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La Sagrada familia: una familia probada. Modelo a seguir por la nuestra


Aunque familia ejemplar, ¡cuántas pruebas tuvo que pasar el santo trío familiar compuesto por José y María como padres, y Jesús como centro y divino brote en retoño!

En ellos se cumplía perfectamente lo establecido en las Sagradas Escrituras sobre la responsabilidad del padre de la familia, la autoridad de ambos padres sobre la prole, y la mandada sumisión obediente de ésta última respecto a los primeros.

En efecto, José, tras su dubitativo momento de confusión inicial al enterarse del estado de gravidez de María, sin su participación, aceptó la encomienda divina acoger a su esposa y aceptar la encomienda divina de ser padre de la criatura que ya estaba en el vientre de ella por obra del Espíritu Santo. Se tomó esa encomienda como un padre ejemplar, siendo a la vez proveedor, protector y educador. Así, cuando hubo que buscar, buscó; como lo hizo con el portal de Belén y el avituallamiento requerido; protector excelente, guiado por Dios; en un ambiente hostil y con tantos contrarios: la huída a Egipto es un ejemplo de ejecución magistral; y educador que supo transmitir conocimientos de supervivencia como la artesanía de la madera que ejecutaba con habilidad; pero también corrigiendo cuando las cosas se salían, a su entender, del cauce esperado, como en el episodio del niño hallado en el Templo.

María, ¿qué decir?; sería poco lo que pudiéramos expresar respecto a sus cualidades de madre ejemplar: callada, siempre a la escucha, consciente del papel que el Ángel le comunicó que se le había asignado, conocedora de la misión divina de su Hijo, y a la espera de que llegara el momento del arranque, en Caná de Galilea, para darle el empujón inicial al Salvador. Su "hágase" constituye el "si" más esperado y celebrado en la historia de la humanidad. No tuvo reparos en aceptar su encargo a pesar de los grande riesgos y sufrimientos que le acarrearían. La gran tarea de educadora en el orden espiritual tuvieron que haber recaído sobre ella, por el mayor tiempo de contacto que tiene siempre el hijo con la madre; su ejemplo de fe y oración debieron ser muy importantes en la educación del niño Jesús, quien, como humano, tenía que ser formado en la fe y cultura judía en que había nacido. José complementó perfectamente a María en esa educación de fe; la presentación en el Templo nos muestra la religiosidad familiar de ellos.

No obstante de su papel sagrado, este familia tuvo que soportar grandes pruebas en todos los órdenes que contradicen la tendencia a suponer que todo era color de rosas en el desempeño funcional de este grupo. Empezando por la duda inicia de José que ponía en peligro la ejecución del proyecto divino y las consecuencias que eso traería sobre la joven doncella que estaba embarazada, y con probable rechazo del novio, en peligro de muerte. Los problemas económicos y de sustento tienen que haber aparecido inmediatamente la incipiente familia tiene que trasladarse a ser censada en la región de Judea; José tuvo que prescindir de la generación de recursos para poder cumplir ese mandato. La persecución de Herodes constituyó un riesgo de muerte para el hijo de la familia, y las dificultades inherentes a tener que irse a procurar sustento en tierras lejanas y extrañas. Así fue el devenir de esa familia, con pruebas tras pruebas; el niño perdido en el templo es tan sólo una más, que aunque indica aceptación, por parte de Jesús, de la corrección que le hacen sus padres, no deja de expresar las habituales dificultades en las comunicaciones generacionales existentes entre los seres humanos, de manera especial entre padres e hijos.

Nosotros en nuestros días nos quejamos, y muchas veces consideramos insalvables, las pruebas que confrontamos. Si el centro de nuestras familias fuera Jesús, y nuestra meta fuera lo ofrecido por Él, podríamos sobrellevar y vencer esas situaciones con menos dificultad. Sea, pues, la Sagrada Familia el ejemplo y la guía de nuestros respectivos hogares. Que así sea.

La presentación de la esperada Luz


Podríamos decir que el Tiempo de Navidad nos ha presentado tres epifanías: el día de Navidad, además de María y José, han contemplado la llegada del niño Dios unos humildes pastores, símbolo de los humildes y sencillos del pueblo de Israel, a quienes los ángeles le han anunciado lo que recién acababa de acontecer en el portal de Belén; luego unos magos de oriente, símbolo de los pueblos paganos del mundo, han podido ver, fruto de su perseverante búsqueda, al recién nacido yaciendo en el pesebre; y finalizamos ese Tiempo Litúrgico con una epifanía Trinitaria en el Jordán cuando Jesús es bautizado por Juan el Bautista.

A poco de haber entrado el Tiempo Ordinario tenemos otra manifestación (que es el significado del término epifanía); ahora a la religiosidad del pueblo de Israel: es la Presentación del Señor en el Templo.

Este episodio acontece a los cuarenta días del nacimiento de Jesús, cumpliendo una indicación veterotestamentaria para la presentación de los primogénitos.

Es una festividad dual; se refiere, además del inmenso acontecimiento relacionado con el niño Dios, al cual nos referiremos principalmente, también a la purificación postparto de María, quien por ser cumplidora y por su indiscutible humildad se somete a un ritual innecesario para quien fue fecundada virginalmente por el Espíritu Santo y dio a la luz  a su Hijo del mismo modo.

En efecto, es una epifanía donde es presentado el Señor en la sede religiosa judía en una ceremonia donde las ofrendas materiales que se entregan como sacrificio son humildes: dos pichones. La gran luz profetizada al pueblo de Israel ha llegado como un sencillo bebé. Algo más de tres décadas después Él se entregará a sí mismo en ofrenda de sacrificio luminoso y salvífico por toda la humanidad de todos los tiempos. ¡Que contraste respecto a la primera ofrenda!

Cabe resaltar que no obstante ser éste un episodio ritual, los oficiantes litúrgicos del mismo no adquieren principalía; a quienes resalta el texto del capítulo 2 del Evangelio según san Lucas en los versículos 22 al 40, además del divino trío de Jesús, María y José, son unos humildes personajes practicantes de la fe en el único Dios.

Porque esa Luz que entraba en el Templo, tenue e inapreciable para muchos en ese entonces, puede ser distinguida por dos devotos cumplidores de la religiosidad y de edad avanzada: Simeón, hombre honrado y piadoso cuya vejez presumimos al leer sus palabras de despedida conforme al haber visto al Señor "Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz", y Ana, una anciana de 84 años de perenne asiduidad en el Templo.

Ambos son símbolo de las personas que con devoción mantienen su fe esperanzada. Ellos logran ver la luz que los demás en el Templo no consiguieron ver; y no se limitan tan sólo a verla sino que la anuncian a los demás. Simeón con su cántico profético "...mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones, y gloria de tu pueblo, Israel"; Ana, que "no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones", por su parte, "...daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel".

Hoy podemos hacer que se hagan actuales, en nosotros, las palabras del Salmo que anuncian que va a entrar el Rey de la Gloria. ¡Abramos los portones, alcemos los dinteles!, porque el Señor, Jesús de Nazaret, el anunciado Cristo, es el Señor, el Rey de la gloria. ¡Permitamos que entre en la vida de cada uno de nosotros!

Porque aquellos que mediante su fe son hoy capaces de apreciar la luz de Cristo presente en cada detalle de su vida y se atreven a darle gloria anunciando a viva voz y con su modo de vivir al Señor sin temor, esa luz les brilla con intensidad permanentemente sin importar las adversidades y vendavales que la intenten apagar. Esos son los esperanzados, los valientes Simeón y Ana de la actualidad; ¡a los que son como ellos, esa luz siempre les iluminará!

Nos ayude Dios con su Santo Espíritu a actuar siempre como ellos y a convertirnos en testigos, en espejos que reflejen la gran luz de Jesucristo que hemos recibido como bautizados que somos, para así nosotros poder ayudar a iluminar las tinieblas de nuestro tiempo. Amén.

