(Marcos 6,7: Entonces llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros)
Mostrando las entradas con la etiqueta Misión. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Misión. Mostrar todas las entradas
Muy grande es el rebaño
(Marcos 6,30: Los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado)
Muy grande es el rebaño,
numerosas la tareas
y el permiso para hacerlas
sólo el pastor puede darlo.
Yo quiero ser enviado
para aplicar lo que enseñas;
y si, en mí, pastorear delegas,
es en tu nombre que salgo.
Y si al volver del trabajo,
habiendo efectuado apenas
una pequeña tarea,
me recibes con tu abrazo,
en ti quiero mi descanso
aunque cansancio no tenga;
pues no se cansa la oveja
si su pastor da remanso.
Amén.
Amén.
Lectura orante del Evangelio del Domingo (Ciclo C) de la Semana 14 del Tiempo Ordinario: Lucas 10,1-12.17-20
De tu Espíritu, Señor,
pedimos la efusión
en esta oración
con tu Palabra de hoy;
que Él sea el instructor
que nos dé comprensión,
y a nuestro corazón
la buena intención
de vivirla con ardor
hasta la salvación.
Amén.
1. Lectura
a) Texto del día
Lucas 10,1-12.17-20: En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir Él. Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: ‘Paz a esta casa’. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa. Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: ‘Está cerca de vosotros el Reino de Dios’. Cuando entréis en un pueblo y no os reciban, salid a la plaza y decid: ‘Hasta el polvo de vuestro pueblo, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que está cerca el Reino de Dios’. Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para ese pueblo».
Los setenta y dos volvieron muy contentos y le dijeron: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». Él les contestó: «Veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo. Y no os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo».
Lucas 10,1-12.17-20: En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir Él. Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: ‘Paz a esta casa’. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa. Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: ‘Está cerca de vosotros el Reino de Dios’. Cuando entréis en un pueblo y no os reciban, salid a la plaza y decid: ‘Hasta el polvo de vuestro pueblo, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que está cerca el Reino de Dios’. Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para ese pueblo».
Los setenta y dos volvieron muy contentos y le dijeron: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». Él les contestó: «Veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo. Y no os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo».
b) Contexto histórico y cultural
Luego de haber enviado a los doce discípulos más cercanos en una jornada de evangelización limitada en cuanto al número de evangelizadores y a la extensión a cubrir, ahora el Señor envía un número mayor setenta y dos, con un mayor alcance: es un preludio del envío universal antes de su ascensión al Cielo.
2. Meditación (para leer lenta y pausadamente; deteniéndose a meditar y saborear cada palabra, cada verso y cada estrofa, relacionándolos con el Evangelio del día y con nuestra vida)
Como ovejas sin pastor
Como ovejas sin pastor,
y lobos de dirigentes;
desamparada está la gente.
¡Quieren comernos, oh Dios!
¡Cuánto sufrimos, Señor!
y ese dolor tú lo sientes;
el adviento es permanente,
¡ven y actúa ahora, Señor!
Sé que escuchas el clamor
y, de tu pueblo, las preces;
no ignoras lo que padecen
y por eso das tu amor.
Amén.
Buscas obreros de Dios
Buscas obreros de Dios
para auxiliar a la gente;
que tu mensaje les llegue,
y compartan la misión.
Hoy Tú me envías, Señor,
al pueblo a anunciarte,
sus dolencias aliviarles,
y a alegrar su corazón.
"Llega el Reino de Dios"
será el divino mensaje
que, a la mies, mi boca pase;
¡presto te sirvo, Señor!
Amén.
Como ovejas sin pastor,
y lobos de dirigentes;
desamparada está la gente.
¡Quieren comernos, oh Dios!
¡Cuánto sufrimos, Señor!
y ese dolor tú lo sientes;
el adviento es permanente,
¡ven y actúa ahora, Señor!
Sé que escuchas el clamor
y, de tu pueblo, las preces;
no ignoras lo que padecen
y por eso das tu amor.
Amén.
Buscas obreros de Dios
Buscas obreros de Dios
para auxiliar a la gente;
que tu mensaje les llegue,
y compartan la misión.
Hoy Tú me envías, Señor,
al pueblo a anunciarte,
sus dolencias aliviarles,
y a alegrar su corazón.
"Llega el Reino de Dios"
será el divino mensaje
que, a la mies, mi boca pase;
¡presto te sirvo, Señor!
Amén.
3. Oración
Gracias por llamarme
Gracias por llamarme,
me quieres a tu disposición,
para servirte y ayudarte,
Señor, en tu misión.
Siendo esa mi obligación,
como bautizado que soy;
te pido ser, por favor,
instrumento tuyo, desde hoy.
Amén.
Gracias por llamarme,
me quieres a tu disposición,
para servirte y ayudarte,
Señor, en tu misión.
Siendo esa mi obligación,
como bautizado que soy;
te pido ser, por favor,
instrumento tuyo, desde hoy.
Amén.
4. Contemplación (en un profundo silencio interior nos abandonamos por unos minutos de un modo contemplativo en el amor del Padre y en la gracia del Hijo, permitiendo que el Espíritu Santo nos inunde. En resumen, intentamos prolongar en el tiempo este momento de paz en la presencia de Dios).
5. Acción
Evangelizar,
anunciarte a todos,
es mi compromiso de hoy;
y lo quiero hacer de viva voz,
dando siempre testimonio de vida,
mostrando lo que has hecho en mi, Señor.
Amén.
Santifiquemos el mundo
(Juan 17,18: Así como tú me enviaste al mundo, yo también los envío al mundo)
Santifiquemos el mundo
enseñándoles la verdad,
la santa Palabra que da
la salvación como fruto.
Es el mensaje fecundo
que, enviados, vamos a llevar
donde lo que impera es maldad
y el amor no abunda mucho.
Vayamos ya en conjunto;
salgamos en misión santa;
siendo Cristo quien nos manda,
asegurado está el triunfo.
Amén.
Amén.
Inmerecido honor tan sublime
(Juan 13,20: Les aseguro que el que reciba al que yo envíe, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me envió)
Inmerecido honor tan sublime;
esta es una elección que nos marca
cuando Tú nos conviertes en arca
de un mensaje que al mundo redime;
pero el signo de aquel que te sigue,
similar como a Ti se te ataca,
por su misión, a él se le maltrata,
y por Ti, también se le persigue;
pero dichoso quien nos recibe,
dices como bienaventuranza,
pues a ese tu bendición alcanza,
porque es a Dios a quien él admite.
Amén.
esta es una elección que nos marca
cuando Tú nos conviertes en arca
de un mensaje que al mundo redime;
pero el signo de aquel que te sigue,
similar como a Ti se te ataca,
por su misión, a él se le maltrata,
y por Ti, también se le persigue;
pero dichoso quien nos recibe,
dices como bienaventuranza,
pues a ese tu bendición alcanza,
porque es a Dios a quien él admite.
Amén.
Compartiendo tu misión
a quien bautizado ha sido:
¡la Iglesia de este siglo,
llevar una nueva unción!
Tomemos nuestro bastón,
salgamos ya de camino;
vamos a ser peregrinos
procurando conversión.
Amén.
Amén.
Aunque no somos de Galilea
(Marcos 3,13: Después subió a la montaña y llamó a su lado a los que quiso)
Aunque no somos de Galilea
ni parientes de aquellos doce,
para que esto se desempoce
y católica la Iglesia sea,
que nos amemos, Jesús desea,
no haya disgusto, tampoco roce;
y eso sólo el corazón conoce
cuando el Espíritu se menea.
Evangelizar, nuestra, es tarea;
que a cada uno esto alboroce:
la acción de Dios a todos reboce
y a Jesucristo hoy el mundo vea
para que su Palabra arda como tea
y el universo con ella goce.
ni parientes de aquellos doce,
para que esto se desempoce
y católica la Iglesia sea,
que nos amemos, Jesús desea,
no haya disgusto, tampoco roce;
y eso sólo el corazón conoce
cuando el Espíritu se menea.
