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¡Sagrado Corazón!

(Romanos 5,8: Pero la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores)
En punzante aflicción,
sin rehuir el dolor
me mostraste tu amor;
¡Sagrado Corazón!

Una inversa oblación
con que al mundo bendijo:
Dios nos dona su Hijo
para la salvación;

es amor sin medida
dado hasta el extremo;
sufriendo el Supremo
con una honda herida;

cuando clavan la lanza
y la sangre ya brota;
el dolor se le nota,
y mal cree que avanza;

pero, fue una simiente,
la sangre vertida,
para una nueva vida
en que Cristo es la fuente.

Sin un estetoscopio,
sus latidos escucho:
"Dios te ama mucho"
y hoy de ellos me apropio.

En punzante aflicción,
sin rehuir el dolor
me mostraste tu amor;
¡Sagrado Corazón!

Sagrado Corazón

(Lucas 23,34: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen) 
Sagrado Corazón, amor
de Dios, sin límite ni fin;
que ni con quien le ha sido ruin,
de faltas, es condenador.
En la cruz, siendo el Redentor,
el perdón mana su pecho
con su sangre en cruento hecho,
en que, amando, muere el Hijo;
salvación con que bendijo
al que acepta ese provecho.

Amén.

¡Sagrado Corazón de Jesús!

(Lucas 15,7: Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse)
¡Sagrado Corazón de Jesús!,
dulce expresión de amor infinito
que mana del costado de Cristo,
hoy dame un baño de tu virtud
como consuelo de mi inquietud,
para sentir tu afecto bendito
y hacerlo parte de mis instintos,
a ver si logro amar como Tú.

Amén.

Corazón de Jesús

(Del Rezo del Ángelus por el Papa Francisco del 9 de junio de 2013)

La piedad popular valora mucho los símbolos,
y el Corazón de Jesús es el símbolo por excelencia
de la misericordia de Dios;
pero no es un símbolo imaginario,
es un símbolo real,
que representa el centro,
la fuente de la que brotó la salvación
para toda la humanidad.

Lectura orante del Evangelio de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús: Mateo 11,25-30 (Ciclo A), Juan 19,31-37 (Ciclo B), Lucas 15,3-7(Ciclo C)


En este tiempo de oración que iniciamos ahora, con tu Palabra, clamamos, Señor, por la acción de tu Santo Espíritu en nosotros, para que nuestra mente y nuestro corazón entiendan y acojan lo que Tú has querido hacernos llegar en este día con tu Santo Evangelio, y se dispongan a convertirlo en obra en la vida cotidiana de cada uno de nosotros. Amén.

1. Lectura

a) Texto del día

Mateo 11,25-30 (Ciclo A): En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera».

Juan 19,31-37 (Ciclo B): En aquel tiempo, los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado —porque aquel sábado era muy solemne— rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con Él. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: ‘No se le quebrará hueso alguno’. Y también otra Escritura dice: ‘Mirarán al que traspasaron’.

Lucas 15,3-7 (Ciclo C): En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola a los fariseos y maestros de la Ley: «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, contento, la pone sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: ‘Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido’. Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión».

b) Contexto histórico y cultural

Los textos de los tres ciclos expresan el amor infinito de Dios por su creatura, el ser humano, que se manifiesta en la acción salvífica de Cristo Jesús; en el Ciclo A, en el Evangelio según San Mateo, mediante la revelación del misterio de Jesús a los marginados, los pobres, los desvalidos, que son el objeto primario del anuncio evangélico, a quienes llama a acudir a Él para ser confortados; en en Ciclo B, en el Evangelio según San Juan, del corazón traspasado de Cristo brotan sangre y agua como un manantial de amor para la salvación del mundo; en tanto que en el Ciclo C, el Evangelio de San Lucas narra la parábola de la oveja perdida, que muestra el amor misericordioso que procura la salvación de los pecadores.

2. Meditación (para leer lenta y pausadamente; deteniéndose a meditar y saborear cada palabra, cada verso y cada estrofa, relacionándolos con el Evangelio del día y con nuestra vida)

¡Cuánto me amas, Señor!

¡Cuánto me amas, Señor!; ¡oh, Jesucristo!;
inmenso es tu cariño, bien cuantioso,
conmigo, detallista y cuidadoso,
que ya sin ese amor, Señor, no existo.

Ay de mi, si me alejo de ese amor;
pues finalizaría este gozo,
del que eres un inagotable pozo;
del amor de Dios, Tú, el proveedor.

3. Oración

¡Sagrado Corazón de Jesús!

¡Sagrado Corazón de Jesús!,
dulce expresión de amor infinito
que mana del costado de Cristo,
hoy dame un baño de tu virtud
como consuelo de mi inquietud,
para sentir tu afecto bendito
y hacerlo parte de mis instintos,
a ver si logro amar como Tú.

Amén.

4. Contemplación (en un profundo silencio interior nos abandonamos por unos minutos de un modo contemplativo en el amor del Padre y en la gracia del Hijo, permitiendo que el Espíritu Santo nos inunde. En resumen, intentamos prolongar en el tiempo este momento de paz en la presencia de Dios).

5. Acción

A sentirme amado por Dios,
en Cristo, por el amor que mana de su Corazón,
y a que yo manifieste ese amor a los demas,
se me invita en este día especial del Sagrado Corazón de Jesús;
esa es mi acción, con la ayuda de Dios.
Amén.

