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Renacemos del agua y del Espíritu Santo

(Texto de san Ambrosio de Milán, obispo)

¿Qué es lo que viste en el bautisterio? Agua, desde luego, pero no sólo agua; viste también a los diáconos ejerciendo su ministerio, al obispo haciendo las preguntas de ritual y santificando. El Apóstol te enseñó, lo primero de todo, que no hemos de fijarnos en lo que se ve, sino en lo que no se ve; lo que se ve es transitorio, lo que no se ve es eterno. Pues, como leemos en otro lugar, desde la creación del mundo, las perfecciones invisibles de Dios, su poder eterno y su divinidad son visibles por sus obras. Por esto, dice el Señor en persona: Aunque no me creáis a mí, creed a las obras. Cree, pues, que está allí presente la divinidad. ¿Vas a creer en su actuación y no en su presencia? ¿De dónde vendría esta actuación sin su previa presencia?

Considera también cuán antiguo sea este misterio, pues fue prefigurado en el mismo origen del mundo. Ya en el principio, cuando hizo Dios el cielo y la tierra, el espíritu —leemos— se cernía sobre la faz de las aguas. Y si se cernía es porque obraba. El salmista nos da a conocer esta actuación del espíritu en la creación del mundo, cuando dice: La palabra del Señor hizo el cielo; el espíritu de su boca, sus ejércitos. Ambas cosas, esto es, que se cernía y que actuaba, son atestiguadas por la palabra profética. Que se cernía, lo afirma el autor del Génesis; que actuaba, el salmista.

Tenemos aún otro testimonio. Toda carne se había corrompido por sus iniquidades. Mi espíritu no durará por siempre en el hombre —dijo Dios—, puesto que es de carne. Con las cuales palabras demostró que la gracia espiritual era incompatible con la inmundicia carnal y la mancha del pecado grave. Por esto, queriendo Dios reparar su obra, envió el diluvio y mandó al justo Noé que subiera al arca. Cuando menguaron las aguas del diluvio, soltó primero un cuervo, el cual no volvió, y después una paloma que, según leemos, volvió con una rama de olivo. Ves cómo se menciona el agua, el leño, la paloma, ¿y aún dudas del misterio?

En el agua es sumergida nuestra carne, para que quede borrado todo pecado carnal. En ella quedan sepultadas todas nuestras malas acciones. En un leño fue clavado el Señor Jesús, cuando sufrió por nosotros su pasión. En forma de paloma descendió el Espíritu Santo, como has aprendido en el nuevo Testamento, el cual inspira en tu alma la paz, en tu mente la calma.

Contrato entre Dios y el hombre en el Bautismo

(De: Contrato del hombre con Dios mediante el Bautismo, por san Juan Eudes)

“Considerad, exclama san Juan Evangelista, la caridad que nos ha manifestado el Padre queriendo que tengamos nombre, de hijos de Dios y lo seamos.”

He ahí el efecto admirable del contrato que celebraste con Dios en el santo Bautismo: de hijo de ira y heredero del infierno que eras, pasaste a ser hijo de Dios y heredero del cielo. ¿Cómo podrás mostrarte dignamente agradecido a tal bondad que Dios usó contigo?

Además es un contrato de sociedad con el Hijo de Dios, porque te uniste con El en el santo Bautismo como a tu cabeza, tu Maestro ; y el Hijo de Dios te recibió por su discípulo, su servidor, y uno de los miembros de su cuerpo místico, que es la Iglesia. ¡Qué grande es la bondad de Dios, exclama el apóstol san Pablo, hablando con los nuevos cristianas de Corinto, de haberos llamado a la sociedad por su Hijo único, Nuestro Señor Jesucristo!

Qué éramos, en efecto, antes del santo Bautismo sino otros; tantos esclavos infelices de Satanás, destinados como él a las penas eternas del infierno? Mas en el Bautismo fuimos libertados, de esta sujeción desastrosa por medio de la alianza divina que hicimos con Jesucristo, por la que, si no faltamos a ninguna de sus condiciones, se nos proporcionará el goce de los bienes eternos.

Es, por fin, un contrato de alianza con la persona del Espíritu Santo, pues nos enseña la fe que el Espíritu Santo tomó tu alma por esposa suya, y que tú tomas por esposo tuyo al Espíritu Santo. Por un efecto de esta sagrada alianza el Espíritu Santo te llama su esposa y hermana suya; y como de tí propio eres pobre, ha enriquecido tu alma con todos los adornos que la hagan digna de su persona, viniendo además a fijar en tí su habitación y a consagrar tu alma para que sea su templo vivo y un santuario de la divinidad.

En vista de todo esto, ¿habrá quién se admire de que san Luis prefiriese tanto su calidad de cristiano a la gloria de rey de Francia? Estaba bien penetrado este santo rey de que su nacimiento real no le proporcionó otra alianza que la de hombres mortales, y que no le había dado más que una corona pasajera, cuando el santo Bautismo le había honrado con la santa alianza de las tres Personas de la Santísima Trinidad y le había dado un derecho expedito a la corona eterna de la gloria.

Y ya que nos elevó al mismo honor el Bautismo que recibimos nosotros, y nos proporcionó las mismas ventajas, por más pobres y miserables que seamos en este mundo, esforcémonos cuanto podamos en penetrarnos de los sentimientos y disposiciones de este gran Santo, teniendo en más nuestra calidad de cristianos que todas las grandezas de este mundo, y temamos mucho más romper la santa unión que hemos contratado con Dios, que el perder nuestra vida. Digamos con el apóstol san Pablo: “¿Quién romperá la unión que ha formado la caridad entre Jesucristo y nosotros? ¿Será por ventura la tribulación? ¿o la angustia? ¿el hambre? ¿la desnudez? el peligro? ¿la persecución? ¿la espada?... mas en todas estas cosas vencemos por aquel que nos amó. Por lo cual estoy cierto, que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni virtudes, ni cosas presentes, ni venideras, ni fortaleza, ni altura, ni profundidad, ni otra criatura nos podrá apartar del amor de Dios, que es nuestro señor.”

La disposición admirable, en que se hallaba este santo Apóstol de sufrir todos los males de este mundo antes que romper los lazos sagrados de la amistad que profesaba a Jesucristo, es la misma en que nosotros debemos vivir. La sagrada alianza que hicimos con la Santísima Trinidad en el santo Bautismo debe sernos mil veces más preciosa que la vida y que todos los bienes de este mundo, Porque nos eleva sobre todas las grandezas de la tierra y nos asegura los bienes infinitos de la eternidad. La desgracia de los que a ella faltan es mayor que todos los males que se pueden experimentar en esta vida; y por esto no deben ser capaces de hacernos romperla ni el deseo de los bienes, ni el temor de los mayores males.

El misterio del agua

(Texto de Dídimo de Alejandría)

La piscina es la oficina de la Trinidad para la salvación de todos los hombres fieles, y a los que en ella se lavan, los cura de la mordedura de la serpiente y, permaneciendo virgen, se convierte en madre de todos por obra del Espíritu Santo.

En ella, en efecto, recibimos la distribución de todos los carismas; en ella se refrendan y se suscriben las gracias del paraíso celestial; en ella, el que creó nuestra alma la toma por esposa, conforme al dicho de Pablo: Quise desposaros con un solo marido, presentándoos a Cristo como una virgen fiel. Pero, ¿por qué no mencionar —siquiera brevemente— lo que de más grande y sublime hay en ella? Aquel a quien los ángeles en el cielo no osan llamar padre, nosotros aprendemos a llamarlo así en la tierra sin temor alguno Esto es lo que canta el Salmista en el salmo: Mi padre y mi madre me abandonaron, que es como si dijera: pues Adán y Eva no mantuvieron la inmortalidad. Pero el Señor me recoge, que es como si dijera: Me ha dado a la piscina por madre y al Altísimo por padre y por hermano al Salvador, que por nosotros fue bautizado. Ahora efectivamente estoy de veras regenerado y salvado, pues ya no oigo: Llorad al muerto, porque se ha extinguido la luz, sino aquella voz tan deseada: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré, ungiendo, lavando, vistiendo a cada uno inseparablemente con toda mi persona, y alimentando con mi cuerpo y mi sangre.

Pero es llegado el momento de recoger una parte de los testimonios de la Escritura, procedentes del antiguo Testamento, y relativos al Espíritu de Dios y al bautismo de la inmortalidad: en la medida de lo posible, lo pondré por escrito.

Conociendo desde siempre la indivisa e inefable Trinidad, la debilidad y fragilidad del género humano, al producir de la nada el húmedo elemento, dispuso el remedio para los hombres y la salud que habría de obtenerse a través del agua Por eso consta que el Espíritu Santo, cuando se cernía sobre las aguas, en el mismo momento las santificó, y les comunicó una fuerza vital y las fecundó.