Evangelizar, nuestra, es tarea;
que a cada uno esto alboroce:
la acción de Dios a todos reboce
y a Jesucristo hoy el mundo vea
para que su Palabra arda como tea
y el universo con ella goce.
Amén.
Lectura orante del Evangelio del Domingo (Ciclo B) de la Semana 15 del Tiempo Ordinario: Marcos 6,7-13
1. Lectura
a) Texto del día
Marcos 6,7-13: En aquel tiempo, Jesús llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; sino: «Calzados con sandalias y no vistáis dos túnicas». Y les dijo: «Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta marchar de allí. Si algún lugar no os recibe y no os escuchan, marchaos de allí sacudiendo el polvo de la planta de vuestros pies, en testimonio contra ellos». Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.
Marcos 6,7-13: En aquel tiempo, Jesús llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; sino: «Calzados con sandalias y no vistáis dos túnicas». Y les dijo: «Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta marchar de allí. Si algún lugar no os recibe y no os escuchan, marchaos de allí sacudiendo el polvo de la planta de vuestros pies, en testimonio contra ellos». Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.
b) Contexto histórico y cultural
Después de haber constituido un grupo de discípulos, con un método de enseñanza más vivencial que teórico, Jesús los envía en una primera misión para que pongan en práctica lo que han aprendido hasta entonces. Al superar la prueba con buena nota, los alumnos pasan de curso; es el momento de ser promovidos.
2. Meditación (para leer lenta y pausadamente; deteniéndose a meditar y saborear cada palabra, cada verso y cada estrofa, relacionándolos con el Evangelio del día y con nuestra vida)
Compartiendo tu misión
Compartiendo tu misión,
Señor, los doce llamaste;
a sanar, Tú los enviaste,
portando la salvación.
También hoy se llama a esa acción
a quien bautizado ha sido:
¡la Iglesia de este siglo,
llevar una nueva unción!
Tomemos nuestro bastón,
salgamos ya de camino;
vamos a ser peregrinos
procurando conversión.
Amén.
Compartiendo tu misión,
Señor, los doce llamaste;
a sanar, Tú los enviaste,
portando la salvación.
También hoy se llama a esa acción
a quien bautizado ha sido:
¡la Iglesia de este siglo,
llevar una nueva unción!
Tomemos nuestro bastón,
salgamos ya de camino;
vamos a ser peregrinos
procurando conversión.
Amén.
3. Oración
Envíame a mí
Hoy envíame a mí a esa labor;
si nadie va, que vaya yo;
si sólo hay dos, uno sea yo;
si hay pocos, aquí estoy, Señor;
y si muchos van, también yo.
Amén.
si nadie va, que vaya yo;
si sólo hay dos, uno sea yo;
si hay pocos, aquí estoy, Señor;
y si muchos van, también yo.
Amén.
4. Contemplación (en un profundo silencio interior nos abandonamos por unos minutos de un modo contemplativo en el amor del Padre y en la gracia del Hijo, permitiendo que el Espíritu Santo nos inunde. En resumen, intentamos prolongar en el tiempo este momento de paz en la presencia de Dios).
5. Acción
Evangelizar es la acción;
con tu Palabra, con mi vida;
a mis cercanos, a los lejanos, en todo lugar;
hoy y siempre.
Amén.
con tu Palabra, con mi vida;
a mis cercanos, a los lejanos, en todo lugar;
hoy y siempre.
Amén.
Lectura orante del Evangelio del Jueves de la Semana 14 del Tiempo Ordinario: Mateo 10,7-15
1. Lectura
a) Texto del día
Mateo 10,7-15: En aquel tiempo, Jesús dijo a sus Apóstoles: «Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis. No os procuréis oro, ni plata, ni calderilla en vuestras fajas; ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; porque el obrero merece su sustento. En la ciudad o pueblo en que entréis, informaos de quién hay en él digno, y quedaos allí hasta que salgáis. Al entrar en la casa, saludadla. Si la casa es digna, llegue a ella vuestra paz; mas si no es digna, vuestra paz se vuelva a vosotros. Y si no se os recibe ni se escuchan vuestras palabras, salid de la casa o de la ciudad aquella sacudiendo el polvo de vuestros pies. Yo os aseguro: el día del Juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma y Gomorra que para aquella ciudad».
Mateo 10,7-15: En aquel tiempo, Jesús dijo a sus Apóstoles: «Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis. No os procuréis oro, ni plata, ni calderilla en vuestras fajas; ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; porque el obrero merece su sustento. En la ciudad o pueblo en que entréis, informaos de quién hay en él digno, y quedaos allí hasta que salgáis. Al entrar en la casa, saludadla. Si la casa es digna, llegue a ella vuestra paz; mas si no es digna, vuestra paz se vuelva a vosotros. Y si no se os recibe ni se escuchan vuestras palabras, salid de la casa o de la ciudad aquella sacudiendo el polvo de vuestros pies. Yo os aseguro: el día del Juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma y Gomorra que para aquella ciudad».
b) Contexto histórico y cultural
El envío misionero de los apóstoles del texto del pasaje evangélico de hoy sirvió de preparación para la gran misión universal que Jesús decretaría antes de subir al Cielo, cuando les enviaría a todos los rincones del mundo. Ese envío también nos involucra a nosotros, primero como destinatarios y luego como enviados a evangelizar.
2. Meditación (para leer lenta y pausadamente; deteniéndose a meditar y saborear cada palabra, cada verso y cada estrofa, relacionándolos con el Evangelio del día y con nuestra vida)
Por ahí vienen los misioneros
Por ahí vienen los misioneros
que el Reino del Cielo anuncian ya;
gratis recibieron, igual lo dan,
pues su soporte no es el dinero.
Del Señor, son ellos mensajeros,
y con su saludo les traen la paz
a cada casa de pueblo o ciudad
que merezca ser digna de ellos.
¡Vengan apóstoles, de Dios, voceros!
Abramos la puerta de cada hogar;
la Buena Nueva vamos a escuchar;
¡vientos de Dios soplan sobre el pueblo!
3. Oración
A evangelizar a todos
A evangelizar a todos:
a los que nunca han entrado
y a los que se han apartado,
a los que distan a un codo
y los que están en el polo,
al que viste inmaculado
y a los que se han enlodado;
a todos como en un coro;
a ellos, personal o en foro,
a Cristo, los invitamos;
y si no nos hacen caso,
les oramos de buen modo.
Amén.
A evangelizar a todos:
a los que nunca han entrado
y a los que se han apartado,
a los que distan a un codo
y los que están en el polo,
al que viste inmaculado
y a los que se han enlodado;
a todos como en un coro;
a ellos, personal o en foro,
a Cristo, los invitamos;
y si no nos hacen caso,
les oramos de buen modo.
Amén.
4. Contemplación (en un profundo silencio interior nos abandonamos por unos minutos de un modo contemplativo en el amor del Padre y en la gracia del Hijo, permitiendo que el Espíritu Santo nos inunde. En resumen, intentamos prolongar en el tiempo este momento de paz en la presencia de Dios).
5. Acción
A evangelizar;
a orar por la evangelización,
por los que necesitan se evangelizados
y por los evangelizadores,
se me invita en el día de hoy;
esa es mi acción.
¡Es tiempo de evangelización!
Amén.
a orar por la evangelización,
por los que necesitan se evangelizados
y por los evangelizadores,
se me invita en el día de hoy;
esa es mi acción.
¡Es tiempo de evangelización!
Amén.
Lectura orante del Evangelio del Jueves de la Semana 4 del Tiempo Ordinario: Marcos 6,7-13
1. Lectura
a) Texto del día
Marcos 6,7-13: En aquel tiempo, Jesús llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; sino: «Calzados con sandalias y no vistáis dos túnicas». Y les dijo: «Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta marchar de allí. Si algún lugar no os recibe y no os escuchan, marchaos de allí sacudiendo el polvo de la planta de vuestros pies, en testimonio contra ellos». Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.
