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Estoy lejos de darte, Señor, el lugar que te corresponde

(De "Caminos de oración" por Michel Quoist)

Somos sinceros al pensar que si los hombres quieren construir el mundo y desarrollar la humanidad sin Dios, están abocados al fracaso. Pero, nosotros mismos ¿qué lugar le dejamos en nuestra vida? ¿Es Jesucristo quien da todo el sentido a nuestra existencia? ¿Podemos decir que el evangelio ilumina plenamente nuestro caminar de cada día? El tiempo que ofrecemos al Señor, ¿no es con frecuencia el que nos queda — si es que queda— una vez cumplidas nuestras «obligaciones»? Y al educar a los hijos, ¿qué prioridades elegimos para su vida?

No estaría mal ponernos de vez en cuando delante de nuestra vida y delante de Cristo, para oír que nos dice: «¿Qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si pierde su vida?» (Mt 16,26).

Les dijo una parábola: Había un hombre rico que tuvo una gran cosecha en sus campos. Entonces empezó a pensar: «¿Qué voy hacer? Porque no tengo donde meter la cosecha. Bien —dijo— haré esto: derribaré mis graneros, construiré otros más grandes, meteré en ellos todas mis cosechas y mis bienes, y me diré: Bien: ya tienes muchos bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y pásalo bien». Pero Dios le dijo: «¡Insensato! Esta misma noche te van a arrancar la vida. ¿Para quién va ser todo lo que has acaparado?» Así es el que atesora para sí, en lugar de enriquecerse en Dios (Lc 12,16-21).

Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Para nada vale, sino para tirarla fuera, y que la pisen los hombres (Mt 5,13).

Ya te lo dije, Señor:
temo que el hombre
al hacerse omnipotente por la ciencia
acabe por olvidarte,
y poco a poco se destruya a sí mismo
al prescindir de ti1.
Pero pienso hoy que en mi vida
concretamente
estoy lejos de darte, Señor,
el lugar que te corresponde.

Dedico tiempo a instruirme,
a informarme y formarme,
porque echo de menos a veces
no saber más.
Leo libros,
algunos profundos...
y otros mucho menos.
Ojeo periódicos y revistas.
Escucho la radio,
miro la televisión...
No me faltan razones para hacerlo.
Hay que estar al corriente
y en buena forma en este mundo exigente...
Es necesario para vivir bien
y sacar adelante la familia.
Y encuentro tiempo,
dedico mucho tiempo,
del que me queda para vivir.

Pero ¿para ti, Señor,
para estar al corriente de ti,
para informarme de ti,
para mejor vivir de ti?
Tú, Señor, quedas... para después,
...¡para cuando me quede tiempo!

¿Y mis hijos, Señor?
Quiero que triunfen en la vida,
pero ¿con qué triunfo?
Que aprendan primero,
tanto como yo,
o más que yo.
Se lo pido,
lo exijo...
y a veces les castigo.
Les fijo objetivos prioritarios:
     este año tienes que pasar de clase,
     este año tienes que aprobar,
     no estoy en contra de que
     pertenezcas a un movimiento,
     vayas a una convivencia el fin de semana,
     hagas un retiro espiritual...
     Pero... luego.

Así es, Señor, como vivo en concreto
y como actúo con mis hijos.
Y me espanta la hipócrita distancia que media
entre lo que pienso,
lo que digo
y lo que vivo.

Señor,
que viniste
a revelarnos el secreto de la vida
y el camino de amor que conduce a la felicidad,
aumenta en nosotros el deseo de encontrarte
para conocerte mejor
y el hambre de conocerte mejor
para mejor seguirte y servirte.
Haznos buscadores de Dios
no sólo con la inteligencia
sino también con el corazón.
Ayúdanos a encontrar tiempo para ti,
no sólo un tiempo arrancado
a las futilidades que lo ocupan,
sino un tiempo inédito,
un tiempo nuevo,
como el enamorado lo descubre de pronto
para un amor que surge de repente
en su vida repleta.

Señor, concédenos
a nosotros padres
que hemos dado la vida a nuestros hijos
sin que nos la pidieran,
la ambición primera de hacerles comprender
que esta vida no es un regalo
para consumir sólo por placer
sino un tesoro que hay que hacer fructificar
para poder darlo.
Ayúdanos a transmitirles el gusto por el estudio,
no para que triunfen
ni para conseguir más dinero,
sino porque son responsables delante de Dios
de los dones que han recibido
y que han de desarrollar
para mañana
servir mejor.

Danos mucha fe verdadera
para hacer que descubran
que la religión no es una lección
que se aprende o se sabe de memoria,
o un reglamento que hay que cumplir
para vivir con más tranquilidad,
sino Alguien a quien hay que encontrar,
a quien hay que conocer,
a quien hay que amar.

Ayúdanos, Señor, te lo suplico,
porque si desgraciadamente
les enseñamos falsas razones para vivir
les orientaremos por caminos sin salida.
Conseguirán quizá
recoger algunos placeres engañosos,
pero nunca encontrarán la verdadera FELICIDAD
para la que han sido creados.

Ayúdanos, Señor
porque, ¿para qué sirve,
nos dijiste,
ganar todo el mundo si se pierde la vida?
Y ¿para qué sirve ayudar a los hijos
a conquistar el mundo
si pierden la suya?

Señor, ¿por qué hay que esforzarse siempre? ...no tengo ganas

(De "Caminos de oración" por Michel Quoist)

Muchos jóvenes, y a veces otros no tan jóvenes, organizan su vida en función de las ganas que tienen o dejan de tener. Para algunos, se trata, más o menos conscientemente, de rechazar todo esfuerzo; para otros, de la firme convicción de que en muchas circunstancias no deben hacer lo que no les viene en gana. Piensan que «esforzarse» no es auténtico, que es hacer comedia, sobre todo cuando se trata de los otros y más aún de Dios: «si no tengo ganas no voy a sonreír, rezar o ir a misa...».

Esta actitud procede de una falsa idea de la libertad y de una mala educación. Se cree que se respeta la libertad del niño cuando se respetan sus «ganas»: «no termina de comer lo que tiene en el plato», porque no tiene ganas; «no saluda», porque no tiene ganas; «no va a la catequesis », porque no tiene ganas...

