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La Sagrada familia: una familia probada. Modelo a seguir por la nuestra


Aunque familia ejemplar, ¡cuántas pruebas tuvo que pasar el santo trío familiar compuesto por José y María como padres, y Jesús como centro y divino brote en retoño!

En ellos se cumplía perfectamente lo establecido en las Sagradas Escrituras sobre la responsabilidad del padre de la familia, la autoridad de ambos padres sobre la prole, y la mandada sumisión obediente de ésta última respecto a los primeros.

En efecto, José, tras su dubitativo momento de confusión inicial al enterarse del estado de gravidez de María, sin su participación, aceptó la encomienda divina acoger a su esposa y aceptar la encomienda divina de ser padre de la criatura que ya estaba en el vientre de ella por obra del Espíritu Santo. Se tomó esa encomienda como un padre ejemplar, siendo a la vez proveedor, protector y educador. Así, cuando hubo que buscar, buscó; como lo hizo con el portal de Belén y el avituallamiento requerido; protector excelente, guiado por Dios; en un ambiente hostil y con tantos contrarios: la huída a Egipto es un ejemplo de ejecución magistral; y educador que supo transmitir conocimientos de supervivencia como la artesanía de la madera que ejecutaba con habilidad; pero también corrigiendo cuando las cosas se salían, a su entender, del cauce esperado, como en el episodio del niño hallado en el Templo.

María, ¿qué decir?; sería poco lo que pudiéramos expresar respecto a sus cualidades de madre ejemplar: callada, siempre a la escucha, consciente del papel que el Ángel le comunicó que se le había asignado, conocedora de la misión divina de su Hijo, y a la espera de que llegara el momento del arranque, en Caná de Galilea, para darle el empujón inicial al Salvador. Su "hágase" constituye el "si" más esperado y celebrado en la historia de la humanidad. No tuvo reparos en aceptar su encargo a pesar de los grande riesgos y sufrimientos que le acarrearían. La gran tarea de educadora en el orden espiritual tuvieron que haber recaído sobre ella, por el mayor tiempo de contacto que tiene siempre el hijo con la madre; su ejemplo de fe y oración debieron ser muy importantes en la educación del niño Jesús, quien, como humano, tenía que ser formado en la fe y cultura judía en que había nacido. José complementó perfectamente a María en esa educación de fe; la presentación en el Templo nos muestra la religiosidad familiar de ellos.

No obstante de su papel sagrado, este familia tuvo que soportar grandes pruebas en todos los órdenes que contradicen la tendencia a suponer que todo era color de rosas en el desempeño funcional de este grupo. Empezando por la duda inicia de José que ponía en peligro la ejecución del proyecto divino y las consecuencias que eso traería sobre la joven doncella que estaba embarazada, y con probable rechazo del novio, en peligro de muerte. Los problemas económicos y de sustento tienen que haber aparecido inmediatamente la incipiente familia tiene que trasladarse a ser censada en la región de Judea; José tuvo que prescindir de la generación de recursos para poder cumplir ese mandato. La persecución de Herodes constituyó un riesgo de muerte para el hijo de la familia, y las dificultades inherentes a tener que irse a procurar sustento en tierras lejanas y extrañas. Así fue el devenir de esa familia, con pruebas tras pruebas; el niño perdido en el templo es tan sólo una más, que aunque indica aceptación, por parte de Jesús, de la corrección que le hacen sus padres, no deja de expresar las habituales dificultades en las comunicaciones generacionales existentes entre los seres humanos, de manera especial entre padres e hijos.

Nosotros en nuestros días nos quejamos, y muchas veces consideramos insalvables, las pruebas que confrontamos. Si el centro de nuestras familias fuera Jesús, y nuestra meta fuera lo ofrecido por Él, podríamos sobrellevar y vencer esas situaciones con menos dificultad. Sea, pues, la Sagrada Familia el ejemplo y la guía de nuestros respectivos hogares. Que así sea.

Reflexiones sobre la familia

(Texto del Cardenal Dominik Duka, OP)

La convocatoria del Sínodo sobre la familia ha suscitado una gran e inesperada atención. Ha provocado discusiones tempestuosas y ha mostrado cierta polaridad entre la Iglesia y la sociedad. Podemos sentirnos sorprendidos, escandalizados o incluso tristes. Se trata de comportamientos comprensibles ante la realidad; es decir, la larga y grave crisis de la familia que, como podemos afirmar con seguridad, estaba condenada a la ruina ya desde finales de la primera mitad del siglo XIX. Quien haya leído el Manifiesto del Partido Comunista estará de acuerdo conmigo. ¿Somos conscientes del significado de esta presión ideológica que dura ya un siglo y medio? A esta ideología están expuestos no solo los lectores o los estudiantes, sino también, bajo la forma de dictaduras totalitarias, cientos de millones de habitantes de la Tierra. La familia ha sido puesta en la picota como institución explotadora, lugar que oprime la espontaneidad, que destruye el deseo hedonístico, la libertad individual, etc. De hecho, el concepto marxista de la lucha de clases se ha convertido en un instrumento también de la psicología del inconsciente en los países donde el puesto del confesor ha sido ocupado por terapeutas, psicólogos o psiquiatras, a lo que ha seguido lógicamente el rechazo de la familia. Si contemplamos la cultura popular actual, el cine, la literatura, podemos constatar que manejan los complejos de Edipo y de Electra, creando tramas ricas y apasionantes que, no obstante, repercuten sobre el consumidor de dicha cultura causando daños seguros a la familia. Creo que el clamor provocado por el sínodo puede ser, desde un cierto punto de vista, también una señal positiva. Nos dice que la familia supone un reto aun hoy. Suscita escándalo, ansiedad; en pocas palabras, no deja a nadie indiferente, ni siquiera a quienes dicen que la familia forma parte del pasado o que está por extinguirse.

Esta descripción de la situación no expresa correctamente el debate que se desarrolla dentro de los sínodos, sobre todo respecto a la cuestión de la disolución del matrimonio, así como de la comunión eucarística para los divorciados vueltos a casar. Mi opinión es que la crisis actual de la familia está íntimamente relacionada con la destrucción de la antropología, es decir, de la compresión del hombre como tal. Detengámonos un momento para examinar con qué elementos se trabaja hoy para comprender al hombre, o bien cuáles de estos elementos deberemos dejar a un lado.

¿Qué significa para quien vive en la indiferencia religiosa postmoderna el concepto de hombre? ¿Es imagen de Dios? Sabemos que no es fácil hablar de Dios si el original, esto es, Dios mismo, como dice la Sagrada Escritura, es invisible, inimaginable e inaprensible. Análogamente, podemos observar hoy este problema en el rechazo explícito del arte abstracto. Si el Ser es, por lo demás, invisible, si no podemos tocarlo, si no podemos aprehenderlo con los sentidos, nos encontramos con que en la sociedad que, desde el punto de vista filosófico-teológico, se ha convertido casi en analfabeta, la idea de Dios es expresada mediante términos como: algo debe existir . En este contexto, ¿podemos preguntarnos quién es el hombre, la imagen de Dios? No. Hay algo , pero no sabemos mucho. ¿Podemos preguntar a algo ? ¿Tomarlo en consideración? ¿Tener confianza en ello? La definición clásica, que en la síntesis aristotélica define al hombre como el ser racional, ha sido sustituida por la definición de la antropología contemporánea que define al hombre como el ser capaz de experiencia. Pero la experiencia, como todos sabemos, existe durante un breve período en el que nos sentimos satisfechos. En realidad, toda pasión funciona de este modo. ¿Construiremos por tanto el matrimonio, la familia, la responsabilidad de una amistad firme sobre esta antropología?

Podríamos continuar con esta discusión hasta el infinito. Seguramente oiremos decir que el hombre contemporáneo está expuesto al continuo asalto de informaciones y desinformaciones. Está saturado hasta el límite de la inestabilidad psicológica. La vida humana actual, más longeva, plantea enormes exigencias sobre el matrimonio y la familia. Estas instituciones, después de un cierto tiempo, agotan las posibilidades de sorpresa, de experiencia y de placer, haciéndose aburridas y poco atrayentes. De aquí derivan muchas de las causas de las crisis matrimoniales y familiares.

Hablando de la idea bíblica del hombre, las primeras páginas de la Sagrada Escritura nos presentan a quien es definido como imagen de Dios. La invisibilidad, lo inconcebible, lo inalcanzable de Dios no ha sido nunca puesto en duda en las páginas bíblicas. Se subraya cómo el encuentro con Dios es un evento que transforma y no puede ser olvidado. Al contrario: el hombre, la sociedad, los israelitas viven de este acontecimiento que permanece vivo a pesar de cualquier catástrofe, incluso del Holocausto, y que muestra su vitalidad. Esto, por otra parte, vale también para el nuevo Israel, la Iglesia. Dios se autodefine cuando responde a la pregunta «¿quién eres?» o «¿cómo te llamas?» diciendo: «Soy el que Soy», « El que Es ». No es un ser impersonal. Nos damos cuenta de que hay algo que también resuena en nuestro interior. Aun después de setenta años de vida conservo en mí la permanencia del que es . Soy propiamente yo y ningún otro. Basta un momento de insomnio y en la película de mi vida se proyecta toda la riqueza de los acontecimientos, de las experiencias, de las sorpresas, de las alegrías, a veces también de las desilusiones y los dolores. Me pregunto: ¿puedo llegar a ser banal para mí mismo? Ciertamente, hay momentos en los que estoy disgustado. No soy solo el hombre que busca experiencias, sino que soy el ser, la criatura que piensa. Por tanto, sé que se trata de emociones momentáneas que terminan cuando termina, por ejemplo, el dolor de espalda o de cabeza. A partir de la antropología bíblica, sabemos que lo más esencial que Dios manifiesta hacia nosotros es la amistad, el amor. Dios declara su amor hacia el hombre.