La siembra


El terreno tiene que ser apto, estar dispuesto a recibir la semilla a ser sembrada en él; si es pedregoso o, en general, de escasas condiciones para el cultivo, vano podría ser el intento.

Es necesario preparar la tierra, es decir: limpiar, arar, abonar, para luego sembrar. Incluso, después de la siembra, se requiere el esfuerzo de continuar con el cuidado del espacio ya sembrado con reguío, abono y mantener fuera las malas hierbas indeseadas que podrían "ahogar" lo ya sembrado; además eliminar y apartar las plagas que podrían arruinar todo el empeño y trabajo ya efectuado.

En resumen el campo a sembrar requiere estar en buenas condiciones para que el cultivo alcance el objetivo esperado.

Es eso lo que ha tenido en cuenta el Señor cuando formula y explica maravillosamente la parábola del sembrador como enseñanza a sus oyentes de entonces y a nosotros que la estudiamos hoy. La Palabra de salvación, el anuncio de la buena noticia de salvación ha sido dada a conocer, y nos dice el Señor que es semilla de vida.

Puede ser que causas externas hayan influido a determinar el estado en que estamos en la actualidad, pero somos nosotros mismos quienes decidimos el tipo de suelo y la capacidad de producción a que queremos llegar, pues en el interior de cada uno de nosotros hay terrenos contentivos de difíciles limitaciones: alejados y ubicados en el camino donde el andar humano estropea el crecimiento, pedregosos con poca profundidad de la tierra fértil, y hasta plagados de hierba mala que estropean el crecimiento de la simiente.

Pero el deseo de cambio nos puede llevar a un trabajo de reingeniería de nuestro campo de siembra que puede transformarlo de erial o terreno de baja producción a una finca modelo cuyo rango de productividad puede ir desde medio hasta excelente. Ese proceso se llama conversión y su eficacia depende de cada uno de nosotros y de nadie mas.

A veces el desinterés, otras veces la indiferencia, alguna otra la distracción, no pocas veces la huella del pasado; todas esas causas, y otras más, producto de la insuficiente conversión o interés de llegar a ella, son causas para que no se reciba la Palabra de Dios adecuadamente. Escojamos, limpiemos y preparemos el lugar apropiado para la siembra en nuestro interior.

Acojamos, pues la Palabra de Dios, verdadera simiente de vida, con corazón de fe y espíritu de conversión real para que pueda producir en nuestra vida, no el treinta, ni el sesenta, sino el ciento por uno. Que así sea.

Invitados al arranque


Más que decidido a clarear la tierra, sale el sol a propagar su necesaria luz en medio de la obscuridad total de una prolongada y torturante noche; es entonces que invita a apagados cuerpos a convertirse en espejos y a acompañarlo para que siendo reflectores de él lleguen así a ser luminarias brillantes que a su vez difundan y multipliquen la luz recibida por todos los rincones.

Me refiero a Jesús, el salvador, y al momento del arranque de su prédica evangélica; porque como se había profetizado (Isaías 9,1): "El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz: sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz". Y no es una luz cualquiera, ni tan sólo una luz; es la verdadera Luz, la luz salvadora portadora de la Verdad.

Luego de encarnarse, al asumir la naturaleza humana se dirige a los "comunes", a los sencillos; y en la cultura de la región geográfica que se seleccionó para este acontecimiento ubica a laboriosos hombres que estén dispuestos a asumir un nuevo papel en el desarrollo de su vida. Eran sencillos hombres de actividades manuales, en su mayoría. Los primeros eran pescadores. La invitación es a abandonar sus ocupaciones y a seguirlo asumiendo una nueva función: ser pescadores de hombres.

Esa Luz continúa y continuará brillando por siempre; y se requiere que los seres humanos de cada época sigan contribuyendo a mostrar su esplendor. Quiere Dios que también nosotros, que lamentablemente con nuestros pecados hemos contribuído a apagar algunas extensiones de luces y a alejar a algunos de los peces procurados, seamos partícipes de la novedad reivindicadora de la salvación de la humanidad en Cristo Jesús, salvador y redentor nuestro.

Nuestra aceptación, como la de aquellos primeros, habrá de ser hoy vista con agrado por el Padre del cielo, pero tiene que ser como la de ellos: decidida e inmediata, y sin importar lo que haya de ser dejado a un lado o detrás. Digamos, pues, sí a esta invitación y participemos de un nuevo arranque evangelizador convirtiéndonos en espejos de la luz de Cristo y en pescadores de hombres; poniendo en manos del Señor nuestro empeño sin buscar excusas como limitadas capacidades o falta de tiempo, y mas bien respondamos con una mejorada forma de ser y de actuar. Que así sea.

Bautismo: La fiesta de graduación del Señor


El Bautismo del Señor marca el fin de la etapa de preparación del Señor para iniciar la ejecución de su misión. Es como si fuera la conclusión completa de los estudios básicos esenciales, incluyendo los tiempos de pasantía con que un esforzado estudiante obtiene el visto bueno que lo certifica de que está hábil para ejercer aquello que por un largo tiempo le ha tomado el esfuerzo, dedicación y preparación.

Jesús vivió con intensidad cada etapa de su vida y esperaba con ansias que llegara la siguiente. Recordemos que siendo todavía un niño, al ser encontrado en el Templo luego de estar desaparecido por unos días le responde a María y José: "¿No saben que debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?" ; y ya prácticamente camino a la consumación de su misión en Jerusalén dice a sus discípulos: "Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo". Es decir deseaba con ansiedad que cada fase de su misión iniciara y transcurriera para lograr prontamente el encargo que el Padre le había asignado.

En ese sentido, su Bautismo es la fiesta de graduación; es el culmen de la preparación para el lanzamiento de la ejecución del trabajo de campo, del ejercicio del oficio para el cual se había estado preparando.

Está presente en esa fiesta el padrino de la graduación, que es a la vez el maestro de ceremonias: Juan el Bautista. Ha esperado presenciar este momento y considera que el graduando está tan preparado que los papeles entre ellos en el acto están invertidos en cuanto a quién bautiza a quién. Su ritual es de conversión y dirigido a los pecadores; y en este caso es aplicado a quien no ha pecado ni necesita ser convertido, considera. Tiene que ser así, le dice con humildad el que está siendo investido.

Simultáneamente con el sello característico de la graduación que le imprime la manifestación del Espíritu Santo, el Supremo Rector del magno evento pronuncia las palabras solemnes: "Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto", manifestando con ellas la esencia, grandeza e importancia del acontecimiento, y autorizando con ellas la puesta en práctica de las funciones que ese acto estaba confiriendo al investido con máximos e inigualables honores.

Para beneficio nuestro, las especializaciones, a modo de post grados obtenidos de forma autodidacta, y sus correspondientes graduaciones ocurrirían después, en sus momentos oportunos: en la cruz y en la resurrección; ambas fueron todavía más majestuosas que la que hemos comentado hoy, ya que eran su necesario complemento en el designio universal de salvación dispuesto por Dios.

Un anticipo de la gloria


Al leer un libro con alguna narración o ver alguna película cuya contenido nos parece interesante, siempre estamos extremadamente tentados a querer conocer el desenlace final pasando a ver el desarrollo de toda la trama y calmar nuestra curiosidad. Esta inclinación es más intensa cuando el ir venir de los sucesos de lo que podríamos llamar guión del relato es un altibajo contínuo que a veces da la sensación de que el final podría no ser tan positivo como desearíamos.

En cierto modo pareciera que la intención de Jesús en este episodio misterioso que llamamos el pasaje de la Transfiguración anda por esos rumbos.

Pero no exactamente es así; pues el propósito de Jesús no es calmar curiosidad, es más bien fortalecer la fe para amortiguar los desencantos que Él sabe que habrían de acontecer en los ánimos de aquellos que le habían seguido.

