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Segundo mandamiento del Decálogo: «No tomarás el nombre de Dios en vano»

(De la Audiencia del Papa Francisco del 22 de agosto de 2018)

Continuamos las catequesis sobre los mandamientos y hoy afrontamos el mandamiento «No tomarás en falso el nombre de Yahveh, tu Dios» (Éxodo 20,7). Precisamente leemos esta Palabra como la invitación a no ofender el nombre de Dios y evitar usarlo inapropiadamente. Este significado claro nos prepara para profundizar más en estas valiosas palabras, de no usar el nombre de Dios en vano, de forma inoportuna. Escuchémoslas mejor. La versión «No tomarás» traduce una expresión que significa literalmente, en hebreo y en griego «no lo tomarás sobre ti, no te harás cargo». La expresión «en falso» es más clara y quiere decir: «en vacío, vanamente». Hace referencia a una carcasa vacía, a una forma privada de contenido. Es la característica de la hipocresía, del formalismo y de la mentira, del usar palabras o usar el nombre de Dios, pero vacío, sin verdad.

El nombre en la Biblia es la verdad íntima de las cosas y sobre todo de las personas. El nombre representa a menudo la misión. Por ejemplo, Abraham en el Génesis (cf. 17,5) y Simón Pedro en los Evangelios (cf. Juan 1,42) reciben un nombre nuevo para indicar el cambio de la dirección de su vida. Y conocer verdaderamente el nombre de Dios lleva a la transformación de la propia vida: desde el momento en el que Moisés conoce el nombre de Dios su historia cambia (cf. Éxodo 3,13-15). El nombre de Dios, en los ritos hebreos, se proclama solemnemente en el Día del Gran Perdón y el pueblo es perdonado porque por medio del nombre se entra en contacto con la vida misma de Dios que es misericordia.Entonces «tomar en sí el nombre de Dios» quiere decir asumir en nosotros su realidad, entrar en una relación fuerte, en una relación estrecha con Él. Para nosotros cristianos, este mandamiento es la llamada a recordarnos que estamos bautizados «en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo», como afirmamos cada vez que hacemos en nosotros mismos la señal de la cruz, para vivir nuestras acciones cotidianas en comunión sentida y real con Dios, es decir, en su amor. Y sobre esto, de hacer la señal de la cruz, quisiera reafirmar otra vez: enseñad a los niños a hacer la señal de la cruz. ¿Habéis visto cómo la hacen los niños? Si dices a los niños: «Haced la señal de la cruz», hacen una cosa que no saben lo que es. ¡No saben hacer la señal de la cruz! Enseñadles a hacer el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. El primer acto de fe de un niño. Tarea para vosotros, tarea para hacer: enseñar a los niños a hacer la señal de la cruz.

Nos podemos preguntar: ¿Es posible tomar sobre sí el nombre de Dios de forma hipócrita, como una formalidad, vacía? La respuesta es desafortunadamente positiva: sí, es posible. Se puede vivir una relación falsa con Dios.Jesús lo decía de esos doctores de la ley; ellos hacían cosas, pero no hacían lo que Dios quería. Hablaban de Dios, pero no hacían la voluntad de Dios. Y el consejo que da Jesús es: «Haced lo que dicen, pero no lo que hacen». Se puede vivir una relación falsa con Dios, como esa gente. Y esta palabra del Decálogo es precisamente la invitación a una relación con Dios que no sea falsa, sin hipocresías, a una relación en la que nos encomendamos a Él con todo lo que somos. En el fondo, hasta el día en el que no arriesgamos la existencia con el Señor, tocando con la mano que en Él se encuentra la vida, hacemos solo teorías. Este es el cristianismo que toca los corazones. ¿Por qué los santos son así capaces de tocar los corazones? ¡Porque los santos no solo hablan, mueven! Se nos mueve el corazón cuando una persona santa nos habla, nos dice las cosas. Y son capaces, porque en los santos vemos lo que nuestro corazón desea profundamente: autenticidad, relaciones verdaderas, radicalidad. Y esto se ve también en esos «santos de la puerta de al lado» que son, por ejemplo, los muchos padres que dan a los hijos el ejemplo de una vida coherente, sencilla, honesta y generosa.

Si se multiplican los cristianos que toman sobre sí el nombre de Dios sin falsedad —practicando así la primera petición del Padre Nuestro, «santificado sea tu nombre»— el anuncio de la Iglesia es más escuchado y resulta más creíble. Si nuestra vida concreta manifiesta el nombre de Dios, se ve lo bonito que es el bautismo y ¡qué gran don es la eucaristía!, como unión sublime está entre nuestro cuerpo y el Cuerpo de Cristo: ¡Cristo en nosotros y nosotros en Él! ¡Unidos! Esto no es hipocresía, esto es verdad. Esto no es hablar o rezar como un papagallo, esto es rezar con el corazón, amar al Señor. Desde la cruz de Cristo en adelante, nadie puede despreciarse a sí mismo y pensar mal de la propia existencia. ¡Nadie y nunca! Cualquier cosa que haya hecho. Porque el nombre de cada uno de nosotros está sobre los hombros de Cristo. ¡Él nos lleva! Vale la pena tomar sobre nosotros el nombre de Dios porque Él se ha hecho cargo de nuestro nombre hasta el fondo, también del mal que está en nosotros; Él se ha hecho cargo para perdonarnos, para poner en nuestro corazón su amor. Por esto Dios proclama en este mandamiento: «Tómame sobre ti, porque yo te he tomado sobre mí». Quien sea puede invocar el santo nombre del Señor, que es Amor fiel y misericordioso, en cualquier situación se encuentre. Dios no dirá nunca «no» a un corazón que lo invoca sinceramente. Y volvemos a la tarea para hacer en casa: enseñar a los niños a hacer la señal de la cruz bien hecha.

La idolatría

(De la Audiencia General del Papa Francisco del 8 de agosto de 2018)

Continuamos hoy meditando sobre el Decálogo, profundizando el tema de la idolatría. Hablamos de ello la semana pasada. Ahora retomamos el tema porque es muy importante conocerlo. Y nos inspiramos en el ídolo por excelencia, el becerro de oro, del que habla el libro del Éxodo (32,1-8) — acabamos de escuchar un pasaje. Este episodio tiene un contexto preciso: el desierto, donde el pueblo espera a Moisés, que subió al monte para recibir las instrucciones de Dios. ¿Qué es el desierto? Es un lugar donde reinan la precariedad y la inseguridad —en el desierto no hay nada— donde falta el agua, falta el alimento y falta el amparo. El desierto es una imagen de la vida humana, cuya condición es incierta y no posee garantías inviolables.