Padre, madre, las relaciones más profundas, los sentimientos más profundos de los que el hombre es capaz, son la imagen de Aquél que es, es decir, del Dios que es . Los profetas de Israel, al contrario de los filósofos antiguos, definen al hombre como el ser capaz de Dios ( homo capax Dei ). No es casualidad que en la historia de mi país la lectura de los profetas haya sido siempre una fuente, un manantial en los momentos de humillación más grande, de las ocupaciones, de las dictaduras totalitarias, de la persecución. Descubrimos, por tanto, lo que significa la negación de la paternidad y la maternidad en la subcultura de la sociedad actual. Ahí está la base de la advertencia de la Iglesia de que el padre y la madre son insustituibles. La paternidad y la maternidad, como nos indica el misterio de Dios, de la Trinidad, es la riqueza más profunda del que es . Durante la pascua, en la sinagoga, se lee el Cantar de los Cantares , esto es, el conjunto de cantos nupciales, donde Dios es el esposo e Israel la esposa. Esta interpretación alegórica no ha sido suficientemente estudiada por parte de los autores cristianos, pero se trata de la interpretación alegórica auténtica que permite incluir este canto poético en el canon de los libros bíblicos. Permítanme citar a Rabbi Akiva: «Si las Escrituras son sagradas, el Cantar de los Cantares es el más sagrado». La definición neotestamentaria de Dios es «Dios es amor». Esta es la definición de Juan, de quien el Evangelio dice que era el discípulo más amado de Jesús. Eso significa que si soy la imagen de Dios, soy capaz de amar. El amor es la riqueza más grande que el hombre puede donar al otro. Si quiero hablar de amor al otro, debo darme cuenta de que he de ser un elemento activo que intervenga en esta relación. No puedo ser solo el que desea ser amado; esta cuestión es secundaria, prima siempre que «Dios ha amado tanto al mundo...» Esta prioridad del amor de Dios compromete al hombre a no contentarse con su propio amor, sino principalmente a convertirse en don de sí mismo al otro. La actual degradación de la palabra «amor» revela que el amor verdadero ha sido sustituido por el mero erotismo, carente de la dimensión de la amistad y del don. Se convierte en algo que podríamos asimilar a la tóxico-dependencia más que a la manifestación más profunda del hombre. El amor no puede ser negación de la libertad porque no es dependencia sino decisión libre y ponderada de ser para el otro y con el otro. Los enamorados piden y buscan hasta el infinito la respuesta a la pregunta «¿Me quieres?», y se dicen: «¡Te amo!» Expresan así su decisión libre de forjar una relación: nace así el pacto , se da la palabra . Si queremos entender la crisis de la familia y del matrimonio, debemos preguntar qué significa el término «palabra» en la sociedad de hoy. Toda la industria de los medios de comunicación social y del entretenimiento no entiende la palabra como acontecimiento , como auto-comunicación, como donarse al otro, aunque en la comunicación humana, en el diálogo, se presupone la reciprocidad, la seguridad, la confianza y la amistad; pero la palabra mediática se convierte en propaganda, en publicidad, miente y seduce. Desde hace ya tiempo no basta con dar la propia palabra. Desde mi experiencia puedo decir que lo que más detesto es leer contratos; cientos de páginas buscando permanentemente algún engaño. Parece que hoy la palabra ya no sirva, parece que solo la obligación tenga valor. En la tradición antigua solo se podía obligar al diablo, nunca a Dios. Para Dios basta una sola palabra: amén , así sea, aquí estoy, prometo, doy mi palabra, o juro, porque en realidad se trata de un juramento. He aquí la razón por la que los pactos de Dios son concisos y por eso Jesús se contenta con un solo mandamiento. Permítanme esta pregunta: ¿cómo llamamos a quien no ha sido fiel a su juramento, a quien no ha mantenido la palabra dada, a quien no permanece en su puesto y huye como un cobarde? Si hablamos de disolución del matrimonio es necesario darse cuenta de que se trata de una de las crisis más profundas, no solo de la institución o de la violación de las reglas y de las leyes, sino de la negación de sí mismos. Y esto es una traición.

En esta situación, muchos de los que sufren dolorosamente por la realidad de un divorcio no causado por ellos, objetarán que se les esté imputando injustamente con unas cargas inhumanas. ¿Pero qué esperamos de un soldado que debe proteger la posición asignada, quizás una casa donde están refugiados madres con niños? ¿Qué deberíamos esperar, por tanto, de quien ha dicho «no te abandonaré nunca»? No niego que haya situaciones en las que la Iglesia deba buscar una solución, pero no es posible decir que, en general, el hombre de hoy no es capaz de una unión sólida e indisoluble. Si aceptáramos esta afirmación, deberíamos decir que somos testigos de la degradación más profunda del hombre en la historia de la humanidad. Dios ha dado su palabra y la ha mantenido; la ha mantenido en la cruz de Cristo. Nuestras discusiones sobre el sacrificio y su legitimidad son inútiles y a veces completamente irresponsables. La cruz no es la exaltación de la tortura, de la muerte; la cruz es la exaltación del amor fiel. Es la exaltación del mantenimiento de la palabra, del juramento que Dios ha hecho al hombre, del Dios que se fía del hombre. Debemos sentir un gran respeto hacia quienes han mantenido su palabra, y a ellos les expresamos una profunda gratitud. La crisis de la familia se inserta en la crisis fundamental de toda nuestra sociedad, la cual podemos observar a nuestro alrededor. Tal crisis no es sino parte de la crisis antropológica general. Fiel a la palabra de Dios, el sínodo considerará, ciertamente, cómo ayudar al hombre, cómo ayudar a la familia, cómo ayudar al matrimonio, para que exprese la realidad existencial de nuestra fe.

Finalmente, quisiera llamar la atención sobre una cuestión: el sínodo no debería nunca olvidar el escándalo que ha sido y es la simple destrucción de la palabra, de las promesas de gran número de religiosos y sacerdotes en la última mitad del siglo pasado. Démonos cuenta de que se trata del mismo escándalo, o incluso de un escándalo mayor que los de la Inquisición y demás faltas, incomprensiones y fallos en la historia de la Iglesia. Un escándalo que debemos confesar con humildad ante los hombres y las mujeres que, en medio del sinfín de dificultades que atraviesan sus vidas en esta época de degradación, luchan para permanecer fieles a la promesa, a su palabra, al juramento que se han hecho a sí mismos y a Dios.

El Evangelio de la familia en el occidente secularizado

(Exposición de Cardenal Camillo Ruini)

La familia, elemento fundamental de la sociedad, está atravesando un período de evolución extraordinariamente veloz. Las relaciones prematrimoniales parecen ya obvias y los divorcios son algo casi normal, muy a menudo como consecuencia de la ruptura de la fidelidad conyugal. Nos alejamos así de la fisionomía tradicional de la familia en los países y en las civilizaciones marcados por el cristianismo. Más aún, en los últimos decenios, al menos en Occidente, hemos entrado en territorios inexplorados: se han abierto camino las ideas de género y los matrimonios homosexuales. A la raíz de todo se encuentra el primado y casi la absolutización de la libertad individual y del sentimiento personal. Por tanto, el vínculo familiar debe plasmarse al gusto personal y ciertamente no debe comprometer, hasta el punto que desaparece o es prácticamente irrelevante. En la misma lógica, este vínculo debe ser accesible a todo tipo de pareja, sobre la base de la reivindicación de una total igualdad que no acepta las diferencias, sobre todo las que remiten a una voluntad exterior, ya sea humana (leyes civiles) ya sea divina (ley natural).

Sigue siendo fuerte y muy extendido, sin embargo, el deseo de tener una familia y, en lo posible, una familia estable: deseo que se traduce en la realidad de tantas familias «normales» y también de numerosas familias auténticamente cristianas. Estas últimas son, ciertamente, una minoría, aunque consistente y muy motivada. La sensación de que la familia propiamente dicha esté desapareciendo es en buena parte, por tanto, fruto de la distancia entre el mundo real y el mundo virtual construido por los medios de comunicación, si bien no debamos olvidar que este mundo virtual influye potentemente sobre los comportamientos reales.

Contemplando la situación en modo sereno y equilibrado, se presentan poco fundados, por lo que respecta a la familia y a su futuro, el pesimismo unilateral y la resignación. Sirve más bien para la pastoral familiar la actitud del Concilio Vaticano II hacia los nuevos tiempos, actitud que podemos resumir en el binomio de acogida y reorientación hacia Cristo salvador. Particularmente, en la Gaudium et spes , nn. 47-52, tenemos un nuevo acercamiento al matrimonio y la familia, mucho más personalista pero sin ruptura con la concepción tradicional. Más adelante, las Catequesis sobre el amor humano de san Juan Pablo II y la Exhortación apostólica Familiaris consortio constituyeron una gran profundización sobre el tema que abrieron perspectivas nuevas y afrontaron muchos de los problemas actuales. Aunque es cierto que estas catequesis no puedan medirse explícitamente con los desarrollos más recientes y radicales, como la teoría del género y el matrimonio entre personas del mismo sexo, sentaron ciertamente las bases para afrontarlos. Indudablemente la práctica pastoral no siempre ha estado a la altura de estas enseñanzas —por otra parte no podrá estarlo del todo—, pero se ha movido en su misma línea con resultados importantes: nuestras jóvenes familias cristianas son también su fruto.

