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Esta página es una respuesta al llamado y mandato a la evangelización


Luego de su resurrección, Jesús encargó a sus discípulos:
"Vayan por todo el mundo y anuncien a todos este mensaje de salvación" (Marcos 16,15).
Más que un deseo o pedido esa expresión del Señor constituye un mandato; esa es, por tanto, la misión asignada a la entonces naciente Iglesia por su propio fundador. Es por eso que la Exhortación Apostólica Evangeli Nuntiandi, uno de los tantos frutos del Concilio Vaticano II, dice:
"La Iglesia existe para evangelizar".
Más recientemente y en la misma temática, entendiendo la importancia y los avances de las recientes tecnologías y de las nuevas vertientes comunicacionales que han transformado por completo la disponibilidad y la difusión de información en el mundo, los sucesivos Papas han instado a los ministros y fieles católicos a usar la web y los medios electrónicos en las labores de evangelización.

Todos esos llamados están obviamente dirigidos a cada uno de nosotros, ya que el llamado a la evangelización es a toda la Iglesia y a cada bautizado en particular, que de por sí ya ha adquirido por el sacramento del Bautismo la triple dimensión de Cristo: Sacerdote, Profeta y Rey.

En lo personal, mientras estaba siendo instituido como diácono de la Iglesia, como parte del ritual sacramental de ordenación y arrodillado ante el obispo en su condición de representante de Cristo en la diócesis a la que he pertenecido (San Francisco de Macorís, República Dominicana), tuve la gracia de recibir directamente de las manos de ese sucesor de los apóstoles el libro de los Evangelios, junto con la siguiente instrucción verbal que simultáneamente me fue dada por él como mandato:
"Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero; convierte en fe viva lo que lees, y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado".
Por tanto, como mensajero del mensaje salvífico de Cristo, este medio de comunicación que hemos preparado para todos ustedes es una respuesta al mandato del Señor, al llamado de la Iglesia y al compromiso cristiano de anunciar el Evangelio de Jesús a todos los hombres y mujeres en todos los rincones de la tierra.

Sin embargo, entendiendo que esta humilde iniciativa no es más que una mínima contribución de un pecador como yo que ni siquiera es merecedor por propio mérito de la gracia de poder mencionar y acercarse a la Palabra de Dios, emprendemos esta misión contando no con nuestras capacidades sino más bien con la acción del Espíritu Santo que aviva y anima la Iglesia, que habita en cada bautizado, y que puede convertir nuestras débiles soplos en potentísimos vientos capaces de poner en movimiento y transformar al mundo entero.

Al alimentar a una multitud de cinco mil hombres, sin contar a las mujeres y a los niños, Jesús aceptó cinco panes y dos peces como contribución de un muchacho, probablemente en representación de alguna familia. Ese aporte, en realidad nada era comparado con la cantidad tan grande que se requería de ambos alimentos para saciar el hambre de tanta gente.

Esta página constituye mis "cinco panes y dos peces" aportados a la propagación y crecimiento del Reino de Dios, que es la única manera de saciar el hambre de Dios que hay en el mundo, y que la humanidad trata erradamente de satisfacer con falsos dioses de índoles diversas. Sin embargo, estoy consciente de que por esta minúscula acción lo menos que podría hacer es ufanarme de haber realizado alguna proeza, ya que faltando tanto por hacer en cuanto a la evangelización, estoy convencido de ni siquiera haber emprendido lo que en realidad pude y debí haber hecho.

En cuanto al contenido de este sitio web, debajo del título del blog, la bienvenida lo describe:
"...temas provenientes de documentos de la Iglesia, de escritos de los santos, así como de autores clásicos y contemporáneos, donde también aparece algo de nuestra humilde autoría".
Lo que significa que aquí podrán encontrar una abundante diversidad, que incluye desde tópicos esenciales que definen nuestra fe, hasta refrescantes poesías, pasando por espiritualidad, oración, homilías y muchos otros temas interesantes. Esto implica que en las publicaciones habrán de encontrar textos de nuestra propia composición (algunos comentarios a Evangelios, lecturas orantes de la Palabra de Dios y algunas composiciones poéticas que más bien llamo rimas salvíficas), sin embargo son los menos abundantes; también podrán encontrar material de autores diversos, indicándose siempre en las etiquetas, o en algún otro lugar de la publicación, el nombre del autor correspondiente.

El mensaje de la salvación es para todos sin excepción, en especial para los pobres de Dios, aquellos en quienes Jesús concentró su atención y acogida porque siempre han sido los marginados en todas las sociedades de todos los tiempos; lamentablemente esa condición de injusticia no ha variado gran cosa con el tiempo. Sin embargo, es principalmente a esos menesterosos a quienes tenemos que tener presentes cuando canalizamos el anuncio del mensaje que nos ha sido encomendado. Teniendo en cuenta ese aspecto, necesariamente tenemos que reconocer la necesidad que tienen los millones de personas que han sido marginadas tanto por la pobreza material como por la pobreza digital, que es una de sus consecuencias, de poder disfrutar para educarse y edificarse mediante la escucha y lectura de composiciones y textos a los que no tienen acceso normalmente.

Esta necesidad se convierte en derecho, y es de envergadura mayor, cuando el contenido cuyo acceso se pretende vedar es referente al tema de la salvación o de alguna manera conduce espiritualmente a Dios. Es un derecho merecido, dado que la carencia a que nos referimos es debida a los escasos recursos económicos de que pueden disponer esas personas por causa de las injusticias sociales que padecen. Ese derecho, por tanto, está por encima y es más importante que todas las legislaciones que pudiesen existir prohibiendo la difusión gratuita que no esté autorizada por los creadores de los textos.

No obstante los razonamientos anteriores, conscientes del valor de la propiedad intelectual y de los derechos de autor, la música católica que hemos incluido en el blog ha sido autorizada personalmente por cada artista. En cuanto a los libros de los que se han tomado segmentos o que se comparten en esta página, sólo los ofrecemos completos en descargas cuando por su contenido doctrinal pueden ser considerados como documentos de la Iglesia. Respecto a aquellas obras que podrían ser catalogadas como personales, únicamente compartimos en nuestra página algunos fragmentos consistentes en varios párrafos, que podrían llegar como mucho a unas pocas páginas, que expresen en su conjunto algún tema específico edificante en cuanto a la fe y espiritualidad cristiana, y que consideremos que constituye más bien una promoción tanto a la obra en particular cuyo segmento hayamos compartido, como a los propósitos fundamentales pretendidos en ella por el escritor. En todo caso, siempre citaremos el núcleo central de la fuente: obra y autor.

Nos resta exhortarles a que disfruten del blog; naveguen a profundidad en nuestras páginas, consultando, leyendo y descargando lo que deseen del amplio contenido disponible en este sitio: "Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente" (Mateo 10,8). Las diversas páginas del blog, cuyos accesos están en la parte superior debajo de la descripción y bienvenida, así como los enlaces a "Algunas etiquetas" y el buscador que hemos incorporado, pueden se de utilidad al procurar algún tema específico.

También les pedimos que participen de nuestro blog compartiéndolo con los demás, mediante sus sitios propios personales o por las redes sociales que están tan de moda en la actualidad; así estarán colaborando no con nosotros, sino en la labor de difusión del mensaje salvífico de la que pretendemos formar parte. De ese modo también ustedes estarán participando en este proyecto evangelizador con que respondemos al mandato que todos hemos recibido de parte de nuestro Salvador.

Finalmente les ruego que oren por la permanencia de este ministerio de evangelización, así como también por mí y por mi salvación. Por nuestra parte, oramos a Dios por ustedes: pedimos para que cada vez que visiten esta página alcancen la gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, el Señor, recibiendo ricas y abundantes bendiciones, en su vida, en su familia y en sus proyectos; eso lo pedimos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Invitados al arranque


Más que decidido a clarear la tierra, sale el sol a propagar su necesaria luz en medio de la obscuridad total de una prolongada y torturante noche; es entonces que invita a apagados cuerpos a convertirse en espejos y a acompañarlo para que siendo reflectores de él lleguen así a ser luminarias brillantes que a su vez difundan y multipliquen la luz recibida por todos los rincones.

Me refiero a Jesús, el salvador, y al momento del arranque de su prédica evangélica; porque como se había profetizado (Isaías 9,1): "El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz: sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz". Y no es una luz cualquiera, ni tan sólo una luz; es la verdadera Luz, la luz salvadora portadora de la Verdad.