Esta inseguridad genera en el hombre inquietudes primarias, que Jesús menciona en el Evangelio: «¿Qué vamos a comer? ¿Qué vamos a beber? ¿Con qué vamos a vestirnos?» (Mateo 6,31). Son las inquietudes primarias. Y el desierto provoca estas inquietudes. Y en aquel desierto sucede algo que provoca la idolatría. «Moisés tardaba en bajar del monte» (Éxodo 32,1). Permaneció allí 40 días y la gente se impacientó. Falta el punto de referencia que era Moisés: el líder, el jefe, el guía tranquilizador, y eso resulta insostenible. Entonces el pueblo pide un dios visible —esto es la trampa en la que cae el pueblo— para poderse identificar y orientar. Y dicen a Aarón: «haz para nosotros un dios que camine a nuestra cabeza», «haznos un jefe, haznos un líder».

La naturaleza humana, para escapar de la precariedad -la precariedad del desierto- busca una religión hecha por uno mismo: si Dios no se hacer ver, nos hacemos un dios a medida. «Ante el ídolo, no hay riesgo de una llamada que haga salir de las propias seguridades, porque los ídolos “tienen boca y no hablan” (Salmos 115, 5). Vemos entonces que el ídolo es un pretexto para ponerse a sí mismo en el centro de la realidad, adorando la obra de las propias manos». (Enc. Lumen fidei, 13).

Aarón no sabe oponerse a la petición de la gente y crea un becerro de oro. El bercerro tenía un sentido doble en el cercano oriente antiguo: por una parte representaba fecundidad y abundancia, y por la otra energía y fuerza. Pero, ante todo, es de oro, por tanto, símbolo de riqueza, éxito, poder y dinero. Estos son los grandes ídolos: éxito, poder y dinero. ¡Son las tentaciones de siempre! He aquí lo que es el becerro de oro: el símbolo de todos los deseos que dan la ilusión de la libertad y sin embargo esclavizan, porque el ídolo siempre esclaviza. Existe la fascinación y tú vas. Aquella fascinación de la serpiente, que mira al pájaro y el pájaro se queda sin poder moverse y la serpiente lo toma. Aarón no supo oponerse.

Pero todo nace de la incapacidad de confiar sobre todo en Dios, de poner en Él nuestras seguridades, de dejar que sea Él el que dé verdadera profundidad a los deseos de nuestro corazón. Esto permite sostener también la debilidad, la incertidumbre y la precariedad. La referencia a Dios nos hace fuertes en la debilidad, en la incertidumbre y también en la precariedad. Sin el primado de Dios se cae fácilmente en la idolatría y nos contentamos con míseras certezas. Pero esta es una tentación que nosotros leemos siempre en la Biblia. Y pensad bien esto: liberar al pueblo de Egipto no le costó tanto trabajo a Dios; lo hizo con señales de poder, de amor.

Pero el gran trabajo de Dios fue quitar a Egipto del corazón del pueblo, es decir, quitar la idolatría del corazón del pueblo. Y todavía Dios continúa trabajando para quitarla de nuestros corazones. Este es el gran trabajo de Dios: quitar «aquel Egipto» que nosotros llevamos dentro, que es la fascinación de la idolatría.

Cuando se acoge al Dios de Jesucristo, que de rico se hizo pobre por nosotros (cf. 2 Corintios 8,9) se descubre entonces que reconocer la propia debilidad no es la desgracia de la vida humana, sino la condición para abrirse a aquel que es verdaderamente fuerte. Entonces, por la puerta de la debilidad entra la salvación de Dios (cf. 2 Corintios 12,10); es por su propia insuficiencia que el hombre se abre a la paternidad de Dios. La libertad del hombre nace al dejar que el verdadero Dios sea el único Señor. Esto permite aceptar la propia fragilidad y rechazar los ídolos de nuestro corazón.

Nosotros cristianos volvemos la mirada a Cristo crucificado (cf. Juan 19, 37), que es débil, despreciado y despojado de toda posesión. Pero en Él se revela el rostro del Dios verdadero, la gloria del amor y no la del engaño resplandeciente. Isaías dice: «con sus cardenales hemos sido curados» (53,5).

Hemos sido curados precisamente por la debilidad de un hombre que era Dios, por sus cardenales. Y desde nuestras debilidades podemos abrirnos a la salvación de Dios. Nuestra sanación viene de Aquel que se hizo pobre, que acogió el fracaso, que tomó hasta el fondo nuestra precariedad para llenarla de amor y de fuerza. Él viene a revelarnos la paternidad de Dios; en Cristo nuestra familia ya no es una maldición, sino un lugar de encuentro con el Padre y fuente de una nueva fuerza desde lo alto.

Primer mandamiento del Decálogo: «No habrá para ti otros dioses delante de mí»

(De la Audiencia General del Papa Francisco del 1 de agosto de 2018)

Hemos escuchado el primer mandamiento del Decálogo: «No habrá para ti otros dioses delante de mí» (Éxodo 20,3). Está bien detenerse en el tema de la idolatría, que es de gran alcance y actualidad.

El mandato prohíbe hacer ídolos o imágenes de todo tipo de realidad: todo, de hecho, puede ser usado como ídolo. Estamos hablando de una tendencia humana, que no diferencia entre creyentes y ateos. Por ejemplo, nosotros cristianos podemos preguntarnos: ¿quién es realmente mi Dios? ¿Es el Amor Uno y Trino o es mi imagen, mi éxito personal, quizá dentro de la Iglesia? «La idolatría no se refiere sólo a los cultos falsos del paganismo. Es una tentación constante de la fe. Consiste en divinizar lo que no es Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2113).