Los sínodos sobre la familia

Ahora, con el papa Francisco, hemos celebrado ya un sínodo acerca de los desafíos pastorales que atañen a la familia en el contexto de la nueva evangelización y nos disponemos a celebrar otro: es una etapa sucesiva en el camino de acogida y reorientación a la que toda la Iglesia está llamada a recorrer con confianza.

La óptica del sínodo es claramente universal y ningún área geográfica o cultural puede pretender que los sínodos se concentren solo sobre los propios problemas. Dicho esto, para Occidente las cuestiones más relevantes parecen ser las más radicales surgidas en los últimos decenios: impulsan a repensar y a volver a motivar, a la luz del Evangelio de la familia, el significado y el valor del matrimonio como alianza de vida entre el hombre y la mujer, orientada al bien de ambos y a la generación y educación de los hijos y dotada de una relevancia también social y pública. Aquí la fe cristiana tiene que mostrar una verdadera creatividad cultural, que los sínodos no pueden producir automáticamente pero pueden estimular, en los creyentes y en quienes se dan cuenta de que está en juego una dimensión humana fundamental.

Divorciados vueltos a casar

Continúan interpelándonos también otras cuestiones que ya han sido afrontadas repetidamente por el Magisterio. Entre ellas, la de los divorciados vueltos a casar. La Familiaris consortio , n. 84, indicó la actitud que debe ser tomada: no abandonar a quienes se encuentran en esta situación, sino, al contrario, atenderles con especial cuidado, esforzándose en poner a su disposición los medios de salvación de la Iglesia. Ayudarles, por tanto, a que no se consideren separados de la Iglesia sino más bien a que participen de la vida de esta. Discernir bien, por otra parte, las diferentes situaciones, especialmente las de los cónyuges abandonados injustamente respecto a las de quienes culpablemente han destruido el propio matrimonio.

La misma Familiaris consortio confirma la praxis de la Iglesia, «fundándose en la Sagrada Escritura [...] de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez» (n. 84). La razón fundamental es que «no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía» ( ibid. ): no se cuestiona, por tanto, una culpa personal sino el estado en el que se encuentra. Por eso, el hombre y la mujer que por serios motivos, como por ejemplo la educación de los hijos, no pueden satisfacer la obligación de la separación, para recibir la absolución sacramental y acercarse a la Eucaristía deben asumir «el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos» ( ibid. ).

Se trata, indudablemente, de un compromiso muy difícil que, de hecho, se verifica en poquísimas parejas, mientras que desgraciadamente son cada vez más numerosos los divorciados que se vuelven a casar. Se están buscando, desde hace tiempo, otras soluciones. Una de ellas, aun manteniendo firme la indisolubilidad del matrimonio rato y consumado, considera que puede permitirse a los divorciados que se vuelven a casar recibir la absolución sacramental y acceder a la Eucaristía, con unas condiciones precisas pero sin tener que abstenerse de los actos propios de los esposos. Se trataría de una segunda tabla de salvación, ofrecida según el criterio de la epikeia para conectar la misericordia a la verdad. Esta solución, sin embargo, no parece factible, principalmente porque implica un ejercicio de la sexualidad extraconyugal, dado que el primer matrimonio, rato y consumado, aún perdura. En otras palabras, el vínculo conyugal originario continuaría existiendo pero en el comportamiento de los fieles y en la vida litúrgica se podría proceder como si no existiese. Estamos, por tanto, frente a una cuestión de coherencia entre la praxis y la doctrina, y no solamente ante un problema de disciplina. Por lo que se refiere a la epikeia y a la aequitas canonica , son criterios muy importantes en el ámbito de las normas humanas y puramente eclesiásticas, pero no pueden ser aplicadas a las normas de derecho divino, sobre las que la Iglesia no tiene ningún poder discrecional.

Esto no significa que se cierre la posibilidad de encontrar una solución. Un camino que parece factible es el de la revisión de los procesos de nulidad matrimonial: se trata, en efecto, de normas de derecho eclesiástico, no divino. Por tanto, debe examinarse la posibilidad de sustituir el proceso judicial por un procedimiento administrativo y pastoral, dirigido esencialmente a clarificar la situación de la pareja ante Dios y ante la Iglesia. Es muy importante, sin embargo, que cualquier cambio de procedimiento no se convierta en un pretexto para conceder de una manera subrepticia lo que en realidad sería un divorcio: una hipocresía de este tipo constituiría un grave daño para toda la Iglesia.

Una cuestión que va más allá de los aspectos procesales es la relación entre la fe de los que se casan y el sacramento del Matrimonio. La Familiaris consortio , n. 68, pone de relieve justamente los motivos que inducen a considerar que quien pide el matrimonio canónico tenga fe, ya sea en un grado débil, y que deba redescubrirse, reforzarse o madurarse. Subraya, además, que ciertos motivos sociales pueden legítimamente influir en la petición de esta forma de matrimonio. Es suficiente, por tanto, que los novios «al menos de manera implícita, acaten lo que la Iglesia tiene intención de hacer cuando celebra el matrimonio». Querer establecer criterios adicionales de admisión a la celebración, que se refieran al grado de fe de los contrayentes, comportaría graves riesgos, empezando por el de emitir juicios infundados y discriminatorios.

Sin embargo, por desgracia, actualmente son muchos los bautizados que o no han creído nunca o que no creen ya en Dios. Surge la cuestión de si pueden contraer válidamente un matrimonio sacramental. Sobre este punto, sigue teniendo un valor fundamental la introducción del cardenal Ratzinger al documento Sobre la pastoral de los divorciados vueltos a casar publicado en 1998 por la Congregación para la Doctrina de la Fe. Ratzinger ( Introducción , III, 4) considera que se debe aclarar «si verdaderamente todo matrimonio entre dos bautizados es ipso facto un matrimonio sacramental». El Código de Derecho Canónico lo afirma (can. 1055 §2) pero, como observa Ratzinger, el propio código dice que vale para un contrato matrimonial válido, y en este caso es precisamente la validez la que se cuestiona. Ratzinger añade: «a la esencia del sacramento pertenece la fe; queda por aclarar la cuestión jurídica acerca de qué evidencia de no fe tenga como consecuencia que un sacramento no se realice». Parece por tanto fundado que, si verdaderamente no hay fe, tampoco hay matrimonio sacramental.

En lo referente a la fe implícita, la tradición escolástica, basándose en Hb 11, 6 —«el que se acerca a Dios ha de creer que existe y que recompensa a los que le buscan»—, requiere al menos la fe en Dios remunerador y salvador. Me parece, sin embargo, que esta tradición deba ser actualizada a la luz de las enseñanzas del Concilio Vaticano II, según el cual también pueden alcanzar la salvación que requiere la fe «todos los hombres de buena voluntad en cuyos corazones trabaja invisiblemente la gracia», incluidos los que se consideran ateos o quienes no han alcanzado un conocimiento explícito de Dios (cf. Gaudium et spes , 22; Lumen gentium , 16). De todas formas, esta enseñanza del concilio no implica una salvación automática o una exclusión de la necesidad de la fe: pone el acento no en un reconocimiento intelectual abstracto de Dios sino en una adhesión implícita a él como elección fundamental de nuestra vida. A la luz de este criterio, en la situación actual, quizás sea necesario considerar que son más numerosos los bautizados que de hecho no tienen fe y que por tanto no pueden contraer válidamente el matrimonio sacramental.

Parece, por tanto, verdaderamente oportuno y urgente esforzarse en aclarar la cuestión jurídica de esa «evidencia de no fe» que invalidaría los matrimonios sacramentales y que impediría en el futuro a los bautizados no creyentes contraer tal matrimonio. No debemos olvidar, por otra parte, que se abre, de este modo, el camino hacia cambios más profundos y llenos de dificultad, no solo para la pastoral de la Iglesia sino también para la situación de los bautizados no creyentes. Está claro, evidentemente, que tienen, como toda persona, derecho al matrimonio, que contraerían civilmente. La mayor dificultad no se encuentra en el peligro de comprometer la relación entre ordenamiento canónico y ordenamiento civil: su sinergia es ya muy débil y problemática, por el progresivo alejamiento del matrimonio civil de los requisitos esenciales del propio matrimonio natural. El esfuerzo de los cristianos y de quienes son conscientes de la importancia humana y social de la familia fundada sobre el matrimonio debería más bien dirigirse a ayudar a los hombres y las mujeres de hoy para que descubran el significado de esos requisitos: se basan en el orden de la creación y justamente por ello valen para cualquier época y pueden concretizarse en formas adecuadas a los tiempos más dispares.

Quisiera terminar recordando la intención común que anima a quienes están interviniendo en este debate: mantener juntos, en la pastoral de la familia, la verdad de Dios y del hombre y el amor misericordioso de Dios por nosotros, que constituye el corazón del Evangelio.

La vida en pareja... ¿El aburrimiento o las dificultades?

(De "Cada día es un alba" por Louis Évely)

¿Cómo sería posible desear dejar de desear?

Según dicen las revistas, los esposos deberían fusionarse en una perfecta armonía psicológica y, sobre todo, sexual. ¡Tendría que ser una unión carente de tropiezos y de sobresaltos! Pero la vida de pareja no está hecha para adormecer, sino para despertar. Sirve para sacar del corazón todo el amor de que somos capaces.

La unión de dos personas es necesariamente conflictiva. Todos conocemos a esas parejas en las que ambos parecen tener los mismos gustos, las mismas opiniones, los mismos amigos, las mismas distracciones... Pero, inevitable y solapadamente, se manifiestan el rencor, el miedo y la desesperación de dos seres forzados a morir juntos lentamente.

