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Presencia de Dios

(Del poeta español José María Pemán (1897-1981))
He entrado en unidad con la pradera:
camino del magnífico, entregado,
desplome de mi ser en lo divino.

He entrado en unidad con ese bosque
que es todo ruiseñor y es todo pena,
como el bosque que llevo en mis entrañas.

He entrado en unidad con el estío:
y sus turbias raíces del pecado
le han servido de tronco a mi azucena.

Me duelen mis fronteras sensuales,
mis vallados humanos, por vecinos
del incendio de Dios y los amores.

Me duelen como deben de dolerles
a los granos de arena las espumas,
como al fondo del mar, la gran turquesa.

Se llega a Dios por todos mis sentidos.
Se llega a Dios por todas mis heridas.
Se llega a Dios mirándome a los ojos.

Por las acequias rojas de mis venas
va la sangre moviendo el gran molino
de una oración enorme y sin palabras.

Se me ha quedado anoche, junto al alma,
abierto el portoncillo de la pena:
...y Dios estaba, con el sol primero,
sentado, allí, en las flores.

De rodillas, Señor, ante el sagrario

(Himno del Congreso Eucarístico internacional de Barcelona 1952, compuesto por José María Pemán)
De rodillas, Señor, ante el sagrario,
que guarda cuanto queda de amor y de unidad,
venimos con las flores de un deseo,
para que nos las cambies en frutos de verdad.

Cristo en todas las almas y en el mundo la paz.
Cristo en todas las almas y en el mundo la paz.

Como ciervos sedientos que van hacia la fuente,
vamos hacia tu encuentro sabiendo que vendrás;
porque el que la busca es porque ya en la frente
lleva un beso de paz, lleva un beso de paz.

Cristo en todas las almas y en el mundo la paz.
Cristo en todas las almas y en el mundo la paz.

Como estás, mi Señor, en la custodia
igual que la palmera que alegra el arenal,
queremos que en el centro de la vida,
reine sobre las cosas tu ardiente caridad.

Cristo en todas las almas y en el mundo la paz.
Cristo en todas las almas y en el mundo la paz.
Amén.

Señor yo sé de la belleza

(Del poeta español José María Pemán (1897-1981))
Señor: yo sé de la belleza
tuya, porque es igual
al hueco que en mi espíritu
tiene escarbada la inquietud sin paz.
Te conozco, Señor, por lo que siento
que me sobra en deseo y en afán:
¡porque el vacío de mi descontento
tiene el tamaño de tu inmensidad!

Las golondrinas del Señor

(Del poeta español José María Pemán (1897-1981))
Se dice en un viejo cuento
que, al rendir el Salvador
su dulce frente al dolor
de su amargo sufrimiento,
como se rinde una flor
que troncha al pasar el viento;
cantando a la cruz llegaron
unas cuantas golondrinas,
y dulcemente arrancaron
las zarzas y las espinas
que los sayones clavaron
sobre las sienes divinas...

Y al ver hoy estas edades
llenas de vanas torpezas,
y de míseras ruindades
y mentirosas grandezas,
pregunto yo, con dolor,
si el mundo falso y traidor,
al irse las golondrinas,
no ha vuelto a llenar de espinas
la frente del Salvador...

De espinas, sí, de rencores;
de ingratos apartamientos,
de hipócritas fingimientos;
de mentirosos amores;
espinas, más engañosas
porque se ocultan en rosas
de mil fingidas virtudes;
espinas de ingratitudes
que son las más dolorosas...

¡Que no hay puñal que taladre
con tanta fuerza y dolor
como la espina que a un padre
le clava un hijo traidor...!
Así el mundo pecador
hiere las sienes divinas
del Divino Redentor...

¿Y no habrá ya golondrinas
para arrancar las espinas
de la frente del Señor?
Sí: en esta Casa han oído
unas almas tus querellas;
esta Casa que ha seguido,
como una esclava, tus huellas,
quiere, Señor, ser un nido
de golondrinas de aquellas...

Mientras el mundo, burlando
vaya en tu frente clavando
sus zarzas y sus espinas
¡nosotras, tus golondrinas,
te las iremos quitando!
Tendrás por cada escondido
puñal que tu pecho clava,
un pecho de pena herido;
un amor por cada olvido;
por cada ingrato una esclava;
por cada abandono un nido;
un bien por cada dolor;
por cada infiel pecador
un alma buena y cristiana;
y una lágrima de amor
por cada risa mundana.

Y así, cada golondrina,
tus heridas al curar,
sabrá, Señor, despertar
en tu alma grande y divina,
tanto amor... ¡que aun va a sobrar
amor para perdonar
al que te clave la espina!

