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Al oído del Cristo

(De la poetisa chilena Gabriela Mistral (1889-1957))
I
Cristo, el de las carnes en gajos abiertas;
Cristo, el de las venas vaciadas en ríos:
estas pobres gentes del siglo están muertas
de una laxitud, de un miedo, de un frío!

A la cabecera de sus lechos eres,
si te tienen, forma demasiado cruenta,
sin esas blanduras que aman las mujeres
y con esas marcas de vida violenta.

No te escupirían por creerte loco,
no fueran capaces de amarte tampoco
así, con sus ímpetus laxos y marchitos.

Porque como Lázaro ya hieden, ya hieden,
por no disgregarse, mejor no se mueven.
¡Ni el amor ni el odio les arrancan gritos!
II
Aman la elegancia de gesto y color.
y en la crispadura tuya del madero,
era tu sudar sangre, tu último temblor
y el resplandor cárdeno del Calvario entero

les parece que hay exageración.
y plebeyo gusta; el que Tú lloraras
y tuvieras sed y tribulación,
no cuaja en sus ojos dos lágrimas claras.

Tienen ojo opaco de infecunda yesca,
sin virtud de llanto, que limpia y refresca;
tienen una boca de suelto botón

mojada en lascivia, ni firme ni roja,
¡y como de fines de otoño, así, floja
e impura, la poma de su corazón!
III
¡Oh Cristo! un dolor les vuelva a hacer viva
l´alma que les diste y que se ha dormido,
que se la devuelva honda y sensitiva,
cara de amargura, pasión y alarido.

¡Garfios, hierros, zarpas, que sus carnes hiendan
tal como se hienden quemadas gavillas;
llamas que a su gajo caduco se prendan
llamas de suplicio: argollas, cuchillas!

¡Llanto, llanto de calientes raudales
renueve dos ojos de turbios cristales
y les vuelva el viejo fuego del mirar!

¡Retóñalos desde las entrañas, Cristo!
Si ya es imposible, si tú bien lo has visto,
si son paja de eras... ¡desciende a aventar!

El Dios triste

(De la poetisa chilena Gabriela Mistral (1889-1957))
Mirando la alameda, de otoño lacerada,
la alameda profunda de vejez amarilla,
como cuando camino por la hierba segada
busco el rostro de Dios y palpo su mejilla.

Y en esta tarde lenta como una hebra de llanto
por la alameda de oro y de rojez yo siento
un Dios de otoño, un Dios sin ardor y sin canto
¡y lo conozco triste, lleno de desaliento!

Y pienso que tal vez Aquel tremendo y fuerte
Señor, al que cantara de locura embriagada,
no existe, y que mi Padre que las mañanas vierte
tiene la mano laxa, la mejilla cansada.

Se oye en su corazón un rumor de alameda
de otoño: el desgajarse de la suma tristeza;
su mirada hacia mí como lágrima rueda
y esa mirada mustia me inclina la cabeza.

Y ensayo otra plegaria para este Dios doliente,
plegaria que del polvo del mundo no ha subido:
"Padre, nada te pido, pues te miro a la frente
y eres inmenso, ¡inmenso!, pero te hallas herido."

Nocturno

(De la poetisa chilena Gabriela Mistral (1889-1957))
«Padre nuestro que estás en los cielos,
¿por qué te has olvidado de mí?»
Te acordaste del fruto en Febrero,
al llagarse su pulpa rubí.
¡Llevo abierto también mi costado,
y no quieres mirar hacia mí!

Te acordaste del negro racimo,
y lo diste al lagar carmesí;
y aventaste las hojas del álamo,
con tu aliento, en el aire sutil.
¡Y en el ancho lagar de la muerte
aún no quieres mi pecho exprimir!

Caminando vi abrir las violetas;
el falerno del viento bebí,
y he bajado, amarillos, mis párpados,
por no ver más Enero ni Abril.

Y he apretado la boca, anegada
de la estrofa que no he de exprimir.
¡Has herido la nube de Otoño
y no quieres volverte hacia mí!

