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Positivo el pensar

(Gálatas 6,4: Que cada uno examine su propia conducta, y así podrá encontrar en sí mismo y no en los demás, un motivo de satisfacción)
Como a una herida por punzante arista
rechazamos las propias privaciones:
se despiertan y surgen ambiciones
al creer mejor lo ajeno que exista.

Dios no pide poner venda a la vista
ni tampoco evitar aspiraciones;
pero sí, eludir comparaciones.
¡Positivo el pensar, no pesimista!

¿Por qué sólo decir: tengo lo peor
y tan mala acidez me ha sido dada,
mientras a otros les sobra el dulzor?

En vez de envidiar la piña colada
que no tengo ahora, es mejor
hallarle sabor a mi limonada.

Amén.

¡Alegría, Dios da el día!

(Salmo 89,12: Tuyo es el cielo, tuya la tierra; tú cimentaste el mundo y todo lo que hay en él)
Nuevo el día,
dice el gallo:
no me callo,
alba mía;

y la luna,
ya cansada:
¡la alborada,
qué oportuna!

Ya llegué,
dice el sol,
a mi rol
retorné.

Fluye brisa
por el monte
y horizonte
aún sin prisa;

y camina,
cacarea,
se menea,
la gallina;

otras aves,
aletean,
canturrean
cantos suaves;

sin molestia,
se despierta
bien alerta
ya la bestia;

la alimaña
se resalta,
brinca y salta
danza extraña.

Bien viviente,
la floresta
que está en fiesta,
ya se siente;

y al hombre
la faena
le es amena,
da renombre.

Sinfonía
y armonía;
¡alegría,
Dios da el día!

Amén.

Alegría

(Filipenses 4,4: Estén siempre alegres en el Señor; les repito, estén alegres)
Alegría, que empieza un día de afán;
ya muy pronto habrá palpitaciones
al corazón con las preocupaciones;
de la cabeza, dolores vendrán;

el frío y el calor no faltarán;
igual, mareos y complicaciones,
falta de tino y equivocaciones;
y los olvidos también estarán.

Para no ir hoy a la funeraria,
que de Dios venga paz y fortaleza;
porque, en la vida, prueba es necesaria:

le da a nuestros sentidos agudeza,
nos aproxima a Dios en la plegaria,
y, si la vida está sosa la adereza.

¡Alegre alegría!

(Filipenses 4,4: Alégrense siempre en el Señor. Vuelvo a insistir, alégrense)
¡Alegre alegría!
Y no es redundancia,
más bien la abundancia
que encuentro este día.

¡Alegre está el cielo!
con un sol radiante
un ave cantante
me invita a su vuelo;

nubes blanco yeso
que forman camadas
traen carcajadas
de un trueno travieso;

se alegra la tierra
siendo humedecida;
y al ser bendecida
gozo desencierra;

con su risotada
el asno rebuzna;
nada le espeluzna,
ni carga pesada.

Mi alegre Señor,
tu alegría acojo,
se va todo enojo
y el mundo es mejor.

Amén.

Hicimos lo de nosotros

(Romanos 12,11 Con solicitud incansable y fervor de espíritu, sirvan al Señor)
Ya hizo su entrada el novio,
le hemos preparado la mesa;
que empiece pronto la fiesta,
para Él serán los elogios.

Que su resplandor sea obvio
y su importancia ahora crezca;
nuestra alegría ya es completa,
pues hicimos lo de nosotros.

Amén.

Donde había tristeza, ahora hay retozo

(Juan 16,20: Les aseguro que ustedes van a llorar y se van a lamentar; el mundo, en cambio, se alegrará. Ustedes estarán tristes, pero esa tristeza se convertirá en gozo)
Llanto por alejamiento forzoso;
triste gemido tenía mi lamento;
si no lo admito, es seguro que miento:
¿cómo reír cuando parte el esposo?

Y también horrible aquel alborozo
de los unidos en fatal concierto
con la finalidad de hacerte muerto,
intentando, a tu doctrina, el destrozo.