Luego de encarnarse, al asumir la naturaleza humana se dirige a los "comunes", a los sencillos; y en la cultura de la región geográfica que se seleccionó para este acontecimiento ubica a laboriosos hombres que estén dispuestos a asumir un nuevo papel en el desarrollo de su vida. Eran sencillos hombres de actividades manuales, en su mayoría. Los primeros eran pescadores. La invitación es a abandonar sus ocupaciones y a seguirlo asumiendo una nueva función: ser pescadores de hombres.

Esa Luz continúa y continuará brillando por siempre; y se requiere que los seres humanos de cada época sigan contribuyendo a mostrar su esplendor. Quiere Dios que también nosotros, que lamentablemente con nuestros pecados hemos contribuído a apagar algunas extensiones de luces y a alejar a algunos de los peces procurados, seamos partícipes de la novedad reivindicadora de la salvación de la humanidad en Cristo Jesús, salvador y redentor nuestro.

Nuestra aceptación, como la de aquellos primeros, habrá de ser hoy vista con agrado por el Padre del cielo, pero tiene que ser como la de ellos: decidida e inmediata, y sin importar lo que haya de ser dejado a un lado o detrás. Digamos, pues, sí a esta invitación y participemos de un nuevo arranque evangelizador convirtiéndonos en espejos de la luz de Cristo y en pescadores de hombres; poniendo en manos del Señor nuestro empeño sin buscar excusas como limitadas capacidades o falta de tiempo, y mas bien respondamos con una mejorada forma de ser y de actuar. Que así sea.

Libro de los Hechos de los Apóstoles: el viaje del Evangelio en el mundo

(De la Audiencia General del Papa Francisco del 29 de mayo de 2019)

Hoy comenzamos una serie de catequesis sobre el Libro de los Hechos de los Apóstoles. Este libro bíblico, escrito por San Lucas Evangelista, nos habla del viaje; de un viaje: pero, ¿de qué viaje? Del viaje del Evangelio en el mundo y nos muestra la maravillosa unión entre la Palabra de Dios y el Espíritu Santo que inaugura el tiempo de la evangelización. Los protagonistas de los Hechos son realmente una «pareja» viva y efectiva: la Palabra y el Espíritu.

Dios «envía a la tierra su mensaje» y «a toda prisa corre su palabra», dice el Salmo (147,4). La Palabra de Dios corre, es dinámica, riega todo el terreno en el que cae. ¿Y cuál es su fuerza? San Lucas nos dice que la palabra humana se hace efectiva no gracias a la retórica, que es el arte del hermoso discurso, sino gracias al Espíritu Santo, que es la dýnamis de Dios, la dinámica de Dios, su fuerza, que tiene el poder de purificar la palabra, para hacerla portadora de vida. Por ejemplo, en la Biblia hay historias, palabras humanas; pero, ¿cuál es la diferencia entre la Biblia y un libro de historia? Que las palabras de la Biblia están tomadas del Espíritu Santo, que da una fuerza muy grande, una fuerza diversa y nos ayuda para que la palabra sea semilla de santidad, semilla de vida, que sea eficaz. Cuando el Espíritu visita la palabra humana, se vuelve dinámico, como «dinamita», que es capaz de iluminar corazones y hacer saltar patrones, resistencias y muros de división, abriendo nuevos caminos y expandiendo los límites del pueblo de Dios. Y esto lo veremos en el recorrido de estas catequesis, en el libro de los Hechos de los Apóstoles.

Quien da vibrante sonoridad e incisividad a nuestra frágil palabra humana, incluso capaz de mentir y escapar de sus responsabilidades, es solo el Espíritu Santo, por medio del cual se generó el Hijo de Dios; el Espíritu que lo ungió y lo sostuvo en la misión; El Espíritu gracias al cual escogió a sus apóstoles y que garantizó a su anuncio la perseverancia y la fecundidad, como se las garantiza también hoy a nuestro anuncio.

El Evangelio termina con la resurrección y la ascensión de Jesús, y la trama narrativa de los Hechos de los Apóstoles comienza aquí, desde la sobreabundancia de la vida del Resucitado transfundida en su Iglesia. San Lucas nos dice que Jesús «se les presentó dándoles muchas pruebas de que vivía, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca de lo referente al Reino de Dios» (Hechos 1,3). El Resucitado, Jesús Resucitado, hace gestos muy humanos, como compartir una comida con los suyos, y los invita a esperar confiadamente el cumplimiento de la promesa del Padre: «seréis bautizados en el Espíritu Santo» (Hechos 1,5).

El bautismo en el Espíritu Santo, de hecho, es la experiencia que nos permite entrar en una comunión personal con Dios y participar en su voluntad salvadora universal, adquiriendo el don de la parresía, la valentía, es decir, la capacidad de pronunciar una palabra «como hijos de Dios», no solo como hombres sino como hijos de Dios: una palabra clara, libre, efectiva, llena de amor por Cristo y por los hermanos.

Por lo tanto, no hay que luchar para ganar o merecer el don de Dios. Todo se da gratis y a su debido tiempo. El Señor da todo gratuitamente. La salvación no se compra, no se paga: es un don gratuito. Frente a la ansiedad de saber de antemano el momento en que sucederán los eventos anunciados por Él, Jesús responde a los suyos: «A vosotros no os toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad, sino que recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria y hasta los confines de la tierra» (Hechos 1,7-8).

El Resucitado invita a sus seguidores a no vivir el presente con ansiedad, sino a hacer una alianza con el tiempo, a saber cómo esperar el desenlace de una historia sagrada que no se ha interrumpido sino que avanza, va siempre hacia adelante; a saber cómo esperar los «pasos» de Dios, Señor del tiempo y del espacio. El Resucitado invita a su gente a no «fabricar» la misión por sí mismos, sino a esperar que el Padre dinamice sus corazones con su Espíritu, para poder involucrarse en un testimonio misionero capaz de irradiarse de Jerusalén a Samaria e ir más allá de las fronteras de Israel para llegar a las periferias del mundo.

Esta espera los apóstoles la viven juntos, la viven como la familia del Señor, en la sala superior o cenáculo, cuyos muros aún son testigos del regalo con el que Jesús se entregó a los suyos en la Eucaristía. ¿Y cómo aguardan la fortaleza, la dýnamis de dios? Rezando con perseverancia, como si no fueran tantos sino uno. Rezando en unidad y con perseverancia. De hecho, es a través de la oración como uno supera la soledad, la tentación, la sospecha y abre su corazón a la comunión. La presencia de las mujeres y de María, la madre de Jesús, intensifica esta experiencia: primero aprendieron del Maestro a dar testimonio de la fidelidad del amor y la fuerza de la comunión que supera todo temor.

También le pedimos al Señor la paciencia para esperar sus pasos, para no querer «fabricar» nosotros su obra y para permanecer dóciles rezando, invocando al Espíritu y cultivando el arte de la comunión eclesial.

Lectura orante del Evangelio del Miércoles de la Semana 25 del Tiempo Ordinario: Lucas 9,1-6


Infunde en nosotros, Señor, tu Santo Espíritu, para orar con tu Palabra y entender tu mensaje. Danos oído de discípulo para poner en práctica la instrucción que en ella nos das. Amén.

1. Lectura

a) Texto del día

Lucas 9,1-6: En aquel tiempo, convocando Jesús a los Doce, les dio autoridad y poder sobre todos los demonios, y para curar enfermedades; y los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar. Y les dijo: «No toméis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni plata; ni tengáis dos túnicas cada uno. Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta que os marchéis de allí. En cuanto a los que no os reciban, saliendo de aquella ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos». Saliendo, pues, recorrían los pueblos, anunciando la Buena Nueva y curando por todas partes.

b) Contexto histórico y cultural

Siendo ya bien conocido, y con numerosos seguidores, Jesús sabe que su permanencia entre los hombres es limitada en cuanto al tiempo. Tiene que apresurarse en la formación de un núcleo seleccionado de entre sus prosélitos y comenzar a entrenarles. Es entonces que nombra a los doce, asignándoles tareas propias de su misión, a la vez que los envía como avanzada y agentes multiplicadores del mensaje de salvación.