Mi Cristo

Himno de la Liturgia de las Horas
Mi Cristo, tú no tienes
la lóbrega mirada de la muerte.
Tus ojos no se cierran:
son agua limpia donde puedo verme.

Mi Cristo, tú no puedes
cicatrizar la llaga del costado:
un corazón tras ella
noches y días me estará esperando.

Mi Cristo, tú conoces
la intimidad oculta de mi vida.
Tú sabes mis secretos:
te los voy confesando día a día.

Mi Cristo, tú aleteas
con los brazos unidos al madero.
¡Oh valor que convida
a levantarse puro sobre el suelo!

Mi Cristo, tú sonríes
cuando te hieren, sordas, las espinas.
Si mi cabeza hierve,
haz, Señor, que te mire y te sonría.

Mi Cristo, tú que esperas
mi último beso darte ante la tumba.
También mi joven beso
descansa en ti de la incesante lucha.
Amén.

Contemplación del amor del Corazón de Jesús en la Eucaristía, en María y en la Cruz

(De la Carta Encíclica Haurietis Aquas del Papa Pío XII, sobre el culto al Sagrado Corazón de Jesús)

¿Quién podrá dignamente describir los latidos del Corazón divino, signo de su infinito amor, en aquellos momentos en que dio a los hombres sus más preciados dones: a Sí mismo en el sacramento de la Eucaristía, a su Madre Santísima y la participación en el oficio sacerdotal?

Ya antes de celebrar la última cena con sus discípulos, sólo al pensar en la institución del Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, con cuya efusión había de sellarse la Nueva Alianza, en su Corazón sintió intensa conmoción, que manifestó a sus apóstoles con estas palabras: «Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer»; conmoción que, sin duda, fue aún más vehemente cuando «tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a ellos, diciendo: "Este es mi cuerpo, el cual se da por vosotros; haced esto en memoria mía". Y así hizo también con el cáliz, luego de haber cenado, y dijo: "Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que se derramará por vosotros"».

Con razón, pues, debe afirmarse que la divina Eucaristía, como sacramento por el que El se da a los hombres y como sacrificio en el que El mismo continuamente se inmola desde el nacimiento del sol hasta su ocaso, y también el Sacerdocio, son clarísimos dones del Sacratísimo Corazón de Jesús.

Don también muy precioso del sacratísimo Corazón es, como indicábamos, la Santísima Virgen, Madre excelsa de Dios y Madre nuestra amantísima. Era, pues, justo fuese proclamada Madre espiritual del género humano la que, por ser Madre natural de nuestro Redentor, le fue asociada en la obra de regenerar a los hijos de Eva para la vida de la gracia.

Con razón escribe de ella san Agustín: «Evidentemente Ella es la Madre de los miembros del Salvador, que somos nosotros, porque con su caridad cooperó a que naciesen en la Iglesia los fieles, que son los miembros de aquella Cabeza».

Al don incruento de Sí mismo bajo las especies del pan y del vino quiso Jesucristo nuestro Salvador unir, como supremo testimonio de su amor infinito, el sacrificio cruento de la Cruz. Así daba ejemplo de aquella sublime caridad que él propuso a sus discípulos como meta suprema del amor, con estas palabras: «Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos».

 De donde el amor de Jesucristo, Hijo de Dios, revela en el sacrificio del Gólgota, del modo más elocuente, el amor mismo de Dios: «En esto hemos conocido la caridad de Dios: en que dio su vida por nosotros; y así nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos».

Cierto es que nuestro Divino Redentor fue crucificado más por la interior vehemencia de su amor que por la violencia exterior de sus verdugos: su sacrificio voluntario es el don supremo que su Corazón hizo a cada uno de los hombres, según la concisa expresión del Apóstol: «Me amó y se entregó a sí mismo por mí».

Sagrado Corazón, símbolo del amor de Cristo

(De la Carta Encíclica HAURIETIS AQUAS del Papa Pío XII, sobre el culto al Sagrado Corazón de Jesús)

Nada, por lo tanto, prohíbe que adoremos el Corazón Sacratísimo de Jesucristo como participación y símbolo natural, el más expresivo, de aquel amor inexhausto que nuestro Divino Redentor siente aun hoy hacia el género humano.

Ya no está sometido a las perturbaciones de esta vida mortal; sin embargo, vive y palpita y está unido de modo indisoluble a la Persona del Verbo divino, y, en ella y por ella, a su divina voluntad.

Y porque el Corazón de Cristo se desborda en amor divino y humano, y porque está lleno de los tesoros de todas las gracias que nuestro Redentor adquirió por los méritos de su vida, padecimientos y muerte, es, sin duda, la fuente perenne de aquel amor que su Espíritu comunica a todos los miembros de su Cuerpo Místico.

Así, pues, el Corazón de nuestro Salvador en cierto modo refleja la imagen de la divina Persona del Verbo, y es imagen también de sus dos naturalezas, la humana y la divina; y así en él podemos considerar no sólo el símbolo, sino también, en cierto modo, la síntesis de todo el misterio de nuestra Redención.

Luego, cuando adoramos el Corazón de Jesucristo, en él y por él adoramos así el amor increado del Verbo divino como su amor humano, con todos sus demás afectos y virtudes, pues por un amor y por el otro nuestro Redentor se movió a inmolarse por nosotros y por toda la Iglesia, su Esposa, según el Apóstol: «Cristo amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola con el bautismo de agua por la palabra de vida, a fin de hacerla comparecer ante sí llena de gloria, sin mancha ni arruga ni cosa semejante, sino siendo santa e inmaculada» (Ef 5, 25-27).