Esto queda suficientemente demostrado por el hecho de que, al bautizarse el Señor, apareció el Espíritu Santo sobre las aguas del Jordán y se posó sobre él. Apareció en aquella ocasión en forma de paloma, por ser éste un animal simple. Por eso dice el Señor: Sed sencillos como palomas.

También el diluvio, que purificó el mundo de su inveterada perversión, preanunciaba en cierto modo, de manera mística y velada, la expiación de los pecados que había de operarse a través de la piscina sagrada. Y la misma arca, que salvó a los que en ella entraron, era imagen de la venerable Iglesia y de la feliz esperanza que en ella tiene su origen. Y la paloma, que trajo al arca una hoja de olivo y anunció que la tierra estaba ya seca, significaba la venida del Espíritu Santo y la reconciliación con el cielo; pues el olivo es símbolo de la paz.

Igualmente el Mar Rojo, que acogió a los israelitas que no vacilaron ni dudaron, y los liberó de los males que, en Egipto, les esperaban de parte del Faraón y de su ejército —y, en consecuencia, toda la historia de su huida de Egipto—, era un símbolo de la salvación que nosotros conseguimos en el bautismo.

En medio de vosotros hay uno que no conocéis

(Texto de Ruperto de Deutz, abad)

El bautismo de Juan es el bautismo del siervo; el bautismo de Cristo es el bautismo del Señor. El bautismo de Juan es un bautismo de conversión; el bautismo de Cristo es un bautismo para el perdón de los pecados. Mediante el bautismo de Juan, Cristo fue manifestado; mediante su propio bautismo, es decir, mediante su pasión, Cristo fue glorificado. Juan habla así de su bautismo: Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel. Por lo que a Cristo se refiere, una vez recibido el bautismo de Juan, habla así de su bautismo: Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! Finalmente, mediante el bautismo de Juan el pueblo se preparaba para el bautismo de Cristo; mediante el bautismo de Cristo el pueblo se capacita para el reino de Dios.

No cabe duda de que los que fueron bautizados con el bautismo de Juan –de Juan que decía al pueblo que creyesen en el que iba a venir después–, y salieron de esta vida antes de la pasión de Cristo, una vez que Cristo fue bautizado en su pasión, fueron absueltos de sus pecados por graves que fueran, entraron con él en el paraíso y con él vieron el reino de Dios. En cambio, los que despreciaron el plan de Dios para con ellos y, sin haber recibido el bautismo de Juan, abandonaron la luz de esta vida antes del susodicho bautismo de la pasión de Cristo, de nada les sirvió el antiguo remedio de la circuncisión; como tampoco les aprovechó la pasión de Cristo ni fueron sacados del infierno, porque no pertenecían al número de aquellos de quienes decía Cristo: Y por ellos me consagro yo.

Por otra parte, tampoco conviene olvidar que quienes recibieron el bautismo de Juan y sobrevivieron al momento en que, glorificado Jesús, fue predicado el evangelio de su bautismo, si no lo recibieron, si no juzgaron necesario ser bautizados con su bautismo, de nada les valió el haber recibido el bautismo de Juan. Consciente de ello el apóstol Pablo, habiendo encontrado unos discípulos, les preguntó: ¿Recibisteis el Espíritu Santo al aceptar la fe? Y de nuevo: Entonces, ¿qué bautismo habéis recibido? –se sobreentiende: si ni siquiera habéis oído hablar de un Espíritu Santo—, respondiendo ellos: El bautismo de Juan, les dijo: El bautismo de Juan era signo de conversión, y él decía al pueblo que creyesen en el que iba a venir después, es decir, en Jesús. Al oír esto, se bautizaron en el nombre del Señor Jesús; cuando Pablo les impuso las manos, bajó sobre ellos el Espíritu Santo.

¡Qué enorme diferencia entre el bautismo del siervo, en el que ni mención se hacía del Espíritu Santo, y el bautismo del Señor que no se confiere sino en el nombre del Espíritu Santo, a la vez que en el nombre del Padre y del Hijo, y en el que se otorga el Espíritu Santo para el perdón de los pecados! Luego bajo un nombre común, ambas realidades son denominadas bautismo; mas a pesar de la identidad de nombre el sentido profundo es muy diferente.

La vestidura blanca y a la vela encendida, que simbolizan la dignidad del bautizado y su vocación cristiana

(De la Audiencia General del Papa Francisco del 16 de mayo de 2018)

Hoy concluimos el ciclo de catequesis sobre el bautismo. Los efectos espirituales de este sacramento, invisibles a los ojos pero operativos en el corazón de quien se ha convertido en una nueva criatura, se hacen explícitos mediante la entrega del vestido blanco y de la vela encendida. Después del lavacro de regeneración, capaz de recrear al hombre según Dios en la verdadera santidad, ha parecido natural desde los primeros siglos revestir a los neobautizados con una vestimenta nueva, cándida, similar al esplendor de la vida conseguida en Cristo y en el Espíritu Santo.

La vestimenta blanca, mientras expresa simbólicamente lo que ha sucedido en el sacramento, anuncia la condición de los transfigurados en la gloria divina. Lo que significa revestirse de Cristo lo recuerda san Pablo explicando cuáles son las virtudes que los bautizados deben cultivar: «Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos, mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó. Y por encima de todo esto, revestíos del amor que es el vínculo de la perfección» (Colosenses 3,12-14).

También la entrega ritual de la llama extraída del cirio pascual, recuerda el efecto del bautismo: «Recibe la luz de Cristo», dice el sacerdote. Estas palabras recuerdan que no somos nosotros la luz sino que la luz es Jesucristo, el cual, resucitado de entre los muertos, venció a las tinieblas del mal. Nosotros estamos llamados a recibir su esplendor. Como la llama del cirio pascual da luz a cada vela, así la caridad del Señor Resucitado inflama los corazones de los bautizados, colmándolos de luz y calor. Y por eso, desde los primeros siglos, el bautismo se llamaba también «iluminación» y a quien era bautizado se le llamaba «el iluminado». Esta es, de hecho, la vocación cristiana: «caminar siempre como hijos de la luz, perseverando en la fe» (cf. Rito de iniciación cristiana de los adultos, n. 226; Juan 12,36). Si se trata de niños, es tarea de los padres, junto a padrinos y madrinas, hacerse cargo de alimentar la llama de la gracia bautismal en sus pequeños, ayudándoles a perseverar en la fe (cf. Rito del Bautismo de los niños, n. 73). «La educación cristiana es un derecho de los niños; esta tiende a guiarles gradualmente a conocer el diseño de Dios en Cristo: así podrán ratificar personalmente la fe en la cual han sido bautizados» (ibíd., Introducción, 3).

La presencia viva de Cristo, para custodiar, defender y dilatar en nosotros, es lámpara que ilumina nuestros pasos, luz que orienta nuestras elecciones, llama que calienta los corazones en el ir al encuentro al Señor, haciéndonos capaces de ayudar a quien hace el camino con nosotros, hasta la comunión inseparable con Él. Ese día, dice el Apocalipsis, «ya no habrá noche, y ya no necesitaremos la luz de lámpara ni la luz del sol, porque el Señor Dios nos iluminará. Y reinaremos por los siglos de los siglos» (cf. 22,5). La celebración del bautismo se concluye con la oración del Padre Nuestro, propia de la comunidad de los hijos de Dios. De hecho, los niños renacidos en el bautismo recibirán la plenitud del don del Espíritu en la confirmación y participarán en la eucaristía, aprendiendo qué significa dirigirse a Dios llamándole «Padre».

Al finalizar estas catequesis sobre el bautismo, repito a cada uno de vosotros la invitación que expresé así en la exhortación apostólica Gaudete et exsultate: «Deja que la gracia de tu Bautismo fructifique en un camino de santidad. Deja que todo esté abierto a Dios y para ello opta por él, elige a Dios una y otra vez. No te desalientes, porque tienes la fuerza del Espíritu Santo para que sea posible, y la santidad, en el fondo, es el fruto del Espíritu Santo en tu vida» (cf. Gálatas 5,22-23)» (n. 15).

Rito central del bautismo: el lavacro santo acompañado de la invocación a la Santísima Trinidad

(De la Audiencia General del Papa Francisco del 9 de mayo de 2018)

La catequesis sobre el sacramento del bautismo nos lleva a hablar hoy del lavacro santo acompañado por la invocación de la Santísima Trinidad, o sea al rito central que propiamente «bautiza» —es decir sumerge— en el Misterio pascual de Cristo. El sentido de este signo lo recuerda san Pablo a los cristianos de Roma, preguntando antes: «¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados por su muerte?» y después respondiendo: «Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Romanos 6,3-4). El bautismo nos abre la puerta a una vida de resurrección, no a una vida mundana. Una vida según Jesús.

