La caridad

(De "Motivos de San Francisco", poemas en prosa de la poetisa chilena Gabriela Mistral (1889-1957), inspirados directamente en las Florecillas de San Francisco y sus Hermanos)

Nosotros llamamos caridad a poner en la mano extendida una moneda grande, o a pagar una cama de hospital, Francisco, Tú no. Cuando dabas, eras tú mismo lo que dabas.

Conociste la lepra y te quedaste sentadito horas y horas lavando la podre. Parecía que eras tú mismo el agua y el aceite; y también la venda.

Te dabas tú en las frutas jugosas que ponías en la boca del calenturiento. A los frailes no sólo le ofrecías el convento; te dabas tú en paciencia larga. Solían ser muy charladores y necesitaban una gran paciencia. Y cuando echabas de comer al lobo de Gubbio, también te dabas tú con las caricias que le hacías en el cuello mientras comía.

Y cuando hacías canciones también te dabas tú todito, con tu corazón ardiendo.

Y por eso, Francisco, te gastaste como las lunas en su cuarto menguante. Eras ya como una broma de la carne, que hablaba y que ya apenas tenía garganta. Tus manos se adelgazaron hasta ser transparentes como la hoja de otoño. Tu carne era un espejismo de la vieja carne que tuviste; tu milagro tenía más realidad que tu pobre cuerpo. Te habías desteñido en el bajo relieve de la tierra, y apenas se te veía. Lo mismo que la luna en el cuarto menguante.

Tú descubriste una verdad escondida; que no tenemos derecho a dar sino a nosotros mismos. Las demás cosas son de la tierra.

Cuando regalamos cosecha de frutos, es el surco generoso el que da; y cuando regalamos vestidos, es el hilandero fatigado el que regala. Pero cuando nos damos a nosotros mismos, entonces sí, damos de verdad.

Nosotros, Francisco, entregamos lo que nos sobra. Estamos tan llenos, que nos cansamos un poco con la brazada de ricas mazorcas de la vida. Se nos rompen los sacos de oro del trigo, y entonces cedemos, por no doblarnos a recoger lo caído. Tú te diste, te diste, te diste.

Marcos 7,1-8a. 14-15. 21-23: Lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre


En aquel tiempo se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos letrados de Jerusalén y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras (es decir, sin lavarse las manos).

(Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y al volver de la plaza no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas.)

Según eso, los fariseos y los letrados preguntaron a Jesús:
-¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen tus discípulos la tradición de los mayores?
El les contestó:
-Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito:
Este pueblo me honra con los labios,
pero su corazón está lejos de mí.
El culto que me dan está vacío,
porque la doctrina que enseñan
son preceptos humanos.
-Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres.
En otra ocasión llamó Jesús a la gente y les dijo:
-Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro del corazón del hombre salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro.

REFLEXIÓN (de "Homilías dominicales - Ciclo B" por Jesús Burgaleta):

Los lazos invisibles del misterio de la comuinón cristiana se expresan visiblemente en la Iglesia por medio de su propia institución. Esta pertenece a la misma naturaleza de la Iglesia, que es sacramento en el mundo de la salvación, ofrecida y aceptada. Como todo grupo humano, también la Iglesia se rige legítimamente por tradiciones y leyes. Ellas van regulando eficazmente los cauces de la comunión fraternal, la expresión de la fe y el ordenamiento de todos para la consecución del mismo fin.

Sin embargo, lo específico del misterio de la Iglesia no lo constituyen ni las tradiciones ni la ley, sino la fe. Este Pueblo de Dios, peregrino en el mundo, está bajo la economía de la fe, es una comunidad de creyentes. Sin menospreciar en nada el precepto de la Iglesia, tratemos hoy de encentrar el espíritu de toda ley, única manera de valorarla y potenciarla. El cumplimiento meramente externo de los preceptos, aun de los más santos, no salva al hombre.

Superación de las tradiciones humanas

La inseguridad es una nota característica de la existencia humana. Para salir de ella buscamos sin descanso normas establecidas. La inseguridad que se refiere a la moral y a la religión es la que más nos tortura. Nunca estamos seguros de haber acertado, de no haber fallado, de haber cumplido todos los requisitos para tener a la divinidad favorable a nuestra causa. Como fruto de esta inseguridad surgen en las comunidades humanas y en los grupos religiosos las tradiciones.

Las tradiciones son buenas, ayudan al hombre a moverse en todos los ámbitos de la vida, sin tener que estar siempre improvisando, con el riesgo que eso lleva consigo. La tradición es como esa obra de arte del comportamiento humano que se ha ido enriqueciendo a lo largo de los siglos por la sabiduría de las generaciones desaparecidas. La tradición humana es una ayuda incalculable.

El problema de las tradiciones se publica cuando el hombre, hambriento de seguridades, se aferra a las costumbres. Las costumbres marcan surcos de comportamiento, como las penas labran arrugas en el rostro. Se convierten, a veces, en férreas vías de tren que dirigen, atenazan, imponen implacablemente una dirección. Entonces las tradiciones son un yugo pesado. Las tradiciones también tienen el peligro de absolutizarse, de ponerse aun encima de la misma Palabra de Dios. «Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres» (Mc 7,8). Así vemos cómo personas muy aferradas a la tradición son incapaces de emprender el camino de la conversión, justificándose en las mismas tradiciones. «Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores... y se aferran a otras muchas tradiciones...» (Mc 7,3-4). Tener a las tradiciones como norma definitiva de todo es una hipocresía: «hipócritas... este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí» (Mc 7,6). Al hablar de tradiciones no nos referimos en ningún momento a la Tradición de la fe.

La ley da paso a la economía de la fe

La ley del Antiguo Testamento es santa y viene de Dios. «Escuchad los mandamientos y preceptos que yo os mando cumplir» (Deut 4,1). Está llena de aliento de vida: «Estos mandamientos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia» (v. 6). El Decálogo tiene toda la bondad moral que se pueda imaginar: «¿Cuál es la gran nación cuyos mandamientos y decretos sean tan justos como toda esta ley?» (v. 8). El Decálogo es además universal, vale para todo tiempo y para todo hombre, también para nosotros.

Lo que ocurre desde Jesucristo es que ha cambiado la perspectiva de un modo considerable. Del régimen de la ley hemos pasado al de la fe, por lo que la ley queda potenciada. La ley deja de ser un precepto externo, impuesto desde fuera; deja también de ser ocasión de pecado, pues la ley enseñaba lo que no se debía hacer, pero no daba fuerzas para superar la tentación.

Para acabar con la proverbial alineación humana, Dios ha decidido entablar con el hombre un régimen nuevo de relación. La nueva alianza se caracteriza no por la supresión del precepto, sino por su interiorización. Al comportarse según la Palabra de Dios, el creyente no se limita a cumplir un mandamiento externo, sino que desarrolla la propia vida interior de la fe: «Pondré mi ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré» (Gen 31,33;32,40). La Palabra de Dios no es un código de leyes, sino la misma comunicación de Dios que engendra la vida en nuestro corazón y nos transforma en nuevas creaturas. «Evidentemente, sois una carta de Cristo..., escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón... Nuestra capacidad viene de Dios..., no de la letra, sino del Espíritu. La letra mata, mas el Espíritu da vida» (2 Cor 3,5-6).

Estamos bajo el régimen del Espíritu, que se ha derramado en nuestros corazones. La fe es un don de Dios y reconoce que todo lo bueno que el hombre hace se debe a la gracia de Dios, no a las propias fuerzas, ni al cumplimiento de los preceptos de la ley. La fe transforma el ser mismo del hombre y la capacita para vivir según la nueva creación. La fe, interiorizando la ley, nos libera de la esclavitud. «Habéis sido llamados a la libertad..., manteneos firmes y no os dejéis oprimir bajo el yugo de la esclavitud... Habéis roto con Cristo, todos cuantos buscáis la justicia en la ley» (Gal 5,13.1.4). El comportamiento que surge de la fe es como el agua que brota de una fuente: nace desde dentro hacia fuera. «Lo que sale de dentro es lo que hace al hombre impuro» (Mc 7,20). A Dios le importa más lo que siente el corazón que lo que pronuncian los labios. La fe transforma «lo de dentro» para que el hombre, obrando desde su espíritu por el impulso del Espíritu de Dios, produzca frutos buenos. Lo que justifica al hombre es la fe, no los merecimientos conseguidos por el cumplimiento externo de la ley. Porque todos los que confían en sus propias fuerzas, «los que viven de las obras de la ley, incurren en la maldición» (Gal 3,10).