La libertad que el Señor nos ofrece no es la libertad para hacer cualquier cosa, sino la libertad para amarnos autenticamente a nosotros mismos, amar a los otros y a Dios, cualesquiera que sean nuestras ganas.

Jesucristo «no tenía ganas» de morir por nosotros.

¿Qué os parece? Un hombre tenia dos hijos. Fue al primero y le dijo:
—Anda, hijo, ve a trabajar hoy en la viña.
El respondió:
—No tengo ganas.
Pero después se arrepintió y fue.
Fue al segundo y le dijo lo mismo. El respondió:
— Voy, señor.
Pero no fue.
¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?
Le contestaron:
—El primero.
Entonces Jesús les dijo:
—Os aseguro que los publicanos y las prostitutas entrarán más fácilmente que vosotros en el reino de Dios (Mt 21, 28-31).

Después reunió a la gente con sus discípulos y les dijo:
—Si alguno quiere venir en pos de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga.
Porque el que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por mí y por la buena noticia, la salvará.
Pues ¿qué aprovecha a uno ganar todo el mundo, si pierde su vida? ¿Qué puede dar uno a cambio de su vida? (Mc 8, 34-37).

Señor,
¿por qué hay que esforzarse siempre?
... no tengo ganas.

No tengo ganas de levantarme
y no tengo ganas de acostarme.
No tengo ganas de ir al trabajo
o de ir al colegio.
No tengo ganas de hacer las faenas de la casa
y no tengo ganas de planchar la ropa.
No tengo ganas de apagar el televisor
y de hacer «los deberes».
No tengo ganas de callarme
o no tengo ganas de hablar.

No tengo ganas de ir a verle,
de estrecharle la mano,
ni siquiera de sonreírle.
No tengo ganas de abrazarle.
No tengo ganas de prestar el favor que me han pedido,
de comprometerme,
y no tengo ganas de ir a la reunión.
No tengo ganas de resistir
a las voces que me invitan a apartarme de mi camino,
y no tengo ganas de apagar las doradas imágenes,
proyectadas sin cesar en la pantalla de mis sueños.
No tengo ganas de ir a contratiempo,
de pararme,
de reflexionar,
de meditar tu palabra
y no tengo ganas de rezar.

Señor,
¿por qué esforzarse siempre
para vivir cada día
como tú quieres que se viva?
No es fácil,
no es divertido.
Con frecuencia ¡tengo tantas ganas de hacer
lo que no debo hacer,
y tan pocas de hacer
lo que debo hacer!
Señor,
¿es verdad que hay que esforzarse siempre
...cuando no se tienen ganas?

Hijo mío, dice el Señor,
es verdad
que hay que regar la semilla cada día
para que se convierta en árbol,
que la madre ha de sufrir para que nazca el hijo,
y los padres para educarle
hasta que llegue a hacerse hombre,
que el panadero ha de trabajar de noche
para amasar el pan,
y los obreros han de actuar en cadena
para que ruede el automóvil
... aunque no se tengan ganas.


Es verdad
que los sabios han de investigar pacientemente
para encontrar el medicamento que cura,
que los hombres han de sacrificar sus vidas
para que se haga justicia,
y que los enamorados han de morir cada día
a sus caprichos egoístas
para que viva el amor
...aunque no tengan ganas.

Porque ¿dónde quedaría tu dignidad, hijo mío,
tu bella libertad
y tu poder para amar,
si el Padre te diese el árbol y el hijo ya hechos,
y el pan cocido y servido en la mesa,
y el medicamento salvador, sin error posible,
y el universo como un paraíso para una humanidad apacible,
y los amores en flor, sin peligro de marchitarse?
Es difícil ser hombre
y difícil amar.
Lo sé.
Durante mi vida nunca tuve ganas
de subir la cuesta del calvario,
pero mi Padre deseaba que toda mi vida
se ofreciera por vosotros, mis hermanos,
a los que amaba.
Y si me esforcé
por subir hasta la cruz,
fue para que todos vuestros esfuerzos
fuesen un día coronados por la VIDA.

Venga, hijo mío,
no te preguntes si tienes ganas de hacer esto o aquello,
pregúntate si el Padre lo desea
para ti y para tus hermanos.
No me pidas que te obligue.
Pídeme, más bien, amar con todas tus fuerzas
a tu Dios y a tus hermanos.
Porque si amases un poco más,
sufrirías mucho menos,
y si amases mucho más,
de tu sufrimiento brotaría la ALEGRÍA
al mismo tiempo que la VIDA.

Gloria a ti, Señor

(De "Caminos de oración" por Michel Quoist)

El hombre es feliz cuando se le admira por sí mismo, pero a menudo lo es aún más cuando se reconoce sinceramente el esplendor de su obra. Si es padre, su alegría llega al colmo cuando se le felicita por sus hijos.

¿Por qué Dios no iba a ser sensible, también él, a este reconocimiento? Es verdad que hay que darle gloria por ser quien es, pero no hay que olvidar alabarle por lo que hace, y especialmente por sus amados hijos, los hombres, por los que se desvive, feliz de que crezcan en la vida que les ha dado. Algunos lo olvidan, creyendo que le «dan gusto», al no pensar «más que en El».

Dar gloria a Dios a través del hombre que crece y se desarrolla, es llegar a tener la mirada amorosa y complacida de nuestro Padre, incapaz por un momento de dejar de mirar a sus hijos, hasta el punto de que «no cae un cabello de su cabeza sin que él lo permita».

La gloria de Dios, dice san Ireneo, «es el hombre viviente. La vida del hombre, es Dios».

Vosotros sois la luz del mundo.

No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para taparla con una vasija de barro; sino que se pone sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en casa. Brille de tal modo vuestra luz delante de los hombres que, al ver vuestras buenas obras, den gloria a vuestro Padre que está en los cielos (Mt 5,14-16).

A Dios, que tiene poder sobre todas las cosas y que, en virtud de la fuerza con que actúa en nosotros, es capaz de hacer mucho más de lo que nosotros pedimos o pensamos, a él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por siempre y para siempre. Amén (Ef 3,20-21).