El estado normal de cualquier sociedad humana es el conflicto: las personas se afirman, se oponen y superan sus diferencias a base de negociaciones y concesiones. Y es que el conflicto no es la guerra, sino todo lo contrario. Se hace la guerra porque no se soporta el conflicto, porque se le quiere hacer desaparecer, de una vez por todas, aniquilando al adversario.

Los esposos se encuentran situados ante una opción decisiva: o el aburrimiento o las dificultades.

Si aborreces los conflictos, si lo que quieres es un cónyuge sumiso, dócil y apagado, no tardarás en conocer el aburrimiento de una vida en la que no sucede nada, en la que no hay nada que decirse y en la que únicamente se espera que aquello se acabe. Pero si aceptas los conflictos, las discusiones, los choques y los «reajustes», entonces seréis el uno para el otro el aguijón que despierta y estimula.

Nunca nos entendemos mejor que después de una buena explicación. Las reconciliaciones son, a menudo, mejores que la armonía sin fisuras. ¡Mientras haya roce, es que aún hay contacto! La sal de la palabra, el choque de la oposición, los esfuerzos de adaptación... ¡he ahí lo que os hará verdaderamente jóvenes!

Eva nació del costado de Adán, de esa herida abierta en su flanco y jamás cicatrizada que le abre a toda la inquietud y a todo el sufrimiento del mundo. ¿Qué sería el hombre sin esa llamada, sin esa interpelación desgarradora, sin esa provocación a velar, pensar, amar y crear?

¿Y qué sería la mujer si su deseo no la condujera hacia el hombre para inventar con él esa «entente» siempre comprometida y siempre recomenzada, esa comunicación que es indispensable para ambos, pero de la que suele ser ella quien se preocupe y cargue con su responsabilidad?

Al comprometerte en el matrimonio, no busques una «compañía de seguros» que te garantice que tu mujer va a ser siempre dócil, no va a dejar de admirarte, va a estar siempre de buen humor y va a gozar de una perfecta salud, o que tu marido va a ser siempre atento y solícito, un brillante conversador y un caballero galante.

El único seguro válido será tu resolución: voy a amarle tanto, voy a sufrir tan pacientemente, voy a perdonarle tan a menudo y voy a esperar de tal forma en él (o en ella) que acabará amándome como yo habré aprendido a hacerlo.

Al casarte, ya nunca estarás tranquilo..., ¡pero seguirás vivo!

Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales

(Del documento de igual título, fechado 3 de junio de 2003, emitido por la Congregación para la Doctrina de la Fe)

I. NATURALEZA Y CARACTERÍSTICAS IRRENUNCIABLES DEL MATRIMONIO

La enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio y la complementariedad de los sexos repropone una verdad puesta en evidencia por la recta razón y reconocida como tal por todas las grandes culturas del mundo. El matrimonio no es una unión cualquiera entre personas humanas. Ha sido fundado por el Creador, que lo ha dotado de una naturaleza propia, propiedades esenciales y finalidades. Ninguna ideología puede cancelar del espíritu humano la certeza de que el matrimonio en realidad existe únicamente entre dos personas de sexo opuesto, que por medio de la recíproca donación personal, propia y exclusiva de ellos, tienden a la comunión de sus personas. Así se perfeccionan mutuamente para colaborar con Dios en la generación y educación de nuevas vidas.

La verdad natural sobre el matrimonio ha sido confirmada por la Revelación contenida en las narraciones bíblicas de la creación, expresión también de la sabiduría humana originaria, en la que se deja escuchar la voz de la naturaleza misma. Según el libro del Génesis, tres son los datos fundamentales del designo del Creador sobre el matrimonio.

En primer lugar, el hombre, imagen de Dios, ha sido creado «varón y hembra» (Gn 1, 27). El hombre y la mujer son iguales en cuanto personas y complementarios en cuanto varón y hembra. Por un lado, la sexualidad forma parte de la esfera biológica y, por el otro, ha sido elevada en la criatura humana a un nuevo nivel, personal, donde se unen cuerpo y espíritu.

El matrimonio, además, ha sido instituido por el Creador como una forma de vida en la que se realiza aquella comunión de personas que implica el ejercicio de la facultad sexual. «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y se harán una sola carne» (Gn 2, 24).

En fin, Dios ha querido donar a la unión del hombre y la mujer una participación especial en su obra creadora. Por eso ha bendecido al hombre y la mujer con las palabras: «Sed fecundos y multiplicaos» (Gn 1, 28). En el designio del Creador complementariedad de los sexos y fecundidad pertenecen, por lo tanto, a la naturaleza misma de la institución del matrimonio.

Además, la unión matrimonial entre el hombre y la mujer ha sido elevada por Cristo a la dignidad de sacramento. La Iglesia enseña que el matrimonio cristiano es signo eficaz de la alianza entre Cristo y la Iglesia. Este significado cristiano del matrimonio, lejos de disminuir el valor profundamente humano de la unión matrimonial entre el hombre la mujer, lo confirma y refuerza.

No existe ningún fundamento para asimilar o establecer analogías, ni siquiera remotas, entre las uniones homosexuales y el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia. El matrimonio es santo, mientras que las relaciones homosexuales contrastan con la ley moral natural. Los actos homosexuales, en efecto, «cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso».

En la Sagrada Escritura las relaciones homosexuales «están condenadas como graves depravaciones (cf. Rm 1, 24-27; 1 Cor 6, 10; 1 Tim 1, 10). Este juicio de la Escritura no permite concluir que todos los que padecen esta anomalía sean personalmente responsables de ella; pero atestigua que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados. El mismo juicio moral se encuentra en muchos escritores eclesiásticos de los primeros siglos, y ha sido unánimemente aceptado por la Tradición católica.

Sin embargo, según la enseñanza de la Iglesia, los hombres y mujeres con tendencias homosexuales «deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta». Tales personas están llamadas, como los demás cristianos, a vivir la castidad. Pero la inclinación homosexual es «objetivamente desordenada», y las prácticas homosexuales «son pecados gravemente contrarios a la castidad».

II. ACTITUDES ANTE EL PROBLEMA DE LAS UNIONES HOMOSEXUALES

Con respecto al fenómeno actual de las uniones homosexuales, las autoridades civiles asumen actitudes diferentes: A veces se limitan a la tolerancia del fenómeno; en otras ocasiones promueven el reconocimiento legal de tales uniones, con el pretexto de evitar, en relación a algunos derechos, la discriminación de quien convive con una persona del mismo sexo; en algunos casos favorecen incluso la equivalencia legal de las uniones homosexuales al matrimonio propiamente dicho, sin excluir el reconocimiento de la capacidad jurídica a la adopción de hijos.

Allí donde el Estado asume una actitud de tolerancia de hecho, sin implicar la existencia de una ley que explícitamente conceda un reconocimiento legal a tales formas de vida, es necesario discernir correctamente los diversos aspectos del problema. La conciencia moral exige ser testigo, en toda ocasión, de la verdad moral integral, a la cual se oponen tanto la aprobación de las relaciones homosexuales como la injusta discriminación de las personas homosexuales. Por eso, es útil hacer intervenciones discretas y prudentes, cuyo contenido podría ser, por ejemplo, el siguiente: Desenmascarar el uso instrumental o ideológico que se puede hacer de esa tolerancia; afirmar claramente el carácter inmoral de este tipo de uniones; recordar al Estado la necesidad de contener el fenómeno dentro de límites que no pongan en peligro el tejido de la moralidad pública y, sobre todo, que no expongan a las nuevas generaciones a una concepción errónea de la sexualidad y del matrimonio, que las dejaría indefensas y contribuiría, además, a la difusión del fenómeno mismo. A quienes, a partir de esta tolerancia, quieren proceder a la legitimación de derechos específicos para las personas homosexuales conviventes, es necesario recordar que la tolerancia del mal es muy diferente a su aprobación o legalización.

Ante el reconocimiento legal de las uniones homosexuales, o la equiparación legal de éstas al matrimonio con acceso a los derechos propios del mismo, es necesario oponerse en forma clara e incisiva. Hay que abstenerse de cualquier tipo de cooperación formal a la promulgación o aplicación de leyes tan gravemente injustas, y asimismo, en cuanto sea posible, de la cooperación material en el plano aplicativo. En esta materia cada cual puede reivindicar el derecho a la objeción de conciencia.

El nacimiento y el peligro

(De "Carta a las familias" por el Papa Juan Pablo II)

La breve narración de la infancia de Jesús nos refiere casi simultáneamente, de manera muy significativa, el nacimiento y el peligro que hubo de afrontar enseguida. Lucas relata las palabras proféticas pronunciadas por el anciano Simeón cuando el Niño fue presentado al Señor en el templo, cuarenta días después de su nacimiento. Simeón habla de «luz» y de «signo de contradicción»; después predice a María: «A ti misma una espada te atravesará el alma».

Sin embargo, Mateo se refiere a las asechanzas tramadas contra Jesús por Herodes: informado por los Magos, que habían ido de Oriente para ver al nuevo rey que debía nacer, se siente amenazado en su poder y, después de marchar ellos, ordena matar a todos los niños menores de dos años de Belén y alrededores. Jesús escapa de las manos de Herodes gracias a una particular intervención divina y a la solicitud paterna de José, que lo lleva junto con su Madre a Egipto, donde se quedarán hasta la muerte de Herodes. Después regresan a Nazaret, su ciudad natal, donde la Sagrada Familia inicia el largo período de una existencia escondida, que se desarrolla en el cumplimiento fiel y generoso de los deberes cotidianos.