Alguno puede reaccionar burdamente diciendo: «Pues, ¿qué? ¿Pecaremos porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? ¡De ningún modo!» (Rom 6,15). La fe nos hace realizar las obras del Espíritu de Dios, contrarias a las de la carne. Las obras de la fe, guiadas por el Espíritu, coinciden con la enumeración de las obras de la ley antigua. La fe, que supera al pedagogo de la ley, no nos aboca a un libertinaje. El creyente que vive la vida de la fe, no peca, es la muerte, sino que, «libre del pecado y esclavo de Dios, fructifica para la santidad» (Rom 6,22). La fe no destruye la ley, sino que le da cumplimiento, ya que por la fe Dios nos salva, y nos da fuerza para cumplir el precepto.

El Evangelio de hoy nos marca el camino para huir del fariseísmo, que pone todo su empeño en «purificar por fuera», haciéndose «semejantes a sepulcros blanqueados» (Mt 23,25-27). ¡Qué bien encajan estas expresiones referidas a nosotros y a la sociedad! Podemos estar todo el día cumpliendo tradiciones y leyes, pero sin agradar a Dios un solo momento, pues la raíz de nuestro corazón es aún mala y estamos lejos de El.

¡Que la Eucaristía contraste la verdad de nuestra vida de fe! Es sacramento de la fe. Supone la unión con Cristo y la transformación de nuestra vida. ¿Tendremos que escuchar hoy nosotros: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí; el culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos»? (Mc 7,6-7).

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Primero Dios

Frase Fr. Ambrosio de Lombez
La desgracia de los hombres y la causa de su poco progreso en los caminos de la paz,
consiste en que en lugar de salir enteramente de sí mismos
quedan siempre envueltos y enredados entre los pliegues de su amor propio;
pues el que quiere caminar decididamente por estos santos caminos
debe mortificar todas sus afecciones desordenadas,
y no estar ligado a criatura alguna por los lazos de la afición.

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La oración de la necesidad

(De "De la necesidad y don de la oración" por Karl Rahner)

La oración del cristiano es, con entera verdad, humana. La angustia ante la necesidad terrena, el deseo de protección acá abajo, el tormento y el anhelo de la creatura se alzan y claman a Dios, no interesados precisamente por Dios mismo, sino por su ayuda y socorro para ganar el pan material del cuerpo hambriento, para salvar de la muerte la vida terrena. Es un grito de la más vital auto-afirmación, del más inmediato impulso vital, un grito angustioso enteramente primitivo, humano.

Y, no obstante, es esta oración de súplica a la par plenamente divina. En medio de esta defensa encarnizada de la tierra frente a Dios y aun en cierto modo contra Él, se le entrega todo a El, el incomprensible; aquel impulso vital y aquella auto-afirmación se dejan circundar voluntaria e incondicionalmente por la voluntad de Dios, de la que no hay ya apelación posible; ansia ahora aquel impulso vital, no el pan y la vida, sino la voluntad de Dios, aunque ella sea el hambre y la muerte.

Y así es esa oración, todo en uno: divina y humana. Su fuerza y esperanza humanas se robustecen por el hecho de que se invoca al Omnipotente que todo lo puede; nos es dado apelar a las promesas de Dios mismo; el mismo aproximarnos tanto a Dios da alas a la oración de súplica para sentirse intrépida, fuerte y humana. Y por otra parte, al elevar la oración hasta la luz y amor de Dios la terrenal necesidad y el terrenal deseo y la terrenal auto-defensa, vienen a quedar estas cosas, en sí intrascendentes, aprisionadas en el torrente que arrastra todo, plenitud, necesidad y ruina terrenas, hacia la vida de Dios.

En esta misteriosa unidad divino-humana de la voluntad del hombre enfrentada con Dios y abandonada en la voluntad de Dios; en esta unidad donde Dios toma la voluntad de la tierra y la inserta en su propia voluntad y justamente así la salva, se hace posible e inteligible la infalibilidad prometida de ser siempre escuchada nuestra oración. Este ser escuchado por el Padre lo tiene el Hijo por derecho propio; a nosotros se nos promete como hijos del Padre y como hermanos de Cristo. Pero ambas cosas sólo las somos en la medida en que nos adentramos en la voluntad de Dios.

Hemos de centrar nuestro querer en Dios, en su amor, en su gloria. En este querer debe quemarse todo egoísmo. Sólo así somos hijos perfectos de Dios. Sólo así es nuestra oración divino-humana. Sólo así podemos decir con el Hijo: «Yo sé que Tú siempre me oyes.» Sólo así se habrá incorporado por entero (sin anularse) el yo que quiere ser escuchado en el Tú que escucha. Sólo así tendrá realización plena aquella misteriosa simpatía y libre armonía entre Dios y el hombre, dentro de la cual puede el hombre, partiendo de sus propias bases, moverse a querer, pretender y pedir, y no ser, con todo, lo por él querido, pretendido y pedido, más que la pura aceptación de la voluntad de Dios.

¿Hemos con esto descorrido el misterio de la oración de súplica? No. Tan sólo hemos vuelto a encontrar en su misterio el misterio de todo lo cristiano. Ésta es únicamente nuestra explicación. Pero basta ello a la fe. Como es cierto que hay una verdadera tierra y un verdadero cielo, y como existe verdaderamente un Dios viviente, libre y todopoderoso, y existen, no obstante, también verdaderas personas libres creadas, así se da también esta doble faz en la oración de súplica; verdadero grito de la angustia y la necesidad que ansia lo terreno, y verdadera y radical capitulación del hombre ante Dios inescrutable en sus juicios.

¿Y ambas cosas en una? ¿Sin que se excluyan la una a la otra? Sí. ¿Cómo es ello posible? Posible como es posible Cristo. Posible y hecho realidad mil veces en toda vida verdaderamente cristiana, en la que el hombre (sublime acción) se hace como un niño, sin miedos ni angustias de conducirse ante Dios como un niño, y con modos pueriles, porque sabe que tiene un padre más sabio que él y más prudente y bueno, aun dentro de su desconcertante dureza, y por ello cuenta de antemano con que sus infantiles juicios y caprichos no dirán la palabra definitiva.

Ser como niño ante Dios en medio de quemantes torturas y desesperación de muerte; como niño que se deja caer a ciegas en los brazos maternos, aun al desplomarse sin protestas ni reniegos en el vacío total del hombre, hasta la muerte y hasta la muerte en cruz; ser ambas cosas en una, y llevarlas así unidas a la oración, angustia y confianza, voluntad de vivir y prontitud para la muerte, seguridad de ser escuchado y absoluta renuncia a ser escuchado según los propios planes; tal es el misterio de la vida del cristiano y de la oración del cristiano. Para ambas cosas nos es dechado Cristo hombre-Dios; es Él la sola y única ley.

¿Quién entenderá esta apología de la oración de súplica? Sólo el que ora y pide. Si quieres entenderlo, ora, pide, gime. Pide por la necesidad material del cuerpo, de manera que tu plegaria por el don material te transforme más y más en hombre celestial. Pide de manera que tu perseverante petición se transforme en escudo de tu fe en la luz de Dios, a través de la noche del mundo; en escudo de tu esperanza en la vida, a lo largo de este morir continuado; en escudo de tu fidelidad al amor, que ama sin paga.

Estamos en marcha, caminantes entre dos mundos. Por estar aún sobre la tierra, oremos por aquello que necesitamos en esta tierra. Pero como peregrinos de la eternidad que marchamos por esta tierra, no queramos ser oídos como si tuviéramos aquí nuestra morada permanente, como si no supiéramos que precisamente mediante la ruina y la muerte hemos de hacer nuestra entrada en aquella vida, que es la aspiración de todo nuestro vivir y orar.

Mientras nuestras manos se mantienen juntas en oración, juntas aun en medio de las más horribles tragedias, nos envuelve, invisible y misteriosa, pero verdadera, la piedad y clemencia divina, la vida misma de Dios; y toda caída en lo que es espantable y horrible para el corazón del hombre, en la misma muerte, se torna entonces caída en los abismos del eterno amor.

Oración

De San Claudio de la Colombière

Dios mío, estoy tan persuadido de que velas sobre todos los que en Ti esperan y de que nada puede faltar a quien de Ti aguarda todas las cosas, que he resuelto vivir en adelante sin cuidado alguno, descargando en Ti todas mis inquietudes. Ya dormiré en paz y descansaré, porque Tú, sólo Tú, has asegurado mi esperanza.