Cristo ha amado a la Iglesia, y la sigue amando intensamente con aquel triple amor de que hemos hablado, y ése es el amor que le mueve a hacerse nuestro Abogado para conciliarnos la gracia y la misericordia del Padre, «siempre vivo para interceder por nosotros» (Heb 7, 25).

La plegaria que brota de su inagotable amor, dirigida al Padre, no sufre interrupción alguna. Como «en los días de su vida en la carne», también ahora, triunfante ya en el cielo, suplica al Padre con no menor eficacia; y a Aquel que «amó tanto al mundo que dio a su Unigénito Hijo, a fin de que todos cuantos creen en El no perezcan, sino que tengan la vida eterna» (Jn 3, 16).

El muestra su Corazón vivo y herido, con un amor más ardiente que cuando, ya exánime, fue herido por la lanza del soldado romano: «Por esto fue herido [tu Corazón], para que por la herida visible viésemos la herida invisible del amor» (S. Buenaventura).

Luego no puede haber duda alguna de que ante las súplicas de tan grande Abogado hechas con tan vehemente amor, el Padre celestial, que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, por medio de El hará descender siempre sobre todos los hombres la exuberante abundancia de sus gracias divinas.

Sagrado Corazón de Jesús

Tradicional canción a esta devoción
Sagrado Corazón de Jesús,
viva llama de amor y de luz;
amigo tierno de Betania,
maestro y modelo de virtud.

Reina, reina, Jesús para siempre;
reina aquí ¡oh amado Redentor!
y derrama tus gracias, divino Jesús;
quiero vivir tan sólo de tu amor.

Sagrado Corazón de Jesús,
viva llama de amor y de luz;
amigo tierno de Betania,
maestro y modelo de virtud.

Entronizado serás en todo el orbe,
donde quiera que haya un hogar;
y buscando tu amparo, te busco Jesús;
yo quiero un día contigo reinar.

Sagrado Corazón de Jesús,
viva llama de amor y de luz;
amigo tierno de Betania,
maestro y modelo de virtud.

Bendecid nuestra patria querida,
se el dueño de nuestra nación;
y que en toda la tierra resuene esta voz:
Viva, viva el Sagrado Corazón.

Sagrado Corazón de Jesús,
viva llama de amor y de luz;
amigo tierno de Betania,
maestro y modelo de virtud.

Contemplación del amor del Corazón de Jesús

(De la Carta Encíclica HAURIETIS AQUAS del Papa Pío XII, sobre el culto al Sagrado Corazón de Jesús)

Ahora, venerables hermanos, para que de estas nuestras piadosas consideraciones podamos sacar abundantes y saludables frutos, parémonos a meditar y contemplar brevemente la íntima participación que el Corazón de nuestro Salvador Jesucristo tuvo en su vida afectiva divina y humana, durante el curso de su vida mortal. En las páginas del Evangelio, principalmente, encontraremos la luz, con la cual, iluminados y fortalecidos, podremos penetrar en el templo de este divino Corazón y admirar con el Apóstol de las Gentes «las abundantes riquezas de la gracia [de Dios] en la bondad usada con nosotros por amor de Jesucristo» (Ef 2, 7).

El adorable Corazón de Jesucristo late con amor divino al mismo tiempo que humano, desde que la Virgen María pronunció su Fiat, y el Verbo de Dios, como nota el Apóstol, «al entrar en el mundo dijo: "Sacrificio y ofrenda no quisiste, pero me diste un cuerpo a propósito; holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: Heme aquí presente. En el principio del libro se habla de mí. Quiero hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad..." Por esta "voluntad" hemos sido santificados mediante la "oblación del cuerpo" de Jesucristo, que él ha hecho de una vez para siempre» (Heb 10, 5-7, 10).

De manera semejante palpitaba de amor su Corazón, en perfecta armonía con los afectos de su voluntad humana y con su amor divino, cuando en la casita de Nazaret mantenía celestiales coloquios con su dulcísima Madre y con su padre putativo, san José, al que obedecía y con quien colaboraba en el fatigoso oficio de carpintero. Este mismo triple amor movía a su Corazón en su continuo peregrinar apostólico, cuando realizaba innumerables milagros, cuando resucitaba a los muertos o devolvía la salud a toda clase de enfermos, cuando sufría trabajos, soportaba el sudor, hambre y sed; en las prolongadas vigilias nocturnas pasadas en oración ante su Padre amantísimo; en fin, cuando daba enseñanzas o proponía y explicaba parábolas, especialmente las que más nos hablan de la misericordia, como la parábola de la dracma perdida, la de la oveja descarriada y la del hijo pródigo. En estas palabras y en estas obras, como dice san Gregorio Magno, se manifiesta el Corazón mismo de Dios: «Mira el Corazón de Dios en las palabras de Dios, para que con más ardor suspires por los bienes eternos».

Con amor aun mayor latía el Corazón de Jesucristo cuando de su boca salían palabras inspiradas en amor ardentísimo. Así, para poner algún ejemplo, cuando viendo a las turbas cansadas y hambrientas, dijo: «Me da compasión esta multitud de gentes» (Mc 8, 2); y cuando, a la vista de Jerusalén, su predilecta ciudad, destinada a una fatal ruina por su obstinación en el pecado, exclamó: «Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que a ti son enviados; ¡cuantas veces quise recoger a tus hijos, como la gallina recoge a sus polluelos bajo las alas, y tú no lo has querido!» (Mt 23, 37). Su Corazón palpitó también de amor hacia su Padre y de santa indignación cuando vio el comercio sacrílego que en el templo se hacía, e increpó a los violadores con estas palabras: «Escrito está: "Mi casa será llamada casa de oración"; mas vosotros hacéis de ella una cueva de ladrones» (Mt 21, 13).