¿Qué es un «dios» en el plano existencial? Es eso que está en el centro de la propia vida y de lo que depende lo que se hace y se piensa. Se puede crecer en una familia nominalmente cristiana pero centrada, en realidad, en puntos de referencia externos al Evangelio. El ser humano no vive sin centrarse en algo. Es así que el mundo ofrece el «supermercado» de los ídolos, que pueden ser objetos, imágenes, ideas, cargos. Por ejemplo, también la oración. Nosotros debemos rezar a Dios, nuestro Padre. Recuerdo una vez que fui a una parroquia en la diócesis de Buenos Aires para celebrar una misa y después tenía que hacer las confirmaciones en otra parroquia a un kilómetro de distancia. Fui, caminando, y atravesé un parque, bonito. Pero en ese parque había más de 50 mesas cada una con dos sillas y la gente sentada una delante de otra. ¿Qué hacían? El tarot. Iban ahí «a rezar» al ídolo. En vez de rezar a Dios que es providencia del futuro, iban ahí porque leían las cartas para ver el futuro. Esta es una idolatría de nuestro tiempo. Yo os pregunto: ¿cuántos de vosotros vais a que os lean las cartas para ver el futuro? ¿Cuántos de vosotros, por ejemplo, habéis ido para que os lean la mano para ver el futuro, en vez de rezar al Señor? Esta es la diferencia: el Señor está vivo; los otros son ídolos; idolatrías que no sirven.

¿Cómo se desarrolla una idolatría? El mandamiento describe fases: «No te harás ni escultura ni imagen alguna […]. / No te postrarás ante ellas / ni les darás culto» (Éxodo 20, 4-5).

La palabra «ídolo» en griego deriva del verbo «ver». Un ídolo es una «visión» que tiende a convertirse en una fijación, una obsesión. El ídolo es en realidad una proyección de sí mismo en los objetos o en los proyectos. De esta dinámica se sirve, por ejemplo, la publicad: no veo el objeto en sí pero percibo ese coche, ese móvil, ese cargo —u otras cosas— como un medio para realizarme y responder a mis necesidades esenciales. Y los busco, hablo de eso, pienso en eso; la idea de poseer ese objeto o realizar ese proyecto; alcanzar esa posición, parece una camino maravilloso para la felicidad, una torre para alcanzar el cielo (cf. Génesis 11,1-9), y todo se convierte en funcional a esa meta.

Entonces se entra en la segunda fase: «No te postrarás ante ellas». Lo ídolos exigen un culto, rituales: a ellos hay que postrarse y sacrificar todo. En la antigüedad se hacían sacrificios humanos a los ídolos, pero también hoy: por la carrera se sacrifican los hijos, descuidándoles o simplemente no teniéndolos; la belleza pide sacrificios humanos. ¡Cuántas horas delante del espejo! Ciertas personas, ciertas mujeres ¿cuánto gastan para maquillarse? También esta es una idolatría. No es malo maquillarse; pero de forma normal, no para convertirse en una diosa. La belleza pide sacrificios humanos. La fama pide la inmolación de sí mismo, de la propia inocencia y autenticidad. Los ídolos piden sangre. El dinero roba vida y el placer lleva a la soledad. Las estructuras económicas sacrifican vidas humanas por útiles mayores. Pensemos en tanta gente sin trabajo. ¿Por qué? Porque a veces sucede que los empresarios de esa empresa, de esa compañía, han decidido despedir gente, para ganar más dinero. El ídolo del dinero. Se vive en la hipocresía, haciendo y diciendo lo que los otros se esperan, porque el dios de la propia afirmación lo impone. Y se arruinan vidas, se destruyen familias y se abandonan jóvenes en mano de modelos destructivos, para aumentar los beneficios. También la droga es un ídolo. Cuántos jóvenes arruinan la salud, incluso la vida, adorando este ídolo de la droga.

Aquí llega el tercero y más trágico estado: «... ni les darás culto», dice. Los ídolos esclavizan. Prometen felicidad pero no la dan; y te encuentras viviendo por esa cosa o por esa visión, atrapado en un vórtice auto-destructivo, esperando un resultado que no llega nunca.

Queridos hermanos y hermanas, los ídolos prometen vida, pero en realidad la quitan. El Dios verdadero no pide la vida sino que la dona, la regala. El Dios verdadero no ofrece una proyección de nuestro éxito, sino que enseña a amar. El Dios verdadero no pide hijos, sino que dona a su Hijo por nosotros. Los ídolos proyectan hipótesis futuras y hacen despreciar el presente; el Dios verdadero enseña a vivir en la realidad de cada día, en lo concreto, no con ilusiones sobre el futuro: hoy y mañana y pasado mañana caminando hacia el futuro. La concreción del Dios verdadero contra la liquidez de los ídolos. Yo os invito a pensar hoy: ¿cuántos ídolos tengo o cuál es mi ídolo favorito? Porque reconocer las propias idolatrías es un inicio de gracia, y pone en el camino del amor. De hecho, el amor es incompatible con la idolatría: si algo se convierte en absoluto e intocable, entonces es más importante que un cónyuge, que un hijo, o que una amistad. El apego a un objeto o a una idea hace ciegos al amor. Y así para ir detrás de los ídolos, de un ídolo, podemos incluso renegar al padre, la madre, los hijos, la mujer, el esposo, la familia... lo más querido. El apego a un objeto o a una idea hace ciegos al amor. Llevad esto en el corazón: los ídolos nos roban el amor, los ídolos nos hacen ciegos al amor y para amar realmente es necesario ser libres de todo ídolo.

¿Cuál es mi ídolo? ¡Quítalo y tíralo por la ventana!

Los mandamientos: palabras amorosas de un Padre

(De la Audiencia General del Papa Francisco del 27 de junio de 2018)

Continuamos hablando de los mandamientos que, como hemos dicho, más que mandamientos son las palabras de Dios a su pueblo para que camine bien; palabras amorosas de un Padre. Las diez palabras empiezan así: «Yo, Yahveh, soy tu Dios, que te ha sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre» (Éxodo 20,2). Este inicio puede parecer extraño a las leyes verdaderas que siguen. Pero no es así. ¿Por qué esta proclamación que Dios hace de sí y de la liberación? Porque se lleva al Monte Sinaí después de haber atravesado el Mar Rojo: el Dios de Israel primero salva, después pide confianza. Es decir: el Decálogo empieza por la generosidad de Dios. Dios nunca pide sin dar antes. Nunca. Primero salva, primero da, después pide. Así es nuestro Padre, Dios es bueno.