Los hombres pueden despojarme de los bienes y la reputación; las enfermedades pueden quitarme las fuerzas y los medios de servirte; yo mismo puedo perder tu gracia por el pecado; pero no perderé mi esperanza; la conservaré hasta el último instante de mi vida y serán inútiles todos los esfuerzos de los demonios del infierno para arrancármela. Dormiré y descansaré en paz.

Que otros esperen su felicidad de sus riquezas o de sus talentos; que se apoyen sobre la inocencia de su vida o sobre el rigor de su penitencia, o sobre el número de sus buenas obras, o sobre el fervor de sus oraciones. En cuanto a mí, Señor, toda mi confianza es mi confianza misma. Porque Tú, Señor, sólo Tú, has asegurado mi esperanza.

A nadie engañó esta confianza, ninguno de los que han esperado en el Señor ha quedado frustrados en su confianza. Por tanto, estoy seguro de que seré eternamente feliz, porque firmemente espero serlo y porque de Ti, Dios mío, es de quien lo espero. En Ti esperaré, Señor, y jamás seré confundido.

Bien conozco, y demasiado lo conozco, que soy frágil e inconstante; sé cuánto pueden las tentaciones contra la virtud más firme; he visto caer los astros del cielo y las columnas del firmamento; pero nada de esto puede aterrarme. Mientras mantenga firme mi esperanza me conservaré a cubierto de todas las calamidades; y estoy seguro de esperar siempre, porque espero igualmente esta invariable esperanza.

Así, espero que me sostendrás en las más rápidas y resbaladizas pendientes, que me fortalecerás contra los más violentos asaltos, y que harás triunfar mi flaqueza sobre mis más formidables enemigos. Que me protegerás tanto de los éxitos como de los fracasos, esas dos horribles falacias del mundo...

Espero que me amarás siempre y que yo te amaré sin interrupción; y para llegar de una vez con toda mi esperanza tan lejos como puede llegarse, te espero a Ti mismo, Creador mío, para el tiempo y para la eternidad. Amén.

El salto de la fe

(De "Introducción al Cristianismo" por Joseph Ratzinger)

Sin darnos cuenta, suponemos que "religión" y "fe" son lo mismo y que todas las religiones pueden definirse también como "fe". Pero esto es sólo verdad en cierto sentido, ya que muy a menudo otras religiones no se denominan así, y gravitan en torno a otros puntos. El Antiguo Testamento, por ejemplo, considerado como un todo, no se ha definido a sí mismo como "fe", sino como "ley". Es, ante todo, una regla de vida en la que el acto de la fe adquiere cada vez mayor importancia.

La religio expresa principalmente, según la religiosidad romana, la suma de determinados ritos y obligaciones. Para ella no es decisivo un acto de fe en lo sobrenatural. El hombre puede con todo derecho olvidarse completamente de él, sin que por ello pueda decirse que es infiel a su religión. Al ser esencialmente un sistema de ritos, lo importante es que se observen meticulosamente. Así podríamos recorrer toda la historia de las religiones. Nos bastan estos apuntes para darnos cuenta de que no es evidente que el ser cristiano se exprese con la palabra "credo", ni que se califique su forma por la posición ante lo real en la actitud de la fe. Con esto el problema se hace apremiante: ¿qué actitud indica esa palabra? Además, ¿por qué nos es tan difícil meter nuestro yo personal en ese "yo creo"? ¿Por qué nos parece casi imposible identificar nuestro yo actual cada uno el suyo, separado irremisiblemente del de los demás. con el del "yo creo" de las generaciones pasadas, de fisionomía particular?

Entrar en ese yo del credo, transformar el yo esquemático de la fórmula en carne y hueso del yo personal, fue siempre una tarea ardua y al parecer imposible, en cuya realización muchas veces en vez de rellenar el esquema con carne y hueso, se ha transformado el yo en esquema. Nosotros, como creyentes de nuestro tiempo, afirmamos quizá un poco celosamente que nuestros antepasados de la edad media eran, sin excepción, creyentes; haríamos muy bien en echar una mirada detrás de los bastidores, guiados por la moderna investigación histórica. Esta nos dice que también entonces había un gran número de simpatizantes, pero que también entonces eran relativamente pocos los que habían entrado realmente en ese movimiento interno de la fe; la investigación histórica nos enseña que para muchos la fe era solamente un sistema preconcebido de vida que no incitaba a la ardua y auténtica aventura del "credo", sino que más bien la impedía. Y todo esto por la sencilla razón de que entre Dios y el hombre hay un abismo infinito; porque el hombre ha sido creado de tal manera que sus ojos sólo pueden ver lo que no es de Dios, y Dios es, por tanto, esencialmente invisible para los hombres, el que cae y siempre caerá fuera del campo visual humano.

Dios es esencialmente invisible. Esta expresión de la fe bíblica en Dios que niega la visibilidad de los dioses es a un tiempo, mejor dicho, es ante todo una afirmación sobre el hombre: el hombre es la esencia vidente que parece reducir el espacio de su existencia al espacio de su ver y comprender. Pero en ese campo visual humano, que determina el lugar existencial del hombre, Dios no aparece ni puede aparecer por mucho que se ensanche el campo visual. A mi modo de ver es importante que estas líneas aparezcan, en principio, en el Antiguo Testamento: Dios no es el que de hecho queda fuera del campo visual humano, pero el que podría verse si ese campo se ensanchase. No. Dios es aquel que queda esencialmente fuera de nuestro campo visual, por mucho que se extiendan sus límites.

Con esto se dibuja la silueta de la actitud expresada en la palabra "credo". Significa que el hombre no ve en su ver, oír y comprender la totalidad de lo que le concierne; significa que el hombre no identifica el espacio de su mundo con lo que él puede ver y comprender, sino que busca otra forma de acceso a la realidad; a esta forma la llama fe y en ella encuentra la abertura decisiva de su concepción del mundo. Si esto es así, la palabra credo encierra una opción fundamental ante la realidad como tal; no significa comprender esto o aquello, sino una forma primaria de proceder ante el ser, la existencia, lo propio y todo lo real. Es una opción en la que lo que no se ve, lo que en modo alguno cae dentro de nuestro campo visual, no se considera como irreal sino como lo auténticamente real, como lo que sostiene y posibilita toda la realidad restante. Es una opción por la que lo que posibilita toda la realidad otorga verdaderamente al hombre su existencia humana, le hace posible como hombre y como ser humano. Digámoslo de otro modo: la fe es una decisión por la que afirmamos que en lo íntimo de la existencia humana hay un punto que no puede ser sustentado ni sostenido por lo visible y comprensible, sino que choca con lo que no se ve de tal modo que esto le afecta y aparece como algo necesario para su existencia.

A esta actitud sólo se llega por lo que la Biblia llama "conversión" o "arrepentimiento". El hombre tiende por inercia natural a lo visible, a lo que puede coger con la mano, a lo que puede comprender como propio. Ha de dar un cambio interior para ver cómo descuida su verdadero ser al dejarse llevar por esa inercia natural. Ha de dar un cambio para darse cuenta de lo ciego que es al fiarse solamente de lo que pueden ver sus ojos. Sin este cambio de la existencia, sin oponerse a la inercia natural, no hay fe. Sí, la fe es la conversión en la que el hombre se da cuenta de que va detrás de una ilusión al entregarse a lo visible. He aquí la razón profunda por la que la fe es in demostrable: es un cambio del ser, y sólo quien cambia la recibe. Y porque nuestra inercia natural nos empuja en otra dirección, la fe es un cambio diariamente nuevo; sólo en una conversión prolongada a lo largo de toda nuestra vida podemos percatarnos de lo que significa la frase "yo creo".

He aquí la razón por la que la fe es hoy día, bajo las condiciones específicas que nos impone nuestro mundo moderno, problemática y, al parecer, casi imposible. Pero no sólo hoy, ya que la fe siempre ha sido, mas o menos veladamente, un salto sobre el abismo infinito desde el mundo visible que importuna al hombre. La fe siempre tiene algo de ruptura arriesgada y de salto, porque en todo tiempo implica la osadía de ver en lo que no se ve lo auténticamente real, lo auténticamente básico. La fe siempre fue una decisión que solicitaba la profundidad de la existencia, un cambio continuo del ser humano al que sólo se puede llegar mediante una resolución firme.

Si amas a Dios

(Del mexicano Amado Nervo (1870-1919))

Si amas a Dios, en ninguna parte has de sentirte extranjero, porque Él estará en todas las regiones, en lo más dulce de todos los paisajes, en el límite indeciso de todos los horizontes.

