Mostrando las entradas con la etiqueta Poemas sobre anhelo y búsqueda de Dios. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Poemas sobre anhelo y búsqueda de Dios. Mostrar todas las entradas

Silencio

(Proverbios 8,17: Yo amo a los que me aman y los que me buscan ardientemente, me encontrarán)
Hasta pensé en lejanía,
lo que percibía era ausencia;
¿adónde está tu existencia?,
en la prueba decía,
pues tu silencio me hería;
¡todo sentido cerrado!
¡Pero si siempre has hablado!,
la interacción Tú la entablas
en el silencio Tú hablas...
¡con él Tú fuiste probado!

Herodes buscaba un mago

(Lucas 9,9: Pero Herodes decía: «A Juan lo hice decapitar. Entonces, ¿quién es este del que oigo decir semejantes cosas?». Y trataba de verlo)
Herodes buscaba un mago
o a un prestidigitador;
al no buscar al Señor
no pudo ver los milagros;

Jesús viene si llamamos,
pero no es bufón de un show,
sólo concede el favor
si es con fe que le clamamos.

Amén.

Manifiéstate ahora

(Lucas 17,34: Les aseguro que en ese noche, de dos hombres que estén comiendo juntos, uno será llevado y el otro dejado)
Manifiéstate ahora, Señor,
es muy difícil esperar más;
si es como un parto, que sea ya,
y de pronto cesará el dolor.

Así, la fragancia del amor,
sobre todo aroma primará,
y al reinar por siempre tu verdad,
en vez del viento, se oirá tu voz.

Amén.

Como ovejas sin pastor

(Mateo 9,36: Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor)
Como ovejas sin pastor,
y lobos de dirigentes;
desamparada está la gente.
¡Quieren comernos, oh Dios!

¡Cuánto sufrimos, Señor!
y ese dolor tú lo sientes;
el adviento es permanente,
¡ven y actúa ahora, Señor!

Sé que escuchas el clamor
y, de tu pueblo, las preces;
no ignoras lo que padecen
y por eso das tu amor.

Amén.

Es Jesús quien hoy pasa

(Marcos 6,56: En todas partes donde entraba, pueblos, ciudades y poblados, ponían a los enfermos en las plazas y le rogaban que los dejara tocar tan sólo los flecos de su manto, y los que lo tocaban quedaban curados)
Es Jesús quien cerca pasa
y está repartiendo amor;
para aliviar mi dolor,
tocar, yo quiero, su capa.

Si es que Él muy rápido avanza
y yo como un caracol,
iré donde él tape el sol
porque hasta su sombra sana.

Y si la gente me aparta,
me conformará su olor;
pues la esencia del Señor,
a quien la huele, le salva.

Amén.

Sucio por dentro y enfermo por fuera

(Marcos 2,3: Le trajeron entonces a un paralítico, llevándolo entre cuatro hombres)
Sucio por dentro y enfermo por fuera,
llegar hasta ti, no creo que pueda;
oyeron de ti, me han dado esperanza,
y me conducen con mucha confianza.

Eres respuesta a mi larga espera,
llegar hasta ti es anhelo que queda.
¡Obstáculos!, ¿será vano este intento?;
¡muchas caídas que son desalientos!

Se animan, me animan, vamos, ahí vamos...
caemos, ya seguimos... cerca estamos;
mucho el esfuerzo, pero hemos llegado;
ante tus pies ya me encuentro postrado;
te apenas, Señor, y mi alma me lavas
y, sin ser poco, el cuerpo me sanas.

Ver

(Mateo 9,29: Jesús les tocó los ojos, diciendo: «Que suceda como ustedes han creído»)
¿Cómo puede ser que, si ver deseo,
quiera ver tu luz sin buscarla nunca?
¿Y cómo pretende ver quien no busca
a la verdadera luz con anhelo?

Señor, quiero ver porque nada veo;
sin tu luz, todo está en tiniebla obscura,
pues si no estás, la claridad se oculta,
y cuanto creemos ver, no lo vemos.

