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De rodillas

Las rodillas en el suelo
cuando llego a su presencia,
mucho más que reverencia
son un gozo, no flagelo.

Del que reina allá en el cielo,
cuya obra a la vista,
de su amor por mí, es pista,
¿estar cerca, no es anhelo,
bien cerquita así sin velo?
Aunque duras sean las sillas
y sus cojines sean de astillas,
sentado no molestará;
e hincado, no perturbará
que en el piso  haya gravillas.

Contemplando maravillas,
no hay artrosis ni hay edad;
con Él en intimidad,
ya no duelen mis rodillas.

Amén.

Al mirarte, Cristo

(Isaías 53,5: El fue traspasado por nuestras rebeldías y triturado por nuestras iniquidades. El castigo que nos da la paz recayó sobre él y por sus heridas fuimos sanados)
Al mirarte, Cristo,
me revelas cosas
tan maravillosas;
de tu bien me invisto,
de paz me revisto:
¡vibras armoniosas!

Con tu ejemplo mudo,
hechos, no palabras,
mi corazón labras:
¡Dios, en cruz, desnudo!

Y tu hablar, que es breve,
alto en contenido:
"por ti he sufrido",
¡amor que conmueve!

A tus pies

(Lucas 10,38b-36: y una mujer que se llamaba Marta lo recibió en su casa. Tenía una hermana llamada María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra)
Señor, quiero oír tu saber;
que no me pretendan quitar
de aquí; nadie me alejará;
tu presencia disfrutaré.

Cercano yo quiero que estés
y no es sólo para hablar,
tu amor lo infundes ya
y quiero aprovecharlo bien.

Sin este momento a tus pies
sin sentido sería el afán;
la faena ya luego vendrá,
primero me llena tu ser.

Amén.

Que pueda ver tu gloria

(Marcos 9,2: Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevo a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos)
Señor, ¡contemplar, pueda yo, tu gloria!;
manifiéstate a mi como a aquellos tres
y ese anticipo que diste en la historia
a ellos, también a mí Tú me lo des
hoy, y que sea constante esa euforia.

Amén.

De tu presencia

(Habacuc 2,14: Porque la tierra se llenará del conocimiento de la gloria del Señor, como las aguas cubren el mar)
De tu presencia he disfrutado,
Señor; espiritual momento
en que tan cercano te siento;
ahora que ya te he contemplado,
del Espíritu que me has dado,
a la acción me impulse, su viento,
y que, usándome de instrumento,
sea hecho el trabajo asignado.

Amén.

Radiante orto

(Mateo 17,2: Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz)
A tu lado está el conforto,
Señor, la inefable paz
que la impronta de tu faz
me deja, al verla, absorto.
Quiero este radiante orto,
mi Tabor, de ti, la gnosis,
retenerlo para dosis
del divino amor ingente.
¡Transfigúrame la mente,
y venceré, del mal, la hipnosis!

Me he detenido

(Juan 15,5b: sin mí, no pueden hacer nada)
Señor me he detenido;
¡pesadez es horror!
Sin tu empuje motor,
este andar no prosigo.

Y a solas contigo,
este encuentro, Señor;
desigual esplendor:
de mi sombra y tu brillo.
No es nada equitativo
pues yo traigo dolor,
del pecado el hedor,
y además mis conflictos;
y Tú, tan receptivo,
no me niegas tu amor,
y me imprimes tu olor
llamándome amigo.

Las penumbras se han ido,
se las llevan tu albor;
y, vencido el sopor,
ya retomo el camino.

Amén.

A tus pies

(Lucas 10,38-39: Jesús entró en un pueblo, y una mujer que se llamaba Marta lo recibió en su casa. Tenía una hermana llamada María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra)
Señor, aquí estoy a tus pies;
que no me pretendan quitar,
pues yo no me habré de alejar;
cercano, yo quiero que estés.

Tu presencia aprovecharé;
es momento de contemplar,
aun sin palabras has de hablar
que mirándote escucharé.

Tareas importantes que hacer
eternamente las habrá;
esa faena luego vendrá,
primero me llena tu ser.

Amén.

Sin palabras

(Del poeta y ensayista español Vicente Gaos (1919-1980))
Un mundo de armonías me rodea.
Fuera, palabras, no turbéis mi paz.
Una vida hecha toda de sonidos,
un pensamiento universal que puede
prescindir de cualquier significado.
El universo no habla, nada dice,
el viento mueve diáfano la hoja.
Paraíso final sólo de música
musical. Canta el pájaro en lo hondo
del corazón. Palabras, fuera. Ahora
un mundo de silencios me rodea.
Música, solo música, callada
música. Siempre música, esto es Dios.

Cara a cara

(Del poeta español José María Zandueta Munárriz (1915-2005))
Hablar a Dios, cara a cara,
ver el rostro del Señor,
sumido en el resplandor
de su majestad preclara,
es una empresa tan rara,
que sólo en la intimidad,
su Divina Majestad,
parece hacerse presente
y sólo se hace patente
al que es santo de verdad.

