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Fe

(Texto de san Josemaría Escrivá de Balaguer)
La fe es virtud sobrenatural que dispone nuestra inteligencia
a asentir a las verdades reveladas,
a responder que sí a Cristo,
que nos ha dado a conocer plenamente
el designio salvador de la Trinidad Beatísima.

Santísima Trinidad

(De "Forja" por san Josemaría Escrivá)

Aprende a alabar al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Aprende a tener una especial devoción a la Santísima Trinidad: creo en Dios Padre, creo en Dios Hijo, creo en Dios Espíritu Santo; espero en Dios Padre, espero en Dios Hijo, espero en Dios Espíritu Santo; amo a Dios Padre, amo a Dios Hijo, amo a Dios Espíritu Santo. Creo, espero y amo a la Trinidad Beatísima.

Hace falta esta devoción como un ejercicio sobrenatural del alma, que se traduce en actos del corazón, aunque no siempre se vierta en palabras.

La gloria de la Trinidad en la creación

(De la Audiencia General del Papa Juan Pablo II del 26 de Enero de 2000)

"¡Qué amables son todas sus obras! y eso que es sólo una chispa lo que de ellas podemos conocer. (...) Nada ha hecho incompleto. (...) ¿Quién se saciará de contemplar su gloria? Mucho más podríamos decir y nunca acabaríamos; broche de mis palabras: "Él lo es todo". ¿Dónde hallar fuerza para glorificarle? ¡Él es mucho más grande que todas sus obras!" (Si 42,22.24-25; 43,27-28).

Con estas palabras, llenas de estupor, un sabio bíblico, el Sirácida, expresaba su admiración ante el esplendor de la creación, alabando a Dios. Es un pequeño retazo del hilo de contemplación y meditación que recorre todas las sagradas Escrituras, desde las primeras líneas del Génesis, cuando en el silencio de la nada surgen las criaturas, convocadas por la Palabra eficaz del Creador. "Dijo Dios: "Haya luz", y hubo luz" (Gn 1,3). Ya en esta parte del primer relato de la creación se ve en acción la Palabra de Dios, de la que san Juan dirá:  "En el principio existía la Palabra (...) y la Palabra era Dios. (...) Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe" (Jn 1,1.3). San Pablo reafirmará en el himno de la carta a los Colosenses que "en él (Cristo) fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles:  los tronos, las dominaciones, los principados, las potestades. Todo fue creado por él y para él; él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia" (Col 1,16-17). Pero en el instante inicial de la creación se vislumbra también al Espíritu:  "el Espíritu de Dios aleteaba por encima de las aguas" (Gn 1,2). Podemos decir, con la tradición cristiana, que la gloria de la Trinidad resplandece en la creación.

En efecto, a la luz de la Revelación, es posible ver cómo el acto creativo es apropiado ante todo al "Padre de las luces en quien no hay cambio ni sombra de rotación" (St 1,17). Él resplandece sobre todo el horizonte, como canta el Salmista: "¡Oh Señor, Dios nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra! Tú ensalzaste tu majestad sobre los cielos" (Sal 8,2). Dios "afianzó el orbe, y no se moverá" (Sal 96,10) y frente a la nada, representada simbólicamente por las aguas caóticas que elevan su voz, el Creador se yergue dando consistencia y seguridad: "Levantan los ríos, Señor, levantan los ríos su voz, levantan los ríos su fragor; pero más que la voz de las aguas caudalosas, más potente que el oleaje del mar, más potente en el cielo es el Señor" (Sal 93,3-4).

En la sagrada Escritura la creación a menudo está vinculada también a la Palabra divina que irrumpe y actúa: "La palabra del Señor hizo el cielo; el aliento de su boca, sus ejércitos (...). Él lo dijo, y existió; él lo mandó, y surgió" (Sal 33,6.9); "Él envía su mensaje a la tierra; su palabra corre veloz" (Sal 147,15). En la literatura sapiencial veterotestamentaria la Sabiduría divina, personificada, es la que da origen al cosmos, actuando el proyecto de la mente de Dios. Ya hemos dicho que san Juan y san Pablo verán en la Palabra y en la Sabiduría de Dios el anuncio de la acción de Cristo:  "del cual proceden todas las cosas y para el cual somos" (1 Co 8,6), porque "por él hizo (Dios) también el mundo" (Hb 1,2).

Por último, otras veces, la Escritura subraya el papel del Espíritu de Dios en el acto creador:  "Envías tu Espíritu y son creados, y renuevas la faz de la tierra" (Sal 104,30). El mismo Espíritu es representado simbólicamente por el soplo de la boca de Dios, que da vida y conciencia al hombre y le devuelve la vida en la resurrección, como anuncia el profeta Ezequiel en una página sugestiva, donde el Espíritu actúa para hacer revivir huesos ya secos. Ese  mismo soplo domina las aguas del mar en el éxodo de Israel de Egipto. También el Espíritu regenera a la criatura humana, como  dirá  Jesús  en el diálogo nocturno con Nicodemo: "En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu" (Jn 3,5-6).

Pues bien, frente a la gloria de la Trinidad en la creación el hombre debe contemplar, cantar, volver a sentir asombro. En la sociedad contemporánea la gente se hace árida "no por falta de maravillas, sino por falta de maravilla" (G.K. Chesterton). Para el creyente contemplar lo creado es también escuchar un mensaje, oír una voz paradójica y silenciosa, como nos sugiere el "Salmo del sol": "El cielo proclama la gloria de Dios; el firmamento pregona la obra de sus manos: el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra. Sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje" (Sal 19,2-5).

Por consiguiente, la naturaleza se transforma en un evangelio que nos habla de Dios: "de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor" (Sb 13,5). San Pablo nos enseña que "lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad" (Rm 1,20). Pero esta capacidad de contemplación y conocimiento, este descubrimiento de una presencia trascendente en lo creado, nos debe llevar también a redescubrir nuestra fraternidad con la tierra, a la que estamos vinculados desde nuestra misma creación. Esta era precisamente la meta que el Antiguo Testamento recomendaba para el jubileo judío, cuando la tierra descansaba y el hombre cogía lo que de forma espontánea le ofrecía el campo. Si la naturaleza no es violentada y humillada, vuelve a ser hermana del hombre.