¡La pila bautismal es el lugar en el que se hace Pascua con Cristo! Es sepultado el hombre viejo, con sus pasiones engañosas, para que renazca una nueva criatura; realmente las cosas viejas han pasado y han nacido nuevas. En las «catequesis» atribuidas a san Cirilo de Jerusalén se explica a los neobautizados lo que les ha sucedido en el agua del bautismo. Es bonita esta explicación de san Cirilo: «En el mismo momento habéis muerto y habéis nacido, y aquella agua llegó a ser para vosotros sepulcro y madre» (n. 20, Mistagógica 2, 4-6). El renacimiento del nuevo hombre exige que sea reducido a polvo el hombre corrompido por el pecado. Las imágenes de la tumba y del vientre materno referidas a la pila, son de hecho muy incisivas para expresar cuanto sucede de grande a través de gestos sencillos del bautismo. Me gusta citar la inscripción que se encuentra en el antiguo baptisterio romano del Laterano, en el que se lee, en latín, esta expresión atribuida al Papa Sixto III. «La Madre Iglesia da a luz virginalmente mediante el agua a los hijos que concibe por el aliento de Dios. Los que habéis renacido de esta pila, esperad el reino de los cielos». Es bonito: la Iglesia que nos hace nacer, la Iglesia que es vientre, es madre nuestra por medio del bautismo. Si nuestros padres nos han generado a la vida terrena, la Iglesia nos ha regenerado a la vida eterna del bautismo. Nos hemos convertido en hijos en su Hijo Jesús. También sobre cada uno de nosotros, renacidos del agua y del Espíritu Santo, el Padre celeste hace resonar con infinito amor su voz que dice: «Tú eres mi hijo amado» (cf. Mateo 3, 17). Esta voz paterna, imperceptible al oído pero bien audible para quien cree, nos acompaña para toda la vida, sin abandonarnos nunca. Durante toda la vida el Padre nos dice: «Tú eres mi hijo amado, tú eres mi hija amada».

Dios nos ama mucho, como un Padre y no nos deja solos. Esto desde el momento del bautismo. Renacidos hijos de Dios, lo somos para siempre. El bautismo, de hecho, no se repite, porque imprime un sello espiritual indeleble: «Este sello no es borrado por ningún pecado, aunque el pecado impida al Bautismo dar frutos de salvación» (CIC, 1272). El sello del bautismo no se pierde nunca. «Padre, pero si una persona se convierte en un bandido, de los más famosos, que mata a gente, que comete injusticias, ¿el sello no se borra?». No. Para su propia vergüenza el hijo de Dios que es aquel hombre hace estas cosas, pero el sello no se borra. Y continúa siendo hijo de Dios, que va en contra de Dios pero Dios nunca reniega de sus hijos. ¿Habéis entendido esto último? Dios nunca reniega de sus hijos. ¿Lo repetimos todos juntos? «Dios nunca reniega de sus hijos». Un poco más fuerte, que yo o estoy sordo o no he entendido: «Dios nunca reniega de sus hijos». He aquí, así está bien. Incorporados a Cristo por medio del bautismo, los bautizados se conforman, por lo tanto, a Él, «el primogénito entre muchos hermanos» (Romanos 8,29). Mediante la acción del Espíritu Santo, el bautismo purifica, santifica, justifica, para formar en Cristo, de muchos un solo cuerpo. Lo expresa la unción del crisma, «que es señal del sacerdocio real y de su agregación a la comunidad del pueblo de Dios» (Rito del bautismo de los niños, Introducción, n. 18, 3). Por ello, el sacerdote unge con el sagrado crisma la cabeza de cada bautizado, después de haber pronunciado estas palabras que explican el significado: «Dios mismo os consagra con el crisma de salvación, para que inseridos en Cristo, sacerdote, rey y profeta, seáis siempre miembros de su cuerpo para la vida eterna» (ibíd., n. 71).

Hermanos y hermanas, la vocación cristiana está toda aquí: vivir unidos a Cristo en la santa Iglesia, partícipes de la misma consagración para desarrollar la misma misión, en este mundo, llevando frutos que duran para siempre.

Animado por el único Espíritu, de hecho, todo el Pueblo de Dios participa en las funciones de Jesucristo, «Sacerdote, Rey y Profeta» y lleva las responsabilidades de misión y servicio que se derivan. ¿Qué significa participar del sacerdocio real y profético de Cristo? Significa hacer de sí una oferta grata a Dios ofreciéndole testimonio por medio de una vida de fe y de caridad, poniéndola al servicio de los demás, sobre el ejemplo del Señor Jesús.

Bautismo: la bendición del agua, la renuncia al pecado y la profesión de fe

(De la audiencia General de Papa Francisco del 2 de mayo de 2018)

Prosiguiendo con la reflexión sobre el bautismo, hoy quisiera detenerme en los ritos centrales, que se desarrollan en la pila bautismal. Consideramos en primer lugar el agua, sobre la cual se invoca el poder del Espíritu para que tenga la fuerza de regenerar y renovar. El agua es matriz de vida y de bienestar, mientras que su falta provoca la extinción de toda fecundidad, como sucede en el desierto; pero el agua puede ser también causa de muerte, cuando sumerge entre sus olas o en grandes cantidades arrasa con todo; finalmente, el agua tiene la capacidad de lavar, limpiar y purificar.

A partir de este simbolismo natural, universalmente reconocido, la Biblia describe las intervenciones y las promesas de Dios a través del signo del agua. Aún así, el poder de perdonar los pecados no está en el agua en sí, como explicaba san Ambrosio a los nuevos bautizados: «Has visto el agua, pero no toda el agua resana: resana el agua que tiene la gracia de Cristo […] La acción es del agua, la eficacia es del Espíritu Santo» (De sacramentis 1,15). Por eso la Iglesia invoca la acción del Espíritu sobre el agua «para que aquellos que en ella reciban el bautismo, sean sepultados con Cristo en la muerte y con Él resuciten a la vida inmortal» (Rito del Bautismo de los niños, n. 60). La oración de bendición dice que Dios ha preparado el agua «para ser signo del bautismo» y recuerda las principales prefiguraciones bíblicas: sobre las aguas de los orígenes se libraba el Espíritu para hacerlas semilla de vida; el agua del diluvio marcó el final del pecado y el inicio de la vida nueva; a través del agua del Mar Rojo fueron liberados de la esclavitud de Egipto los hijos de Abraham. En relación con Jesús, se recuerda el bautismo en el Jordán, la sangre y el agua derramados de su costado, y el mandato a los discípulos de bautizar a todos los pueblos en el nombre de la Trinidad. Fortalecidos por tal recuerdo, se pide a Dios infundir en el agua de la pila la gracia de Cristo muerto y resucitado. Y así, esta agua viene transformada en agua que lleva en sí la fuerza del Espíritu Santo. Y con esta agua con la fuerza del Espíritu Santo, bautizamos a la gente, bautizamos a los adultos, a los niños, a todos.

Santificada el agua de la pila, es necesario disponer el corazón para acceder al bautismo. Esto sucede con la renuncia a Satanás y la profesión de fe, dos actos estrechamente conectados entre ellos. En la medida en la que digo «no» a las sugestiones del diablo —aquel que divide— soy capaz de decir «sí» a Dios que me llama a adaptarme a Él en los pensamientos y en las obras. El diablo divide; Dios une siempre la comunidad, la gente en un solo pueblo. No es posible adherirse a Cristo poniendo condiciones. Es necesario despegarse de ciertas uniones para poder abrazar realmente otros; o estás bien con Dios o estás bien con el diablo. Por esto la renuncia y el acto de fe van juntos. Es necesario cortar los puentes, dejándoles a la espalda, para emprender el nuevo Camino que es Cristo.

La respuesta a las preguntas —«¿Renunciáis a Satanás, a todas sus obras, y a todas sus seducciones?»— está formulada en primera persona del singular: «Renuncio». Y de la misma forma es profesada la fe de la Iglesia, diciendo: «Creo». Yo renuncio y yo creo: esta es la base del bautismo. Es una elección responsable, que exige ser traducida en gestos concretos de confianza en Dios. El acto de fe supone un compromiso que el mismo bautismo ayudará a mantener con perseverancia en las diferentes situaciones y pruebas de la vida. Recordamos la antigua sabiduría de Israel: «Hijo, si te llegas a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba» (Eclesiástico 2,1), es decir, prepárate a la lucha. Y la presencia del Espíritu Santo nos da la fuerza para luchar bien.

Queridos hermanos y hermanas, cuando mojamos la mano en el agua bendecida —entrando en una iglesia tocamos el agua bendecida— y hacemos la señal de la cruz, pensemos con alegría y gratitud en el bautismo que hemos recibido —esta agua bendecida nos recuerda el bautismo— y renovamos nuestro «Amén» —«Estoy contento»—, para vivir inmersos en el amor de la Santísima Trinidad.