Reviste una elocuencia profética el hecho de que Jesús, desde su nacimiento, se encontrara ante amenazas y peligros. Ya desde niño es «signo de contradicción». Elocuencia profética presenta, además, el drama de los niños inocentes de Belén, matados por orden de Herodes y, según la antigua liturgia de la Iglesia, partícipes del nacimiento y de la pasión redentora de Cristo». Mediante su «pasión», completan «lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 24).

En los evangelios de la infancia, el anuncio de la vida, que se hace de modo admirable con el nacimiento del Redentor, se contrapone fuertemente a la amenaza a la vida, una vida que abarca enteramente el misterio de la Encarnación y de la realidad divino-humana de Cristo. El Verbo se hizo carne, Dios se hizo hombre. A este sublime misterio se referían frecuentemente los Padres de la Iglesia: «Dios se hizo hombre, para que el hombre, en él y por medio de él, llegara a ser Dios».

Esta verdad de la fe es a la vez la verdad sobre el ser humano. Muestra la gravedad de todo atentado contra la vida del niño en el seno de la madre. Aquí, precisamente aquí, nos encontramos en las antípodas del «amor hermoso». Pensando exclusivamente en la satisfacción, se puede llegar incluso a matar el amor, matando su fruto. Para la cultura de la satisfacción el «fruto bendito de tu seno» (Lc 1, 42) llega a ser, en cierto modo, un «fruto maldito».

?Cómo no recordar, a este respecto, las desviaciones que el llamado estado de derecho ha sufrido en numerosos países? Unívoca y categórica es la ley de Dios respecto a la vida humana. Dios manda: «No matarás» (Ex 20, 13). Por tanto, ningún legislador humano puede afirmar: te es lícito matar, tienes derecho a matar, deberías matar. Desgraciadamente, esto ha sucedido en la historia de nuestro siglo, cuando han llegado al poder, de manera incluso democrática, fuerzas políticas que han emanado leyes contrarias al derecho de todo hombre a la vida, en nombre de presuntas y aberrantes razones eugenésicas, étnicas o parecidas.

Un fenómeno no menos grave, incluso porque consigue vasta conformidad o consentimiento de opinión pública, es el de las legislaciones que no respetan el derecho a la vida desde su concepción. ¿Cómo se podrían aceptar moralmente unas leyes que permiten matar al ser humano aún no nacido, pero que ya vive en el seno materno? El derecho a la vida se convierte, de esta manera, en decisión exclusiva de los adultos, que se aprovechan de los mismos parlamentos para realizar los propios proyectos y buscar sus propios intereses.

Nos encontramos ante una enorme amenaza contra la vida: no sólo la de cada individuo, sino también la de toda la civilización. La afirmación de que esta civilización se ha convertido, bajo algunos aspectos, en «civilización de la muerte» recibe una preocupante confirmación. ¿No es quizás un acontecimiento profético el hecho de que el nacimiento de Cristo haya estado acompañado del peligro por su existencia? Sí, también la vida de Aquel que al mismo tiempo es Hijo del hombre e Hijo de Dios estuvo amenazada, estuvo en peligro desde el principio, y sólo de milagro evitó la muerte.

Sin embargo, en los últimos decenios se notan algunos síntomas confortadores de un despertar de las conciencias, que afecta tanto al mundo del pensamiento como a la misma opinión pública. Crece, especialmente entre los jóvenes, una nueva conciencia de respeto a la vida desde su concepción; se difunden los movimientos pro-vida. Es un signo de esperanza para el futuro de la familia y de toda la humanidad.

Cristo, Rey de la familia: La fidelidad conyugal

(De "Cristo Rey" por Mons. Tihamér Tóth)

A causa de la guerra de Troya, Ulises tuvo que estar lejos de su casa durante veinte años. Y durante todo este tiempo su esposa, Penélope, sufrió el asedio que le hicieron ciento ocho pretendientes. Y para librarse de ellos, les puso esta condición: «Cuando acabe de tejer esta tela me decidiré por uno de ustedes.» Y durante el día, a la vista de los pretendientes, trabajaba pacientemente, tejía sin cesar; mas por la noche deshacía todo cuanto tejiera durante el día. De esta manera, pudo ganar tiempo hasta volviera su esposo, pasados veinte años.

Todo un ejemplo de fidelidad matrimonial, de amor verdadero.

¿Qué se requiere sobre todo para mantener la fidelidad matrimonial?

En primer lugar, que los esposos estén firmemente decididos a guardar los mandamientos de Dios. En una familia así, podrá haber discrepancias de pareceres y leves roces —¡siempre los habrá, pues somos hombres!—, pero por encima de todo reinará la paz, porque habrá amor abnegado y perdón magnánimo, no se darán altercados graves ni se guardarán rencores.

«Los maridos deben amar a sus mujeres como a sus propios cuerpos» (Ef 5,28), es decir, amarla como a sí mismo.

«Maridos, amad a vuestras mujeres, y no las tratéis con aspereza» (Col 3,19). Ella te la ha dado Dios como una compañera, no como una esclava.

«Las casadas estén sujetas a sus maridos como al Señor; por cuanto el hombre es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia» (Ef 5,22-23).

Pero la guarda de los mandamientos de Dios, y por tanto, la fidelidad, no se improvisan, deben vivirse ya antes del matrimonio. Ello exige amor a Dios, dominio de las propias pasiones, abnegación y espíritu de sacrificio. De ahí la importancia de educar a los jóvenes en este aspecto.

La experiencia nos dice que en la mayoría de los casos, cuando se dan serias divergencias entre los esposos, es sencillamente porque no se tratan con delicadeza y dulzura, porque no son comprensivos el uno para el otro y no saben perdonarse mutuamente sus imperfecciones y diferencias. Eduquemos, pues, a los jóvenes desde pequeños, para que sepan comprender y tolerar las debilidades y defectos ajenos. Eduquémosles de suerte que no se acostumbren a decir siempre: «ha sido él el que ha empezado», «es él quien tiene la culpa»; sino que sepan confesar sencillamente: la culpa es mía. Eduquémosles para que no esperen a que el otro se enmiende primero, sino que procuren pedir perdón ellos primero. Eduquémosles para que estén siempre dispuestos a buscar, no sus propios intereses, sino los de los demás.

Bien se comprende que dos jóvenes así, si llegan a contraer matrimonio, vivirán en armonía y se guardarán fidelidad, porque ninguna de las dos partes buscará su propia felicidad, sino la del otro.

Muchas discusiones y riñas en la familia son debidas a que alguno de los esposos tiene un temperamento quisquilloso que no se ha sabido tener a raya, caprichoso, impaciente e irascible en extremo.

A veces el problema es causado por la mujer, que es caprichosa y vanidosa, que tiene deseos irrealizables y grandes pretensiones, por encima de sus posibilidades. Por ejemplo, en gastos de vestido y cosméticos, todo le parece poco. Sólo piensa en brillar y en llamar la atención. Y no se dan cuenta que los jóvenes buenos se fijan más en la belleza del alma que en la apariencia exterior: en que sea sencilla y abnegada, amable y simpática…. Por esto, hay que educar a las muchachas especialmente para que sean modestas, y sencillas.

Hay también que educar a los jóvenes para que sean tengan paciencia y sepan sobreponerse a sus estados de ánimo, a sus sentimientos, sin darles la importancia que no tienen.

Cuenta la historia que en cierta ocasión, Xantipa empezó a regañar a su esposo Sócrates desde muy temprano...; no paraban de caer rayos y truenos sobre él. Por fin, Sócrates, cansado de tanta regañina salió de casa. Y su mujer, enfurecida, le arrojó desde la ventana una jofaina de agua sobre la cabeza. Sócrates se detuvo, volvió la mirada hacia arriba, y así como estaba, mojado hasta los huesos, dijo con calma: «No cabe duda, después de tronar suele llover...»

Difícilmente también los esposos serán fieles en el matrimonio, si antes no han vivido la castidad, permaneciendo vírgenes hasta el matrimonio. Por eso es importante que los padres eduquen a sus hijos en la pureza antes de que lleguen al matrimonio.

Cerca de Jerusalén, en Betania, vivía una familia buena; la conformaban tres hermanos: Marta, María y Lázaro. El Señor distinguió con su peculiar amistad este hogar feliz. Después de sus arduos trabajos, se iba a descansar con aquella familia, y en estas ocasiones las dos hermanas hacían cuanto podían para atenderle. La felicidad reinaba en esta familia...

¡Qué dichosa es la familia que sabe cultivar esta amistad cálida y sincera con Nuestro Señor Jesucristo! Podrá venir la desgracia de vez en cuando —¿puede haber una familia que no tenga días tristes?—, pero no se desesperan ni pierden la paz, porque en esos trances acudirán a Jesucristo para encontrar la fuerza y gracia que necesitan.

La familia de Betania sufrió también un duro golpe. ¿A dónde recurrieron entonces? A Jesucristo, el amigo de la familia. Contemplemos la escena. Lázaro se pone gravemente enfermo, Cristo está lejos. Las hermanas cuidan con temor y cariño al enfermo, cuyo estado se agrava por momentos... “¡Señor, mira, el que amas está enfermo!»; éste es el recado que mandan a Jesús. El Señor no llega — ¡muchas veces parece que tampoco a mí me escucha!—. Lázaro entra en agonía; las hermanas, apesadumbradas, esperan con ansias la llegada de Jesús. No llega. Lázaro muere, y el Señor todavía no ha llegado.