Gloria a ti, Señor,
por el niño que aprende a caminar,
suelta la mano de su madre,
cae,
se levanta
e intenta de nuevo la aventura;
por el muchacho que monta en bicicleta,
trata de correr sin agarrar el manillar,
y así veinte veces hasta conseguirlo;
por el adolescente que sufre
con un problema de matemáticas,
pero obstinado
quiere encontrar él solo la solución.

Gloria a ti, Señor,
por los deportistas que se entrenan cada día
para correr más rápido,
saltar más lejos,
cada vez más alto,
y así batir su propio record;
por los artistas que luchan con la piedra o la madera,
los colores o los sonidos,
para crear obras nuevas;
por los investigadores que estudian en la sombra,
experimentan,
a fin de descubrir los secretos de este mundo
que juntos habitamos.

Gloria a ti, Señor,
por los mineros que arrancan el mineral de la tierra,
por los que lo funden
y los que hacen las herramientas
y las máquinas;
por los arquitectos y sus cuadrillas de albañiles,
que construyen casas, catedrales y ciudades;
por los sabios, los ingenieros, los técnicos,
la multitud de trabajadores
del espíritu y de las manos,
que lentamente dominan la tierra
y «domestican» la vida;
por todos los que luchan
en favor del desarrollo del hombre y de los pueblos
y construyen un mundo de justicia y de paz.

Gloria a ti, Señor,
por el hombre que lentamente «se eleva»
a través de la inmensidad del tiempo,
desde que emergiendo del barro
tú lo quisiste de pie,
desde que chispa de espíritu encendida en la carne,
tú lo quisiste pensante, amante
y participante en su propia creación,
desde que entre sus manos por fin liberadas,
tú le entregaste el universo,
para que tomara posesión de él,
lo acondicionara y lo transformara.

Gloria a ti, Señor,
por esta prodigiosa y maravillosa ascensión humana,
por tu alegría en vernos crecer,
por tu humildad,
tú que te eclipsas ante nosotros
en vez de ocupar nuestro lugar,
por tu paciencia ante nuestras morosidades,
nuestros errores y nuestras caídas.

Gloria a ti, por fin, Señor,
porque creaste al hombre libre
y digno de encontrarte,
capaz de conocerte
y de amarte,
porque no pensaste que venías a menos
al hacerte tú mismo
un HOMBRE,
en tu Hijo Jesús;
porque por El,
si lo deseamos,
podemos
todos juntos decirte Padre nuestro,
y llegar un día a tu casa,
vivir en tu amor
y en tu gozo eterno.

La colada del lunes

(De "Caminos de oración" por Michel Quoist)

Jesús, recorriendo los caminos de Palestina, contemplaba la vida. Sobre todo la de la gente sencilla: la mujer que amasa el pan, y la que busca la moneda perdida; el herido atacado en el camino, los niños que juegan en la plaza y la viuda que llora; el sembrador y su campo, las mieses y el pastor con su rebaño... Contemplaba, admiraba. Veía ya a través de toda esta vida cómo crecían las semillas del Reino.

Jesucristo continúa hoy recorriendo nuestros caminos humanos: «yo estoy con vosotros todos los días hasta el final del mundo» (Mt 28,20). Discretamente nos hace señas. Está presente donde se vive el más mínimo gesto de amor auténtico: «porque el amor es de Dios» (1 Jn 4,7). A nosotros nos toca seguir sus huellas a través de las mil pequeñas nadas que hacen fecunda una existencia, si se nutren de ese amor.

Jesús les propuso una parábola:
—Sucede con el reino de los cielos lo que con un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su campo. Es la más pequeña de todas las semillas; pero cuando crece es mayor que las hortalizas, y se hace un árbol, de suerte que las aves del cielo vienen y anidan en sus ramas.

Les dijo otra parábola:
—Sucede también con el reino de los cielos lo que con la levadura que una mujer toma y mete en tres medidas de harina, hasta que todo fermenta (Mt 13,31-33).

Se levantó entonces un maestro de la ley y le dijo para tenderle una trampa:
—Maestro, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?
Jesús le contestó:
— ¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees tú?
El maestro de la ley contestó:
—Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo (Lc 10,25-27).

Señor,
hoy es lunes.
He salido, y he visto flotando en las ventanas
y en los balcones,
aquí y allá, salpicando el hormigón,
como un mosaico abigarrado,
estallando en colores sobre el gris de los edificios,
la ropa tendida.

El aire hacía cantar las notas multicolores
prendidas de los alambres,
y he sentido murmurar al oído de mi corazón
la canción de la pena
y del amor:

Ropa sucia,
ropa lavada,
ropa secada,
ropa planchada, y de nuevo sucia,
para ser lavada de nuevo,
secada de nuevo,
planchada de nuevo.
Ropa del marido,
ropa del hijo,
ropa de la hija
y mía también.
Ropa de la semana, hasta la semana siguiente,
de colada en colada,
de secada en secada,
de planchada en planchada.

Señor,
esta noche te ofrezco,
en nombre de todas las que no te conocen,
de todas las que no se acuerdan de rezar,
esta ropa más blanca,
más suave,
más ligera,
esta ropa que huele a amor de madre
y a amor de esposa.

Te ofrezco todos esos gestos cotidianos,
que mil veces repetidos
tejen vidas dichosas en la sombra,
maravillosas vidas de los humildes
que saben que amar es perseverar
más allá de todo cansancio.

Escúchame, hijo mío,
te lo digo a ti
para que lo digas a tus hermanos:
El reino de los cielos se parece a una mujer
que durante toda una vida
convierte la ropa sucia en ropa limpia,
no por obra de una colada milagrosa,
sino por el milagro del amor
que se entrega cada día.

Jesús muere en la cruz

(De "Oraciones Para rezar por la calle" por Michel Quoist)

... Se anonadó tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres; y en la condición de hombre se humilló, hecho obediente hasta la muerte y muerte de cruz (Filip 2,7-8).

...Nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos (1 Jn 3,16).

Todavía unas horas,
todavía unos minutos,
todavía unos instantes.
Hace ya treinta y tres años que dura esto,
treinta y tres años que viene viviendo seriamente minuto a minuto.