Por eso toma a su círculo más íntimo, diríamos a sus amigos más cercanos, para mostrarle no el capítulo final del relato sino su naturaleza gloriosa, el esplendor de la gloria eterna divina presente en Él, y a la que está encaminado a alcanzar nuevamente luego de su pasión, es decir, después de las contrariedades que su misión en la tierra implicaba.

En efecto, el camino de la cruz habría de producir una estampida de sus seguidores, incluyendo al principio a los mismos apóstoles.

Y es que Jesús comprende que está precisamente en el umbral de su pasión donde se encontrará con la realidad de la cruz que escandalizará a muchos como lo sigue haciendo, por la incomprensión, en el día de hoy. Ante esa realidad, sabe que mostrar algunas líneas del capítulo de la conclusión gloriosa de su misión, servirá de fortalecimiento en la fe de sus amigos que están participando como actores secundarios donde Él es el actor principal.

La transfiguración es, sin embargo, un avance bien minúsculo respecto a su grandeza, de la gloria que con ese camino habría de recibir el Señor; en su esplendor lo logran percibir Pedro, Santiago y Juan; en la visión, junto a Jesús, aparecen Moisés y Elías representando la Ley y los Profetas, es decir toda la palabra de Dios que ha precedido a la Palabra, al Verbo de Dios que se ha encarnado entre los hombres para ayudarles a vencer la sordera humana que les ha impedido comprender adecuadamente y poner en práctica el mensaje divino recibido.

Todo el ambiente que acompaña y transmite la Transfiguración del Señor impresiona y agrada tanto a este trío de espectadores que ha subido al monte con Jesús que quisieran no abandonar nunca ni el lugar ni el momento, permaneciendo en una contemplación estática

Es en ese éxtasis que Pedro, tratando de perpetuar el instante, le dice a Jesús: "Señor, ¡qué hermoso es estar aquí! Si quieres, haré tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías". Pero es momento de contemplar únicamente, actuar será después; por lo que recibe la respuesta del Padre: "Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escúchenlo", como una afirmación de la gloria que han presenciado,

Es que además de la contemplación de la gloria, la santa escucha es también tema central de este pasaje; escuchar y estar dispuesto a obedecer, como hizo Abraham ante el llamado recibido de Dios a abandonar su tierra y emprender la marcha hacia una promesa futura; a escuchar a la Palabra encarnada se le pide a los tres discípulos que han subido a la montaña junto a Jesús (al monte Tabor dice la tradición) y han contemplado el acontecimiento de la transfiguración del Señor.

El Padre del cielo ha hablado confirmando la naturaleza divina del Hijo, que en el Evangelio de las tentaciones del desierto el demonio ha pretendido sembrar la duda en el propio Jesús al decirle: "Si eres Hijo de Dios...". Ordena escuchar al Hijo amado, a su predilecto, el Logos preexistente a toda la creación y por quien todo fue hecho. Escuchar al Hijo es escuchar también al Padre.

Hoy, a todos nosotros, Cristo se sigue transfigurando también en la Palabra que se nos proclama, y se nos invita a la misma escucha a que fueron llamados los testigos de ese acontecimiento luminoso; se nos pide convertir su mensaje en nuestro; contemplar y escuchar a Jesús, sí; pero también, como a aquellos, a bajar de la montaña, abandonando la inmovilidad y llevar la Palabra de Dios a otros.

Como a Abraham se nos está diciendo: "Sal de tu tierra y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré"; se nos ha invitado tanto al camino de la conversión personal propia como a participar en la conversión de nuestros semejantes, pues se nos muestra a tantas personas que están necesitados del mensaje de la salvación. Se nos está invitando a que actuemos como Pablo requirió de Timoteo; como si nos estuviera exhortando en este momento a nosotros mismos: "Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según las fuerzas que Dios te dé".

Que, con la ayuda de Dios, que nos ha dado a Cristo como Salvador y a su Santo Espíritu, escuchemos hoy la santa Palabra que se nos proclama, y que podamos contemplar el resplandor de Cristo transfigurado en ella, y que reconociendo su verdad y grandeza estemos dispuestos a responder de una manera positiva y entusiasta a lo que su mensaje nos está pidiendo en este día a cada uno de nosotros. Amén.

Santidad


Si, perfectos, es decir, santos. Así quiere Dios que seamos. ¿Es fácil para nosotros?; ciertamente que no. Él lo sabe.

El recado del versículo 2 de capítulo 19 del Libro del Levítico, enviado por Dios, por medio de Moisés a los israelitas: "Habla en estos términos a toda la comunidad de Israel: Ustedes serán santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo", en principio puede ser juzgado por cualquiera como una meta inalcanzable; pero luego el mismo texto nos es explicado más adelante con submetas más aterrizadas a nuestra realidad y que pueden ser mejor entendidas y aplicadas paso a paso: no odiar de corazón, no guardar rencor, amar al prójimo,  corregir, etc. Se no da desde allí un esquema para poder emprender el camino a la perfección, es decir a la santidad.

Sin embargo, para un pueblo que estaba siendo conducido a un camino diferente al del resto de la humanidad muchas leyes tenían que ser dictadas para conducirlo a terreno seguro, evitando la contaminación por influencia e imitación reinante en la realidad de ese entonces. Así podría parecernos fuera del ideal de un Padre amoroso que se dictase una recomendación como el "ojo por ojo, diente por diente", sin embargo esa era, en aquella época, una avanzada de evitar entonces el usual abuso avasallante y destructivo del contrario: la respuesta debía ser sólo, y no más que, de una magnitud proporcional al daño que se había recibido.

Sin embargo, ese conjunto de normas intentó ser aplicado tan sólo como precepto donde el sentimiento del corazón no contaba; sólo era importante la letra.

Jesús viene varios siglos después no a abolir, sinó a a darle correcta interpretación a esas leyes y mandatos que deben conducirnos alcanzar el llamado a la perfección, a la santidad. Ese camino se nos expresa, en el Sermón de la montaña, a modo de una actualización a la interpretación diciendo; El Señor nos dice con autoridad: "Está mandado...; pues yo les digo...", también: "Han oído que se dijo...; yo en cambio le digo..." en ambos casos contraponiendo a la letra aislada, pura y simple, la misericordia y el amor que no puede faltar en ella.

Con ese nuevo enfoque, Jesús reorienta el amor al prójimo. El amor de que nos habla es ya no sólo al pariente o al compueblano; es a todo el mundo, incluyendo no sólo al que no conocemos, sino también al enemigo, al que nos ofende, al que no le caemos, o no nos cae él a nosotros, bien.

¿Es fácil? Claro que para nosotros no lo es. ¿Podemos hacerlo con nuestras propias fuerzas? Por supuesto que no.

Pero Jesús nos ha dado su Santo Espíritu, el Espíritu de su Padre que hemos recibido en el Sacramento Bautismal y que renovamos y reforzamos cada vez que lo pedimos con ansias y fe. Somos Templo del Espíritu Santo, nos dice san Pablo en la Primera Carta a los Corintios; ese Espíritu nos lleva a actuar como Cristo. Así pudo san Esteban perdonar a sus verdugos a imitación de Cristo; así tantos otros santos y modelo de santidad han podido atravesar ese sendero. Dios nos ama a sabiendas de nuestros pecados y ofensas, si tenemos su Espíritu en nosotros, ¿por qué no perdonar a los que nos ofenden?, ¿por qué no amar a todos como Él nos ama a nosotros?

Ese es el camino de la perfección, el sendero de la santidad: imitar a Cristo; fortalecidos con su Espíritu Santo siempre caminar procurando practicar el amor y la justicia. Como he dicho en otras ocasiones: ante las disyuntivas y decisiones, siempre preguntarnos ¿qué haría Cristo en una situación como esta?, y actuar de acuerdo a lo que hemos aprendido de Él. Así seremos como quiere Jesús que seamos: perfectos, santos, como su Padre que Él, con su propio sacrificio, ha hecho también Padre nuestro. Amén.

Ni desabridos ni apagados


Jesús nos ha dicho: "Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una vela para meterla debajo del celemín sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así la luz de ustedes a los hombres para que vean sus buenas obras y den gloria a su Padre que está en el cielo" (Mateo 5,13-16).