Marcos 6,7-13: En aquel tiempo, Jesús llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; sino: «Calzados con sandalias y no vistáis dos túnicas». Y les dijo: «Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta marchar de allí. Si algún lugar no os recibe y no os escuchan, marchaos de allí sacudiendo el polvo de la planta de vuestros pies, en testimonio contra ellos». Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.
b) Contexto histórico y cultural
Después de haber constituido un grupo de discípulos, con un método de enseñanza más vivencial que teórico, Jesús los envía en una primera misión para que pongan en práctica lo que han aprendido hasta entonces. Al superar la prueba con buena nota, los alumnos pasan de curso; es el momento de ser promovidos.
2. Meditación (para leer lenta y pausadamente; deteniéndose a meditar y saborear cada palabra, cada verso y cada estrofa, relacionándolos con el Evangelio del día y con nuestra vida)
Compartiendo tu misión
Compartiendo tu misión,
Señor, los doce llamaste;
a sanar, Tú los enviaste,
portando la salvación.
También hoy se llama a esa acción
a quien bautizado ha sido:
¡la Iglesia de este siglo,
llevar una nueva unción!
Tomemos nuestro bastón,
salgamos ya de camino;
vamos a ser peregrinos
procurando conversión.
Amén.
Compartiendo tu misión,
Señor, los doce llamaste;
a sanar, Tú los enviaste,
portando la salvación.
También hoy se llama a esa acción
a quien bautizado ha sido:
¡la Iglesia de este siglo,
llevar una nueva unción!
Tomemos nuestro bastón,
salgamos ya de camino;
vamos a ser peregrinos
procurando conversión.
Amén.
3. Oración
Envíame a mí
Envíame a mí a esa labor;
si nadie va, que vaya yo;
si sólo hay dos, uno sea yo;
si hay pocos, aquí estoy, Señor;
y si muchos van, también yo.
Amén.
si nadie va, que vaya yo;
si sólo hay dos, uno sea yo;
si hay pocos, aquí estoy, Señor;
y si muchos van, también yo.
Amén.
4. Contemplación (en un profundo silencio interior nos abandonamos por unos minutos de un modo contemplativo en el amor del Padre y en la gracia del Hijo, permitiendo que el Espíritu Santo nos inunde. En resumen, intentamos prolongar en el tiempo este momento de paz en la presencia de Dios).
5. Acción
Evangelizar es la acción;
con tu Palabra, con mi vida;
a mis cercanos, a los lejanos, en todo lugar;
hoy y siempre.
Amén.
con tu Palabra, con mi vida;
a mis cercanos, a los lejanos, en todo lugar;
hoy y siempre.
Amén.
La resurrección como misión
(Texto de Joseph Ratzinger en "El Camino Pascual")
Entre los relatos del nuevo testamento en torno a la resurrección de Cristo, ninguno tiene rasgos tan personales, ninguno está tan inmediatamente orientado a la vida del resucitado sobre la tierra y a sus encuentros con diversas personas como el del evangelio de Juan. Comienza ya con una curiosa carrera de dos discípulos hacia la tumba del Señor en la que podemos ver una anticipación de la tensión entre carisma y ministerio, y a la vez una indicación sobre cuál es la única competición que se puede dar entre ellos: la competición por conseguir más fe, más amor dispuesto al servicio.
La primera aparición del resucitado es a María Magdalena; la mujer, triste y desconsolada, ha comprobado que la tumba está vacía, pero no saqueada: los paños y las vendas están puestos en su lugar, sólo ha desaparecido el cadáver. No puede explicarse qué es lo que ha sucedido, y hace venir a los discípulos, que tampoco entienden nada. Luego ve a un hombre; tiene que ser el hortelano, piensa, y tal vez sepa él qué ha pasado: «Señor, si te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, e iré a buscarlo», le dice (20,15). Sólo al oír su voz lo reconoce. Esto ya es algo extraño; por otra parte, en todos los encuentros del resucitado sucede algo parecido: por ejemplo, los dos discípulos que se dirigen a Emaús van con el Señor sin reconocerlo; la interpretación de las escrituras que él les hace enciende su corazón, pero no es hasta que parte el pan cuando se les abren los ojos, y en el momento en que lo reconocen, desaparece. Estas observaciones nos hacen notar que Jesús no es un muerto vuelto a la vida como Lázaro o como el hijo de la viuda de Naím; en ese caso no sería ningún problema reconocerlo pasados un par de días. Al resucitar no vuelve a enlazar con el punto en donde concluyó el viernes santo, para llevar de nuevo durante un breve espacio de tiempo una vida intramundana. Tiene una nueva forma de vida, y sin embargo sigue siendo el mismo. Pero sólo cuando lo ve el corazón pueden reconocerlo los ojos.
La primera aparición del resucitado es a María Magdalena; la mujer, triste y desconsolada, ha comprobado que la tumba está vacía, pero no saqueada: los paños y las vendas están puestos en su lugar, sólo ha desaparecido el cadáver. No puede explicarse qué es lo que ha sucedido, y hace venir a los discípulos, que tampoco entienden nada. Luego ve a un hombre; tiene que ser el hortelano, piensa, y tal vez sepa él qué ha pasado: «Señor, si te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, e iré a buscarlo», le dice (20,15). Sólo al oír su voz lo reconoce. Esto ya es algo extraño; por otra parte, en todos los encuentros del resucitado sucede algo parecido: por ejemplo, los dos discípulos que se dirigen a Emaús van con el Señor sin reconocerlo; la interpretación de las escrituras que él les hace enciende su corazón, pero no es hasta que parte el pan cuando se les abren los ojos, y en el momento en que lo reconocen, desaparece. Estas observaciones nos hacen notar que Jesús no es un muerto vuelto a la vida como Lázaro o como el hijo de la viuda de Naím; en ese caso no sería ningún problema reconocerlo pasados un par de días. Al resucitar no vuelve a enlazar con el punto en donde concluyó el viernes santo, para llevar de nuevo durante un breve espacio de tiempo una vida intramundana. Tiene una nueva forma de vida, y sin embargo sigue siendo el mismo. Pero sólo cuando lo ve el corazón pueden reconocerlo los ojos.
Esto es lo que queda muy claro en el diálogo que mantienen Jesús y la Magdalena. Su voz, al llamarla por su nombre, ha hecho que ella se despierte y vea; ahora hay que olvidar la cruz, le llama «maestro», y espera que todo sea como antes. Pero es rechazada: «no me toques», le dice el resucitado; tal vez sería más correcto traducir: «No intentes sujetarme, pues aún no he subido al Padre. Ve a mis hermanos y diles: subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios» (20,17). ¿Cuál es el significado de estas palabras? ¿Por qué el hecho de que Jesús aún no haya ascendido impide que se le toque? ¿Se le podría tocar si ya hubiese subido? ¿Es que tal vez tiene prisa en terminar la etapa terrena de su ascensión?
Todo se hace aún más extraño si se añade a ello la historia de Tomás, en la que parece suceder todo lo contrario: Jesús ofrece sus manos y su costado a Tomás para que las toque, para darle la certeza de que realmente es él (20,27). ¿Por qué aquí sí es posible lo que se le niega a Magdalena? Mirando atentamente, es esta escena la que explica la otra. Lo que quiere Magdalena es volver, después de ese feliz encuentro de la mañana de pascua, a la antigua comunidad, dejar detrás de sí la cruz como una pesadilla. Desea ver de nuevo a «su maestro» como en los días anteriores. Pero todo esto va en contra de la esencia del acontecimiento que se ha producido; ya no se puede pretender tener a Jesús como su «rabí», olvidándose de la cruz. El es ahora el que ha sido elevado al Padre, y está abierto a todos los hombres. Ya sólo se le puede tocar como a aquel que está con el Padre, como el que ha sido elevado. La paradoja es clara: aquí en la tierra, en una cercanía meramente terrena, ya no se le puede tocar. Se le puede tocar si se le busca junto al Padre, si uno deja que él lo tome consigo y lo lleve de camino con él. Tocar significa ahora adoración y misión. Por eso Tomás puede tocar: se le enseñan las heridas, no para que olvide la cruz, sino para hacerla inolvidable, se trata de una llamada a dar testimonio. Y así, el acto de tocar de Tomás se convierte en un acto de adoración: «Señor mío y Dios mío» (20,28). El evangelio entero desemboca en este momento, en el que el acto de tocar las heridas de muerte producidas por los poderes del mundo que lleva Jesús se convierte en el conocimiento de la gloria de Dios.