Me vendió el que besó mi mejilla;
me negó por la túnica ruin.
Yo en mis versos el rostro con sangre,
como Tú sobre el paño, le di,
y en mi noche del Huerto, me han sido
Juan cobarde y el Ángel hostil.

Ha venido el cansancio infinito
a clavarse en mis ojos, al fin:
el cansancio del día que muere
y el del alba que debe venir;
¡el cansancio del cielo de estaño
y el cansancio del cielo de añil!

Ahora suelto la mártir sandalia
y las trenzas pidiendo dormir.
Y, perdida en la noche, levanto
el clamor aprendido de Ti:
«Padre nuestro que estás en los cielos,
¿por qué te has olvidado de mí?»

Aprende a perder

(De "Motivos de San Francisco", poemas en prosa de la poetisa chilena Gabriela Mistral (1889-1957), inspirados directamente en las Florecillas de San Francisco y sus Hermanos)

Tú que alcanzaste la alegría durable, Francisco, enséñamela. Mi alma se parece al olivo, que entero está alegre y brillante y cuando un vientecillo le vuelca las hojas, se queda con color de ceniza.

-“Aprende a perder”, dice Francisco.

-Enséñame la fácil alegría que baja sólo con mirar el cielo abierto, la alegría que nada cuesta porque va pasando en el viento; alegría de ver amanecer, mirando cómo crece la rosa de la mañana en unos instantes de silencio sobre la colina, mirando cómo la crudeza del mediodía va suavizándose hasta tener las violetas tan tiernas de la tarde y cómo la noche se va espesando en una felpa profunda hasta ser densa, densa.

-“Eso no es todo. Aprende a perder”, dice Francisco.

-Enséñame, repito como embriagada, la ingenua alegría, la que viene de sentir el agua correr entre los dedos, con la mano sumida en el arroyo, la que revienta en una risa fresca porque se posa en nuestros pies una mariposa tan pintada que alucina.

-“No basta, aprende a perder”, dice Francisco.

-Enséñame -continúo todavía- aquella durable alegría que viene de que no nos canse la belleza, grande, y que no nos conmueva la pequeña. Yo quiero que el rostro que amo no me fatigue, que el libro que leo no se me haga costumbre. Y hazme hallar hermosura en los menudos objetos que me ordenan; la taza clara como un lirio donde bebo mi leche, esta maceta de hojitas tiernas que crece junto con mi día, esta lámpara tan viva que me alumbra.

-“No basta tampoco eso, aprende a perder”, dice Francisco. Y sigue diciéndome: aprende a perder tu lecho blando sin que te duela el costado sobre el tosco jergón. Aprende a perder la sombra humanizada de tu corredor y que no te duela salir a la noche desnuda. Aprende a perder los rostros que te rodean, amantes y por los cuales vendrá a llamar la muerte, para deshacer las líneas en que se hacía visible su ternura. Aprende a perder todas las suavidades de la vida y hasta la de Dios, cuyo servicio se te volverá de repente áspero como las limas. Aprende a perder tu propia sangre, y consiente con alegría. A que se haga pus en tus llagas; a perder tu Sano aliento y el latido junto de tu corazón, que se va a retardar o enloquecer y el color quemado de tus cabellos, cuando baje la ceniza innumerable de la muerte.

Y cuando ya sepas perder, habrás conseguido la durable alegría, y entonces no mudará el color de tu alma, como el follaje del olivo que voltea el viento.

-¡Ay pobrecillo! Todavía no sé perder; me parece que me roban en cada despojo y se levanta mi brazo lleno de ira para recuperar. ¡No sé perder! ¡No sé perder!

El lirio

(De "Motivos de San Francisco", poemas en prosa de la poetisa chilena Gabriela Mistral (1889-1957), inspirados directamente en las Florecillas de San Francisco y sus Hermanos)

Un lirio, dirías tú, mirándolo abrirse, es el semblante de Cristo, o, mejor, su mejilla puesta en el viento. Es tan perfecto como si estuviese hecho para la eternidad, y dura lo que una palabra en el viento. Me está enseñando, el hermano lirio que debo ser perfecto en mis pequeñas acciones, en esas menudillas acciones que yo suelo desdeñar.