¿Qué significa para nuestra vida religiosa el dogma de la Santísima Trinidad?

(De "Creo en Dios" por Mons. Tihamér Tóth)

La doctrina de la Santísima Trinidad es la creencia más difícil de la religión cristiana; la más dura prueba a que ha de someterse nuestra fe. No lo comprende nuestra razón; mas lo creemos, porque lo enseñó Nuestro Maestro, Jesucristo. Pero, y he aquí lo difícil de la cuestión ¿por qué lo enseñó Cristo? ¡Esta doctrina está, al parecer, tan lejos de la vida religiosa! Aparentemente ni siquiera le atañe. ¿Por qué, pues, la reveló Cristo, si sabía que nunca la habíamos de comprender?

¡Cuántas otras cuestiones nos habrían interesado de veras, y no dijo una sola palabra respecto de ellas! ¿Cuándo llegara el fin del mundo? ¡Qué pregunta más importante! Y Cristo no nos lo dijo. ¿Se salva o se condena la mayor parte de la humanidad? ¿Qué será de aquellos niños que mueren antes del bautismo? Todas estas cosas nos interesarían, y Cristo no nos dijo nada respecto de ellas.

Pero nos habló de la Santísima Trinidad.

Nunca comprenderemos la doctrina de la Santísima Trinidad; y, no obstante, hemos de agradecer a Jesucristo que nos la haya revelado; porque lo poco que de ella entendemos: nos descubre sublimes verdades religiosas. Conociendo a la Santísima Trinidad: 1º, conocemos mejor a Dios; 2º, adoramos mejor a Dios; 3º, amamos mejor al hombre, y 4º, soportamos mejor esta vida terrenal.

En primer lugar, gracias a la creencia en la Santísima Trinidad, ¡qué sublime aparece ante nosotros la imagen de Dios! Si nunca hubiéramos oído hablar de la Santísima Trinidad, ¡qué lejos estaríamos del conocimiento de Dios!

Dejemos por un momento este mundo creado, y... ¿qué es lo quevemos? ¿Vemos acaso al Dios eterno, solo, abandonado en una soledad eterna como Él?

¡Sería algo insoportable! ¡Estar solo eternamente! ¿Sabes lo que significa estar solo? ¿Pasar por la vida abandonado, sin que nadie te comprenda, sin que nadie te ame? Es el peor de los sufrimientos.

Pues, entonces, ¿podrás imaginarte lo que supone que Dios tenga que estar siempre solo? ¿Que nunca sea comprendido por nadie, ya que una mera criatura no es capaz de comprenderle? ¿Que no sea amado como se merece, porque ninguna criatura puede quererle como Dios merece ser querido?

¡Y nos surgen las preguntas de los incrédulos! «¿Qué hizo Dios desde toda la eternidad? Cuando aún no existía el mundo, ¿qué hacía Dios? ¿Se aburría enormemente?...»

Y ahora ved qué admirable respuesta da a todas estas preguntas la doctrina de la Iglesia tocante a la Santísima Trinidad. Nadie es capaz de conocer por completo a Dios sino el mismo Dios; y a este conocimiento lo llamamos el Dios-Hijo. El Padre y el Hijo se aman infinitamente; y a su amor mutuo lo llamamos Dios-Espíritu Santo. Y en este conocimiento divino, perfecto, y en este amor divino, también perfecto, Dios es completamente feliz.

¡Oh Trinidad dichosa!

Es verdad que no comprendemos la doctrina de la Santísima Trinidad; pero ello no obsta a que esta creencia abra ante nosotros insondables abismos de la vida admirable que se esconde en el seno de Dios. A la luz de nuestra fe en la Santísima Trinidad, ¡qué fuerza y qué claridad adquieren las palabras de San Pablo!: «El Rey de los reyes y Señor de los señores, el único que es inmortal y que habita en una luz inaccesible, a quien ninguno de los hombres ha visto, ni le puede ver, a Él el honor y el imperio por siempre» (1 Tim 6,15-16).

¡Cuánto más sublime se nos muestra así nuestro Dios!

¡Oh Trinidad feliz!

Pero voy más allá. De esta forma, no sólo conocemos mejor a Dios, sino que nos podemos dirigirnos a Él en la oración de una manera mucho más perfecta.

No comprendemos el misterio de la Santísima Trinidad, pero lo poco que sabemos nos llena de fascinación...

Si a un niño se le muere su padre y no guarda de él más que una pequeña y deslucida fotografía, ¡con qué amor y respeto mirará el niño los rasgos desdibujados del rostro de su padre! ¿No tendría que conmoverse, aunque de una forma mucho más intensa, nuestro interior cuantas veces pronunciemos el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo?

Hay tres Personas divinas y estas tres Personas son «un solo Dios»; así lo confesamos en el Creo. Pero no me detengo aquí, sino que sigo mis reflexiones. Si son «personas» entonces les puedo dirigir la palabra, les puedo pedir algo, les puedo manifestar mi amor; es decir, son «personas» con quienes puedo entablar «relaciones personales».

Entro en relaciones con el Padre, le hablo, le doy las gracias a Aquel que me otorgó la vida, la conciencia de mí mismo, mi entendimiento, mi corazón.

Hablo con el Hijo, que se hizo hombre, que se hizo hermano mío, que consintió en que fuese martirizado su cuerpo por mí, que vertió su sangre por amor mío.

Hablo con el Espíritu Santo, quien, como espíritu del Padre y del Hijo, inunda mi alma, y de quien proceden todos mis buenos propósitos y todas mis buenas obras. Cuando de esta manera rezo humildemente ante la Santísima Trinidad, la entiendo mejor que si pensase las elucubraciones filosóficas más elevadas.

Y así comprendemos también por qué resuena con tanta frecuencia en los labios de nuestra Santa Madre la Iglesia la alabanza de la Santísima Trinidad. Con esta alabanza empezarnos y terminarnos nuestras oraciones. Con ella empezamos y terminamos la Santa Misa. A ella está unida la administración de los sacramentos, y la Iglesia no sabe bendecir de otra manera que en nombre de la Santísima Trinidad. Al final de sus salmos, de sus himnos, de sus oraciones, siempre resuena la alabanza de la Santísima Trinidad: «¡Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos!»