Pero particularmente se conmovió de amor y de temor su Corazón, cuando ante la hora ya tan inminente de los crudelísimos padecimientos y ante la natural repugnancia a los dolores y a la muerte, exclamó: «Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz» (Mt 26, 39); vibró luego con invicto amor y con amargura suma, cuando, aceptando el beso del traidor, le dirigió aquellas palabras que suenan a última invitación de su Corazón misericordiosísimo al amigo que, con ánimo impío, infiel y obstinado, se disponía a entregarlo en manos de sus verdugos: «Amigo, ¿a qué has venido aquí? ¿Con un beso entregas al Hijo del hombre?» (Mt 26, 50); en cambio, se desbordó con regalado amor y profunda compasión, cuando a las piadosas mujeres, que compasivas lloraban su inmerecida condena al tremendo suplicio de la cruz, las dijo así: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos..., pues si así tratan al árbol verde, ¿en el seco qué se hará?» (Lc 23, 28. 31).

Finalmente, colgado ya en la cruz el Divino Redentor, es cuando siente cómo su Corazón se trueca en impetuoso torrente, desbordado en los más variados y vehementes sentimientos, esto es, de amor ardentísimo, de angustia, de misericordia, de encendido deseo, de serena tranquilidad, como se nos manifiestan claramente en aquellas palabras tan inolvidables como significativas: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (23, 34); «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mt 27, 46); «En verdad te digo: Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 43); «Tengo sed» (Jn 19, 28); «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23, 46).

Acto de Consagración al Divino Corazón de Jesús

Por Santa Margarita María Alacoque
Yo (menciona tu nombre), me dedico y consagro al Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo;
le entrego mi persona y mi vida, mis acciones, penas y sufrimientos,
para no querer ya servirme de ninguna parte de mi ser sino para honrarle, amarle y glorificarle.
Ésta es mi irrevocable voluntad: pertenecerle a Él enteramente y hacerlo todo por amor suyo,
renunciando de todo mi corazón a cuanto pueda disgustarle.

Te tomo, pues, Corazón Divino, como único objeto de mi amor, por protector de mi vida,
seguridad de mi salvación, remedio de mi fragilidad y mi inconstancia,
reparador de todas las faltas de mi vida, y mi asilo seguro en la hora de la muerte.
Sé, pues, Corazón bondadoso, mi justificación para con Dios Padre,
y desvía de mí los rayos de su justa indignación.
Corazón amorosísimo, en ti pongo toda mi confianza,
porque, aun temiéndolo todo de mi flaqueza,
todo lo espero de tu bondad.

Consume, pues, en mí todo cuanto pueda disgustarte o resistirte.
Imprímase tu amor tan profundamente en mi corazón,
que no pueda olvidarte jamás, ni verme separado de ti.
Te ruego encarecidamente, por tu bondad que mi nombre esté escrito en ti.
Ya que quiero constituir toda mi dicha y toda mi gloria
en vivir y morir llevando las cadenas de tu esclavitud.
Así sea.

Por la lanza en su costado

Himno de la liturgia de las horas
Por la lanza en su costado
brotó el río de pureza,
para lavar la bajeza
a que nos bajó el pecado.

Cristo, herida y manantial,
tu muerte nos da la vida,
gracia de sangre nacida
en tu fuente bautismal.

Sangre y agua del abismo
de un corazón en tormento:
un Jordán de sacramento
nos baña con el bautismo.

Y, mientras dura la cruz
y en ella el Crucificado,
bajará de su costado
un río de gracia y luz.

El Padre nos da la vida,
el Espíritu el amor,
y Jesucristo, el Señor,
nos da la gracia perdida.
Amén.

El misterio del Corazón de Cristo

(De la audiencia General del Papa Juan Pablo II del 20 de junio de 1979)

Es sabido que el mes de junio está consagrado especialmente al Corazón Divino, al Sagrado Corazón de Jesús. Le expresamos nuestro amor y nuestra adoración mediante las letanías que hablan con profundidad particular de sus contenidos teológicos en cada una de sus invocaciones.

Por esto quiero detenerme, al menos brevemente, con vosotros ante este Corazón, al que se dirige la Iglesia como comunidad de corazones humanos. Quiero hablar, siquiera brevemente de este misterio tan humano, en el que con tanta sencillez y a la vez con profundidad y fuerza se ha revelado Dios.

Hoy dejamos hablar a los textos de la liturgia del viernes, comenzando por la lectura del Evangelio según Juan. El Evangelista refiere un hecho con la precisión del testigo ocular. "Los judíos, como era el día de la Parasceve, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el día de sábado, por ser día grande aquel sábado, rogaron a Pilato que les rompiesen las piernas y los quitasen. Vinieron, pues, los soldados y rompieron las piernas al primero y al otro que estaba crucificado con Él; pero llegando a Jesús, como le vieron ya muerto, no le rompieron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado, y al instante salió sangre y agua" (Jn 19, 31-34).

Ni siquiera una palabra sobre el corazón.

El Evangelista habla solamente del golpe con la lanza en el costado, del que salió sangre y agua. El lenguaje de la descripción es casi médico, anatómico. La lanza del soldado hirió ciertamente el corazón, para comprobar si el Condenado ya estaba muerto. Este corazón —este corazón humano— ha dejado de latir. Jesús ha dejado de vivir. Pero, al mismo tiempo, esta apertura anatómica del corazón de Cristo, después de la muerte —a pesar de toda la "crudeza" histórica del texto— nos induce a pensar incluso a nivel de metáfora.