2. Meditación (para leer lenta y pausadamente; deteniéndose a meditar y saborear cada palabra, cada verso y cada estrofa, relacionándolos con el Evangelio del día y con nuestra vida)

Como ovejas sin pastor

Como ovejas sin pastor,
y lobos de dirigentes;
desamparada está la gente.
¡Quieren comernos, oh Dios!

¡Cuánto sufrimos, Señor!
y ese dolor tú lo sientes;
el adviento es permanente,
¡ven y actúa ahora, Señor!

Sé que escuchas el clamor
y, de tu pueblo, las preces;
no ignoras lo que padecen
y por eso das tu amor.

Amén.

Buscas obreros de Dios

Buscas obreros de Dios
para auxiliar a la gente;
que tu mensaje les llegue,
y compartan la misión.

Hoy Tú me envías, Señor,
al pueblo a anunciarte,
sus dolencias aliviarles,
y a alegrar su corazón.

"Llega el Reino de Dios"
será el divino mensaje
que, a la mies, mi boca pase;
¡presto te sirvo, Señor!

Amén.

3. Oración

Gracias por llamarme

Gracias por llamarme,
me quieres a tu disposición,
para servirte y ayudarte,
Señor, en tu misión.

Siendo esa mi obligación,
como bautizado que soy;
te pido ser, por favor,
instrumento tuyo, desde hoy.

Amén.

4. Contemplación (en un profundo silencio interior nos abandonamos por unos minutos de un modo contemplativo en el amor del Padre y en la gracia del Hijo, permitiendo que el Espíritu Santo nos inunde. En resumen, intentamos prolongar en el tiempo este momento de paz en la presencia de Dios).

5. Acción

Evangelizar,
anunciarte a todos,
es mi compromiso de hoy;
y lo quiero hacer de viva voz,
dando siempre testimonio de vida,
mostrando lo que has hecho en mi, Señor.
Amén.

Lectura orante del Evangelio del Jueves de la Semana 14 del Tiempo Ordinario: Mateo 10,7-15


La acción de tu Espíritu Santo en nosotros, te imploramos, Señor, en este tiempo que dedicaremos a orar con tu Palabra; que nuestras mentes y nuestros corazones sean, respectivamente, iluminadas y ablandados, para entender y acoger el mensaje que en este día Tú nos haces llegar mediante el Evangelio de hoy. Amén.

1. Lectura

a) Texto del día

Mateo 10,7-15: En aquel tiempo, Jesús dijo a sus Apóstoles: «Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis. No os procuréis oro, ni plata, ni calderilla en vuestras fajas; ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; porque el obrero merece su sustento. En la ciudad o pueblo en que entréis, informaos de quién hay en él digno, y quedaos allí hasta que salgáis. Al entrar en la casa, saludadla. Si la casa es digna, llegue a ella vuestra paz; mas si no es digna, vuestra paz se vuelva a vosotros. Y si no se os recibe ni se escuchan vuestras palabras, salid de la casa o de la ciudad aquella sacudiendo el polvo de vuestros pies. Yo os aseguro: el día del Juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma y Gomorra que para aquella ciudad».

b) Contexto histórico y cultural

El envío misionero de los apóstoles del texto del pasaje evangélico de hoy sirvió de preparación para la gran misión universal que Jesús decretaría antes de subir al Cielo, cuando les enviaría a todos los rincones del mundo. Ese envío también nos involucra a nosotros, primero como destinatarios y luego como enviados a evangelizar.

2. Meditación (para leer lenta y pausadamente; deteniéndose a meditar y saborear cada palabra, cada verso y cada estrofa, relacionándolos con el Evangelio del día y con nuestra vida)

Por ahí vienen los misioneros

Por ahí vienen los misioneros
que el Reino del Cielo anuncian ya;
gratis recibieron, igual lo dan,
pues su soporte no es el dinero.

Del Señor, son ellos mensajeros,
y con su saludo les traen la paz
a cada casa de pueblo o ciudad
que merezca ser digna de ellos.

¡Vengan apóstoles, de Dios, voceros!
Abramos la puerta de cada hogar;
la Buena Nueva vamos a escuchar;
¡vientos de Dios soplan sobre el pueblo!

3. Oración

A evangelizar a todos

A evangelizar a todos:
a los que nunca han entrado
y a los que se han apartado,
a los que distan a un codo
y los que están en el polo,
al que viste inmaculado
y a los que se han enlodado;
a todos como en un coro;
a ellos, personal o en foro,
a Cristo, los invitamos;
y si no nos hacen caso,
les oramos de buen modo.

Amén.

4. Contemplación (en un profundo silencio interior nos abandonamos por unos minutos de un modo contemplativo en el amor del Padre y en la gracia del Hijo, permitiendo que el Espíritu Santo nos inunde. En resumen, intentamos prolongar en el tiempo este momento de paz en la presencia de Dios).

5. Acción

A evangelizar;
a orar por la evangelización,
por los que necesitan se evangelizados
y por los evangelizadores,
se me invita en el día de hoy;
esa es mi acción.
¡Es tiempo de evangelización!
Amén.

Llamado, seguimiento y discipulado

María Teresa Medina Molina y Luis Brea Torrens conversan acerca del llamado que hace el Señor, de la respuesta de seguimiento que debemos dar, y del discipulado con Jesús como nuestro único maestro.

Exhortación Apostólica Evangelii Gadium

Del Santo Padre Francisco, sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual

1. La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría. En esta Exhortación quiero dirigirme a los fieles cristianos, para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por esa alegría, e indicar caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años.

I.  Alegría que se renueva y se comunica

2. El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida. Ésa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado.

3. Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque «nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor». Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos. Éste es el momento para decirle a Jesucristo: «Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores». ¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido! Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Aquel que nos invitó a perdonar «setenta veces siete» (Mt 18,22) nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!

4. Los libros del Antiguo Testamento habían preanunciado la alegría de la salvación, que se volvería desbordante en los tiempos mesiánicos. El profeta Isaías se dirige al Mesías esperado saludándolo con regocijo: «Tú multiplicaste la alegría, acrecentaste el gozo» (9,2). Y anima a los habitantes de Sión a recibirlo entre cantos: «¡Dad gritos de gozo y de júbilo!» (12,6). A quien ya lo ha visto en el horizonte, el profeta lo invita a convertirse en mensajero para los demás: «Súbete a un alto monte, alegre mensajero para Sión, clama con voz poderosa, alegre mensajero para Jerusalén» (40,9). La creación entera participa de esta alegría de la salvación: «¡Aclamad, cielos, y exulta, tierra! ¡Prorrumpid, montes, en cantos de alegría! Porque el Señor ha consolado a su pueblo, y de sus pobres se ha compadecido» (49,13).

Zacarías, viendo el día del Señor, invita a dar vítores al Rey que llega «pobre y montado en un borrico»: «¡Exulta sin freno, Sión, grita de alegría, Jerusalén, que viene a ti tu Rey, justo y victorioso!» (Za 9,9).

Pero quizás la invitación más contagiosa sea la del profeta Sofonías, quien nos muestra al mismo Dios como un centro luminoso de fiesta y de alegría que quiere comunicar a su pueblo ese gozo salvífico. Me llena de vida releer este texto: «Tu Dios está en medio de ti, poderoso salvador. Él exulta de gozo por ti, te renueva con su amor, y baila por ti con gritos de júbilo» (So 3,17). Es la alegría que se vive en medio de las pequeñas cosas de la vida cotidiana, como respuesta a la afectuosa invitación de nuestro Padre Dios: «Hijo, en la medida de tus posibilidades trátate bien […] No te prives de pasar un buen día» (Si 14,11.14). ¡Cuánta ternura paterna se intuye detrás de estas palabras!