El bautismo es un don del Espíritu Santo

(De la Audiencia General del Papa Francisco del 25 de abril de 2018)

Continuamos nuestra reflexión sobre el bautismo, siempre a la luz de la Palabra de Dios. Es el Evangelio que ilumina a los candidatos y suscita la adhesión de fe: «el Bautismo es de un modo particular “el sacramento de la fe” por ser la entrada sacramental en la vida de fe» (Catecismo de la Iglesia católica, 1236). Y la fe es la entrega de sí mismos al Señor Jesús, reconocido como «fuente de agua […] para vida eterna» (Juan 4,14), «luz del mundo» (Juan 9,5), «vida y resurrección» (Juan 11,25), como enseña el itinerario recorrido, todavía hoy, por los catecúmenos ya cercanos a recibir la iniciación cristiana. Educados por la escucha de Jesús, de su enseñanza y de sus obras, los catecúmenos reviven la experiencia de la mujer samaritana sedienta de agua viva, del ciego de nacimiento que abre los ojos a la luz, de Lázaro que sale del sepulcro.

El Evangelio lleva en sí la fuerza de transformar a quien lo acoge con fe, arrancándolo del dominio del maligno para que aprenda a servir al Señor con alegría y novedad de vida. A la fuente bautismal no se va nunca solo, sino acompañados de la oración de toda la Iglesia, como recuerdan las letanías de los santos que preceden la oración de exorcismo y la unción prebautismal con el óleo de los catecúmenos. Son gestos que, desde la antigüedad, aseguran a quienes se preparan a renacer como hijos de Dios que la oración de la Iglesia les asiste en la lucha contra el mal, les acompaña en el camino del bien, les ayuda a escapar del poder del pecado para pasar en el reino de la gracia divina. La Iglesia reza y reza por todos, ¡por todos nosotros! Nosotros Iglesia, rezamos por los demás. Es algo bonito rezar por los demás. Cuántas veces no necesitamos nada urgente y no rezamos. Nosotros debemos rezar, unidos a la Iglesia, por los demás: «Señor, yo te pido por esas personas que tienen necesidad, porque aquellos que no tienen fe...». No os olvidéis: la oración de la Iglesia siempre está en marcha. Pero nosotros debemos entrar en esta oración y rezar por todo el pueblo de Dios y por esos que necesitan de las oraciones. Por eso, el camino de los catecúmenos adultos está marcado por repetidos exorcismos pronunciados por el sacerdote, o sea, por oraciones que invocan la liberación de todo lo que separa de Cristo e impide la íntima unión con Él. También para los niños se pide a Dios liberarles del pecado original y consagrarlos como casa del Espíritu Santo. Rezar por los niños, por la salud espiritual y corporal. Es una forma de proteger a los niños con la oración. Como prueban los Evangelios, Jesús mismo combatió y expulsó los demonios para manifestar la llegada del reino de Dios: su victoria sobre el poder del maligno deja libre espacio a la señoría de Dios que alegra y reconcilia con la vida.

El bautismo no es una fórmula mágica sino un don del Espíritu Santo que habilita a quien lo recibe «a luchar contra el espíritu del mal», creyendo que «Dios ha mandado en el mundo a su Hijo para destruir el poder de satanás y transferir al hombre de las tinieblas en su reino de luz infinita» (cf. Rito del Bautismo de los niños, n. 56). Sabemos por experiencia que la vida cristiana está siempre sujeta a la tentación, sobre todo a la tentación de separarse de Dios, de su querer, de la comunión con Él, para recaer en los lazos de las seducciones mundanas. Y el bautismo nos prepara, nos da fuerza para esta lucha cotidiana, también la lucha contra el diablo que —como dice san Pedro— como un león trata de devorarnos, de destruirnos.

Además de la oración, está después la unción en el pecho con el óleo de los catecúmenos, los cuales «reciben la fuerza para que puedan renunciar al diablo y al pecado, antes de que se acerquen y renazcan de la fuente de la vida» (Bendición de los óleos, premisas, n.3). Por la propiedad del óleo de penetrar en los tejidos del cuerpo dando beneficio, los antiguos luchadores solían rociarse de óleo para tonificar los músculos y para huir más fácilmente de ser tomado por el adversario. A la luz de este simbolismo, los cristianos de los primeros siglos han adoptado el uso de ungir el cuerpo de los candidatos al bautismo con óleo bendecido por el obispo, para representar, mediante este «signo de salvación», que el poder de Cristo Salvador fortifica para luchar contra el mal y vencerlo.

Es cansado combatir contra el mal, escapar de sus engaños, retomar fuerzas después de una lucha agotadora, pero debemos saber que toda la vida cristiana es una lucha. Pero debemos saber que no estamos solos, que la Madre Iglesia reza para que sus hijos, regenerados en el bautismo, no sucumban a las insidias del maligno sino que le venzan por el poder de la Pascua de Cristo. Fortificados por el Señor Resucitado, que ha derrotado al príncipe de este mundo, también nosotros podemos repetir con la fe de san Pablo: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Filipenses 4,13). Todos nosotros podemos vencer, vencer todo, pero con la fuerza que me viene de Jesús.

El rito de acogida en el Sacramento del Bautismo

(De la Audiencia General del Papa Francisco del 18 de abril de 2018)

Continuamos, en este Tiempo de Pascua, las catequesis sobre el bautismo. El significado del bautismo destaca claramente de su celebración, por eso dirigimos a ella nuestra atención. Considerando los gestos y las palabras de la liturgia podemos acoger la gracia y el compromiso de este sacramento, que está siempre por redescubrir.

Hacemos memoria en la aspersión con el agua bendita que se puede hacer el domingo al inicio de la misa, como también en la renovación de las promesas bautismales durante la Vigilia Pascual. De hecho, lo que sucede en la celebración del bautismo suscita una dinámica espiritual que atraviesa toda la vida de los bautizados; es el inicio de un proceso que permite vivir unidos a Cristo en la Iglesia. Por lo tanto, regresar a la fuente de la vida cristiana nos lleva a comprender mejor el don recibido en el día de nuestro bautismo y a renovar el compromiso de corresponder en las condiciones en las que hoy nos encontramos. Renovar el compromiso, comprender mejor este don que es el bautismo y recordar el día de nuestro bautismo, qué día fui bautizado. Yo sé que algunos de vosotros los saben, otro, no; los que no lo saben, que pregunten a los parientes, a aquellas personas, a los padrinos, a las madrinas... que pregunten: «¿Cuál es la fecha de mi bautizo?». Porque el bautismo es un renacimiento y es como si fuera el segundo cumpleaños. ¿Entendido? Hacer esta tarea en casa, preguntar: «¿Cuál es la fecha de mi bautizo?»

En primer lugar, en el rito de acogida se pregunta el nombre del candidato, porque el nombre indica la identidad de una persona. Cuando nos presentamos decimos inmediatamente nuestro nombre: «Yo me llamo así», para salir del anonimato, el anónimo es aquel que no tiene nombre. Para salir del anonimato inmediatamente decimos nuestro nombre. Sin nombre se permanece como desconocidos, sin derechos ni deberes. Dios llama a cada uno por el nombre, amándonos individualmente, en la concreción de nuestra historia. El bautismo enciende la vocación personal de vivir como cristianos, que se desarrollará durante toda la vida. E implica una respuesta personal y no prestada con un «copia y pega». La vida cristiana, de hecho, está entretejida por una serie de llamadas y de respuestas: Dios continúa pronunciando nuestro nombre en el transcurso de los años, haciendo resonar de mil maneras su llamado a ser conformes a su Hijo Jesús. ¡Es importante, por lo tanto, el nombre! ¡Es muy importante!

Los padres piensan en el nombre que dar al hijo ya desde antes del nacimiento: también esto forma parte de la espera de un hijo que, en el nombre propio, tendrá su identidad original, también para la vida cristiana unida a Dios. Ciertamente, ser cristianos es un don que nace de lo alto (Juan 3, 3-8). La fe de no se puede comprar, pero sí pedir y recibir como regalo. «Señor, regálame el don de la fe» es una hermosa oración. «Que yo tenga fe» es una hermosa oración. Pedirla como regalo, pero no se puede comprar, se pide. De hecho, «el bautismo es el sacramento de esa fe con la que los hombres, iluminados por la gracia del Espíritu Santo, responden al Evangelio de Cristo». (Ritual del bautismo de niños, Introd. gen., n. 3). A suscitar y despertar la fe sincera en respuesta al Evangelio tienden la formación de los catecúmenos y la preparación de los padres, como la escucha de la Palabra de Dios en la misma celebración del bautismo.