Y entendemos la importancia de la primera declaración: «Yo, Yahveh, soy tu Dios». Hay un posesivo, hay una relación, se pertenece. Dios no es un extraño: es tu Dios. Esto ilumina todo el Decálogo y desvela también el secreto de la actuación cristiana, porque es la misma actitud de Jesús cuando dice: «Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros» (Juan 15,9). Cristo es el amado por el Padre y nos ama con aquel amor. Él no parte de sí sino del Padre. A menudo nuestras obras fracasan porque partimos de nosotros mismos y no de la gratitud. Y quien parte de sí mismo, ¿dónde llega? ¡Llega a sí mismo! Es incapaz de hacer camino, vuelve a sí mismo. Es precisamente ese comportamiento egoísta que la gente define: «Esa persona es un yo, mi, conmigo y para mí». Sale de sí mismo y vuelve a sí mismo.

La vida cristiana es, ante todo, la respuesta agradecida a un Padre generoso. Los cristianos que solo siguen «deberes» denuncian que no tienen una experiencia personal de ese Dios que es «nuestro». Tengo que hacer esto, esto, esto... Solo deberes. ¡Pero te falta algo! ¿Cuál es el fundamento de este deber? El fundamento de este deber es el amor de Dios el Padre, que primero da, después manda. Poner la ley antes de la relación no ayuda al camino de la fe. ¿Cómo puede un joven desear ser cristiano, si partimos de obligaciones, compromisos, coherencias y no de liberación? ¡Pero ser cristiano es un viaje de liberación! Los mandamientos te liberan de tu egoísmo y te liberan porque está el amor de Dios, que te lleva adelante. La formación cristiana no está basada en la fuerza de voluntad, sino en la acogida de la salvación, en el dejarse amar: primero el Mar Rojo, después el Monte Sinaí. Primero la salvación: Dios salva a su pueblo en el Mar Rojo; después en el Sinaí les dice qué hacer. Pero aquel pueblo sabe que estas cosas las hace porque fue salvado por un Padre que lo ama. La gratitud es un rasgo característico del corazón visitado por el Espíritu Santo; para obedecer a Dios, primero debemos recordar sus beneficios. San Basilio dice: «Quien no deja que esos beneficios caigan en el olvido, está orientado hacia la buena virtud y hacia toda obra de justicia» (Regole brevi, 56). ¿A dónde nos lleva todo esto? A hacer un ejercicio de memoria: ¡cuántas cosas bellas ha hecho Dios por cada uno de nosotros! ¡Qué generoso es nuestro Padre Celestial! Ahora quisiera proponeros un pequeño ejercicio, en silencio, que cada uno responda en su corazón. ¿Cuántas cosas hermosas ha hecho Dios por mí? Esta es la pregunta. En silencio, que cada uno de nosotros responda. ¿Cuántas cosas hermosas ha hecho Dios por mí? Y esta es la liberación de Dios. Dios hace muchas cosas hermosas y nos libera.

Y sin embargo alguno puede sentir que aún no ha hecho una verdadera experiencia de la liberación de Dios. Esto puede suceder. Podría ser que se mire dentro y se encuentre solo sentido del deber, una espiritualidad de siervos y no de hijos. ¿Qué hacer en este caso? Como hizo el pueblo elegido. Dice el libro del Éxodo: «Los israelitas, gimiendo bajo la servidumbre, clamaron, y su clamor, que brotaba del fondo de su esclavitud, subió a Dios. Oyó Dios sus sus gemidos y acordose Dios de su alianza con Abraham, Isaac y Jacob. Y miró Dios a los hijos de Israel y conoció…» (Éxodo 2,23-25). Dios piensa en mí.

La acción liberadora de Dios colocada al principio del Decálogo —es decir, los mandamientos— es la respuesta a esta queja. Nosotros no nos salvamos solos, pero de nosotros puede partir un grito de auxilio: «Señor, sálvame, Señor, enséñame tu camino, oh Señor acaríciame, Señor, dame un poco de alegría». Este es un grito que pide ayuda. Esto nos espera a nosotros: pedir ser liberados del egoísmo, del pecado, de las cadenas de la esclavitud. Este grito es importante, es la oración, es consciente de lo que aún está oprimido y no liberado en nosotros. Hay muchas cosas que no están liberadas en nuestra alma. «Sálvame, ayúdame, libérame». Esta es una hermosa oración para el Señor. Dios espera ese grito porque puede y quiere romper nuestras cadenas; Dios no nos ha llamado a la vida para permanecer oprimidos, sino para ser libres y vivir en el agradecimiento, la obediencia a la alegría que nos ha dado tanto, infinitamente más de lo que podemos darle a Él. Es hermoso esto. ¡Que Dios sea siempre bendecido por todo lo que ha hecho, hace y hará por nosotros!

Los mandamientos: parte de la relación entre Dios y su Pueblo

(De la Audiencia General del Papa Francisco del 20 de junio de 2018)

En la Biblia los mandamientos no viven por sí mismos, sino que son parte de una relación, una conexión. Hemos visto que el Señor Jesús no ha venido a abolir la Ley sino a darle cumplimiento. Y está esa relación, de la Alianza entre Dios y su Pueblo. Al inicio del capítulo 20 del libro del Éxodo leemos —y esto es importante—: «Pronunció Dios todas estas palabras» (v. 1).

Parece una apertura como otra, pero nada es banal en la Biblia. El texto no dice: «Dios pronunció estos mandamientos» sino «estas palabras». La tradición hebrea llamará siempre al Decálogo «las diez Palabras». Y el término «decálogo» quiere decir precisamente esto. Y también tienen forma de ley, son objetivamente mandamientos. ¿Por qué, por tanto, el Autor sagrado usa, precisamente aquí, el término «diez palabras»? ¿Por qué? ¿Y no dice «diez mandamientos»?

¿Qué diferencia hay entre un mandamiento y una palabra? El mandamiento es una comunicación que no requiere el diálogo. La palabra, sin embargo, es el medio esencial de la relación como diálogo. Dios Padre crea por medio de su palabra, y su Hijo es la Palabra hecha carne. El amor se nutre de palabras, y lo mismo la educación o la colaboración. Dos personas que no se aman, no consiguen comunicar. Cuando uno habla a nuestro corazón, nuestra soledad termina. Recibe una palabra, se da la comunicación y los mandamientos son palabras de Dios: Dios se comunica en estas diez Palabras, y espera nuestra respuesta.