5. El Evangelio, donde deslumbra gloriosa la Cruz de Cristo, invita insistentemente a la alegría. Bastan algunos ejemplos: «Alégrate» es el saludo del ángel a María (Lc 1,28). La visita de María a Isabel hace que Juan salte de alegría en el seno de su madre (cf. Lc 1,41). En su canto María proclama: «Mi espíritu se estremece de alegría en Dios, mi salvador» (Lc 1,47). Cuando Jesús comienza su ministerio, Juan exclama: «Ésta es mi alegría, que ha llegado a su plenitud» (Jn 3,29). Jesús mismo «se llenó de alegría en el Espíritu Santo» (Lc 10,21). Su mensaje es fuente de gozo: «Os he dicho estas cosas para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría sea plena» (Jn 15,11). Nuestra alegría cristiana bebe de la fuente de su corazón rebosante. Él promete a los discípulos: «Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría» (Jn 16,20). E insiste: «Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón, y nadie os podrá quitar vuestra alegría» (Jn 16,22). Después ellos, al verlo resucitado, «se alegraron» (Jn 20,20). El libro de los Hechos de los Apóstoles cuenta que en la primera comunidad «tomaban el alimento con alegría» (2,46). Por donde los discípulos pasaban, había «una gran alegría» (8,8), y ellos, en medio de la persecución, «se llenaban de gozo» (13,52). Un eunuco, apenas bautizado, «siguió gozoso su camino» (8,39), y el carcelero «se alegró con toda su familia por haber creído en Dios» (16,34). ¿Por qué no entrar también nosotros en ese río de alegría?

6. Hay cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua. Pero reconozco que la alegría no se vive del mismo modo en todas las etapas y circunstancias de la vida, a veces muy duras. Se adapta y se transforma, y siempre permanece al menos como un brote de luz que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo. Comprendo a las personas que tienden a la tristeza por las graves dificultades que tienen que sufrir, pero poco a poco hay que permitir que la alegría de la fe comience a despertarse, como una secreta pero firme confianza, aun en medio de las peores angustias: «Me encuentro lejos de la paz, he olvidado la dicha […] Pero algo traigo a la memoria, algo que me hace esperar. Que el amor del Señor no se ha acabado, no se ha agotado su ternura. Mañana tras mañana se renuevan. ¡Grande es su fidelidad! […] Bueno es esperar en silencio la salvación del Señor» (Lm 3,17.21-23.26).

7. La tentación aparece frecuentemente bajo forma de excusas y reclamos, como si debieran darse innumerables condiciones para que sea posible la alegría. Esto suele suceder porque «la sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría». Puedo decir que los gozos más bellos y espontáneos que he visto en mis años de vida son los de personas muy pobres que tienen poco a qué aferrarse. También recuerdo la genuina alegría de aquellos que, aun en medio de grandes compromisos profesionales, han sabido conservar un corazón creyente, desprendido y sencillo. De maneras variadas, esas alegrías beben en la fuente del amor siempre más grande de Dios que se nos manifestó en Jesucristo. No me cansaré de repetir aquellas palabras de Benedicto XVI que nos llevan al centro del Evangelio: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva».

8. Sólo gracias a ese encuentro –o reencuentro– con el amor de Dios, que se convierte en feliz amistad, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y de la autorreferencialidad. Llegamos a ser plenamente humanos cuando somos más que humanos, cuando le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero. Allí está el manantial de la acción evangelizadora. Porque, si alguien ha acogido ese amor que le devuelve el sentido de la vida, ¿cómo puede contener el deseo de comunicarlo a otros?

II.  La dulce y confortadora alegría de evangelizar

9. El bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia auténtica de verdad y de belleza busca por sí misma su expansión, y cualquier persona que viva una profunda liberación adquiere mayor sensibilidad ante las necesidades de los demás. Comunicándolo, el bien se arraiga y se desarrolla. Por eso, quien quiera vivir con dignidad y plenitud no tiene otro camino más que reconocer al otro y buscar su bien. No deberían asombrarnos entonces algunas expresiones de san Pablo: «El amor de Cristo nos apremia» (2 Co 5,14); «¡Ay de mí si no anunciara el Evangelio!» (1 Co 9,16).

10. La propuesta es vivir en un nivel superior, pero no con menor intensidad: «La vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad. De hecho, los que más disfrutan de la vida son los que dejan la seguridad de la orilla y se apasionan en la misión de comunicar vida a los demás». Cuando la Iglesia convoca a la tarea evangelizadora, no hace más que indicar a los cristianos el verdadero dinamismo de la realización personal: «Aquí descubrimos otra ley profunda de la realidad: que la vida se alcanza y madura a medida que se la entrega para dar vida a los otros. Eso es en definitiva la misión». Por consiguiente, un evangelizador no debería tener permanentemente cara de funeral. Recobremos y acrecentemos el fervor, «la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas […] Y ojalá el mundo actual –que busca a veces con angustia, a veces con esperanza– pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo».

Una eterna novedad

11. Un anuncio renovado ofrece a los creyentes, también a los tibios o no practicantes, una nueva alegría en la fe y una fecundidad evangelizadora. En realidad, su centro y esencia es siempre el mismo: el Dios que manifestó su amor inmenso en Cristo muerto y resucitado. Él hace a sus fieles siempre nuevos; aunque sean ancianos, «les renovará el vigor, subirán con alas como de águila, correrán sin fatigarse y andarán sin cansarse» (Is 40,31). Cristo es el «Evangelio eterno» (Ap 14,6), y es «el mismo ayer y hoy y para siempre» (Hb 13,8), pero su riqueza y su hermosura son inagotables. Él es siempre joven y fuente constante de novedad. La Iglesia no deja de asombrarse por «la profundidad de la riqueza, de la sabiduría y del conocimiento de Dios» (Rm 11,33). Decía san Juan de la Cruz: «Esta espesura de sabiduría y ciencia de Dios es tan profunda e inmensa, que, aunque más el alma sepa de ella, siempre puede entrar más adentro». O bien, como afirmaba san Ireneo: «[Cristo], en su venida, ha traído consigo toda novedad». Él siempre puede, con su novedad, renovar nuestra vida y nuestra comunidad y, aunque atraviese épocas oscuras y debilidades eclesiales, la propuesta cristiana nunca envejece. Jesucristo también puede romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo y nos sorprende con su constante creatividad divina. Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual. En realidad, toda auténtica acción evangelizadora es siempre «nueva».

12. Si bien esta misión nos reclama una entrega generosa, sería un error entenderla como una heroica tarea personal, ya que la obra es ante todo de Él, más allá de lo que podamos descubrir y entender. Jesús es «el primero y el más grande evangelizador». En cualquier forma de evangelización el primado es siempre de Dios, que quiso llamarnos a colaborar con Él e impulsarnos con la fuerza de su Espíritu. La verdadera novedad es la que Dios mismo misteriosamente quiere producir, la que Él inspira, la que Él provoca, la que Él orienta y acompaña de mil maneras. En toda la vida de la Iglesia debe manifestarse siempre que la iniciativa es de Dios, que «Él nos amó primero» (1 Jn 4,19) y que «es Dios quien hace crecer» (1 Co 3,7). Esta convicción nos permite conservar la alegría en medio de una tarea tan exigente y desafiante que toma nuestra vida por entero. Nos pide todo, pero al mismo tiempo nos ofrece todo.

13. Tampoco deberíamos entender la novedad de esta misión como un desarraigo, como un olvido de la historia viva que nos acoge y nos lanza hacia adelante. La memoria es una dimensión de nuestra fe que podríamos llamar «deuteronómica», en analogía con la memoria de Israel. Jesús nos deja la Eucaristía como memoria cotidiana de la Iglesia, que nos introduce cada vez más en la Pascua (cf. Lc 22,19). La alegría evangelizadora siempre brilla sobre el trasfondo de la memoria agradecida: es una gracia que necesitamos pedir. Los Apóstoles jamás olvidaron el momento en que Jesús les tocó el corazón: «Era alrededor de las cuatro de la tarde» (Jn 1,39). Junto con Jesús, la memoria nos hace presente «una verdadera nube de testigos» (Hb 12,1). Entre ellos, se destacan algunas personas que incidieron de manera especial para hacer brotar nuestro gozo creyente: «Acordaos de aquellos dirigentes que os anunciaron la Palabra de Dios» (Hb 13,7). A veces se trata de personas sencillas y cercanas que nos iniciaron en la vida de la fe: «Tengo presente la sinceridad de tu fe, esa fe que tuvieron tu abuela Loide y tu madre Eunice» (2 Tm 1,5). El creyente es fundamentalmente «memorioso».

III. La nueva evangelización para la transmisión de la fe

14. En la escucha del Espíritu, que nos ayuda a reconocer comunitariamente los signos de los tiempos, del 7 al 28 de octubre de 2012 se celebró la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre el tema La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Allí se recordó que la nueva evangelización convoca a todos y se realiza fundamentalmente en tres ámbitos. En primer lugar, mencionemos el ámbito de la pastoral ordinaria, «animada por el fuego del Espíritu, para encender los corazones de los fieles que regularmente frecuentan la comunidad y que se reúnen en el día del Señor para nutrirse de su Palabra y del Pan de vida eterna». También se incluyen en este ámbito los fieles que conservan una fe católica intensa y sincera, expresándola de diversas maneras, aunque no participen frecuentemente del culto. Esta pastoral se orienta al crecimiento de los creyentes, de manera que respondan cada vez mejor y con toda su vida al amor de Dios.