Todo se hace aún más extraño si se añade a ello la historia de Tomás, en la que parece suceder todo lo contrario: Jesús ofrece sus manos y su costado a Tomás para que las toque, para darle la certeza de que realmente es él (20,27). ¿Por qué aquí sí es posible lo que se le niega a Magdalena? Mirando atentamente, es esta escena la que explica la otra. Lo que quiere Magdalena es volver, después de ese feliz encuentro de la mañana de pascua, a la antigua comunidad, dejar detrás de sí la cruz como una pesadilla. Desea ver de nuevo a «su maestro» como en los días anteriores. Pero todo esto va en contra de la esencia del acontecimiento que se ha producido; ya no se puede pretender tener a Jesús como su «rabí», olvidándose de la cruz. El es ahora el que ha sido elevado al Padre, y está abierto a todos los hombres. Ya sólo se le puede tocar como a aquel que está con el Padre, como el que ha sido elevado. La paradoja es clara: aquí en la tierra, en una cercanía meramente terrena, ya no se le puede tocar. Se le puede tocar si se le busca junto al Padre, si uno deja que él lo tome consigo y lo lleve de camino con él. Tocar significa ahora adoración y misión. Por eso Tomás puede tocar: se le enseñan las heridas, no para que olvide la cruz, sino para hacerla inolvidable, se trata de una llamada a dar testimonio. Y así, el acto de tocar de Tomás se convierte en un acto de adoración: «Señor mío y Dios mío» (20,28). El evangelio entero desemboca en este momento, en el que el acto de tocar las heridas de muerte producidas por los poderes del mundo que lleva Jesús se convierte en el conocimiento de la gloria de Dios.
Esto hace comprensible el diálogo con María Magdalena: ya no existe una amistad privada con Jesús, que sea puramente humana y se quede en el círculo cerrado de unos amigos. Después de su paso por la muerte, pertenece a todos. Sólo se le puede tocar si se adopta esa nueva actitud, si se sube con él y, de regreso del Padre y del Hijo, se encamina uno hacia todos los hombres. En lugar de intentar retenerlo, hay que escuchar la misión: ve a los hermanos (20,17). Reconocer al resucitado significa ponerse en camino siendo él el punto de partida. La línea «horizontal» y la «vertical» no se contradicen, sino que se exigen mutuamente: él está con todos los hermanos porque ha subido, porque está con el Padre. Y si nosotros «subimos», si adoramos, entonces salimos de la limitación de nuestra propia existencia, dejamos que él nos envíe, y participamos de su expansión a nuestro modo. La fe, la adoración y el servicio se entrelazan aquí de manera inseparable y muestran el dinamismo de la existencia que sigue la indicación que nos da el resucitado de entre los muertos y subido al Padre para que transformemos el mundo.
Si observamos la otra escena que habíamos citado, la de los discípulos de Emaús, nos encontramos de nuevo con lo mismo: no es la mera compañía del Señor (la pertenencia externa a la iglesia, podríamos decir) la que hace que se le reconozca, sino la escucha de su palabra y la comunidad al partir el pan. El modo de encontrar al Señor es celebrar el culto a Dios en la doble forma de palabra y sacramento; el amor, al comer con él, abre nuestros ojos. Y el que ha sido reconocido desaparece, impulsándonos así a que sigamos caminando.
Esto pone de relieve en qué se parece y en qué se diferencia nuestra situación como cristianos en la historia de la de aquellos primeros testigos. Sólo ellos pudieron ver al resucitado y convencerse, gracias a la inmediatez, de la realidad corporal de aquella vida resucitada de la muerte; sin el realismo de este primer encuentro, su misión hubiera partido del vacío. Pero tanto para ellos como para los hombres de todos los tiempos tiene validez la afirmación de que el resucitado no es objeto de contemplación y curiosidad externa. Que sólo se le puede «tocar» si se sigue su camino, si se «sube»; que el acto de tocar ha de tomar la forma de adoración y de misión, teniendo como centro la fracción del pan y extendiéndose en el amor diario y el servicio que de él nace. Quien siga el camino de Jesús, quien le escuche, quien ame, ése puede también hoy -ciertamente de forma distinta a la de los primeros testigos- tocar al resucitado: él está vivo y nos va precediendo. Para conocerle hay que seguirle.
Familia Cristiana: vive y proclama tu fe
Carta Pastoral de la Conferencia del Episcopado Dominicano del 21 de enero del 2014
I. Introducción
2. De octubre 2012 a noviembre 2013 hemos celebrado con abundantes frutos el Año de la Fe, convocado por el Papa emérito Benedicto XVI. En la primera Carta Encíclica del Papa Francisco “La Luz de la Fe” dedica un artículo a la fe y la familia donde afirma “El primer ámbito que la fe ilumina en la ciudad de los hombres es la familia” (1). Estas páginas de los dos últimos Papas nos han motivado a poner nuestra atención en el núcleo más fundamental para la Iglesia y la sociedad.
3. Terminado el Año de la Fe, una representación de los obispos del mundo convocados por el Papa se prepara para participar en el próximo Sínodo extraordinario que tratará sobre “Los Desafíos Pastorales sobre la Familia en el contexto de la Evangelización”. Ahondemos en este gran valor.
4. Hace exactamente veinte años escribimos una carta pastoral titulada “Consolidemos la Familia”. Reafirmamos lo dicho en aquella ocasión (2). Nuevas situaciones han surgido. El valor familia no pasa. Volvemos a él con renovada esperanza.
Lucas 10,1-12. 17-20: Está cerca de ustedes el Reino de Dios
En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía:
-La mies es abundante y los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies.
¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino.
Cuando entréis en una casa, decid primero: «Paz a esta casa.» Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros.
Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan: porque el obrero merece su salario.
No andéis cambiando de casa. Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: «Está cerca de vosotros el Reino de Dios.»
Cuando entréis en un pueblo y no os reciban, salid a la plaza y decid: «Hasta el polvo de vuestro pueblo, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros.» «De todos modos, sabed que está cerca el Reino de Dios.»
Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para ese pueblo.
Los setenta y dos volvieron muy contentos y le dijeron:
-Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.
El les contestó:
-Veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo. Y no os hará daño alguno.
Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo.
REFLEXIÓN (de la homilía del P. Raniero Cantalamessa):
Se trata del episodio del envío en misión de los setenta y dos discípulos. Después de haberles dicho cómo deben ir (de dos en dos, como corderos, sin llevar dinero...), Jesús les explica también qué deben anunciar: «Decidles: "El Reino de Dios está cerca de vosotros..."».
Se sabe que la frase «Ha llegado a vosotros el Reino de Dios» es el corazón de la predicación de Jesús y la premisa implícita de toda su enseñanza. El Reino de Dios ha llegado entre vosotros, por eso amad a vuestros enemigos; por eso si tu mano te escandaliza córtala: es mejor entrar manco en el Reino de Dios que con las dos manos quedarse fuera... Todo toma sentido del Reino.
Siempre se ha discutido sobre qué entendía precisamente Jesús con la expresión «Reino de Dios». Para algunos sería un reino puramente interior que consiste en una vida conforme a la ley de Dios; para otros sería, al contrario, un reino social y político que debe realizar el hombre, si es necesario también con la lucha y la revolución. El Papa pasa revista a estas interpretaciones del pasado y observa lo que tienen en común: el centro del interés se traslada de Dios al hombre; ya no se trata de un Reino de Dios, sino de un reino del hombre, del que el hombre es el artífice principal. Ésta es una idea de reino compatible, en última instancia, también con el ateísmo.