El nacimiento de Jesús

(De "Lo que María guardaba en su corazón" por José María Pemán)

Y allí se cumplieron sus días, y María dio a luz un niño. Ya estaba allí el hijo que le había anunciado un ángel, que había concebido sin obra de varón. El problema desconcertante que María guardaba en su corazón, se le planteaba ahora con una crudeza plástica y radical. Allí estaba el Niño. Probablemente lo acababa de dar a luz con un sosiego indoloro que prolongaba la excepción de su concepción virginal.

La cristiandad, hecha a las luminosas congruencias de la mariología –ciencia teológica en la que resulta dogma todo lo que es requiebro–, no podría recargar el parto virginal con ninguna de las pinceladas sangrientas y realistas del parto normal. En todo caso, se tiene la notación de san Lucas: sin transición de tiempo se cuenta que María tuvo un niño y que lo fajó y envolvió en pañales. No parece que hubiera ningún intermedio de cansancio o desmayo. María salió del parto Virgen en los altos niveles del milagro: y en los pequeños niveles de la maravilla salió ágil y dispuesta para la engorrosa tarea de envolver en pañales al Niño. Los evangelios apócrifos la describen incluso bañando al Niño en un lebrillo, y nuestro cándido poeta Valdivieso la supone tan tiesa y jirocha, que es ella la que le dice a José «que duerma un rato, que abrumado viene». Es ella la que, después del trance, manda dormir al marido.

Pero, sin añadir imaginaciones al caso, parece bien claro que el momento se rodeó de suficientes facilidades incruentas como para acentuar la comprobación de lo extraordinario de todo aquel suceso. Y, sin embargo, las otras notas negativas, las que contradecían y corregían la maravilla mesiánica del momento, se acumulaban también. María ha reclinado al Niño en el pesebre. Algún evangelio apócrifo –el pseudo Mateo, por ejemplo– supone que este recurso del pesebre no lo buscó María sino a los dos o tres días del parto. Parecerá más normal que el Niño no naciera en el pesebre: pero sí que rápidamente, después de fajado, fuera llevado allí como el más abrigado sitio de la gruta. Lo cierto es que el pesebre figura en el evangelio. Y él solo, sin más suciedad ni establo, era bastante para echar abajo todas las confirmaciones maravillosas –ángel, virginidad, parto incruento– que María acumulaba en su corazón. ¿El Mesías, libertador de Israel, en un pesebre?

Porque nosotros, a posteriori, podemos dar sentido trascendente, y explicaciones simbólicas, a todas estas humanidades. Nosotros estamos en posesión de toda la paradoja del Evangelio. Si hubo mula y buey como supone una larga tradición iconográfica, nosotros podemos ver en ellos los símbolos del bestiario sagrado de los idólatras –las vacas del Ganges, el buey Apis– humillados a los pies de aquel rey inerme... Pero todo esto está bien para la literatura posterior. De momento, María no podía sino preguntarse con pavorosa angustia: «¿Es esto lo que anunciaba Ángel? ¿Es éste el Mesías, mi Señor?» Y ni siquiera creo que le fueran precisas a María estas notaciones negativas, desilusionantes, para llenarle de perplejidad. Le bastaría la brumadora realidad presente de lo que había salido de sus entrañas: un niño. Todo lo guapo y limpio que quieran los poetas: pero un niño, un rebujo de carnes enrojecidas, sin validez, ni poder, ni autonomía. Y un niño suyo: con la certificación tremenda y fisiológica de ese desprenderse de su carne que, con toda la maravilla que se quiera, da siempre a la madre una sensación de dominio, de posesión, sobre aquella vida que está en la cuna. No hay madre –ni de rey, ni de genio, ni de héroe– que crea del todo en la sublimidad de su hijo. ¡Le vieron tan inerme, tan insuficiente! ¡La necesitaron tanto a ella! Ser hijo, hijo de ella, será siempre para una madre calificación más definitiva que ser Papa o ser Emperador. En las biografías de los grandes hombres, las madres tienen generalmente que quitarse un poco de en medio: tienen que apartarse a un rincón discreto y borroso, porque, si no, perturban con sus salidas de tono, llanas y confianzadas, el himno triunfal.

La iconografía tradicional, siempre más teológica que realista, ha perpetuado la viñeta de José y María, reverentes, en actitud oracional, sobre el Niño: «De rodillas –escribe Lope de Vega, en Los pastores de Belén– comenzaron a contemplarle, hablarle y darle mil amorosos parabienes de su venida al mundo». Pero todo esto es lo normal en esa maravilla que es cualquier natividad. Todo niño es siempre un poco niño-dios para su madre. Todas las madres le rezan siempre, un poco, a su niño. Hay una letanía –Rey mío, Lucero, Sol– que es instintiva antes de ser litúrgica. Todo esto se parece a un acto de adoración. Pero no. La oración se hace hacia arriba, levantando la cara hacia el altar, hacia la imagen, hacia Dios. Aquello era un mirar al Niño en la cuna, de arriba a abajo. No se adora de este modo. Aquello era más bien, en lo más recóndito, un acto de posesión.