Con ojos de niña

(De la poetisa argentina Marilina Rébora (1919-1999))
Señor, siempre te veo con los ojos de niña:
primero en el pesebre, aureolado de ovejas;
en lo alto, la estrella, que sus reflejos guiña
sobre el burro y el buey al mover las orejas.

Hombre, vas por montaña, y por valle y campiña,
curando enfermos graves que bordan las callejas,
la triste multitud que al oírte se apiña,
y encima de las aguas caminando te alejas.

Al final, te imagino, arriba, entre las nubes,
centro de los arcángeles con extendidas alas;
en macizo de flores —azucenas y calas—
se abren las estrellas, por donde al Cielo subes.
Aunque me ves en casa, jugando sobre el piso
y sonriendo desciendes hacia mí, de improviso.

Marta y María

(Del poeta y escritor español Gerardo Diego (1896-1987))
Marta tenía razón
y la tenía María.
María, la mejor parte,
y la menos buena—prisa,
humillación, tempestades
de alma que duda y trajina—;
la menos buena, sí, Marta,
pero su parte tenía.
La razón no es corazón,
aunque en habla de Castilla
se arrimen las dos palabras
a sonar casi la misma,
como el Pisuerga y el Duero
sumidos ya en Tordesillas.
El corazón no se parte
como la mente o la vida,
como la rueda de oficios
en el pozo o la cocina.
El corazón se da entero.
Entero lo da María.
Entero lo dará Marta,
pero en su afán distraída
tardará un poco en la entrega,
ella, la puntual, limpísima.
Activa en la tierra Marta,
María contemplativa
en unos ojos que el cielo
nos remueven cuando miran.
María quebrando el pomo
de alabastro en las rodillas
y redundando de aromas
gloriosos toda Betania
que a amor nuevo trascendía:
dos corazones enteros
y una razón compartida.
Y Lázaro entre dos muertes;
el varón, que ya sabía,
sonreía a sus hermanas,
de pie en el rincón..., enigma.

Hermosura

(Del escritor y filósofo español Miguel de Unamuno (1864-1936))
¡Aguas dormidas,
 verdura densa,
piedras de oro,
cielo de plata!
Del agua surge la verdura densa;
de la verdura,
como espigas gigantes, las torres
que en el cielo burilan
en plata su oro.
Son cuatro fajas:
la del río, sobre ella la alameda,
la ciudadana torre
y el cielo en que reposa.
Y todo descansando sobre el agua,
flúido cimiento,
agua de siglos,
espejo de hermosura.
La ciudad, en el cielo pintada
con luz inmoble;
inmoble se halla todo,
el agua inmoble,
inmóviles los álamos,
quietas las torres en el cielo quieto.
Y es todo el mundo;
detrás no hay nada.
Con la ciudad enfrente me hallo solo,
y Dios entero
respira entre ella y yo toda su gloria.
A la gloria de Dios se alzan las torres,
a su gloria los álamos,
a su gloria los cielos,
y las aguas descansan a su gloria.
El tiempo se recoge;
desarrolla lo eterno sus entrañas;
se lavan los cuidados y congojas
en las aguas inmobles,
en los inmobles álamos,
en las torres pintadas en el cielo,
mar de altos mundos.
El reposo reposa en la hermosura
del corazón de Dios, que así nos abre
tesoros de su gloria.
Nada deseo;
mi voluntad descansa.
mi voluntad reclina
de Dios en el regazo su cabeza.
y duerme y sueña...
Sueña en descanso
toda aquesta visión de alta hermosura.
¡Hermosura! ¡Hermosura!
Descanso de las almas doloridas,
enfermas de querer sin esperanza.
¡Santa hermosura.
solución al enigma!
Tú matarás la Esfinge.
tú reposas en ti sin más cimiento.
Gloria de Dios, te bastas.
¿Qué quieren esas torres?
Ese cielo, ¿qué quiere?
¿qué la verdura?
¿y qué las aguas?
Nada, no quieren;
su voluntad murióse;
descansan en el seno
de la Hermosura eterna;
son palabras de Dios limpias de todo
querer humano.
Son la oración de Dios, que se regala
cansándose a sí mismo,
y así mata las penas.
La noche cae; despierto,
me vuelve la congoja,
la espléndida visión se ha derretido,
vuelvo a ser hombre.
Y ahora dime, Señor, dime al oído:
tanta hermosura,
¿matará nuestra muerte?

Paz interior

(De la poetisa argentina Marilina Rébora (1919-1999))
Detrás de mis paredes, feliz a mi manera,
extraigo del azul la esencia de mi verso
y escribo entre las nubes -¡añorante quimera!-,
con las letras del alma, un vocablo disperso.

Ignorando el tropel que redobla en la acera,
extraña a la vorágine que rige el universo,
no turba mi interior el bullicio de afuera
y así conmigo misma escribiendo converso.

Pero en el corazón no puede haber engaño,
como dentro del alma no cabe la mentira
-que en solitaria paz nos vemos al desnudo,
sin vanidad ni orgullo, ajenos al cruel daño
de la simulación que hipócrita conspira-,
y entonces a los cielos, para inspirarme, acudo.