Mostrando las entradas con la etiqueta Poemas sobre la santidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Poemas sobre la santidad. Mostrar todas las entradas

San José

(Mateo 1,24: Al despertar, José hizo lo que el Angel del Señor le había ordenado)
De san José
sus buenos rasgos
con sus acciones
dame imitarlos,
hacerlos míos,
oh, Padre Santo;
tomar la carga
en el trabajo,
ser responsable,
hábil de manos,
de mente ágil,
serio y honrado;
y en la familia
hombre entregado,
el suplidor
por Dios mandado,
el protector
con Dios de manos;
aquel que el Padre
hizo padrastro
y fue buen padre
del Hijo, actuando;
y en el entorno
un hombre sano,
alguien de bien
que se hizo santo;
hombre ejemplar
de actuar callado
aunque consciente,
un gran humano
siempre obediente
a tus mandatos.
Hazme así ser,
sencillo y manso
como José;
a él emularlo
para agradarte,
oh, Padre amado.

Amén.

Imagen

(1 Pedro 1,15: Así como aquel que los llamó es santo, también ustedes sean santos en toda su conducta)
No sólo papel, yeso,
metal, piedra o pintura está presente;
es mucho más que eso:
es deseo ferviente
de ir a quien de ella es la fuente;

es mudez elocuente,
cátedra sobre este andar es que expresa
y es modelo al viviente
que este mundo atraviesa
sintiendo que la carga mucho pesa.

Sacra imagen; idea
que, de la santidad, es un bosquejo,
y que el alma desea
aunque sea un reflejo;
quisiera yo ser de ella un espejo.

Me pides ser santo

(1 Pedro 1,15: Así como aquel que los llamó es santo, también ustedes sean santos en toda su conducta)
Me pides ser santo;
y de ahí lejos que estoy
pues lo opuesto es que soy;
¡lo pienso y me espanto!

Como un horizonte,
por más que se avanza,
sólo en esperanza
se siente el remonte.

pero es gen, simiente,
en todos: ¡santidad!
Dale, en mi, fertilidad
Señor, ¡es urgente!

Amén.

¡Ya vete, penumbra!

(Salmo 90,14: Sácianos de tu amor por la mañana, y gozaremos de por vida)
¡Ya vete, penumbra!,
terror en la noche;
del mal, el derroche,
que me apesadumbra;

se oculten las bestias
y las alimañas
con sus malas mañas;
nocturnas molestias;

pues llega la aurora;
el cielo ya aclara
y al mundo depara
belleza creadora.

Me dice en su canto
el ave del nido:
la noche ha huido,
con su obscuro manto;

se acabe el espanto,
resurja esperanza;
a Dios la alabanza
viviendo un día santo.

Amén.

San José

(Mateo 1,24: Al despertar, José hizo lo que el Angel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa)
San José es un modelo
por ser un hombre virtuoso
de incontables cualidades
que nos educan a todos;
y es "maestro" la primera
de las que ahora menciono:
educó él al niño Jesús
y hoy también lo hace a nosotros.
Lo que su mente no entiende
no le lleva al alboroto;
bien cauto, pero sereno,
a Dios, él no le fue sordo;
fue obediente y desprendido
y, a su plan, no fue un escollo.
En la familia: protector;
buen padre, excelente esposo
en aquel virginal amor;
responsable y cuidadoso.
En general: trabajador,
un obrero laborioso
de vida casta y ejemplar;
hombre justo y religioso.
¿Qué decir de su silencio
y de su anónimo modo
siempre en un segundo plano?:
¡emanaba por sus poros
la humildad y la sencillez
de un estilo siempre sobrio!
Su memoria hoy celebro
venerando jubiloso
al que tuvo a su cuidado
a quien ha salvado a todos.

Decidió seguir a Cristo

(Hebreos 12,14: Busquen la paz con todos y la santificación, porque sin ella nadie verá al Señor)
Decidió seguir a Cristo
sin demorar ni un tris,
y al principio no entendió,
actuando como albañil;
convirtió al cristianismo,
de su vida, en el quid;
para él, la naturaleza,
era un florido jardín;
fue humilde y sin orgullo
hasta doblar la cerviz
que hasta en su propia hermandad
llamábase un aprendiz;
de paz, fue tal instrumento,
que no era parte de lid;
en época de tinieblas,
de Dios, él fue un candil,
y, en el trabajo, incansable,
de Cristo, fue un alfil;
aceta, como muy pocos,
de ayuno como un faquir,
reservado tenía el plato,
del cielo, en el festín.
Eso fue, y mucho más,
Francisco, santo de Asís;
que su vida sea el modelo
que hoy Dios infunda en mí.

