofender la inocencia de un niño basta una frase inoportuna. Para herir a una mujer puede bastar un gesto de frialdad. Para partir el corazón de un joven es suficiente negarle la confianza. Para aniquilar a un hombre basta ignorarlo. La indiferencia mata. Es como decir a la otra persona: «Tú estás muerto para mí», porque tú lo has matado en tu corazón. No amar es el primer paso para matar; y no matar es el primer paso para amar.

En la Biblia, al inicio, se lee esa frase terrible salida de la boca del primer homicida, Caín, después de que el Señor le pregunta dónde está su hermano, Caín responde: «No lo sé. ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?» (Génesis 4,9). Así hablan los asesinos: «no me afecta», «son cosas tuyas» y cosas similares. Probemos a responder a esta pregunta: ¿Somos nosotros los custodios de nuestros hermanos? ¡Sí que lo somos! ¡Somos custodios los unos de los otros! Y este es el camino de la vida, es el camino del no matarás. La vida humana necesita amor. Y, ¿cuál es el amor auténtico? Es el que Cristo nos ha mostrado, es decir, la misericordia. El amor del que no podemos prescindir es el que perdona, que acoge a quien nos ha hecho mal. Ninguno puede sobrevivir sin misericordia, todos necesitamos el perdón. Por lo tanto, si matar significa destruir, suprimir, eliminar a alguien, entonces no matar querrá decir cuidar, valorar, incluir. Y también perdonar.

Nadie se puede ilusionar pensando: «Estoy bien porque no hago nada malo» un mineral o una planta tienen este tipo de existencia, en cambio el hombre, no; una persona —un hombre o una mujer— no. A un hombre o a una mujer se les pide más. Hay bien por hacer, preparado para cada uno de nosotros, cada uno el suyo, que nos hace ser nosotros mismos hasta el fondo. «No matarás» es un llamamiento al amor y a la misericordia, es una llamada a vivir según el Señor Jesús, que dio la vida por nosotros y por nosotros resucitó. Una vez repetimos todos juntos, aquí en la plaza, una frase de un Santo sobre esto. Tal vez nos ayude: «No hacer el mal es algo bueno. Pero no hacer el bien no es bueno». Siempre debemos hacer el bien. Ir más allá.

Él, el Señor, que encarnándose santificó nuestra existencia; Él, que con su sangre la hizo inestimable; Él, «el jefe que lleva a la vida» (Hechos 3,15), gracias al que cada uno es un regalo del Padre. En Él, en su amor más fuerte que la muerte y por la potencia del Espíritu que el Padre nos da, podemos acoger la Palabra «No matarás» como el llamamiento más importante y esencial: es decir, no matarás significa una llamada al amor.