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Paz

(Juan 16,33: Les digo esto para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo)
Paz que anime al confundido
que, desorientado, es triste,
como a tus amigos diste,
es lo que hoy, Señor, te pido.
¡Desconcierto y mucho ruido,
el mundo está atribulado!;
¿dónde está la paz que has dado?
¡Aunque aún reine la malicia,
hazme tuya tu justicia
para ser pacificado!

Amén.

Bienaventurados los que trabajan por la paz

(De la Audiencia General del Papa Francisco del 15 de Abril del 2020)

La catequesis de hoy está dedicada a la séptima bienaventuranza, la de los “trabajadores de la paz”, que son proclamados hijos de Dios. Me alegro de que caiga inmediatamente después de la Pascua, porque la paz de Cristo es el fruto de su muerte y resurrección, como escuchamos en la lectura de San Pablo. Para entender esta bienaventuranza debemos explicar el significado de la palabra “paz”, que puede entenderse mal o, a veces, trivializarse.

Debemos orientarnos entre dos ideas de paz: la primera es la bíblica, donde aparece la hermosa palabra shalom, que expresa abundancia, prosperidad, bienestar. Cuando en hebreo se desea shalom, se desea una vida bella, plena y próspera, pero también según la verdad y la justicia, que se cumplirán en el Mesías, Príncipe de la paz.

Luego está el otro sentido, más difundido, en el que la palabra “paz” se entiende como una especie de tranquilidad interior: estoy tranquilo, estoy en paz. Se trata de una idea moderna, psicológica y más subjetiva. Comúnmente se piensa que la paz sea la tranquilidad, la armonía, el equilibrio interior. Esta acepción de la palabra “paz”es incompleta y no debe ser absolutizada, porque en la vida la inquietud puede ser un momento importante de crecimiento. Muchas veces es el Señor mismo el que siembra en nosotros la inquietud para que salgamos en su búsqueda, para encontrarlo. En este sentido es un momento de crecimiento importante, mientras que puede suceder que la tranquilidad interior corresponda a una conciencia domesticada y no a una verdadera redención espiritual. Tantas veces el Señor debe ser “señal de contradicción” (cf. Lc 2,34-35), sacudiendo nuestras falsas certezas para llevarnos a la salvación. Y en ese momento parece que no tengamos paz, pero es el Señor el que nos pone en este camino para llegar a la paz que él mismo nos dará.

En este punto debemos recordar que el Señor entiende su paz como diferente de la paz humana, la del mundo, cuando dice: «Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo» (Jn 14,27). La de Jesús es otra paz, diferente de la mundana.

Preguntémonos: ¿cómo da el mundo la paz? Si pensamos en los conflictos bélicos, las guerras normalmente terminan de dos maneras: o bien con la derrota de uno de los dos bandos, o bien con tratados de paz. No podemos por menos que esperar y rezar para que siempre se tome este segundo camino; pero debemos considerar que la historia es una serie infinita de tratados de paz desmentidos por guerras sucesivas, o por la metamorfosis de esas mismas guerras en otras formas o en otros lugares. Incluso en nuestra época, se combate una guerra “en pedazos” en varios escenarios y de diferentes maneras. Debemos, al menos, sospechar que en el contexto de una globalización compuesta principalmente por intereses económicos o financieros, la “paz” de unos corresponde a la “guerra” de otros. ¡Y ésta no es la paz de Cristo!

En cambio, ¿cómo “da” su paz el Señor Jesús? Hemos escuchado a San Pablo decir que la paz de Cristo es “la que hace de dos pueblos, uno” (cf. Ef 2:14), anular la enemistad y reconciliar. Y el camino para alcanzar esta obra de paz es su cuerpo. Porque él reconcilia todas las cosas y hace la paz con la sangre de su cruz, como dice el mismo Apóstol en otro sitio (cf. Col 1, 20).

Y aquí, yo me pregunto, podemos preguntarnos todos: ¿Quiénes son, pues, los “trabajadores de la paz”? La séptima bienaventuranza es la más activa, explícitamente operativa; la expresión verbal es análoga a la utilizada en el primer versículo de la Biblia para la creación e indica iniciativa y laboriosidad. El amor, por su naturaleza, es creativo —el amor es siempre creativo— y busca la reconciliación a cualquier costo. Son llamados hijos de Dios aquellos que han aprendido el arte de la paz y lo practican, saben que no hay reconciliación sin la donación de su vida, y que hay que buscar la paz siempre y en cualquier caso. ¡Siempre y en cualquier caso, no lo olvidéis! Hay que buscarla así. No es una obra autónoma fruto de las capacidades propias, es una manifestación de la gracia recibida de Cristo, que es nuestra paz, que nos hizo hijos de Dios.

El verdadero shalom y el verdadero equilibrio interior brotan de la paz de Cristo, que viene de su Cruz y genera una humanidad nueva, encarnada en una multitud infinita de santos y santas, inventivos, creativos, que han ideado formas siempre nuevas de amar. Los santos, las santas que construyen la paz. Esta vida como hijos de Dios, que por la sangre de Cristo buscan y encuentran a sus hermanos y hermanas, es la verdadera felicidad. Bienaventurados los que van por este camino.

Y una vez más, ¡Feliz Pascua a todos, en la paz de Cristo!

Fabricante de paz

(Juan 14,27: Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman!)
Conozco de un fabricante de paz
que posee un alto inventario;
su producción tiene un ritmo diario
que, abastecer todo el mundo, es capaz.

Por su producto, a nadie va a cobrar,
pues aunque trabaja en todo horario,
él no recibe ningún salario,
y entrega gratis a todo lugar.

Su factoría de tranquilidad
aunque es humilde, es un santuario,
el almacén es todo un sagrario,
y su marca es: Jesús, Rey de la paz.

¡Señor, nos has traído la paz!

(Lucas 24,36: Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes»)
Necesitábamos esa paz
pues muy grande era la turbación
que teníamos en el corazón
porque no veíamos tu faz.

Al verte, recibimos solaz,
dejó de existir la confusión;
discúlpanos por la reacción;
¡Señor, nos has traído la paz!

La buena voluntad, condición necesaria y suficiente para la paz

(De "La paz interior" por Jacques Philippe)

La buena voluntad, condición necesaria para la paz

Bien entendido, la paz interior de la que tratamos no se puede considerar como patrimonio de todos los hombres independientemente de su actitud en relación con Dios.

El hombre que se enfrenta a Dios, que más o menos conscientemente le huye, o huye de algunas de sus llamadas o exigencias, no podrá vivir en paz. Cuando un hombre está cerca de Dios, ama a su Señor y desea servirle, la estrategia habitual del demonio consiste en hacerle perder la paz del corazón, mientras que, por el contrario, Dios acude en su ayuda para devolvérsela. Pero esta ley cambia radicalmente para una persona cuyo corazón está lejos de Dios, que vive en medio de la indeferencia y el mal: el demonio tratará de tranquilizarla, de mantenerla en una falsa quietud, mientras que el Señor, que desea su salvación y su conversión, agitará e inquietará su conciencia para intentar inducirla al arrepentimiento.

El hombre no puede vivir en una paz profunda y duradera si está lejos de Dios, si su íntima voluntad no está totalmente orientada hacia Él: «Nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (San Agustín).