En segundo lugar, recordemos el ámbito de «las personas bautizadas que no viven las exigencias del Bautismo», no tienen una pertenencia cordial a la Iglesia y ya no experimentan el consuelo de la fe. La Iglesia, como madre siempre atenta, se empeña para que vivan una conversión que les devuelva la alegría de la fe y el deseo de comprometerse con el Evangelio.

Finalmente, remarquemos que la evangelización está esencialmente conectada con la proclamación del Evangelio a quienes no conocen a Jesucristo o siempre lo han rechazado. Muchos de ellos buscan a Dios secretamente, movidos por la nostalgia de su rostro, aun en países de antigua tradición cristiana. Todos tienen el derecho de recibir el Evangelio. Los cristianos tienen el deber de anunciarlo sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable. La Iglesia no crece por proselitismo sino «por atracción».

15. Juan Pablo II nos invitó a reconocer que «es necesario mantener viva la solicitud por el anuncio» a los que están alejados de Cristo, «porque ésta es la tarea primordial de la Iglesia». La actividad misionera «representa aún hoy día el mayor desafío para la Iglesia» y «la causa misionera debe ser la primera». ¿Qué sucedería si nos tomáramos realmente en serio esas palabras? Simplemente reconoceríamos que la salida misionera es el paradigma de toda obra de la Iglesia. En esta línea, los Obispos latinoamericanos afirmaron que ya «no podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos» y que hace falta pasar «de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera». Esta tarea sigue siendo la fuente de las mayores alegrías para la Iglesia: «Habrá más gozo en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse» (Lc 15,7).

Propuesta y límites de esta Exhortación

16. Acepté con gusto el pedido de los Padres sinodales de redactar esta Exhortación. Al hacerlo, recojo la riqueza de los trabajos del Sínodo. También he consultado a diversas personas, y procuro además expresar las preocupaciones que me mueven en este momento concreto de la obra evangelizadora de la Iglesia. Son innumerables los temas relacionados con la evangelización en el mundo actual que podrían desarrollarse aquí. Pero he renunciado a tratar detenidamente esas múltiples cuestiones que deben ser objeto de estudio y cuidadosa profundización. Tampoco creo que deba esperarse del magisterio papal una palabra definitiva o completa sobre todas las cuestiones que afectan a la Iglesia y al mundo. No es conveniente que el Papa reemplace a los episcopados locales en el discernimiento de todas las problemáticas que se plantean en sus territorios. En este sentido, percibo la necesidad de avanzar en una saludable «descentralización».

17. Aquí he optado por proponer algunas líneas que puedan alentar y orientar en toda la Iglesia una nueva etapa evangelizadora, llena de fervor y dinamismo. Dentro de ese marco, y en base a la doctrina de la Constitución dogmática Lumen gentium, decidí, entre otros temas, detenerme largamente en las siguientes cuestiones:

a) La reforma de la Iglesia en salida misionera.
b) Las tentaciones de los agentes pastorales.
c) La Iglesia entendida como la totalidad del Pueblo de Dios que evangeliza.
d) La homilía y su preparación.
e) La inclusión social de los pobres.
f) La paz y el diálogo social.
g) Las motivaciones espirituales para la tarea misionera.

18. Me extendí en esos temas con un desarrollo que quizá podrá pareceros excesivo. Pero no lo hice con la intención de ofrecer un tratado, sino sólo para mostrar la importante incidencia práctica de esos asuntos en la tarea actual de la Iglesia. Todos ellos ayudan a perfilar un determinado estilo evangelizador que invito a asumir en cualquier actividad que se realice. Y así, de esta manera, podamos acoger, en medio de nuestro compromiso diario, la exhortación de la Palabra de Dios: «Alegraos siempre en el Señor. Os lo repito, ¡alegraos!» (Flp 4,4).

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Visión eclesial del Papa Francisco: La dulce y confortadora alegría de evangelizar


A continuación la transcripción de un manuscrito entregado por el cardenal Jorge Mario Bergoglio al cardenal cubano Jaime Ortega, a petición de éste último, con un resumen de la intervención del primero en una de las congregaciones o reuniones efectuadas por los cardenales previas al cónclave en que resultó electo el Papa Francisco. En su exposición, el entonces cardenal y arzobispo de Buenos Aires, plantea su visión sobre la función de la Iglesia y se refiere a las características del Papa que debía ser escogido:

- Se hizo referencia a la evangelización. Es la razón de ser de la Iglesia.

- "La dulce y confortadora alegría de evangelizar" (Pablo VI).

- Es el mismo Jesucristo quien, desde dentro, nos impulsa.

1.- Evangelizar supone celo apostólico.

Evangelizar supone en la Iglesia la parresía de salir de sí misma. La Iglesia está llamada a salir de sí misma e ir hacia las periferias, no solo las geográficas, sino también las periferias existenciales: las del misterio del pecado, las del dolor, las de la injusticia, las de la ignorancia y prescindencia religiosa, las del pensamiento, las de toda miseria.

2.- Cuando la Iglesia no sale de sí misma para evangelizar deviene autorreferencial y entonces se enferma (cfr. La mujer encorvada sobre sí misma del Evangelio). Los males que, a lo largo del tiempo, se dan en las instituciones eclesiales tienen raíz de autorreferencialidad, una suerte de narcisismo teológico.

En el Apocalipsis Jesús dice que está a la puerta y llama. Evidentemente el texto se refiere a que golpea desde fuera la puerta para entrar… Pero pienso en las veces en que Jesús golpea desde dentro para que le dejemos salir. La Iglesia autorreferencial pretende a Jesucristo dentro de sí y no lo deja salir.

3.- La Iglesia, cuando es autorreferencial, sin darse cuenta, cree que tiene luz propia; deja de ser el mysterium lunae y da lugar a ese mal tan grave que es la mundanidad espiritual (Según De Lubac, el peor mal que puede sobrevenir a la Iglesia). Ese vivir para darse gloria los unos a otros.

Simplificando; hay dos imágenes de Iglesia: la Iglesia evangelizadora que sale de sí; la Dei Verbum religiose audiens et fidenter proclamans, o la Iglesia mundana que vive en sí, de sí, para sí.

Esto debe dar luz a los posibles cambios y reformas que haya que hacer para la salvación de las almas.

4.- Pensando en el próximo Papa: un hombre que, desde la contemplación de Jesucristo y desde la adoración a Jesucristo ayude a la Iglesia a salir de sí hacia las periferias existenciales, que la ayude a ser la madre fecunda que vive de “la dulce y confortadora alegría de evangelizar”.

La alegría de ser discípulos misioneros para anunciar el Evangelio de Jesucristo

(Del Documento Conclusivo de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe llevada a cabo en Aparecida, Brasil)

En este momento, con incertidumbres en el corazón, nos preguntamos con Tomás: “¿Cómo vamos a saber el camino?” (Jn 14, 5). Jesús nos responde con una propuesta provocadora: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6). Él es el verdadero camino hacia el Padre, quien tanto amó al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna. Esta es la vida eterna: “Que te conozcan a ti el único Dios verdadero, y a Jesucristo tu enviado” (Jn 17, 3). La fe en Jesús como el Hijo del Padre es la puerta de entrada a la Vida. Los discípulos de Jesús confesamos nuestra fe con las palabras de Pedro: “Tus palabras dan Vida eterna” (Jn 6, 68); “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16).

Jesús es el Hijo de Dios, la Palabra hecha carne, verdadero Dios y verdadero hombre, prueba del amor de Dios a los hombres. Su vida es una entrega radical de sí mismo a favor de todas las personas, consumada definitivamente en su muerte y resurrección. Por ser el Cordero de Dios, Él es el salvador. Su pasión, muerte y resurrección posibilita la superación del pecado y la vida nueva para toda la humanidad. En Él, el Padre se hace presente, porque quien conoce al Hijo conoce al Padre.