Si amas a Dios, en ninguna parte estarás triste, porque, a pesar de la diaria tragedia, Él llena de júbilo el Universo.

Si amas a Dios, no tendrás miedo de nada ni de nadie, porque nada puedes perder y todas las fuerzas del cosmos serían impotentes para quitarte tu heredad.

Si amas a Dios, ya tienes alta ocupación para todos los instantes, porque no habrá acto que no ejecutes en su nombre, ni el más humilde ni el más elevado.

Si amas a Dios, ya no querrás investigar los enigmas, porque lo llevas en Él, que es la clave y resolución de todos.

Si amas a Dios, ya no podrás establecer con angustia una diferencia entre la vida y la muerte, porque en Él estás y Él permanece incólume a través de todos los cambios.

Juan 6,61-70: Las palabras que les he dicho son espíritu y son vida


En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron:
-Este modo de hablar es inaceptable, ¿quién puede hacerle caso?
Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban les dijo:
-¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del Hombre subir adonde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen.
Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo:
-Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede.
Desde entonces muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él.

Entonces Jesús les dijo a los Doce:
-¿También vosotros queréis marcharos?
Simón Pedro le contestó:
-Señor; ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos. Y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios.

REFLEXIÓN (de los Sermones de San Agustín):

Acabamos de oír al Maestro de la verdad, Redentor divino y Salvador humano, encarecernos nuestro precio: su sangre. Nos habló, en efecto, de su cuerpo y de su sangre: al cuerpo le llamó comida; a la sangre, bebida. Los fieles saben que se trata del sacramento de los fieles; para los demás oyentes, estas palabras tienen un sentido vulgar. Cuando, por ende, para realzar a nuestros ojos una tal vianda y una tal bebida, decía: Si no coméis mi carne y bebéis mi sangre, no tendréis vida en vosotros y ¿quién sino la Vida pudiera decir esto de la Vida misma?

Este lenguaje, pues, será muerte, no vida, para quien juzgare mendaz a la Vida, escandalizáronse los discípulos; no todos, a la verdad, sino muchos, diciendo entre sí: ¡Qué duras son estas palabras ¿Quién puede sufrirlas? Y, habiendo el Señor conocido esto dentro de sí mismo, y habiendo percibido el runrún de los pensamientos, respondió a los que tal pensaban, bien que nada decían con la boca, para que supieran que los había oído y desistiesen de seguir pensando lo que pensaban... ¿Qué les respondió, pues? ¿Os escandaliza esto? Pues ¿qué será el ver al Hijo del hombre subir a donde primero estaba? ¿Qué significa Os escandaliza esto? ¿Pensáis que del cuerpo este mío, que vosotros veis, he de hacer partes y seccionarme los miembros para dároslos a vosotros? Pues ¿qué será el ver al Hijo del hombre subir a donde primero estaba?

Claro es; si pudo subir íntegro, no pudo ser consumido. Así, pues, nos dio en su cuerpo y sangre un saludable alimento, y, a la vez, en dos palabras resolvió la cuestión de su integridad. Coman, por ende, quienes lo comen y beban los que lo beben; tengan hambre y sed; coman la vida, beban la vida. Comer esto es rehacerse; pero en tal modo te rehaces, que no se deshace aquello con que te rehaces. Y beber aquello, ¿qué cosa es sino vivir?

Cómete la vida, bébete la vida; tú tendrás vida sin mengua de la Vida. Entonces será esto, es decir, el cuerpo y la sangre de Cristo será vida para cada uno, cuando lo que en este sacramento se toma visiblemente, el pan y el vino, que son signos, se coma espiritualmente, y espiritualmente se beba lo que significa. Porque se lo hemos oído al Señor decir: El espíritu es el que da vida, la carne no aprovecha de nada. Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida. Pero hay entre vosotros, dice, algunos que no creen. Eran los que decían: ¡Cuan duras palabras son éstas!; ¿quién las puede aguantar? Duras, sí, mas para los duros; es decir, son increíbles, mas lo son para los incrédulos.

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Las críticas

Frase de la madre Teresa de Calcuta)
Las críticas no son otra cosa que orgullo disimulado.
Un alma sincera para consigo misma
nunca se rebajará a la crítica.
La crítica es el cáncer del corazón.

Este rostro, Señor, me vuelve loco

(De "Oraciones Para rezar por la calle" por Michel Quoist)

Si no luchamos con todas nuestras fuerzas contra el desorden del Mundo, donde quiera que el Padre nos haya colocado, no podemos llamarnos cristianos. No amamos a Dios. Lo dijo san Juan: «El que no ama a su hermano a quien ve, no es posible que ame a Dios a quien no ve» (1 Jn 4,20); y también: «Hijitos, no amemos de palabra y de lengua, sino de obra y de verdad» (1 Jn 3,18).

Para devolver la paz a una conciencia cristiana no basta con lavar y maquillar un rostro. Es necesaria, además, la búsqueda y lucha contra todos los desórdenes sociales y morales que han dado origen a ese rostro.

Los pobres serán nuestros jueces.

Entonces ellos (los condenados) responderán diciendo: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, o sediento, o peregrino, o enfermo, o en prisión y no te socorrimos?» Él (el rey) les contestará diciendo: «En verdad os digo que cuando dejasteis de hacer esto con uno de estos pequeñuelos, lo dejasteis de hacer conmigo» (Mt 25,44-45).

Este rostro, Señor, me ha vuelto loco todo el día.
Es un reproche vivo,
un largo grito que golpea mi paz,
Es un rostro joven, Señor, y todo los pecados del mundo se han ensañado en él,
que estaba indefenso, abierto a los ultrajes.
Vinieron de todas partes.

Vino la miseria,
la barraca,
la cama con montículos y baches,
el aire apestado,
el humo,
el alcohol,
el hambre,
el hospital,
el sanatorio.

El trabajo aplastante,
el trabajo humillante,
el paro,
la crisis,
la guerra.

Y bailes embriagantes,
canciones asquerosas,
películas horribles,
música lánguida,
besos mentirosos y sucios.

La lucha por la vida,
la revuelta,
el alboroto,
los gritos,
los golpes,
el odio.

Sí, han llegado de todas partes,
horribles egoísmos de hombres de mil rostros horrorosos
con sus gordos dedos sucios,
sus uñas rotas,
sus alientos apestosos.

Han acudido de todos los rincones del mundo,
de todos los extremos de los siglos,
de todas partes, de siempre.

Y largamente, uno tras otro,
o bruscamente todos a la vez como toros,
han golpeado
azotado
estrujado
mordido
moldeado
martillado
grabado
esculpido.

Y he aquí al fin este Rostro, este pobre rostro.
Han tardado dieciocho años para podérmelo enseñar,
han empleado cientos de siglos para producirlo.
Ecce Homo: He aquí al hombre.

He aquí este pobre rostro del hombre como un libro abierto:
el libro de la miseria y del pecado de los hombres,
el libro del egoísmo
del orgullo
de la cobardía;
el libro de las avaricias
de las sensualidades
de los despidos
de las trampas.
Helo aquí como una queja dolorosa
como un grito de rabia
pero también como una llamada desgarradora,
pues en el fondo de este rostro ridículo, gesticulante,
en el fondo de estos ojos desorbitados,
como las dos manos tendidas del ahogado,
blancas bajo el agua sombría del muelle,
un destello,
una llama,
una trágica súplica:
el infinito deseo de un alma que quisiera vivir más allá de su cieno.

Señor, este rostro me vuelve loco, me da miedo, me condena,
porque yo he trabajado como todos para que fuera así
o al menos he dejado que lo hicieran así,
y ahora pienso que este rostro es el rostro de un hermano, mío y tuyo.
Oh, Dios, ¡cómo hemos puesto a este miembro de tu familia!

Y ahora temo tu juicio, Señor.
Me parece que al fin de los tiempos Tú harás desfilar ante mí todos los rostros de los hombres mis hermanos, y especialmente los de la gente de mi ciudad, los de mi barrio, los de mi puesto de trabajo.
Y a tu luz inexorable yo leeré estos rostros:
la arruga que yo he abierto,
la boca que yo torcí,
la mueca que esculpí,
la mirada que manché,
la que extinguí.

Vendrán todos inexorables desfilando ante mí, maniquíes vengadores de la miseria y del pecado.

Vendrán los conocidos y los desconocidos, los de mi tiempo, los de siglos pasados y todos cuantos vendrán
a este taller del mundo,
y yo estaré allí, inmóvil, aterrado, en silencio.
Será entonces cuando Tú, me dirás:
Aquel rostro era el mío.

