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El Belén de mi interior

(Lucas 2,12: Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre)
No tiene adorno de orfebre
ni caoba centenaria;
¡oh qué cama tan precaria
de paja sin peldefebre!;
muy indigno este pesebre
para Cristo redentor.
Pero El viene por amor
asumiendo mi pobreza
y trayendo su riqueza
al Belén de mi interior;

y aunque dentro estaba a obscuras,
ya su luz me trae la paz,
y, decir, me hace capaz:
¡gloria a Dios en las alturas!

Epifanías

(Mateo 2,11a: y al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, le rindieron homenaje)
¡Epifanía!
Se manifiesta
con su propuesta,
Él, cada día.

Pero es plural,
pues fueron varias
bien necesarias
venciendo el mal.

Lo hizo en Belén
a los pastores,
espectadores
de luz del bien;

y a aquellos magos
que desde oriente,
con luz al frente
traían halagos.

Dice en el Templo,
Simeón, el viejo,
viendo el reflejo:
"su luz contemplo".

Juan, en el río,
agua le ha echado,
lo ha bautizado
después de crío;
y el Santo Trío,
manifestado:
"este es mi amado,
el Hijo mío".

También Caná
con buena copa;
toda una tropa
vio gloria allá.

Y a tres amigos
se transfigura:
¡gloria en figura!
y ellos testigos.

Resucitado,
de gloria plena,
a Magdalena
a hablar la ha enviado.

Y en Emaús,
a un dúo que huía:
¡Epifanía!, 
llegó Jesús.

Los once, luego,
grupo temblando;
Jesús, llegando,
les trae sosiego.

¡Epifanías!,
varias de ayer
y hoy por doquier
viene el Mesías

y aún continúa
su Epifanía
abriendo vía,
y en ella actúa:

como el sediento,
o aquel sufrido
y su quejido,
es el hambriento
y el harapiento,
es el herido,
el perseguido
y el sufrimiento;

en Sacramento,
y en el Sagrario,
nos viene a diario
hasta en el viento.

Y a ti y a mí,
todos los días
Epifanías:
Jesús aquí.

¡Feliz Navidad!

(Lucas 2,11: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor)
Jo, jo, jo, jo, jo;
río como Noel
pues percibo yo
aquí otro Belén.

Es que el niño Dios
presente ya está
en el corazón
que hoy, de Él, sea portal.

Pastores, aquí;
los magos vendrán;
que se oiga el tilín
y el dulce cantar;
de espera, es el fin,
Jesús nació ya.

Ahora a compartir,
el alma a danzar
y al mundo decir:
¡feliz Navidad!

Niño

(Juan 1,12b: a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios)
Jubilosos celebremos,
del niño Dios, la encarnación,
que nazca en nuestro corazón
y que su luz reflejemos.
¡Es el tiempo de Navidad;
de ser niño, oportunidad!

Amén.

Cómo le hemos de recibir

(Isaías 1,3: El buey conoce a su amo y el asno, el pesebre de su dueño; ¡pero Israel no conoce, mi pueblo no tiene entendimiento!)
El Hijo del Absoluto
sobre un lecho de forraje;
y un reducido bestiaje
saluda el divino Fruto.

Ya desde el primer minuto,
tanto el buey como el jumento,
dan, de cuna, su alimento;
ninguno de ellos bruto
pues a Dios daban tributo.
Su ayuno sirve de cama
al niño que amor derrama;
y en un gesto religioso
en aquel instante hermoso
cada uno como que aclama.

Muy distinto, en una trama,
los "sabiondos" actuarían:
a Jesús no reconocerían,
condenándole en un drama
buscando apagar su llama;
una cruz darían por lecho,
no de paja ni de afrecho,
y el tributo sería el odio.
Sangriento y cruel episodio
con que, Él, nos salvaría, de hecho.

Se nos ha dado el derecho:
igual que entonces, decidir
cómo le hemos de recibir;
¡qué sea de nuestro provecho!

Amén.