El corazón no es sólo un órgano que condiciona la vitalidad biológica del hombre. El corazón es un símbolo. Habla de todo el hombre interior. Habla de la interioridad espiritual del hombre. Y la tradición entrevió rápidamente este sentido de la descripción de Juan. Por lo demás, en cierto sentido, el mismo Evangelista ha inducido a esto cuando, refiriéndose al testimonio del testigo ocular, que era él mismo, ha hecho referencia, a la vez, a esta frase de la Escritura: "Mirarán al que traspasaron" (Jn 19, 37; Zac 12, 10).

En realidad así mira la Iglesia; así mira la humanidad. Y de hecho, en la transfixión de la lanza del soldado todas las generaciones de cristianos han aprendido y aprenden a leer el misterio del Corazón del Hombre crucificado, que era el Hijo de Dios.

Es diversa la medida del conocimiento que de este misterio han adquirido muchos discípulos y discípulas del Corazón de Cristo, en el curso de los siglos. Uno de los protagonistas en este campo fue ciertamente Pablo de Tarso, convertida de perseguidor en Apóstol. También nos habla él en la liturgia del próximo viernes con las palabras de la Carta a los efesios. Habla como el hombre que ha recibido una gracia grande, porque se le ha concedido "anunciar a los gentiles la insondable riqueza de Cristo e iluminar a todos acerca de la dispensación del misterio oculto desde los siglos en Dios, Creador de todas las cosas" (Ef 3, 8-9).

Esa "riqueza de Cristo" es, al mismo tiempo, el "designio eterno de salvación" de Dios que el Espíritu Santo dirige al "hombre interior", para que así "Cristo habite por la fe en nuestros corazones" (Ef 3, 16-17). Y cuando Cristo, con la fuerza del Espíritu, habite por la fe en nuestros corazones humanos, entonces estaremos en disposición "de comprender con nuestro espíritu humano" (es decir, precisamente con este "corazón") "cuál es la anchura, la longura, la altura y la profundidad, y conocer la caridad de Cristo, que supera toda ciencia..." (Ef 3, 18-19).

Para conocer con el corazón, con cada corazón humano, fue abierto, al final de la vida terrestre, el Corazón divino del Condenado y Crucificado en el Calvario.

Es diversa la medida de este conocimiento por parte de los corazones humanos. Ante la fuerza de las palabras de Pablo, cada uno de nosotros pregúntese a sí mismo sobre la medida del propio corazón. "...Aquietaremos nuestros corazones ante Él, porque si nuestro corazón nos arguye, mejor que nuestro corazón es Dios, que todo lo conoce" (1 Jn 3, 19-20). El Corazón del Hombre-Dios no juzga a los corazones humanos. El Corazón llama. El Corazón "invita". Para esto fue abierto con la lanza del soldado.

El misterio del corazón, se abre a través de las heridas del cuerpo; se abre el gran misterio de la piedad, se abren las entrañas de misericordia de nuestro Dios (San Bernardo).

Cristo dice en la liturgia del viernes: "Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón" (Mt 11, 29).

Quizá una sola vez el Señor Jesús nos ha llamado con sus palabras al propio corazón. Y ha puesto de relieve este único rasgo: "mansedumbre y humildad". Como si quisiera decir que sólo por este camino quiere conquistar al hombre; que quiere ser el Rey de los corazones mediante "la mansedumbre y la humildad". Todo el misterio de su reinado está expresado en estas palabras. La mansedumbre y la humildad encubren, en cierto sentido, toda la "riqueza" del Corazón del Redentor, sobre la que escribió San Pablo a los efesios. Pero también esa "mansedumbre y humildad" lo desvelan plenamente; y nos permiten conocerlo y aceptarlo mejor; lo hacen objeto de suprema admiración.

Las hermosas letanías del Sagrado Corazón de Jesús están compuestas por muchas palabras semejantes, más aún, por las exclamaciones de admiración ante la riqueza del Corazón de Cristo. Meditémoslas con atención ese día.

Así, al final de este fundamental ciclo litúrgico de la Iglesia, que comenzó con el primer domingo de Adviento, y ha pasado por el tiempo de Navidad, luego por el de la Cuaresma, de la Resurrección hasta Pentecostés, domingo de la Santísima Trinidad y Corpus Christi, se presenta discretamente la fiesta del Corazón divino, del Sagrado Corazón de Jesús. Todo este ciclo se encierra definitivamente en Él; en el Corazón del Dios-Hombre. De Él también irradia cada año toda la vida de la Iglesia.

Este Corazón es "fuente de vida y de santidad".

Vienes a descubrirme tu Corazón

Texto de santa Gema Galgani
¡Oh Jesús!
¿Qué haces?
Después de lo mucho que por mí llevas hecho,
¿vienes a descubrirme tu Corazón?
¡Oh, si todos los pecadores llegasen a tu Corazón!
Venid, pecadores, no temáis,
que la espada de la divina justicia no llega acá dentro.
Pero ¿cómo se explica, Jesús, que tu Corazón, tan bueno, tan santo,
sea entre todos el más atormentado?