Señor, perdón por este rostro que hoy me ha condenado.
Señor, gracias por este rostro que hoy me ha despertado.

Señor, tú eres santo

Himno de la Liturgia de las Horas
Señor, tú eres santo: yo adoro, yo creo;
tu cielo es un libro de páginas bellas,
do en noches tranquilas mi símbolo leo,
que escribe tu mano con signos de estrellas.

En vano con sombras en caos se cierra:
tú miras al caos, la luz nace entonces;
tú mides las aguas que ciñen la tierra,
tú mides los siglos que muerden los bronces.

El mar a la tierra pregunta tu nombre;
la tierra a las aves que tienden su vuelo;
las aves lo ignoran, preguntan al hombre,
y el hombre lo ignora; pregúntalo al cielo.

El mar con sus ecos ha siglos ensaya
formar ese nombre, y el mar no penetra
misterios tan hondos, muriendo en la playa,
sin que oigan los siglos o sílabas o letra.

Señor, tú eres santo: yo te amo, yo te espero;
tus dulces bondades cautivan al alma;
mi pecho gastaron con diente de acero
los gustos del mundo vacíos de calma.

Concede a mis penas la luz de bonanza,
la paz a mis noches, la paz a mis días;
tu amor a mi pecho, tu fe y tu esperanza,
que es bálsamo puro que al ánima envías.
Amén.

La persona humana, sujeto de derechos y deberes

(De la Carta Encíclica Pacem in Terris del Papa Juan XXIII sobre la paz entre todos los pueblos que ha de fundarse en la verdad, la justicia, el amor y la libertad)

En toda convivencia humana bien ordenada y provechosa hay que establecer como fundamento el principio de que todo hombre es persona, esto es, naturaleza dotada de inteligencia y de libre albedrío, y que, por tanto, el hombre tiene por sí mismo derechos y deberes, que dimanan inmediatamente y al mismo tiempo de su propia naturaleza. Estos derechos y deberes son, por ello, universales e inviolables y no pueden renunciarse por ningún concepto.

Si, por otra parte, consideramos la dignidad de la persona humana a la luz de las verdades reveladas por Dios, hemos de valorar necesariamente en mayor grado aún esta dignidad, ya que los hombres han sido redimidos con la sangre de Jesucristo, hechos hijos y amigos de Dios por la gracia sobrenatural y herederos de la gloria eterna.

Los derechos del hombre

Derecho a la existencia y a un decoroso nivel de vida

Puestos a desarrollar, en primer término, el tema de los derechos del hombre, observamos que éste tiene un derecho a la existencia, a la integridad corporal, a los medios necesarios para un decoroso nivel de vida, cuales son, principalmente, el alimento, el vestido, la vivienda, el descanso, la asistencia médica y, finalmente, los servicios indispensables que a cada uno debe prestar el Estado. De lo cual se sigue que el hombre posee también el derecho a la seguridad personal en caso de enfermedad, invalidez, viudedad, vejez, paro y, por último, cualquier otra eventualidad que le prive, sin culpa suya, de los medios necesarios para su sustento.

Derecho a la buena fama, a la verdad y a la cultura

El hombre exige, además,, por derecho natural el debido respeto a su persona, la buena reputación social, la posibilidad de buscar la verdad libremente y, dentro de los límites del orden moral y del bien común, manifestar y difundir sus opiniones y ejercer una profesión cualquiera, y, finalmente, disponer de una información objetiva de los sucesos públicos.

También es un derecho natural del hombre el acceso a los bienes de la cultura. Por ello, es igualmente necesario que reciba una instrucción fundamental común y una formación técnica o profesional de acuerdo con el progreso de la cultura en su propio país. Con este fin hay que esforzarse para que los ciudadanos puedan subir, sí su capacidad intelectual lo permite, a los más altos grados de los estudios, de tal forma que, dentro de lo posible, alcancen en la sociedad los cargos y responsabilidades adecuados a su talento y a la experiencia que hayan adquirido.

Derecho al culto divino

14. Entre los derechos del hombre dé bese enumerar también el de poder venerar a Dios, según la recta norma de su conciencia, y profesar la religión en privado y en público. Porque, como bien enseña Lactancio, para esto nacemos, para ofrecer a Dios, que nos crea, el justo y debido homenaje; para buscarle a El solo, para seguirle. Este es el vínculo de piedad que a El nos somete y nos liga, y del cual deriva el nombre mismo de religión. A propósito de este punto, nuestro predecesor, de inmortal memoria, León XIII afirma: Esta libertad, la libertad verdadera, digna de los hijos de Dios, que protege tan gloriosamente la dignidad de la persona humana, está por encima de toda violencia y de toda opresión y ha sido siempre el objeto de los deseos y del amor de la Iglesia. Esta es la libertad que reivindicaron constantemente para sí los apóstoles, la que confirmaron con sus escritos los apologistas, la que consagraron con su sangre los innumerables mártires cristianos.

Derechos familiares

Además tienen los hombres pleno derecho a elegir el estado de vida que prefieran, y, por consiguiente, a fundar una familia, en cuya creación el varón y la mujer tengan iguales derechos y deberes, o seguir la vocación del sacerdocio o de la vida religiosa.

Por lo que toca a la familia, la cual se funda en el matrimonio libremente contraído, uno e indisoluble, es necesario considerarla como la semilla primera y natural dela sociedad humana. De lo cual nace el deber de atenderla con suma diligencia tanto en el aspecto económico y social como en la esfera cultural y ética; todas estas medidas tienen como fin consolidar la familia y ayudarla a cumplir su misión.

A los padres, sin embargo, corresponde antes que a nadie el derecho de mantener y educar a los hijos.

Derechos económicos

En lo relativo al campo de la economía, es evidente que el hombre tiene derecho natural a que se le facilite la posibilidad de trabajar y a la libre iniciativa en el desempeño del trabajo.

Pero con estos derechos económicos está ciertamente unido el de exigir tales condiciones de trabajo que no debiliten las energías del cuerpo, ni comprometan la integridad moral, ni dañen el normal desarrollo de la juventud. Por lo que se refiere a la mujer, hay quedarle la posibilidad de trabajar en condiciones adecuadas a las exigencias y los deberes de esposa y de madre.

De la dignidad de la persona humana nace también el derecho a ejercer las actividades económicas, salvando el sentido de la responsabilidad. Por tanto, no debe silenciarse que ha de retribuirse al trabajador con un salario establecido conforme a las normas de la justicia, y que, por lo mismo, según las posibilidades de la empresa, le permita, tanto a él como a su familia, mantener un género de vida adecuado a la dignidad del hombre. Sobre este punto, nuestro predecesor, de feliz memoria, Pío XII afirma: Al deber de trabajar, impuesto al hombre por la naturaleza, corresponde asimismo un derecho natural en virtud del cual puede pedir, a cambio de su trabajo, lo necesario para la vida propia y de sus hijos. Tan profundamente está mandada por la naturaleza la conservación del hombre.

Derecho a la propiedad privada

También surge de la naturaleza humana el derecho a la propiedad privada de los bienes, incluidos los de producción, derecho que, como en otra ocasión hemos enseñado, constituye un medio eficiente para garantizar la dignidad de la persona humana y el ejercicio libre de la propia misión en todos los campos de la actividad económica, y es, finalmente, un elemento de tranquilidad y de consolidación para la vida familiar, con el consiguiente aumento de paz y prosperidad en el Estado.

Por último, y es ésta una advertencia necesaria, el derecho de propiedad privada entraña una función social.

Derecho de reunión y asociación

De la sociabilidad natural de los hombres se deriva el derecho de reunión y de asociación; el de dar a las asociaciones que creen la forma más idónea para obtener los fines propuestos; el de actuar dentro de ellas libremente y con propia responsabilidad, y el de conducirlas a los resultados previstos.

Como ya advertimos con gran insistencia en la encíclica Mater et magistra, es absolutamente preciso que se funden muchas asociaciones u organismos intermedios, capaces de alcanzar los fines que os particulares por sí solos no pueden obtener eficazmente. Tales asociaciones y organismos deben considerarse como instrumentos indispensables en grado sumo para defender la dignidad y libertad de la persona humana, dejando a salvo el sentido de la responsabilidad.