Si los catecúmenos adultos manifiestan en primera persona lo que desean recibir como don de la Iglesia, los niños son presentados por los padres, con los padrinos. El diálogo con ellos permite expresar la voluntad de que los pequeños reciban el bautismo y a la Iglesia la intención de celebrarlo. «Expresión de todo esto es la señal de la cruz, que el celebrante y los padres trazan sobre la frente de los niños» (Ritual del bautismo de niños, Introd., n. 16). «La señal de la cruz, al comienzo de la celebración, señala la impronta de Cristo sobre el que le va a pertenecer y significa la gracia de la redención que Cristo nos ha adquirido por su cruz» (Catecismo de la Iglesia católica, 1235). En la ceremonia hacemos sobre los niños la señal de la cruz. Pero quisiera volver sobre un tema del que os he hablado. ¿Nuestros niños sabe hacer el signo de la cruz bien? Muchas veces he visto a niños que para hacer la señal de la cruz hacen así…, no saben hacerlo, vosotros, padres, madres, abuelos, abuelas, padrinos, madrinas, debéis enseñarles a hacer bien la señal de la cruz porque es repetir lo que se ha hecho en el bautismo. ¿Habéis entendido bien? Enseñar a los niños a hacer bien la señal de la cruz. Si lo aprenden desde niños lo harán bien después, de mayores. La cruz es el distintivo que manifiesta quién somos: nuestro hablar, pensar, mirar, obrar, está bajo el signo de la cruz, es decir, bajo la señal del amor de Jesús hasta el fin. Los niños son marcados en la frente. Los catecúmenos adultos son marcados también en los sentidos, con estas palabras: «Recibid la señal de la cruz en los oídos para escuchar la voz del Señor»; «en los ojos para ver la claridad de Dios»; «en la boca, para responder a la palabra de Dios»; «en el pecho, para que Cristo habite por la fe en vuestros corazones»; «en la espalda, para llevar el suave yugo de Cristo» ( Rito de la iniciación cristiana de los adultos, n. 85). Cristiano se es en la medida en la que la cruz se imprime en nosotros como una marca «pascual», haciendo visible, también exteriormente, el modo cristiano de afrontar la vida.

Hacer la señal de la cruz cuando nos despertamos, antes de las comidas, ante un peligro, en defensa contra el mal, la noche antes de dormir, significa decirnos a nosotros mismos y a los demás a quién pertenecemos, quien queremos ser. Por eso, es muy importante enseñar a los niños a hacer bien la señal de la cruz. Y, como hacemos entrando en la iglesia, podemos hacerlo también en casa, conservando un pequeño vaso un poco de agua bendita —algunas familias lo hacen: así, cada vez que entramos o salimos, haciendo el signo de la cruz con el agua recordamos que estamos bautizados. No os olvidéis, repito: enseñar a los niños a hacer la señal de la cruz.

El Sacramento del bautismo: fundamento de toda la vida cristiana

francisco (De la Audiencia General del Papa del 11 de abril de 2018)

Los cincuenta días del tiempo litúrgico pascual son propicios para reflexionar sobre la vida cristiana que, por su naturaleza, es la vida que proviene de Cristo mismo. Somos, de hecho, cristianos en la medida en la que dejamos vivir a Jesús en nosotros. ¿De dónde partir entonces para reavivar esta conciencia si no desde el principio, desde el sacramento que encendió en nosotros la vida cristiana? Eso es el bautismo. La Pascua de Cristo, con su carga de novedad, nos alcanza a través del bautismo para transformarnos a su imagen: los bautizados son de Jesucristo, es Él el Señor de su existencia. El bautismo es «el fundamento de toda la vida cristiana» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1213). Y el primero de los sacramentos, en cuanto a que es la puerta que permite a Cristo Señor establecerse en nuestra persona y a nosotros sumergirnos en su Misterio.

El verbo griego «bautizar» significa «sumergir». El baño con el agua es un rito común a varias creencias para expresar el paso de una condición a otra, señal de purificación para un nuevo inicio. Pero a nosotros cristianos no se nos debe escapar que si es el cuerpo lo que se sumerge en el agua, es el alma lo que se sumerge en Cristo para recibir el perdón del pecado y resplandecer de luz divina. En virtud del Espíritu Santo, el bautismo nos sumerge en la muerte y resurrección del Señor, ahogando en la fuente bautismal al hombre viejo, dominado por el pecado que separa de Dios y haciendo nacer al hombre nuevo, recreado en Jesús. En Él, todos los hijos de Adán están llamados a una vida nueva. El bautismo, es decir, es un renacimiento. Estoy seguro, segurísimo de que todos nosotros recordamos la fecha de nuestro nacimiento: seguro. Pero me pregunto yo, un poco dubitativo, y os pregunto a vosotros: ¿cada uno de vosotros recuerda cuál fue la fecha de su bautismo? Alguno dicen que sí, está bien. Pero es un sí un poco débil porque tal vez muchos no recuerdan esto—. Pero si nosotros festejamos el día del nacimiento, ¿cómo no festejar —al menos recordar— el día del renacimiento? Os daré una tarea para casa, una tarea hoy para hacer en casa. Aquellos de vosotros que no os acordéis de la fecha del bautismo, que pregunten a la madre, a los tíos, a los sobrinos, preguntad: «¿Tú sabes cuál es la fecha de mi bautismo?» y no la olvidéis nunca. Y ese día agradeced al Señor, porque es precisamente el día en el que Jesús entró en mí, el Espíritu Santo entró en mí. ¿Habéis entendido bien la tarea para casa? Todos debemos saber la fecha de nuestro bautismo. Es otro cumpleaños: el cumpleaños del renacimiento. No os olvidéis de hacer esto, por favor.

Recordemos las últimas palabras del Resucitado a los apóstoles, son un mandato preciso: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mateo 28,19). A través de la pila bautismal, quien cree en Cristo se sumerge en la vida misma de la Trinidad.

No es, de hecho, un agua cualquiera la del bautismo, sino el agua en la que se ha invocado el Espíritu que «da la vida» (Credo). Pensemos en lo que Jesús dijo a Nicodemo para explicarle el nacimiento en la vida divina: «El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es Espíritu» (Juan 3,5-6). Por eso, el bautismo se llama también «regeneración»: creemos que Dios nos ha salvado «según su misericordia, por medio del baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo» (Tito 3,5).

El bautismo es por eso un signo eficaz de renacimiento, para caminar en novedad de vida. Lo recuerda san Pablo a los cristianos de Roma: «¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Romanos 6,3-4).

Sumergiéndonos en Cristo, el bautismo nos convierte también en miembros de su Cuerpo, que es la Iglesia y partícipes de su misión en el mundo. Nosotros bautizados no estamos aislados: somos miembros del Cuerpo de Cristo. La vitalidad que brota de la fuente bautismal está ilustrada por estas palabras de Jesús: «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto» (cf. Juan 15,5). Una misma vida, la del Espíritu Santo, corre de Cristo a los bautizados, uniéndolos en un solo Cuerpo, ungido con la santa unción y alimentado en el banquete eucarístico.

El bautismo permite a Cristo vivir en nosotros y a nosotros vivir unidos a Él, para colaborar en la Iglesia, cada uno según la propia condición, en la transformación del mundo. Recibido una sola vez, el lavado bautismal ilumina toda nuestra vida, guiando nuestros pasos hasta la Jerusalén del Cielo. Hay un antes y un después del bautismo. El sacramento supone un camino de fe, que llamamos catecumenado, evidente cuando es un adulto quien pide el bautismo. Pero también los niños, desde la antigüedad son bautizados en la fe de los padres. Y sobre esto yo quisiera deciros una cosa. Algunos piensan: ¿Pero por qué bautizar a un niño que no entiende? Esperemos a que crezca, que entienda y sea él mismo quien pida el bautismo. Pero esto significa no tener confianza en el Espíritu Santo, porque cuando nosotros bautizamos a un niño, en ese niño entra el Espíritu Santo y el Espíritu Santo hace crecer en ese niño, desde niño, virtudes cristianas que después florecen. Siempre se debe dar esta oportunidad a todos, a todos los niños, de tener dentro el Espíritu Santo que les guíe durante la vida. ¡No os olvidéis de bautizar a los niños! Nadie merece el bautismo, que es siempre un don para todos, adultos y recién nacidos. Pero como sucede con una semilla llena de vida, este don emana y da fruto en un terreno alimentado por la fe. Las promesas bautismales que cada año renovamos en la Vigilia Pascual deben ser reiniciadas cada día para que el bautismo «cristifique»: no debemos tener miedo de esta palabra; el bautismo nos «cristifica», quien ha recibido el bautismo y va «cristificado». Se asemeja a Cristo, se transforma en Cristo y lo convierte verdaderamente en otro Cristo.

El Bautismo de Jesús

(Del Catecismo de la Iglesia Católica)

El comienzo de la vida pública de Jesús es su bautismo por Juan en el Jordán. Juan proclamaba "un bautismo de conversión para el perdón de los pecados" (Lc 3, 3).

Una multitud de pecadores, publicanos y soldados, fariseos y saduceos y prostitutas viene a hacerse bautizar por él. "Entonces aparece Jesús". El Bautista duda. Jesús insiste y recibe el bautismo.