Dos símbolos bien interesantes, para instruirnos, utiliza nuestro Señor en esas palabras: sal y luz.

Los habitantes de la tierra son el asado y quienes lleven a ellos la buena noticia de la salvación otorgada por Cristo son el condimento necesitado por éste; pero existen muchas zonas que están faltas del adecuado sazón, algunas desabridas en grado extremo, pues, sin Jesús, nada sabe bien; Nos corresponde a nosotros cumplir con nuestra función de ser los aderezadores de la tierra; entonces no podemos ser desabridos sin capacidad de comunicar ese gusto del amor cristiano, pues el soso mundo está necesitado del delicioso sabor a Cristo; y, si no podemos desempeñar esa función asignada, se nos va a tirar fuera como desecho inútil.

Algo parecido acontece con la luz; ésta es imprescindible en la vida; por la ayuda de ella podemos distinguir la realidad, orientarnos adecuadamente y seguir el camino correcto. Sin ella tropezamos y caemos, no podemos llegar al destino correcto, encontrándonos perdidos y lejos de donde pretendemos y anhelamos llegar. Muy necesaria que es la luz en todas partes.

Cristo es la verdadera y absoluta luz del mundo: "Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida" (Juan 8,12); siguiéndole a Ël asumimos su luz que cuando fuimos bautizados se nos concedió. Ya la poseemos y estamos llamados a ser iluminadores, espejos de su reluciente resplandor. Por tanto no podemos andar con la luz en los bolsillos, que no se vea, ni mucho menos dejarla guardada en el el armario o en algún estuche por ahí. Se espera de nosotros que la portemos visiblemente siempre, no sólo como historia, amuleto o adorno, sino como luz de auxilio al servicio de todo el mundo.

El profeta Isaías nos dice cómo ser potentes lámparas: "Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo, y no te cierres a tu propia carne. Entonces romperá tu luz como la aurora, en seguida te brotará la carne sana; te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor." (Isaías 58,7-8).

Y también a cada uno de nosotros nos dice Jesús que la manera como proyectamos o hacemos resplandecer la luz que portamos se manifiesta con las buenas obras que realicemos; es decir sin éstas en realidad no ha habido luz; de manera que la misericordia y la caridad, como expresión de amor, nos conducen a dar cumplimiento a la exhortación que en el día de hoy nos hace el Señor.

Entonces, querido hermanos, lejos de nosotros seguir actuando como desabridos y apagados donde se necesita y se está esperando por nuestra participación activa y nuestro ejemplo de vida. A partir de hoy vamos a ser verdaderamente sal de la tierra y luz del mundo. Amén.

Lucas 13,1-9: La conversión como fruto que lleva a la vida


En aquel tiempo, llegaron algunos que contaron a Jesús lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. Les respondió Jesús:
¿Piensan que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, se lo aseguro; y si ustedes no se convierten, todos perecerán del mismo modo. O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé matándolos, ¿piensan que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? No, se lo aseguro; y si ustedes no se convierten, todos perecerán del mismo modo. 
Les dijo esta parábola:
Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: "Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro; córtala; ¿para qué va a cansar la tierra?". Pero él le respondió: "Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas".
REFLEXIÓN:

No es, por parte de Jesús, una actitud de indiferencia a la tragedia de sangre que le fue contada al comienzo de este pasaje bíblico; más bien es utilizar ese y otro acontecimiento, al parecer bastante próximo al primero en el tiempo, para invitar a evitar la frecuente ligereza de pensamiento que relaciona la ocurrencia de males con la situación de pecado personal de las personas afectadas por ellos; y, lo más importante de todo, enfocar el desarrollo del tema a un llamado a la conversión.

Para ello, Jesús aprovecha la indignación provocada en sus oyentes ante esos casos de muertes horrendas para conducirlos a reflexionar acerca de la propia que acontecería si no hay conversión. La diferencia es que la muerte por ausencia de una conversión real es eterna.

Convertirse es volver a Dios. Volver, porque todos hemos salido de Él, y a Él estamos llamados a volver; incluso los que creen no haber estado nunca con Él. Es un camino que termina al cabo de nuestra vida terrena cuando alcanzamos la vida definitiva. Los signos de que estamos en esa ruta son los frutos de vida que estamos llamados a producir en nuestro diario vivir; es decir, las buenas obras.

La parábola de la higuera improductiva de la viña define claramente lo que pasaría si continuamos sin producir los frutos esperados de una vida en conversión; por fortuna nuestra el dueño de la viña nos ha puesto como viñador a su único Hijo que ha decidido abonar con su propia sangre la higuera estéril que simboliza la vida de cada uno de nosotros. Se nos ha dado este tiempo especial de gracia, el fertilizante está aplicado ya: produzcamos, pues, los frutos de la conversión.

Lucas 9,28b-36: gloria deslumbrante en la transfiguración


En aquel tiempo Jesús se llevó a Pedro, a Juan y a Santiago a lo alto de una montaña, para orar. Y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecieron con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y espabilándose vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús:
Maestro, qué hermoso es estar aquí. Haremos tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
No sabía lo que decía. Todavía estaba hablando cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía:
Este es mi Hijo, el escogido; escúchenlo.
Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

REFLEXIÓN:

Este acontecimiento de la transfiguración de Jesús ocurre ante los tres más íntimos de entre los doce cercanos discípulos denominados apóstoles. Las cosas de Dios son así, no se busca la bulliciosa espectacularidad multitudinaria, sino que procura la atención, la escucha y la comprensión del hecho por parte de los presentes; el relato a los ausentes ya tendrá su momento.

La tradición sitúa este pasaje en el monte Tabor, una elevación de la región de Galilea. Lo alto de la montaña es una figura bíblica que representa el camino y la cercanía al cielo, lugar de contacto con Dios. A un monte subieron en sus épocas tanto Moisés como Elías para sus respectivos encuentros con Yahveh; son precisamente estos dos personajes los que aparecen al lado de Jesús en este texto formando con Él un trío radiante de luminosidad gloriosa.

El fortalecimiento en la fe para sus amigos es el objetivo de Jesús; vienen tiempos de difíciles pruebas para todos: el apresamiento, la vejación, la cruz y la muerte para Jesús; en tanto que para los discípulos les llega la decepción y frustración, el abandono, temor y estampida; ante tantas cosas que lucen negativas hay que mostrar un adelanto de lo bueno.

La muestra que les fue dada a los tres discípulos fue bien abundante y quedaron extasiados al contemplar la gloria del Señor y de sus dos acompañantes del Antiguo Testamento; no querían abandonar el lugar y hubieran preferido quedarse allí con ellos por siempre. Pero había que continuar y la instrucción de marcha le correspondía al Verbo, a Jesús; por eso el mandato de Dios: Este es mi Hijo, el escogido; escúchenlo.

Hoy también nosotros tenemos que reconocer a Jesús como el Hijo de Dios que nos ha salvado y escuchar cuanto nos ha dicho con su Palabra que nos sigue hablando; ser capaces de contemplarlo transfigurado en la Eucaristía y extasiarnos en ella de tal modo que seamos capaces de convertir nuestro corazón en una choza capaz de albergarlo a Él para así poder pedirle que se quede en ella y que permanezcamos felizmente en el éxtasis de ser deslumbrados por su gloria eternamente.

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Lucas 4,1-13: Las tentaciones del demonio a Jesús en el desierto


En aquel tiempo, Jesús, lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jordán, y era conducido por el Espíritu en el desierto, durante cuarenta días, tentado por el diablo. No comió nada en aquellos días y, al cabo de ellos, sintió hambre. Entonces el diablo le dijo:
Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan.
Jesús le respondió:
Esta escrito: ‘No sólo de pan vive el hombre’.
Llevándole a una altura le mostró en un instante todos los reinos de la tierra; y le dijo el diablo:
Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero. Si, pues, me adoras, toda será tuya.
Jesús le respondió:
Está escrito: ‘Adorarás al Señor tu Dios y sólo a Él darás culto’.
Le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el alero del Templo, y le dijo:
Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo; porque está escrito: ‘A sus ángeles te encomendará para que te guarden’. Y: ‘En sus manos te llevarán para que no tropiece tu pie en piedra alguna’.
Jesús le respondió:
Está dicho: ‘No tentarás al Señor tu Dios’.
Acabada toda tentación, el diablo se alejó de Él hasta un tiempo oportuno.