Derecho de residencia y emigración

Ha de respetarse íntegramente también el derecho de cada hombre a conservar o cambiar su residencia dentro de los límites geográficos del país; más aún, es necesario que le sea lícito, cuando lo aconsejen justos motivos, emigrar a otros países y fijar allí su domicilio. El hecho de pertenecer como ciudadano a una determinada comunidad política no impide en modo alguno ser miembro de la familia humana y ciudadano de la sociedad y convivencia universal, común a todos los hombres.

Derecho a intervenir en la vida pública

Añádese a lo dicho que con la dignidad de la persona humana concuerda el derecho a tomar parte activa en la vida pública y contribuir al bien común. Pues, como dice nuestro predecesor, de feliz memoria, Pío XII, el hombre como tal, lejos de ser objeto y elemento puramente pasivo de la vida social, es, por el contrario, y debe ser y permanecer su sujeto, fundamento y fin.

Derecho a la seguridad jurídica

A la persona humana corresponde también la defensa legítima de sus propios derechos; defensa eficaz, igual para todos y regida por las normas objetivas de la justicia, como advierte nuestro predecesor, de feliz memoria, Pío XII con estas palabras: Del ordenamiento jurídico querido por Dios deriva el inalienable derecho del hombre a la seguridad jurídica y, con ello, a una esfera concreta de derecho, protegida contra todo ataque arbitrario.

Los deberes del hombre

Conexión necesaria entre derechos y deberes

Los derechos naturales que hasta aquí hemos recordado están unidos en el hombre que los posee con otros tantos deberes, y unos y otros tienen en la ley natural, que los confiere o los impone, su origen, mantenimiento y vigor indestructible.

Por ello, para poner algún ejemplo, al derecho del hombre a la existencia corresponde el deber de conservarla; al derecho a un decoroso nivel de vida, el deber de vivir con decoro; al derecho de buscar libremente la verdad, el deber de buscarla cada día con mayor profundidad y amplitud.

El deber de respetar los derechos ajenos

Es asimismo consecuencia de lo dicho que, en la sociedad humana, a un determinado derecho natural de cada hombre corresponda en los demás el deber de reconocerlo y respetarlo. Porque cualquier derecho fundamental del hombre deriva su fuerza moral obligatoria de la ley natural, que lo confiere e impone el correlativo deber. Por tanto, quienes, al reivindicar sus derechos, olvidan por completo sus deberes o no les dan la importancia debida, se asemejan a los que derriban con una mano lo que con la otra construyen.

El deber de colaborar con los demás

Al ser los hombres por naturaleza sociables, deben convivir unos con otros y procurar cada uno el bien de los demás. Por esto, una convivencia humana rectamente ordenada exige que se reconozcan y se respeten mutuamente los derechos y los deberes. De aquí se sigue también el que cada uno deba aportar su colaboración generosa para procurar una convivencia civil en la que se respeten los derechos y los deberes con diligencia y eficacia crecientes.

No basta, por ejemplo, reconocer al hombre el derecho a las cosas necesarias para la vida si no se procura, en la medida posible, que el hombre posea con suficiente abundancia cuanto toca a su sustento.

A esto se añade que la sociedad, además de tener un orden jurídico, ha de proporcionar al hombre muchas utilidades. Lo cual exige que todos reconozcan y cumplan mutuamente sus derechos y deberes e intervengan unidos en las múltiples empresas que la civilización actual permita, aconseje o reclame.

El deber de actuar con sentido de responsabilidad

La dignidad de la persona humana requiere, además, que el hombre, en sus actividades, proceda por propia iniciativa y libremente. Por lo cual, tratándose de la convivencia civil, debe respetar los derechos, cumplir las obligaciones y prestar su colaboración a los demás en una multitud de obras, principalmente en virtud de determinaciones personales. De esta manera, cada cual ha de actuar por su propia decisión, convencimiento y responsabilidad, y no movido por la coacción o por presiones que la mayoría de las veces provienen de fuera. Porque una sociedad que se apoye sólo en la razón de la fuerza ha de calificarse de inhumana. En ella, efectivamente, los hombres se ven privados de su libertad, en vez de sentirse estimulados, por el contrario, al progreso de la vida y al propio perfeccionamiento.

Más bajo

(Composición, con cierta dosis de humor que exhorta a la sencillez en la oración, del poeta español León Felipe (1884-1968))

-Aquí en el cielo no hay retórica, ¿verdad ?,
le pregunto a un ángel amigo mío.
Todos los ángeles son amigos míos,
pero a éste no le había visto nunca.
El ya me conocía, sabía mi nombre y mi mote,
pero me dijo: —No, León Felipe,
aquí todos hablan con su voz natural.
Nadie engola la voz.
Aquí no hay temores,
ni falsete,
ni retórica,
ni hipérbaton.
A Quevedo y a Góngora
los hemos mandado al Olimpo.
Sencillez, claridad;
la voz es lo que Dios cuida más.
-Pero si Dios no habla nunca;
yo le he llamado muchas veces
y nunca me contesta.
-Porque no le hablas con la voz que a El le gusta.
Tú gritas mucho...,
y a Dios, como a los mexicanos,
no le gusta que le hablen «golpeado».
Modérate, modérate, León Felipe,
y habla más bajo.
Ya habréis notado
que desde que salí del infierno
y soy amigo de los ángeles
hablo de otra manera.
Esto me enseña
que me voy a morir pronto
y que estoy aprendiendo
cómo se debe hablar con Dios.

Juan 6,51-59: El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él


En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:

-Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan, vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo.

Disputaban entonces los judíos entre sí:

-¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?

Entonces Jesús les dijo:

-Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.

El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él.

El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come, vivirá por mí.

Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre.

REFLEXIÓN (de la homilía del P. Raniero Cantalamessa):

El pasaje evangélico continúa la lectura del capítulo 6 de Juan. El elemento nuevo es que al discurso sobre el pan Jesús añade el del vino; a la imagen del alimento la de la bebida; al don de su carne el de su sangre. El simbolismo eucarístico alcanza su culmen y su totalidad.

Dijimos la semana pasada que para entender la Eucaristía es esencial partir de los signos elegidos por Jesús. El pan es signo de alimento, de comunión entre quienes lo comen juntos; a través de él llega al altar y es santificado todo el trabajo humano. Planteémonos la misma pregunta para la sangre. ¿Qué significa y qué evoca para nosotros la palabra sangre? Evoca en primer lugar todo el sufrimiento que existe en el mundo. Si, por lo tanto, en el signo del pan llega al altar el trabajo del hombre, en el signo del vino llega ahí también todo el dolor humano; llega para ser santificado y recibir un sentido y una esperanza de rescate gracias a la sangre del Cordero inmaculado, a la que está unido como las gotas de agua mezcladas con el vino en el cáliz.

¿Pero por qué, para significar su sangre, Jesús eligió precisamente el vino? ¿Sólo por la afinidad del color? ¿Qué representa el vino para los hombres? Representa la alegría, la fiesta; no representa tanto la utilidad (como el pan) cuanto el deleite. No está hecho sólo para beber, sino también para brindar. Jesús multiplica los panes por la necesidad de la gente, pero en Caná multiplica el vino para la alegría de los comensales. La Escritura dice que «el vino recrea el corazón del hombre y el pan sostiene su vigor» (Sal 104, 15).

Si Jesús hubiera elegido para la Eucaristía pan y agua, habría indicado sólo la santificación del sufrimiento («pan y agua» son de hecho sinónimos de ayuno, de austeridad y de penitencia). Al elegir pan y vino quiso indicar también la santificación de la alegría. Qué bello sería si aprendiéramos a vivir también los gozos de la vida, eucarísticamente, esto es, en acción de gracias a Dios. La presencia y la mirada de Dios no ofuscan nuestras alegrías honestas; al contrario, las dilatan.

Pero el vino, además de alegría, evoca también un problema grave. En la segunda lectura escuchamos esta advertencia del Apóstol: «no os embriaguéis con vino, que es causa de libertinaje; llenaos más bien del Espíritu». Sugiere combatir la ebriedad del vino con «la sobria embriaguez del Espíritu», una embriaguez con otra.

Actualmente existen muchas iniciativas de recuperación entre las personas con problemas de alcoholismo. Procuran emplear todos los medios sugeridos por la ciencia y la psicología. No se puede sino alentarlas y sostenerlas. Pero quien cree no debería descuidar también los medios espirituales, que son la oración, los sacramentos y la palabra de Dios.