Amén.

Ayúdame a vencer

(Marcos 1,12-13a: En seguida el Espíritu lo llevó al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás)
Ayúdame a vencer,
Señor, las tentaciones,
y que estas oraciones
me acerquen a tu ser;
allí permanecer
sin perturbaciones,
con santas intenciones,
y anhelándote ver.

Amén.

El respeto a su casa

(Marcos 11,17: Mi Casa será llamada Casa de oración para todas las naciones. Pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones)
El respeto a su casa,
que Él ha hecho mía,
Jesucristo pedía
y hoy me lo recalca.
¡Ven acá y restaura!
dijo a san Francisco;
y hoy me dice lo mismo:
¡ven cuídala sin pausa!

Amén.

José

(Mateo 1,24: Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa)
Hombre hábil, inteligente;
cuando no entiende, crítico,
sin actuar como cínico;
de la Palabra un oyente,
siempre ante Dios obediente;
bien familiar, un buen don,
de obreros, santo patrón;
tantas virtudes, José,
de santidad, modelo es;
que yo le imite, Señor.

Amén.

Santidad

(Mateo 5,48: Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo)
¡Oh santidad anhelada!
cuán escabroso el camino
del que eres primer destino
en rumbo a la meta dada.

Eres ruta empinada
que, yo mismo, más inclino,
con mi propio desatino;
¡no eres cima irreal de hada!

No pido seas degradada
porque alcanzarte hoy no pueda;
¡es mi alma a ser izada!;

para que, a ti, ella acceda,
sé que Dios la ayudará
aunque requiera una rueda.

Amén.

¿Por qué juzgo tanto?

(Lucas 6,41: ¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo?)
¿Por qué juzgo tanto?
Oh, Señor, controla
ojos, mente y boca,
con los que quebranto;

y así evito el llanto
del hermano ahora,
y el mío en mi hora;
¡yo quiero ser santo!

Amén.

Simiente

(Marcos 4,26: Y decía: El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra)
Cuando la hierba emerge
del grano que germina,
no sé cómo culmina
cuando la brisa mece.

Y mientras sola crece,
la esperanza anima,
igual que el sol camina,
que de subir no cese.

Así es esa simiente
que mi alma admira,
al ser tu Reino, aspira,
y te pido, me siembres.

Cuando la siega llegue
quisiera que mi espiga,
repleta de semillas,
profuso fruto diese.

Amén.

Martirio

(Mateo 10,22: Ustedes serán odiados por todos a causa de mi Nombre, pero aquel que persevere hasta el fin se salvará)
El martirio es simiente
cuando lo es por Jesús,
pues produce creyentes,
grandiosa multitud.

Es ocaso aparente
pero lleno de luz,
y por eso aborrece
el maligno a la cruz.

Es vida trascendente
obtenida en virtud
de la entrega donante
como lo hizo Jesús.

Es un fruto perenne,
para muchos salud;
es todo, menos muerte;
junto a Dios, subes tú.

Amén.

Los motivos del lobo

(Del poeta nicaragüense Rubén Darío (1867-1916))
El varón que tiene corazón de lis,
alma de querube, lengua celestial,
el mínimo y dulce Francisco de Asís,
está con un rudo y torvo animal,
bestia temerosa, de sangre y de robo,
las fauces de furia, los ojos de mal:
¡el lobo de Gubbia, el terrible lobo!
Rabioso, ha asolado los alrededores;
cruel, ha deshecho todos los rebaños;
devoró corderos, devoró pastores,
y son incontables sus muertos y daños.

Fuertes cazadores armados de hierros
fueron destrozados. Los duros colmillos
dieron cuenta de los más bravos perros,
como de cabritos y de corderillos.