¿No amaba Jesús a esta familia? ¡Oh, sí! Y, no obstante, permitió que la visitase la desgracia. Para darnos una lección: Él está enterado de lo que nos pasa, y a pesar de ello, muchas veces no nos libra del sufrimiento, porque tiene algún plan mejor para nosotros, aunque no lo entendamos. El Señor quiere que no perdamos la fe en Él, aunque nos parezca lo contrario.

El amor conyugal

(Texto del Papa Pablo VI en la Carta Encíclica Humanae Vitae)
La verdadera naturaleza y nobleza del amor conyugal se revelan cuando éste es considerado en su fuente suprema, Dios, que es Amor, "el Padre de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra". El matrimonio no es, por tanto, efecto de la casualidad o producto de la evolución de fuerzas naturales inconscientes; es una sabia institución del Creador para realizar en la humanidad su designio de amor. Los esposos, mediante su recíproca donación personal, propia y exclusiva de ellos, tienden a la comunión de sus seres en orden a un mutuo perfeccionamiento personal, para colaborar con Dios en la generación y en la educación de nuevas vidas. En los bautizados el matrimonio reviste, además, la dignidad de signo sacramental de la gracia, en cuanto representa la unión de Cristo y de la Iglesia.

La enfermedad en la familia

(De la Audiencia General del Papa Francisco del 10 de junio de 2015)

Continuamos con las catequesis sobre la familia, y en esta catequesis quisiera tratar un aspecto muy común en la vida de nuestras familias: la enfermedad. Es una experiencia de nuestra fragilidad, que vivimos generalmente en familia, desde niños, y luego sobre todo como ancianos, cuando llegan los achaques. En el ámbito de los vínculos familiares, la enfermedad de las personas que queremos se sufre con un «plus» de sufrimiento y de angustia. Es el amor el que nos hace sentir ese «plus».

Para un padre y una madre, muchas veces es más difícil soportar el mal de un hijo, de una hija, que el propio. La familia, podemos decir, ha sido siempre el «hospital» más cercano. Aún hoy, en muchas partes del mundo, el hospital es un privilegio para pocos, y a menudo está distante. Son la mamá, el papá, los hermanos, las hermanas, las abuelas quienes garantizan las atenciones y ayudan a sanar.

En los Evangelios, muchas páginas relatan los encuentros de Jesús con los enfermos y su compromiso por curarlos. Él se presenta públicamente como alguien que lucha contra la enfermedad y que vino para sanar al hombre de todo mal: el mal del espíritu y el mal del cuerpo. Es de verdad conmovedora la escena evangélica a la que acaba de hacer referencia el Evangelio de san Marcos. Dice así: «Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados» (1,32).

Si pienso en las grandes ciudades contemporáneas, me pregunto dónde están las puertas ante las cuales llevar a los enfermos para que sean curados. Jesús nunca se negó a curarlos. Nunca siguió de largo, nunca giró la cara hacia otro lado. Y cuando un padre o una madre, o incluso sencillamente personas amigas le llevaban un enfermo para que lo tocase y lo curase, no se entretenía con otras cosas; la curación estaba antes que la ley, incluso una tan sagrada como el descanso del sábado. Los doctores de la ley regañaban a Jesús porque curaba el día sábado, hacía el bien en sábado. Pero el amor de Jesús era dar la salud, hacer el bien: y esto va siempre en primer lugar.

Jesús manda a los discípulos a realizar su misma obra y les da el poder de curar, o sea de acercarse a los enfermos y hacerse cargo de ellos completamente. Debemos tener bien presente en la mente lo que dijo a los discípulos en el episodio del ciego de nacimiento (Jn 9,1-5). Los discípulos —con el ciego allí delante de ellos— discutían acerca de quién había pecado, porque había nacido ciego, si él o sus padres, para provocar su ceguera. El Señor dijo claramente: ni él ni sus padres; sucedió así para que se manifestase en él las obras de Dios. Y lo curó. He aquí la gloria de Dios. He aquí la tarea de la Iglesia. Ayudar a los enfermos, no quedarse en habladurías, ayudar siempre, consolar, aliviar, estar cerca de los enfermos; esta es la tarea.

La Iglesia invita a la oración continua por los propios seres queridos afectados por el mal. La oración por los enfermos no debe faltar nunca. Es más, debemos rezar aún más, tanto personalmente como en comunidad. Pensemos en el episodio evangélico de la mujer cananea. Es una mujer pagana, no es del pueblo de Israel, sino una pagana que suplica a Jesús que cure a su hija. Jesús, para poner a prueba su fe, primero responde duramente: «No puedo, primero debo pensar en las ovejas de Israel». La mujer no retrocede —una mamá, cuando pide ayuda para su criatura, no se rinde jamás; todos sabemos que las mamás luchan por los hijos— y responde: «También a los perritos, cuando los amos están saciados, se les da algo», como si dijese: «Al menos trátame como a una perrita». Entonces Jesús le dijo: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».

Ante la enfermedad, incluso en la familia surgen dificultades, a causa de la debilidad humana. Pero, en general, el tiempo de la enfermedad hace crecer la fuerza de los vínculos familiares. Y pienso cuán importante es educar a los hijos desde pequeños en la solidaridad en el momento de la enfermedad. Una educación que deja de lado la sensibilidad por la enfermedad humana, aridece el corazón. Y hace que los jóvenes estén «anestesiados» respecto al sufrimiento de los demás, incapaces de confrontarse con el sufrimiento y vivir la experiencia del límite.

Cuántas veces vemos llegar al trabajo a un hombre, una mujer, con cara de cansancio, con una actitud cansada y al preguntarle: «¿Qué sucede?», responde: «He dormido sólo dos horas porque en casa hacemos turnos para estar cerca del niño, de la niña, del enfermo, del abuelo, de la abuela». Y la jornada continúa con el trabajo. Estas cosas son heroicas, son la heroicidad de las familias. Esas heroicidades ocultas que se hacen con ternura y con valentía cuando en casa hay alguien enfermo.

La debilidad y el sufrimiento de nuestros afectos más queridos y más sagrados, pueden ser, para nuestros hijos y nuestros nietos, una escuela de vida —es importante educar a los hijos, los nietos en la comprensión de esta cercanía en la enfermedad en la familia— y llegan a serlo cuando los momentos de la enfermedad van acompañados por la oración y la cercanía afectuosa y atenta de los familiares.

La comunidad cristiana sabe bien que a la familia, en la prueba de la enfermedad, no se la puede dejar sola. Y debemos decir gracias al Señor por las hermosas experiencias de fraternidad eclesial que ayudan a las familias a atravesar el difícil momento del dolor y del sufrimiento. Esta cercanía cristiana, de familia a familia, es un verdadero tesoro para una parroquia; un tesoro de sabiduría, que ayuda a las familias en los momentos difíciles y hace comprender el reino de Dios mejor que muchos discursos. Son caricias de Dios.

Paz, unidad y concordia en la familia

(Palabras de San Juan XXIII, Papa, en la Encíclica Ad Petri Cathedram)
A la misma concordia a que hemos invitado a los pueblos, a sus gobernantes y a las clases sociales, invitamos también con ahínco y afecto paterno a todas las familias para que la consigan y la consoliden. Pues si no hay paz, unidad y concordia en la familia, ¿cómo se podrá obtener en la sociedad civil? Esta ordenada y armónica unidad que debe reinar siempre dentro de las paredes del hogar nace del vínculo indisoluble y de la santidad propia del matrimonio cristiano y contribuye en gran parte al orden, al progreso y al bienestar de toda la sociedad civil. El padre sea entre los suyos como el representante de Dios e ilumine y preceda a los demás no sólo con su autoridad, sino con el ejemplo de su vida íntegra. La madre, con su delicadeza y su virtud en el hogar doméstico, guíe a sus hijos con suavidad y fortaleza; sea buena y afectuosa con el marido y con él instruya y eduque a sus hijos —don preciosísimo de Dios— para una vida honrada y religiosa. Los hijos obedezcan siempre, como es su deber, a sus padres, ámenlos y sean no sólo su consuelo, sino, en casó de necesidad, también su ayuda. Respírese en el hogar doméstico aquella caridad que ardía en la familia de Nazaret; florezcan todas las virtudes cristianas; reine la unión y resplandezcan los ejemplos de una vida honesta. Que nunca jamás —a Dios se lo pedimos ardientemente— se rompa tan bella, suave y necesaria concordia. Porque si la institución de la familia cristiana vacila, si se rechazan o desprecian los mandamientos del Divino Redentor en este punto, entonces se bambolean los mismos fundamentos del Estado y la misma convivencia civil se corrompe, produciéndose una general crisis con daños y pérdidas para todos los ciudadanos.

Genealogía de la persona

(De "Carta a las familias" por el Papa Juan Pablo II)

Mediante la comunión de personas, que se realiza en el matrimonio, el hombre y la mujer dan origen a la familia. Con ella se relaciona la genealogía de cada hombre: la genealogía de la persona. La paternidad y la maternidad humanas están basadas en la biología y, al mismo tiempo, la superan. El Apóstol, «doblando las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda paternidad en los cielos y en la tierra», pone ante nuestra consideración, en cierto modo, el mundo entero de los seres vivientes, tanto los espirituales del cielo como los corpóreos de la tierra. Cada generación halla su modelo originario en la Paternidad de Dios. Sin embargo, en el caso del hombre, esta dimensión «cósmica» de semejanza con Dios no basta para definir adecuadamente la relación de paternidad y maternidad. Cuando de la unión conyugal de los dos nace un nuevo hombre, éste trae consigo al mundo una particular imagen y semejanza de Dios mismo: en la biología de la generación está inscrita la genealogía de la persona.