En la predicación de Jesús la venida del Reino de Dios indica que, enviando en el mundo a Su Hijo, Dios ha decidido –por así decirlo- tomar personalmente en su mano la suerte del mundo, comprometerse con él, actuar desde su interior. Es más fácil intuir qué significa Reino de Dios que explicarlo, porque es una realidad que sobrepasa toda explicación.
Sigue aún muy difundida la idea de que Jesús esperara un inminente fin del mundo y de que, por lo tanto, el Reino de Dios por Él predicado no se realizara en este mundo, sino en lo que nosotros llamamos «el más allá». Los evangelios contienen, en efecto, algunas afirmaciones que se prestan a esta interpretación. Pero ésta no se tiene en pié si se mira el conjunto de las palabras de Cristo: «La enseñanza de Jesús no es una ética para aquellos que esperan un rápido fin del mundo, sino para aquellos que han experimentado el fin de este mundo y la llegada en él del Reino de Dios: para aquellos que saben que "las cosas viejas han pasado" y el mundo se ha convertido en una "nueva creación", dado que Dios ha venido como rey» (Ch. Dodd). En otras palabras: Jesús no ha anunciado el fin del mundo, sino el fin de un mundo, y en ello los hechos no le han desmentido.
Pero también Juan Bautista predicaba este cambio, hablando de un inminente juicio de Dios. ¿Entonces dónde está la novedad de Cristo? La novedad se contiene del todo en un adverbio de tiempo: «ahora», «ya». Con Jesús el Reino de Dios ya no es algo sólo «inminente», sino presente. «El aspecto nuevo y exclusivo del mensaje de Jesús –escribe el Papa- consiste en el hecho de que Él nos dice: Dios actúa ahora –es ésta la hora en la que Dios, de una forma que va más allá de cualquier otra modalidad precedente, se revela en la historia como su mismo Señor, como el Dios viviente».
De aquí surge ese sentido de urgencia que se trasluce en todas las parábolas de Jesús, especialmente en las llamadas «parábolas del Reino». Ha sonado la hora decisiva de la historia, ahora es el momento de tomar la decisión que salva; el banquete está preparado: rechazar entrar porque se acaba de tomar esposa o se acaba de comprar un par de bueyes o por otro motivo, significa estar excluidos para siempre y ver el propio lugar ocupado por otros.
Partamos de esta última reflexión para una aplicación práctica y actual del mensaje escuchado. Lo que Jesús decía a sus contemporáneos sirve también para nosotros hoy. Ese «ahora» y «hoy» permanecerá invariable hasta el fin del mundo. Esto significa que la persona que escucha hoy, tal vez por casualidad, la palabra de Cristo: «El tiempo de Dios se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15), se encuentra ante la misma elección que aquellos que la escuchaban hace dos mil años en una aldea de Galilea: o creer y entrar en el Reino, o rechazar creer y quedarse fuera.
Lamentablemente, la de creer parece en cambio la última de las preocupaciones para muchos que leen hoy el Evangelio o escriben libros sobre él. En lugar de someterse al juicio de Cristo, muchos se erigen en sus jueces. Jesús está más que nunca bajo proceso. Se trata de una especie de «juicio universal» al revés. Sobre todo los estudiosos corren este peligro. El estudioso debe «dominar» el objeto de la ciencia que cultiva y permanecer neutral ante él; ¿pero cómo «dominar» o ser neutrales ante el objeto, cuando se trata de Jesucristo? En este caso, más que «dominar» cuenta «dejarse dominar».
El Reino de Dios era tan importante para Jesús que nos enseñó a orar cada día por su venida. Nos dirigimos a Dios diciendo: «Venga tu Reino»; pero también Dios se dirige a nosotros y dice por boca de Jesús: «El Reino de Dios ha venido entre vosotros; no esperéis, ¡entrad en él!».
Clic aquí para ir a la Lectio Divina para este Evangelio
Clic aquí para ver homilías de otros Evangelios
Clic aquí para ir a la Lectio Divina para este Evangelio
Clic aquí para ver homilías de otros Evangelios
María, Reina de las misiones
(Del discurso de Juan Pablo II a la asamblea plenaria de las Obras Misionales Pontificias, el 16 de mayo de 2003)
Amadísimos hermanos, en el mes de mayo, que estamos viviendo, resulta espontáneo dirigirse a María, a la que invocamos como "Reina de las misiones". Tomemos en las manos las cuentas del rosario, cuyo rezo, en la historia de la Iglesia, ha obtenido siempre, además del crecimiento en la fe, una particular protección para los devotos de la Virgen. Aquí quiero repetir también la invitación que dirigí a los muchachos de la Infancia misionera: "Es muy sugestivo el rosario misionero: una decena, la blanca, es por la vieja Europa, para que sea capaz de recuperar la fuerza evangelizadora que ha engendrado tantas Iglesias; la decena amarilla es por Asia, que rebosa de vida y de juventud; la decena verde es por África, probada por el sufrimiento, pero disponible al anuncio; la decena roja es por América, promesa de nuevas fuerzas misioneras; y la decena azul es por el continente de Oceanía, que espera una difusión más amplia del Evangelio".
Con estos sentimientos, os encomiendo a todos a la Madre común, a la que -estoy seguro- ofrecéis oraciones y sacrificios continuos en el cumplimiento de vuestro valioso trabajo misionero. La bendición apostólica, que os imparto de corazón, os obtenga a vosotros y a vuestros colaboradores abundantes efusiones de favores celestiales.
La alegría de ser discípulos misioneros para anunciar el Evangelio de Jesucristo
(Del Documento Conclusivo de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe llevada a cabo en Aparecida, Brasil)
En este momento, con incertidumbres en el corazón, nos preguntamos con Tomás: “¿Cómo vamos a saber el camino?” (Jn 14, 5). Jesús nos responde con una propuesta provocadora: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6). Él es el verdadero camino hacia el Padre, quien tanto amó al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna. Esta es la vida eterna: “Que te conozcan a ti el único Dios verdadero, y a Jesucristo tu enviado” (Jn 17, 3). La fe en Jesús como el Hijo del Padre es la puerta de entrada a la Vida. Los discípulos de Jesús confesamos nuestra fe con las palabras de Pedro: “Tus palabras dan Vida eterna” (Jn 6, 68); “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16).
Jesús es el Hijo de Dios, la Palabra hecha carne, verdadero Dios y verdadero hombre, prueba del amor de Dios a los hombres. Su vida es una entrega radical de sí mismo a favor de todas las personas, consumada definitivamente en su muerte y resurrección. Por ser el Cordero de Dios, Él es el salvador. Su pasión, muerte y resurrección posibilita la superación del pecado y la vida nueva para toda la humanidad. En Él, el Padre se hace presente, porque quien conoce al Hijo conoce al Padre.
Los discípulos de Jesús reconocemos que Él es el primer y más grande evangelizador enviado por Dios y, al mismo tiempo, el Evangelio de Dios. Creemos y anunciamos “la buena noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios” (Mc 1, 1). Como hijos obedientes a la voz del Padre, queremos escuchar a Jesús porque Él es el único Maestro. Como discípulos suyos, sabemos que sus palabras son Espíritu y Vida. Con la alegría de la fe, somos misioneros para proclamar el Evangelio de Jesucristo y, en Él, la buena nueva de la dignidad humana, de la vida, de la familia, del trabajo, de la ciencia y de la solidaridad con la creación.
Marcos 6,30-34: el retorno de la misión
En aquel tiempo los Apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. El les dijo:
-Vengan ustedes solos a un sitio tranquilo a descansar un poco.
Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado.
Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma.
REFLEXIÓN:
Luego de haber participado en su primera misión, los discípulos de Jesús son acogidos por el Maestro.