Una condición necesaria para la paz interior es, pues, lo que podríamos llamar la buena voluntad. También se la podría llamar limpieza de corazón. Es la disposición estable y constante del hombre que está decidido a amar a Dios sobre todas las cosas, que en cualquier circunstancia desea sinceramente preferir la voluntad de Dios a la propia, y que no quiere negar conscientemente cosa alguna a Dios. Es posible (e incluso cierto) que el comportamiento de ese hombre a lo largo de su vida no esté en perfecta armonía con esas intenciones y deseos, y que surjan imperfecciones en su cumplimiento, pero sufrirá, pedirá perdón al Señor y tratará de corregirse de ellas. Después de unos momentos de eventual desaliento, se esforzará por volver a la disposición habitual del que quiere decir sí a Dios en todas las cosas sin excepción.

Esto es la buena voluntad. No es la perfección, la santidad plena, pues puede coexistir con vacilaciones, con imperfecciones e incluso con faltas, pero es el camino: es exactamente la disposición habitual del corazón (cuyo fundamento se encuentra en las virtudes de fe, esperanza y caridad) que permite que la gracia de Dios nos conduzca poco a poco hacia la perfección.

Esta buena voluntad, esta disposición habitual de decir sí a Dios, tanto en las cosas grandes como en las pequeñas, es una condición sine qua non de la paz interior. Mientras no adoptemos esta determinación, continuaremos sintiendo en nosotros cierta inquietud y cierta tristeza: la inquietud de no amar a Dios tanto como Él nos invita a amarle, la tristeza de no haber dado todavía todo a Dios. El hombre que ha entregado su voluntad a Dios, en cierto modo ya le ha entregado todo. No podemos estar realmente en paz mientras nuestro corazón no encuentre su unidad; y el corazón sólo estará unificado cuando todos nuestros deseos se subordinen al deseo de amar a Dios, de complacerle y de hacer su voluntad. Por supuesto, eso implica también la determinación habitual de desprendernos de todo lo que sea contrario a Dios. Y en esto consiste la buena voluntad, condición necesaria para la paz del alma.

La buena voluntad, condición suficiente para la paz

No obstante, podemos afirmar recíprocamente que esta buena voluntad basta para tener el derecho de conservar en paz el corazón, incluso si, a pesar de eso, aún tenemos muchos defectos y debilidades: «Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad», como decía el texto latino de la Vulgata.

En efecto, ¿qué nos pide Dios, sino esta buena voluntad? ¿Qué podría exigir de nosotros Él, que es un Padre bueno y compasivo, sino ver que su hijo desea amarle sobre todas las cosas, sufre por no amarle lo suficiente y está dispuesto, incluso si se sabe incapaz, a desprenderse de todo lo que se oponga a esa petición? ¿No tendrá el mismo Dios que intervenir ahora y dar cumplimiento a esos deseos que el hombre es incapaz de alcanzar sólo con sus propios medios?

En ayuda de lo que acabamos de decir, a saber, que la buena voluntad basta para hacernos agradables a Dios, y en consecuencia, para que vivamos en paz, ofrecemos un episodio de la vida de Santa Teresa de Lisieux relatado por su hermana Céline:

«En una ocasión en que Sor Teresa me había mostrado todos mis defectos, yo me sentía triste y un poco desamparada. Pensaba: yo, que tanto deseo alcanzar la virtud, me veo muy lejos; querría ser dulce, paciente, humilde, caritativa, ¡ay, no lo conseguiré jamás!... Sin embargo, en la oración de la tarde, leí que, al expresar Santa Gertrudis ese mismo deseo, Nuestro Señor le había respondido: "En todo y sobre todo, ten buena voluntad: esa sola disposición dará a tu alma el brillo y el mérito especial de todas las virtudes. Todo el que tiene buena voluntad, el deseo sincero de procurar mi gloria, de darme gracias, de compadecerse de mis sufrimientos, de amarme y servirme como todas las criaturas juntas, recibirá indudablemente unas recompensas dignas de mi liberalidad, y su deseo le será en ocasiones más provechoso que a otros les son sus buenas obras."
Muy contenta por aquellas frases, prosigue Céline, siempre en beneficio mío, se las comuniqué a Sor Teresa que, sobreabundando, añadió: "¿Has leído lo que se cuenta de la vida del Padre Surin? Mientras hacía un exorcismo, los demonios le dijeron: 'Lo conseguimos todo; ¡únicamente no logramos vencer a esa perra de la buena voluntad!' Pues bien, si no tienes virtud, tienes una 'perrita' que te salvará de todos los peligros. ¡Consuélate; te llevará al Paraíso!
¡Ah!, ¿dónde hay un alma que no desee alcanzar la virtud? ¡Es la vía común! ¡Pero qué poco numerosas son las que aceptan caer, ser débiles, que se sienten felices de verse por los suelos y que las demás las sorprendan en ese trance!"» (Consejos y Recuerdos de Sor Genoveva).
Como vemos en este texto, el concepto que Teresa (la santa más grande de los tiempos modernos, en palabras del Papa Pío XI) tenía de la perfección no es en absoluto el que nosotros tenemos espontáneamente.

La raíz de la guerra es el miedo

(De "Semillas de contemplación" por Thomas Merton)

El concepto de “virtud” no atrae a los hombres, porque ya no se interesan en llegar a ser buenos. Sin embargo, si les dices que Santo Tomás habla de las virtudes como “hábitos del intelecto práctico”, quizá presten alguna atención a tus palabras. Les place la idea de algo que, al parecer, pueda avivar su
inteligencia.

Nuestra mente es como la corneja. Recoge todo lo que brilla, por incómodo que quede nuestro nido con tanto metal en él.

Los demonios están muy contentos con el alma que sale de su seco hogar y tiembla bajo la lluvia sin otra razón que la de estar seca su casa.

Tengo muy leve idea de lo que ocurre en el mundo; pero de vez en cuando veo algunas de las cosas que están dibujando y escribiendo allá, y esto me convence de que todos están viviendo en ceniceros. Me alegra no poder oír lo que están cantando.

Si un escritor es tan cauto que no escribe nunca nada que pueda ser criticado, nunca escribirá nada que pueda ser leído. Si quieres ayudar a otros tienes que decidirte a escribir cosas que algunos condenarán.

El poeta entra en sí mismo para crear. El contemplativo entra en Dios para ser creado.

Un poeta católico debería ser apóstol siendo ante todo poeta; no intentar ser poeta siendo ante todo un apóstol. Pues si se presenta a su público como poeta, será juzgado como tal, y si no es buen poeta, quedará en ridículo su apostolado.

Si escribes para Dios llegarás al corazón de muchos hombres y les causarás alegría.

Si escribes para los hombres.., acaso hagas algún dinero, causes a alguien algún pequeño gozo y hagas cierto ruido en el mundo por breve tiempo.

Si escribes para ti mismo, podrás leer lo que has escrito, y al cabo de diez minutos estarás tan asqueado que desearás haber muerto.

En la raíz de toda guerra está el miedo: no tanto el miedo que los hombres se tienen mutuamente, sino el miedo que le tienen a todo. No es meramente que no confíen el uno en el otro: no se fían ni de sí mismos. Si no están seguros de que alguien no va a volverse contra ellos para matarlos, lo están todavía menos de que ellos mismos no se volverán contra sí para matarse. No pueden confiar en nadie, porque han dejado de creer en Dios.