Pero ahora ya no puedes seguirte escapando, ahora estás aquí, volcado hacia el fin de tu vida, hacia el final de tu camino.

Hete aquí, ya en las últimas, acorralado frente al vacío.

Ea, hay que dar el paso,
hay que dar el paso de la entrega,
el último paso de la vida que desemboca en la muerte.

¡Y dudas!
Tres horas, tres horas de agonía, son largas.
Más largas que tres años de vida,
más largas que treinta años de vida.

Tienes que decidirte, Señor, todo está preparado, externamente al menos.

Tú estás ahí, inmóvil en tu Cruz,
has logrado morir ya a todo lo que no fuera abrazar
estos palos cruzados para los que has nacido.

Pero aún circula la vida por tu Cuerpo clavado.
¡Vamos: muere, pues, carne mortal, y brote ya tu eternidad en Ti!

Ahora ya la vida se escapa, abandonando uno a uno los miembros,
y se refugia acorralada por la muerte en este corazón que todavía palpita.
Corazón inmenso
Corazón desbordante
Corazón pesado como un mundo, el mundo de pecados y miserias que lleva encima.

Señor, un esfuerzo más.
Mira la humanidad que, sin saberlo, espera el grito de su Salvador.
Tus hermanos están ahí, te necesitan.
Tu Padre se inclina y extiende ya sus brazos.
Señor, sálvanos.
¡Sálvanos!

Mirad: Él ha cogido en sus manos lo poco que le quedaba de vida,
ha cogido su pesado corazón
y
lentamente
penosamente
solo entre el cielo y la tierra
en la noche atroz
loco
loco de amor
ha levantado su Vida
ha levantado el pecado del mundo
hasta el borde de sus labios
y, en un grito,
lo ha entregado lodo:
«Padre, en tus manos encomiendo

Cristo acaba de morir por nosotros.
Señor, ayúdame a morir por Ti.
Ayúdame a morir por ellos.

Jesús es clavado en la cruz

(De "Oraciones Para rezar por la calle" por Michel Quoist)

Estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí. Y aunque al presente vivo en carne, vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí (Gal 2,19-20).

Señor, te extiendes en la cruz todo lo largo que eres.
Ya está.
Perfecto.
No hay nada que tocar, te está a la medida.
La ocupas toda entera y, para que quede bien seguro que te unes a ella totalmente, dejas a los hombres que te claven cuidadosamente a sus leños.
Esto sí que es, Señor, un trabajo bien hecho, a conciencia.

Ahora Tú coincides plenamente con tu cruz, como la pieza del ajustador poco a poco limada, encaja según el proyecto del ingeniero.

Tú quisiste llegar a esta precisión.
Ya no se mueve.

Así, Señor, yo debo unir mi cuerpo, mi corazón,
mi espíritu
y, tan largo como soy, tenderme sobre la cruz del momento presente.

Y no tengo derecho a elegir la madera de mi pasión:
la cruz ya está esperando a mi medida.

Tú me la ofreces cada día, cada minuto, y yo debo ocuparla.

No es agradable, Señor, el momento presente es tan estrecho que no hay modo de darse en él la vuelta.

Con todo, Señor, yo no te encontraré en otra parte,
es ahí donde Tú me esperas,
es ahí donde, Tú y yo juntos, salvaremos a nuestros hermanos.

Jesús cae por tercera vez

(De "Oraciones Para rezar por la calle" por Michel Quoist)

Respondióle Jesús (a Pedro): «En verdad te digo que esta misma noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces (Mt 26,34).

Pedro se entristeció de que -por tercera vez le preguntase; «¿Me amas?» Y le dijo: «Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo» (Jn 21,17).

Otra vez.
Los soldados la gozan golpeando.
Él no se mueve.
¿Estás muerto, Señor?
No, pero sí al final de las fuerzas.
Minuto de angustia terrible.

Y hay que seguir, seguir en el estado en que Tú estás seguir.
Un paso, otro más, otro aún...

Señor, Tú has caído por tercera vez, pero ya en la cima del Calvario.

Otra vez.
Sigo cayendo a cada paso.
No lograré llegar jamás.

Lo he dicho alguna vez, Señor, y te pido perdón, porque es ahí donde Tú estabas esperándome para
medir mi confianza.

Si me desanimo, Señor, estoy perdido.
Mientras luche sigo estando salvado.
pues Tu has caído por tercera vez, pero ya en la cima del Calvario.

Jesús reprende a las hijas de Jerusalén

(De "Oraciones Para rezar por la calle" por Michel Quoist)

¿Por qué ves la paja en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga en el tuyo? O, ¿cómo puedes decir a tu hermano: «Hermano, déjame quitarte la paja que tienes en él ojo», cuando tú no adviertes la viga que hay en el tuyo? Hipócrita; quita primero la viga de tu ojo, y luego tratarás de quitar la paja que hay en el de tu hermano. (Lc 6,41-42).

Ellas lloran,
sollozan.
Se comprende, hay motivo sobrado para ello. ¡Si vierais cómo le han dejado!
Y ellas son impotentes, no pueden intervenir.
Y entonces ellas van y lloran, lloran de compasión.
Señor, Tú las viste, las oíste.
«Llorad más bien por vuestros pecados.»

Apiadarme de tus sufrimientos y de los del mundo, Señor, eso ya sé hacerlo.
Pero llorar por mis pecados... eso ya es otra cosa.
Me gusta tanto lamentarme de los de los demás.
Es más fácil.
En eso soy un verdadero maestro: por mi tribunal desfila todos los días el mundo entero.

Y siempre encuentro culpable: la política, la economía, las chabolas, el vino, el cine, el trabajo, los vagos que no hacen nada, los curas que no comprenden nada, los cristianos...
y tantos otros, tantos otros.
En total: todo el mundo menos yo.

Señor: enséñame que soy un pecador.

Jesús cae por segunda vez

(De "Oraciones Para rezar por la calle" por Michel Quoist)

Como el esposo tardara se adormilaron y durmieron (Mt 25,5).

Estad atentos, no sea que se emboten vuestros corazones... Velad, pues, en todo tiempo y orad para que podáis evitar todo esto que ha de venir, y comparecer ante el Hijo del Hombre (Lc 21,34.36).