Otra cosa es recibir una orden, otra cosa es percibir que alguno trata de hablar con nosotros. Un diálogo es mucho más que la comunicación de una verdad. Yo puedo deciros: «Hoy es el último día de primavera, cálida primavera, pero hoy es el último día». Esta es una verdad, no es un diálogo. Pero si yo os digo: «¿Qué pensáis de esta primavera?», empiezo un diálogo. Los mandamientos son un diálogo.

La comunicación «se realiza por el gusto de hablar y por el bien concreto que se comunica entre los que se aman por medio de las palabras. Es un bien que no consiste en cosas, sino en las personas mismas que mutuamente se dan en el diálogo» (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 142). Pero esta diferencia no es una cosa artificial. Miremos lo que sucedió al inicio. El tentador, el diablo, quiere engañar al hombre y a la mujer sobre este punto: quiere convencerlos de que Dios les ha prohibido comer el fruto del árbol del bien y del mal para tenerlos sometidos. El desafío es precisamente este: ¿la primera norma que Dios dio al hombre es la imposición de un déspota que prohíbe y obliga o es la atención de un padre que está cuidando de sus pequeños y les protege de la autodestrucción? ¿Es una palabra o es una orden? La más trágica, entre las varias mentiras que la serpiente dice a Eva es la instigación de una divinidad envidiosa —«Pero no, Dios siente envidia de vosotros»— de una divinidad posesiva —«Dios no quiere que vosotros tengáis libertad»—. Los hechos demuestran dramáticamente que la serpiente mintió (cf. Génesis 2,16-17; 3,4-5), hizo creer que una palabra de amor fuera una orden.

El hombre está frente a esta encrucijada: ¿Dios me impone las cosas o cuida de mí? ¿Sus mandamientos son solo una ley o contienen una palabra para cuidarme? ¿Dios es patrón o padre? Dios es Padre: nunca olvidéis esto. Incluso en las peores situaciones, pensad que tenemos un Padre que nos ama a todos. ¿Somos súbditos o hijos? Esta lucha, tanto dentro como fuera de nosotros, se presenta continuamente: mil veces tenemos que elegir entre una mentalidad de esclavo y una mentalidad de hijos. El mandamiento es del señor, la palabra es del Padre.

El Espíritu Santo es un Espíritu de hijos, es el Espíritu de Jesús. Un espíritu de esclavos no puede hacer otra cosa que acoger la Ley de manera opresiva y puede producir dos resultados opuestos: o una vida hecha de deberes y de obligaciones o una reacción violenta de rechazo. Todo el cristianismo es el paso de la carta de la Ley al Espíritu que da la vida. (cf. 2 Corintios 3,6-17). Jesús es la Palabra del Padre, no es la condena del Padre. Jesús vino a salvar, con su palabra, no a condenarnos. Se ve cuando un hombre o una mujer han vivido este paso y cuando no. La gente se da cuenta de si un cristiano razona como hijo o como esclavo. Y nosotros mismos recordamos si nuestros educadores nos han cuidado como padres y madres o si nos han impuesto solo unas reglas. Los mandamientos son el camino hacia la libertad, porque son la palabra del Padre que nos hace libres en este camino.

El mundo no necesita legalismo sino cuidado. Necesita cristianos con el corazón de hijos. Necesita cristianos con el corazón de hijos: no olvidéis esto.

Los mandamientos: puerta a la vida verdadera

(De la Audiencia General del Papa Francisco del 13 de junio de 2018)

Empezamos hoy un nuevo itinerario de catequesis sobre el tema de los mandamientos. Los mandamientos de la ley de Dios. Para introducirlo nos inspiramos en el pasaje que acabamos de escuchar: el encuentro entre Jesús y un hombre —es un joven— que, arrodillado, le pregunta cómo poder heredar la vida eterna (cf. Marcos 10,17-21). Y en aquella pregunta está el desafío de cada existencia, también el nuestro: el deseo de una vida plena, infinita. Pero, ¿cómo hacer para llegar? ¿Qué sendero recorrer? Vivir de verdad, vivir una existencia noble… Cuántos jóvenes buscan «vivir» y después se destruyen yendo tras cosas efímeras.

Algunos piensan que es mejor apagar este impulso —el impulso de vivir— porque es peligroso. Quisiera decir, especialmente a los jóvenes: nuestro peor enemigo no son los problemas concretos, por serios y dramáticos que sean: el peligro más grande de la vida es un mal espíritu de adaptación que no es mansedumbre o humildad, sino mediocridad, algo pusilánime. ¿Un joven mediocre es un joven con futuro o no? ¡No! Permanece allí, no crece, no tendrá éxito. La mediocridad o la pusilanimidad. Aquellos jóvenes que tienen miedo de todo: «No, yo no soy así...». Estos jóvenes no irán adelante. Mansedumbre, fuerza y nada de pusilanimidad. El beato Pier Giorgio Frassati —que era un joven— decía que es necesario vivir, no ir tirando. Los mediocres van tirando. Vivir con la fuerza de la vida. Es necesario pedir al Padre celestial para los jóvenes de hoy el don de la sana inquietud. Pero, en casa, en vuestras casas, en cada familia, cuando se ve un joven que está sentado todo el día, a veces la madre y el padre piensan: «Pero este está enfermo, tiene algo» y lo llevan al médico. La vida del joven es ir adelante, ser inquieto, la sana inquietud, la capacidad de no conformarse con una vida sin belleza, sin color. Si los jóvenes no tienen hambre de una vida auténtica, me pregunto, ¿a dónde irá la humanidad? ¿A dónde irá la humanidad con jóvenes quietos y no inquietos?

La pregunta de aquel hombre del Evangelio que hemos escuchado está dentro de cada uno de nosotros: ¿Cómo se encuentra la vida, la vida en abundancia, la felicidad? Jesús responde: «Ya sabes los mandamientos» (v. 19) y cita una parte del Decálogo. Es un proceso pedagógico, con el que Jesús quiere guiar a un lugar preciso; de hecho, está ya claro, por su pregunta, que aquel hombre no tiene la vida plena, busca más, es inquieto. Por lo tanto, ¿qué debe entender? Dice: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud» (v. 20). ¿Cómo se pasa de la juventud a la madurez? Cuando se empiezan a aceptar los propios límites. Nos convertimos en adultos cuando se relativiza y se toma conciencia de «lo que falta» (cf. v. 21). Este hombre está obligado a reconocer que todo lo que puede «hacer» no supera un «techo», no va más allá de un margen. ¡Qué bonito ser hombres y mujeres! ¡Qué preciosa es nuestra existencia! Y también hay una verdad que en la historia de los últimos siglos el hombre ha rechazado a menudo, con trágicas consecuencias: la verdad de sus límites. Jesús, en el Evangelio, dice algo que nos puede ayudar: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento» (Mateo 5,17). El Señor Jesús regala el cumplimiento, ha venido para esto. Ese hombre debía llegar al umbral de un salto, donde se abre la posibilidad de dejar de vivir de sí mismos, de las propias obras, de los propios bienes y —precisamente porque falta la vida plena— dejar todo para seguir al Señor. Mirándolo bien, en la invitación final de Jesús —inmenso, maravilloso— no está la propuesta de la pobreza, sino de la riqueza, esa verdadera: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme» (v. 21).