REFLEXIÓN:

Luego de ser bautizado por Juan el Bautista en el Jordán y como preparación para el inicio de la fase pública de su misión, Jesús va al desierto en una especie de retiro reflexivo preparatorio en el cual el ayuno y el silencio facilitan su comunicación con su Padre Dios. Es el inicio del camino empinado y sinuoso que Él sabe ha venido a recorrer en el mundo, pero que el maligno también lo sabe; es por eso que este último, que está al acecho ante lo que que es una gran amenaza para él, trata de estropear el arranque de esa etapa del recorrido salvífico del Hijo de Dios.

Esas tentaciones no son las únicas que el demonio intentaría contra Jesús en ese trayecto que entonces iniciaba, por eso la conclusión del texto de hoy dice que el diablo se alejó de Él hasta un tiempo oportuno; las múltiples dificultades en el recorrido, como la animadversión de los destinatarios primarios del mensaje de Jesús y el intento de Pedro de apartarlo del camino de la cruz, son sólo un par de ejemplos de algunas de las tantas tentaciones que encontraría el Señor; en todo caso son tentaciones con las que también el demonio intenta en la actualidad apartarnos a nosotros de la ruta hacia Dios.

Si eres Hijo de Dios...

Dos de las tres tentaciones citadas en este pasaje comienzan con esta frase; es un intento del maligno de encontrar alguna debilidad en la naturaleza humana que existía en Jesús. Jesús es verdadero Dios, pero también era verdadero hombre; con esta frase el demonio intenta sembrar la duda o inseguridad en el Señor sobre su naturaleza divina, para ver si de ese modo conseguía apartarle de la misión salvadora.

...di a esta piedra que se convierta en pan

Tras un prolongado ayuno, el diablo ha detectado en Jesús una condición que intentará aprovechar en su ataque: el hambre. Esta es una tentación múltiple; si el Señor hubiese accedido a la insinuación perversa de actuar ejecutando un acto de magia en provecho propio, hubiese implicado, por una parte, el egoísmo de usar para su satisfacción lo que está destinado al bien de toda la humanidad y, por otra parte, hubiese sido una muestra de inconstancia e incapacidad de continuar en sus propósitos ante situaciones adversas.

La actitud de Jesús al desoír esta tentación y la respuesta dada de que no sólo de pan vive el hombre, nos invitan a no descuidar la oración, el pan espiritual de la Palabra de Dios y el de la Eucaristía en nuestra alimentación cotidiana, porque son más necesarios que el pan material para nuestra salvación.

Los reinos de la tierra

Ciertamente que el poder político, la grandeza social, la riqueza y posición económica, el prestigio personal y profesional proporcionan ubicaciones superiores en la escalera de desigualdades mundial, por lo que el demonio las utiliza con frecuencia como tentaciones que quienes caen en ellas se apartan por completo de Dios.

En el texto del pasaje, el diablo le ofrece los reinos de la tierra a Jesús a cambio de que se postre ante él, que lo haga su dios; su respuesta: ‘Adorarás al Señor tu Dios y sólo a Él darás culto’ debe ser también la respuesta nuestra ante las sutiles formas en que hoy se pretende separarnos de nuestro Padre del Cielo con distintos tipos de reinos que pretenden tomar el lugar de Dios en la vida de cada uno de nosotros.

Tentar a Dios

En la tentación final que aparece en el texto bíblico se pretende que Jesús obligue a su Padre a actuar en su defensa ante una necedad innecesaria; el Señor no cae en ella; de ese modo también nos enseña a nosotros que, aunque Dios quiere lo mejor para nosotros, no debemos intentar poner a prueba a Dios asumiendo riesgos innecesarios y exponiéndonos a peligros que puede aprovechar el demonio. Ante situaciones de ese tipo nuestra respuesta de acción debe ser la misma de Jesús: No tentarás al Señor tu Dios’.

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Lucas 6,39-45: Enseñanzas de vida


En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola:
¿Podrá un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo por encima del maestro. Todo discípulo que esté bien formado, será como su maestro. ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: ‘Hermano, deja que saque la brizna que hay en tu ojo’, no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna que hay en el ojo de tu hermano.
Porque no hay árbol bueno que dé fruto malo y, a la inversa, no hay árbol malo que dé fruto bueno. Cada árbol se conoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos, ni de la zarza se vendimian uvas. El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca lo bueno, y el malo, del malo saca lo malo. Porque de lo que rebosa el corazón habla su boca.
REFLEXIÓN:

Son enseñanzas de vida las que están formuladas en el texto evangélico de este día; el evangelista Lucas las reúne, conjuntamente con otras, en el llamado Sermón del llano, o de la llanura, que es su versión de lo que Mateo, a su vez, denomina Sermón del monte, o de la montaña; en ambos casos son normas sabias de vida que conducen al camino del bien pronunciadas por Jesús inmediatamente después de las bienaventuranzas.

Ciegos

Sin la luz de Cristo, eso somos: ciegos. Porque miramos sin ver y vemos lo que no tenemos que ver; en tanto que lo que sí nos corresponde y conviene ver, aun mirándolo y estar conscientes de que es real, lo ignoramos. En esencia, eso es ser invidente; pero en esas condiciones pretendemos convertirnos en maestros conductores y correctores, especialistas en detectar faltas, al considerarnos expertos que podemos aconsejar a los demás; claro, sin corregir previamente las faltas nuestras. Es esto lo que nos dice Jesús en la primera enseñanza de vida que formula en este texto.

El colirio de Cristo, cuyos ingredientes activos son su Palabra y el Espíritu Santo nos haga ver, sanando nuestra consciente ceguera.

Árbol bueno, fruto bueno

Hemos sido sembrados con buena semilla y por un buen sembrador; el proyecto en su inicio fue de árboles buenos que produjesen buenos frutos; así nacemos. Los nutrientes tóxicos que ingieren nuestras raíces, los aires venenosos que nuestras hojas y ramas procuran y los injertos pecaminosos que nos plantamos nosotros mismos, son los que transforman el propósito original, convirtiéndonos en árboles malos que necesariamente producirán frutos malos.

Tenemos que descontaminar por completo nuestro entorno y cambiar el aire y los nutrientes que nos alimentan, conjuntamente con una buena poda que extirpe desde el tronco los crecidos injertos que ya están produciendo los malos frutos, para sanar por completo nuestro interior y permitir que lo bueno vuelva a crecer y así poder dar los frutos que se esperan de cada uno de nosotros.

Lucas 6,27-38: Actuar como Jesús y el Padre del cielo


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
A los que me escuchan les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen, oren por los que los injurian.
Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, déjale también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.
Traten a los demás como quieren que ellos los traten. Pues, si aman sólo a los que los aman, ¿qué mérito tienen? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacen bien sólo a los que les hacen bien, ¿qué mérito tienen? También los pecadores lo hacen.
Y si prestan sólo cuando esperan cobrar, ¿qué mérito tienen? También los pecadores prestan a otros pecadores con intención de cobrárselo.
¡No! Amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada: tendrán un gran premio y serán hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos.
Sean compasivos como su Padre es compasivo; no juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados; den y se les dará: les verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante.
La medida que usen la usarán con ustedes.
REFLEXIÓN:

Luego de las bienaventuranzas, en su redacción evangélica, Lucas continúa con el resto del Sermón del llano donde Jesús expone a sus discípulos temas medulares de su doctrina. El impacto  que produjo entonces, por la novedad y radicalidad del contenido, sigue hoy tan vigente como entonces.