No puedes más, Señor,
de nuevo estás en tierra.

Esta vez ya no es sólo el peso de la cruz quien provoca la caída, sino la fatiga acumulada, el cansancio.
El sufrimiento repetido adormece la voluntad.

Mis pecados, Señor, son unos terribles adormecedores de la conciencia.

Yo me habitúo rápidamente al mal:
una falta de generosidad aquí,
una infidelidad allá,
una simple imprudencia más lejos.

Y mi mirada se ensombrece, ya no veo los obstáculos,
no vuelvo a ver a los demás en mi camino.

Y mis oídos se cierran. Y ya no oigo la queja de los hombres.
Y me encuentro por tierra, en la llanura, lejos del Calvario que Tú me has trazado.

Señor, yo te lo pido, guárdame joven en mis esfuerzos.
Ahórrame la rutina que adormece y me mata.

No hay más que dos amores

(De "Oraciones Para rezar por la calle" por Michel Quoist)

Hemos sido creados por amor y para el amor. En la tierra aprendemos a amar. Al llegar nuestra muerte se nos examinará sobre el amor.

Si estamos ya bien entrenados, nos iremos a vivir eternamente el Amor.

Pero cada vez que aquí abajo nos amamos a nosotros mismos (egoísmo) falseamos el rumbo de nuestro destino y del destino del Universo.

No hay más que dos amores: El amor a nosotros mismos y el Amor a Dios y a los otros.

Vivir es simplemente escoger entre estos dos amores.

Nadie puede servir a dos señores, pues, o bien, aborreciendo al uno, amará al otro, o bien adhiriéndose al uno, menospreciará al otro (Mt 6,24).

El que ama a su hermano está en la luz, y en él no hay escándalo. El que aborrece a su hermano está en tinieblas, y en tinieblas anda sin saber a dónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos (1 Jn 2,10-11).

No hay más que dos amores, Señor: el amor a mí mismo, el amor a Ti y al prójimo.
Y cada vez que yo me amo es un poco menos de amor para Ti y los demás,
una fuga de amor,
una pérdida de amor.
Pues el amor ha sido hecho para salir de mí y volar hacia los otros.

Cada vez que el amor retorna a mí se marchita, se pudre y muere.
El amor propio, Señor, es un veneno que absorbo cada día.
El amor propio me ofrece un cigarrillo y no ofrece al vecino.
El amor propio se queda con la mejor porción y se guarda el mejor sitio.
El amor propio acaricia mis sentidos y roba el pan de la mesa de los otros.
El amor propio habla mucho de mí y me hace sordo a la palabra de los demás.
El amor propio elige por su cuenta e impone lo elegido al amigo.
El amor propio me disfraza y engalana, quiere hacerme brillar oscureciendo al prójimo.
El amor propio está lleno de compasión hacia mí y menosprecia el sufrimiento ajeno.
El amor propio encomia mis ideas e ignora las de los demás.
El amor propio me encuentra virtuoso, me llama hombre de bien.
El amor propio me incita a ganar dinero y a gastarlo a mi gusto, a atesorarlo para el porvenir.
El amor propio me aconseja dar limosnitas para acallar mi conciencia y vivir en paz.
El amor propio me calza de charol y me sienta en butaca.
El amor propio está satisfecho de mí, me adormece
gentilmente.

Y lo más grave es que el amor a mí mismo es un amor robado,
estaba destinado a los demás, ellos lo necesitaban para vivir, para crecer y yo lo he desviado
y así mi amor va creando el sufrimiento humano,
así el amor de los hombres hacia sí mismos crea la miseria humana
todas las miserias humanas
todos los dolores humanos:

El sufrimiento del pequeño al que pega su madre y el del hombre a quien el patrón riñe ante sus compañeros,
el sufrimiento de la chica fea solitaria en el baile y el de la esposa a quien el esposo ha dejado ya de abrazar,
el sufrimiento del niño que dejamos en casa porque estorba y el del abuelo de quien los peques se burlan porque es demasiado viejo,
el sufrimiento del hombre ansioso que no ha podido contar su tristeza y el del adolescente inquieto de cuyo dolor se han reído,
el sufrimiento del desesperado que va a tirarse al río y el del bandido que va a ser ejecutado,
el del parado que quisiera trabajar y el del obrero que gasta su salud por un sueldo irrisorio,
el sufrimiento del padre que amontona su familia en una sola habitación junto a un edificio vacío,
y el de la madre cuyos hijos pasan hambre mientras se echan a la basura las sobras del banquete,
el sufrimiento de quien muere a solas mientras su familia en la habitación contigua espera el desenlace fatal tomando café...

Todos los sufrimientos
todas las injusticias, las amarguras, las humillaciones, las penas, los odios, las desesperaciones,
todos los sufrimientos son un hambre insatisfecha, un hambre de amor.
Así los hombres han ido construyendo lentamente, egoísmo tras egoísmo, un mundo desnaturalizado que aplasta a sus hermanos,
así los hombres sobre la tierra gastan su tiempo en hartarse de su amor marchito,
mientras a su alrededor los demás mueren de hambre tendiendo hacia ellos sus brazos.
Hemos malgastado el amor
y tu Amor.

Esta tarde te pido que me ayudes a amar.

Concédeme, Señor, que reparta el verdadero amor por el mundo.
Haz que, a través de mí y de tus hijos, tu Amor penetre un poco en todos los ambientes, en todas las sociedades, en los sistemas económicos y políticos,
en todas las leyes, en los contratos, en los reglamentos.
Haz que penetre en los despachos, las fábricas, los barrios, las casas, los cines, los bailes.
Haz que penetre en los corazones de los hombres y que yo jamás me olvide de que la lucha por un Mundo Mejor es una lucha de amor, al servicio del amor.

Ayúdame a amar, Señor,
a no malgastar mi torrente de amor
a amarme cada vez menos para amar cada vez más a los otros.

Y que en torno mío nadie sufra o muera, por haberle robado yo el amor que a él le hacía falta para
seguir viviendo.