Navidad

(Isaías 9,5: Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado. La soberanía reposa sobre sus hombros y se le da por nombre: «Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre para siempre, Príncipe de la paz»)
Hoy veo todo diferente:
la belleza en plenitud
radiada de excelsitud;
¡Cómo ha cambiado el ambiente!

Siento que aquí, hasta la gente,
luce, en un nuevo atavío,
reflejos de un señorío
tan palpable y tan luciente
que hasta en el aire se siente.
Vengan cantos melodiosos
con acordes contagiosos;
no haya lutos ni capuces,
y abundantes sean las luces
con colores bien vistosos.

Recibamos bien gozosos
al niño Dios; ¡Navidad
haya en todos, de verdad,
y nos haga esplendorosos!

Amén.

Gracias

(Lucas 1,28: El Angel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo»)
¡Oh Virgen de la Altagracia
nacida llena de gracia!;
tu maternidad regracia
cuando tu vientre te agracia.
Condúcenos a la Gracia
que con su Padre congracia
venciendo al que desagracia.
¡Gracias por parir la Gracia!

Amén.

Por favor, que no se apaguen las estrellas

(Mateo 2,2: y preguntaron: «¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo»)
Por favor, que no apaguen las estrellas
porque una de ellas al Señor nos lleva.
Vengan, vamos y sigamos hoy la luz
que nos ilumina la ruta a Jesús.

Ha nacido el Rey, busquemos donde está;
han dicho que sería en Belén de Judá;
allí guió la luz, pero no lo hayamos,
en la aldea, palacio no encontramos.

Aunque ese lucero sigue encendido
su armonioso andar ya se ha detenido;
cerca ha de ser, aunque casas no vemos,
tan sólo ese portal, vengan y entremos.

Yacía el niño, sobre heno tendido;
la grandeza, por su madre atendido.
Es el niño Dios y ya lo encontramos
y ante Él, postrados, dones le entregamos.

Errados buscamos lujo del suelo;
sólo el corazón ve la luz del cielo;
para que todos lleguen a esta cueva,
por favor, que no apaguen esa estrella.

En el pesebre

(Lucas 2,16: Fueron rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre)
Sobre un pesebre yace,
puesto con delicadeza,
encarnado el Niño Dios
que María y José contemplan
y le prodigan cuidado
en una amorosa escena.
Es el coautor de la vida,
y no es en pobre riqueza
que a salvar al mundo viene;
sino en la rica pobreza
de los bienaventurados
que sólo es en Dios que esperan.
Son unos pobres pastores
los primeros que se enteran:
"ha nacido el Salvador",
Gabriel da la buena nueva,
y tanta importancia dan
que atrás quedan las ovejas.
Se nos invita ahora:
¡Jesús a nosotros llega!;
si abrimos el corazón,
de Belén, será la cueva.

Amén.

Ha llegado la Palabra

(Juan 1,14: Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros)
Ha llegado la Palabra;
cerca, Dios nos quiere hablar,
con nosotros habitar;
hablaremos cara a cara.

Trae la luz que al mundo aclara;
ya decae la obscuridad,
y muy pronto huirá,
pues al Verbo nada acalla.

Al llegar nos trae su gracia,
regalos en cantidad;
también trae la verdad
que, la sed de Dios, nos sacia.

El Bautista ya lo aclama,
de la espera, es el final;
ya se manifestará,
festejemos su llegada.

Amén.

Inocentes

(Mateo 2,18: En Ramá se oyó una voz, hubo lágrimas y gemidos: es Raquel, que llora a sus hijos y no quiere que la consuelen, porque ya no existen)
Cada uno era inocente,
niños de temprana edad,
que en redada de maldad
de un malvado inclemente
que por un miedo latente
de perder una heredad
asesina con crueldad
a unos seres incipientes.
Esa sangre ya presiente
otra, de divinidad;
ésta, cerca a Navidad,
la otra será concluyente
para salvar a la gente:
de Dios, será gratuidad.