Se halla siempre tembloroso. En el aire van pasando los suspiros de los afligidos y lo tocan sobre los pétalos. Y está tembloroso también porque es mirado del Señor y El siente la mirada. Nosotros no la sentimos y por eso estamos duros y erguidos.

El hermano lirio es blanco, no por soberbia, sino para muestra de la blancura. Sin él, y sin la nieve que suele bajar tardíamente, los ojos se olvidarán de ella.

Está callado, y así están todas las cosas; siguen escuchando desde el primer día de la creación. Nosotros, pobrecillos dejamos de oír el murmullo del que nos hizo, porque nos embriagamos escuchando nuestra propia algarabía. Y ésta ha endurecido nuestros oídos.

La divina lección es tan sencilla que nos hubiese venido sólo del lirio de las colinas, si no se hubiesen puesto otros a derramar su mentira numerosa; estar en silencio, sentir el dolor que pasa en el viento y tejerse la blancura lentamente del corazón hacia los pétalos.

Y el hermoso lirio sirve, aunque no lo creas, tiene suspendido el rocío que así no cae en la tierra. Como una mano lo tiene suspenso. Y hay muchas criaturas que sólo existen para tener una cosa suspendida. De este modo, Francisco, sostiene las livianas palabras del Señor sobre la lengua.

La delicadeza

(De "Motivos de San Francisco", poemas en prosa de la poetisa chilena Gabriela Mistral (1889-1957), inspirados directamente en las Florecillas de San Francisco y sus Hermanos)

Una abeja se ha entrado en un lirio. Se sacudieron un poco los pétalos y ella penetró en la corola. Hace un pequeño rumor, y el lirio se mece, la flor estaba llena de miel, y con el peso del polen abundante en el pistilo la abeja sale con las alas manchadas y las patitas goteantes. El lirio se queda después íntegro y sereno.

Yo quiero, Francisco, pasar así por las cosas, sin doblarles un pétalo. Que quede sólo un rumor dentro de ellas y la suavísima remembranza de que me tuvieron.

Nombrar las cosas

(De "Motivos de San Francisco", poemas en prosa de la poetisa chilena Gabriela Mistral (1889-1957), inspirados directamente en las Florecillas de San Francisco y sus Hermanos)

Tú, Francisco, tenías don de selección y don de elogio. Tú amaste aquellas cosas que son las mejores; caminando por la tierra todo lo conociste, pero elegías las criaturas más bellas. Y además del don del largo amor, que es el más rico de cuanto podemos recibir, te fue dada la gracia de saber nombrarlas donosamente.

Amaste el agua como Teresa, tu muy sutil hermana, el sol y el fuego, y el pardo surco de la tierra. Tres bellezas diferentes que sólo son hermanas por ser cada una perfecta.

El agua es mística como el cristal; se hace olvidar en la fuente clara, y las guijas y las vegetaciones del fondo miran el cielo, las nubes y la mujer que pasa, a través de la Iiumíldisima que se vuelve inexistente. El agua es una especie de San Francisco del mundo; es su alegría y su levedad. Hace la loquilla una garganta de piedra que se rompe y se pone a cantar en ella, es ágil, tiene esa virtud que es
elegancia en la pesada materia. Y en su delgadez va más viva que los animales toscos. Donde cobra reposo se hace mirada, una profunda mirada.

Al sol lo gozaste bien por tu angostito cuerpo. Te traspasaba como a las hojas delgadas. Lo hallabas muy tierno después de la larga humedad de la gruta; era un poco excesivo, pero con el exceso del vino generoso; en tus jornadas largas por los pueblos de la Umbría; te parecía salutíx fero, secando las llagas descubiertas de los leprosos y muy niño cuando hace en el agua lentejitas de oro.

Te gustaba sentir el fuego encendido lo mismo que el de tu pecho. Las pequeñas llamas triscadoras te parecían niños saltando en una ronda de frenesí.

Y como a pocos amantes te fue dado el saber nombrar, de precioso nombre, a las criaturas. Tu adjetivo es maravilloso, Francisco; llamas robusto al fuego, humilde y casta al agua.