¿Quieres terminar las guerras pidiendo a hombres que confíen en hombres en quienes evidentemente no puede confiarse? No. Enséñales a amar a Dios y a confiar en él; entonces podrán amar a los hombres en quienes no pueden confiar, y osarán hacer la paz con ellos, no confiando en ellos, sino en Dios.

Pues solamente el amor (que significa humildad) puede expulsar el miedo que es la raíz de toda guerra.

Si realmente los hombres quisieran la paz, la pedirían a Dios, y Él se la daría. Pero ¿por qué ha de dar Él al mundo una paz que éste no desea realmente? Pues la paz que el mundo parece desear no es realmente en ningún modo la paz.

Para algunos la paz significa tan sólo tranquilidad para explotar a otros sin miedo a represalias o injerencias. Para otros la paz significa libertad para robarse mutuamente sin interrupción. Para ciertos hombres significa asueto para devorar los bienes de la tierra sin verse obligados a interrumpir sus placeres para alimentar a aquellos que su codicia está matando de hambre. Y para casi todo el mundo la paz significa simplemente ausencia de toda violencia física que pudiese arrojar sombras sobre vidas dedicadas a la satisfacción de su apetito animal de comodidades y placeres.

Muchos como éstos han pedido a Dios lo que ellos entendían por “paz” y se han extrañado de que su ruego no fuese atendido. No podían comprender que, en realidad, lo había sido. Dios los dejaba con lo que deseaban, pues su idea de paz era sólo otra forma de la guerra.

Así, pues, en vez de amar lo que crees ser la paz, ama al prójimo y ama a Dios sobre todo. Y en vez de odiar a los hombres que tienes por promotores de guerras, odia los apetitos y el desorden de tu propia alma, que son las causas de la guerra.

El rito de la paz


Un fiel me comentaba hace poco algunas cosas acerca del saludo de la paz en la Misa; entre ellas, consideraba que en ese momento se perdía la esencia profunda de estar ante el Cuerpo de Cristo ya presente sobre el Altar, tornándose, según él, en una ocasión que parecía más bien de alegría social; igualmente me expresaba que no había uniformidad en la invitación introductoria, y me pidió una clarificación respecto al significado de ese momento.

Como considero que esa inquietud podría existir en otras personas, a continuación les expongo algunos textos sobre este tema que lo explican por sí mismos.

La instrucción General del Misal Romano, al referirse al rito de la paz en el numeral 82, expresa lo siguiente:
Sigue el rito de la paz, por el que la Iglesia implora para sí misma y para toda la familia humana la paz y la unidad, y los fieles se expresan la comunión eclesial y la mutua caridad, antes de comulgar con el Sacramento. En cuanto al gesto mismo de entregar la paz, el modo será establecido por las Conferencias Episcopales, de acuerdo a la índole y costumbres de los pueblos. Sin embargo es conveniente que cada uno dé la paz con sobriedad solamente a los que están más cercanos.
En tanto que en el propio Misal se establecen estrictamente las cuatro fórmulas a emplear para la invitación a la paz; se debe escoger una de ellas:
Luego, si se juzga oportuno, el diácono, o el sacerdote, añade:
Daos fraternalmente la paz.
O bien:
Como hijos de Dios, intercambiad ahora un signo de comunión fraterna.
O bien:
En Cristo, que nos ha hecho hermanos con su cruz, daos la paz como signo de reconciliación.
O bien:
En el Espíritu de Cristo resucitado, daos fraternalmente la paz.
Y todos, según la costumbre del lugar, se dan la paz. El sacerdote da la paz al diácono o al ministro.
En tanto que la Instrucción Redemptionis Sacramentum sobre algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de la Santísima Eucaristía, emitida en el año 2004 por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, expresa lo siguiente en los numerales 71 y 72:
Consérvese la costumbre del Rito romano, de dar la paz un poco antes de distribuir la sagrada Comunión, como está establecido en el Ordinario de la Misa. Además, conforme a la tradición del Rito romano, esta práctica no tiene un sentido de reconciliación ni de perdón de los pecados, sino que más bien significa la paz, la comunión y la caridad, antes de recibir la santísima Eucaristía. En cambio, el sentido de reconciliación entre los hermanos se manifiesta claramente en el acto penitencial que se realiza al inicio de la Misa, sobre todo en la primera de sus formas.
Conviene «que cada uno dé la paz, sobriamente, sólo a los más cercanos a él». «El sacerdote puede dar la paz a los ministros, permaneciendo siempre dentro del presbiterio, para no alterar la celebración. Hágase del mismo modo si, por una causa razonable, desea dar la paz a algunos fieles». «En cuanto al signo para darse la paz, establezca el modo la Conferencia de Obispos», con el reconocimiento de la Sede Apostólica, «según la idiosincrasia y las costumbres de los pueblos».
De modo que esa no es una ocasión para un "¿qué tal?" o "¡cuánto tiempo!" ni nada que se parezca, tampoco para recorrer el Templo "saludando" a todos. Espero que estos textos hayan aclarado las inquietudes existentes, y sirvan para fortalecer la adecuada interpretación de esa paz ritual.

Lectura orante del Evangelio del Martes de la Semana 5 de Pascua: Juan 14,27-31a


Desciende ahora, Espíritu Santo

Desciende ahora, Espíritu Santo,
y rebosa con tus dones
a nuestros corazones,
para quitar obnubilación y manto
al mensaje sacrosanto
que en la Santa Palabra expones,
purifique nuestras intenciones
y calme y evite actual y futuro llanto.

Amén.

1. Lectura

a) Texto del día

Juan 14,27-31a: En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Habéis oído que os he dicho: ‘Me voy y volveré a vosotros’. Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Y os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis. Ya no hablaré muchas cosas con vosotros, porque llega el Príncipe de este mundo. En mí no tiene ningún poder; pero ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado».

b) Contexto histórico y cultural

Jesús continúa animando a sus discípulos en la conversación de sobremesa de la Última Cena, con un mensaje denso en cuanto a contenido, con la finalidad de fortalecerles ante su partida de este mundo terreno; aunque el contenido es de despedida, es una exhortación a la alegría y una promesa de su retorno.

2. Meditación (para leer lenta y pausadamente; deteniéndose a meditar y saborear cada palabra, cada verso y cada estrofa, relacionándolos con el Evangelio del día y con nuestra vida)

Fabricante de paz

Conozco de un fabricante de paz
que posee un alto inventario;
su producción tiene un ritmo diario
que, abastecer todo el mundo, es capaz.

Por su producto, a nadie va a cobrar,
pues aunque trabaja en todo horario,
él no recibe ningún salario,
y entrega gratis a todo lugar.

Su factoría de tranquilidad
aunque es humilde, es un santuario,
el almacén es todo un sagrario,
y su marca es: Jesús, Rey de la paz.

3. Oración

Te fuiste y volviste

Fuiste y volviste, Señor;
presente estás cada día
en los sencillos y humildes
de quienes eres la vía;
también en los sacramentos,
y siempre en la Eucaristía.
Hazme verte hoy, Jesús,
que siempre ame, sin falsía,
y, en los otros vea tu rostro,
al servir con alegría.
De una manera directa,
cuando a mi me llegue el día,
contemplarte cara a cara
ahora es la esperanza mía;
dame espera con sosiego,
mucha paz, y vida pía.