El primer hecho salvífico

(Juan 1,9: La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre)
El primer hecho salvífico
del amoroso proyecto
de restaurar lo perdido:
es plenitud de los tiempos;
la inmensidad infinita
decide asumir un cuerpo
y bajando de lo alto
nace anonadado el Verbo.
El amor junto a humildad
son olores del momento;
amor del Padre, que al Hijo
ha enviado hacia estos suelos;
amor del Hijo, que es Dios
y baja a niño de pecho;
amor de madre en María
a un bebé con tantos riesgos;
y ausente no fue en José
que lo mostró con su esfuerzo.
¡Encarnado en la humildad!,
bien cercano a los pequeños;
en la tierra así sería
para darnos gran ejemplo.
Contemplemos hoy al niño,
la escena del nacimiento;
el amor que nos infunde
y que Él lleva hasta el extremo.

Amén.

Contraste

(Lucas 10,22: Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre, como nadie sabe quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar)
No les gustó el contraste;
no les agradó quien vino;
en lugar de cuna de oro, 
sobre pajas nace el niño;
su maestro no es escriba,
tampoco ningún rabino,
su madre y un carpintero
le enseñaban el camino;
lo querían con esplendor
y lo hallaron campesino
que no andaba en un corcel
sino a pies o en burrito.
Para algunos, vana espera,
tan sólo tiempo perdido:
no poder reconocer
que, de Dios, ese es el Hijo;
pero para los pequeños,
Jesús, salvador y amigo,
vino y sigue hoy viniendo
cuando el corazón le abrimos.

Amén.

Cantata final

(Composición del poeta y escritor español José María Zandueta Munárriz (1915-2005))
 
Se escucha un tierno vagido,
está la noche mediada
y un resplandor de alborada
cruza en el aire dormido.
El Niño Dios ha nacido.
¡Qué celeste claridad!
Cantad, ángeles, cantad:
“Gloria a dios en las alturas
y Paz a las almas puras
y de buena voluntad”.

Abandonando el otero,
corred a Belén, Pastores.
¿No divisáis los fulgores
de aquel divino lucero?
Este es el blanco cordero,
Hostia de propiciación,
que en sublime inmolación
tomó las culpas ajenas
rompiendo nuestras cadenas
con su Muerte y su Pasión.

Para ofrendarle sus dones
llegan los Magos de Oriente, 
toda la pompa esplendente
de tres lejanas naciones.
Rendidos los corazones,
Reyes, venidle a adorar.
Este pesebre es altar,
trono donde Dios se humilla.
Doblad, pues, vuestra rodilla,
Melchor, Gaspar, Baltasar.

Gozo de Santa María

(Del escritor español conocido como el Arcipreste de Hita (1284-1351))
Santa María,
luz del día,
sé mi guía
todavía.

Dame gracia y bendición,
de Jesús consolación,
para que con devoción
pueda cantar tu alegría.

Tú siete gozos tuviste:
uno cuando recibiste
salutación
del Ángel; cuando la oíste
tú, María, concebiste
Dios-Salvación.

El segundo fue cumplido
cuando fue de ti nacido
sin dolor,
de los ángeles servido;
y fue luego conocido
por Salvador.

Y fue tu gozo tercero
cuando apareció el lucero
a demostrar
el camino verdadero;
a los Reyes compañero
fue en guiar.

Al nacimiento de Cristo

(Del poeta español Lope de Vega (1562-1635))
Repastaban sus ganados
a las espaldas de un monte
de la torre de Belén
los soñolientos pastores,

alrededor de los troncos
de unos encendidos robles,
que, restallando a los aires,
daban claridad al bosque.

En los nudosos rediles
las ovejuelas se encojen,
la escarcha en la hierba helada
beben pensando que comen.

No lejos los lobos fieros,
con los aullidos feroces,
desafían los mastines,
que adonde suenan, responden.

Cuando las escuras nubes,
de sol coronado, rompe
un Capitán celestial
de sus ejércitos nobles,

atónitos se derriban
de sí mismos los pastores,
y por la lumbre las manos
sobre los ojos se ponen.

Los perros alzan las frentes,
y las ovejuelas corren
unas por otras turbadas
con balidos desconformes.

Cuando el nuncio soberano
las plumas de oro descoge,
y enamorando los aires,
les dice tales razones:

«Gloria a Dios en las alturas,
paz en la tierra a los hombres,
Dios ha nacido en Belén
en esta dichosa noche».