Al afirmar que los esposos, en cuanto padres, son colaboradores de Dios Creador en la concepción y generación de un nuevo ser humano, no nos referimos sólo al aspecto biológico; queremos subrayar más bien que en la paternidad y maternidad humanas Dios mismo está presente de un modo diverso de como lo está en cualquier otra generación «sobre la tierra». En efecto, solamente de Dios puede provenir aquella «imagen y semejanza», propia del ser humano, como sucedió en la creación. La generación es, por consiguiente, la continuación de la creación.

Así, pues, tanto en la concepción como en el nacimiento de un nuevo ser, los padres se hallan ante un «gran misterio». También el nuevo ser humano, igual que sus padres, es llamado a la existencia como persona y a la vida «en la verdad y en el amor». Esta llamada se refiere no sólo a lo temporal, sino también a lo eterno. Tal es la dimensión de la genealogía de la persona, que Cristo nos ha revelado definitivamente, derramando la luz del Evangelio sobre el vivir y el morir humanos y, por tanto, sobre el significado de la familia humana.

Como afirma el Concilio, el hombre «es la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma». El origen del hombre no se debe sólo a las leyes de la biología, sino directamente a la voluntad creadora de Dios: voluntad que llega hasta la genealogía de los hijos e hijas de las familias humanas. Dios «ha amado» al hombre desde el principio y lo sigue «amando» en cada concepción y nacimiento humano. Dios «ama» al hombre como un ser semejante a él, como persona. Este hombre, todo hombre, es creado por Dios «por sí mismo». Esto es válido para todos, incluso para quienes nacen con enfermedades o limitaciones. En la constitución personal de cada uno está inscrita la voluntad de Dios, que ama al hombre, el cual tiene como fin, en cierto sentido, a sí mismo. Dios entrega al hombre a sí mismo, confiándolo simultáneamente a la familia y a la sociedad, como cometido propio. Los padres, ante un nuevo ser humano, tienen o deberían tener plena conciencia de que Dios «ama» a este hombre «por sí mismo».

Esta expresión sintética es muy profunda. Desde el momento de la concepción y, más tarde, del nacimiento, el nuevo ser está destinado a expresar plenamente su humanidad, a «encontrarse plenamente» como persona. Esto afecta absolutamente a todos, incluso a los enfermos crónicos y los minusválidos. «Ser hombre» es su vocación fundamental; «ser hombre» según el don recibido; según el «talento» que es la propia humanidad y, después, según los demás «talentos». En este sentido Dios ama a cada hombre «por sí mismo». Sin embargo, en el designio de Dios la vocación de la persona humana va más allá de los límites del tiempo. Es una respuesta a la voluntad del Padre, revelada en el Verbo encarnado: Dios quiere que el hombre participe de su misma vida divina. Por eso dice Cristo: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10, 10).

El destino último del hombre, ¿no está en contraste con la afirmación de que Dios ama al hombre «por sí mismo»? Si es creado para la vida divina, ¿existe verdaderamente el hombre «para sí mismo»? Ésta es una pregunta clave, de gran interés, tanto para el inicio como para el final de la existencia terrena: es importante para todo el curso de la vida. Podría parecer que, destinando al hombre a la vida divina, Dios lo apartara definitivamente de su existir «por sí mismo». ¿Qué relación hay entre la vida de la persona y su participación en la vida trinitaria? Responde san Agustín: «Nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Este «corazón inquieto» indica que no hay contradicción entre una y otra finalidad, sino más bien una relación, una coordinación y unidad profunda. Por su misma genealogía, la persona, creada a imagen y semejanza de Dios, participando precisamente en su Vida, existe «por sí misma» y se realiza. El contenido de esta realización es la plenitud de vida en Dios, de la que habla Cristo, quien nos ha redimido previamente para introducirnos en ella.

Los esposos desean los hijos para sí, y en ellos ven la coronación de su amor recíproco. Los desean para la familia, como don más excelente. En el amor conyugal, así como en el amor paterno y materno, se inscribe la verdad sobre el hombre, expresada de manera sintética y precisa por el Concilio al afirmar que Dios «ama al hombre por sí mismo». Con el amor de Dios ha de armonizarse el de los padres. En ese sentido, éstos deben amar a la nueva criatura humana como la ama el Creador. El querer humano está siempre e inevitablemente sometido a la ley del tiempo y de la caducidad. En cambio, el amor divino es eterno. «Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía —escribe el profeta Jeremías—, y antes que nacieses, te tenía consagrado» (1, 5). La genealogía de la persona está, pues, unida ante todo con la eternidad de Dios, y en segundo término con la paternidad y maternidad humana que se realiza en el tiempo. Desde el momento mismo de la concepción el hombre está ya ordenado a la eternidad en Dios.

El noviazgo

(De la Audiencia General del Papa Francisco del 27 de mayo de 2015)

Continuando estas catequesis sobre la familia, hoy quiero hablar del noviazgo. El noviazgo (en italiano «fidanzamento») —se lo percibe en la palabra— tiene relación con la confianza, la familiaridad, la fiabilidad. Familiaridad con la vocación que Dios dona, porque el matrimonio es ante todo el descubrimiento de una llamada de Dios.

Ciertamente es algo hermoso que hoy los jóvenes puedan elegir casarse partiendo de un amor mutuo. Pero precisamente la libertad del vínculo requiere una consciente armonía de la decisión, no sólo un simple acuerdo de la atracción o del sentimiento, de un momento, de un tiempo breve... requiere un camino.

El noviazgo, en otros términos, es el tiempo en el cual los dos están llamados a realizar un buen trabajo sobre el amor, un trabajo partícipe y compartido, que va a la profundidad. Ambos se descubren despacio, mutuamente, es decir, el hombre «conoce» a la mujer conociendo a esta mujer, su novia; y la mujer «conoce» al hombre conociendo a este hombre, su novio. No subestimemos la importancia de este aprendizaje: es un bonito compromiso, y el amor mismo lo requiere, porque no es sólo una felicidad despreocupada, una emoción encantada.

El relato bíblico habla de toda la creación como de un hermoso trabajo del amor de Dios; el libro del Génesis dice que «Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno» (Gn 1,31). Sólo al final, Dios «descansó». De esta imagen comprendemos que el amor de Dios, que dio origen al mundo, no fue una decisión improvisada. ¡No! Fue un trabajo hermoso. El amor de Dios creó las condiciones concretas de una alianza irrevocable, sólida, destinada a durar.

La alianza de amor entre el hombre y la mujer, alianza por la vida, no se improvisa, no se hace de un día para el otro. No existe el matrimonio express: es necesario trabajar en el amor, es necesario caminar. La alianza del amor del hombre y la mujer se aprende y se afina. Me permito decir que se trata de una alianza artesanal. Hacer de dos vida una vida sola, es incluso casi un milagro, un milagro de la libertad y del corazón, confiado a la fe. Tal vez deberíamos comprometernos más en este punto, porque nuestras «coordenadas sentimentales» están un poco confusas. Quien pretende querer todo y enseguida, luego cede también en todo —y enseguida— ante la primera dificultad (o ante la primera ocasión). No hay esperanza para la confianza y la fidelidad del don de sí, si prevalece la costumbre de consumir el amor como una especie de «complemento» del bienestar psico-físico. No es esto el amor. El noviazgo fortalece la voluntad de custodiar juntos algo que jamás deberá ser comprado o vendido, traicionado o abandonado, por más atractiva que sea la oferta.

También Dios, cuando habla de la alianza con su pueblo, lo hace algunas veces en términos de noviazgo. En el libro de Jeremías, al hablar al pueblo que se había alejado de Él, le recuerda cuando el pueblo era la «novia» de Dios y dice así: «Recuerdo tu cariño juvenil, el amor que me tenías de novia» (2,2). Y Dios hizo este itinerario de noviazgo; luego hace también una promesa: lo hemos escuchado al inicio de la audiencia, en el libro de Oseas: «Me desposaré contigo para siempre, me desposaré contigo en justicia y en derecho, en misericordia y en ternura, me desposaré contigo en fidelidad y conocerás al Señor» (2,21-22). Es un largo camino el que el Señor recorre con su pueblo en este itinerario de noviazgo. Al final Dios se desposa con su pueblo en Jesucristo: en Jesús se desposa con la Iglesia. El pueblo de Dios es la esposa de Jesús.

La Iglesia, en su sabiduría, custodia la distinción entre ser novios y ser esposos —no es lo mismo— precisamente en vista de la delicadeza y la profundidad de esta realidad. Estemos atentos a no despreciar con ligereza esta sabia enseñanza, que se nutre también de la experiencia del amor conyugal felizmente vivido. Los símbolos fuertes del cuerpo poseen las llaves del alma: no podemos tratar los vínculos de la carne con ligereza, sin abrir alguna herida duradera en el espíritu (1 Cor 6,15-20).

Cierto, la cultura y la sociedad actual se han vuelto más bien indiferentes a la delicadeza y a la seriedad de este pasaje. Y, por otra parte, no se puede decir que sean generosas con los jóvenes que tienen serias intenciones de formar una familia y traer hijos al mundo. Es más, a menudo presentan mil obstáculos, mentales y prácticos. El noviazgo es un itinerario de vida que debe madurar como la fruta, es un camino de maduración en el amor, hasta el momento que se convierte en matrimonio.