Entonces el Espíritu Santo, en forma de paloma, viene sobre Jesús, y la voz del cielo proclama que él es "mi Hijo amado" (Mt 3, 13-17). Es la manifestación ("Epifanía") de Jesús como Mesías de Israel e Hijo de Dios.

El bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente. Se deja contar entre los pecadores; es ya "el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Jn 1, 29); anticipa ya el "bautismo" de su muerte sangrienta.

Viene ya a "cumplir toda justicia" (Mt 3, 15), es decir, se somete enteramente a la voluntad de su Padre: por amor acepta el bautismo de muerte para la remisión de nuestros pecados.

A esta aceptación responde la voz del Padre que pone toda su complacencia en su Hijo. El Espíritu que Jesús posee en plenitud desde su concepción viene a "posarse" sobre él. De él manará este Espíritu para toda la humanidad.

En su bautismo, "se abrieron los cielos" (Mt 3, 16) que el pecado de Adán había cerrado; y las aguas fueron santificadas por el descenso de Jesús y del Espíritu como preludio de la nueva creación.

Por el Bautismo, el cristiano se asimila sacramentalmente a Jesús que anticipa en su bautismo su muerte y su resurrección: debe entrar en este misterio de rebajamiento humilde y de arrepentimiento, descender al agua con Jesús, para subir con él, renacer del agua y del Espíritu para convertirse, en el Hijo, en hijo amado del Padre y "vivir una vida nueva" (Rm 6, 4):
«Enterrémonos con Cristo por el Bautismo, para resucitar con él; descendamos con él para ser ascendidos con él; ascendamos con él para ser glorificados con él» (San Gregorio Nacianceno).
«Todo lo que aconteció en Cristo nos enseña que después del baño de agua, el Espíritu Santo desciende sobre nosotros desde lo alto del cielo y que, adoptados por la Voz del Padre, llegamos a ser hijos de Dios» (San Hilario de Poitiers).

Reconoce, cristiano, tu dignidad

(Texto de san León Magno, papa)

Hoy, queridos hermanos, ha nacido nuestro Salvador; alegrémonos.

No puede haber lugar para la tristeza, cuando acaba de nacer la vida; la misma que acaba con el temor de la mortalidad, y nos infunde la alegría de la eternidad prometida.

Nadie tiene por qué sentirse alejado de la participación de semejante gozo, a todos es común la razón para el júbilo porque nuestro Señor, destructor del pecado y de la muerte, corno no ha encontrado a nadie libre de culpa, ha venido para liberarnos a todos.

Alégrese el santo, puesto que se acerca a la victoria; regocíjese el pecador, puesto que se le invita al perdón; anímese el gentil, ya que se le llama a la vida.

Pues el Hijo de Dios, al cumplirse la plenitud de los tiempos, establecidos por los inescrutables y supremos designios divinos, asumió la naturaleza del género humano para reconciliarla con su Creador, de modo que el demonio, autor de la muerte, se viera vencido por la misma naturaleza gracias a la cual había vencido.

Por eso, cuando nace el Señor, los ángeles cantan jubilosos: Gloria a Dios en el cielo, y anuncian: y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.

Pues están viendo cómo la Jerusalén celestial se construye con gentes de todo el mundo; ¿cómo, pues, no habrá de alegrarse la humildad de los hombres con tan sublime acción de la piedad divina, cuando tanto se entusiasma la sublimidad de los ángeles?

Demos, por tanto, queridos hermanos, gracias a Dios Padre por medio de su Hijo, en el Espíritu Santo, puesto que se apiadó de nosotros a causa de la inmensa misericordia con que nos amó; estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo, para que gracias a él fuésemos una nueva creatura, una nueva creación.

Despojémonos, por tanto, del hombre viejo con todas sus obras y, ya que hemos recibido la participación de la generación de Cristo, renunciemos a las obras de la carne.

Reconoce, cristiano, tu dignidad y, puesto que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no pienses en volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas.

Piensa de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. No olvides que fuiste liberado del poder de las tinieblas y trasladado a la luz y al reino de Dios.

Gracias al sacramento del bautismo te has convertido en templo del Espíritu Santo; no se te ocurra ahuyentar con tus malas acciones a tan noble huésped, ni volver a someterte a la servidumbre del demonio, porque tu precio es la sangre de Cristo.

El Bautismo

(De las Audiencias Generales del Papa Francisco del 8 y 15 de enero de 2014)

El Bautismo es el sacramento en el cual se funda nuestra fe misma, que nos injerta como miembros vivos en Cristo y en su Iglesia. Junto a la Eucaristía y la Confirmación forma la así llamada «Iniciación cristiana», la cual constituye como un único y gran acontecimiento sacramental que nos configura al Señor y hace de nosotros un signo vivo de su presencia y de su amor.

Puede surgir en nosotros una pregunta: ¿es verdaderamente necesario el Bautismo para vivir como cristianos y seguir a Jesús? ¿No es en el fondo un simple rito, un acto formal de la Iglesia para dar el nombre al niño o a la niña? Es una pregunta que puede surgir. Y a este punto, es iluminador lo que escribe el apóstol Pablo: «¿Es que no sabéis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte? Por el Bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6,3-4).

Por lo tanto, no es una formalidad. Es un acto que toca en profundidad nuestra existencia. Un niño bautizado o un niño no bautizado no es lo mismo. No es lo mismo una persona bautizada o una persona no bautizada. Nosotros, con el Bautismo, somos inmersos en esa fuente inagotable de vida que es la muerte de Jesús, el más grande acto de amor de toda la historia; y gracias a este amor podemos vivir una vida nueva, no ya en poder del mal, del pecado y de la muerte, sino en la comunión con Dios y con los hermanos.

Muchos de nosotros no tienen el mínimo recuerdo de la celebración de este Sacramento, y es obvio, si hemos sido bautizados poco después del nacimiento. He hecho esta pregunta dos o tres veces, aquí, en la plaza: quien de vosotros sepa la fecha del propio Bautismo, que levante la mano. Es importante saber el día que fui inmerso precisamente en esa corriente de salvación de Jesús. Y me permito daros un consejo. Pero más que un consejo, una tarea para hoy. Hoy, en casa, buscad, preguntad la fecha del Bautismo y así sabréis bien el día tan hermoso del Bautismo.

Conocer la fecha de nuestro Bautismo es conocer una fecha feliz. El riesgo de no conocerla es perder la memoria de lo que el Señor ha hecho con nosotros; la memoria del don que hemos recibido. Entonces acabamos por considerarlo sólo como un acontecimiento que tuvo lugar en el pasado —y ni siquiera por voluntad nuestra, sino de nuestros padres—, por lo cual no tiene ya ninguna incidencia en el presente.

Debemos despertar la memoria de nuestro Bautismo. Estamos llamados a vivir cada día nuestro Bautismo, como realidad actual en nuestra existencia. Si logramos seguir a Jesús y permanecer en la Iglesia, incluso con nuestros límites, con nuestras fragilidades y nuestros pecados, es precisamente por el Sacramento en el cual hemos sido convertidos en nuevas criaturas y hemos sido revestidos de Cristo. Es en virtud del Bautismo, en efecto, que, liberados del pecado original, hemos sido injertados en la relación de Jesús con Dios Padre; que somos portadores de una esperanza nueva, porque el Bautismo nos da esta esperanza nueva: la esperanza de ir por el camino de la salvación, toda la vida. Esta esperanza que nada ni nadie puede apagar, porque, la esperanza no defrauda. Recordad: la esperanza en el Señor no decepciona.

Gracias al Bautismo somos capaces de perdonar y amar incluso a quien nos ofende y nos causa el mal; logramos reconocer en los últimos y en los pobres el rostro del Señor que nos visita y se hace cercano. El Bautismo nos ayuda a reconocer en el rostro de las personas necesitadas, en los que sufren, incluso de nuestro prójimo, el rostro de Jesús. Todo esto es posible gracias a la fuerza del Bautismo.

Un último elemento, que es importante. Y hago una pregunta: ¿puede una persona bautizarse por sí sola? Nadie puede bautizarse por sí mismo. Nadie. Podemos pedirlo, desearlo, pero siempre necesitamos a alguien que nos confiera en el nombre del Señor este Sacramento. Porque el Bautismo es un don que viene dado en un contexto de solicitud y de compartir fraterno. En la historia, siempre uno bautiza a otro y el otro al otro... es una cadena. Una cadena de gracia. Pero yo no puedo bautizarme a mí mismo: debo pedir a otro el Bautismo. Es un acto de fraternidad, un acto de filiación en la Iglesia. En la celebración del Bautismo podemos reconocer las líneas más genuinas de la Iglesia, la cual como una madre sigue generando nuevos hijos en Cristo, en la fecundidad del Espíritu Santo.