¿Quién, pudiendo elegir entre un original y una copia, elegiría la copia? Este es el desafío: encontrar el original de la vida, no la copia. ¡Jesús no ofrece sustitutos, sino vida verdadera, amor verdadero, riqueza verdadera! ¿Cómo podrán los jóvenes seguirnos en la fe si no nos ven elegir el original, si nos ven adictos a las medias tintas? Es feo encontrar cristianos de medias tintas, cristianos —me permito la palabra— «enanos»; crecen hasta una cierta estatura y después no; cristianos con el corazón encogido, cerrado. Es feo encontrar esto. Es necesario el ejemplo de alguno que me invita a un «más allá», a un «más», a crecer un poco. San Ignacio lo llamaba el «magis», «el fuego, el fervor de la acción, que sacude a los soñolientos». El camino de eso que falta pasa por eso que está. Jesús no ha venido para abolir la Ley o a los Profetas sino para dar cumplimiento. Debemos partir de la realidad para hacer el salto en «eso que falta». Debemos escrutar lo ordinario para abrirnos a lo extraordinario.

En estas catequesis tomaremos las dos tablas de Moisés como cristianos, dando la mano a Jesús, para pasar de las ilusiones de la juventud al tesoro que está en el cielo, caminando detrás de Él. Descubriremos, en cada una de las leyes, antiguas y sabias, la puerta abierta del Padre que está en los cielos para que el Señor Jesús, que la ha atravesado, nos conduzca en la vida verdadera. Su vida. La vida de los hijos de Dios.

La Eucaristía en la economía de la salvación

(Del Catecismo de la Iglesia Católica)

Los signos del pan y del vino

En el corazón de la celebración de la Eucaristía se encuentran el pan y el vino que, por las palabras de Cristo y por la invocación del Espíritu Santo, se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Fiel a la orden del Señor, la Iglesia continúa haciendo, en memoria de Él, hasta su retorno glorioso, lo que Él hizo la víspera de su pasión: "Tomó pan...", "tomó el cáliz lleno de vino...". Al convertirse misteriosamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, los signos del pan y del vino siguen significando también la bondad de la creación. Así, en el ofertorio, damos gracias al Creador por el pan y el vino, fruto "del trabajo del hombre", pero antes, "fruto de la tierra" y "de la vid", dones del Creador. La Iglesia ve en en el gesto de Melquisedec, rey y sacerdote, que "ofreció pan y vino" (Gn 14,18), una prefiguración de su propia ofrenda.

En la Antigua Alianza, el pan y el vino eran ofrecidos como sacrificio entre las primicias de la tierra en señal de reconocimiento al Creador. Pero reciben también una nueva significación en el contexto del Éxodo: los panes ácimos que Israel come cada año en la Pascua conmemoran la salida apresurada y liberadora de Egipto. El recuerdo del maná del desierto sugerirá siempre a Israel que vive del pan de la Palabra de Dios. Finalmente, el pan de cada día es el fruto de la Tierra prometida, prenda de la fidelidad de Dios a sus promesas. El "cáliz de bendición" (1 Co 10,16), al final del banquete pascual de los judíos, añade a la alegría festiva del vino una dimensión escatológica, la de la espera mesiánica del restablecimiento de Jerusalén. Jesús instituyó su Eucaristía dando un sentido nuevo y definitivo a la bendición del pan y del cáliz.

Los milagros de la multiplicación de los panes, cuando el Señor dijo la bendición, partió y distribuyó los panes por medio de sus discípulos para alimentar la multitud, prefiguran la sobreabundancia de este único pan de su Eucaristía. El signo del agua convertida en vino en Caná anuncia ya la Hora de la glorificación de Jesús. Manifiesta el cumplimiento del banquete de las bodas en el Reino del Padre, donde los fieles beberán el vino nuevo convertido en Sangre de Cristo.

El primer anuncio de la Eucaristía dividió a los discípulos, igual que el anuncio de la pasión los escandalizó: "Es duro este lenguaje, ¿quién puede escucharlo?" (Jn 6,60). La Eucaristía y la cruz son piedras de escándalo. Es el mismo misterio, y no cesa de ser ocasión de división. "¿También vosotros queréis marcharos?" (Jn 6,67): esta pregunta del Señor resuena a través de las edades, como invitación de su amor a descubrir que sólo Él tiene "palabras de vida eterna" (Jn 6,68), y que acoger en la fe el don de su Eucaristía es acogerlo a Él mismo.

La institución de la Eucaristía

El Señor, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin. Sabiendo que había llegado la hora de partir de este mundo para retornar a su Padre, en el transcurso de una cena, les lavó los pies y les dio el mandamiento del amor. Para dejarles una prenda de este amor, para no alejarse nunca de los suyos y hacerles partícipes de su Pascua, instituyó la Eucaristía como memorial de su muerte y de su resurrección y ordenó a sus apóstoles celebrarlo hasta su retorno, "constituyéndoles entonces sacerdotes del Nuevo Testamento" (Concilio de Trento).

Los tres evangelios sinópticos y san Pablo nos han transmitido el relato de la institución de la Eucaristía; por su parte, san Juan relata las palabras de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, palabras que preparan la institución de la Eucaristía: Cristo se designa a sí mismo como el pan de vida, bajado del cielo.