Hijo mío: jamás llegarás tú a poner bastante amor en el corazón del hombre
y en él mundo
pues el hombre y el mundo tienen hambre de un amor infinito
y sólo Dios puede amar con un amor sin límites.
Pero si tú lo quieres, hijo, yo te daré mi Vida,
tómala en ti,
te doy mi Corazón, os lo doy a mis hijos.
Ama con mi corazón, pequeño mío,
y todos juntos saciaréis al mundo y le salvaréis.

Dios mío, no creo...

(De "Caminos de oración" por Michel Quoist)

Muchos creyentes sinceros pero ignorantes o ingenuos, han caricaturizado la imagen de Dios. Los hombres de nuestro tiempo cada vez rechazan más esta caricatura. Tienen razón. Es un dios falso.

Pero para nosotros, ¿quién es Dios? ¿El todopoderoso a la manera de los hombres o el todopoderoso del amor?

En el primer caso, y bajo el pretexto de fe, corremos el peligro de desentendernos: como Dios lo hace todo, «allá él». Y lo que es peor, corremos el peligro de montar poco a poco una religión de servidumbre y de temor. Hay que conseguir «el favor» de Dios, obedecer para evitar los castigos y sobre todo la condenación eterna. Y aún más grave, arrastramos a Dios a un callejón sin salida, convirtiéndolo en responsable o cómplice de las muertes injustas y de los sufrimientos de toda clase que aplastan a la humanidad.

En el segundo caso, tratamos de vivir nuestra vida paso a paso como una respuesta de amor al Amor, que se propone pero que nunca se impone. Descubrimos entonces maravillados hasta qué punto somos libres frente a Dios, responsables de nuestra vida, de la de nuestros hermanos y de la del mundo.

Lo esencial de la fe está en creer que somos infinitamente amados. Si acogemos ese Amor, entonces nuestra conducta cambia totalmente. Nos sentimos «recreados» y de siervos pasamos a hijos libres de un Padre «adorable». E intentamos «por amor» y no por «obligación» colmar todos los deseos de ese Padre.

El nos eligió en Cristo
antes de la creación del mundo, para ser su pueblo
y mantenernos sin mancha en su presencia.
El nos destinó de antemano, llevado de su amor
y conforme al beneplácito de su voluntad,
a ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo,
para que la gracia que derramó sobre nosotros,
por medio de su Hijo querido,
se convierta en himno de alabanza a su gloria (Ef 1,4-6).

El que no ama no sabe nada de Dios,
porque Dios es amor.
Y el amor que Dios nos tiene se ha manifestado
en que envió al mundo a su Hijo Unigénito,
para que vivamos por él.
El amor no está en que nosotros hayamos amado a Dios,
sino en que él nos amó a nosotros,
y envió a su Hijo para librarnos de nuestros pecados (1 Jn 4,8-10).

Dios mío, no creo
que tú hagas caer la lluvia o brillar el sol,
a la carta,
por encargo,
para que brote el trigo del labrador cristiano
o resulte la fiesta organizada por el señor cura;
que tú encuentres trabajo para el parado
que es buena persona
y dejes que los otros sigan buscando
sin encontrarlo jamás;
que tú libres de un accidente
al hijo cuya madre ha rezado
y dejes que muera el hijo
que no tiene madre para implorar al cielo;
que des tú mismo de comer a los hombres
cuando te lo pedimos,
y dejes que mueran de hambre
cuando no te lo pedimos.
Dios mío, no creo,
que nos lleves a donde tú quieres
y no tengamos más que dejarnos llevar,
que nos envíes esta prueba
y que no tengamos más que aceptarla,
que nos ofrezcas este triunfo
y que no tengamos más que agradecértelo,
que cuando tú lo decides, por fin, llames a ti
a quien amamos
y que no tengamos más que resignarnos.

No, Dios mío, no creo
que seas un dictador
que disfruta de todos los poderes
para imponer tu voluntad
por el bien de tu pueblo;
que seamos marionetas
y a tu antojo
tires de los hilos,
y que nos hagas representar un misterioso drama
en el que tú desde siempre has determinado
los más mínimos detalles de la representación.
No, no lo creo,
no lo creo ya,
porque sé ahora, Dios mío,
que tú no lo quieres,
y que no lo quieres
porque eres AMOR,
porque eres PADRE
y nosotros somos tus hijos.

Perdón, Dios mío,
por haber desfigurado tu adorable rostro
durante demasiado tiempo,
por haber creído que
para conocerte y comprenderte
era preciso imaginarte
adornado hasta el infinito
de dominio y poder,
como te imaginamos siempre
al estilo humano.
Hemos empleado palabras precisas
para pensar en ti y hablar de ti,
pero en nuestros corazones cerrados
estas palabras se han convertido en trampas,
y hemos traducido:
omnipotencia,
voluntad,
mandato,
obediencia,
juicio...
a nuestro lenguaje de hombres orgullosos
soñando en dominar a nuestros hermanos;
y te hemos atribuido
castigos,
sufrimientos y muertes,
siendo así que tú querías para nosotros
el perdón,
la felicidad y la vida.

Sí, Dios mío, perdón,
porque no nos hemos atrevido a creer
que por amor
desde siempre nos has querido LIBRES,
no sólo libres para decir sí o no
a lo que tú previamente habías decidido,
sino libres para pensar,
escoger,
actuar
en cada instante de nuestra vida.
No nos hemos atrevido a creer
que hasta tal punto quisiste nuestra libertad
que has corrido el riesgo
del pecado,
del mal,
del sufrimiento,
frutos podridos de nuestra libertad desviada,
horrible pasión de tu amor escarnecido,
que has corrido el riesgo de perder
a los ojos de muchos de tus hijos
tu aureola de bondad infinita
y la gloria de tu omnipotencia.

No nos hemos atrevido a comprender, por fin,
que cuando quisiste revelarte definitivamente
a nuestros ojos,
viniste a la tierra
pequeño,
débil,
desnudo.
Y que moriste clavado a una cruz,
abandonado,
impotente,
desnudo,
para indicar al mundo que tu sola potencia
es la potencia infinita del amor,
amor que nos libera
para que podamos amar.
Dios mío, ahora sé que tú lo puedes todo
.. .excepto privarnos de la libertad.

Gracias, Dios mío, por esa hermosa y tremenda libertad,
regalo supremo de tu amor infinito.
¡Somos libres!
¡Libres!