¡Oh Trinidad dichosa!

¿Sabéis qué otra cosa nos enseña la creencia en la Santísima Trinidad? El amor al prójimo.

Los más sublimes motivos por los que tenemos que amar al prójimo los sacó el mismo Jesucristo de la doctrina referente a la Santísima Trinidad. En la última Cena, con el corazón conmovido, rezó al Padre por sus discípulos para que «...todos sean una misma cosa; y que como Tú, Padre, estás en Mí, y Yo en Ti, así sean ellos una misma cosa en nosotros» (Jn 17,21).

Por encima de nosotros está el Sol, sin el cual no podríamos vivir. Hace brotar la vida, calienta, ilumina; en una triple actividad, no deja de ser una sola cosa. Es una nueva comparación para hacer más inteligible el misterio de la Santísima Trinidad.

Pero el Sol no es un gran disco de fuego, inmóvil, silencioso, como parece muchas veces a través de las nubes, sino que es escenario de huracanes de fuego en constante actividad, de cráteres que arrojan continuamente terribles erupciones de llamas. Algo parecido podríamos decir de Dios, del Dios uno y trino, que no es inmovilidad inactiva, sino amor siempre activo, vivificador, creador y conservador.

Nuestros antepasados tenían especial preferencia por consagrar los hospitales a la Santísima Trinidad. Su alma profundamente religiosa sentía que el amor tierno y abnegado florece mejor en aquellas personas que veneran un amor ferviente a la Santísima Trinidad, a aquella Trinidad augusta en que el amor recíproco y eterno del Padre y del Hijo es llamado Espíritu Santo.

Dios es el Dios de amor, y sólo quien ama mucho a Dios podrá amar a su prójimo y cumplir la Ley (Mc 12,30), porque «Dios es caridad, amor; y el que permanece en la caridad, en Dios permanece, y Dios en él» (1 Jn 4,16).

Finalmente, el dogma de la Santísima Trinidad nos infunde fuerza para pasar esta vida terrena. Dios se entiende a Sí mismo, y esto es el Dios-Hijo. «Dios es luz, y en Él no hay tinieblas» (1 Jn 1,5). Por lo tanto, si vivo según la voluntad de Dios; es decir, si vivo en Dios, entonces también mi vida será luminosa, iluminará, tendrá sentido, aunque viva, según las terrenas apariencias, en medio de privaciones y sufrimientos, en la oscuridad de negros nubarrones, y aunque mi vida sea, aparentemente, una cosa sin sentido.

El Padre y el Hijo se aman, y este amor es el Espíritu Santo. «Dios es caridad» (1 Jn 4,8); por lo tanto, si vivo en Dios, entonces voy alimentándome con el amor de Dios, que me da vida y fortalece, por muy malas que sean las circunstancias de mi vida.

Por tanto, el misterio del Dios uno y trino no sólo nos permite profundizar con la mirada en la esencia de Dios, iluminada con su propia luz, sino que también nos conforta y fortalece.

¡Oh Trinidad feliz!

Nuestra Madre la Iglesia católica nos hace hijos suyos al bautizarnos en el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo; y sólo nos reconoce por hijo suyo cuando confesamos en voz alta la creencia en la Santísima Trinidad.

Y desde aquel momento la fe en la Santísima Trinidad nos acompaña durante toda nuestra vida. Desde el momento en que por vez primera hicimos la señal de la cruz, cuando empezamos a tener uso de razón, hasta el último momento, aquel momento solemne en que el hombre se despide con plena conciencia de la vida, nos acompaña esta fe. Muchos cristianos, incluso hoy día, comienzan su testamento con estas palabras: «En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo...».

La primera idea religiosa que llega a nuestro oído en esta tierra es la profesión de fe en la Santísima Trinidad, que se hace en el bautismo. Y el último pensamiento religioso que se nos dirige es la palabra del sacerdote que junto al lecho de la agonía recita esta oración: «Sal de este mundo, alma cristiana, en el nombre de Dios, Padre Todopoderoso, que te creó: en el nombre de Jesucristo, Hijo del Dios vivo, que padeció por ti; en el nombre del Espíritu Santo, que descendió sobre ti...».

Después sigue el sacerdote rezando: «Te encomendamos, Señor, el alma de tu siervo... Alégrale con tu visión... Es verdad que pecó, pero nunca renegó de la fe en el Padre, y en el Hijo, y en el Espíritu Santo, sino que creyó y adoró fielmente a Dios.».

Dios se merece todo nuestro amor, por eso quiero adorarle fielmente. Cuando trabajo, cuando cumplo a conciencia con mi deber, sé que entonces sirvo al Señor. Cuando rezo mis oraciones, cuando visito a Jesús-Eucaristía oculto en el Sagrario, o me confieso, o comulgo, le sirvo aún mejor. Mas si procuro ser amable, dulce, comprensivo, caritativo con todos, si me esfuerzo por vivir sin pecado, cumplir los mandamientos divinos, entonces es cuando sirvo más al Señor.

¡Señor! Recibí el santo bautismo en nombre de la Santísima Trinidad; me santiguo siempre en nombre de la Santísima Trinidad; quiero despedirme un día de este mundo con el nombre de la Santísima Trinidad en mis labios... Concédeme que la visión de la Santísima Trinidad sea también la felicidad sin fin de mi vida eterna.

Unidad y distinción de la eterna comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo

(De la Audiencia General del Papa Juan Pablo II del 27 de noviembre de 1985)

Unus Deus Trinitas...

En esta concisa formula el Sínodo de Toledo (675) expresó de acuerdo con los grandes Concilios reunidos en el siglo IV en Nicea y en Constantinopla, la fe de la Iglesia en Dios uno y trino.

En nuestros días, Pablo VI en el "Credo del Pueblo de Dios", ha formulado la misma fe con palabras que ya hemos citado durante las catequesis precedentes: "Los lazos mutuos que constituyen eternamente las tres Personas, siendo cada una el solo y el mismo Ser divino, son la bienaventurada vida íntima del Dios tres veces Santo, infinitamente superior a lo que podemos concebir con la capacidad humana".