Nació de una pura Virgen;
buscadle, pues sabéis donde,
que en sus brazos le hallaréis
envuelto en mantillas pobres».

Dijo, y las celestes aves
en un aplauso conformes
acompañando su vuelo
dieron al aire colores.

Los pastores, convocando
con dulces y alegres voces
toda la sierra, derriban
palmas y laureles nobles.

Ramos en las manos llevan,
y coronados de flores,
por la nieve forman sendas
cantando alegres canciones.

Llegan al portal dichoso
y aunque juntos le coronen
racimos de serafines,
quieren que laurel le adorne.

La pura y hermosa Virgen
hallan diciéndole amores
al niño recién nacido,
que Hombre y Dios tiene por nombre.

El santo viejo los lleva
adonde los pies le adoren,
que por las cortas mantillas
los mostraba el Niño entonces.

Todos lloran de placer,
pero ¿qué mucho que lloren
lágrimas de gloria y pena,
si llora el Sol por dos soles?

El santo Niño los mira,
y para que se enamoren,
se ríe en medio del llanto,
y ellos le ofrecen sus dones.

Alma, ofrecedle los vuestros,
y porque el Niño los tome,
sabed que se envuelve bien
en telas de corazones.

Romance del Nacimiento

(Del religioso y poeta español san Juan de la Cruz (1542-1591))
Ya que era llegado el tiempo
en que de nacer había,
así como desposado
de su tálamo salía,

abrazado con su esposa,
que en sus brazos la traía,
al cual la graciosa Madre
en su pesebre ponía,

entre unos animales
que a la sazón allí había,
los hombres decían cantares,
los ángeles melodía,

festejando el desposorio
que entre tales dos había,
pero Dios en el pesebre
allí lloraba y gemía,

que eran joyas que la esposa
al desposorio traía,
y la Madre estaba en pasmo
de que tal trueque veía:

el llanto del hombre en Dios,
y en el hombre la alegría,
lo cual del uno y del otro
tan ajeno ser solía.

Es media noche

(Del salvadoreño Manuel Álvarez Magaña (1876-1945))
Es media noche... ¡Con qué alegría
hoy las campanas vibran su voz:
¡En un establo, José y María
sonrientes miran al Niño Dios...

Noche Buena

(Del español Francisco Álvarez Hidalgo (1935-2014))
Serranas y pastores en la vaguada;
ellas hablan de amores con la mirada.

Ellos la noche admiran...
¡tantas y tantas estrellas...!
mientras ellas suspiran bellas, tan bellas...

De repente en los cielos hay espirales
de mágicos revuelos angelicales.

Campanillas de plata, voces en coro,
brillante catarata de luces de oro.

Y la canción más pura se oye en la sierra:
"Gloria a Dios en la altura, paz en la tierra".

Mi niño no tiene cuna

(De la cubana Herminia Ibaceta)
Noche, pesebre y estrella,
la luna agita sus aspa...
Niño de azucenas duerme
arropadito en la paja.
Reposa el brazo, el espíritu
del sueño remomta el ala,
y el hombre cierra las puertas
a María embarazada.
El eje gira que gira,
el Orbe danza en su barra;
en los célicos parajes
un lucero se agiganta.
María encontró refugio
para acunar la esperanza.
Hay aliento de silencios,
de fríos y de horas largas.
¡Ay... mi niño de azucenas
arropadito en la paja!,
¡mi niño no tiene cuna
para sus sueños de nácar!
El eje gira que gira,
el tiempo se pone en marcha...
Soles apagando estrellas,
lunas al sol amortajan,
ríos desgarrando cauces,
olas que suben y bajan,
y el hombre sigue cerrando
puertas a la embarazada.

El eje gira que gira,
otras tierras, otras razas,
otros hombres, otros niños,
otras madres, una nana:
¡Ay, mi niño de azucenas
arropadito en la paja,
mi niño no tiene cuna
para sus sueños de nácar,
mi niño no tiene cuna
para mecer la esperanza!