Los cursos prematrimoniales son una expresión especial de la preparación. Y vemos muchas parejas que tal vez llegan al curso con un poco de desgana: «¡Estos curas nos hacen hacer un curso! ¿Por qué? Nosotros sabemos»... y van con desgana. Pero luego están contentos y agradecen, porque, en efecto, encontraron allí la ocasión —a menudo la única— para reflexionar sobre su experiencia en términos no banales. Sí, muchas parejas están juntas mucho tiempo, tal vez también en la intimidad, a veces conviviendo, pero no se conocen de verdad. Parece extraño, pero la experiencia demuestra que es así. Por ello se debe revaluar el noviazgo como tiempo de conocimiento mutuo y de compartir un proyecto.

El camino de preparación al matrimonio se debe plantear en esta perspectiva, valiéndose incluso del testimonio sencillo pero intenso de cónyuges cristianos. Y centrándose también aquí en lo esencial: la Biblia, para redescubrir juntos, de forma consciente; la oración, en su dimensión litúrgica, pero también en la «oración doméstica», que se vive en familia; los sacramentos, la vida sacramental, la Confesión... a través de los cuales el Señor viene a morar en los novios y los prepara para acogerse de verdad uno al otro «con la gracia de Cristo»; y la fraternidad con los pobres, y con los necesitados, que nos invitan a la sobriedad y a compartir. Los novios que se comprometen en esto crecen los dos y todo esto conduce a preparar una bonita celebración del Matrimonio de modo diverso, no mundano sino con estilo cristiano.

Pensemos en estas palabras de Dios que hemos escuchado cuando Él habla a su pueblo como el novio a la novia: «Me desposaré contigo para siempre, me desposaré contigo en justicia y en derecho, en misericordia y en ternura, me desposaré contigo en fidelidad y conocerás al Señor» (Os 2, 21-22). Que cada pareja de novios piense en esto y uno le diga al otro: «Te convertiré en mi esposa, te convertiré en mi esposo». Esperar ese momento; es un momento, es un itinerario que va lentamente hacia adelante, pero es un itinerario de maduración. Las etapas del camino no se deben quemar. La maduración se hace así, paso a paso.

El tiempo del noviazgo puede convertirse de verdad en un tiempo de iniciación. ¿A qué? ¡A la sorpresa! A la sorpresa de los dones espirituales con los cuales el Señor, a través de la Iglesia, enriquece el horizonte de la nueva familia que se dispone a vivir en su bendición. Ahora os invito a rezar a la Sagrada Familia de Nazaret: Jesús, José y María. Rezar para que la familia recorra este camino de preparación; a rezar por los novios.

Cristo, Rey de la familia: Las bodas de Caná

(De "Cristo Rey" por Mons. Tihamér Tóth)

Cristo es Rey de la vida familiar, el único capaz de renovar la vida de familia, tan atacada y ultrajada en la actualidad.

A cada momento vemos y experimentamos cómo la vida de familia cruje en sus cimientos y amenaza con derrumbarse.

Todos sentimos que la sociedad está enferma. Se dictan muchas leyes para sanearla. Bien está; pero todo esto, no es más que una venda para la llaga sangrante. Hay que ir a la causa: el desmoronamiento de la vida familiar.

Hay quienes creen que lo importante es sanear el Parlamento, el Congreso..., la empresa, la educación..., los medios de comunicación social... Sí, todo esto es importante, es verdad, pero no lo fundamental. ¿En dónde estriba el porvenir de la Humanidad? ¡En la familia! Ella es la salvaguarda de la vida social, del Estado y de la religión. Y precisamente, porque la enfermedad atacó a la vida familiar, por esto abruma y espanta sobremanera lo mal que está la sociedad actual.

Si quisiéramos resumir en tres palabras las cosas que aseguran la felicidad de la vida familiar, escogeríamos estas tres: fe, armonía y fidelidad.

En un pueblecito de Galilea, llamado Caná, contrae matrimonio una pareja joven y desconocida, e invita para tan importante acto a Nuestro Señor Jesucristo. Él acepta la invitación y con gusto asiste a las bodas, llevando consigo a su Madre y a sus apóstoles. Para sacar de apuro a los novios obra su primer milagro... Tal es en sustancia la sencilla y encantadora historia... ¡Pero qué profundas enseñanzas se esconden bajo tan sencillas apariencias!

Una pareja de novios quieren contraer matrimonio, e invita a su boda a Nuestro Señor Jesucristo.

Podíamos preguntarnos, los novios de hoy, ¿cuándo cometen el primer error que después tendrá serias consecuencias negativas para su matrimonio? Cuando invitan a su boda a sus familiares, a los conocidos, a los compañeros de oficina, a los amigos, a todos..., menos a Jesucristo. Es el Señor el único de quién se olvidan.

Aquí estriba el principal mal de muchos matrimonios actuales: que prescinden de Jesús.

Y al decir esto no pienso en aquellos que sólo han contraído un matrimonio civil, ni pienso en los que se divorcian e intentan casarse de nuevo.

Esta forma de actuar, entre cristianos, es realmente incomprensible. No se puede comprender cómo un cristiano se atreve a formar una nueva familia sin haber implorado, antes de tomar una decisión tan importante, la gracia del Señor. Dice un refrán: «¿Emprendes una peregrinación? Reza una oración. ¿Te embarcas? Reza dos. ¿Te casas? Reza cien.»

Atención: No seamos ingenuos. La vida matrimonial está llena de sacrificios y responsabilidades. ¿Cómo asegurar que podré sobrellevarlos? Recurriendo a la gracia sobrenatural que nos ha merecido Nuestro Señor Jesucristo. El sacrificio de Cristo en la santa misa, por amor a la Iglesia, es una llamada de atención a los recién casados de que ellos también tienen que entregar la vida y sacrificarse por amor mutuo y por el bien de la familia que han formado. Por estos motivos, Jesucristo elevó el matrimonio a la categoría de sacramento, para que del altar brote una nueva vida de familia, y también la gracia copiosa que para ella se necesita. Porque únicamente con el auxilio de la divina gracia se puede garantizar una fidelidad matrimonial hasta la muerte. Bien es verdad que al momento de casarse los dos corazones vibran con vehemencia por la fuerza del enamoramiento mutuo, pero la llama de la pasión más ardiente acaba por extinguirse con el tiempo; y, sin embargo, la fidelidad y el amor nunca deben apagarse en la vida conyugal. No se apagarán si el matrimonio se asienta sobre un fundamento seguro, sobre el amor inconmensurable del amor de Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, que se entregó por nosotros hasta dar toda su sangre, amor fiel hasta el final.

Pero para que un matrimonio sea cristiano, no basta que exteriormente lo sea. Puede ser que la boda sea de gran fastuosidad y suntuosidad exterior, con una entrada brillante en la iglesia, mientras se toca la marcha nupcial de Mendelson..., y, con todo, contraerse el matrimonio cristiano sin darse cuenta los novios realmente de lo que significa: un camino para santificación al que Dios les llama. Porque puede haber católicos que consideran el matrimonio con los mismos criterios paganos que tienen del matrimonio civil los que no tienen fe. No como un vínculo sagrado sino como un simple contrato en el que «doy para recibir». No como una vocación para dar mucha gloria a Dios, sino como una unión provisional «mientras nos llevemos bien». No como un compromiso definitivo a amarse mutuamente y guardarse fidelidad hasta la muerte, sino como una forma de convivir y disfrutar de compañía. No con la intención de formar una nueva familia en la que la llegada de cada hijo sea una bendición de Dios, sino todo lo contrario: con la intención de tener los menos hijos posibles, e incluso ninguno. Es la mentalidad pagana de los que piensan que tener muchos hijos es de idiotas, y no estar al tanto de cómo va el mundo... No se pide como Raquel: «Dame hijos, o si no me muero» (Génesis 30,1).

Para la Iglesia el matrimonio católico es algo muy serio y sublime. a) Representa nada menos que la relación de amor que existe entre Cristo y su Iglesia; b) Es una vocación para formar la Iglesia doméstica, en la que los esposos se santifican ayudándose; c) Es una participación en la obra creadora de Dios. Algo muy por encima la simple biología y del simple contrato natural...

El Señor quiere que los esposos participen en la procreación de nuevos seres humanos, llamados a ser hijos de Dios en este mundo y en la eternidad. Por eso la elección del esposo o la esposa debe hacerse, no basándose tanto en la hermosura o la fortuna, cosas de segunda importancia, sino en si este joven será un buen esposo y padre, o esta joven será una buena esposa y madre, con quien compartir la vida y aspirar a la santidad.

Es verdad que el hombre no puede vivir del aire; y no está mal que los novios consideren si se dan las condiciones económicas adecuadas que garanticen mínimamente el porvenir... Pero lo económico no debe ponerse en primer lugar, dándole preferencia sobre los valores espirituales.

Por el contrario, la concepción pagana del matrimonio considera a los hijos como un estorbo, no una bendición de Dios, y por eso pone todos los obstáculos posibles para que nazcan.

Convenzámonos, en el matrimonio contraído sin Cristo no garantiza una felicidad duradera, y menos la fidelidad hasta la muerte. No es de extrañar que haya luego tantos divorcios y rupturas de la vida familiar.

Si los esposos no llevan una vida de piedad, si no dedican cada día un tiempo a la oración, es imposible que Cristo sea el centro del hogar.

Sólo cuando el Corazón de Jesús preside el centro del hogar, cuando Cristo es el Rey de la familia, la fe se mantiene, hay alegría en los corazones, felicidad en medio de las pruebas... Porque Cristo debe santificar toda la vida de familia: quehaceres conversaciones, diversiones. De esta forma el hogar será un anticipo del cielo; y cuando haya muchos cielos así, la sociedad empezará a mejorar.

Cristo salvará a la familia, si la familia le acepta por Rey.