Hijo de David, suplicante vengo,
con esperanza, procurando ayuda;
albergo confianza, ninguna duda
que, si tú quieres, ahora ver, yo puedo.

Amén.

Desde dentro

(Del español Manuel Pinillos (1916-2014))
Innumerables días, porque ahoga
la vida, inaguantablemente estéril,
porque el estar contigo es lo difícil
apenas creo en ti, Dios de lo justo.
Digo: "no es, no existe, no me entero;
pues no llega hasta mí". ¡Perdóname!

Innumerables veces, cuando pienso
que tú serías algo en que morir,
posando suavemente la cabeza,
para no oír, no ver, no continuar
este existente sacrificio, nadie
veo en tu sitio, nada está por ti
representado; estoy como escarbando
la luz vacía de los aires. ¡Dios,
los hombres somos esto que precisa
una presencia, un brazo en que apoyar
la confianza! Yo te fui buscando
en traza de calor. ¡Perdóname!

Ahora, ya creo que comprendo. Nada
me ayudará por ti, no te hallará
mi continuada forma de buscarte.
Al menos, cuando pida con empeño
que me vengas a ver, que yo te vea,
mientras continuamente pienso en mí.
¡Nunca te encontraré cuando te exijo
que milagrosamente te me muestres,
siendo mi corazón el sitio solo
que cubro yo y no más —¡perdóname!—.

Cada vez que me digo: "Si lo hallase,
ahora, ahora mismo que el dolor continuo
es asfixiante, si me levantase
la feroz frente que en herirse hoza,
parece así gozarse, insiste, acaso
el encuentro divino, deslumbrante,
sería salvador". Y en solitario
sin salirme de mí, pido que vengas,
y no vendrás porque no voy contigo;
sólo conmigo —y para eternamente—
con orgullosa soledad sedienta
de mí que soy mi dios. ¡Despiértame!

Tú no vendrás, no vienes, no nos dejas
que te veamos cuando nuestros ojos
están vueltos al fondo que nos quema
de amor —¿pero de quién?— de amor perdido,
de amor a nuestro amor, de amor que somos,
compactamente, sin partir, sin darlo,
para nosotros mismos, cielo y tierra
de nuestra sed. El ser que comprendemos,
porque, ¿a quién más quisimos comprender,
tan encerrados, incomunicados?

¿Cómo puedo saber que estás, que eres,
cómo puedo creer en ti, si solo
me veo yo y apenas creo en mí,
apenas sé de mí? Hazme, pues, ser
extenderme, salir fuera, que es algo
como nacer del todo. ¡Sácame
de mí, que soy la muerte, pues la muerte
es la única existencia que en mí sé!
¡Sácame de mí mismo, despachándome;
que acaso, simplemente, tú eres todo,
—tú eres lo otro que no está en mí mismo—
y sólo con mirarlo seas nacido,
repartido allá fuera, claro como las cosas:
que basta con saber que están, y son,
y son ya, de una vez y para siempre!

Mudos

(Del poeta español Blas de Otero (1916-1979))
De tanto hablarle a Dios, se ha vuelto mudo
mi corazón. Con gritos sobrehumanos
le llamé: ahora le hablo con las manos,
como atándome a El... Solo y desnudo,

clamoreando amor, tiendo, sacudo
los brazos bajo el sol: signos lejanos
que nadie —el sordo mar, los vientos vanos—
descifra... ¡Ah, nadie nunca anclarme pudo

al cielo! Mudo soy. Pero mis brazos
me alzan, vivo, hacia Dios. Y si no entiende
mi voz, tendrá que oír mis manotazos.

Abro y cierro mi cruz. El aire extiende
—como rayos al bies— mis ramalazos.
Ácida espuma de mi labio pende...