Amén.

4. Contemplación (en un profundo silencio interior nos abandonamos por unos minutos de un modo contemplativo en el amor del Padre y en la gracia del Hijo, permitiendo que el Espíritu Santo nos inunde. En resumen, intentamos prolongar en el tiempo este momento de paz en la presencia de Dios).

5. Acción

A no turbarnos ni acobardarnos;
a alegrarnos en Cristo,
y a vivir en su paz,
estamos invitados en este día.
Es lo que voy a hacer, con la ayuda de Dios.
Amén.

Lectura orante del Evangelio del Jueves de la Octava de Pascua: Lucas 24,35-48


Padre Santo, en el nombre de tu Hijo Jesús, pedimos la ayuda del Espíritu Santo en este momento en que vamos a orar con tu Santa Palabra que en el día de hoy has seleccionado para nosotros. Que el Don de dones con que nos auxilias, nos proporcione el correcto discernimiento del mensaje, y que nos anime a convertirlo en obra en nuestra vida. Amén.

1. Lectura

a) Texto del día

Lucas 24,35-48: En aquel tiempo, los discípulos contaron lo que había pasado en el camino y cómo habían conocido a Jesús en la fracción del pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando Él se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero Él les dijo: «¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo». Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Como ellos no acabasen de creerlo a causa de la alegría y estuviesen asombrados, les dijo: «¿Tenéis aquí algo de comer?». Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos.

Después les dijo: «Éstas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: ‘Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí’». Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas».

b) Contexto histórico y cultural

Los discípulos de Emaús no han podido contener su alegría de haber estado con el resucitado y han retornado ese mismo día, ya entrada la noche, para informar lo que han vivido al grupo de seguidores de Jesús que estaba encerrado por miedo a las autoridades judías.

2. Meditación (para leer lenta y pausadamente; deteniéndose a meditar y saborear cada palabra, cada verso y cada estrofa, relacionándolos con el Evangelio del día y con nuestra vida)

¡Señor, nos has traído la paz!

Necesitábamos esa paz
pues muy grande era la turbación
que teníamos en el corazón
porque no veíamos tu faz.

Al verte, recibimos solaz,
dejó de existir la confusión;
discúlpanos por la reacción;
¡Señor, nos has traído la paz!

3. Oración

Gracias, Señor,
por la paz que nos proporcionas,
y que nadie más la puede dar;
no permitas que nada nos turbe,
ni que nos haga perderla.
Amén.

4. Contemplación (en un profundo silencio interior nos abandonamos por unos minutos de un modo contemplativo en el amor del Padre y en la gracia del Hijo, permitiendo que el Espíritu Santo nos inunde. En resumen, intentamos prolongar en el tiempo este momento de paz en la presencia de Dios).

5. Acción

A vivir esa paz que Cristo nos ha dado;
a ser pacificador en los ambientes en que me desenvuelvo,
estoy llamado hoy, y siempre;
eso es lo que voy a hacer,
con la ayuda de Dios.
Amén.

Vivir el silencio y la paz

(De "En la Escuela del Espíritu Santo" por Jacques Philippe)

El Espíritu de Dios es un espíritu de paz, habla y actúa en la paz, nunca en la inquietud y en la agitación. Además, las mociones del Espíritu son toques delicados, que no se manifiestan en el estrépito, y sólo pueden emerger en nuestra consciencia espiritual si existe en ella una zona de calma, de serenidad y de paz. Si nuestro interior es siempre ruidoso y agitado, la dulce voz del Espíritu Santo tendrá muchas dificultades para hacerse oír.

Esto significa que, si queremos percibir las mociones del Espíritu Santo y obedecerlas, adquiere la mayor importancia el hecho de tratar de mantener nuestro corazón en paz en toda ocasión.

Esto no es fácil, pero a fuerza de luchar por adquirir la esperanza en Dios, el abandono, la humildad y la aceptación de nuestras miserias gracias a una confianza inconmovible en la misericordia divina, llegaremos a ello paso a paso. No queremos insistir aquí en este tema, pues ya lo hemos tratado en otro libro (La paz interior, Jacques Philippe.)

Pero es importante subrayarlo, porque si no tratamos de «vivir la paz» en todas las circunstancias que nos hacen perderla (y son numerosas), difícilmente seremos capaces de escuchar la voz del Espíritu Santo cuando quiera hablar a nuestro corazón: se lo impedirá la agitación que permitimos que reine en él. Como ya explicamos en la obra citada, cuando atravesamos por momentos difíciles, es muy beneficioso el esfuerzo que hacemos por permanecer en paz en toda ocasión. Justamente el hecho de mantener esa paz, nos dará el máximo de oportunidades para reaccionar ante esa situación, no de un modo humano, inquieto y precipitado (que nos puede llevar al desastre), sino prestando atención a lo que el Espíritu Santo pueda sugerirnos, lo que, bien entendido, será muy provechoso. Pongamos, pues, en práctica estas palabras de san Juan de la Cruz:
«Procure conservar el corazón en paz; no le desasosiegue ningún suceso deste mundo. Aunque todo se derrumbe aquí abajo y todos los acontecimientos nos sean adversos, sería inútil que nos turbásemos, pues esa turbación nos aportaría más perjuicio que provecho».
Y el mayor de estos perjuicios será el de hacernos incapaces de obedecer a los impulsos del Espíritu Santo.

Esto va unido a la práctica del silencio. Un silencio que no es un vacío, sino que es paz, atención a la presencia de Dios y a la presencia del otro, espera confiada y esperanza en Dios. Evidentemente, el exceso de ruido -no en sentido físico, sino en el de ese torbellino incesante de pensamientos, de imaginaciones, de palabras oídas o dichas en las que nos solemos dejar atrapar, y que no hacen más que alimentar nuestras preocupaciones, nuestros temores, nuestras insatisfacciones, etc.- deja al Espíritu Santo muy pocas posibilidades de poder expresarse. El silencio no es un «vacío», sino una actitud general de interioridad que permite preservar en nuestro corazón una «celda interior» (en palabras de santa Catalina de Siena) en la que estamos en presencia de Dios y conversamos con Él. El silencio es todo lo contrario de la dispersión del alma hacia fuera, de la curiosidad, de la charlatanería, etc.: es la capacidad de entrar de un modo natural en nuestro interior imantados por la presencia de Dios que nos habita.

El Rosario, oración orientada hacia la paz

(De la Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae, del Papa Juan Pablo II)

La Iglesia ha visto siempre en esta oración una particular eficacia, confiando las causas más difíciles a su recitación comunitaria y a su práctica constante. En momentos en los que la cristiandad misma estaba amenazada, se atribuyó a la fuerza de esta oración la liberación del peligro y la Virgen del Rosario fue considerada como propiciadora de la salvación.

Hoy deseo confiar a la eficacia de esta oración –lo he señalado al principio– la causa de la paz en el mundo y la de la familia.

Las dificultades que presenta el panorama mundial en este comienzo del nuevo Milenio nos inducen a pensar que sólo una intervención de lo Alto, capaz de orientar los corazones de quienes viven situaciones conflictivas y de quienes dirigen los destinos de las Naciones, puede hacer esperar en un futuro menos oscuro.