Dios es inefable e incomprensible, Dios es en su esencia un misterio inescrutable, cuya verdad hemos tratado de iluminar en las catequesis anteriores. Ante la Santísima Trinidad, en la que se expresa la vida íntima del Dios de nuestra fe, hay que repetirlo y constatarlo con una fuerza de convicción todavía mayor. La unidad de la divinidad en la Trinidad de las Personas es realmente un misterio inefable e inescrutable. "Si lo comprendes no es Dios".

Por esto, Pablo VI, continúa diciendo en el texto antes citado: "Damos con todo gracias a la Bondad divina por el hecho de que gran número de creyentes puedan atestiguar juntamente con nosotros delante de los hombres la Unidad de Dios, aunque no conozcan el misterio de la Santísima Trinidad".

La Santa Iglesia en su fe trinitaria se siente unida a todos los que confiesan al único Dios. La fe en la Trinidad no destruye la verdad del único Dios: por el contrario, pone de relieve su riqueza, su contenido misterioso, su vida íntima.

Esta fe tiene su fuente —la única fuente— en la revelación del Nuevo Testamento. Sólo mediante esta revelación es posible conocer la verdad sobre Dios uno y trino. Efectivamente, éste es uno de los "misterios escondidos en Dios, que —como dice el Concilio Vaticano I— si no son revelados, no pueden ser conocidos" (Const. Dei Filius).

El dogma de la Santísima Trinidad en el cristianismo se ha considerado siempre un misterio: el más fundamental y el más inescrutable. Jesucristo mismo dice: "Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el hijo quiera revelárselo" (Mt 11, 27).

Como enseña el Concilio Vaticano I: «Los divinos misterios por su naturaleza superan el entendimiento creado de tal modo que, aún entregados mediante la revelación y acogidos por la fe, sin embargo permanecen cubiertos por el velo de la misma fe y envueltos por una especie de oscuridad, mientras en esta vida mortal "estamos en destierro lejos del Señor, porque caminamos en fe y no en visión" (2 Cor 5, 6)» (Const. Dei Filius).

Esta afirmación vale de modo especial para el misterio de la Santísima Trinidad : incluso después de la Revelación sigue siendo el misterio más profundo de la fe, que el entendimiento por sí solo no puede comprender ni penetrar. En cambio, el mismo entendimiento, iluminado por la fe, puede, en cierto modo, aferrar y explicar el significado del dogma. Y de este modo puede acercar al hombre al misterio de la vida íntima del Dios uno y trino.

En la realización de esta obra excelsa —tanto por medio del trabajo de muchos teólogos y ante todo de los Padres de la Iglesia, como mediante las definiciones de los Concilios—, se demostró particularmente importante y fundamental el concepto de "persona" como distinto del de "naturaleza" (o esencia). Persona es aquel o aquella que existe como ser humano concreto, como individuo que posee la humanidad, es decir, la naturaleza humana. La naturaleza (la esencia) es todo aquello por lo que el que existe concretamente es lo que es. Así, por ejemplo, cuando hablamos de "naturaleza humana", indicamos aquello por lo que cada hombre es hombre, con sus componentes esenciales y con sus propiedades.

Aplicando esta distinción a Dios, constatamos la unidad de la naturaleza, esto es, la unidad de la Divinidad, la cual pertenece de modo absoluto y exclusivo a Aquel que existe como Dios. Al mismo tiempo —tanto a la luz del solo entendimiento, como, y todavía más, a la luz de la Revelación—, alimentamos la convicción de que Él es un Dios personal. También a quienes no ha llegado la revelación de la existencia en Dios de tres Personas, el Dios Creador debe aparecerles como un Ser personal. Efectivamente, siendo la persona lo que hay de más perfecto en el mundo, no se puede menos de atribuir esta calificación al Creador, aún respetando su infinita transcendencia. Precisamente por esto las religiones monoteístas no cristianas entienden a Dios como persona infinitamente perfecta y absolutamente transcendente con relación al mundo.

Uniendo nuestra voz a la de todo otro creyente, elevamos también en este momento nuestro corazón al Dios viviente y personal, al único Dios que ha creado los mundos y que está en el origen de todo lo que es bueno, bello y santo. A Él la alabanza y la gloria por los siglos.

La Santísima Trinidad en la doctrina de la fe

(Del Catecismo de la Iglesia Católica)

La formación del dogma trinitario

La verdad revelada de la Santísima Trinidad ha estado desde los orígenes en la raíz de la fe viva de la Iglesia, principalmente en el acto del Bautismo. Encuentra su expresión en la regla de la fe bautismal, formulada en la predicación, la catequesis y la oración de la Iglesia. Estas formulaciones se encuentran ya en los escritos apostólicos, como este saludo recogido en la liturgia eucarística: "La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros" (2 Co 13,13).

Durante los primeros siglos, la Iglesia formula más explícitamente su fe trinitaria tanto para profundizar su propia inteligencia de la fe como para defenderla contra los errores que la deformaban. Esta fue la obra de los Concilios antiguos, ayudados por el trabajo teológico de los Padres de la Iglesia y sostenidos por el sentido de la fe del pueblo cristiano.

Para la formulación del dogma de la Trinidad, la Iglesia debió crear una terminología propia con ayuda de nociones de origen filosófico: "substancia", "persona" o "hipóstasis", "relación", etc. Al hacer esto, no sometía la fe a una sabiduría humana, sino que daba un sentido nuevo, sorprendente, a estos términos destinados también a significar en adelante un Misterio inefable, "infinitamente más allá de todo lo que podemos concebir según la medida humana" (Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios).

La Iglesia utiliza el término "substancia" (traducido a veces también por "esencia" o por "naturaleza") para designar el ser divino en su unidad; el término "persona" o "hipóstasis" para designar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo en su distinción real entre sí; el término "relación" para designar el hecho de que su distinción reside en la referencia de cada uno a los otros.

El dogma de la Santísima Trinidad

La Trinidad es una. No confesamos tres dioses sino un solo Dios en tres personas: "la Trinidad consubstancial". Las personas divinas no se reparten la única divinidad, sino que cada una de ellas es enteramente Dios: "El Padre es lo mismo que es el Hijo, el Hijo lo mismo que es el Padre, el Padre y el Hijo lo mismo que el Espíritu Santo, es decir, un solo Dios por naturaleza". "Cada una de las tres personas es esta realidad, es decir, la substancia, la esencia o la naturaleza divina".