Pronto ese llanto se tornaría en gozo,
al tercer día de ese contratiempo,
resucitando Tú, creador del tiempo;
¡donde había tristeza, ahora hay retozo!

Buenos días, Señor

(De Cristina de Arteaga, religiosa y escritora española (1902-1984))
Buenos días, Señor, a ti el primero
encuentra la mirada
del corazón, apenas nace el día:
tú eres la luz y el sol de mi jornada.

Buenos días, Señor, contigo quiero
andar por la vereda:
tú, mi camino, mi verdad, mi vida;
tú, la esperanza firme que me queda.

Buenos días, Señor, a ti te busco,
levanto a ti las manos
y el corazón, al despertar la aurora:
quiero encontrarte siempre en mis hermanos.

Buenos días, Señor resucitado,
que traes la alegría
al corazón que va por tus caminos,
¡vencedor de tu muerte y de la mía!

Aprende a perder

(De "Motivos de San Francisco", poemas en prosa de la poetisa chilena Gabriela Mistral (1889-1957), inspirados directamente en las Florecillas de San Francisco y sus Hermanos)

Tú que alcanzaste la alegría durable, Francisco, enséñamela. Mi alma se parece al olivo, que entero está alegre y brillante y cuando un vientecillo le vuelca las hojas, se queda con color de ceniza.

-“Aprende a perder”, dice Francisco.

-Enséñame la fácil alegría que baja sólo con mirar el cielo abierto, la alegría que nada cuesta porque va pasando en el viento; alegría de ver amanecer, mirando cómo crece la rosa de la mañana en unos instantes de silencio sobre la colina, mirando cómo la crudeza del mediodía va suavizándose hasta tener las violetas tan tiernas de la tarde y cómo la noche se va espesando en una felpa profunda hasta ser densa, densa.

-“Eso no es todo. Aprende a perder”, dice Francisco.

-Enséñame, repito como embriagada, la ingenua alegría, la que viene de sentir el agua correr entre los dedos, con la mano sumida en el arroyo, la que revienta en una risa fresca porque se posa en nuestros pies una mariposa tan pintada que alucina.

-“No basta, aprende a perder”, dice Francisco.

-Enséñame -continúo todavía- aquella durable alegría que viene de que no nos canse la belleza, grande, y que no nos conmueva la pequeña. Yo quiero que el rostro que amo no me fatigue, que el libro que leo no se me haga costumbre. Y hazme hallar hermosura en los menudos objetos que me ordenan; la taza clara como un lirio donde bebo mi leche, esta maceta de hojitas tiernas que crece junto con mi día, esta lámpara tan viva que me alumbra.

-“No basta tampoco eso, aprende a perder”, dice Francisco. Y sigue diciéndome: aprende a perder tu lecho blando sin que te duela el costado sobre el tosco jergón. Aprende a perder la sombra humanizada de tu corredor y que no te duela salir a la noche desnuda. Aprende a perder los rostros que te rodean, amantes y por los cuales vendrá a llamar la muerte, para deshacer las líneas en que se hacía visible su ternura. Aprende a perder todas las suavidades de la vida y hasta la de Dios, cuyo servicio se te volverá de repente áspero como las limas. Aprende a perder tu propia sangre, y consiente con alegría. A que se haga pus en tus llagas; a perder tu Sano aliento y el latido junto de tu corazón, que se va a retardar o enloquecer y el color quemado de tus cabellos, cuando baje la ceniza innumerable de la muerte.

Y cuando ya sepas perder, habrás conseguido la durable alegría, y entonces no mudará el color de tu alma, como el follaje del olivo que voltea el viento.

-¡Ay pobrecillo! Todavía no sé perder; me parece que me roban en cada despojo y se levanta mi brazo lleno de ira para recuperar. ¡No sé perder! ¡No sé perder!