Las criaturas te amaban por tu santidad, Francisco, si no por que gustan del que las nombra justamente, sin abundancia de mimos, pero sin mezquindad.

Hábil tú para muchas cosas; para acomodar a un llagado en un banquito, sin que sintiese su pobreza y para decirle a las cosas lo que son, dándoles alegría con la palabra bien ajustada.

Otros santos no eran así, Francisco; descuidaban o desdeñaban su lenguaje con sus hermanos inferiores, cuidando sólo el del Señor. También era esto parte de tu elegancia, de tu gallo espíritu. Ni conversando con los surcos del campo te pudieron ver burdo, mi Pobrecillo.

Has de enseñarme esto también, Fralncisco, que es otra forma profunda de dulzura.

La caridad

(De "Motivos de San Francisco", poemas en prosa de la poetisa chilena Gabriela Mistral (1889-1957), inspirados directamente en las Florecillas de San Francisco y sus Hermanos)

Nosotros llamamos caridad a poner en la mano extendida una moneda grande, o a pagar una cama de hospital, Francisco, Tú no. Cuando dabas, eras tú mismo lo que dabas.

Conociste la lepra y te quedaste sentadito horas y horas lavando la podre. Parecía que eras tú mismo el agua y el aceite; y también la venda.

Te dabas tú en las frutas jugosas que ponías en la boca del calenturiento. A los frailes no sólo le ofrecías el convento; te dabas tú en paciencia larga. Solían ser muy charladores y necesitaban una gran paciencia. Y cuando echabas de comer al lobo de Gubbio, también te dabas tú con las caricias que le hacías en el cuello mientras comía.

Y cuando hacías canciones también te dabas tú todito, con tu corazón ardiendo.

Y por eso, Francisco, te gastaste como las lunas en su cuarto menguante. Eras ya como una broma de la carne, que hablaba y que ya apenas tenía garganta. Tus manos se adelgazaron hasta ser transparentes como la hoja de otoño. Tu carne era un espejismo de la vieja carne que tuviste; tu milagro tenía más realidad que tu pobre cuerpo. Te habías desteñido en el bajo relieve de la tierra, y apenas se te veía. Lo mismo que la luna en el cuarto menguante.

Tú descubriste una verdad escondida; que no tenemos derecho a dar sino a nosotros mismos. Las demás cosas son de la tierra.

Cuando regalamos cosecha de frutos, es el surco generoso el que da; y cuando regalamos vestidos, es el hilandero fatigado el que regala. Pero cuando nos damos a nosotros mismos, entonces sí, damos de verdad.

Nosotros, Francisco, entregamos lo que nos sobra. Estamos tan llenos, que nos cansamos un poco con la brazada de ricas mazorcas de la vida. Se nos rompen los sacos de oro del trigo, y entonces cedemos, por no doblarnos a recoger lo caído. Tú te diste, te diste, te diste.

El himno cotidiano

(De la poetisa chilena Gabriela Mistral (1889-1957))
En este nuevo día
que me concedes, ¡oh Señor!,
dame mi parte de alegría
y haz que consiga ser mejor.

 Dame Tú el don de la salud,
la fe, el ardor, la intrepidez,
séquito de la juventud;
y la cosecha de verdad,
la reflexión, la sensatez,
séquito de la ancianidad.

 Dichoso yo si, al fin del día,
un odio menos llevo en mí;
si una luz más mis pasos guía
y si un error más yo extinguí.

 Y si por la rudeza mía
nadie sus lágrimas vertió,
y si alguien tuvo la alegría
que mi ternura le ofreció.

 Que cada tumbo en el sendero
me vaya haciendo conocer
cada pedrusco traicionero
que mi ojo ruin no supo ver.

 Y más potente me incorpore,
sin protestar, sin blasfemar.
Y mi ilusión la senda dore,
y mi ilusión me la haga amar.

 Que dé la suma de bondad,
de actividades y de amor
que a cada ser se manda dar:
suma de esencias a la flor
y de albas nubes a la mar.

 Y que, por fin, mi siglo engreído
en su grandeza material,
no me deslumbre hasta el olvido
de que soy barro y soy mortal.