Las Personas divinas son realmente distintas entre sí. "Dios es único pero no solitario". "Padre", "Hijo", Espíritu Santo" no son simplemente nombres que designan modalidades del ser divino, pues son realmente distintos entre sí: "El que es el Hijo no es el Padre, y el que es el Padre no es el Hijo, ni el Espíritu Santo el que es el Padre o el Hijo". Son distintos entre sí por sus relaciones de origen: "El Padre es quien engendra, el Hijo quien es engendrado, y el Espíritu Santo es quien procede". La Unidad divina es Trina.

Las Personas divinas son relativas unas a otras. La distinción real de las Personas entre sí, porque no divide la unidad divina, reside únicamente en las relaciones que las refieren unas a otras: "En los nombres relativos de las personas, el Padre es referido al Hijo, el Hijo lo es al Padre, el Espíritu Santo lo es a los dos; sin embargo, cuando se habla de estas tres Personas considerando las relaciones se cree en una sola naturaleza o substancia". En efecto, "en Dios todo es uno, excepto lo que comporta relaciones opuestas". "A causa de esta unidad, el Padre está todo en el Hijo, todo en el Espíritu Santo; el Hijo está todo en el Padre, todo en el Espíritu Santo; el Espíritu Santo está todo en el Padre, todo en el Hijo".

A los catecúmenos de Constantinopla, san Gregorio Nacianceno, llamado también "el Teólogo", confía este resumen de la fe trinitaria:

«Ante todo, guardadme este buen depósito, por el cual vivo y combato, con el cual quiero morir, que me hace soportar todos los males y despreciar todos los placeres: quiero decir la profesión de fe en el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. Os la confío hoy. Por ella os introduciré dentro de poco en el agua y os sacaré de ella. Os la doy como compañera y patrona de toda vuestra vida. Os doy una sola Divinidad y Poder, que existe Una en los Tres, y contiene los Tres de una manera distinta. Divinidad sin distinción de substancia o de naturaleza, sin grado superior que eleve o grado inferior que abaje [...] Es la infinita connaturalidad de tres infinitos. Cada uno, considerado en sí mismo, es Dios todo entero[...] Dios los Tres considerados en conjunto [...] No he comenzado a pensar en la Unidad cuando ya la Trinidad me baña con su esplendor. No he comenzado a pensar en la Trinidad cuando ya la unidad me posee de nuevo...

Las obras divinas y las misiones trinitarias

O lux beata Trinitas et principalis Unitas! ("¡Oh Trinidad, luz bienaventurada y unidad esencial!"). Dios es eterna beatitud, vida inmortal, luz sin ocaso. Dios es amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios quiere comunicar libremente la gloria de su vida bienaventurada. Tal es el "designio benevolente" (Ef 1,9) que concibió antes de la creación del mundo en su Hijo amado, "predestinándonos a la adopción filial en Él" (Ef 1,4-5), es decir, "a reproducir la imagen de su Hijo" (Rm 8,29) gracias al "Espíritu de adopción filial" (Rm 8,15). Este designio es una "gracia dada antes de todos los siglos" (2 Tm 1,9-10), nacido inmediatamente del amor trinitario. Se despliega en la obra de la creación, en toda la historia de la salvación después de la caída, en las misiones del Hijo y del Espíritu, cuya prolongación es la misión de la Iglesia.

Toda la economía divina es la obra común de las tres Personas divinas. Porque la Trinidad, del mismo modo que tiene una sola y misma naturaleza, así también tiene una sola y misma operación. "El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no son tres principios de las criaturas, sino un solo principio". Sin embargo, cada Persona divina realiza la obra común según su propiedad personal. Así la Iglesia confiesa, siguiendo al Nuevo Testamento: "Uno es Dios [...] y Padre de quien proceden todas las cosas, Uno el Señor Jesucristo por el cual son todas las cosas, y Uno el Espíritu Santo en quien son todas las cosas. Son, sobre todo, las misiones divinas de la Encarnación del Hijo y del don del Espíritu Santo las que manifiestan las propiedades de las personas divinas.

Toda la economía divina, obra a la vez común y personal, da a conocer la propiedad de las Personas divinas y su naturaleza única. Así, toda la vida cristiana es comunión con cada una de las personas divinas, sin separarlas de ningún modo. El que da gloria al Padre lo hace por el Hijo en el Espíritu Santo; el que sigue a Cristo, lo hace porque el Padre lo atrae y el Espíritu lo mueve.

El fin último de toda la economía divina es la entrada de las criaturas en la unidad perfecta de la Bienaventurada Trinidad. Pero desde ahora somos llamados a ser habitados por la Santísima Trinidad: "Si alguno me ama —dice el Señor— guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él" (Jn 14,23).

«Dios mío, Trinidad que adoro, ayúdame a olvidarme enteramente de mí mismo para establecerme en ti, inmóvil y apacible como si mi alma estuviera ya en la eternidad; que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de ti, mi inmutable, sino que cada minuto me lleve más lejos en la profundidad de tu Misterio. Pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo, tu morada amada y el lugar de tu reposo. Que yo no te deje jamás solo en ella, sino que yo esté allí enteramente, totalmente despierta en mi fe, en adoración, entregada sin reservas a tu acción creadora» (Beata Isabel de la Trinidad, Oración)

Resumen

El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Sólo Dios puede dárnoslo a conocer revelándose como Padre, Hijo y Espíritu Santo.

La Encarnación del Hijo de Dios revela que Dios es el Padre eterno, y que el Hijo es "de la misma naturaleza que el Padre", es decir, que es en Él y con Él el mismo y único Dios.

La misión del Espíritu Santo, enviado por el Padre en nombre del Hijo y por el Hijo "de junto al Padre" (Jn 15,26), revela que él es con ellos el mismo Dios único. "Con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria".

"El Espíritu Santo procede principalmente del Padre, y por concesión del Padre, sin intervalo de tiempo procede de los dos como de un principio común" (S. Agustín).