Francisco salió:
al lobo buscó
en su madriguera.
Cerca de la cueva encontró a la fiera
enorme, que al verle se lanzó feroz
contra él. Francisco, con su dulce voz,
alzando la mano,
al lobo furioso dijo: «¡Paz, hermano
lobo!» El animal
contempló al varón de tosco sayal;
dejó su aire arisco,
cerró las abiertas fauces agresivas,
y dijo: «!Está bien, hermano Francisco!»
«¡Cómo!» exclamó el santo. «¿Es ley que tú vivas
de horror y de muerte?
¿La sangre que vierte
tu hocico diabólico, el duelo y espanto
que esparces, el llanto
de los campesinos, el grito, el dolor
de tanta criatura de Nuestro Señor,
no han de contener tu encono infernal?
¿Vienes del infierno?
¿Te ha infundido acaso su rencor eterno
Luzbel o Belial?»

Y el gran lobo, humilde: «¡Es duro el invierno,
y es horrible el hambre! En el bosque helado
no hallé qué comer; y busqué el ganado,
y en veces... comí ganado y pastor.
¿La sangre? Yo vi más de un cazador
sobre su caballo, llevando el azor
al puño; o correr tras el jabalí,
el oso o el ciervo; y a más de uno vi
mancharse de sangre, herir, torturar,
de las roncas trompas al sordo clamor,
a los animales de Nuestro Señor.
¡Y no era por hambre, que iban a cazar!»

Francisco responde: "En el hombre existe
mala levadura.
Cuando nace, viene con pecado. Es triste.
Mas el alma simple de la bestia es pura.
Tú vas a tener
desde hoy qué comer.
Dejarás en paz
rebaños y gente en este país.
¡Que Dios melifique tu ser montaraz!"

«Esta bien, hermano Francisco de Asís.»
«Ante el Señor, que toda ata y desata,
en fe de promesa tiéndeme la pata.»
El lobo tendió la pata al hermano
de Asís, que a su vez le alargó la mano.

Fueron a la aldea. La gente veía
y lo que miraba casi no creía.
Tras el religioso iba el lobo fiero,
y, bajo la testa, quieto le seguía
como un can de casa, o como un cordero.

Francisco llamó la gente a la plaza
y allí predicó.
Y dijo: «He aquí una amable caza.
El hermano lobo se viene conmigo;
me juró no ser ya vuestro enemigo,
y no repetir su ataque sangriento.
Vosotros, en cambio, daréis su alimento
a la pobre bestia de Dios.» «¡Así sea!»,
Contestó la gente toda de la aldea.
Y luego, en señal
de contentamiento,
movió la testa y cola el buen animal,
y entró con Francisco de Asís al convento.

Algún tiempo estuvo el lobo tranquilo
en el santo asilo.
Sus bastas orejas los salmos oían
y los claros ojos se le humedecían.
Aprendió mil gracias y hacía mil juegos
cuando a la cocina iba con los legos.
Y cuando Francisco su oración hacía,
el lobo las pobres sandalias lamía.
Salía a la calle,
iba por el monte, descendía al valle,
entraba a las casas y le daban algo
de comer. Mirábanle como a un manso galgo.

Un día, Francisco se ausentó. Y el lobo
dulce, el lobo manso y bueno, el lobo probo,
desapareció, tornó a la montaña,
y recomenzaron su aullido y su saña.

Otra vez sintiose el temor, la alarma,
entre los vecinos y entre los pastores;
colmaba el espanto en los alrededores,
de nada servían el valor y el arma,
pues la bestia fiera
no dio treguas a su furor jamás,
como si estuviera
fuegos de Moloch y de Satanás.

Cuando volvió al pueblo el divino santo,
todos los buscaron con quejas y llanto,
y con mil querellas dieron testimonio
de lo que sufrían y perdían tanto
por aquel infame lobo del demonio.

Francisco de Asís se puso severo.
Se fue a la montaña
a buscar al falso lobo carnicero.
Y junto a su cueva halló a la alimaña.

«En nombre del Padre del sacro universo,
conjúrote» dijo, «¡oh lobo perverso!,
a que me respondas: ¿Por qué has vuelto al mal?
Contesta. Te escucho.»