Lámpara de oro

(Del poeta y escritor español Juan Ruiz Peña (1915-1992))
Mi fe es una lámpara
de oro,
con cien mil soles dentro,
pero su claridad es poca
aún, y mi alma
apenas un temblor, sonido, hoja
de otoño o suspirar amarillo del bosque.
Qué importa, si te siento
en mi sangre, en hervor,
si te escucho, resuello de niño
dormido.
si te respiro, iris teñido de ilusión.
Te busco con mi lámpara,
pasan los años,
y soy tiempo
desnudo, soledad, trabajo, amor,
tonel de sufrimiento.
Yo te ofrendo la vida,
dame la paz en cambio,
oh Invisible, mi lámpara no puede alumbrar más.

Oración

(De la escritora española Gloria Fuertes (1917-1998))
Que estás en la tierra, Padre nuestro,
que te siento en la púa del pino,
en el torso azul del obrero,
en la niña que borda curvada
la espalda, mezclando el hilo en el dedo.
Padre nuestro que estás en la tierra,
en el surco,
en el huerto,

en la mina,
en el puerto,
en el cine,
en el vino,
en la casa del médico.
Padre nuestro que estás en la tierra,
donde tienes tu gloria y tu infierno
y tu limbo; que estás en los cafés
donde los pudientes beben su refresco.
Padre nuestro que estás en la tierra,
en un banco del Prado leyendo.
Eres ese viejo que da migas de pan a los pájaros del paseo.

Padre nuestro que estás en la tierra,
en la cigarra, en el beso,
en la espiga, en el pecho
de todos los que son buenos.

Padre que habitas en cualquier sitio,
Dios que penetras en cualquier hueco,
tú que quitas la angustia, que estás en la tierra,
Padre nuestro que sí que te vemos
los que luego hemos de ver,
donde sea, o ahí en el cielo.

A propósito de la Palabra de Dios

(Del argentino Mario Trejo (1926-2012))
Decirla
Nombrarla
Pedirle
Temerle
Mirarla
Tocarla
Negarla
Gritarla

Creo en todo este caos
Creo en toda esta locura
Crímenes y torturas
Que un día terminarán

Creo en tanta injusticia
Y en la ley de la selva
Vivir es una guerra
Que un día terminará

Yo creo sin embargo
Que en medio del incendio
Cuando todo está ardiendo
Algo hay

Belleza de los locos
Crepúsculos en llamas
Infancia destrozada
Algo hay

Laberintos rabiosos
Espejos sin salida
Amor enceguecido
Algo hay

Ruleta de esperanzas
Recuerdos como flechas
Domingo interminable
Algo hay

Besar por vez primera
Luchar contra el olvido
Inútiles reencuentros
Algo hay

Balazos en la boca
El sol negro de pena
Elegir el olvido
Algo hay

Locura del planeta
Razón del universo
Que ignora el bien y el mal

Tambores en la noche
Repiten la palabra
Obsesa como el mar

Saber que no hay respuesta
Y decir sin embargo
Algo hay Algo hay

Soneto

(De la poetisa cubana Luisa Pérez de Zambrana (1835-1922))
Dicen que cuando cubre la pureza
una frente de virgen con su velo
suaves miradas le dirige al cielo,
y le dan las estrellas su belleza.

Pero si el vicio mancha su limpieza
vertiendo en ella su funesto hielo,
levanta el ángel de su guarda el vuelo
y Dios torna a otro lado la cabeza.

Yo en el mundo soy joven y soy pura;
Divino Salvador, Dios poderoso,
contémplenme tus ojos con ternura.

Y que el ángel me guarde cuidadoso,
pues cayera a tus pies agonizante
si Tú al verme volvieras el semblante.