Por la gracia del bautismo "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt 28, 19) somos llamados a participar en la vida de la Bienaventurada Trinidad, aquí abajo en la oscuridad de la fe y, después de la muerte, en la luz eterna.

"La fe católica es ésta: que veneremos un Dios en la Trinidad y la Trinidad en la unidad, no confundiendo las Personas, ni separando las substancias; una es la persona del Padre, otra la del Hijo, otra la del Espíritu Santo; pero del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo una es la divinidad, igual la gloria, coeterna la majestad".

Las Personas divinas, inseparables en su ser, son también inseparables en su obrar. Pero en la única operación divina cada una manifiesta lo que le es propio en la Trinidad, sobre todo en las misiones divinas de la Encarnación del Hijo y del don del Espíritu Santo.

La revelación de Dios como Trinidad

(Del Catecismo de la Iglesia Católica)

El Padre revelado por el Hijo

La invocación de Dios como "Padre" es conocida en muchas religiones. La divinidad es con frecuencia considerada como "padre de los dioses y de los hombres". En Israel, Dios es llamado Padre en cuanto Creador del mundo. Pues aún más, es Padre en razón de la Alianza y del don de la Ley a Israel, su "primogénito" (Ex 4,22). Es llamado también Padre del rey de Israel. Es muy especialmente "el Padre de los pobres", del huérfano y de la viuda, que están bajo su protección amorosa.

Al designar a Dios con el nombre de "Padre", el lenguaje de la fe indica principalmente dos aspectos: que Dios es origen primero de todo y autoridad transcendente y que es al mismo tiempo bondad y solicitud amorosa para todos sus hijos. Esta ternura paternal de Dios puede ser expresada también mediante la imagen de la maternidad que indica más expresivamente la inmanencia de Dios, la intimidad entre Dios y su criatura. El lenguaje de la fe se sirve así de la experiencia humana de los padres que son en cierta manera los primeros representantes de Dios para el hombre. Pero esta experiencia dice también que los padres humanos son falibles y que pueden desfigurar la imagen de la paternidad y de la maternidad. Conviene recordar, entonces, que Dios transciende la distinción humana de los sexos. No es hombre ni mujer, es Dios. Transciende también la paternidad y la maternidad humanas, aunque sea su origen y medida: Nadie es padre como lo es Dios.

Jesús ha revelado que Dios es "Padre" en un sentido nuevo: no lo es sólo en cuanto Creador; Él es eternamente Padre en relación a su Hijo único, que recíprocamente sólo es Hijo en relación a su Padre: "Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar" (Mt 11,27).

Por eso los Apóstoles confiesan a Jesús como "el Verbo que en el principio estaba junto a Dios y que era Dios" (Jn 1,1), como "la imagen del Dios invisible" (Col 1,15), como "el resplandor de su gloria y la impronta de su esencia" (Hb 1,3).

Después de ellos, siguiendo la tradición apostólica, la Iglesia confesó en el año 325 en el primer Concilio Ecuménico de Nicea que el Hijo es "consubstancial" al Padre, es decir, un solo Dios con él. El segundo Concilio Ecuménico, reunido en Constantinopla en el año 381, conservó esta expresión en su formulación del Credo de Nicea y confesó "al Hijo Único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no creado, consubstancial al Padre".

El Padre y el Hijo revelados por el Espíritu

Antes de su Pascua, Jesús anuncia el envío de "otro Paráclito" (Defensor), el Espíritu Santo. Este, que actuó ya en la Creación y "por los profetas", estará ahora junto a los discípulos y en ellos, para enseñarles y conducirlos "hasta la verdad completa" (Jn 16,13). El Espíritu Santo es revelado así como otra persona divina con relación a Jesús y al Padre.

El origen eterno del Espíritu se revela en su misión temporal. El Espíritu Santo es enviado a los Apóstoles y a la Iglesia tanto por el Padre en nombre del Hijo, como por el Hijo en persona, una vez que vuelve junto al Padre. El envío de la persona del Espíritu tras la glorificación de Jesús, revela en plenitud el misterio de la Santa Trinidad.

La fe apostólica relativa al Espíritu fue proclamada por el segundo Concilio Ecuménico en el año 381 en Constantinopla: "Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre". La Iglesia reconoce así al Padre como "la fuente y el origen de toda la divinidad". Sin embargo, el origen eterno del Espíritu Santo está en conexión con el del Hijo: "El Espíritu Santo, que es la tercera persona de la Trinidad, es Dios, uno e igual al Padre y al Hijo, de la misma sustancia y también de la misma naturaleza [...] por eso, no se dice que es sólo el Espíritu del Padre, sino a la vez el espíritu del Padre y del Hijo". El Credo del Concilio de Constantinopla (año 381) confiesa: "Con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria".

La tradición latina del Credo confiesa que el Espíritu "procede del Padre y del Hijo (Filioque)". El Concilio de Florencia, en el año 1438, explicita: "El Espíritu Santo [...] tiene su esencia y su ser a la vez del Padre y del Hijo y procede eternamente tanto del Uno como del Otro como de un solo Principio y por una sola espiración [...]. Y porque todo lo que pertenece al Padre, el Padre lo dio a su Hijo único al engendrarlo a excepción de su ser de Padre, esta procesión misma del Espíritu Santo a partir del Hijo, éste la tiene eternamente de su Padre que lo engendró eternamente".

La afirmación del Filioque no figuraba en el símbolo confesado el año 381 en Constantinopla. Pero sobre la base de una antigua tradición latina y alejandrina, el Papa san León la había ya confesado dogmáticamente el año 447 antes incluso que Roma conociese y recibiese el año 451, en el concilio de Calcedonia, el símbolo del 381. El uso de esta fórmula en el Credo fue poco a poco admitido en la liturgia latina (entre los siglos VIII y XI). La introducción del Filioque en el Símbolo Niceno-Constantinopolitano por la liturgia latina constituye, todavía hoy, un motivo de no convergencia con las Iglesias ortodoxas.