Como en sorda lucha, habló el animal,
la boca espumosa y el ojo fatal:

«Hermano Francisco, no te acerques mucho...
Yo estaba tranquilo allá en el convento;
al pueblo salía, 
y si algo me daban estaba contento
y manso comía.
Mas empecé a ver que en todas las casas
estaban la Envidia, la Saña, la Ira,
y en todos los rostros ardían las brasas
de odio, de lujuria, de infamia y mentira.
Hermanos a hermanos hacían la guerra,
perdían los débiles, ganaban los malos,
hembra y macho eran como perro y perra,
y un buen día todos me dieron de palos.
Me vieron humilde, lamía las manos
y los pies. Seguía tus sagradas leyes,
todas las criaturas eran mis hermanos:
los hermanos hombres, los hermanos bueyes,
hermanas estrellas y hermanos gusanos.
Y así, me apalearon y me echaron fuera.
Y su risa fue como un agua hirviente,
y entre mis entrañas revivió la fiera,
y me sentí lobo malo de repente;
mas siempre mejor que esa mala gente.
Y recomencé a luchar aquí,
a me defender y a me alimentar.
Como el oso hace, como el jabalí,
que para vivir tienen que matar.
Déjame en el monte, déjame en el risco,
déjame existir en mi libertad,
vete a tu convento, hermano Francisco,
sigue tu camino y tu santidad.»

El santo de Asís no le dijo nada.
Le miró con una profunda mirada,
y partió con lágrimas y con desconsuelos,
y habló al Dios eterno con su corazón.
El viento del bosque llevó su oración,
que era: «Padre nuestro, que estás en los cielos...»

Cara a cara

(Del poeta español José María Zandueta Munárriz (1915-2005))
Hablar a Dios, cara a cara,
ver el rostro del Señor,
sumido en el resplandor
de su majestad preclara,
es una empresa tan rara,
que sólo en la intimidad,
su Divina Majestad,
parece hacerse presente
y sólo se hace patente
al que es santo de verdad.

Desde que mi voluntad

(De Cristina de Arteaga, religiosa y escritora española (1902-1984))
Desde que mi voluntad 
está a la vuestra rendida,
conozco yo la medida
de la mejor libertad.
Venid, Señor, y tomad
las riendas de mi albedrío;
de vuestra mano me fío
y a vuestra mano me entrego,
que es poco lo que me niego
si yo soy vuestro y vos mío.

A fuerza de amor humano
me abraso en amor divino.
La santidad es camino
que va de mí hacia mi hermano.
Me di sin tender la mano
para cobrar el favor;
me di en salud y en dolor
a todos, y de tal suerte
que me ha encontrado la muerte
sin nada más que el amor.

Nombrar las cosas

(De "Motivos de San Francisco", poemas en prosa de la poetisa chilena Gabriela Mistral (1889-1957), inspirados directamente en las Florecillas de San Francisco y sus Hermanos)

Tú, Francisco, tenías don de selección y don de elogio. Tú amaste aquellas cosas que son las mejores; caminando por la tierra todo lo conociste, pero elegías las criaturas más bellas. Y además del don del largo amor, que es el más rico de cuanto podemos recibir, te fue dada la gracia de saber nombrarlas donosamente.

Amaste el agua como Teresa, tu muy sutil hermana, el sol y el fuego, y el pardo surco de la tierra. Tres bellezas diferentes que sólo son hermanas por ser cada una perfecta.

El agua es mística como el cristal; se hace olvidar en la fuente clara, y las guijas y las vegetaciones del fondo miran el cielo, las nubes y la mujer que pasa, a través de la Iiumíldisima que se vuelve inexistente. El agua es una especie de San Francisco del mundo; es su alegría y su levedad. Hace la loquilla una garganta de piedra que se rompe y se pone a cantar en ella, es ágil, tiene esa virtud que es
elegancia en la pesada materia. Y en su delgadez va más viva que los animales toscos. Donde cobra reposo se hace mirada, una profunda mirada.

Al sol lo gozaste bien por tu angostito cuerpo. Te traspasaba como a las hojas delgadas. Lo hallabas muy tierno después de la larga humedad de la gruta; era un poco excesivo, pero con el exceso del vino generoso; en tus jornadas largas por los pueblos de la Umbría; te parecía salutíx fero, secando las llagas descubiertas de los leprosos y muy niño cuando hace en el agua lentejitas de oro.

Te gustaba sentir el fuego encendido lo mismo que el de tu pecho. Las pequeñas llamas triscadoras te parecían niños saltando en una ronda de frenesí.

Y como a pocos amantes te fue dado el saber nombrar, de precioso nombre, a las criaturas. Tu adjetivo es maravilloso, Francisco; llamas robusto al fuego, humilde y casta al agua.

Las criaturas te amaban por tu santidad, Francisco, si no por que gustan del que las nombra justamente, sin abundancia de mimos, pero sin mezquindad.