Libres para adueñarnos poco a poco de la naturaleza
para ponerla al servicio de nuestros hermanos,
o libres para desnaturalizarla
explotándola para nuestro único provecho;
libres para defender y desarrollar la vida,
para combatir todos los sufrimientos
y todas las enfermedades,
o libres para malgastar inteligencia, energía, dinero,
para fabricar armas
y matarnos entre nosotros;
libres para darte hijos o para negártelos,
para organizarnos y compartir nuestras riquezas
o dejar que millones de hombres
mueran de hambre sobre una tierra fértil;
libres para amar
o libres para odiar,
libres para seguirte
o para rechazarte.

Somos libres...
pero INFINITAMENTE amados.

Dios mío, creo
que porque nos amas y porque eres nuestro Padre,
desde siempre sueñas para nosotros
una felicidad eterna,
que constantemente nos propones,
pero que nunca nos impones.

Creo que tu Espíritu de amor
en el corazón de nuestra vida,
cada día nos inspira fielmente
los deseos de tu Padre,
y creo que en medio del inmenso barullo
de las libertades humanas,
los acontecimientos que nos afectan,
los que hemos escogido
y los que no hemos escogido,
sean buenos o malos,
fuente de alegrías o de crueles sufrimientos,
todos pueden,
gracias a tu Espíritu que nos acompaña,
gracias a ti que nos amas en tu Hijo,
gracias a nuestra libertad que se abre a tu AMOR,
llegar a ser para nosotros y por nosotros
siempre providenciales.

Dios mío, tan grande y enamorado,
tan humilde, tan discreto ante mí,
que sólo puedo alcanzarte y comprenderte
siendo pequeño,
concédeme la gracia de creer con todas mis fuerzas
en tu única «omnipotencia»:
la omnipotencia de tu AMOR.
Así, un día podré, con mis hermanos,
orgulloso de haber permanecido un hombre libre,
desbordando de felicidad,
oír que me dices:
Hijo mío, tu fe te ha salvado.

A imagen de Dios

(De "Cita con Jesucristo" por Michel Quoist)

Dios no está sólo. Si lo estuviera, sería monstruosamente egoísta. Son tres. Tres personas tan unidas que son un sólo Dios.

Amar, es olvidarse enteramente en favor del otro, darse totalmente, gratuitamente, para enriquecer al otro y hacerse uno con él.

En la trinidad, cada persona está totalmente «hacia» el otro: «Un pájaro que sería todo vuelo», cada persona es relación total hacia el otro: una «relación subsistente», dicen los teólogos.

Dios «es» amor.
«Todo lo que es mío es tuyo y todo lo que es tuyo es mío» (Jn 17, 10).
«Yo y el Padre somos uno» (Jn 10, 30).
«Sabed que el Padre está en mí, y yo en el Padre» (Jn 10, 38).

Cada persona, en la trinidad, es
don total,
relación total,
amor total.

Hablando humanamente, diríamos que si parasen de darse, de amarse, dejarían de ser.

Dios ha creado al hombre a su imagen. Es decir, lo ha creado para el don y las «relaciones» con sus hermanos. Así, sólo puede realizarse plenamente dándose, amando a través de las relaciones individuales y colectivas.

Hemos de llegar a ser lo que somos. Debemos hacer que surja en nosotros la imagen de Dios, ir perfeccionándola poco a poco, como un escultor hace aparecer en el mármol el rostro soñado.

Sólo se puede «existir» olvidándose de uno mismo, para darse «a» los otros.

Sólo se puede «existir» siendo totalmente relación con los otros. La calidad de mis relaciones dará la medida de la hondura y el progreso de mi ser.

Cuanto más me olvide de mí para darme a los otros,
cuanto más me pierda para encontrar a los otros,
cuanto más me lance para alcanzar a los otros,
tanto más me convierto en imagen de Dios,
tanto más «soy» persona, como el Padre la ha soñado.

«Quien ama su vida, la echará a perder, y el que odia su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna» (Jn 12, 25).

Todo lo que está hacia los otros es vida.

Todo lo que está hacia mí es muerte.

Cuando ayudo a los otros para que se olviden de sí mismos para darse, les ayudo a que crezca en ellos la imagen de Dios. Los hago «ser».

No hay «cosas pequeñas» cuando se trata de dar, el gesto más ínfimo en favor de los otros, aún en orden material, es un paso en favor del desarrollo del ser.

Dando es como se aprende a dar.

Cuando en la vida de cada día se presentan ocasiones de dar, es el Señor el que nos las ofrece para que podamos crecer.

Si siempre se me pide
no hacer, sino hacer hacer al otro,
no darle, sino ayudarle a dar,
no iniciar relaciones individuales con él, sino empujarle a que se relacione a su alrededor, dentro de los grupos naturales en los que vive inserto,
es para sacarle de sí mismo y hacer que llegue a ser hombre, según la imagen que Dios tiene de él desde toda la eternidad.

«Amaos unos a otros como yo os he amado» (Jn 15, 12).
«Que todos sean uno, como tú. Padre, en mí y yo en ti» (Jn 17, 21).

Si Jesús nos da su vida, es para elevar nuestro don y nuestro amor al plano del amor trinitario. Para que seamos auténticamente no sólo imagen de Dios, sino persona divinizada, para que edifiquemos no sólo el cuerpo de la «humanidad», sino el cuerpo de Cristo.

¿Qué soy yo, Señor?
¿Por qué hay en mí ese sabor de insatisfacción ?
¿Por qué esa impresión de estar de camino, en marcha,
de no ser ese ser hecho, estático, seguro, sólido, que me tranquilizaría y me ahorraría el esfuerzo?

Hay en mí una imagen de Dios que he de ir modelando libremente, paso a paso, día a día.

Estoy haciéndome...
y los otros, junto a mí, están haciéndose también,
y la humanidad entera, pueblo dolorosamente en marcha
hacia su unidad.

Yo te adoro, oh Dios, don absolutamente puro,
amor puro.

Te contemplo como mi todo y mi meta.
Haz que mi vida, Señor, toda entera, sea don,
haz que los otros no sean extranjeros para mí
sino hermanos,

Cada ruptura con ellos es una regresión,
cada puente tendido un progreso,
cada repliegue hacia mí es una parada en mi crecimiento:
un «no ser»,
cada don es una etapa hacia la plenitud: un «ser más».