La tradición oriental expresa en primer lugar el carácter de origen primero del Padre por relación al Espíritu Santo. Al confesar al Espíritu como "salido del Padre" (Jn 15,26), esa tradición afirma que éste procede del Padre por el Hijo. La tradición occidental expresa en primer lugar la comunión consubstancial entre el Padre y el Hijo diciendo que el Espíritu procede del Padre y del Hijo (Filioque). Lo dice "de manera legítima y razonable", porque el orden eterno de las personas divinas en su comunión consubstancial implica que el Padre sea el origen primero del Espíritu en tanto que "principio sin principio" (Concilio de Florencia 1442), pero también que, en cuanto Padre del Hijo Único, sea con él "el único principio de que procede el Espíritu Santo" (Concilio de Lyon II, año 1274). Esta legítima complementariedad, si no se desorbita, no afecta a la identidad de la fe en la realidad del mismo misterio confesado.

El Dios único es la inefable y Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo

(De la Audiencia General del Papa Juan Pablo II de fecha 9 de octubre de 1985)

La Iglesia profesa su fe en el Dios único, que es al mismo tiempo Trinidad Santísima e inefable de Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y la Iglesia vive de esta verdad, contenida en los más antiguos Símbolos de Fe, y recordada en nuestros tiempos por Pablo VI, con ocasión del 1900 aniversario del martirio de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo (1968), en el Símbolo que él mismo presentó y que se conoce universalmente como "Credo del Pueblo de Dios".

Sólo el que se nos ha querido dar a conocer y que "habitando una luz inaccesible" (1 Tim 6,16) es en Sí mismo por encima de todo nombre, de todas las cosas y de toda inteligencia creada puede darnos el conocimiento justo y pleno de Sí mismo, revelándose como Padre, Hijo y Espíritu Santo, a cuya eterna vida nosotros estamos llamados, por su gracia, a participar, aquí abajo en la oscuridad de la fe y, después de la muerte, en la luz perpetua.

Dios, que para nosotros es incomprensible, ha querido revelarse a Sí mismo no sólo como único creador y Padre omnipotente, sino también como Padre, Hijo y Espíritu Santo. En esta revelación la verdad sobre Dios, que es amor, se desvela en su fuente esencial: Dios es amor en la vida interior misma de una única Divinidad.

Este amor se revela como una inefable comunión de Personas.

Este misterio —el más profundo: el misterio de la vida íntima de Dios mismo— nos lo ha revelado Jesucristo: "El que está en el seno del Padre, ése le ha dado a conocer" (Jn 1,18). Según el Evangelio de San Mateo, las últimas palabras, con las que Jesucristo concluye su misión terrena después de la resurrección, fueron dirigidas a los Apóstoles: "Id y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo"(Mt 28,19). Estas palabras inauguraban la misión de la Iglesia, indicándole su compromiso fundamental y constitutivo. La primera tarea de la Iglesia es enseñar y bautizar —y bautizar quiere decir "sumergir" (por esto, se bautiza con agua)— en la vida trinitaria de Dios.

Jesucristo encierra en estas últimas palabras todo lo que precedentemente había enseñado sobre Dios: sobre el Padre, sobre el Hijo y sobre el Espíritu Santo. Efectivamente, había anunciado desde el principio la verdad sobre el Dios único, en conformidad con la tradición de Israel. A la pregunta: "¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?", Jesús había respondido: "El primero es: Escucha Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor" (Mc 12,29). Y al mismo tiempo Jesús se había dirigido constantemente a Dios como a "su Padre", hasta asegurar: "Yo y el Padre somos una sola cosa" (Jn 10,30). Del mismo modo había revelado también al "Espíritu de verdad, que procede del Padre" y que —aseguró— "yo os enviaré de parte del Padre" (Jn 15,26).

Las palabras sobre el bautismo "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo", confiadas por Jesús a los Apóstoles al concluir su misión terrena, tienen un significado particular, porque han consolidado la verdad sobre la Santísima Trinidad, poniéndola en la base de la vida sacramental de la Iglesia. La vida de fe de todos los cristianos comienza en el bautismo, con la inmersión en el misterio del Dios vivo. Lo prueban las Cartas apostólicas, ante todo las de San Pablo. Entre las fórmulas trinitarias que contienen, la más conocida y constantemente usada en la liturgia, es la que se halla en la segunda Carta a los Corintios: "La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios (Padre) y la comunión del Espíritu Santo esté con todos vosotros" (2 Cor 13,13). Encontramos otras en la primera Carta a los Corintios; en la de los Efesios y también en la primera Carta de San Pedro, al comienzo del primer capítulo (1 Pe 1,1-2).

Como un reflejo, todo el desarrollo de la vida de oración de la Iglesia ha asumido una conciencia y un aliento trinitario: en el Espíritu, por Cristo, al Padre.

De este modo, la fe en el Dios uno y trino entró desde el principio en la Tradición de la vida de la Iglesia y de los cristianos. En consecuencia, toda la liturgia ha sido —y es— por su esencia, trinitaria, en cuanto que es expresión de la divina economía. Hay que poner de relieve que a la comprensión de este supremo misterio de la Santísima Trinidad ha contribuido la fe en la redención, es decir, la fe en la obra salvífica de Cristo. Ella manifiesta la misión del Hijo y del Espíritu Santo que en el seno de la Trinidad eterna proceden "del Padre", revelando la "economía trinitaria" presente en la redención y en la santificación. La Santa Trinidad se anuncia ante todo mediante la soteriología, es decir, mediante el conocimiento de la "economía de la salvación", que Cristo anuncia y realiza en su misión mesiánica. De este conocimiento arranca el camino para el conocimiento de la Trinidad "inmanente", del misterio de la vida íntima de Dios.