Yo te siento en la rosa...

(Del poeta español José María Pemán (1897-1981))
Yo te siento en la rosa.
Tanto más grande siento yo mi alma,
cuanto son más pequeñas
las cosas que la mueven.

¡Ay esas almas lentas
como animales hartos,
que van a Ti pisando mansamente
sobre el fango sonoro y necesitan
para reconocerte
la voz de la tormenta o la engolada
frase inmensa y solemne!

Señor:
Yo te siento en la rosa
y en la nieve
y en la rama sin flores
y en el plátano verde
que sombras, en el centro
de la plaza, la fuente.

Romance del divino gozo

(Del poeta español José María Pemán (1897-1981))
El gozo del mundo se entra
dentro de mi corazón.
¡Estrecho gozo el que cabe
en tan estrecha mansión!.

El gozo que entra en nosotros:
gozo es de mal gozador.

Quiero un gozo que me envuelva
porque él me sea mayor.

¿Qué gozo será el que traiga
tanta anchura y tanto sol?.

Dios le dijo al siervo fiel:
"Entra en el gozo de Dios"...

¡No gozos que entren en mí:
quiero un gozo en que entre yo!

Oración a la Luz

(Del poeta español José María Pemán (1897-1981))
Señor: yo sé que en la mañana pura
de este mundo, tu diestra generosa
hizo la luz antes que toda cosa
porque todo tuviera su figura.

Yo sé que te refleja la segura
línea inmortal del lirio y de la rosa
mejor que la embriagada y temerosa
música de los vientos en la altura.

Por eso te celebro yo en el frío
pensar exacto a la verdad sujeto
y en la ribera sin temblor del río:

por eso yo te adoro, mudo y quieto:
y por eso, Señor, el dolor mío
por llegar a Ti se hizo soneto.

Oración

(Del poeta español José María Pemán (1897-1981))
Yo sé que estás conmigo, porque todas
las cosas se me han vuelto claridad:
porque tengo la sed y el agua juntas
en el jardín de mi sereno afán.

Yo sé que estás conmigo, porque he visto
En las cosas tu sombra, que es la paz;
Y se me han aclarado las razones
de los hechos humildes, y el andar
por el camino blanco, se me ha hecho
un ejercicio de felicidad.

No he sido arrebatado sobre nubes
ni he sentido tu voz, ni me he salido
del prado verde donde suelo andar...
¡otra vez, como ayer, te he conocido
por la manera de partir el pan.

Resignación

(Del poeta español José María Pemán (1897-1981))
¡Bendito seas, Señor,
por tu infinita bondad;
porque pones con amor
sobre espinas de dolor
rosas de conformidad!.

¡Qué triste es mi caminar!...
Llevo en el pecho escondido
un gemido de pesar,
y en mis labios un cantar
para esconder mi gemido.

Tú sólo, Dios y Señor,
Tú, que por amor me hieres;
Tú, que con inmenso amor,
pruebas con mayor dolor
a las almas que más quieres,

Tú sólo lo has de saber;
que sólo quiero contar
mi secreto padecer
a quien lo ha de comprender
y lo puede consolar.

¡Bendito seas, Señor,
por tu infinita bondad,
porque pones con amor,
sobre espinas de dolor,
rosas de conformidad!...

Será el dolor que viniere
en buena hora recibido.
Venga, pues que Dios lo quiere...
¿Qué me importa verme herido
si es mi Dios el que me hiere?...

Yo no me quejo, Señor;
yo sé que es goce el dolor
si se sufre por amar,
y el padecer es gozar
si se padece de amor.

Yo quiero sufrir, Señor;
quiero por amor gozar
la dulzura del dolor;
quiero hacer mi vida altar
de un sacrificio de amor.

Vivir sin penas de amores
es triste vivir sombrío,
como el del agua de un río
que, sin árboles ni flores,
va por un campo baldío.

Vida, la falsa alegría
yo no te envidio, que el día
que fuere mi vida así
temblando de horror diría:
¡Dios se ha olvidado de mí!.

No huyáis penas y dolores
con flaqueza de cobarde,
ni busquéis falsos amores,
que mueren, como las flores,
en el morir de la tarde.

Saber sufrir y tener
el alma recia y curtida
es lo que importa saber;
la ciencia de padecer,
es la ciencia de la vida.