En la obra El peregrino ruso se lee una historia cierta. Un soldado esclavo del alcohol y amenazado con ser licenciado fue a un santo monje a preguntarle qué debía hacer para vencer su vicio. Este le ordenó que leyera cada noche, antes de acostarse, un capítulo del Evangelio. Él consiguió un Evangelio y comenzó a hacerlo con diligencia. Pero al poco volvió desolado al monje a decirle: «¡Padre, soy demasiado ignorante y no entiendo nada de lo que leo! Deme otra cosa que hacer». Le respondió: «Sigue solamente leyendo. Tu no entiendes, pero los demonios entienden y tiemblan». Así lo hizo aquél y fue liberado de su vicio. ¿Por qué no intentarlo?

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Santidad

Expresión de Hans Urs von Balthasar

Hay también en la historia de la Iglesia ejemplos de quienes se arrogaron, sin ser llamados, una misión especial de santidad. Llevaron su tensión y su esfuerzo hasta lo extremo; pero algo en su conducta delataba su inautenticidad. Las fuerzas que para su misión desmesurada necesitaban, tenían que sacarla de fuente distinta de la de Dios.

Los verdaderos santos, por Dios mismo enviados y levantados, son todos obedientes. No son sencillamente hombres de vuelo superior que, a base de un esfuerzo o dotes especiales, han conseguido más que los demás, o estuvieron dotados de valor personal para una obra seria, mientras los otros, tímidos, se quedan en la medianía.

Algo hay ciertamente de verdad en este modo de ver, pues la santidad exige también valor, y muchos que fueron llamados no aceptan por falta de valor su vocación. Pero más esencial es que la misión de santidad particular, tal como la recibieron, por ejemplo, los grandes fundadores de órdenes religiosas, es un puro regalo de Dios, una gracia que, bien o mal, mejor o peor, ha de aceptar el agraciado.

¿Hasta cuántas veces está permitido a los fieles comulgar en un mismo día?


Recientemente una persona me preguntaba que cuál era el número máximo de veces que se permitía a un fiel recibir el Cuerpo de Cristo en el transcurso de un día. Dado que para muchos no es infrecuente la participación en más de un evento religioso al día, y al no ser la primera vez que alguien me aborda con el mismo tema, he querido esclarecerlo en esta página, a la luz de lo que dicen los documentos de la Iglesia, para todos aquellos que pudiesen tener la misma interrogante.

Son abundantes los documentos de la Iglesia y los escritos de santos y teólogos acerca de la Eucaristía. En tanto que el Catecismo de la Iglesia Católica desarrolla una extensa doctrina sacramental sobre este tema, que todos debemos estar interesados en conocer; sin embargo no es la intención de este breve artículo profundizar en la inmensidad de esa gracia que quiso dejarnos el Salvador como alimento y compañía para nuestro caminar con Él y hacia Él.

Nos limitamos por tanto en citar un par de textos de nuestro Catecismo que en su numeral 1375 nos dice que: "Mediante la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre, Cristo se hace presente en este sacramento". Por otra parte, en el numeral 1389 la asiduidad es estimulada, cuando nos expresa que: "...la Iglesia recomienda vivamente a los fieles recibir la santa Eucaristía los domingos y los días de fiesta, o con más frecuencia aún, incluso todos los días".

De modo que para un creyente, consciente de esa presencia divina en el Pan Consagrado que se recibe al momento de comulgar, y que sabe la importancia de la comunión frecuente, conocer hasta donde puede llegar en esa frecuencia, sin exceder el límite, reviste una gran importancia a fin de estar absolutamente seguro de que se esté actuando correctamente.

Sin embargo, tenemos que comprender que el Catecismo, por sí sólo, no puede dar todas las respuestas particulares a cada pregunta situacional que pudiese surgir en la vida de fe del cristiano, ya que su extensión tendría que ser casi infinita; por tanto, no existe en él una respuesta numérica concreta al asunto que nos ocupa en este tema; más bien, al exponer acerca de la Eucaristía, éste valioso documento nos manifiesta principalmente la importancia, grandeza y significado de tan sublime y excelso misterio que contiene este Sacramento, así como la actitud con que debemos aproximarnos a él.

En ese sentido, otros documentos y reflexiones de la Iglesia pueden complementar y ayudar a dar la respuesta a la cuestión que ha sido formulada.

El Código de Derecho Canónico, que es el conjunto de las normas jurídicas que regulan la organización de la Iglesia Católica, expresa lo siguiente:
917 Quien ya ha recibido la santísima Eucaristía, puede recibirla otra vez el mismo día solamente dentro de la celebración eucarística en la que participe, quedando a salvo lo que prescribe el canon 921 § 2.
918 Se aconseja encarecidamente que los fieles reciban la sagrada comunión dentro de la celebración eucarística; sin embargo, cuando lo pidan con causa justa se les debe administrar la comunión fuera de la Misa, observando los ritos litúrgicos.
919 § 1. Quien vaya a recibir la santísima Eucaristía, ha de abstenerse de tomar cualquier alimento y bebida al menos desde una hora antes de la sagrada comunión, a excepción sólo del agua y de las medicinas.
§ 2. El sacerdote que celebra la santísima Eucaristía dos o tres veces el mismo día, puede tomar algo antes de la segunda o tercera Misa, aunque no medie el tiempo de una hora.
§ 3. Las personas de edad avanzada o enfermas, y asimismo quienes las cuidan, pueden recibir la santísima Eucaristía aunque hayan tomado algo en la hora inmediatamente anterior.
920 § 1. Todo fiel, después de la primera comunión, esta obligado a comulgar por lo menos una vez al año.
§ 2. Este precepto debe cumplirse durante el tiempo pascual, a no ser que por causa justa se cumpla en otro tiempo dentro del año.
921 § 1. Se debe administrar el Viático a los fieles que, por cualquier motivo, se hallen en peligro de muerte.
§ 2. Aunque hubieran recibido la sagrada comunión el mismo día, es muy aconsejable que vuelvan a comulgar quienes lleguen a encontrarse en peligro de muerte.
§ 3. Mientras dure el peligro de muerte, es aconsejable administrar la comunión varias veces, en días distintos.

Como vemos, el canon 917 expresa que aquellos que ya han comulgado en un día pueden recibir "otra vez" la santísima Eucaristía "dentro de la celebración eucarística". Sin embargo, parece que el "otra vez" no era lo suficientemente claro, para algunos, respecto a si se refería a una vez más o a varias veces más.

Esa duda fue aclarada en el año 1984 con una interpretación de la Comisión Pontificia competente a dicho tema. A continuación reproduzco un esclarecedor párrafo del documento: "La Eucaristía en el ordenamiento jurídico de la Iglesia" de fecha 12 de noviembre del año 2005, firmada por el Cardenal Herranz, presidente del Pontificio Consejo para la Interpretación de los Textos Legislativos, en que se refiere a esa aclaración, entre otros temas, y que está disponible en el sitio web del Vaticano:
Número de veces que se puede recibir la Comunión en el mismo día:
Ante las dudas surgidas al respecto, la suprema Autoridad ha afirmado la imposibilidad –por respeto y veneración a la Eucaristía cuya recepción no puede banalizarse– de recibir la sagrada Comunión más de dos veces al día. Con una Interpretación auténtica, del 11 de julio de 1984, la competente Comisión Pontificia respondió como sigue a la pregunta: «Si, a tenor del can. 917, el fiel que ya ha recibido la Santísima Eucaristía, puede recibirla en el mismo día solamente otra vez, o siempre que participa en la celebración eucarística». La respuesta fue: «Affirmative ad primum; negative ad secundum».

En resumen, los documentos citados permiten esclarecer lo suficiente, proporcionando satisfactoriamente la información requerida para responder a la interrogante planteada; por tanto podemos concluir que:

1. La razón

Limitar el número de veces en que los fieles pueden comulgar en un mismo día persigue resaltar la importancia de la Comunión, evitando un trato meramente superficial al Cuerpo de Cristo; se busca fomentar que se viva de modo solemne la espiritualidad de ese momento, así como evitar que por una repetitividad mecánica del acto se pudiese perder, siquiera momentáneamente, la conciencia de que es a Cristo mismo a quien se está recibiendo.

2. El número máximo en un día es dos, pero con una condición

A los fieles que ya hayan recibido el Santísimo Cuerpo de Cristo en el transcurso de un día, sólo les está permitido comulgar una vez más ese mismo día, pero la segunda vez tiene que ser en una Celebración Eucarística; es decir, no puede ser en una celebración de la Palabra, tampoco en una asamblea o grupo de oración, ni en ninguna actividad paralitúrgica, a menos que se esté en peligro de muerte, en cuyo caso sí está permitido comulgar de nuevo, como viático, fuera de la Misa.