El sagrado Corazón de Jesús

(Del Directorio sobre la piedad popular y la liturgia)

El viernes siguiente al segundo domingo después de Pentecostés, la Iglesia celebra la solemnidad del sagrado Corazón de Jesús. Además de la celebración litúrgica, otras muchas expresiones de piedad tienen por objeto el Corazón de Cristo. No hay duda de que la devoción al Corazón del Salvador ha sido, y sigue siendo, una de las expresiones más difundidas y amadas de la piedad eclesial.

Entendida a la luz de la sagrada Escritura, la expresión "Corazón de Cristo" designa el misterio mismo de Cristo, la totalidad de su ser, su persona considerada en el núcleo más íntimo y esencial: Hijo de Dios, sabiduría increada, caridad infinita, principio de salvación y de santificación para toda la humanidad. El "Corazón de Cristo" es Cristo, Verbo encarnado y salvador, intrínsecamente ofrecido, en el Espíritu, con amor infinito divino-humano hacia el Padre y hacia los hombres sus hermanos.

Como han recordado frecuentemente los Romanos Pontífices, la devoción al Corazón de Cristo tiene un sólido fundamento en la Escritura.

Jesús, que es uno con el Padre, invita a sus discípulos a vivir en íntima comunión con Él, a asumir su persona y su palabra como norma de conducta, y se presenta a sí mismo como maestro "manso y humilde de corazón" (Mt 11,29). Se puede decir, en un cierto sentido, que la devoción al Corazón de Cristo es la traducción en términos cultuales de la mirada que, según las palabras proféticas y evangélicas, todas las generaciones cristianas dirigirán al que ha sido atravesado, esto es, al costado de Cristo atravesado por la lanza, del cual brotó sangre y agua, símbolo del "sacramento admirable de toda la Iglesia".

El texto de san Juan que narra la ostensión de las manos y del costado de Cristo a los discípulos y la invitación dirigida por Cristo a Tomás, para que extendiera su mano y la metiera en su costado, han tenido también un influjo notable en el origen y en el desarrollo de la piedad eclesial al sagrado Corazón.

Estos textos, y otros que presentan a Cristo como Cordero pascual, victorioso, aunque también inmolado, fueron objeto de asidua meditación por parte de los Santos Padres, que desvelaron las riquezas doctrinales y con frecuencia invitaron a los fieles a penetrar en el misterio de Cristo por la puerta abierta de su costado. Así san Agustín expresa: "La entrada es accesible: Cristo es la puerta. También se abrió para ti cuando su costado fue abierto por la lanza. Recuerda qué salió de allí; así mira por dónde puedes entrar. Del costado del Señor que colgaba y moría en la Cruz salió sangre y agua, cuando fue abierto por la lanza. En el agua está tu purificación, en la sangre tu redención".

La Edad Media fue una época especialmente fecunda para el desarrollo de la devoción al Corazón del Salvador. Hombres insignes por su doctrina y santidad, como san Bernardo (+1153), san Buenaventura (+1274), y místicos como santa Lutgarda (+1246), santa Matilde de Magdeburgo (+1282), las santas hermanas Matilde (+1299) y Gertrudis (+1302) del monasterio de Helfta, Ludolfo de Sajonia (+1378), santa Catalina de Siena (+1380), profundizaron en el misterio del Corazón de Cristo, en el que veían el "refugio" donde acogerse, la sede de la misericordia, el lugar del encuentro con Él, la fuente del amor infinito del Señor, la fuente de la cual brota el agua del Espíritu, la verdadera tierra prometida y el verdadero paraíso.

En la época moderna, el culto del Corazón de Salvador tuvo un nuevo desarrollo. En un momento en el que el jansenismo proclamaba los rigores de la justicia divina, la devoción al Corazón de Cristo fue un antídoto eficaz para suscitar en los fieles el amor al Señor y la confianza en su infinita misericordia, de la cual el Corazón es prenda y símbolo. San Francisco de Sales (+1622), que adoptó como norma de vida y apostolado la actitud fundamental del Corazón de Cristo, esto es, la humildad, la mansedumbre, el amor tierno y misericordioso; santa Margarita María de Alacoque (+1690), a quien el Señor mostró repetidas veces las riquezas de su Corazón; San Juan Eudes (+1680), promotor del culto litúrgico al sagrado Corazón; san Claudio de la Colombiere (+1682), San Juan Bosco (+1888) y otros santos, han sido insignes apóstoles de la devoción al sagrado Corazón.