Hábil tú para muchas cosas; para acomodar a un llagado en un banquito, sin que sintiese su pobreza y para decirle a las cosas lo que son, dándoles alegría con la palabra bien ajustada.

Otros santos no eran así, Francisco; descuidaban o desdeñaban su lenguaje con sus hermanos inferiores, cuidando sólo el del Señor. También era esto parte de tu elegancia, de tu gallo espíritu. Ni conversando con los surcos del campo te pudieron ver burdo, mi Pobrecillo.

Has de enseñarme esto también, Fralncisco, que es otra forma profunda de dulzura.

Preferencias

(Composición del español Alfonso Comín (1933-1980))
No el poder, sino la humildad.
No la diversión, sino la conversión.
No el camino fácil, sino la vía estrecha.
No la tristeza, sino la alegría.
No la burla, sino el humor.
No el moralismo, sino la moral.
No la violencia, sino la mansedumbre.
No el cuerpo o el espíritu, sino el cuerpo y el espíritu.
No la voluntad o la gracia, sino la voluntad y la gracia.
No el racionalismo, sino el misterio.
No la mediocridad, sino la santidad.
No la introspección, sino la contemplación.
No la riqueza, sino la pobreza.
No juzgar, sino comprender.
No el purismo, sino la inocencia.
No el rencor, sino el perdón.
No las tinieblas, sino la luz.
No el pesimismo, sino la oscuridad.
No el día o la noche, sino el día y la noche.
No el dogmatismo, sino el dogma.
No la uniformidad, sino la diversidad.
No la guerra, sino la paz.
No el «mal menor», sino el «bien de todos».
No la interpretación, sino la Palabra.
No la retaguardia, sino la avanzada.
No la «prudencia», sino la caridad.
No el abuso de bienes, sino el uso de bienes.
No la agitación, sino el silencio.
No la asunción ciega, sino la obediencia consciente.
No la feria, sino el desierto.
No la picardía, sino la simplicidad.
No enfrentar, sino confrontar.
No el fanatismo, sino la fe.
No la seguridad, sino el riesgo.
No el tigre, sino la paloma.
No la opresión, sino la libertad.
No el dictado, sino la iniciativa.
No el Hombre, sino el hombre.
No dios, sino Dios.
No la letra, sino el espíritu.
No la fugacidad, sino el signo.
No el primer lugar, sino el último.
No la sentencia, sino la misericordia.
No el tratado, sino la poesía.
No las cosas, sino la cifra de las cosas.
No el bullicio, sino la soledad.
No la soledad o la solidaridad, sino la solidaridad en la soledad.
No el egocentrismo, sino el humanismo.
No la protesta, sino la aceptación.
No el coche, sino la cruz,
No la instauración, sino la persecución.
No la Institución o el Espíritu, sino la Institución con su Espíritu.
No la Iglesia instalada, sino la Iglesia perseguida.
No el absurdo, sino el misterio.
No la separación, sino la comunicación.
No mi voluntad, sino la voluntad del Padre.
No el refinamiento, sino el pan.
No el odio o la contemplación de uno mismo, sino el olvido de sí mismo.
No el «nirvana», sino la contemplación.
No la acción o la contemplación, sino la acción y la contemplación.
No yo, sino el Cuerpo Místico.
No la autosuficiencia, sino la colaboración.
No el acomodo en la verdad, sino la búsqueda de la Verdad.
No el oro, sino la piedra.
No el desarraigo, sino el enraizamiento.
No el desprecio o el odio, sino el amor.
No la desesperación, sino la esperanza.
No el egoísmo, sino la dedicación.
No la cerrazón, sino la apertura.
No la fuerza del rico, sino la debilidad del pobre.
No la evasión, sino la participación.
No el individualismo, sino la comunión.
No el fin o los medios, sino el fin y los medios.
No el mal, sino el bien.
No el Príncipe de este mundo, sino el Creador de este mundo.
No la casuística, sino la parábola.
No el desprecio, sino la compasión.
No la magia, sino el sacerdocio.
No «mi Iglesia», sino la Iglesia.
No la huida, sino la presencia.
No el esquema, sino la realidad.
No la desconfianza, sino la confianza.
No la disipación, sino el sufrimiento.
No la publicidad, sino el testimonio.
No el banco, sino el tajo.
No el molde, sino la levadura.
No el resorte, sino la mano en el arado.