La respuesta dada en este artículo nos lleva a una frase que bien podría sernos de utilidad y servir para reflexión: "la cantidad es buena, sólo cuando es de calidad".

Espero que este texto explicativo haya podido satisfacer la inquietud y deseo de conocimiento sobre un tema de tanta importancia, y que pueda contribuir a la conducción de los fieles al debido y correcto respeto y veneración del Cuerpo de Cristo que se encuentra presente en la especie eucarística que se recibe en la Comunión.

Nacidos de la luz

Himno de la Liturgia de las Horas
Nacidos de la luz, hijos del día,
vamos hacia el Señor de la mañana.
Su claridad disipa nuestras sombras
y alegra y regocija nuestras almas.

Que nuestro Dios, el Padre de la gloria,
nos libre para siempre del pecado,
y podamos así gozar la herencia
que nos legó en su Hijo muy amado.

Honor y gloria a Dios, Padre celeste,
por medio de su Hijo Jesucristo,
y al Don de toda luz el Santo Espíritu,
que vive por los siglos de los siglos.
Amén.

El paraíso

(De "Verdad y Orden. Homilías universitarias" del padre Romano Guardini, académico, sacerdote y teólogo italiano (1885-1968))

De los primeros hombres dice la Escritura que estaban en el Paraíso. ¿Qué significa esto?

También andan por ahí diversas ideas del Paraíso. Representaciones míticas: de las Islas Afortunadas, o del país de Hesperia, donde hay eterna primavera...

Ideas legendarias: del país de Jauja, donde no hay nada más que placer... La idea puede también asumir un tono sarcástico: entonces el paraíso se convierte en un sitio anodino y aburrido, en que el hombre da vueltas sin saber qué hacer consigo mismo, hasta que llega el pecado, y la vida empieza a valer la pena... Pobres ideas, con las que el hombre hundido rebaja algo cuya grandeza le avergüenza.

En el Génesis se dice: "El Señor Dios plantó un jardín en el Edén hacia Oriente, y puso allí al hombre al que había formado. Y el Señor Dios hizo crecer del suelo toda clase de árboles, de hermoso aspecto y buenos para comer; y el árbol de la vida en medio del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y del mal... El Señor Dios tomó al hombre y le puso en el jardín del Edén para que lo cultivara y guardara" (2, 8-9 y 15).

La Escritura, pues, nos presenta el Paraíso en la imagen de un jardín o parque, que ha puesto un soberano para su placer. El jardín está rodeado con cuidado, para que no pueda entrar nada que moleste. En él hay eso que el hombre meridional considera tan precioso: aguas frescas que fluyen inagotablemente; árboles que dan sombra; animales de muchas especies, hermosos de ver. Todo eso es imagen, y significa el mundo. Pero el mundo en tanto es vivido por un hombre que está él mismo en pura comunidad con Dios.

Miremos a la vida cotidiana para ver el alcance de esta idea. ¿Ocurre algo análogo en toda vida humana? Si hay alguien bondadoso y dispuesto a la ayuda, y deja lugar y libertad a su prójimo, mientras otro, en cambio, es estrecho de corazón y violento, y quiere que todo vaya según su mente, ¿ocurren en los mundos de sus vidas las mismas cosas? ¿Tiene en ellas el mismo carácter la existencia? ¿Se comportan las personas del mismo modo? Pues ciertamente, no. En el uno respiran libremente, tienen confianza, se sienten bien; en el otro tienen miedo, se preservan, se vuelven suspicaces. En sí, es el mismo mundo, son iguales hombres, pero ¡qué diferencia aquí y allá! Sin embargo, la diferencia la produce el espíritu de ambos; la irradiación que surge de su naturaleza. Pues todo hombre se forma su propio mundo, a partir del mundo general, por ser como es y como vive, como le llevan su manera y modo de ver.

Otro ejemplo. ¿No se dice: "Hoy me he levantado con el pie izquierdo", y todo va mal? Uno no se las arregla con las personas; aparecen los más variados obstáculos; los instrumentos no funcionan; las cosas se le caen a uno de las manos o se rompen; se piensa que aquél tiene una mirada hostil, que ese otro deja entrever intenciones enemistosas. Pero otro día todo es diferente. Los hombres parecen bienintencionados; las cosas se ensamblan propicias; la pluma y el martillo trabajan como por sí solos. ¿Qué significa eso?

Ayer, sin embargo, la realidad era la misma que hoy; los hombres, los mismos, los instrumentos y situaciones, iguales. Sí, es cierto, pero nosotros mismos somos diversos; nuestros pensamientos, nuestro temple, nuestros nervios. Unas veces, ajustados y seguros de sí mismos; otras veces intranquilos, de mal humor, confundidos por impulsos contradictorios. ¡Cómo no van a ir diferentes las cosas! Pues lo que se llama en realidad "mundo", es algo que se forma constantemente por el encuentro del hombre con lo dado.

Ahora imagínense ustedes que ese hombre en cuestión sea tal como ha salido de la mano de Dios: lleno de vida, fuerte, claro y santo. En su corazón, ninguna mentira, ninguna codicia, ni rebeldía ni violencia. Todo en él está abierto a Dios; en pura armonía con el que le ha creado. Todo está regido y penetrado por Su luz, seguro de Su amor, obediente a Su mandato. Si es tal hombre el que se pone ante: las cosas ¿qué mundo surge de su mirar, sentir, percibir, actuar? ¡El Paraíso! "Paraíso" es el mundo, tal como se forma constantemente en torno al hombre que es imagen de Dios y no quiere ser nada más que Su imagen; el que ama a Dios, el que Le obedece y asume constantemente al mundo en la sagrada unidad.

Ya ven ustedes que aquello de que se trata es algo totalmente diverso de lo que se dice desde un punto de vista naturalista, o romántico, o despreciador, o concupiscente. Ese Paraíso era el mundo que Dios había querido realmente; el segundo mundo que había de surgir constantemente del encuentro del hombre con el primer mundo. Y en él debía tener lugar y ser producido todo cuanto se llama vida humana y trabajo humano: conocimiento y comunidad, realización y arte; pero en gracia, verdad, pureza y obediencia.

Al considerarlo así, también nos resulta claro algo más: que esta situación no estaba asegurada, sino puesta a prueba. Que el sol se levanta cuando llega el momento; que una cosa caiga cuando se la suelta; que una materia arda cuando se la pone a una determinada temperatura: todo esto es seguro, pues las leyes de la Naturaleza lo garantizan. En cambio, la acción del hombre es libre, y libertad significa que la acción se produce en la forma del brotar, del surgimiento desde el origen interior que se posee a sí mismo. Aquí no hay ninguna seguridad, pues ésta inmediatamente destruiría la libertad. Aquí está todo expuesto.

Entonces ¿qué expuesta y arriesgada debe estar una situación que procede tan enteramente de la gracia y agrado de Dios como aquella que se llama Paraíso, en la cual el Señor de todas las cosas pone al hombre su mundo en las manos, para que el hombre construya en él su reino, que con eso mismo había de hacerse Reino de Dios? ¡Cómo debía pasar esto por la prueba de la fidelidad!

Por eso nos dicen luego que, "en medio del jardín", en el centro del entero conjunto divino que se llama "Paraíso", se eleva un signo por el cual el hombre está a prueba: "Y el Señor Dios hizo brotar de la tierra toda clase de árboles, hermosos de ver y buenos para comer... pero en medio del jardín, también el árbol del conocimiento del bien y del mal... Le mandó: De todos los árboles del jardín puedes comer; sólo del árbol del conocimiento del bien y del mal no puedes comer; pues el día que comas de él, morirás" (Gen., 2,9 y 16-17).

En ese árbol ha de decidirse si el hombre quiere vivir en la verdad de la semejanza a Dios o si tiene la pretensión de ser prototipo: si quiere ser criatura de Dios, o si pretende subsistir sobre lo suyo propio: si quiere amar a Dios y obedecerle, y a partir de ahí elevarse a una libertad cada vez mayor, o si quiere tomarse, a sí mismo y al mundo, bajo su propio dominio.

Ahí se decidió el destino del hombre: el de nuestros antepasados, y en ellos, el nuestro propio. Pero también —lo decimos con gran respeto— se decidió algo para Dios mismo. Pues la obra que Dios había llenado de tan divino sentido y que tanto amaba, la había puesto en manos del hombre, confiando en él para que la conservase con gloria y realizase en ella un trabajo que proseguiría la obra de Dios. Pero el hombre traicionó esa confianza, con el intento impío de quitarle a Dios Su mundo de las manos.