Bajo tu mirada, Señor, hace falta que sea en el camino de los otros,
el que les invite a darse,
y así les haré el mayor de los servicios,
el de ayudarles a ser, «imagen de Dios», y dios en tu Hijo Jesucristo.

Ante Ti, Señor

(De "Oraciones para rezar por la calle" por Michel Quoist)

El principiante necesita palabras, imágenes, ideas que mantengan en pie su oración, pero paso a paso éste se da cuenta de que todas estas muletas son más bien obstáculos que se oponen a su «contacto» con Dios.

Cristo al «cautivar» al militante le hace ver que es inútil hablar, imaginar o pensar, trátese de lo que se trate.

Sólo hay un camino: Dejarse «trabajar» por Dios.

Ponerse delante de Él sin intermediario alguno. He aquí el medio más seguro para encontrarle, para dar con Él cuando nos invite.

Pero cuidado. Pasividad no es lo mismo que olvido de los hombres.

Al contrario, el militante cargado con todos los hermanos que ha tomado a su cargo, debe llevarles sin aspavientos hasta Dios.

Amigo de Dios. Amigo de los hombres. Sólo así realizará el gran encuentro.

Tú, cuando ores entra en tu cuarto y, cerrada la puerta,ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre que ve en lo escondido, te recompensará. Y en vuestras oraciones no seáis charlatanes... (Mt 6,6-7).

Yo de buena gana me gastaré y me desgastaré hasta agotarme por vuestras almas (2 Cor 12,15).

Como nodriza que cuida a sus niños, así llevados de nuestro amor por vosotros, querríamos no sólo daros el Evangelio de Dios, sino aun nuestras propias almas: tanto hemos llegado a quereros (1 Tes 2,7-8).

Estar aquí, ante Ti, Señor, y ya está todo.
Cerrar los ojos de mi cuerpo,
cerrar los ojos de mi alma,
y quedarme así, inmóvil, silencioso,
abrirme ante Ti que estás abierto a mí,
estar presente a Ti, el infinito presente.

Yo acepto, Señor, este no sentir nada
no ver nada
no oír nada,
vacío de toda idea
de toda imagen
en la noche.

Heme aquí simplemente
para encontrarte sin obstáculo
en el silencio de la Fe,
ante Ti, Señor.

Pero, Señor, no estoy solo,
ya no puedo volver a estar solo,
soy multitud, Señor,
pues los hombres me habitan.

Yo los he encontrado
y ellos han penetrado en mí
se han instalado en mí,
me han atormentado,
me han traído problemas,
me han comido,
y yo los he dejado, Señor, para que ellos se alimenten y descansen.

Y ahora te los traigo al presentarme a Ti.
Heme aquí, Señor,
helos aquí
ante Ti, Señor.

Jesús en los brazos de su madre

(De "Oraciones para rezar por la calle" por Michel Quoist)

...Le dijo su Madre: «¿Por qué has hecho esto? Mira que tu padre y yo, apenados, andábamos buscándote». Y Él les dijo; «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es preciso que me ocupe en las cosas de mi Padre?» (Lc 2,48-49).

Tu obra está concluida,
puedes dejar tu herramienta,
puedes irte a descansar, te lo has ganado bien.

Y lentamente te deslizas como un hombre fatigado de tu trabajo, que se cae de sueño.

Tu madre te recibe en sus brazos:
«¡Cómo estás, hijo mío! ¡Qué exagerado eres! ¡Estás muerto de cansancio!
»Quizá el Padre no te pedía tanto».

Pero Tú descansas en paz,
sobre tu rostro, calmo y apaciguado, hay un brillo de gozo, es el reflejo de tu conciencia tranquila.

En verdad que has hecho sufrir a tu Madre; pero ella está orgullosa de Ti.
«Duerme ahora, Pequeño mío. Tu Madre te mira.»

Así cada día yo me duermo al concluir mi jornada.
Y ¡en qué estado a veces, Señor!
Pero ¡ay! mi fatiga y mi suciedad no siempre vienen del servicio del Padre.

María ¿aceptarás Tú — a pesar de todo — el velarme cada noche?

Mi cuerpo está cargado de impurezas, pero mi corazón pide perdón.

No olvides que Tú eres refugio de pecadores.

Santa María, Madre de Dios, ruega por mí, pobre pecador.

Concédeme por los méritos de tu Hijo, que jamás me duerma sin haber obtenido el perdón de tu Hijo.

Y que, reposando cada noche en tus brazos, en paz,
vaya entrenándome a morir.

Jesús es despojado de sus vestiduras

(De "Oraciones para rezar por la calle" por Michel Quoist)

Es llegada la hora en que el Hijo del Hombre será glorificado. En verdad, en verdad os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, quedará solo; pero si muere dará mucho fruto (Jn 12,23-24).

Ya lo único tuyo que te quedaba era la túnica.
Le tenías un cariño especial. La había tejido tu madre.
Pero aun eso sobraba.
Una sola cosa, Señor, es necesaria: tu Cruz.

Ahora todo lo que os separaba ha desaparecido,
al fin podéis tu cruz y Tú desposaros para siempre,
y, trágica pareja, vais a salvar al mundo.

También yo, Señor, debo abandonar todos estos vestidos de ceremonia que me estorban en mi vida y me esconden a tus ojos,
este «tener» que ahoga el «ser» en mí, y me separa de los otros.

Así, Señor, yo debo, poco a poco, hacer morir en mi vida todo aquello que no sea fidelidad a tu voluntad.

Y esto no me gusta un pelo, Señor; hay que estar siempre muriendo.

Qué exigente eres:
yo doy y aún sigues pidiendo.

Me gustaría quedarme con cuatro naderías,
cuatro fruslerías que se me pegan a la piel y no acabo de resignarme a ofrecerte.

Pero si Tú lo quieres todo, Señor, tómalo todo.
Arranca Tú mismo mí último vestido.
Pues yo sé bien que hace falta morir para merecer la Vida
como el grano debe pudrirse para que pueda nacer la espiga de oro.