Por eso, Dios y Señor,
porque por amor me hieres,
porque con inmenso amor
pruebas con mayor dolor
a las almas que más quieres;

porque sufrir es curar
las llagas del corazón;
porque sé que me has de dar
consuelo y resignación
a medida del pesar;

por tu bondad y tu amor,
porque lo mandas y quieres,
porque es tuyo mi dolor...,
¡bendita sea, Señor,
la mano con que me hieres!.

Elogio de la vida sencilla

(Del poeta español José María Pemán (1897-1981))
Vida inquieta, frenesí
de la ambición desmedida...
¡Qué mal comprende la vida
el que la comprende así!

la vida es soplo de hielo
que va marchitando flores;
no la riegues con sudores
ni la labres con desvelo;

la vida no lo merece:
que esa ambición desmedida
es planta que no florece
en los huertos de la vida.

Necio es quien lucha y se afana
de su porvenir en pos:
gana hoy pan y deja a Dios
el cuidado de mañana.

Vida serena y sencilla,
yo quiero abrazarme a ti,
que eres la sola semilla
que nos da flores aquí.

Conciencia tranquila y sana
es el tesoro que quiero;
nada pido y nada espero
para el día de mañana.

Y así, si me da ese día
algo, aunque poco quizás,
siempre me parece más
de lo que yo le pedía.

Ni voy de la gloria en pos,
ni torpe ambición me afana,
y al nacer cada mañana
tan sólo le pido a Dios

casa limpia en que albergar,
pan tierno para comer,
un libro para leer
y un Cristo para rezar;

que el que se esfuerza y se agita
nada encuentra que le llene,
y el que menos necesita
tiene más que el que más tiene.

Quiero gozar cuanto pueda,
y, con acierto y medida,
gastar moneda a moneda
el tesoro de mi vida;

mas no quiero ser jamás
como el que amontona el oro
y no goza del tesoro
por acrecentarlo más.

Quiero gozar sin pasión,
esperar sin ansiedad,
sufrir con resignación,
morir con tranquilidad;

que, al llegar mi postrer día,
quiero pensar y decir:
"Viví como viviría
si ahora volviera a vivir.

Viví como un peregrino,
que, olvidando los dolores,
pasó cogiendo las flores
de los lados del camino;

cantando he dejado atrás
la vida que recorrí;
pedí poco y tuve más
de lo poco que pedí;

que si nadie me envidió
en el mundo necio y loco,
en ese mundo tampoco
he envidiado a nadie yo".

Tras los honores no voy;
la vida es una tirana,
que llena de honores hoy
al que deshonra mañana.

No quiero honores de nombres;
vivo sin ambicionar,
que ese es honor que los hombres
no me lo pueden quitar.

He resuelto despreciar
toda ambición desmedida
y no pedirle a la vida
lo que no me puede dar.

He resuelto no correr
tras un bien que no me calma;
llevo un tesoro en el alma
que no lo quiero perder,

y lo guardo porque espero
que he de morir confiado
en que se lo llevo entero
al Señor, que me lo ha dado.

La vida sencilla

(Del poeta español José María Pemán (1897-1981))
Vida inquieta, frenesí
de la ambición desmedida...
¡qué mal comprende la vida
el que la comprende así!

Vida serena y sencilla,
yo quiero abrazarme a ti,
que eres la sola semilla
que nos da flores aquí...

Conciencia tranquila y sana
es el tesoro que quiero,
nada pido y nada espero
para el día de mañana.

No voy de la gloria en pos,
ni torpe ambición me afana,
y al nacer cada mañana
tan solo le pido a Dios
casa limpia en que albergar,
pan tierno para comer,
un libro para leer
y un Cristo para rezar;

que el que se esfuerza y se agita,
nada encuentra que le llene,
y el que menos necesita
tiene más que el que más tiene.

Falsa humildad

(Del poeta español José María Pemán (1897-1981))

No exaltes tu nadería,
que, entre verdad y falsía,
apenas hay una tilde,
y el ufanarse de humilde
modo es también de ufanía.

Te quiero humilde, sin tanto
derramamiento de llanto
y engolamiento de voz;
te quiero siervo de Dios,
pero sin jugar a santo.

El que no sabe morir

(Del poeta español José María Pemán (1897-1981))
El que no sabe morir mientras vive,
es vano loco:
morir cada hora su poco
es el modo de vivir.

Vivir es apercibir el alma,
para tener la vida muerta al placer
y muerta al mundo, de suerte,
que, cuando llegue la muerte
le quede poco que hacer.

Igual que el sol hay que ser
que, con su llama encendida,
va, acabando y renaciendo
de tantas muertes, tejiendo
la corona de su vida.

Por eso busco el sufrir,
para, como el sol decir
que de la muerte recibo
nueva vida y que si vivo,
vivo de tanto morir.