Jesús escogió el tiempo de la Pascua para realizar lo que había anunciado en Cafarnaúm: dar a sus discípulos su Cuerpo y su Sangre:
«Llegó el día de los Ázimos, en el que se había de inmolar el cordero de Pascua; [Jesús] envió a Pedro y a Juan, diciendo: "Id y preparadnos la Pascua para que la comamos"[...] fueron [...] y prepararon la Pascua. Llegada la hora, se puso a la mesa con los Apóstoles; y les dijo: "Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios" [...] Y tomó pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: "Esto es mi cuerpo que va a ser entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío". De igual modo, después de cenar, tomó el cáliz, diciendo: "Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre, que va a ser derramada por vosotros"» (Lc 22,7-20).
Al celebrar la última Cena con sus Apóstoles en el transcurso del banquete pascual, Jesús dio su sentido definitivo a la pascua judía. En efecto, el paso de Jesús a su Padre por su muerte y su resurrección, la Pascua nueva, es anticipada en la Cena y celebrada en la Eucaristía que da cumplimiento a la pascua judía y anticipa la pascua final de la Iglesia en la gloria del Reino.

"Haced esto en memoria mía"

El mandamiento de Jesús de repetir sus gestos y sus palabras "hasta que venga" (1 Co 11,26), no exige solamente acordarse de Jesús y de lo que hizo. Requiere la celebración litúrgica por los Apóstoles y sus sucesores del memorial de Cristo, de su vida, de su muerte, de su resurrección y de su intercesión junto al Padre.

Desde el comienzo la Iglesia fue fiel a la orden del Señor. De la Iglesia de Jerusalén se dice:
«Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, fieles a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones [...] Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y con sencillez de corazón» (Hch 2,42.46).
Era sobre todo "el primer día de la semana", es decir, el domingo, el día de la resurrección de Jesús, cuando los cristianos se reunían para "partir el pan" (Hch 20,7). Desde entonces hasta nuestros días, la celebración de la Eucaristía se ha perpetuado, de suerte que hoy la encontramos por todas partes en la Iglesia, con la misma estructura fundamental. Sigue siendo el centro de la vida de la Iglesia.

Así, de celebración en celebración, anunciando el misterio pascual de Jesús "hasta que venga" (1 Co 11,26), el pueblo de Dios peregrinante "camina por la senda estrecha de la cruz" (Ad Gentes, decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia) hacia el banquete celestial, donde todos los elegidos se sentarán a la mesa del Reino.

Credo del Pueblo de Dios

(Solemne Profesión de fe que el Papa Pablo VI pronunció el 30 de junio de 1968, al concluir el Año de la fe proclamado con motivo del XlX centenario del martirio de los apóstoles Pedro y Pablo en Roma)

Unidad y Trinidad de Dios

1. Creemos en un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Creador de las cosas visibles —como es este mundo en que pasamos nuestra breve vida— y de las cosas invisibles —como son los espíritus puros, que llamamos también ángeles— y también Creador, en cada hombre, del alma espiritual e inmortal.

2. Creemos que este Dios único es tan absolutamente uno en su santísima esencia como en todas sus demás perfecciones: en su omnipotencia, en su ciencia infinita, en su providencia, en su voluntad y caridad. Él es el que es, como él mismo reveló a Moisés, él es Amor, como nos enseñó el apóstol Juan de tal manera que estos dos nombres, Ser y Amor, expresan inefablemente la misma divina esencia de aquel que quiso manifestarse a si mismo a nosotros y que, habitando la luz inaccesible, está en si mismo sobre todo nombre y sobre todas las cosas e inteligencias creadas. Sólo Dios puede otorgarnos un conocimiento recto y pleno de sí mismo, revelándose a sí mismo como Padre, Hijo y Espíritu Santo, de cuya vida eterna estamos llamados por la gracia a participar, aquí, en la tierra, en la oscuridad de la fe, y después de la muerte, en la luz sempiterna. Los vínculos mutuos que constituyen a las tres personas desde toda la eternidad, cada una de las cuales es el único y mismo Ser divino, son la vida íntima y dichosa del Dios santísimo, la cual supera infinitamente todo aquello que nosotros podemos entender de modo humano.

Sin embargo, damos gracias a la divina bondad de que tantísimos creyentes puedan testificar con nosotros ante los hombres la unidad de Dios, aunque no conozcan el misterio de la Santísima Trinidad.

3. Creemos, pues, en Dios, que en toda la eternidad engendra al Hijo; creemos en el Hijo, Verbo de Dios, que es engendrado desde la eternidad; creemos en el Espíritu Santo, persona increada, que procede del Padre y del Hijo como Amor sempiterno de ellos. Así, en las tres personas divinas, que son eternas entre sí e iguales entre sí, la vida y la felicidad de Dios enteramente uno abundan sobremanera y se consuman con excelencia suma y gloria propia de la esencia increada; y siempre hay que venerar la unidad en la trinidad y la trinidad en la unidad.

Cristología

4. Creemos en nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios. El es el Verbo eterno, nacido del Padre antes de todos los siglos y consustancial al Padre, u homoousios to Patri; por quien han sido hechas todas las cosas. Y se encarnó por obra del Espíritu Santo, de María la Virgen, y se hizo hombre: igual, por tanto, al Padre según la divinidad, menor que el Padre según la humanidad[6], completamente uno, no por confusión (que no puede hacerse) de la sustancia, sino por unidad de la persona.

El mismo habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad. Anunció y fundó el reino de Dios, manifestándonos en sí mismo al Padre. Nos dio su mandamiento nuevo de que nos amáramos los unos a los otros como él nos amó. Nos enseñó el camino de las bienaventuranzas evangélicas, a saber: ser pobres en espíritu y mansos, tolerar los dolores con paciencia, tener sed de justicia, ser misericordiosos, limpios de corazón, pacíficos, padecer persecución por la justicia. Padeció bajo Poncio Pilato; Cordero de Dios, que lleva los pecados del mundo, murió por nosotros clavado a la cruz, trayéndonos la salvación con la sangre de la redención. Fue sepultado, y resucitó por su propio poder al tercer día, elevándonos por su resurrección a la participación de la vida divina, que es la gracia. Subió al cielo, de donde ha de venir de nuevo, entonces con gloria, para juzgar a los vivos y a los muertos, a cada uno según los propios méritos: los que hayan respondido al amor y a la piedad de Dios irán a la vida eterna, pero los que los hayan rechazado hasta el final serán destinados al fuego que nunca cesará.

Y su reino no tendrá fin.