 Ame a los seres este día;
a todo trance halle la luz.
Ame mi gozo y mi agonía:
¡ame la prueba de mi cruz!

La alondra

(De "Motivos de San Francisco", poemas en prosa de la poetisa chilena Gabriela Mistral (1889-1957), inspirados directamente en las Florecillas de San Francisco y sus Hermanos)

Tú dijiste que amabas a la alondra por sobre todos los pájaros, por su vuelo recto hacia el sol. Así querías que fuese nuestro vuelo.

Los albatros se van sobre el mar, ebrios de las sales y de los yodos. Son como olas desprendidas que juegan en el aire sin soltarse demasiado de las otras olas. La ráfaga marina los alza y para no perder el impulso, ellos no van más alto que los vientos de mar.

Las cigüeñas hacen largos viajes; han echado la sombra de su vuelo sobre el semblante de la tierra. Mas como el albatros, van horizontalmente, descansando en las colinas.

Sólo la sombra salta del surco como un dardo vivo y sube como bebida por el cielo arriba, canta en el temblor de la claridad matutina.

Entonces, el cielo siente que la tierra asciende. No le responden las selvas pesadas que quedan abajo. Ni el rodar melodioso del río. Pero una saeta con alas subió en su ímpetu y está suspendida entre el sol y el mundo; no se sabe si el pájaro ha bajado del sol o ha subido de la tierra. Está entre los dos cantando y parece una llama. Cuando ha cantado mucho, cae como rota sobre los trigos.

Tú, Francisco, querías que tuviéramos el vuelo vertical, sin el zigzag hacia las cosas donde nos posamos cortándolo.

Tú querías que el aire de la mañana estuviese todo saetado por muchas alondras libres. Imaginabas, Francisco, una red de alondras doradas que flotasen entre la tierra y el cielo entre cada alabanza matinal.

Somos pesados, Francisco. Amamos nuestro surco tibio. Nuestra costumbre. Nos empinamos en la alabanza como se empinan las hierbas, la más alta llega sólo hasta los pinos altos.

Sólo al morir tenemos aquel vuelo; ya el cuerpo no se apega nunca más a nosotros como tierra pesada de surco.

La rosa helada

(De "Motivos de San Francisco", poemas en prosa de la poetisa chilena Gabriela Mistral (1889-1957), inspirados directamente en las Florecillas de San Francisco y sus Hermanos)

Francisco se paraba delante de una planta y después de acariciarle las flores, iba tocando en el tronco y las ramillas un nudo negro, una cicatriz leprosa.

Y cuando encontraba una rama rota, se cortaba un pedacito del sayal para cubrirle la herida y no se desangrara.

Un día halló en el rosal preferido una rosa que no podía abrirse, Le había caído escarcha y estaba con dos pétalos en alto como dos alitas abiertas; las demás se habían endurecido.

-Pobrecilla -le dijo San Francisco-. El hermano sol no te calienta lo bastante; pero tú no puedes perder la alegría de abrirte, que es toda la dicha de una rosa.

De mucho beber al hermano sol con el pecho, llevo éste muy tibio, hermana rosa. Acuéstate aquí y veamos si se afloja el botoncillo duro.

Francisco tiene toda una siesta la rosa sobre sí. Ella va soltando los pétalos uno a uno. Teniendo doblada la cabeza sobre la flor, le escucha el pequeño ruido con que se hincha en el centro de cada pétalo y salta. Le ve ir mudando el blanco verdoso por el blanco-blanco. Así aprende Francisco que cuando el último pétalo va a soltarse, se oye el canto de la flor, la palabra de la plenitud. Es tan suave esa palabra que hay que oírla parando los pulsos. Es la alabanza de la rosa. Un momento después el pétalo más maduro de abajo cae hacia un lado, y ha pasado el instante inefable.

La rosa redondeó su círculo y Francisco dio un suspiro gozoso.

La corola lo miraba con el ojo dorado de sus estambres amasados, y ese día, él compuso un canto sobre la alegría de abrirse, de una rosa.