El Rosario es una oración orientada por su naturaleza hacia la paz, por el hecho mismo de que contempla a Cristo, Príncipe de la paz y «nuestra paz» (Ef 2, 14). Quien interioriza el misterio de Cristo –y el Rosario tiende precisamente a eso– aprende el secreto de la paz y hace de ello un proyecto de vida.

Además, debido a su carácter meditativo, con la serena sucesión del Ave Maria, el Rosario ejerce sobre el orante una acción pacificadora que lo dispone a recibir y experimentar en la profundidad de su ser, y a difundir a su alrededor, paz verdadera, que es un don especial del Resucitado.

Es además oración por la paz por la caridad que promueve. Si se recita bien, como verdadera oración meditativa, el Rosario, favoreciendo el encuentro con Cristo en sus misterios, muestra también el rostro de Cristo en los hermanos, especialmente en los que más sufren.

¿Cómo se podría considerar, en los misterios gozosos, el misterio del Niño nacido en Belén sin sentir el deseo de acoger, defender y promover la vida, haciéndose cargo del sufrimiento de los niños en todas las partes del mundo? ¿Cómo podrían seguirse los pasos del Cristo revelador, en los misterios de la luz, sin proponerse el testimonio de sus bienaventuranzas en la vida de cada día?

Y ¿cómo contemplar a Cristo cargado con la cruz y crucificado, sin sentir la necesidad de hacerse sus «cireneos» en cada hermano aquejado por el dolor u oprimido por la desesperación? ¿Cómo se podría, en fin, contemplar la gloria de Cristo resucitado y a María coronada como Reina, sin sentir el deseo de hacer este mundo más hermoso, más justo, más cercano al proyecto de Dios?

En definitiva, mientras nos hace contemplar a Cristo, el Rosario nos hace también constructores de la paz en el mundo.

Por su carácter de petición insistente y comunitaria, en sintonía con la invitación de Cristo a «orar siempre sin desfallecer» (Lc 18,1), nos permite esperar que hoy se pueda vencer también una 'batalla' tan difícil como la de la paz.

De este modo, el Rosario, en vez de ser una huida de los problemas del mundo, nos impulsa a examinarlos de manera responsable y generosa, y nos concede la fuerza de afrontarlos con la certeza de la ayuda de Dios y con el firme propósito de testimoniar en cada circunstancia la caridad, «que es el vínculo de la perfección» (Col 3, 14).

No esclavos, sino hermanos

Mensaje del Santo Padre Francisco para la XLVIII Jornada Mundial de la Paz el 1 de Enero 2015

1. Al comienzo de un nuevo año, que recibimos como una gracia y un don de Dios a la humanidad, deseo dirigir a cada hombre y mujer, así como a los pueblos y naciones del mundo, a los jefes de Estado y de Gobierno, y a los líderes de las diferentes religiones, mis mejores deseos de paz, que acompaño con mis oraciones por el fin de las guerras, los conflictos y los muchos de sufrimientos causados por el hombre o por antiguas y nuevas epidemias, así como por los devastadores efectos de los desastres naturales. Rezo de modo especial para que, respondiendo a nuestra común vocación de colaborar con Dios y con todos los hombres de buena voluntad en la promoción de la concordia y la paz en el mundo, resistamos a la tentación de comportarnos de un modo indigno de nuestra humanidad.

En el mensaje para el 1 de enero pasado, señalé que del «deseo de una vida plena… forma parte un anhelo indeleble de fraternidad, que nos invita a la comunión con los otros, en los que encontramos no enemigos o contrincantes, sino hermanos a los que acoger y querer». Siendo el hombre un ser relacional, destinado a realizarse en un contexto de relaciones interpersonales inspiradas por la justicia y la caridad, es esencial que para su desarrollo se reconozca y respete su dignidad, libertad y autonomía. Por desgracia, el flagelo cada vez más generalizado de la explotación del hombre por parte del hombre daña seriamente la vida de comunión y la llamada a estrechar relaciones interpersonales marcadas por el respeto, la justicia y la caridad.Este fenómeno abominable, que pisotea los derechos fundamentales de los demás y aniquila su libertad y dignidad, adquiere múltiples formas sobre las que deseo hacer una breve reflexión, de modo que, a la luz de la Palabra de Dios, consideremos a todos los hombres «no esclavos, sino hermanos».

A la escucha del proyecto de Dios sobre la humanidad

2. El tema que he elegido para este mensaje recuerda la carta de san Pablo a Filemón, en la que le pide que reciba a Onésimo, antiguo esclavo de Filemón y que después se hizo cristiano, mereciendo por eso, según Pablo, que sea considerado como un hermano. Así escribe el Apóstol de las gentes: «Quizá se apartó de ti por breve tiempo para que lo recobres ahora para siempre; y no como esclavo, sino como algo mejor que un esclavo, como un hermano querido» (Flm 15-16). Onésimo se convirtió en hermano de Filemón al hacerse cristiano. Así, la conversión a Cristo, el comienzo de una vida de discipulado en Cristo, constituye un nuevo nacimiento (cf. 2 Co 5,17; 1 P 1,3) que regenera la fraternidad como vínculo fundante de la vida familiar y base de la vida social.

En el libro del Génesis, leemos que Dios creó al hombre, varón y hembra, y los bendijo, para que crecieran y se multiplicaran (cf. 1,27-28): Hizo que Adán y Eva fueran padres, los cuales, cumpliendo la bendición de Dios de ser fecundos y multiplicarse, concibieron la primera fraternidad, la de Caín y Abel. Caín y Abel eran hermanos, porque vienen del mismo vientre, y por lo tanto tienen el mismo origen, naturaleza y dignidad de sus padres, creados a imagen y semejanza de Dios.

Pero la fraternidad expresa también la multiplicidad y diferencia que hay entre los hermanos, si bien unidos por el nacimiento y por la misma naturaleza y dignidad. Como hermanos y hermanas, todas las personas están por naturaleza relacionadas con las demás, de las que se diferencian pero con las que comparten el mismo origen, naturaleza y dignidad. Gracias a ello la fraternidad crea la red de relaciones fundamentales para la construcción de la familia humana creada por Dios.

Por desgracia, entre la primera creación que narra el libro del Génesis y el nuevo nacimiento en Cristo, que hace de los creyentes hermanos y hermanas del «primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29), se encuentra la realidad negativa del pecado, que muchas veces interrumpe la fraternidad creatural y deforma continuamente la belleza y nobleza del ser hermanos y hermanas de la misma familia humana. Caín, además de no soportar a su hermano Abel, lo mata por envidia cometiendo el primer fratricidio. «El asesinato de Abel por parte de Caín deja constancia trágicamente del rechazo radical de la vocación a ser hermanos. Su historia (cf. Gn 4,1-16) pone en evidencia la dificultad de la tarea a la que están llamados todos los hombres, vivir unidos, preocupándose los unos de los otros».

También en la historia de la familia de Noé y sus hijos (cf. Gn 9,18-27), la maldad de Cam contra su padre es lo que empuja a Noé a maldecir al hijo irreverente y bendecir a los demás, que sí lo honraban, dando lugar a una desigualdad entre hermanos nacidos del mismo vientre.