En grupos de dos, con escaso equipaje y únicamente confiando en el auxilio de Dios, han hecho honor a su denominación de Apóstoles al salir a anunciar la llegada del Reino de Dios luego de ser enviados por el Señor.
No obstante de las orientaciones y advertencias, del nivel espiritual del profesor que han tenido, y del auxilio especial que debieron haber recibido fruto de las oraciones de Jesús, dicho encargo debió representar un gran esfuerzo para ese grupo de hombres que se iniciaban en esa labor si previa experiencia en ella.
A pesar del escaso tiempo de que dispone para ello, el método de enseñanza del maestro es profundo: lo que el Maestro ha dispuesto ha sido también, en cierto modo, un examen o práctica de lo que sus discípulos han aprendido hasta el momento. Las enseñanzas principales estarían reservadas para los últimos días; y la puesta en práctica de éstas serían posteriores, luego de la muerte y resurrección del Maestro.
De acuerdo al mandato de Jesús, el grupo misionero sanaba enfermos, expulsaba demonios y predicaba el arrepentimiento de los pecados. Entre ellos estaba Judas Iscariote, empapado de su entusiasmo inicial, antes de ser vencido por la tentación demoníaca de la traición.
Obviamente que esta misión inicial de los Apóstoles constituyó una ayuda pastoral al verdadero y principal Pastor, que actúa en este pasaje como tal. Es un anticipo de lo que habría de ser luego el accionar de la Iglesia ideada por Jesús y llevada a efecto por los propios Apóstoles.
Conociendo el trabajo, en este pasaje bíblico el Señor está consciente del cansancio de su pequeño rebaño compuesto por aprendices de pastores en quienes ha delegado parte de su oficio; por ello les reúne e intenta realizar con el grupo un "retiro" para que puedan compartir experiencias entre ellos, recibir orientaciones del Maestro y descansar un poco.
Pero no es posible. La multitud ubica el lugar en donde se habían retirado y acude en masa en procura de Jesús, que se apiada de ellos y confirma su función de Maestro y Pastor de todos.
Igual hoy, nos mira amorosamente y se apiada de nosotros, tendiéndonos su mano misericordiosa como ayuda para vencer las tentaciones y superar nuestras debilidades.
Clic aquí para ir a la Lectio Divina para este Evangelio
Clic aquí para ver homilías de otros Evangelios
Clic aquí para ir a la Lectio Divina para este Evangelio
Clic aquí para ver homilías de otros Evangelios
Marcos 6,7-13: el envío misionero a los Apóstoles
En aquel tiempo llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.
Y añadió:
-Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa.
Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.
REFLEXIÓN (del P. Raniero Cantalamessa):
Es el inicio y como las pruebas generales de la misión apostólica. Por el momento se trata de una misión limitada a los pueblos vecinos, esto es, a los compatriotas judíos. Tras la Pascua esta misión será extendida a todo el mundo, también a los paganos: «Id por todo el mundo y predicad la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16, 15).
Este hecho tiene una importancia decisiva para entender la vida y la misión de Cristo. Él no vino para realizar una proeza personal; no quiso ser un meteorito que atraviesa el cielo para después desaparecer en la nada. No vino, en otras palabras, sólo para aquellos pocos miles de personas que tuvieron la posibilidad de verle y escucharle en persona durante su vida. Pensó que su misión tenía que continuar, ser permanente, de manera que cada persona, en todo tiempo y lugar de la historia, tuviera la posibilidad de escuchar la Buena Nueva del amor de Dios y ser salvado.
Por esto eligió colaboradores y comenzó a enviarles por delante a predicar el Reino y curar a los enfermos. Hizo con sus discípulos lo que hace hoy con sus seminaristas un buen rector de seminario, quien, los fines de semana, envía a sus muchachos a las parroquias para que empiecen a tener experiencia pastoral, o les manda a instituciones caritativas a que ayuden a cuantos se ocupan de los pobres, de los extracomunitarios, para que se preparen a la que un día será su misión.
La invitación de Jesús «¡Id!» se dirige en primer lugar a los apóstoles, y hoy a sus sucesores: el Papa, los obispos, los sacerdotes. Pero no sólo a ellos. Éstos deben ser las guías, los animadores de los demás, en la misión común. Pensar de otro modo sería como decir que se puede hacer una guerra sólo con los generales y los capitanes, sin soldados; o que se puede poner en pié un equipo de fútbol sólo con un entrenador y un árbitro, sin jugadores.
Tras este envío de los apóstoles, Jesús, se lee en el Evangelio de Lucas, «designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de sí, a todas las ciudades y sitios a donde él había de ir» (Lc 10, 1). Estos setenta y dos discípulos eran probablemente todos los que Él había reunido hasta ese momento, o al menos todos los que le seguían con cierta continuidad. Jesús, por lo tanto, envía a todos sus discípulos, también a los laicos.
La Iglesia del post-Concilio ha asistido a un florecimiento de esta conciencia. Los laicos de los movimientos eclesiales son los sucesores de esos 72 discípulos. La vigilia de Pentecostés brindó una imagen de las dimensiones de este fenómeno con esos cientos de miles de jóvenes llegados a la Plaza de San Pedro para celebrar con el Papa las Vísperas de la Solemnidad. Lo que más impresionaba era el gozo y el entusiasmo de los presentes. Claramente para esos jóvenes vivir y anunciar el Evangelio no era un peso aceptado sólo por deber, sino una alegría, un privilegio, algo que hace la vida más bella de vivir.
El Evangelio emplea sólo una palabra para decir qué debían predicar los apóstoles a la gente («que se convirtieran»), mientras que describe largamente cómo debían predicar. Al respecto, una enseñanza importante se contiene en el hecho de que Jesús les envía de dos en dos. Eso de ir de dos en dos era habitual en aquellos tiempos, pero con Jesús asume un significado nuevo, ya no sólo práctico. Jesús les envía de dos en dos –explicaba San Gregorio Magno- para inculcar la caridad, porque menos que entre dos personas no puede haber ahí caridad. El primer testimonio que dar de Jesús es el del amor recíproco: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13, 35).
Hay que estar atentos para no interpretar mal la frase de Jesús sobre el marcharse sacudiéndose también el polvo de los pies cuando no son recibidos. Éste, en la intención de Cristo, debía ser un testimonio «para» ellos, no contra ellos. Debía servir para hacerles entender que los misioneros no habían ido por interés, para sacarles dinero u otras cosas; que, más aún, no querían llevarse ni siquiera su polvo. Habían acudido por su salvación y, rechazándoles, se privaban a sí mismos del mayor bien del mundo.
Es algo que también hay que recalcar hoy. La Iglesia no anuncia el Evangelio para aumentar su poder o el número de sus miembros. Si actuara así, traicionaría la primera el Evangelio. Lo hace porque quiere compartir el don recibido, porque ha recibido de Cristo el mandato: «Gratis lo habéis recibido, dadlo gratis».
Clic aquí para ir a la Lectio Divina para este Evangelio
Clic aquí para ver homilías de otros Evangelios
Clic aquí para ir a la Lectio Divina para este Evangelio
Clic aquí para ver homilías de otros Evangelios
Pablo, perfil del hombre y del apóstol
(De la Audiencia General del Papa Benedicto XVI del miércoles 25 de octubre de 2006)
Llamado por el Señor mismo, por el Resucitado, a ser también él auténtico Apóstol, Pablo de Tarso brilla como una estrella de primera magnitud en la historia de la Iglesia, y no sólo en la de los orígenes. San Juan Crisóstomo lo exalta como personaje superior incluso a muchos ángeles y arcángeles (cf. Panegírico 7, 3). Dante Alighieri, en la Divina Comedia, inspirándose en la narración de san Lucas en los Hechos de los Apóstoles, lo define sencillamente como "vaso de elección", que significa: instrumento escogido por Dios. Otros lo han llamado el "decimotercer apóstol" -y realmente él insiste mucho en que es un verdadero apóstol, habiendo sido llamado por el Resucitado-, o incluso "el primero después del Único".