Amar, hacer el bien, bendecir, y hasta orar por el que nos ha agredido de hecho o intención continúa sin ser una tarea de fácil ejecución. Y es que Jesús no nos está pidiendo que dejemos eso como si no hubiera sucedido y que lo ignoremos. ¡No! Él nos está diciendo claramente que perdonemos y que amemos a quien nos ofende. Porque ocurre que ante la ofensa, la respuesta clásica ha sido otra ofensa; por eso siguen existiendo las enemistades, los pleitos y las guerras donde al final, sin la propuesta de Jesús, no queda paz aunque haya una de las partes que sea considerada vencedora.

Como enseñanza para el aprendizaje de todos nosotros que, al considerarnos cristianos, somos alumnos de Jesús, Él otorga en el momento culmen de su misión un alivio a la pena de sus verdugos, pidiendo a su Padre del cielo que les perdone esas acciones porque entendía que no sabían lo que estaban haciendo. Al paso del tiempo, en distintas épocas, ha habido muchos cristianos que han seguido ese pedido de Jesús, comenzando con el diácono Esteban, primer mártir y que utilizó la misma expresión de Cristo para sus agresores; esta lista incluye personajes casi contemporáneos nuestros como el san Juan Pablo II cuando visitó en la cárcel y perdonó a quien había intentado asesinarle al herirlo gravemente.

En esencia lo que nos pide Jesús es optar por un estilo de vida que le imite; que actuemos como Él, como su Padre; siendo desprendidos en lo material y en lo afectivo, de modo que tanto el amor como la compasión sean la clave de nuestra forma de ser y actuar, para que sea esa la misma medida que sea usada con nosotros cuando acudamos al final de nuestros días en la tierra al encuentro con Dios.

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Lucas 6,17.20-26: Dichas y desdichas


En aquel tiempo, Jesús bajó de la montaña y se detuvo con sus discípulos en un paraje llano; había una gran multitud de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón. Y Él, alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: 
Bienaventurados los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios. Bienaventurados los que tienen hambre ahora, porque serán saciados. Bienaventurados los que lloran ahora, porque reirán. Bienaventurados serán cuando los hombres les odien, cuando les expulsen, les injurien y proscriban su nombre como malo, por causa del Hijo del hombre. Alégrense ese día y salten de gozo, que su recompensa será grande en el cielo. Pues de ese modo trataban sus padres a los profetas. 
Pero ¡ay de ustedes, los ricos!, porque han recibido su consuelo. ¡Ay de ustedes, los que ahora están hartos!, porque tendrán hambre. ¡Ay de los que ríen ahora!, porque tendrán aflicción y llanto. ¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de ustedes!, pues de ese modo trataban sus padres a los falsos profetas».
REFLEXIÓN:

Ese descenso de Jesús desde la montaña con que comienza el texto del Evangelio de este domingo nos remite a la función intrínseca del Hijo de Dios: Él es el Logos, la Palabra que ha venido al mundo al encarnarse; ha bajado a nosotros y nos ha hablado. Con su hablar anuncia y denuncia; anuncia el bien, el camino a seguir; denuncia el mal, el camino que se ha de evitar. Esos caminos no son geográficos sino actitudinales; se trazan, se siguen o se eluden con nuestros comportamientos y formas de ser y actuar en la vida.

El texto ha sido llamado por mucho como las bienaventuranzas, el camino bueno; pero también incluye las que podríamos llamar malaventuranzas, el camino malo, como advertencias formuladas en un conjunto de ayes. Es decir se incluyen loas a las dichas y amonestaciones o condenas a las desdichas.

Claro está que los parámetros de Dios y los del mundo para evaluar las dichas y desdichas son opuestos. Nuestras sociedad ciertamente encontrará que dichoso es el que tiene abundancia de bienes, harta la panza, y que ríe a carcajadas por la fama y poder que le proporcionan la posición política, social o económica que ostenta. El problema es que quien se encuentra en esa situación fácilmente ignora al verdadero Dios al olvidarse de los que no se encuentran en la misma situación que él; y si dice creer en Dios, realmente es en un dios fabricado, acomodado a su creencia y forma de actuar.

Dios no quiere que nadie tenga carencias, ni que pase hambre, ni que esté en un permanente pesar; pero en una sociedad llena de estos males por culpa de aquellos que no comparten, que no son justos, y que ocasionan tristezas y sufrimientos, nos está haciendo una promesa de un mundo mejor donde se invertirán los papeles, y que aquellos que están ocasionando los males actuales, por sus acciones y omisiones, habrán de pagar muy caro por eso, pues lo que ahora están considerando dichas, temporales por cierto, en realidad son causantes de desdichas eternas para ellos.

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Lucas 5,1-11: pescador de hombres


En una ocasión, Jesús estaba a la orilla del lago Genesaret y la gente se agolpaba sobre Él para oír la Palabra de Dios, cuando vio dos barcas que estaban a la orilla del lago. Los pescadores habían bajado de ellas, y lavaban las redes. Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que se alejara un poco de tierra; y, sentándose, enseñaba desde la barca a la muchedumbre. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón:
Boga mar adentro, y echen sus redes para pescar.
Simón le respondió:
Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes.
Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse. Hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que vinieran en su ayuda. Vinieron, pues, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían. 

Al verlo Simón Pedro, cayó a las rodillas de Jesús, diciendo:
Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.
Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos con él estaban, a causa de los peces que habían pescado. Y lo mismo de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón:
No temas. Desde ahora serás pescador de hombres.
Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron.

REFLEXIÓN:

Luego de utilizar la barca de Simón como púlpito para predicar su Palabra, Jesús le pide a éste que se adentre en el mar y que lance las redes de pesca. La intención de Jesús no era tanto mostrar sus conocimientos sobre la pesca, ya que, en ese asunto, Pedro y sus acompañantes debían ser ciertamente mucho más expertos que Él; lo que pretendía era provocar en ellos una experiencia vocacional, y para ello, como buen pedagogo, utiliza el lenguaje del campo de conocimiento que era más entendido por ellos.

Remar mar adentro

No cabe duda de que el poder de Dios es tan grande que las redes echadas en el nombre de Jesús hubiesen podido sacar muchos y grandes peces en cualquier lugar del lago, pero remar mar adentro transmite la enseñanza de que el esfuerzo humano de aquellos que habrían de asumir el compromiso de convertirse en agentes evangelizadores tiene que ser continuo y sin importar el cansancio, pues las excusas no valen, no importa cuales sean.

Los cristianos hemos de estar dispuestos a la movilización y a vencer el desgano para acatar el mandato evangélico del anuncio de la Buena Noticia sin importar lugares, culturas, distancias ni tiempos.

Echar las redes

Jesús les pide que después del esfuerzo humano realizado al bogar, hagan la parte más difícil consistente en un ejercicio de fe: echar sus propias redes. No son otras redes que les serían proporcionadas, son las que ellos tienen, quizás con defectos, y que ya en otras ocasiones han fallado (habían pasado la noche vanamente tratando de pescar). Nuestras redes imperfectas tienen que ser echadas y si lo hacemos en el nombre de Jesús los peces caerán en ellas; es Él que se encargará de que la pesca sea milagrosa.

La reacción de Simón y la nuestra

Cayó de rodillas ante el Señor y se reconoció pecador al ver la abundante pesca; el hecho que Dios nos pida y nos permita trabajar por su Reino, con nuestras redes rotas por nuestros pecados, debe ser motivo de admiración y agradecimiento por su gran misericordia, así como una ocasión oportuna para el arrepentimiento y la reconciliación con Él.

Igual que a Simón, el Señor nos dice hoy "no temas" y quiere convertirnos en pescadores de hombres para Él; para eso nos invita a confiar en Él, abandonar la barca, dejarlo todo y seguirlo; por eso, luego de orar con el texto de este Evangelio, he concluido con esta breve oración de acción:

A pescar,
a buscar personas alejadas de ti
y traerlas a tu encuentro
se me ha invitado hoy.
Con las redes voy,
en tu Nombre, Señor.