En la historia de los orígenes de la familia humana, el pecado de la separación de Dios, de la figura del padre y del hermano, se convierte en una expresión del rechazo de la comunión traduciéndose en la cultura de la esclavitud (cf. Gn 9,25-27), con las consecuencias que ello conlleva y que se perpetúan de generación en generación: rechazo del otro, maltrato de las personas, violación de la dignidad y los derechos fundamentales, la institucionalización de la desigualdad. De ahí la necesidad de convertirse continuamente a la Alianza, consumada por la oblación de Cristo en la cruz, seguros de que «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia... por Jesucristo» (Rm 5,20.21). Él, el Hijo amado (cf. Mt 3,17), vino a revelar el amor del Padre por la humanidad. El que escucha el evangelio, y responde a la llamada a la conversión, llega a ser en Jesús «hermano y hermana, y madre» (Mt 12,50) y, por tanto, hijo adoptivo de su Padre (cf. Ef 1,5).

No se llega a ser cristiano, hijo del Padre y hermano en Cristo, por una disposición divina autoritativa, sin el concurso de la libertad personal, es decir, sin convertirse libremente a Cristo. El ser hijo de Dios responde al imperativo de la conversión: «Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hch 2,38). Todos los que respondieron con la fe y la vida a esta predicación de Pedro entraron en la fraternidad de la primera comunidad cristiana (cf. 1 P 2,17; Hch 1,15.16; 6,3; 15,23): judíos y griegos, esclavos y hombres libres (cf. 1 Co 12,13; Ga 3,28), cuya diversidad de origen y condición social no disminuye la dignidad de cada uno, ni excluye a nadie de la pertenencia al Pueblo de Dios. Por ello, la comunidad cristiana es el lugar de la comunión vivida en el amor entre los hermanos (cf. Rm 12,10; 1 Ts 4,9; Hb 13,1; 1 P 1,22; 2 P 1,7).

Todo esto demuestra cómo la Buena Nueva de Jesucristo, por la que Dios hace «nuevas todas las cosas» (Ap 21,5), también es capaz de redimir las relaciones entre los hombres, incluida aquella entre un esclavo y su amo, destacando lo que ambos tienen en común: la filiación adoptiva y el vínculo de fraternidad en Cristo. El mismo Jesús dijo a sus discípulos: «Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15).

El nacimiento del Señor es el nacimiento de la paz

(Texto del papa san León Magno)

Aunque aquella infancia, que la majestad del Hijo de Dios se dignó hacer suya, tuvo como continuación la plenitud de una edad adulta, y, después del triunfo de su pasión y resurrección, todas las acciones de su estado de humildad, que el Señor asumió por nosotros, pertenecen ya al pasado, la festividad de hoy renueva ante nosotros los sagrados comienzos de Jesús, nacido de la Virgen María; de modo que, mientras adoramos el nacimiento de nuestro Salvador, resulta que estamos celebrando nuestro propio comienzo.

Efectivamente, la generación de Cristo es el comienzo del pueblo cristiano, y el nacimiento de la cabeza lo es al mismo tiempo del cuerpo.

Aunque cada uno de los que llama el Señor a formar parte de su pueblo sea llamado en un tiempo determinado y aunque todos los hijos de la Iglesia hayan sido llamados cada uno en días distintos, con todo, la totalidad de los fieles, nacida en la fuente bautismal, ha nacido con Cristo en su nacimiento, del mismo modo que ha sido crucificada con Cristo en su pasión, ha sido resucitada en su resurrección y ha sido colocada a la derecha del Padre en su ascensión.

Cualquier hombre que cree -en cualquier parte del mundo-, y se regenera en Cristo, una vez interrumpido el camino de su vieja condición original, pasa a ser un nuevo hombre al renacer; y ya no pertenece a la ascendencia de su padre carnal, sino a la simiente del Salvador, que se hizo precisamente Hijo del hombre, para que nosotros pudiésemos llegar a ser hijos de Dios.

Pues si él no hubiera descendido hasta nosotros revestido de esta humilde condición, nadie hubiera logrado llegar hasta él por sus propios méritos.

Por eso, la misma magnitud del beneficio otorgado exige de nosotros una veneración proporcionada a la excelsitud de esta dádiva. Y, como el bienaventurado Apóstol nos enseña, no hemos recibido el espíritu de este mundo, sino el Espíritu que procede de Dios, a fin de que conozcamos lo que Dios nos ha otorgado; y el mismo Dios sólo acepta como culto piadoso el ofrecimiento de lo que él nos ha concedido.

¿Y qué podremos encontrar en el tesoro de la divina largueza tan adecuado al honor de la presente festividad como la paz, lo primero que los ángeles pregonaron en el nacimiento del Señor?

La paz es la que engendra los hijos de Dios, alimenta el amor y origina la unidad, es el descanso de los bienaventurados y la mansión de la eternidad. El fin propio de la paz y su fruto específico consiste en que se unan a Dios los que el mismo Señor separa del mundo.

Que los que no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios, ofrezcan, por tanto, al Padre la concordia que es propia de hijos pacíficos, y que todos los miembros de la adopción converjan hacia el Primogénito de la nueva creación, que vino a cumplir la voluntad del que le enviaba y no la suya: puesto que la gracia del Padre no adoptó como herederos a quienes se hallaban en discordia e incompatibilidad, sino a quienes amaban y sentían lo mismo. Los que han sido reformados de acuerdo con una sola imagen deben ser concordes en el espíritu.

El nacimiento del Señor es el nacimiento de la paz; y así dice el Apóstol: Él es nuestra paz; él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, ya que, tanto los judíos como los gentiles, por su medio podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu.

Lucas 12,49-53: La paz de Jesús es fruto de una lucha constante contra el mal


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
He venido a prender fuego en el mundo: ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!
¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. 
En adelante una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.

REFLEXIÓN (del rezo del Ángelus por el Papa Benedicto XVI el 19 de agosto del 2007):

En el evangelio de este domingo hay una expresión de Jesús que siempre atrae nuestra atención y hace falta comprenderla bien. Mientras va de camino hacia Jerusalén, donde le espera la muerte en cruz, Cristo dice a sus discípulos: "¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división". Y añade: "En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra" (Lc 12, 51-53).

Quien conozca, aunque sea mínimamente, el evangelio de Cristo, sabe que es un mensaje de paz por excelencia; Jesús mismo, como escribe san Pablo, "es nuestra paz" (Ef 2, 14), muerto y resucitado para derribar el muro de la enemistad e inaugurar el reino de Dios, que es amor, alegría y paz. ¿Cómo se explican, entonces, esas palabras suyas? ¿A qué se refiere el Señor cuando dice —según la redacción de san Lucas— que ha venido a traer la "división", o —según la redacción de san Mateo— la "espada"? (Mt 10, 34).

Esta expresión de Cristo significa que la paz que vino a traer no es sinónimo de simple ausencia de conflictos. Al contrario, la paz de Jesús es fruto de una lucha constante contra el mal. El combate que Jesús está decidido a librar no es contra hombres o poderes humanos, sino contra el enemigo de Dios y del hombre, contra Satanás. Quien quiera resistir a este enemigo permaneciendo fiel a Dios y al bien, debe afrontar necesariamente incomprensiones y a veces auténticas persecuciones.