Pidamos entonces de corazón al Señor poder experimentar cada vez más, en la vida de cada día, esta gracia que hemos recibido con el Bautismo. Que al encontrarnos, nuestros hermanos puedan hallar auténticos hijos de Dios, auténticos hermanos y hermanas de Jesucristo, auténticos miembros de la Iglesia. Y no olvidéis la tarea de hoy: buscar, preguntar la fecha del propio Bautismo. Como conozco la fecha de mi nacimiento, debo conocer también la fecha de mi Bautismo, porque es un día de fiesta.

La esperanza de salvación para los niños que mueren sin Bautismo

Del documento de la Comisión Teológica Internacional "La esperanza de salvación para los niños que mueren sin Bautismo".

Lex orandi, lex credendi (la ley del orar establece la ley del creer)

Antes del Vaticano II, en la Iglesia latina, no había un rito de exequias para los niños no bautizados, que eran sepultados en tierra no consagrada. En rigor tampoco existía un rito fúnebre por los niños bautizados, aunque en este caso se celebraba una Misa de Ángeles, y naturalmente se les daba sepultura cristiana. Gracias a la reforma litúrgica postconciliar, el Misal Romano contiene ahora una Misa por los niños que mueren sin bautismo, y además se encuentran plegarias especiales para este caso en el Ordo exequiarum.

Aunque en ambos casos el tono de las plegarias sea particularmente cauto, de hecho hoy la Iglesia expresa en la liturgia la esperanza en la misericordia de Dios a cuyo cuidado amoroso es confiado el niño. Esta oración litúrgica refleja y a la vez da forma al sensus fidei de la Iglesia latina acerca del destino de los niños que mueren sin bautismo: lex orandi, lex credendi. Es significativo que en la Iglesia Católica griega haya solamente un rito fúnebre para los niños, bautizados o no, y la iglesia ruega por todos los niños difuntos para que puedan ser acogidos en el seno de Abraham, donde no hay dolor ni angustia, sino sólo vida eterna.

«En cuanto a los niños muertos sin Bautismo, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las exequias por ellos. En efecto, la gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven (1Tim 2,4) y la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir: “Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis” (Mc 10,14), nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin Bautismo. Por esto es más apremiante aún la llamada de la Iglesia a no impedir que los niños pequeños vengan a Cristo por el don del santo Bautismo».

Esperanza

En la esperanza de la que la Iglesia es portadora para toda la humanidad y que desea proclamar de nuevo al mundo de hoy, ¿hay una esperanza para la salvación de los niños que mueren sin Bautismo? Hemos examinado de nuevo atentamente esta compleja cuestión con gratitud y respeto por las respuestas dadas en el curso de la historia de la Iglesia, pero también con la conciencia de que nos toca a nosotros dar una respuesta coherente para el momento actual. Reflexionando dentro de la única tradición de fe que une a la Iglesia a través de los tiempos y confiándonos completamente a la guía del Espíritu Santo que, según la promesa de Jesús, conduce a sus seguidores «a la verdad entera» (Jn 16,13), hemos tratado de leer los signos de los tiempos y de interpretarlos a la luz del Evangelio.

Nuestra conclusión es que los muchos factores que hemos considerado ofrecen serias razones teológicas y litúrgicas para esperar que los niños que mueren sin bautismo serán salvados y podrán gozar de la visión beatífica. Subrayamos que se trata de motivos de esperanza en la oración, más que de conocimiento cierto. Hay muchas cosas que simplemente no nos han sido reveladas (cf. Jn 16,12). Vivimos en la fe y en la esperanza en el Dios de misericordia y de amor que nos ha sido revelado en Cristo, y el Espíritu nos mueve a orar en acción de gracias y alegría constantes.

Lo que nos ha sido revelado es que el camino de salvación ordinaria pasa a través del sacramento del Bautismo. Ninguna de las consideraciones arriba expuestas puede ser aducida para minimizar la necesidad del Bautismo ni para retrasar su administración. Más bien, como queremos confirmar en esta conclusión, nos ofrecen poderosas razones para esperar que Dios salvará a estos niños cuando nosotros no hemos podido hacer por ellos lo que hubiéramos deseado hacer, es decir, bautizarlos en la fe y en la vida de la Iglesia.

La Herejia del rebautismo: ¿Es correcto "bautizar" a los ya bautizados?

(Artículo de la autoría del  diácono Fabio Serrats de la diócesis de San Pedro de Macorís, República Dominicana; publicado en el sitio web diarionoticias.com el 09 de Febrero de 2013)

El "re-bautismo" es una práctica vigente en una gran mayoría de las denominaciones y sectas cristianas emanadas del neo-protestantismo norteamericano y de las iglesias bautistas, que descienden de los "anabaptistas" de la época de la Reforma Protestante. Los anabaptistas insistían en el bautismo para los que habían sido bautizados en la infancia, y esto ha seguido siendo la posición de las iglesias bautistas. La práctica consiste en volver a bautizar a quienes ya han recibido el bautismo de niños, especialmente si éstos lo recibieron en la Iglesia Católica, aún si hubiera sido recibido de adultos.

En la Iglesia Católica asi como en algunas confesiones protestantes históricas (Luteranas y Anglicanas), se administra el bautismo condicional si se tiene dudas sobre la válidez del mismo antes, si la persona no se acuerda o no existen pruebas de que haya recibido tal sacramento. En la Iglesia de Inglaterra comienza así: "Si no estás bautizado, yo te bautizo".

La cuestión del "re-bautismo" se remonta hacia el siglo II, cuando la Iglesia en Asia Menor, (que enfrentaba el problema de las herejías cristológicas y otras), se negó a reconocer la validez del bautismo realizado por grupos heréticos. Los que regresaban entonces al seno de la Iglesia abandonando a estos grupos heréticos, fueron rebautizados en consecuencia. Esta práctica fue arraigada por la Iglesia Ortodoxa. La Iglesia de Roma, sin embargo, ocupa la posición de que el rito es válido cuando se realiza adecuadamente, es decir, con la fórmula correcta y con la intención correcta, a pesar de las opiniones erróneas de su administrador (sea este, hereje o cismático).

Es en el norte de África donde se da la polémica cuestión con los obispos Tertuliano y Cipriano, que no quieren reconocer el bautismo de los herejes, haciéndose necesaria la intervencion de Esteban, obispo de Roma, en el asunto.

Un escrito anónimo de esos años, "Rebaptismate", establece la posición de la Iglesia en Roma, en la que se hizo una distinción entre el bautismo de agua y el bautismo del Espíritu. Se entendía que cuando un hereje había sido admitido en la Iglesia por la imposición de manos, el Espíritu se transmitió, por lo que una mayor aplicación de agua sería innecesario. Esta práctica seria luego corregida en concilios posteriores.

La posición de la Iglesia fue aprobada por el Consejo de Arles (314) y defendida por San Agustín en su controversia con los donatistas (herejia cristológica). El Concilio de Trento (1534), en su cuarto canon sobre el bautismo, reafirmó la posición católica. La práctica de volver a bautizar a quien ya había recibido el rito bautismal, fue condenada por los padres apostólicos en su momento, ya que se trataba de una desviación del Bautismo, recibido una sola y definitiva vez (Efesios 4, 5). Por tanto es un error gravisímo volver a "bautizar" a quien ya fue bautizado. La práctica ahora de "re-bautizar" a quienes ya recibieron el bautismo y se integran a una comunidad distinta, como es el caso de personas que se confesaban 'catolicas' y se pasan a grupos no católicos, pienso que es una manera de enraizarles y comunicarles a estos, por medio de este gesto de "rebautizarlos", que ya pertenecen a este nuevo grupo y que de no hacerlo, no les estarían diciendo nada a éstos nuevos prosélitos.

En la Iglesia Católica sin embargo, si la persona que vuelve a su seno, aun haya recibido una forma de bautismo distinta, siempre que se demuestre que éste fue realizado con la intención del mismo, por un ministro debidamente ordenado o cualificado por su denominación, y realizado el bautismo en la fórmula correspondiente: "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espiritu Santo" (Mateo 28, 19), es considerado válido. Claro, con las aportaciones de testimonios, testigos o documentos que así lo avalen. En resumen, la práctica del "rebautismo", contradice la tradición apóstolica que es la que une en el tronco doctrinal cristocéntrico a toda la cristiandad. Contravenir la misma sería una ofensa e irrespeto al mismo Espíritu Santo, manifestado en las decisiones conciliares de la era apostólica (Hechos 15, 28).

Creo en el perdón de los pecados

(Del Catecismo de la Iglesia Católica)

El Símbolo de los Apóstoles vincula la fe en el perdón de los pecados a la fe en el Espíritu Santo, pero también a la fe en la Iglesia y en la comunión de los santos. Al dar el Espíritu Santo a su Apóstoles, Cristo resucitado les confirió su propio poder divino de perdonar los pecados: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos" (Jn 20, 22-23).