Amén.

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Lucas 4,21-30: Admiran la forma pero rechazan el contenido


En aquel tiempo, Jesús comenzó a decir en la sinagoga:
Esta Escritura, que acaban de oír, se ha cumplido hoy.
Y todos daban testimonio de Él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca. Y decían:
¿No es éste el hijo de José?
Él les dijo:
Seguramente me van a decir el refrán: ‘Médico, cúrate a ti mismo’. Todo lo que hemos oído que ha sucedido en Cafarnaúm, hazlo también aquí en tu patria.
Y añadió:
En verdad les digo que ningún profeta es bien recibido en su patria. Les digo de verdad: Muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio. 
Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira; y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero Él, pasando por medio de ellos, se marchó.

REFLEXIÓN:

Seguramente que el inicio de esta predicación de Jesús debió despertar curiosidad en la pequeña ciudad de Nazaret, porque volvía allí ya con cierta fama por algunas acciones que había realizado y probablemente ellos esperaban con cierto orgullo ver y oír a alguien de ese lugar, conocido por todos ellos, que comenzaba a destacarse en algo que no debió ser usual en los oriundos de esa zona relativamente alejada de Jerusalén que era la capital política y religiosa de los judíos.

Dice el texto que estaban admirados por las palabras llenas de gracia que salían de su boca luego de haber proclamado que la profecía de Isaías que acababa de leer estaba cumpliéndose en ese momento. Hasta ahí todo era un encanto en la acostumbrada asamblea sabatina de la sinagoga local respecto a Jesús.

El problema surge cuando el joven lector Jesús, dándose cuenta de que para ellos no era más que eso, relaciona la falta de confianza de ellos con su condición de nativo del área y agrega el aspecto universal de la acción de Dios en el mensaje que proclama, hiriendo el nacionalismo extremo de la audiencia. Desde ese momento el sermón perdió el valor para ellos, hasta tal extremo que hasta suscitó el ánimo de agresión física.

Es el comienzo de la predicación de Jesús y ya desde ahí comienza a aparecer la confrontación y el rechazo que éste habría de encontrar en los destinatarios iniciales del mensaje de salvación; enfrentamiento que al final se traduciría en persecución, conspiración y muerte de parte de las autoridades judías hacía este novel predicador que en este pasaje hacía su debut en la sinagoga local de su ciudad.

La característica de universalidad para la salvación había ya sido predicha por los profetas; Dios, creador de todos, no limita su acción sólo a un pueblo, raza o nación; aunque, al buscar la vía, escogió a un pueblo y lo hizo suyo. Muchos judíos no pudieron entender eso.

Hoy nosotros corremos el riesgo de eventualmente actuar como ellos cerrando nuestros oídos cuando en una predicación o de un documento de la Iglesia consideramos que el mensaje proclamado nos es espinoso, adverso, o que hiere nuestra sensibilidad y que no debemos cumplirlo; al no oírlo, lo que estamos haciendo es intentar despeñar a Jesús por el barranco porque su mensaje ya ha perdido su gracia. También actuamos así cuando pretendemos colocar a nuestros círculos de desenvolvimiento espiritual y religioso en un lugar preferente respecto a otros; esto puede ocurrir en el grupo o movimiento eclesial y en las parroquias. Tenemos que entender que la Iglesia es católica, es decir universal, para todos; que no puede haber excluidos ni puertas cerradas para nadie, y que bienvenidos deben ser, de una manera especial, todos los que hoy están fuera de ella.

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Lucas 1,1-4;4,14-21: Hoy se cumple esa Escritura


Puesto que muchos han intentado narrar ordenadamente las cosas que se han verificado entre nosotros, tal como nos las han transmitido los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la Palabra, he decidido yo también, después de haber investigado diligentemente todo desde los orígenes, escribírtelo por su orden, ilustre Teófilo, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.

Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu, y su fama se extendió por toda la región. Él iba enseñando en sus sinagogas, alabado por todos. Vino a Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre, entró en la sinagoga el sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito:
«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor».
Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en Él. Comenzó, pues, a decirles:
Esta Escritura, que acaban de oír, se ha cumplido hoy.
REFLEXIÓN:

En este texto se mezclan dos segmentos del Evangelio según san Lucas que se complementan en la liturgia de este domingo; el primero es del inicio del capítulo 1 donde, a manera de introducción, dedica la obra y explica los fines a alguien de nombre Teófilo; el segundo es del capítulo 4, luego de los textos de la infancia, del bautismo de Jesús y las tentaciones del desierto, que son incluidos en otros tiempos del año litúrgico. En ambos casos son inicios, uno de la obra de Lucas y el otro de la vida pública de Jesús.

Teófilo

No sabemos si ese Teófilo fue una persona real a quien era dedicado el escrito, o si Lucas representaba con ese nombre a todo aquel que procuraba el conocimiento de Dios. En todo caso tanto a Teófilo y a los cristianos de su época como a nosotros los de la actualidad, Lucas nos transmite conocimientos sólidos provenientes de las fuentes fundamentales que fueron testigos de la Palabra actuando en el tiempo en procura de la salvación de la humanidad.

Por la fuerza del Espíritu

En toda la obra de Lucas, tanto en el Evangelio como en libro de los Hechos de los Apóstoles, se resalta la actuación del Espíritu Santo. El Espíritu Santo desciende sobre Jesús durante su bautizo en el Jordán, luego lo conduce al desierto donde es tentado, para después impulsarlo a su región de Galilea en este pasaje evangélico que estamos comentando.

Entonces no es por casualidad que el texto con que Jesús debuta como lector en la asamblea de la sinagoga de Nazaret comienza precisamente así: El Espíritu del Señor está sobre mí.

Todo el texto leído por Él tendría vigencia y aplicación en la ejecución y cumplimiento de la misión que recién estaba empezando: anunciar la Buena Nueva sería una constante, los pobres su objetivo, la libertad su meta; y lo haría sin cansancio en una jornada donde ciegos, sordos, mudos, paralíticos y poseídos por el mal serían sanados y liberados.

Hoy

Pero todo ese no fue únicamente un acontecimiento de entonces; Jesús sigue dando cumplimiento a esa profecía de Isaías, ya no sólo en Galilea, sino en todo el mundo; nosotros somos en la actualidad los pobres, los cautivos, los ciegos, y los oprimidos que estamos necesitados de la gracia que sólo trae el Señor; por tanto estamos alegres de saber que esa escritura tiene su cumplimiento también hoy, en cada uno de nosotros.

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Juan 2,1-12: en Caná de Galilea


En aquel tiempo, se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos. Y, como faltara vino, porque se había acabado el vino de la boda, le dice a Jesús su madre:
No tienen vino.
Jesús le responde:
¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora.
Dice su madre a los sirvientes:
Hagan lo que Él les diga.
Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una. Les dice Jesús:
Llenen las tinajas de agua.
Y las llenaron hasta arriba. Les dice Jesús:
Sáquenlo ahora y llévenlo al maestresala.
Ellos lo llevaron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde era (los sirvientes, los que habían sacado el agua, sí que lo sabían), llama el maestresala al novio y le dice:
Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora.
Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en Él sus discípulos. Después bajó a Cafarnaúm con su madre y sus hermanos y sus discípulos, pero no se quedaron allí muchos días.

REFLEXIÓN:

Lo que pasa en la boda de Caná que se narra en este Evangelio es muchísimo más que una pareja de recién casados que se libra milagrosamente de pasar la tremenda vergüenza de no poder satisfacer a los asistentes con el acostumbrado espléndido y prolongado brindis nupcial característico de ese tipo de eventos en esa época, cultura y región.

Es que Jesús está consciente de que Él mismo ha venido para participar en una regia boda en la que su función es central: Él será el Novio que desposará a la humanidad que vino a salvar. La llegada de Dios para liberar a su pueblo había sido predicha proféticamente con la figura de una unión matrimonial cuya celebración habría de ser grandiosa con gran abundancia del mejor vino.