Los discípulos de Jesús reconocemos que Él es el primer y más grande evangelizador enviado por Dios y, al mismo tiempo, el Evangelio de Dios. Creemos y anunciamos “la buena noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios” (Mc 1, 1). Como hijos obedientes a la voz del Padre, queremos escuchar a Jesús porque Él es el único Maestro. Como discípulos suyos, sabemos que sus palabras son Espíritu y Vida. Con la alegría de la fe, somos misioneros para proclamar el Evangelio de Jesucristo y, en Él, la buena nueva de la dignidad humana, de la vida, de la familia, del trabajo, de la ciencia y de la solidaridad con la creación.

Como Andrés, el Apóstol

Romanos 10,9-18:
Porque si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvado. Con el corazón se cree para alcanzar la justicia, y con la boca se confiesa para obtener la salvación. Así lo afirma la Escritura: "El que cree en él, no quedará confundido".
Porque no hay distinción entre judíos y los que no lo son: todos tienen el mismo Señor, que colma de bienes a quienes lo invocan. Ya que todo el que invoque el nombre del Señor se salvará.
Pero, ¿como invocarlo sin creer en él? ¿Y cómo creer, sin haber oído hablar de él? ¿Y cómo oír hablar de él, si nadie lo predica? ¿Y quiénes predicarán, si no se los envía? Como dice la Escritura: "¡Qué hermosos son los pasos de los que anuncian buenas noticias!" Pero no todos aceptan la Buena Noticia. Así lo dice Isaías: "Señor, ¿quién creyó en nuestra predicación?"
La fe, por lo tanto, nace de la predicación y la predicación se realiza en virtud de la Palabra de Cristo. Yo me pregunto: ¿Acaso no la han oído? Sí, por supuesto: Por toda la tierra se extiende su voz y sus palabras llegan hasta los confines del mundo.
Breve comentario:

Confesar a Jesús con la boca, significa evangelizar, quiere decir anunciar que el Reino de Dios se hizo presente entre nosotros con la llegada del Salvador. Es nuestra función como bautizados y pertenecientes a la Iglesia que fundó Jesús, que entre sus característica está ser apostólica.

Que, como nos invita Pablo en este texto y a imitación de Andrés cuya fiesta celebramos en el día de hoy, estemos dispuestos a "embellecer" nuestros pies usándolos en el anuncio, tanto con nuestra boca como con nuestras acciones, de la Buena Noticia de que Cristo nuestro Señor ha redimido al mundo con su cruz salvadora.

Familia cristiana: llamada a la evangelización

(Del mensaje del Papa Benedicto XVI a las familias en el Encuentro Nacional de las Familias Católicas croatas el 5 de junio del 2011)

Es bien sabido que la familia cristiana es un signo especial de la presencia y del amor de Cristo, y que está llamada a dar una contribución específica e insustituible a la evangelización. La familia cristiana ha sido siempre la primera vía de transmisión de la fe, y también hoy tiene grandes posibilidades para la evangelización en múltiples ámbitos. Queridos padres, esforzaos siempre en enseñar a rezar a vuestros hijos, y rezad con ellos; acercarlos a los Sacramentos, especialmente a la Eucaristía, introducirlos en la vida de la Iglesia; no tengáis miedo de leer la Sagrada Escritura en la intimidad doméstica, iluminando la vida familiar con la luz de la fe y alabando a Dios como Padre. Sed como un pequeño cenáculo, como aquel de María y los discípulos, en el que se vive la unidad, la comunión, la oración.

Hoy, gracias a Dios, muchas familias cristianas toman conciencia cada vez más de su vocación misionera, y se comprometen seriamente a dar testimonio de Cristo, el Señor. En la sociedad actual es más que nunca necesaria y urgente la presencia de familias cristianas ejemplares. Hemos de constatar desafortunadamente cómo, especialmente en Europa, se difunde una secularización que lleva a la marginación de Dios de la vida y a una creciente disgregación de la familia. Se absolutiza una libertad sin compromiso por la verdad, y se cultiva como ideal el bienestar individual a través del consumo de bienes materiales y experiencias efímeras, descuidando la calidad de las relaciones con las personas y los valores humanos más profundos; se reduce el amor a una emoción sentimental y a la satisfacción de impulsos instintivos, sin esforzarse por construir vínculos duraderos de pertenencia recíproca y sin apertura a la vida. Estamos llamados a contrastar dicha mentalidad. Junto a la palabra de la Iglesia, es muy importante el testimonio y el compromiso de las familias cristianas, vuestro testimonio concreto, especialmente para afirmar la intangibilidad de la vida humana desde la concepción hasta su término natural, el valor único e insustituible de la familia fundada en el matrimonio y la necesidad de medidas legislativas que apoyen a las familias en la tarea de engendrar y educar a los hijos.

Queridas familias, ¡sed valientes! No cedáis a esa mentalidad secularizada que propone la convivencia como preparatoria, o incluso sustitutiva del matrimonio. Enseñad con vuestro testimonio de vida que es posible amar, como Cristo, sin reservas; que no hay que tener miedo a comprometerse con otra persona. Queridas familias, alegraos por la paternidad y la maternidad. La apertura a la vida es signo de apertura al futuro, de confianza en el porvenir, del mismo modo que el respeto de la moral natural libera a la persona en vez de desolarla. El bien de la familia es también el bien de la Iglesia. Quisiera reiterar lo que ya he dicho otra vez: La edificación de cada familia cristiana se sitúa en el contexto de la familia más amplia, que es la Iglesia, la cual la sostiene y la lleva consigo Y, de forma recíproca, la Iglesia es edificada por las familias, pequeñas Iglesias domésticas. Roguemos al Señor para que las familias sean cada vez más pequeñas Iglesias y las comunidades eclesiales sean cada vez más familia.

Acciones para el Año de la Fe

(De la "Nota con indicaciones pastorales para el Año de la fe" emitida por la Congregación para la Doctrina de la Fe)

En el ámbito de las parroquias / comunidades / asociaciones / movimientos

1. En preparación al Año de la fe, todos los fieles están invitados a leer y meditar la Carta apostólica Porta fidei del Santo Padre Benedicto XVI.

2. El Año de la fe «será también una ocasión propicia para intensificar la celebración de la fe en la liturgia, y de modo particular en la Eucaristía». En la Eucaristía, misterio de la fe y fuente de la nueva evangelización, la fe de la Iglesia es proclamada, celebrada y fortalecida. Todos los fieles están invitados a participar de ella en forma consciente, activa y fructuosa, para ser auténticos testigos del Señor.

3. Los sacerdotes podrán dedicar mayor atención al estudio de los documentos del Concilio Vaticano II y del Catecismo de la Iglesia Católica, recogiendo sus frutos para la pastoral parroquial –catequesis, predicación, preparación a los sacramentos, etc.– y proponiendo ciclos de homilías sobre la fe o algunos de sus aspectos específicos, como por ejemplo, “el encuentro con Cristo”, “los contenidos fundamentales del Credo” y “la fe y la Iglesia”.

4. Los catequistas podrán apelar aún más a la riqueza doctrinal del Catecismo de la Iglesia Católica y, bajo la responsabilidad de los respectivos párrocos, guiar grupos de fieles en la lectura y la profundización común de este valioso instrumento, con la finalidad de crear pequeñas comunidades de fe y testimonio del Señor Jesús.

5. Se espera por parte de las parroquias un renovado compromiso en la difusión y distribución del Catecismo de la Iglesia Católica y de otros subsidios aptos para las familias, auténticas iglesias domésticas y lugares primarios de la transmisión de la fe. El contexto de tal difusión podría ser, por ejemplo, las bendiciones de las casas, el bautismo de adultos, las confirmaciones y los matrimonios. Esto contribuirá a confesar y profundizar la doctrina católica «en nuestras casas y con nuestras familias, para que cada uno sienta con fuerza la exigencia de conocer y transmitir mejor a las generaciones futuras la fe de siempre».

6. Será conveniente promover misiones populares y otras iniciativas en las parroquias y en los lugares de trabajo, para ayudar a los fieles a redescubrir el don de la fe bautismal y la responsabilidad de su testimonio, conscientes de que la vocación cristiana «por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado».

7. En este tiempo, los miembros de los Institutos de Vida Consagrada y de las Sociedades de Vida Apostólica son llamados a comprometerse en la nueva evangelización mediante el aporte de sus propios carismas, con una renovada adhesión al Señor Jesús, fieles al Santo Padre y a la sana doctrina.