(En otra parte del Catecismo se trata explícitamente del perdón de los pecados por el Bautismo, el sacramento de la Penitencia y los demás sacramentos, sobre todo la Eucaristía. Aquí basta con evocar brevemente, por tanto, algunos datos básicos).

Un solo Bautismo para el perdón de los pecados

Nuestro Señor vinculó el perdón de los pecados a la fe y al Bautismo: "Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará" (Mc 16, 15-16). El Bautismo es el primero y principal sacramento del perdón de los pecados porque nos une a Cristo muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación, a fin de que "vivamos también una vida nueva" (Rm 6, 4).

"En el momento en que hacemos nuestra primera profesión de fe, al recibir el santo Bautismo que nos purifica, es tan pleno y tan completo el perdón que recibimos, que no nos queda absolutamente nada por borrar, sea de la culpa original, sea de cualquier otra cometida u omitida por nuestra propia voluntad, ni ninguna pena que sufrir para expiarlas. Sin embargo, la gracia del Bautismo no libra a la persona de todas las debilidades de la naturaleza. Al contrario todavía nosotros tenemos que combatir los movimientos de la concupiscencia que no cesan de llevarnos al mal" (Catecismo Romano, 1, 11, 3).

En este combate contra la inclinación al mal, ¿quién será lo suficientemente valiente y vigilante para evitar toda herida del pecado? "Puesto que era necesario que, además de por razón del sacramento del bautismo, la Iglesia tuviera la potestad de perdonar los pecados, le fueron confiadas las llaves del Reino de los cielos, con las que pudiera perdonar los pecados de cualquier penitente, aunque pecase hasta el final de su vida" (Catecismo Romano).

Por medio del sacramento de la Penitencia, el bautizado puede reconciliarse con Dios y con la Iglesia:
«Los Padres tuvieron razón en llamar a la penitencia "un bautismo laborioso" (San Gregorio Nacianceno, Oratio 39, 17). Para los que han caído después del Bautismo, es necesario para la salvación este sacramento de la Penitencia, como lo es el Bautismo para quienes aún no han sido regenerados» (Concilio de Trento: DS 1672).
La potestad de las llaves

Cristo, después de su Resurrección envió a sus Apóstoles a predicar "en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones" (Lc 24, 47). Este "ministerio de la reconciliación" (2 Co 5, 18), no lo cumplieron los Apóstoles y sus sucesores anunciando solamente a los hombres el perdón de Dios merecido para nosotros por Cristo y llamándoles a la conversión y a la fe, sino comunicándoles también la remisión de los pecados por el Bautismo y reconciliándolos con Dios y con la Iglesia gracias al poder de las llaves recibido de Cristo:
La Iglesia «ha recibido las llaves del Reino de los cielos, a fin de que se realice en ella la remisión de los pecados por la sangre de Cristo y la acción del Espíritu Santo. En esta Iglesia es donde revive el alma, que estaba muerta por los pecados, a fin de vivir con Cristo, cuya gracia nos ha salvado» (San Agustín, Sermo 214, 11).
No hay ninguna falta por grave que sea que la Iglesia no pueda perdonar. "No hay nadie, tan perverso y tan culpable que, si verdaderamente está arrepentido de sus pecados, no pueda contar con la esperanza cierta de perdón" (Catecismo Romano, 1, 11, 5). Cristo, que ha muerto por todos los hombres, quiere que, en su Iglesia, estén siempre abiertas las puertas del perdón a cualquiera que vuelva del pecado.

La catequesis se esforzará por avivar y nutrir en los fieles la fe en la grandeza incomparable del don que Cristo resucitado ha hecho a su Iglesia: la misión y el poder de perdonar verdaderamente los pecados, por medio del ministerio de los Apóstoles y de sus sucesores:
«El Señor quiere que sus discípulos tengan un poder inmenso: quiere que sus pobres servidores cumplan en su nombre todo lo que había hecho cuando estaba en la tierra» (San Ambrosio).
«[Los sacerdotes] han recibido un poder que Dios no ha dado ni a los ángeles, ni a los arcángeles. Dios sanciona allá arriba todo lo que los sacerdotes hagan aquí abajo» (San Juan Crisóstomo).
«Si en la Iglesia no hubiera remisión de los pecados, no habría ninguna esperanza, ninguna expectativa de una vida eterna y de una liberación eterna. Demos gracias a Dios que ha dado a la Iglesia semejante don» (San Agustín).

El Sacramento del Bautismo

(Del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica)

¿Con qué nombres se conoce el primer Sacramento de la iniciación?

El primer sacramento de la iniciación recibe, ante todo, el nombre de Bautismo, en razón del rito central con el cual se celebra: bautizar significa «sumergir» en el agua; quien recibe el bautismo es sumergido en la muerte de Cristo y resucita con Él «como una nueva criatura» (2 Co 5, 17). Se llama también «baño de regeneración y renovación en el Espíritu Santo» (Tt 3, 5), e «iluminación», porque el bautizado se convierte en «hijo de la luz» (Ef 5, 8).

¿Cómo se prefigura el Bautismo en la Antigua Alianza?

En la Antigua Alianza se encuentran varias prefiguraciones del Bautismo: el agua, fuente de vida y de muerte; el arca de Noé, que salva por medio del agua; el paso del Mar Rojo, que libera al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto; el paso del Jordán, que hace entrar a Israel en la tierra prometida, imagen de la vida eterna.

254. ¿Quién hace que se cumplan estas prefiguraciones?

Estas prefiguraciones del bautismo las cumple Jesucristo, el cual, al comienzo de su vida pública, se hace bautizar por Juan Bautista en el Jordán; levantado en la cruz, de su costado abierto brotan sangre y agua, signos del Bautismo y de la Eucaristía, y después de su Resurrección confía a los Apóstoles esta misión: «Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19-20).

¿Desde cuándo y a quién administra la Iglesia el Bautismo?

Desde el día de Pentecostés, la Iglesia administra el Bautismo al que cree en Jesucristo.

¿En qué consiste el rito esencial del Bautismo?

El rito esencial del Bautismo consiste en sumergir en el agua al candidato o derramar agua sobre su cabeza, mientras se invoca el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

¿Quién puede recibir el Bautismo?

Puede recibir el Bautismo cualquier persona que no esté aún bautizada.

¿Por qué la Iglesia bautiza a los niños?

La Iglesia bautiza a los niños puesto que, naciendo con el pecado original, necesitan ser liberados del poder del maligno y trasladados al reino de la libertad de los hijos de Dios.

¿Qué se requiere para ser bautizado?

A todo aquel que va a ser bautizado se le exige la profesión de fe, expresada personalmente, en el caso del adulto, o por medio de sus padres y de la Iglesia, en el caso del niño. El padrino o la madrina y toda la comunidad eclesial tienen también una parte de responsabilidad en la preparación al Bautismo (catecumenado), así como en el desarrollo de la fe y de la gracia bautismal.

¿Quién puede bautizar?

Los ministros ordinarios del Bautismo son el obispo y el presbítero; en la Iglesia latina, también el diácono. En caso de necesidad, cualquiera puede bautizar, siempre que tenga la intención de hacer lo que hace la Iglesia. Éste derrama agua sobre la cabeza del candidato y pronuncia la fórmula trinitaria bautismal: «Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo».

¿Es necesario el Bautismo para la salvación?

El Bautismo es necesario para la salvación de todos aquellos a quienes el Evangelio ha sido anunciado y han tenido la posibilidad de pedir este sacramento.

¿Hay salvación posible sin el Bautismo?

Puesto que Cristo ha muerto para la salvación de todos, pueden salvarse también sin el Bautismo todos aquellos que mueren a causa de la fe (Bautismo de sangre), los catecúmenos, y todo aquellos que, bajo el impulso de la gracia, sin conocer a Cristo y a la Iglesia, buscan sinceramente a Dios y se esfuerzan por cumplir su voluntad (Bautismo de deseo). En cuanto a los niños que mueren sin el Bautismo, la Iglesia en su liturgia los confía a la misericordia de Dios.

¿Cuáles son los efectos del Bautismo?

El Bautismo perdona el pecado original, todos los pecados personales y todas las penas debidas al pecado; hace participar de la vida divina trinitaria mediante la gracia santificante, la gracia de la justificación que incorpora a Cristo y a su Iglesia; hace participar del sacerdocio de Cristo y constituye el fundamento de la comunión con los demás cristianos; otorga las virtudes teologales y los dones del Espíritu Santo. El bautizado pertenece para siempre a Cristo: en efecto, queda marcado con el sello indeleble de Cristo (carácter).

¿Cuál es el significado del nombre cristiano recibido en el Bautismo?

El nombre es importante porque Dios conoce a cada uno por su nombre, es decir, en su unicidad. Con el Bautismo, el cristiano recibe en la Iglesia el nombre propio, preferiblemente de un santo, de modo que éste ofrezca al bautizado un modelo de santidad y le asegure su intercesión ante Dios.