Las formas de devoción al Corazón del Salvador son muy numerosas; algunas han sido explícitamente aprobadas y recomendadas con frecuencia por la Sede Apostólica. Entre éstas hay que recordar:
- la consagración personal, que, según Pío XI, "entre todas las prácticas del culto al sagrado Corazón es sin duda la principal";
- la consagración de la familia, mediante la que el núcleo familiar, partícipe ya por el sacramento del matrimonio del misterio de unidad y de amor entre Cristo y la Iglesia, se entrega al Señor para que reine en el corazón de cada uno de sus miembros;
- las Letanías del Corazón de Jesús, aprobadas en 1891 para toda la Iglesia, de contenido marcadamente bíblico y a las que se han concedido indulgencias;
- el acto de reparación, fórmula de oración con la que el fiel, consciente de la infinita bondad de Cristo, quiere implorar misericordia y reparar las ofensas cometidas de tantas maneras contra su Corazón;
- la práctica de los nueve primeros viernes de mes, que tiene su origen en la "gran promesa" hecha por Jesús a santa Margarita María de Alacoque. En una época en la que la comunión sacramental era muy rara entre los fieles, la práctica de los nueve primeros viernes de mes contribuyó significativamente a restablecer la frecuencia de los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. En nuestros días, la devoción de los primeros viernes de mes, si se practica de un modo correcto, puede dar todavía indudable fruto espiritual. Es preciso, sin embargo, que se instruya de manera conveniente a los fieles: sobre el hecho de que no se debe poner en esta práctica una confianza que se convierta en una vana credulidad que, en orden a la salvación, anula las exigencias absolutamente necesarias de la fe operante y del propósito de llevar una vida conforme al Evangelio; sobre el valor absolutamente principal del domingo, la "fiesta primordial", que se debe caracterizar por la plena participación de los fieles en la celebración eucarística.
La devoción al sagrado Corazón constituye una gran expresión histórica de la piedad de la Iglesia hacia Jesucristo, su esposo y señor; requiere una actitud de fondo, constituida por la conversión y la reparación, por el amor y la gratitud, por el empeño apostólico y la consagración a Cristo y a su obra de salvación. Por esto, la Sede Apostólica y los Obispos la recomiendan, y promueven su renovación: en las expresiones del lenguaje y en las imágenes, en la toma de conciencia de sus raíces bíblicas y su vinculación con las verdades principales de la fe, en la afirmación de la primacía del amor a Dios y al prójimo, como contenido esencial de la misma devoción.

La piedad popular tiende a identificar una devoción con su representación iconográfica. Esto es algo normal, que sin duda tiene elementos positivos, pero puede también dar lugar a ciertos inconvenientes: un tipo de imágenes que no responda ya al gusto de los fieles, puede ocasionar un menor aprecio del objeto de la devoción, independientemente de su fundamento teológico y de contenido histórico salvífico.

Así ha sucedido con la devoción al sagrado Corazón: ciertas láminas con imágenes a veces dulzonas, inadecuadas para expresar el robusto contenido teológico, no favorecen el acercamiento de los fieles al misterio del Corazón del Salvador.

En nuestro tiempo se ha visto con agrado la tendencia a representar el sagrado Corazón remitiéndose al momento de la Crucifixión, en la que se manifiesta en grado máximo el amor de Cristo. El sagrado Corazón es Cristo crucificado, con el costado abierto por la lanza, del que brotan sangre y agua.

La perfección

Pensamiento de santa Margarita María
Recuerda que la perfección
consiste en conformar la vida y las acciones
totalmente a las virtudes sagradas del Corazón de Jesús,
especialmente su paciencia,
su mansedumbre, su humildad y su caridad.
Como resultado, nuestra vida interior y exterior
llega a ser una imagen viva de El.

Sagrado Corazón de Jesús

(Del Rezo del Angelus del Papa Juan Pablo II del 23 de junio de 2002)

El mes de junio se caracteriza, de modo particular, por la devoción al Sagrado  Corazón de Jesús. Celebrar el Corazón de Cristo significa dirigirse hacia el centro  íntimo de la persona del Salvador, el centro que la Biblia identifica precisamente  con su corazón, sede del amor que ha redimido el mundo.

Si ya el corazón humano representa un misterio insondable que sólo Dios  conoce, ¡cuánto más sublime es el Corazón de Jesús, en el que late la vida  misma del Verbo! En él, como sugieren las hermosas letanías del Sagrado  Corazón, haciéndose eco de las Escrituras, se encuentran todos los tesoros de la  sabiduría y de la ciencia, y toda la plenitud de la divinidad.

Para salvar al hombre, víctima de su misma desobediencia, Dios quiso darle un  "corazón nuevo", fiel a su voluntad de amor. Este corazón es el Corazón de Cristo, la obra maestra del Espíritu Santo,  que comenzó a latir en el seno virginal de María y fue traspasado por la lanza en  la cruz, convirtiéndose de este modo, y para todos, en manantial inagotable de  vida eterna. Ese Corazón es ahora prenda de esperanza para todo hombre.

¡Cuán necesario es para la humanidad contemporánea el mensaje que brota  de la contemplación del Corazón de Cristo! En efecto, ¿de dónde, si no es de esa  fuente, podrá sacar las reservas de mansedumbre y de perdón necesarias para  resolver los duros conflictos que la ensangrientan?

Al Corazón misericordioso de Jesús quisiera encomendarle hoy de modo especial  a cuantos viven en Tierra Santa:  judíos, cristianos y musulmanes. Ese Corazón  que, colmado de afrentas, no albergó jamás sentimientos de odio y venganza,  sino que pidió el perdón para sus asesinos, nos señala el único camino para salir  de la espiral de la violencia:  el de la pacificación de los ánimos, de la comprensión recíproca y de la reconciliación.

Junto con el Corazón misericordioso  de Cristo veneramos el Corazón  inmaculado de María santísima, mediadora de gracia y de salvación.

A ella nos dirigimos con confianza ahora para implorar misericordia y paz para la  Iglesia y para el mundo entero.

Ofrenda

De Santa Teresa del Niño Jesús
Dios mío, te ofrezco todas las acciones que hoy realice
por las intenciones del Sagrado Corazón y para su gloria.

Quiero santificar los latidos de mi corazón,
mis pensamiento y mis obras más sencillas uniéndolo todo a sus méritos infinitos,
y reparar mis faltas arrojándolas al horno ardiente de su amor misericordioso.

Dios mío, te pido para mí y para todos mis seres queridos
la gracia de cumplir con toda perfección tu voluntad y aceptar por tu amor
las alegrías y lo sufrimientos de esta vida pasajera,
para que un día podamos reunirnos en el cielo por toda la eternidad.
Amén.