Canción del buscador de Dios

(Del poeta, prosista y escritor argentino Antonio Esteban Agüero (1917-1970))
Siempre buscando; 
desde niño buscándolo; buscando. 
A través de la sombra y la neblina; 
sumergido en la zona de penumbra 
que separa los días de las noches, 
y al cristiano también del no cristiano, 
por laberintos de la sangre oscura. 
Siempre buscando; 
desde niño buscándolo; buscando. 
Golpeando viejas puertas 
clausuradas de bronce martillado; 
gastando los ojos en las hojas 
de antiguos libros muertos; 
vigilando la savia cuando sube 
por racimos y flores del verano; 
escuchando palomas y cigarras; 
mirándome en espejos esta pálida frente, 
estas frágiles manos, 
esta boca que guarda la palabra, 
oyendo la música que llueve 
desde el silencio de los astros. 
Buscando; 
desde niño buscándolo; 
preguntando 
por las calles donde está la gente, 
por caminos del campo. 
Por veces mendigando la respuesta total 
a la total pregunta. 
Yo quería encontrarlo 
(yo solo descubrirlo} 
donde quiera que fuese 
para darle mi agradecimiento humano, 
por la cósmica lumbre que me habita, 
por la gota de vida que me nutre, 
por este débil corazón desnudo 
que siento pulsar en mi costado. 
Darle las gracias, sí, 
por haberme construido como soy: 
de sueño, de madera,de cóleras y miedos, 
de bondad y ternura, 
de soledad y de razón pensante, 
de claridad, de sombras, 
de música y pecado. 
Descendí por El a catacumbas, 
anduve por túneles cerrados, 
batallé con demonios, 
conocí a la serpiente y el abrazo 
de su lívido cuerpo de aceros anillados; 
me frecuentaron 
dragones y brujas increíbles; 
y alguna vez solté, como a villanos, 
las locas miradas por el cielo, 
lejos de mí, del mundo, 
desprendidas del ser y de los ojos 
el infinito sólo navegando. 
y yo buscando; 
desde niño buscándolo; buscando... 
Lo imaginaba ajeno, 
misterioso, 
terrible, 
lejano. 
Después de muchos viajes, 
(ya en la curva más alta de los años) 
de tormentosos viajes, 
con las velas y los mástiles rotos, 
circundando 
por el horror del mar donde las olas 
eran de fría soledad de nada, 
recorde una capilla entre los cerros, 
los claros cerros de cristal morado, 
y una joven pareja que venía 
con un niño en los brazos; 
rememoré la pila con el agua, 
las gotas de luz sobre la frente, 
los maderos en cruz, 
y la figura solitaria y herida por los clavos. 
Me recordé pequeño, 
(el sabor de la sal sobre los labios) 
volví a verme pequeño, 
y recordé que el nombre que llevaba 
era el nombre del niño 
que sentía bajar sobre su frente 
la santa cruz de agua. .. 
Yo dije: Dios. Oh Dios. Oh Dios. 
Aquello fue tremendo, 
un cósmico relámpago, 
como si el mismo sol me detonara, 
granada solar, entre las manos, 
como la luz aquella de la bomba 
que aniquiló la tarde en Hiroshima… 

Y dije: Oh Dios… 
-y dejé de buscarlo- 
campanas sonaban por mi sangre -y dejé de buscarlo- 
cantaba un millón de ruiseñores 
-y dejé de buscarlo-.

Estoy

(Del poeta español Javier de Bengoechea (1919-2009))
La escalera del viento hacia tu altura,
se deshace en mis pies, y yo no puedo
subir, oh Dios, y sin subir, me quedo
flotando como pluma a la ventura.

¿En dónde estoy, oh Dios, o en qué postura
pondré mi vida, o cómo desenredo
los hilos de mi ansia, y me hallo, y cedo
—a quién, mi Dios— mi peso de amargura?

Así impaciente, por llegar, me estiro,
y me rompo la vida, y más me afano,
y arriba voy volando en un suspiro...

Mas tu cielo es un velo tan lejano...
¿En dónde estoy, mi Dios, en dónde? Y miro,
y estoy sobre la palma de tu mano.

Presencia de Dios

(Del poeta español José María Pemán (1897-1981))
He entrado en unidad con la pradera:
camino del magnífico, entregado,
desplome de mi ser en lo divino.

He entrado en unidad con ese bosque
que es todo ruiseñor y es todo pena,
como el bosque que llevo en mis entrañas.

He entrado en unidad con el estío:
y sus turbias raíces del pecado
le han servido de tronco a mi azucena.

Me duelen mis fronteras sensuales,
mis vallados humanos, por vecinos
del incendio de Dios y los amores.