Pero Jesús también sabe que todavía no ha llegado la hora de esa boda; apenas comienza a integrar al grupo de hombres a quienes luego formará como discípulos para que colaboren con Él después de que acontezca el banquete de su propia boda. Por eso es la expresión aclaratoria a su madre, que no es una negación al pedido que ésta insinúa, ya que luego la complace.

Los discípulos que acompañaban a Jesús no podían  entender eso de "mi hora"; de hecho no lo entenderían en ninguna de las numerosas ocasiones en que oyeron las alusiones de Jesús a la cruz; pero la "señal", como el evangelista Juan llama a los milagros de Jesús, de convertir el agua en un buen y abundante vino en Caná de Galilea les llevó a entender que su Maestro no era un maestro ordinario como muchos otros, sino que ciertamente Dios estaba actuando de una manera íntima y muy especial en Él; es decir, pudieron percibir desde entonces el reflejo de su gloria, por lo que creyeron en Él.

Unos tres años después, efectivamente llegó la hora mencionada por Jesús; fue la nona de un día sangriento, y en ella tuvo efecto la consumación de la propia boda del Señor con nosotros, la rebelde raza humana que Él vino a salvar al convertirla en su afortunada esposa; el acto nupcial culminó con la plena manifestación de su gloria al tercer día de haber comenzado.

Hoy, en cada Eucaristía en que participamos, nosotros actualizamos ese momento nupcial siendo partícipes de la boda del Cordero, de la que el evento de Caná fue, ya luminoso, un centelleo glorioso dado en anticipo.

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Lucas 3,15-16.21-22: Tú eres mi hijo; el Amado, en ti me he complacido


En aquel tiempo, como el pueblo estaba a la espera, andaban todos pensando en sus corazones acerca de Juan, si no sería él el Cristo; respondió Juan a todos, diciendo:
Yo los bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, y no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias. Él los bautizará en Espíritu Santo y fuego.
Sucedió que cuando todo el pueblo estaba bautizándose, bautizado también Jesús y puesto en oración, se abrió el cielo, y bajó sobre Él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma; y vino una voz del cielo:
Tú eres mi hijo; el Amado, en ti me he complacido.
REFLEXIÓN:

Conclusión de la Navidad

El Domingo siguiente a la Epifanía celebramos la fiesta del Bautismo del Señor con la que culmina el tiempo litúrgico de la Navidad, del cual es parte. La alegría por la llegada del Hijo de Dios al mundo que llega en la fragilidad de un recién nacido, se expresa ahora por el paso visible inicial hacía su objetivo de un Jesús ya adulto que está plenamente consciente de cual es la misión que ha venido a cumplir.

El Bautista

El acontecimiento narrado en el pasaje evangélico de hoy ocurre en un ambiente matizado por la prolongada y ansiada espera del ungido de Dios, el Cristo, que de acuerdo a lo anunciado por los profetas vendría enviado por Dios a traer la libertad a su oprimido pueblo.

Un profeta de ese tiempo, pariente de Jesús, Juan el Bautista, ya ha estado anunciando la inminencia de su aparición e invitando a una preparación para eso mediante un bautismo de arrepentimiento al que acudían multitudes a la ribera del río Jordán.

Es a una de esas sesiones bautismales que acude Jesús; sin haber cometido faltas de las que tuviera que buscar el perdón, en una demostración de la sencillez y humildad que no procuran privilegio personal, entra en la fila como uno más del pueblo para ser bautizado.

Otra Epifanía

El texto dice que luego de ser bautizado Jesús estaba en oración. Contemplemos por un momento ese instante de oración de Jesús, entrando en contacto silencioso con su Padre y poniéndose a su plena disposición para el encargo que le ha dado.

Es entonces que esa comunicación divina deja de ser privada: se abre el cielo y el Espíritu Santo, que  al igual que el Padre no es materia sino espíritu, desciende en forma visible con aspecto de paloma, a la vista de todos; en ese momento, el Padre, desde el cielo confirma: Tú eres mi hijo; el Amado, en ti me he complacido.

Es mensaje es al Hijo; amor es el contenido; el Padre está alegre al ver su Hijo realizando lo planificado en el Cielo. La expresión es pública y en alta voz, para que todos lo oigan. Es otra Epifanía de Dios; una Teofanía Trinitaria en que el Padre y el Espíritu Santo participan a la vista de todos en la fase de lanzamiento de la misión salvífica que Jesús ha venido a cumplir.

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Juan 1,1-18: la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo


En el principio ya existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.

La Palabra en el principio estaba junto a Dios.

Por medio de la Palabra se hizo todo,
y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho.

En la Palabra había vida,
y la vida era la luz de los hombres.

La luz brilla en la tiniebla,
y la tiniebla no la recibió.

Surgió un hombre enviado por Dios,
que se llamaba Juan:
éste venía como testigo,
para dar testimonio de la luz,
para que por él todos vinieran a la fe.

No era él la luz,
sino testigo de la luz.

La Palabra era la luz verdadera,
que alumbra a todo hombre.

Al inundo vino y en el mundo estaba;
el mundo se hizo por medio de ella,
y el mundo no la conoció.

Vino a su casa,
y los suyos no la recibieron.

Pero a cuantos la recibieron,
les da poder para ser hijos de Dios,
si creen en su nombre.

Estos no han nacido de sangre,
ni de amor carnal,
ni de amor humano,
sino de Dios.

Y la Palabra se hizo carne,
y acampó entre nosotros,
y hemos contemplado su gloria:
gloria propia del Hijo único del Padre,
lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de él y grita diciendo:
-Este es de quien dije:
«El que viene detrás de mí
pasa delante de mí,
porque existía antes que yo».

Pues de su plenitud
todos hemos recibido
gracia tras gracia:
porque la ley se dio por medio de Moisés,
la gracia y la verdad
vinieron por medio de Jesucristo.

A Dios nadie lo ha visto jamás:
El Hijo único,
que está en el seno del Padre,
es quien lo ha dado a conocer.

REFLEXIÓN:

La grandeza de quien ha llegado al nacer y los beneficios que ha traído consigo contrasta con las condiciones en que nace. Nace y llega, pero ya existía, y por medio de Él todo cuanto fue creado adquirió existencia; sin embargo, al encarnarse, su madre tuvo que dar a luz en condiciones de pobreza. ¡La Palabra por quien todo fue hecho nace en la escasez material!

No hay partera que auxilie la virgen madre que, aunque básicamente no era necesaria, hubiese ayudado en el atareo de las labores del momento a quien habría de ser el tutor de la criatura. Además de María y José, los restantes testigos presentes de ese grandioso momento no son humanos: son los animales que pernoctaban en el lugar.

Los primeros visitantes no serán sacerdotes, tampoco autoridades de ningún tipo, sino un grupo de pobres pastores con olor a ovejas cuyos oficio y atuendo van acorde con el lugar del parto. Representan a los pobres de Dios; a ellos irá primariamente dirigido el mensaje que habrá de constituir el ejercicio en la tierra del papel de Verbo, Logos, Palabra, que por siempre le ha correspondido a este niño que acaba de nacer.

Consigo, el recién nacido, nos trae la gracia y la verdad; Él es gracia, es don, es un regalo que ha enviado el Padre trayendo la oportunidad de perdón y reconciliación a un mundo que le ha ofendido y la salvación a tantas almas en peligro de perderse por siempre. También trae la luz de la verdad a una sociedad que se encuentra en las tinieblas de la mentira y la falsedad; Él es la Verdad, la única y eterna Verdad.

Hoy nos corresponde a nosotros creer en Jesús, acoger en nosotros la gracia y verdad que Él permanentemente sigue poniendo a nuestra disposición; de ese modo Él nacerá nuevamente en el corazón de cada uno de nosotros y podremos ser verdaderos hijos de Dios.

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