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El lirio

(De "Motivos de San Francisco", poemas en prosa de la poetisa chilena Gabriela Mistral, inspirados directamente en las Florecillas de San Francisco y sus Hermanos)

Un lirio, dirías tú, mirándolo abrirse, es el semblante de Cristo, o, mejor, su mejilla puesta en el viento. Es tan perfecto como si estuviese hecho para la eternidad, y dura lo que una palabra en el viento. Me está enseñando, el hermano lirio que debo ser perfecto en mis pequeñas acciones, en esas menudillas acciones que yo suelo desdeñar.

Se halla siempre tembloroso. En el aire van pasando los suspiros de los afligidos y lo tocan sobre los pétalos. Y está tembloroso también porque es mirado del Señor y El siente la mirada. Nosotros no la sentimos y por eso estamos duros y erguidos.

El hermano lirio es blanco, no por soberbia, sino para muestra de la blancura. Sin él, y sin la nieve que suele bajar tardíamente, los ojos se olvidarán de ella.

Está callado, y así están todas las cosas; siguen escuchando desde el primer día de la creación. Nosotros, pobrecillos dejamos de oír el murmullo del que nos hizo, porque nos embriagamos escuchando nuestra propia algarabía. Y ésta ha endurecido nuestros oídos.

La divina lección es tan sencilla que nos hubiese venido sólo del lirio de las colinas, si no se hubiesen puesto otros a derramar su mentira numerosa; estar en silencio, sentir el dolor que pasa en el viento y tejerse la blancura lentamente del corazón hacia los pétalos.

Y el hermoso lirio sirve, aunque no lo creas, tiene suspendido el rocío que así no cae en la tierra. Como una mano lo tiene suspenso. Y hay muchas criaturas que sólo existen para tener una cosa suspendida. De este modo, Francisco, sostiene las livianas palabras del Señor sobre la lengua.