Por eso, todos los que quieran seguir a Jesús y comprometerse sin componendas en favor de la verdad, deben saber que encontrarán oposiciones y se convertirán, sin buscarlo, en signo de división entre las personas, incluso en el seno de sus mismas familias. En efecto, el amor a los padres es un mandamiento sagrado, pero para vivirlo de modo auténtico no debe anteponerse jamás al amor a Dios y a Cristo. De este modo, siguiendo los pasos del Señor Jesús, los cristianos se convierten en "instrumentos de su paz", según la célebre expresión de san Francisco de Asís. No de una paz inconsistente y aparente, sino real, buscada con valentía y tenacidad en el esfuerzo diario por vencer el mal con el bien y pagando personalmente el precio que esto implica.

La Virgen María, Reina de la paz, compartió hasta el martirio del alma la lucha de su Hijo Jesús contra el Maligno, y sigue compartiéndola hasta el fin de los tiempos. Invoquemos su intercesión materna para que nos ayude a ser siempre testigos de la paz de Cristo, sin llegar jamás a componendas con el mal.

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Oración por la Paz

Del Papa Pablo VI
Señor, Dios de la paz,
Tu que creaste a los hombres para ser herederos de tu gloria.
Te bendecimos y agradecemos porque nos enviaste a Jesús, tu hijo muy amado.
Tu hiciste de Él, en el misterio de su Pascua, el realizador de nuestra salvación,
la fuente de toda paz, el lazo de toda fraternidad.
Te agradecemos por los deseos,
esfuerzos y realizaciones que tu Espíritu de paz suscitó en nuestros días,
para sustituir el odio por el amor, la desconfianza por la comprensión,
la indiferencia por la solidaridad.
Abre todavía mas nuestro espíritu y nuestro corazón
para las exigencias concretas del amor a todos nuestros hermanos,
para que seamos, cada vez más, artífices de la paz.
Acuérdate, oh Padre, de todos los que luchan,
sufren y mueren para el nacimiento de un mundo más fraterno.
Que para los hombres de todas las razas y lenguas
venga tu Reino de justicia, paz y amor. Amen.

Lucas 24,35-48: Paz a vosotros


En aquel tiempo contaban los discípulos lo que les había acontecido en el camino y cómo reconocieron a Jesús en el partir el pan. Mientras hablaban, se presentó Jesús en medio de sus discípulos y les dijo:

-Paz a vosotros.

Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. El les dijo:

-¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.

Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo:

-¿Tenéis ahí algo que comer?

Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. El lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo:

-Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí, tenía que cumplirse.

Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió:

-Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén.

REFLEXIÓN (de la homilía del Papa Benedicto XVI el 26 de abril de 2009):

En la página evangélica, san Lucas refiere una de las apariciones de Jesús resucitado. Precisamente al inicio del pasaje, el evangelista  comenta que los dos discípulos de Emaús, habiendo vuelto de prisa a Jerusalén, contaron a los Once cómo lo habían reconocido "al partir el pan" (Lc 24, 35). Y,  mientras estaban contando la extraordinaria experiencia de su encuentro con el Señor, él "se presentó en medio de ellos".

A causa de esta repentina  aparición, los Apóstoles se atemorizaron y asustaron hasta tal punto que Jesús, para tranquilizarlos y vencer cualquier titubeo y duda, les pidió que lo tocaran -no era una fantasma, sino un hombre de carne y hueso-, y después les pidió algo  para comer.

Una vez más, como había sucedido con los dos discípulos de Emaús, Cristo resucitado se manifiesta a los discípulos en la mesa, mientras come con los suyos, ayudándoles a comprender las Escrituras y a releer los acontecimientos de la  salvación a la luz de la Pascua. Les dice: "Es necesario que se cumpla todo lo  escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí". Y los  invita a mirar al futuro: "En su nombre se predicará la conversión y el perdón de los  pecados a todos los pueblos".

Toda comunidad revive esta misma experiencia en la celebración eucarística,  especialmente en la dominical. La Eucaristía, lugar privilegiado en el que la Iglesia  reconoce "al autor de la vida", es "la fracción del pan", como se llama en los Hechos de los Apóstoles. En ella, mediante la fe, entramos en  comunión con Cristo, que es "sacerdote, víctima y altar" y está en medio de nosotros. En torno a él nos reunimos para recordar sus palabras y los acontecimientos contenidos en la Escritura; revivimos su pasión, muerte y  resurrección.

Al celebrar la Eucaristía, comulgamos a Cristo, víctima de expiación, y de él recibimos perdón y vida. ¿Qué sería de nuestra vida de cristianos sin la Eucaristía? La Eucaristía es la  herencia perpetua y viva que nos dejó el Señor en el sacramento de su Cuerpo y su Sangre, en el que debemos reflexionar y profundizar constantemente para que, como afirmó el venerado Papa Pablo VI, pueda "imprimir su inagotable eficacia en  todos los días de nuestra vida mortal".

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Las virtudes

(Del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica)

¿Qué es la virtud?

La virtud es una disposición habitual y firme para hacer el bien: «El fin de una vida virtuosa consiste en llegar a ser semejante a Dios» (San Gregorio de Nisa). Hay virtudes humanas y virtudes teologales.

¿Qué son las virtudes humanas?

Las virtudes humanas son perfecciones habituales y estables del entendimiento y de la voluntad, que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestra conducta en conformidad con la razón y la fe. Adquiridas y fortalecidas por medio de actos moralmente buenos y reiterados, son purificadas y elevadas por la gracia divina.

¿Cuáles son las principales virtudes humanas?

Las principales virtudes humanas son las denominadas cardinales, que agrupan a todas las demás y constituyen las bases de la vida virtuosa. Son la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza.

¿Qué es la prudencia?

La prudencia dispone la razón a discernir, en cada circunstancia, nuestro verdadero bien y a elegir los medios adecuados para realizarlo. Es guía de las demás virtudes, indicándoles su regla y medida.

¿Qué es la justicia?

La justicia consiste en la constante y firme voluntad de dar a los demás lo que les es debido. La justicia para con Dios se llama «virtud de la religión».

¿Qué es la fortaleza?

La fortaleza asegura la firmeza en las dificultades y la constancia en la búsqueda del bien, llegando incluso a la capacidad de aceptar el eventual sacrificio de la propia vida por una causa justa.

¿Qué es la templanza?

La templanza modera la atracción de los placeres, asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados.

¿Qué son las virtudes teologales?

Las virtudes teologales son las que tienen como origen, motivo y objeto inmediato a Dios mismo. Infusas en el hombre con la gracia santificante, nos hacen capaces de vivir en relación con la Santísima Trinidad, y fundamentan y animan la acción moral del cristiano, vivificando las virtudes humanas. Son la garantía de la presencia y de la acción del Espíritu Santo en las facultades del ser humano.

¿Cuáles son las virtudes teologales?

Las virtudes teologales son la fe, la esperanza y la caridad.

¿Qué es la fe?

La fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha revelado, y que la Iglesia nos propone creer, dado que Dios es la Verdad misma. Por la fe, el hombre se abandona libremente a Dios; por ello, el que cree trata de conocer y hacer la voluntad de Dios, ya que «la fe actúa por la caridad» (Ga 5, 6).

¿Qué es la esperanza?

La esperanza es la virtud teologal por la que deseamos y esperamos de Dios la vida eterna como nuestra felicidad, confiando en las promesas de Cristo, y apoyándonos en la ayuda de la gracia del Espíritu Santo para merecerla y perseverar hasta el fin de nuestra vida terrena.