La voz

(De "Motivos de San Francisco", poemas en prosa de la poetisa chilena Gabriela Mistral (1889-1957), inspirados directamente en las Florecillas de San Francisco y sus Hermanos)

¡Cómo hablaría San Francisco! ¡Quién oyera sus palabras, goteando como un fruto su dulzura! ¡Quién las oyera cuando el aire está lleno de resonancias secas como un cardo muerto!

Esa voz de San Francisco hacía volverse el paisaje sobre él, como un semblante; apresuraba de amor la savia en los árboles y hacía aflojarse de dulzura su abullonado a la rosa.

Era un acento quedo, como el que tiene el agua cuando corre bajo la arenita menuda. Y cantaba sus canciones con ese acento amortiguado por la humildad. (Cantar es tener un estremecimiento más que una palabra en la voz).

El hablar de San Francisco se deslizaba invisible por los oídos de los hombres. Y se hacía en sus entrañas un puñado de flores suavísimas. Y ellos no entendían aquella suavidad extraña que les hacía. Ignoran que las palabras son guirnaldas invisibles que se descuelgan hacia las entrañas.

Hasta era mayor que el de las manos este milagro de la voz. Francisco no tocaba a veces el pecho de los leprosos: les hablaba con sus manos cogidas, y el aliento era el verdadero aceite que resbalaba aliviando la llaga.

Y se hizo Francisco boca de canciones, para ser boca de sumo amor. No quiso buscar al Señor con gemidos en la sombra como Pascal. Lo buscó en el sentido de sus canciones gozosas semejantes al latido vivo de polvo dorado que hay en un rayo de sol.

¿Cuál es la mayor dulzura que has alcanzado allá abajo?, solían preguntar los ángeles al Señor. Y el Señor les respondía: No son los panales que se vencen; son los labios que están siempre bien henchidos de mi siervo Francisco, cantador.

Dos ángeles

(De la poetisa chilena Gabriela Mistral (1889-1957))
No tengo sólo un Ángel
con ala estremecida:
me mecen como al mar
mecen las dos orillas
el Ángel que da el gozo
y el que da la agonía,
el de alas tremolantes
y el de las alas finas.

Yo sé, cuando amanece,
cuál va a regirme el día,
si el de color de llama
o el color de ceniza,
y me les doy como alga
a la ola, contrita.

Sólo una vez volaron
con las alas unidas:
el día del amor,
el de la Epifanía.

¡Se juntaron en una
sus alas enemigas
y anudaron el nudo
de la muerte y la vida!

El establo

(De la poetisa chilena Gabriela Mistral (1889-1957))
Al llegar la medianoche
y al romper en llanto el Niño,
las cien bestias despertaron
y el establo se hizo vivo.

Y se fueron acercando,
y alargaron hasta el Niño
los cien cuellos anhelantes
como un bosque sacudido.

Bajó un buey su aliento al rostro
y se lo exhaló sin ruido,
y sus ojos fueron tiernos
como llenos de rocío.

Una oveja lo frotaba,
contra su vellón suavísimo,
y las manos le lamían,
en cuclillas, dos cabritos...

Las paredes del establo
se cubrieron sin sentirlo
de faisanes, y de ocas,
y de gallos, y de mirlos.

Los faisanes descendieron
y pasaban sobre el Niño
la gran cola de colores;
y las ocas de anchos picos,

arreglábanle las pajas;
y el enjambre de los mirlos
era un velo palpitante
sobre del recién nacido...

Y la Virgen, entre cuernos
y resuellos blanquecinos,
trastocada iba y venía
sin poder coger al Niño.

Y José llegaba riendo
a acudir a la sin tino.
Y era como bosque al viento
el establo conmovido...

Creo en mi corazón

(De la poetisa chilena Gabriela Mistral (1889-1957))
Creo en mi corazón, ramo de aromas
que mi Señor como una fronda agita,
perfumando de amor toda la vida
y haciéndola bendita.

Creo en mi corazón, el que no pide
nada porque es capaz del sumo ensueño
y abraza en el ensueño lo creado:
¡inmenso dueño!

Creo en mi corazón, que cuando canta
hunde en el Dios profundo el franco herido,
para subir de la piscina viva
recién nacido

Creo en mi corazón, el que tremola
porque lo hizo el que turbó los mares,
y en el que da la Vida orquestaciones
como de pleamares.