Ciertamente, después de Jesús, él es el personaje de los orígenes del que tenemos más información, pues no sólo contamos con los relatos de san Lucas en los Hechos de los Apóstoles, sino también con un grupo de cartas que provienen directamente de su mano y que, sin intermediarios, nos revelan su personalidad y su pensamiento. San Lucas nos informa de que su nombre original era Saulo, en hebreo Saúl, como el rey Saúl, y era un judío de la diáspora, dado que la ciudad de Tarso está situada entre Anatolia y Siria. Muy pronto había ido a Jerusalén para estudiar a fondo la Ley mosaica a los pies del gran rabino Gamaliel. Había aprendido también un trabajo manual y rudo, la fabricación de tiendas, que más tarde le permitiría proveer él mismo a su propio sustento sin ser una carga para las Iglesias.
Para él fue decisivo conocer a la comunidad de quienes se declaraban discípulos de Jesús. Por ellos tuvo noticia de una nueva fe, un nuevo "camino", como se decía, que no ponía en el centro la Ley de Dios, sino la persona de Jesús, crucificado y resucitado, a quien se le atribuía el perdón de los pecados. Como judío celoso, consideraba este mensaje inaceptable, más aún, escandaloso, y por eso sintió el deber de perseguir a los discípulos de Cristo incluso fuera de Jerusalén. Precisamente, en el camino hacia Damasco, a inicios de los años treinta, Saulo, según sus palabras, fue "alcanzado por Cristo Jesús" (Flp 3, 12).
Mientras san Lucas cuenta el hecho con abundancia de detalles -la manera en que la luz del Resucitado le alcanzó, cambiando radicalmente toda su vida-, él en sus cartas va a lo esencial y no habla sólo de una visión, sino también de una iluminación y sobre todo de una revelación y una vocación en el encuentro con el Resucitado. De hecho, se definirá explícitamente "apóstol por vocación" o "apóstol por voluntad de Dios" (2 Co 1, 1; Ef 1, 1; Col 1, 1), como para subrayar que su conversión no fue resultado de pensamientos o reflexiones, sino fruto de una intervención divina, de una gracia divina imprevisible. A partir de entonces, todo lo que antes tenía valor para él se convirtió paradójicamente, según sus palabras, en pérdida y basura. Y desde aquel momento puso todas sus energías al servicio exclusivo de Jesucristo y de su Evangelio. Desde entonces su vida fue la de un apóstol deseoso de "hacerse todo a todos" (1 Co 9, 22) sin reservas.
De aquí se deriva una lección muy importante para nosotros: lo que cuenta es poner en el centro de nuestra vida a Jesucristo, de manera que nuestra identidad se caracterice esencialmente por el encuentro, por la comunión con Cristo y con su palabra. A su luz, cualquier otro valor se recupera y a la vez se purifica de posibles escorias.
Otra lección fundamental que nos da san Pablo es la dimensión universal que caracteriza a su apostolado. Sintiendo agudamente el problema del acceso de los gentiles, o sea, de los paganos, a Dios, que en Jesucristo crucificado y resucitado ofrece la salvación a todos los hombres sin excepción, se dedicó a dar a conocer este Evangelio, literalmente "buena nueva", es decir, el anuncio de gracia destinado a reconciliar al hombre con Dios, consigo mismo y con los demás. Desde el primer momento había comprendido que esta realidad no estaba destinada sólo a los judíos, a un grupo determinado de hombres, sino que tenía un valor universal y afectaba a todos, porque Dios es el Dios de todos.
El punto de partida de sus viajes fue la Iglesia de Antioquía de Siria, donde por primera vez se anunció el Evangelio a los griegos y donde se acuñó también la denominación de "cristianos", es decir, creyentes en Cristo. Desde allí en un primer momento se dirigió a Chipre; luego, en diferentes ocasiones, a las regiones de Asia Menor (Pisidia, Licaonia, Galacia); y después a las de Europa (Macedonia, Grecia). Más importantes fueron las ciudades de Éfeso, Filipos, Tesalónica, Corinto, sin olvidar Berea, Atenas y Mileto.
En el apostolado de san Pablo no faltaron dificultades, que afrontó con valentía por amor a Cristo. Él mismo recuerda que tuvo que soportar "trabajos..., cárceles..., azotes; muchas veces peligros de muerte. Tres veces fui azotado con varas; una vez lapidado; tres veces naufragué. Viajes frecuentes; peligros de ríos; peligros de salteadores; peligros de los de mi raza; peligros de los gentiles; peligros en ciudad; peligros en despoblado; peligros por mar; peligros entre falsos hermanos; trabajo y fatiga; noches sin dormir, muchas veces; hambre y sed; muchos días sin comer; frío y desnudez. Y aparte de otras cosas, mi responsabilidad diaria: la preocupación por todas las Iglesias" (2 Co 11, 23-28).
En un pasaje de la carta a los Romanos se refleja su propósito de llegar hasta España, el extremo de Occidente, para anunciar el Evangelio por doquier hasta los confines de la tierra entonces conocida. ¿Cómo no admirar a un hombre así? ¿Cómo no dar gracias al Señor por habernos dado un Apóstol de esta talla? Es evidente que no hubiera podido afrontar situaciones tan difíciles, a veces desesperadas, si no hubiera tenido una razón de valor absoluto ante la que ningún límite podía considerarse insuperable. Para san Pablo, como sabemos, esta razón es Jesucristo, de quien escribe: "El amor de Cristo nos apremia al pensar que murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos" (2 Co 5, 14-15), por nosotros, por todos.
De hecho, el Apóstol dio el testimonio supremo con su sangre bajo el emperador Nerón aquí, en Roma, donde conservamos y veneramos sus restos mortales. San Clemente Romano, mi predecesor en esta Sede apostólica en los últimos años del siglo I, escribió: "Por la envidia y rivalidad mostró Pablo el galardón de la paciencia. Después de haber enseñado a todo el mundo la justicia y de haber llegado hasta el límite de Occidente, sufrió el martirio ante los gobernantes; salió así de este mundo y marchó al lugar santo, dejándonos el más alto dechado de perseverancia".
Que el Señor nos ayude a poner en práctica la exhortación que nos dejó el apóstol en sus cartas: "Sed mis imitadores, como yo lo soy de Cristo" (1 Co 11, 1).
Los Apóstoles testigos y enviados de Cristo
(De la Audiencia General del Papa Benedicto XVI del 22 de marzo de 2006)
La carta a los Efesios nos presenta a la Iglesia como un edificio construido "sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo" (Ef 2, 20). En el Apocalipsis, el papel de los Apóstoles, y más específicamente de los Doce, se aclara en la perspectiva escatológica de la Jerusalén celestial, presentada como una ciudad cuyas murallas "se asientan sobre doce piedras, que llevan los nombres de los doce Apóstoles del Cordero" (Ap 21, 14). Los Evangelios concuerdan al referir que la llamada de los Apóstoles marcó los primeros pasos del ministerio de Jesús, después del bautismo recibido del Bautista en las aguas del Jordán.
Según el relato de san Marcos y san Mateo, el escenario de la llamada de los primeros Apóstoles es el lago de Galilea. Jesús acaba de comenzar la predicación del reino de Dios, cuando su mirada se fija en dos pares de hermanos: Simón y Andrés, Santiago y Juan. Son pescadores, dedicados a su trabajo diario. Echan las redes, las arreglan. Pero los espera otra pesca. Jesús los llama con decisión y ellos lo siguen con prontitud: de ahora en adelante serán "pescadores de hombres" (Mc 1, 17; Mt 4, 19).
San Lucas, aunque sigue la misma tradición, tiene un relato más elaborado. Muestra el camino de fe de los primeros discípulos, precisando que la invitación al seguimiento les llega después de haber escuchado la primera predicación de Jesús y de haber asistido a los primeros signos prodigiosos realizados por él. En particular, la pesca milagrosa constituye el contexto inmediato y brinda el símbolo de la misión de pescadores de hombres, encomendada a ellos. El destino de estos "llamados", de ahora en adelante, estará íntimamente unido al de Jesús. El apóstol es un enviado, pero, ante todo, es un "experto" de Jesús.