Me duelen como deben de dolerles
a los granos de arena las espumas,
como al fondo del mar, la gran turquesa.

Se llega a Dios por todos mis sentidos.
Se llega a Dios por todas mis heridas.
Se llega a Dios mirándome a los ojos.

Por las acequias rojas de mis venas
va la sangre moviendo el gran molino
de una oración enorme y sin palabras.

Se me ha quedado anoche, junto al alma,
abierto el portoncillo de la pena:
...y Dios estaba, con el sol primero,
sentado, allí, en las flores.

Las manos ciegas

(Del poeta español Leopoldo Panero (1909-1962))
Ignorando mi vida,
golpeado por la luz de las estrellas,
como un ciego que extiende,
al caminar, las manos en la sombra,
todo yo, Cristo mío,
todo mi corazón, sin mengua, entero,
virginal y encendido, se reclina
en la futura vida, como el árbol
en la savia se apoya, que le nutre,
y le enflora y verdea.
Todo mi corazón, ascua de hombre,
inútil sin Tu amor, sin Ti vacío,
en la noche Te busca,
le siento que Te busca, como un ciego,
que extiende al caminar las manos llenas
de anchura y de alegría.

Mal de ausencia

(Composición del poeta y ensayista español Félix García (1897-1983))
Yo me estaba muriendo,
y de mi mal yo mismo no sabía;
pero ahora, Señor, ahora comprendo
que del mal de tu ausencia me moría...

Alma, buscarte has en Mí

(De la religiosa española santa Teresa de Jesús o Teresa de Ávila (1515-1582))
Alma, buscarte has en Mí,
y a Mí buscarme has en ti.

De tal suerte pudo amor,
alma, en mí te retratar,
que ningún sabio pintor
supiera con tal primor
tal imagen estampar.

Fuiste por amor criada
hermosa, bella, y así
en mis entrañas pintada,
si te perdieres, mi amada,
Alma, buscarte has en Mí.

Que yo sé que te hallarás
en mi pecho retratada,
y tan al vivo sacada,
que si te ves te holgarás,
viéndote tan bien pintada.

Y si acaso no supieres
dónde me hallarás a Mí,
No andes de aquí para allí,
sino, si hallarme quisieres,
a Mí buscarme has en ti.

Porque tú eres mi aposento,
eres mi casa y morada,
y así llamo en cualquier tiempo,
si hallo en tu pensamiento
estar la puerta cerrada.

Fuera de ti no hay buscarme,
porque para hallarme a Mí,
bastará sólo llamarme,
que a ti iré sin tardarme
y a Mí buscarme has en ti.

Salmo inicial

(Del poeta y ensayista español José María Valverde (1926-1996))
Señor, no estás conmigo aunque te nombre siempre.
Estás allá, entre nubes, donde mi voz no alcanza,
y si a veces resurges, como el sol tras la lluvia,
hay noches en que apenas logro pensar que existes.

Eres una ciudad detrás de las montañas.
Eres un mar lejano que a veces no se oye.
No estás dentro de mí. Siento tu negro hueco
devorando mi entraña, como una hambrienta boca.

Y por eso te nombro, Señor, constantemente,
y por eso refiero las cosas a tu nombre,
dándoles latitud y longitud de Ti.
Si estuvieras conmigo yo hablaría de cosas,
de cosas nada más, sencillas y desnudas,
del cielo, de la brisa, del amor y la pena.
Como un feliz amante que dice sólo: "Mira
qué pájaro, qué rosa, qué sol, qué tarde clara",
y vierte así en la luz de los nombres su amor.
Pero no. Tú me faltas. Y te nombro por eso.
Te persigo en el bosque detrás de cada tronco.
Te busco por el fondo de las aguas sin luz.

¡Oh cosas, apartaos, dadme ya su presencia
que tenéis escondida en vuestro oscuro seno!
Marcado por tu hierro vago por las llanuras,
abandonado, inútil como una oveja sola...
Hombre de Dios me llamo. Pero sin Dios estoy.