En este sentido el Nuevo Testamento contiene la plenitud de la revelación trinitaria. Dios, al revelarse en Jesucristo, por una parte desvela quién es Dios para el hombre y, por otra, descubre quién es Dios en Sí mismo, es decir, en su vida íntima. La verdad "Dios es amor" (1 Jn 4,16), expresada en la primera Carta de Juan, posee aquí el valor de clave de bóveda. Si por medio de ella se descubre quién es Dios para el hombre, entonces se desvela también (en cuanto es posible que la mente humana lo capte y nuestras palabras lo expresen), quién es Él en Sí mismo. Él es Unidad, es decir, Comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

El Antiguo Testamento no reveló esta verdad de modo explícito, pero la preparó, mostrando la Paternidad de Dios en la Alianza con el Pueblo, manifestando su acción en el mundo con la Sabiduría, la Palabra y el Espíritu. El Antiguo Testamento principalmente consolidó ante todo en Israel y luego fuera de él la verdad sobre el Dios único, el quicio de la religión monoteísta. Se debe concluir, pues, que el Nuevo Testamento trajo la plenitud de la revelación sobre la Santa Trinidad y que la verdad trinitaria ha estado desde el principio en la raíz de la fe viva de la comunidad cristiana, por medio del bautismo y de la liturgia. Simultáneamente iban las reglas de la fe, con las que nos encontramos abundantemente tanto en las Cartas apostólicas, como en el testimonio del kerygma, de la catequesis y de la oración de la Iglesia.

Un tema aparte es la formación del dogma trinitario en el contexto de la defensa contra las herejías de los primeros siglos. La verdad sobre Dios uno y trino es el más profundo misterio de la fe y también el más difícil de comprender: se presentaba, pues, la posibilidad de interpretaciones equivocadas, especialmente cuando el cristianismo se puso en contacto con la cultura y la filosofía griega. Se trataba de "inscribir" correctamente el misterio del Dios trino y uno "en la terminología del 'ser' ", es decir, de expresar de manera precisa en el lenguaje filosófico de la época los conceptos que definían inequívocamente tanto la unidad como la trinidad del Dios de nuestra Revelación.

Esto sucedió ante todo en los dos grandes Concilios Ecuménicos de Nicea (325) y de Constantinopla (381). El fruto del magisterio de estos Concilios es el "Credo" niceno-constantinopolitano, con el que, desde aquellos tiempos, la Iglesia expresa su fe en el Dios uno y trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Recordando la obra de los Concilios, hay que nombrar a algunos teólogos especialmente beneméritos, sobre todo entre los Padres de la Iglesia. En el período pre-niceno citamos a Tertuliano, Cipriano, Orígenes, Ireneo, en el niceno a Atanasio y Efrén Sirio, en el anterior al Concilio de Constantinopla recordamos a Basilio Magno, Gregorio Nacianceno y Gregorio Niseno, Hilario, hasta Ambrosio, Agustín, León Magno.

Del siglo V proviene el llamado Símbolo atanasiano, que comienza con la palabra "Quicumque", y que constituye una especie de comentario al Símbolo niceno-constantinopolitano.

El "Credo del Pueblo de Dios" de Pablo VI confirma la fe de la Iglesia primitiva cuando proclama: "Los mutuos vínculos que constituyen eternamente las tres Personas, que son cada una el único e idéntico Ser divino, son la bienaventurada vida íntima de Dios tres veces Santo, infinitamente más allá de todo lo que nosotros podemos concebir según la humana medida : realmente, ¡inefable y santísima Trinidad - único Dios!

Santísima Trinidad

(Del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica)

¿Puede la razón humana conocer, por sí sola, el misterio de la Santísima Trinidad?

Dios ha dejado huellas de su ser trinitario en la creación y en el Antiguo Testamento, pero la intimidad de su ser como Trinidad Santa constituye un misterio inaccesible a la sola razón humana e incluso a la fe de Israel, antes de la Encarnación del Hijo de Dios y del envío del Espíritu Santo. Este misterio ha sido revelado por Jesucristo, y es la fuente de todos los demás misterios.

¿Qué nos revela Jesucristo acerca del misterio del Padre?

Jesucristo nos revela que Dios es «Padre», no sólo en cuanto es Creador del universo y del hombre sino, sobre todo, porque engendra eternamente en su seno al Hijo, que es su Verbo, «resplandor de su gloria e impronta de su sustancia» (Hb 1, 3).

¿Quién es el Espíritu Santo, que Jesucristo nos ha revelado?

El Espíritu Santo es la tercera Persona de la Santísima Trinidad. Es Dios, uno e igual al Padre y al Hijo; «procede del Padre» (Jn 15, 26), que es principio sin principio y origen de toda la vida trinitaria. Y procede también del Hijo (Filioque), por el don eterno que el Padre hace al Hijo. El Espíritu Santo, enviado por el Padre y por el Hijo encarnado, guía a la Iglesia hasta el conocimiento de la «verdad plena» (Jn 16, 13).

¿Cómo expresa la Iglesia su fe trinitaria?

La Iglesia expresa su fe trinitaria confesando un solo Dios en tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Las tres divinas Personas son un solo Dios porque cada una de ellas es idéntica a la plenitud de la única e indivisible naturaleza divina. Las tres son realmente distintas entre sí, por sus relaciones recíprocas: el Padre engendra al Hijo, el Hijo es engendrado por el Padre, el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo.

¿Cómo obran las tres divinas Personas?

Inseparables en su única sustancia, las divinas Personas son también inseparables en su obrar: la Trinidad tiene una sola y misma operación. Pero en el único obrar divino, cada Persona se hace presente según el modo que le es propio en la Trinidad.

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Oración a la Santísima Trinidad
(Autor: Beata Sor Isabel de la Trinidad)

¡Oh Dios mío, Trinidad adorable, ayúdame a olvidarme
por entero para establecerme en ti!
¡Oh mi Cristo amado, crucificado por amor! Siento mi
impotencia y te pido que me revistas de ti mismo, que
identifiques mi alma con todos lo movimientos de tu
alma; que me sustituyas, para que mi vida no sea más
que una irradiación de tu propia vida. Ven a mí como
adorador, como reparador y como salvador...

¡Oh fuego consumidor, Espíritu de amor! Ven a mí, para
que se haga en mi alma una como encarnación del Verbo;
que yo sea para él una humanidad sobreañadida en la que
él renueve todo su misterio.

Y tú, ¡oh Padre!, inclínate sobre tu criatura; no veas
en ella más que a tu amado en el que has puesto todas
tus complacencias.

¡Oh mis tres, mi todo, mi dicha, soledad infinita,
inmensidad en que me pierdo! Me entrego a vos como
una presa; sepultaos en mi para que yo me sepulte en
vos, en espera de ir a contemplar en vuestra luz el
abismo de vuestras grandezas.

Amén.