La oración del alba

(De la poetisa cubana Dulce María Loynaz  (1902-1997))
Señor:
Te pido ahora que me dejes
bajar de esta mi torre de marfil; de la altísima
torre a donde, sola y callada,
sin volver la cabeza subí un día:
un día de esos en que siente uno
yo no sé qué nostalgia de alas...
Una fina
tristeza se me ahonda
despacio... la tristeza de las cimas.
Quiero bajar, Señor,
quiero bajar en paz.
Inclina
más mi frente—esta frente siempre alta!..—
Suaviza
y distingue mis manos que, de tanto
no querer asir nada, están un poco rígfidas...
Inclíname la frente alta y devuélvele
a tu tierra mi mirada perdida.
¡Ay!, miré demasiado las estrellas...
No hay que mirarlas tanto:
Con tus manos heridas
sosténme en la bajada un poco triste
y dime qué palabra se le dice a la hormiga,
a la yerba del campo, al que está triste,
al que tiene las manos manchadas...
La sencilla
palabra, Dios mío...
Ayúdame
a disimular esta repulsión instintiva
hacia las cosas feas y concédeme
la comprensión.
Yo quiero comprender...
¡Qué exquisita
gracia la de saber que todo está
bien!... La de entender la armonía
de lo inarmonioso.
Yo quiero
comprender y amar
— ¡quisiera besar la herida
de un leproso y que él no supiera nunca
cuánto el beso me costaría!...—
Dame la buena voluntad;
dame más suavidad para la vida...
Yo no quiero que sepan que estoy triste,
yo quiero comprender y amar; yo quiero
que la palabra dura que alguien diga
no vaya a oscurecerme
la mirada limpia.
Dame, Señor, un buen olvido
para las pequeñas
injusticias de cada día;
dame que la mentira y la torpeza
no puedan ya quitarme la sonrisa.
Dame valiente el corazón, segura
la mano, el pie incansable y el amor...
¡Bien vendría
ahora un poco de serenidad
y otro poco de fe!... Me quedo tan sombría,
tan callada a veces...
Amanece en la vaga lejanía:
Bajaré de la torre de marfil,
y dejaré mi luna lila
y mi soledad y mi ensueño...
El polvo vuelve al polvo:
Me perderé un buen día
por los caminos de la tierra, y, si un minuto
el desaliento me domina,
nadie vea mi desaliento
y todos vean mi sonrisa.
Y mi sonrisa sea fuente,
y flor, y ala y venda... ¡Y sonrisa!...
¡Por los caminos de la tierra;
por los caminos de la tierra,
como San Francisco quería!...

Sábado de gloria

(Del poeta y crítico literario español Jorge Guillén (1893-1984))
Sábado.
¡Ya gloria aquí!
Maravilla hay para ti.
Sí, tu primavera es tuya.
¡Resurrección, aleluya!
Resucitó el Salvador.
Contempla su resplandor.
Aleluya en esa aurora
que el más feliz más explora.
Se rasgan todos los velos.
Más Américas, más cielos.
Ha muerto, por fin, la muerte.
Vida en vida se convierte.
Explosiones de esperanza.
¡A su forma se abalanza!
Por aquí ha pasado Aquél.
¡Viva el Ser al ser más fiel!
Todo a tanta luz se nombra.
¡Cuánto color en la sombra!
Se arremolina impaciente
la verdad. Triunfe el presente.
Alumbrándome fulgura
ya hoy mi suerte futura.
Magnífico el disparate
que en júbilo se desate.
El Señor resucitó.
Impere el Sí, calle el No.
Sí, tu primavera es tuya.
¡Resurrección, aleluya!
Sábado.
¡Gloria!
Confía
toda el alma en su alegría.

Romance del divino gozo

(Del poeta español José María Pemán (1897-1981))
El gozo del mundo se entra
dentro de mi corazón.
¡Estrecho gozo el que cabe
en tan estrecha mansión!.

El gozo que entra en nosotros:
gozo es de mal gozador.

Quiero un gozo que me envuelva
porque él me sea mayor.

¿Qué gozo será el que traiga
tanta anchura y tanto sol?.

Dios le dijo al siervo fiel:
"Entra en el gozo de Dios"...

¡No gozos que entren en mí:
quiero un gozo en que entre yo!