¿Qué es la caridad?

La caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor a Dios. Jesús hace de ella el mandamiento nuevo, la plenitud de la Ley. Ella es «el vínculo de la perfección» (Col 3, 14) y el fundamento de las demás virtudes, a las que anima, inspira y ordena: sin ella «no soy nada» y «nada me aprovecha» (1 Co 13, 2-3).

¿Qué son los dones del Espíritu Santo?

Los dones del Espíritu Santo son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir las inspiraciones divinas. Son siete: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios.

¿Qué son los frutos del Espíritu Santo?

Los frutos del Espíritu Santo son perfecciones plasmadas en nosotros como primicias de la gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera doce: «caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia y castidad» (Ga 5, 22-23 [Vulgata]).

Oración de San Francisco de Asís

Oh, Señor, hazme un instrumento de Tu Paz .

Donde hay odio, que lleve yo el Amor.
Donde haya ofensa, que lleve yo el Perdón.
Donde haya discordia, que lleve yo la Unión. 
Donde haya duda, que lleve yo la Fe.
Donde haya error, que lleve yo la Verdad.
Donde haya desesperación, que lleve yo la Alegría.
Donde haya tinieblas, que lleve yo la Luz.

Oh, Maestro, haced que yo no busque tanto
ser consolado, sino consolar;
ser comprendido, sino comprender;
ser amado, como amar.

Porque es:
Dando , que se recibe;
Perdonando, que se es perdonado;
Muriendo, que se resucita a la
Vida Eterna.

Mateo 14,22-33: Paz en la tormenta


Después que se sació la gente, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla mientras él despedía a la gente. Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo. Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. De madrugada se les acercó Jesús andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo en seguida:

-¡Animo, soy yo, no tengáis miedo!

Pedro le contestó:

-Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.

El le dijo:

-Ven.

Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:

-Señor, sálvame.

En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:

-¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?

En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo:

-Realmente eres Hijo de Dios.

REFLEXIÓN:

Luego de enseñar a sus discípulos en la multiplicación de los panes que compartiendo es posible saciar el hambre de los demás, Jesús se queda a orar a solas tras haberlos despachado en la barca. Para ello, el Señor sube al monte a entrar en contacto con el Padre y recibir fortaleza para su misión.

Retirarse a orar había sido la idea original de Jesús para ese día, luego de haberse enterado de la muerte de Juan el Bautista; intención que fue inicialmente frustrada por una acción más imperiosa: compadecerse y curar a los enfermos de la muchedumbre que se le adelantó al lugar en que él solía acudir para practicar la oración.

En el viaje de regreso de los discípulos, una tormenta estremece la barca con vientos tales que no puede avanzar. Las aguas, en la cultura judía de entonces, representaban la morada de fuerzas calamitosas y tenebrosas. En la oscuridad de la noche, que ha avanzado hasta la madrugada, el pánico se apodera de los ocupantes.

Es entonces que, en una manifestación de que su señorío está sobre las fuerzas de la naturaleza, aparece Jesús caminando sobre las aguas, aunque acrecentando el miedo de sus discípulos. Identificándose con el nombre divino "Yo Soy", Jesús conforta y anima a su atemorizado grupo.

En lo personal, situaciones particulares pueden tornarse vendavales, afectando nuestras relaciones familiares, en el trabajo, en la sociedad, y hasta en la misma Iglesia. Esto puede llevarnos a caer en la desesperación ante el eclipse total de Dios que podemos sentir en esas ocasiones. Es entonces que cada uno de nosotros puede verse retratado en el impetuoso Pedro a quien en medio de las tribulaciones su usual osadía y entusiasmo le llevan a tomar la iniciativa de pedir al Señor que le llame para acompañarle sobre las aguas turbulentas, pero que al ver que continuaba rodeado de las inseguridades y amenazas sucumbe por el miedo y la falta de fe.

La barca también representa la comunidad de los creyentes a la cual todos estamos llamados a pertenecer. Navegando en el frecuentemente hostil mar del mundo, la Iglesia es zarandeada por las inclemencias de los temporales que siempre atentan contra ella, incluidos los torbellinos generados en su propio interior. Sin embargo, ella puede siempre contar con la ayuda del Señor que ha expresado que las fuerzas del infierno no la podrán hundir.

Así como tendió la mano a Pedro y calmó olas y vientos en aquella ocasión, Jesús está dispuesto a auxiliarnos hoy. En él podemos hallar paz en medio de las tormentas que con frecuencia nos infunden temores, amenazan nuestra fe y pueden afectar tanto nuestra vida espiritual como la personal.

Habiendo sido salvados de los peligros del ventarrón y del oleaje, los discípulos han reforzado su incipiente fe y han concluido que Jesús es el Hijo de Dios. Nosotros que hemos sido beneficiados con un milagro mucho mayor, al ser salvados de la vorágine del pecado y de la muerte mediante la entrega del propio Jesús, estamos hoy llamados a proclamarle como nuestro Señor, sabiendo que en todo momento podemos contar con la seguridad de la calma y el viento suave que sólo se obtiene caminando en la santa presencia del Hijo de Dios.

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Mi paz les dejo, mi paz les doy

Juan 14,23-29

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he hablado ahora que estoy a vuestro lado; pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho. La Paz os dejo, mi Paz os doy: No os la doy como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: «Me voy y vuelvo a vuestro lado.» Si me amarais os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo.
REFLEXIÓN:

Las palabras dirigidas en este texto por Jesús a sus discípulos tienen un trasfondo de despedida. La jornada final de su misión en la tierra está a punto de empezar. A partir de entonces seguirían su Pasión y muerte en la cruz, las cuales serían coronadas con su resurrección. Este pasaje se inserta perfectamente aquí, en vista de que próximamente continuaremos con las celebraciones de la Ascensión y de Pentecostés.

Ciertamente que sus palabras son sobrias, pero no hay tristeza ni desesperanza en ellas. Ante lo que habría de continuar es hora de evitar intranquilidad y miedo. El Señor les transmite esperanza: el Hijo va al Padre, ese es un motivo de alegría.

El Señor orienta hablando con ternura. Amarle es guardar sus mandatos, que son tanto del Hijo como del Padre; ese acatamiento nos lleva a poder recibir el Espíritu Santo que el Padre envía en el nombre del Hijo. La llegada del Espíritu Santo, que en el texto de hoy se promete, completa la manifestación Trinitaria de Dios a su pueblo.

Pero sus palabras no son completamente comprendidas en ese momento; por eso la promesa del Paráclito; él sería quien auxiliaría para suplir la falta de entendimiento de parte de los discípulos.

Jesús  proporciona la mayor alegría que puede existir: la paz. Nos deja su paz, nos da su paz. Una paz tan grande que se manifiesta en la aceptación voluntaria de su dolorosa pasión, y en morir en la cruz por los pecados que él no cometió, pero a sabiendas que con el sacrificio pascual nos daba su paz.

Esa paz que tanto necesita la sociedad en la actualidad es también dejada y dada a cada uno de nosotros en el día de hoy. Recibámosla con alegría, y a la vez convirtámonos en mensajeros de ella, con la certeza de que sólo Dios proporciona la paz!!!

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