Creo en mi corazón, el que yo exprimo
para teñir el lienzo de la vida
de rojez o palor y que le ha hecho
veste encendida.

Creo en mi corazón, el que en la siembra
por el surco sin fin fue acrecentando.
Creo en mi corazón, siempre vertido,
pero nunca vaciado.

Creo en mi corazón, en que el gusano
no ha de morder, pues mellará a la muerte;
creo en mi corazón, el reclinado
en el pecho de Dios terrible y fuerte.

El ángel guardián

(De la poetisa chilena Gabriela Mistral (1889-1957))
Es verdad, no es un cuento; 
hay un Ángel Guardián 
que te toma y te lleva como el viento 
y con los niños va por donde van. 

Tiene cabellos suaves 
que van en la venteada, 
ojos dulces y graves 
que te sosiegan con una mirada 
y matan miedos dando claridad. 
(No es un cuento, es verdad.) 

Él tiene cuerpo, manos y pies de alas 
y las seis alas vuelan o resbalan, 
las seis te llevan de su aire batido 
y lo mismo te llevan de dormido. 

Hace más dulce la pulpa madura 
que entre tus labios golosos estrujas; 
rompe a la nuez su taimada envoltura 
y es quien te libra de gnomos y brujas. 

Es quien te ayuda a que cortes las rosas, 
que están sentadas en trampas de espinas, 
el que te pasa las aguas mañosas 
y el que te sube las cuestas más pinas. 

Y aunque camine contigo apareado, 
como la guinda y la guinda bermeja, 
cuando su seña te pone el pecado 
recoge tu alma y el cuerpo te deja. 

Es verdad, no es un cuento: 
hay un Ángel Guardián 
que te toma y te lleva como el viento 
y con los niños va por donde van.

El dolor es la llave de tu santa puerta

(De la poetisa chilena Gabriela Mistral (1889-1957))
En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?

Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mí todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.

Y sólo pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta.

Amén.

Padre: has de oir

(De la poetisa chilena Gabriela Mistral (1889-1957))
Padre: has de oír
este decir
que se me abre en los labios como flor.
Te llamaré
Padre, porque
la palabra me sabe a más amor.

Tuyo me sé,
pues me miré
en mi carne prendido tu fulgor.
Me has de ayudar
a caminar
sin deshojar mi rosa de esplendor.

Por cuanto soy
gracias te doy:
por el puro milagro de vivir.
Y por el ver
la tarde arder,
por el encantamiento de existir.

Y para ir,
Padre, hacia ti,
dame tu mano suave y tu amistad.
Pues te diré:
sola no sé
ir rectamente hacia tu claridad.

Tras el vivir,
dame el dormir
con los que aquí anudaste a mi querer.
Dame, Señor,
hondo soñar.
¡Hogar dentro de ti nos has de hacer!

Anhelo de servir

(De la poetisa chilena Gabriela Mistral (1889-1957))
Sirve la nube, sirve el viento, sirve el surco.
Donde hay un árbol que plantar, plántalo tú;
donde hay un error que enmendar, enmiéndalo tú;
donde haya un esfuerzo que todos esquiven, acéptalo tú;
sé el que apartó del camino la piedra,
el odio de los corazones
y las dificultades del problema.

Hay la alegría de ser sano y la de ser justo,
pero hay sobre todo, la inmensa,
la hermosa alegría de servir.

Qué triste sería el mundo
si todo él estuviera hecho;
si no hubiera un rosal que plantar,
una empresa que emprender.

No caigas en el error
de que sólo se hacen méritos
con los grandes trabajos;
hay pequeños servicios:
arreglar una mesa,
ordenar unos libros,
peinar una niña.

Aquél el que critica,
éste el que destruye;
sé tú el que sirve.

El servir no es una faena de seres inferiores.
Dios que es el fruto y la luz, sirve.
Pudiera llamarse.. ¡el que sirve!

Y tiene sus ojos en nuestras manos
y nos pregunta cada día:
¿Serviste hoy? ¿A quién?
¿Al árbol? ¿A tu hermana? ¿A tu madre?