8. Las comunidades contemplativas durante el Año de la fe dedicarán una particular atención a la oración por la renovación de la fe en el Pueblo de Dios y por un nuevo impulso en su transmisión a las jóvenes generaciones.

9. Las Asociaciones y los Movimientos eclesiales están invitados a hacerse promotores de iniciativas específicas que, mediante la contribución del propio carisma y en colaboración con los pastores locales, se incorporen al gran evento del Año de la fe. Las nuevas Comunidades y Movimientos eclesiales, en modo creativo y generoso, encontrarán los medios más eficaces para ofrecer su testimonio de fe al servicio de la Iglesia.

10. Todos los fieles, llamados a reavivar el don de  la fe, tratarán de comunicar su propia experiencia de fe y caridad, dialogando con sus hermanos y hermanas, incluso de otras confesiones cristianas, sin dejar de lado a los creyentes de otras religiones y a los que no creen o son indiferentes. Así se espera que todo el pueblo cristiano comience una especie de misión entre las personas con quienes viven y trabajan, conscientes de haber «recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos».

El primer "kerygma"

(De la Audiencia General del Papa Juan Pablo II el 8 de noviembre de 1989)

Antes de volver al Padre, Jesús había prometido a los Apóstoles: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra” (Hch 1, 8). Como escribí en la Encíclica Dominum et vivificantem, “el día de Pentecostés este anuncio se cumple fielmente. Actuando bajo el influjo del Espíritu Santo, recibido por los Apóstoles durante la oración en el Cenáculo ante una muchedumbre de diversas lenguas congregadas para la fiesta, Pedro se presenta y habla. Proclama lo que ciertamente no habría tenido el valor de decir anteriormente”. Es el primer testimonio dado públicamente, y casi podríamos decir solemnemente, de Cristo resucitado, de Cristo victorioso. Es también el inicio del kerygma apostólico.

Ya en la última catequesis hemos hablado de él, examinándolo desde el punto de vista del sujeto que enseña: “Pedro con los otros Once”. Ahora queremos analizar este primer kerygma en su contenido, como modelo o esquema de los muchos otros “anuncios” que seguirán en los Hechos de los Apóstoles, y luego en la historia de la Iglesia.

Pedro se dirige a los que se habían reunido en las cercanías del Cenáculo, diciéndoles: “Judíos y habitantes todos de Jerusalén” (Hch 2, 14). Son los mismos que habían asistido al fenómeno de la glosolalia, escuchando cada uno en su propia lengua la alabanza pronunciada por los Apóstoles de las “maravillas de Dios” (Hch 2, 11). En su discurso, Pedro comienza haciendo una defensa o al menos precisando la condición de los que, “llenos del Espíritu Santo” (Hch 2, 4), por el insólito comportamiento mostrado, fueron considerados “llenos de mosto”. Y desde sus primeras palabras ofrece la respuesta: “No están éstos borrachos, como vosotros suponéis, pues es la hora tercia del día, sino que es lo que dijo el profeta Joel” (Hch 2, 15-16).

En los Hechos se recuerda ampliamente el pasaje del profeta: “Sucederá en los últimos días, dice Dios: derramaré mi Espíritu sobre toda carne y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas” (Hch 2, 17). Esta “efusión del Espíritu” se refiere tanto a los jóvenes como a los ancianos, tanto a los esclavos como a las esclavas: por tanto, tendrá carácter universal. Y será confirmada por señales: “Haré prodigios arriba en el cielo y señales abajo en la tierra” (Hch 2, 19). Estas serán las señales del “día del Señor” que se está acercando: “Y todo el que invoque el nombre del Señor se salvará” (Hch 2, 21).

En la intención del orador, el texto de Joel sirve para explicar de modo adecuado el significado del acontecimiento, del que los presentes han visto las señales: “la efusión del Espíritu Santo”. Se trata de una acción sobrenatural de Dios unida a las señales típicas de la venida de Dios, predicha por los profetas e identificada por el Nuevo Testamento con la venida misma de Cristo. Este es el contexto en que el Apóstol vierte el contenido esencial de su discurso, que es el núcleomismo del kerygma apostólico: “Israelitas, escuchad estas palabras: A Jesús, el Nazareno,hombre acreditado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por su medio entre vosotros, como vosotros mismos sabéis, a éste, que fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios, vosotros le matasteis clavándole en la cruz por mano de los impíos; a éste, pues, Dios lo resucitó, librándole de los dolores del Hades, pues no era posible que quedase bajo su dominio" (Hch 2, 22-24).

Tal vez no todos los presentes durante el discurso de Pedro, llegados de muchas regiones para la Pascua y Pentecostés, habían participado en los acontecimientos de Jerusalén que habían concluido con la crucifixión de Cristo. Pero el Apóstol se dirige también a ellos como a “israelitas”, es decir, pertenecientes a un mundo antiguo en el que ya habían brillado para todos las señales de la nueva venida del Señor.

Las señales y los milagros a los que se refería Pedro se hallaban presentes ciertamente en la memoria de los habitantes de Jerusalén, pero también de muchos otros de sus oyentes que al menos debían haber escuchado hablar de Jesús de Nazaret. De cualquier modo, tras haber recordado todo lo que Cristo había hecho, el Apóstol pasa al hecho de su muerte en cruz y habla directamente de la responsabilidad de los que habían entregado a Jesús a la muerte. Pero añade que Cristo “fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios” (Hch 2, 23). Por consiguiente, Pedro introduce a sus oyentes en la visión del plan salvífico de Dios que se ha realizado precisamente por medio de la muerte de Cristo. Y se apresura a dar la confirmación decisiva de la acción de Dios mediante y por encima de lo que han hecho los hombres. Esta confirmación es la resurrección de Cristo: “Dios le resucitó, librándole de los dolores del Hades, pues no era posible que quedase bajo su dominio” (Hch 2, 24).

Es el punto culminante del kerygma apostólico acerca de Cristo salvador y vencedor.

Pero, llegado a este punto, el Apóstol recurre nuevamente al Antiguo Testamento. En efecto, cita el salmo mesiánico 15/16 (versículos 8-11):

“Veía constantemente al Señor delante de mí,/ puesto que está a mi derecha, para que no vacile./ Por eso se ha alegrado mi corazón y se ha alborozado mi lengua,/ y hasta mi carne reposará en la esperanza/ de que no abandonarás mi alma en el Hades/ ni permitirás que tu santo experimente la corrupción./ Me has hecho conocer caminos de vida,/ me llenarás de gozo con tu rostro” (Hch 2, 25-28).

Es una legítima adaptación del salmo davídico, que el autor de los Hechos cita según la versión griega de los Setenta, que acentúa la aspiración del alma judía a huir de la muerte, en el sentido de la esperanza de liberación incluso de la muerte ya sucedida .

A Pedro, sin duda, le urge subrayar que las palabras del salmo no aluden a David, cuya tumba ―observa él― “permanece entre nosotros hasta el presente”. Se refieren, en cambio, a su descendiente, Jesucristo: David “vio a lo lejos y habló de la resurrección de Cristo” (Hch 2, 31). Por consiguiente, se han cumplido las palabras proféticas: “A este Jesús Dios lo resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos. Y exaltado a la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis... Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado” (Hch 2, 32-33. 36).

La víspera de su Pasión, Jesús había dicho a los Apóstoles en el Cenáculo, hablando del Espíritu Santo: “Él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio” (Jn 15, 26-27). Como escribí en la Encíclica Dominum et vivificantem, “en el primer discurso de Pedro en Jerusalén este ‘testimonio’ encuentra su claro comienzo: es el testimonio sobre Cristo crucificado y resucitado. El testimonio del Espíritu Paráclito y de los Apóstoles”.

En este testimonio Pedro quiere recordar a sus oyentes el misterio de Cristo resucitado, pero también quiere explicar los hechos a los que han asistido en Pentecostés, mostrándolo como señales de la venida del Espíritu Santo. El Paráclito ha venido realmente en virtud de la Pascua de Cristo. Ha venido y ha transformado a aquellos galileos a los que se había confiado el testimonio acerca de Cristo. Ha venido porque fue enviado por Cristo, “exaltado a la diestra de Dios”, decir, exaltado por su victoria sobre la muerte. Su venida es, por tanto, una confirmación del poder divino del resucitado. “Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado”, concluye Pedro (Hch 2, 36). También Pablo, escribiendo a los Romanos, proclamará: “Jesús es Señor” (Rm 10, 9).