El evangelista san Juan pone de relieve precisamente este aspecto desde el primer encuentro de Jesús con sus futuros Apóstoles. Aquí el escenario es diverso. El encuentro tiene lugar en las riberas del Jordán. La presencia de los futuros discípulos, que como Jesús habían venido de Galilea para vivir la experiencia del bautismo administrado por Juan, arroja luz sobre su mundo espiritual.
Eran hombres que esperaban el reino de Dios, deseosos de conocer al Mesías, cuya venida se anunciaba como inminente. Les basta la indicación de Juan Bautista, que señala a Jesús como el Cordero de Dios, para que surja en ellos el deseo de un encuentro personal con el Maestro. Las palabras del diálogo de Jesús con los primeros dos futuros Apóstoles son muy expresivas. A la pregunta: "¿Qué buscáis?"; ellos contestan con otra pregunta: "Rabbí -que quiere decir "Maestro"-, ¿dónde vives?". La respuesta de Jesús es una invitación: "Venid y lo veréis". Venid para que podáis ver.
La aventura de los Apóstoles comienza así, como un encuentro de personas que se abren recíprocamente. Para los discípulos comienza un conocimiento directo del Maestro. Ven dónde vive y empiezan a conocerlo. En efecto, no deberán ser anunciadores de una idea, sino testigos de una persona. Antes de ser enviados a evangelizar, deberán "estar" con Jesús, entablando con él una relación personal. Sobre esta base, la evangelización no será más que un anuncio de lo que se ha experimentado y una invitación a entrar en el misterio de la comunión con Cristo.
¿A quién serán enviados los Apóstoles? En el evangelio, Jesús parece limitar su misión sólo a Israel: "No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel" (Mt 15, 24). De modo análogo, parece circunscribir la misión encomendada a los Doce: "A estos Doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones: "No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel"" (Mt 10, 5-6). Cierta crítica moderna de inspiración racionalista había visto en estas expresiones la falta de una conciencia universalista del Nazareno. En realidad, se deben comprender a la luz de su relación especial con Israel, comunidad de la Alianza, en la continuidad de la historia de la salvación.
Según la espera mesiánica, las promesas divinas, dirigidas inmediatamente a Israel, se cumplirían cuando Dios mismo, a través de su Elegido, reuniría a su pueblo como hace un pastor con su rebaño: "Yo vendré a salvar a mis ovejas para que no estén más expuestas al pillaje. Yo suscitaré para ponérselo al frente un solo pastor que las apacentará, mi siervo David: él las apacentará y será su pastor. Yo, el Señor, seré su Dios, y mi siervo David será príncipe en medio de ellos" (Ez 34, 22-24).
Jesús es el pastor escatológico, que reúne a las ovejas perdidas de la casa de Israel y va en busca de ellas, porque las conoce y las ama. A través de esta "reunión" el reino de Dios se anuncia a todas las naciones: "Manifestaré yo mi gloria entre las naciones, y todas las naciones verán el juicio que voy a ejecutar y la mano que pondré sobre ellos" (Ez 39, 21). Y Jesús sigue precisamente esta línea profética. El primer paso es la "reunión" del pueblo de Israel, para que así todas las naciones llamadas a congregarse en la comunión con el Señor puedan ver y creer.
De este modo, los Doce, elegidos para participar en la misma misión de Jesús, cooperan con el Pastor de los últimos tiempos, yendo ante todo también ellos a las ovejas perdidas de la casa de Israel, es decir, dirigiéndose al pueblo de la promesa, cuya reunión es el signo de salvación para todos los pueblos, el inicio de la universalización de la Alianza.
Lejos de contradecir la apertura universalista de la acción mesiánica del Nazareno, la limitación inicial a Israel de su misión y de la de los Doce se transforma así en el signo profético más eficaz. Después de la pasión y la resurrección de Cristo, ese signo quedará esclarecido: el carácter universal de la misión de los Apóstoles se hará explícito. Cristo enviará a los Apóstoles "a todo el mundo" (Mc 16, 15), a "todas las naciones" (Mt 28, 19; Lc 24, 47), "hasta los confines de la tierra" (Hch 1, 8).
Y esta misión continúa. Continúa siempre el mandato del Señor de congregar a los pueblos en la unidad de su amor. Esta es nuestra esperanza y este es también nuestro mandato: contribuir a esta universalidad, a esta verdadera unidad en la riqueza de las culturas, en comunión con nuestro verdadero Señor Jesucristo.
Discipulado Misionero al Servicio de la Vida
(Del Documento de Aparecida de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe)
YO HE VENIDO PARA TENGAN VIDA Y LA TENGAN EN ABUNDANCIA (Jn 10,10)
Desde el cenáculo de Aparecida nos disponemos a emprender una nueva etapa de nuestro caminar pastoral declarándonos en misión permanente. Con el fuego del Espíritu vamos a inflamar de amor nuestro Continente: “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre Ustedes, y serán mis testigos… hasta los confines de la tierra” (Hch1,8).
En fidelidad al mandato misionero
Jesús invita a todos a participar de su misión. ¡Que nadie se quede de brazos cruzados! Ser misionero es ser anunciador de Jesucristo con creatividad y audacia en todos los lugares donde el Evangelio no ha sido suficientemente anunciado o acogido, en especial, en los ambientes difíciles y olvidados y más allá de nuestras fronteras.
Como fermento en la masa
Seamos misioneros del Evangelio no sólo con la palabra sino sobre todo con nuestra propia vida, entregándola en el servicio, inclusive hasta el martirio.
Jesús comenzó su misión formando una comunidad de discípulos misioneros, la Iglesia, que es el inicio del Reino. Su comunidad también fue parte de su anuncio. Insertos en la sociedad, hagamos visible nuestro amor y solidaridad fraterna y promovamos el diálogo con los diferentes actores sociales y religiosos. En una sociedad cada vez más plural, seamos integradores de fuerzas en la construcción de un mundo más justo, reconciliado y solidario.
Servidores de la mesa compartida
Las agudas diferencias entre ricos y pobres nos invitan a trabajar con mayor empeño en ser discípulos que saben compartir la mesa de la vida, mesa de todos los hijos e hijas del Padre, mesa abierta, incluyente, en la que no falte nadie. Por eso reafirmamos nuestra opción preferencial y evangélica por los pobres.
Nos comprometemos a defender a los más débiles, especialmente a los niños, enfermos, discapacitados, jóvenes en situaciones de riesgo, ancianos, presos, migrantes. Velamos por el respeto al derecho que tienen los pueblos de defender y promover “los valores subyacentes en todos los estratos sociales, especialmente en los pueblos indígenas” (Benedicto XVI, Discurso Guarulhos No.4). Queremos contribuir para garantizar condiciones de vida digna: salud, alimentación, educación, vivienda y trabajo para todos.
La fidelidad a Jesús nos exige combatir los males que dañan o destruyen la vida, como el aborto, las guerras, el secuestro, la violencia armada, el terrorismo, la explotación sexual y el narcotráfico. Invitamos a todos los dirigentes de nuestras naciones a defender la verdad y a velar por el inviolable y sagrado derecho a la vida y la dignidad de la persona humana, desde su concepción hasta su muerte natural.
Ponemos a disposición de nuestros países los esfuerzos pastorales de la Iglesia para aportar en la promoción de una cultura de la honestidad que subsane la raíz de las diversas formas de violencia, enriquecimiento ilícito y corrupción.
En coherencia con el proyecto del Padre creador, convocamos a todas las fuerzas vivas de la sociedad para cuidar nuestra casa común, la tierra, amenazada de destrucción. Queremos favorecer un desarrollo humano y sostenible basado en la justa distribución de las riquezas y la comunión de los bienes entre todos los pueblos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




