Beberéis aguas con gozo en las fuentes del Salvador

(De la Carta Encíclica Haurietis Aquas del Papa Pío XII, sobre el culto al Sagrado Corazón de Jesús)

«Beberéis aguas con gozo en las fuentes del Salvador». Estas palabras con las que el profeta Isaías prefiguraba simbólicamente los múltiples y abundantes bienes que la era mesiánica había de traer consigo, vienen espontáneas a Nuestra mente, si damos una mirada retrospectiva a los cien años pasados desde que Nuestro Predecesor, Pío IX, correspondiendo a los deseos del orbe católico, mandó celebrar la fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús en la Iglesia universal.

Innumerables son, en efecto, las riquezas celestiales que el culto tributado al Sagrado Corazón infunde en las almas: las purifica, las llena de consuelos sobrenaturales y las mueve a alcanzar las virtudes todas. Por ello, recordando las palabras del apóstol Santiago: «Toda dádiva, buena y todo don perfecto de arriba desciende, del Padre de las luces», razón tenemos para considerar en este culto, ya tan universal y cada vez más fervoroso, el inapreciable don que el Verbo Encarnado, nuestro Salvador divino y único Mediador de la gracia y de la verdad entre el Padre Celestial y el género humano, ha concedido a la Iglesia, su mística Esposa, en el curso de los últimos siglos, en los que ella ha tenido que vencer tantas dificultades y soportar pruebas tantas.

Gracias a don tan inestimable, la Iglesia puede manifestar más ampliamente su amor a su Divino Fundador y cumplir más fielmente esta exhortación que, según el evangelista San Juan, profirió el mismo Jesucristo: «En el último gran día de la fiesta, Jesús, habiéndose puesto en pie, dijo en alta voz: "El que tiene sed, venga a mí y beba el que cree en mí". Pues, como dice la Escritura, "de su seno manarán ríos de agua viva". Y esto lo dijo El del Espíritu que habían de recibir lo que creyeran en El». Los que escuchaban estas palabras de Jesús, con la promesa de que habían de manar de su seno «ríos de agua viva», fácilmente las relacionaban con los vaticinios de Isaías, Ezequiel y Zacarías, en los que se profetizaba el reino del Mesías, y también con la simbólica piedra, de la que, golpeada por Moisés, milagrosamente hubo de brotar agua.

La caridad divina tiene su primer origen en el Espíritu Santo, que es el Amor personal del Padre y del Hijo, en el seno de la augusta Trinidad. Con toda razón, pues, el Apóstol de las Gentes, como haciéndose eco de las palabras de Jesucristo, atribuye a este Espíritu de Amor la efusión de la caridad en las almas de los creyentes: «La caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado».

Este tan estrecho vínculo que, según la Sagrada Escritura, existe entre el Espíritu Santo, que es Amor por esencia, y la caridad divina que debe encenderse cada vez más en el alma de los fieles, nos revela a todos en modo admirable, venerables hermanos, la íntima naturaleza del culto que se ha de atribuir al Sacratísimo Corazón de Jesucristo.

En efecto; manifiesto es que este culto, si consideramos su naturaleza peculiar, es el acto de religión por excelencia, esto es, una plena y absoluta voluntad de entregarnos y consagrarnos al amor del Divino Redentor, cuya señal y símbolo más viviente es su Corazón traspasado.

E igualmente claro es, y en un sentido aún más profundo, que este culto exige ante todo que nuestro amor corresponda al Amor divino. Pues sólo por la caridad se logra que los corazones de los hombres se sometan plena y perfectamente al dominio de Dios, cuando los afectos de nuestro corazón se ajustan a la divina voluntad de tal suerte que se hacen casi una cosa con ella, como está escrito: «Quien al Señor se adhiere, un espíritu es con El».

Letanías al Sagrado Corazón de Jesús


Señor, ten piedad. Señor, ten piedad.
Cristo, ten piedad. Cristo, ten piedad.
Señor, ten piedad. Señor, ten piedad.
Cristo, óyenos. Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos. Cristo, escúchanos.
Dios, Padre celestial. Ten piedad de nosotros.
Dios Hijo, Redentor del mundo. Ten piedad de nosotros.
Dios, Espíritu Santo. Ten piedad de nosotros.
Trinidad santa, un solo Dios. Ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, Hijo del eterno Padre. Ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, formado por el Espíritu Santo en el seno de la Virgen Madre. Ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, Templo santo de Dios. Ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, Sagrario del Dios Altísimo. Ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, Casa de Dios y Puerta del cielo. Ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, plenitud de bondad y de amor. Ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, digno de toda alabanza. Ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, consuelo de los que sufren. Ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, fortaleza de los débiles. Ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, esperanza de los decaídos. Ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, paciente y lleno de misericordia. Ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, rico para los que te invocan. Ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, modelo de santidad. Ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, perdón de los pecadores. Ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, hecho obediente hasta la muerte. Ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, traspasado por la lanza. Ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, fuente de todo consuelo. Ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, paz y reconciliación nuestra. Ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, salvación de los que en ti esperan. Ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, esperanza de los que en ti mueren. Ten piedad de nosotros.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo. Perdónanos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo. Escúchanos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo. Ten misericordia de nosotros.

Oración

¡Oh Dios todopoderoso y eterno! Mira al corazón de tu amadísimo Hijo y a las alabanzas y satisfacciones que en nombre de los pecadores te tributa; y concede propicio el perdón a los que imploran tu misericordia. Por el mismo Jesucristo, nuestro Señor. Amén.