Metodología y contenido del kerigma


Hemos visto que llamamos kerigma al primer anuncio del Evangelio. Éste consiste en proclamar con alegría y convencimiento a Jesucristo, muerto, resucitado y glorificado por el Padre, que lo ha constituido para nosotros Señor y Salvador.

Las características de este anuncio son:

- Es gozoso, lleno de alegría
- Es entusiasta, lleno de la unción del Espíritu Santo
- Es testimonial, anunciando lo que Jesús ha hecho en la vida del que lo proclama
- Es vibrante, haciendo estremecer el corazón del que lo escucha, y provocando una respuesta
- Es valiente, de alguien que con la fuerza del Espíritu Santo ha roto las cadenas de la muerte y se lanza a proclamarlo

CONTENIDO DEL KERIGMA

En el kerigma se anuncia una buena noticia: Jesucristo vivo, su persona, su misión del Reino, y sus hechos de salvación que son actuales y eficaces hoy.

Se anuncia el misterio pascual que es el hecho de la salvación lograda en Cristo, con su muerte su resurrección y su ascensión, y su don del Espíritu Santo en Pentecostés.

Esta salvación nos libera de la muerte del pecado, para ser hijos del Padre, y hermanos de todos los hombres de la creación.

El anuncio del kerigma es el anuncio de la Buena Nueva del Reino de Dios.

El modelo lo encontramos en la predicación de los Apóstoles, que puede ser encontrada en los discursos kerigmáticos del libro de los Hechos de los Apóstoles. Básicamente ellos proclamaban:

-La persona viva de Jesús y sus hechos de salvación
-La promesa del don del Espíritu Santo
-Invitación a dar una respuesta: la fe y la conversión
-Experiencia personal y comunitaria del poder de Dios

OBJETIVO DEL ANUNCIO DEL KERIGMA

El objetivo es provocar un encuentro personal con el Señor resucitado, que lleve a dar un si inicial a Jesús en la fe. Es decir, iniciar el proceso de conversión sincera y verdadera, y proclamar a Jesús como Salvador y Señor.

PARA PROCLAMAR EL KERIGMA SE NECESITA UN TESTIGO LLENO DEL ESPIRITU SANTO
Que de testimonio de su propia experiencia de salvación y conversión.

FORMA CLAVE DE PROCLAMAR EL KERIGMA: EL TESTIMONIO

Es contar a viva voz lo que Jesús ha hecho en la propia vida de quien lo proclama. Es vivencial y personal, con hechos concretos. Deberá ser:

-Alegre
-Breve
-Centrado en Cristo
-Que destaque cuatro momentos:

     +Antes de Cristo
     +Encuentro con Cristo
     +Después de Cristo
     +Motivación a los que escuchan para que tengan su encuentro con Jesús.

TEMAS CLAVES DEL KERIGMA

Los seis temas básicos, y sus respectivos objetivos, del anuncio kerigmático son:

-El amor de Dios: motivación a experimentar el amor personal e incondicional de Dios.
-El pecado: la causa por la que no experimentamos el amor de Dios.
-La salvación mediante Jesús: presentar a Jesús, muerto, resucitado y glorificado como la única solución para el mundo y para cada persona.
-Fe y conversión: propiciar un encuentro personal con Jesús, que lleve a un acto de fe y conversión.
-Don del Espíritu Santo: presentar el Espíritu Santo que nos renueva y capacita para vivir la vida nueva.
-La comunidad: motivar la participación a la vida en comunidad.

Estos temas constituyen una sola unidad bien entrelazada y concatenada, que debe transmitirse con un enfoque vivencial, es decir, testimonial.

El Kerigma

El primer anuncio evangélico

La palabra "kerigma" significa el "anuncio" de una noticia por medio de un heraldo. En el Nuevo Testamento, indica "proclamación" de la Buena Nueva (la gozosa noticia) por medio de la "predicación" (Rom 16,25). De hecho es el primer anuncio sobre Dios Amor, que ha enviado a su Hijo Jesucristo, hecho hombre como nosotros, para nuestra salvación.

Jesús mismo hizo este "anuncio", proclamando "El Reino de Dios está cerca" (Mc 1,15). Con ello indicaba que las promesas mesiánicas ya habían llegado a "su tiempo". La acogida del Reino incluye un cambio de mentalidad (la "conversión") y una adhesión a la persona de Cristo y a su mensaje "Creer en el evangelio" (Mc 1,15). Los Apóstoles invitaron a recibir al Mesías (el "Cristo"), como ungido y enviado por Dios en "la plenitud de los tiempos" (Gál 4,4).

Cuando el día de Pentecostés San Pedro proclamó el hecho de la muerte y resurrección de Jesús, invitó también a la aceptación del hecho salvífico por medio de la fe y del bautismo "A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos... Arrepentíos y bautizados en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados, y recibiréis el Espíritu Santo" (Hch 2,32-38). Desde el día de Pentecostés, la Iglesia anuncia que Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre para nuestra salvación, por medio de su muerte y resurrección; en él se cumplen las esperanzas mesiánicas.

Elementos fundamentales del "kerigma"

Los elementos fundamentales del "kerigma" se encuentran en diversos pasajes de San Pablo la filiación divina de Jesús (manifestada por la fuerza del Espíritu en la resurrección), su realidad humana (manifestada especialmente en su nacimiento y muerte), su redención para nuestra salvación. Cristo, por su resurrección, manifiesta que es Hijo de Dios hecho nuestro hermano por la fuerza del Espíritu. "Este evangelio se refiere a su Hijo, nacido de la estirpe de David en cuanto hombre, y constituido por su resurrección de entre los muertos, Hijo poderoso de Dios según el Espíritu santificador Jesucristo, Señor nuestro" (Rom 1,1-5). Jesús es el Hijo de Dios y, por tanto, perfecto Dios, y es también perfecto hombre, hermano nuestro y, por tanto, Salvador definitivo, pleno y universal.

Estos elementos del "kerigma" aparecen claramente en el conjunto de textos marianos neotestamentarios Mt 1-2 (infancia); Lc 1-2 (infancia); Jua 2,1-12 (Caná); Jua 19,25-27 (cruz); Mc 3,31-35 y paralelos sinópticos (alabanza de la madre de Jesús); Hch 1,12ss (cenáculo); Gál 4,4-7 ("la mujer"); Apo 12,1 ("la gran señal"). María es Virgen por obra del Espíritu (Cristo es verdadero Hijo de Dios), María es madre (Cristo es verdadero hombre), María está asociada a la salvación (Cristo es el único Salvador). Así, pues, ya ha comenzado el cumplimiento de las profecías y de las esperanzas mesiánicas.

Sentido misionero universalista

En el "kerigma" se anuncia a Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado, que comunica, de parte del Padre, la vida nueva en el Espíritu. Tiene, pues dimensión trinitaria. Jesús había enviado a los apóstoles "a todas las gentes", para "enseñar" o anunciar el mensaje de su encarnación y redención, de suerte que toda la humanidad quedara invitada y urgida a participar del misterio trinitario de Dios Amor, bautizándose "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Mat 28,19). Jesús comunicó el Espíritu Santo ("la promesa del Padre") a los apóstoles, para que tuvieran el valor de anunciar en su nombre este misterio de amor a toda la humanidad.

El apóstol es enviado a proclamar este "primer anuncio" a todos los pueblos, puesto que "evangelizar es, ante todo, dar testimonio, de una manera sencilla y directa, de Dios revelado por Jesucristo mediante el Espíritu Santo. Testimoniar que ha amado al mundo en su Hijo; que en su Verbo Encarnado ha dado a todas las cosas el ser, y ha llamado a los hombres a la vida eterna".

La novedad de la misión cristiana estriba en este anuncio de la encarnación del Verbo y de su misterio pascual de muerte y resurrección, como epifanía del misterio trinitario. Por Cristo, perfecto Dios y perfecto hombre, Dios ha querido salvar al hombre por medio del hombre, comunicándole la vida nueva en el Espíritu. El misterio del hombre, creado a imagen de Dios, ha sido restaurado, por Cristo y en el Espíritu. El hombre ya puede participar de la vida trinitaria.

(De: ESQUERDA BIFET, Juan, Diccionario de la Evangelización, BAC, Madrid, 1998)