El Espíritu Santo

5. Creemos en el Espíritu Santo, Señor y vivificador que, con el Padre y el Hijo, es juntamente adorado y glorificado. Que habló por los profetas; nos fue enviado por Cristo después de su resurrección y ascensión al Padre; ilumina, vivifica, protege y rige la Iglesia, cuyos miembros purifica con tal que no desechen la gracia. Su acción, que penetra lo íntimo del alma, hace apto al hombre de responder a aquel precepto de Cristo: Sed perfectos como también es perfecto vuestro Padre celeste.

Mariología

6. Creemos que la Bienaventurada María, que permaneció siempre Virgen, fue la Madre del Verbo encarnado, Dios y Salvador nuestro, Jesucristo y que ella, por su singular elección, en atención a los méritos de su Hijo redimida de modo más sublime, fue preservada inmune de toda mancha de culpa original y que supera ampliamente en don de gracia eximia a todas las demás criaturas.

Ligada por un vínculo estrecho e indisoluble al misterio de la encarnación y de la redención, la Beatísima Virgen María, Inmaculada, terminado el curso de la vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste, y hecha semejante a su Hijo, que resucitó de los muertos, recibió anticipadamente la suerte de todos los justos; creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia, continúa en el cielo ejercitando su oficio materno con respecto a los miembros de Cristo, por el que contribuye para engendrar y aumentar la vida divina en cada una de las almas de los hombres redimidos.

Pecado original

7. Creemos que todos pecaron en Adán; lo que significa que la culpa original cometida por él hizo que la naturaleza, común a todos los hombres, cayera en un estado tal en el que padeciese las consecuencias de aquella culpa. Este estado ya no es aquel en el que la naturaleza humana se encontraba al principio en nuestros primeros padres, ya que estaban constituidos en santidad y justicia, y en el que el hombre estaba exento del mal y de la muerte. Así, pues, esta naturaleza humana, caída de esta manera, destituida del don de la gracia del que antes estaba adornada, herida en sus mismas fuerzas naturales y sometida al imperio de la muerte, es dada a todos los hombres; por tanto, en este sentido, todo hombre nace en pecado. Mantenemos, pues, siguiendo el concilio de Trento, que el pecado original se transmite, juntamente con la naturaleza humana, por propagación, no por imitación, y que se halla como propio en cada uno.

8. Creemos que nuestro Señor Jesucristo nos redimió, por el sacrificio de la cruz, del pecado original y de todos los pecados personales cometidos por cada uno de nosotros, de modo que se mantenga verdadera la afirmación del Apóstol: Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia.

9. Confesamos creyendo un solo bautismo instituido por nuestro Señor Jesucristo para el perdón de los pecados. Que el bautismo hay que conferirlo también a los niños, que todavía no han podido cometer por sí mismos ningún pecado, de modo que, privados de la gracia sobrenatural en el nacimiento nazcan de nuevo, del agua y del Espíritu Santo, a la vida divina en Cristo Jesús.

La Iglesia

10. Creemos en la Iglesia una, santa, católica y apostólica, edificada por Jesucristo sobre la piedra, que es Pedro. Ella es el Cuerpo místico de Cristo, sociedad visible, equipada de órganos jerárquicos, y, a la vez, comunidad espiritual; Iglesia terrestre, Pueblo de Dios peregrinante aquí en la tierra e Iglesia enriquecida por bienes celestes, germen y comienzo del reino de Dios, por el que la obra y los sufrimientos de la redención se continúan a través de la historia humana, y que con todas las fuerzas anhela la consumación perfecta, que ha de ser conseguida después del fin de los tiempos en la gloria celeste. Durante el transcurso de los tiempos el Señor Jesús forma a su Iglesia por medio de los sacramentos, que manan de su plenitud. Porque la Iglesia hace por ellos que sus miembros participen del misterio de la muerte y la resurrección de Jesucristo, por la gracia del Espíritu Santo, que la vivifica y la mueve. Es, pues, santa, aunque abarque en su seno pecadores, porque ella no goza de otra vida que de la vida de la gracia; sus miembros, ciertamente, si se alimentan de esta vida, se santifican; si se apartan de ella, contraen pecados y manchas del alma que impiden que la santidad de ella se difunda radiante. Por lo que se aflige y hace penitencia por aquellos pecados, teniendo poder de librar de ellos a sus hijos por la sangre de Cristo y el don del Espíritu Santo.

Heredera de las divinas promesas e hija de Abrahán según el Espíritu, por medio de aquel Israel, cuyos libros sagrados conserva con amor y cuyos patriarcas y profetas venera con piedad; edificada sobre el fundamento de los apóstoles, cuya palabra siempre viva y cuyos propios poderes de pastores transmite fielmente a través de los siglos en el Sucesor de Pedro y en los obispos que guardan comunión con él; gozando finalmente de la perpetua asistencia del Espíritu Santo, compete a la Iglesia la misión de conservar, enseñar, explicar y difundir aquella verdad que, bosquejada hasta cierto punto por los profetas, Dios reveló a los hombres plenamente por el Señor Jesús.

11. Nosotros creemos todas aquellas cosas que se contienen en la palabra de Dios escrita o transmitida y son propuestas por la Iglesia, o con juicio solemne, o con magisterio ordinario y universal, para ser creídas como divinamente reveladas.

12. Nosotros creemos en aquella infalibilidad de que goza el Sucesor de Pedro cuando habla ex cathedra y que reside también en el Cuerpo de los obispos cuando ejerce con el mismo el supremo magisterio.

13. Nosotros creemos que la Iglesia, que Cristo fundó y por la que rogó, es sin cesar una por la fe, y el culto, y el vinculo de la comunión jerárquica. La abundantísima variedad de ritos litúrgicos en el seno de esta Iglesia o la diferencia legítima de patrimonio teológico y espiritual y de disciplina peculiares no sólo no dañan a la unidad de la misma, sino que más bien la manifiestan.

Nosotros también, reconociendo por una parte que fuera de la estructura de la Iglesia de Cristo se encuentran muchos elementos de santificación y verdad, que como dones propios de la misma Iglesia empujan a la unidad católica, y creyendo, por otra parte, en la acción del Espíritu Santo, que suscita en todos los discípulos de Cristo el deseo de esta unidad, esperamos que los cristianos que no gozan todavía de la plena comunión de la única Iglesia se unan finalmente en un solo rebaño con un solo Pastor.

14. Nosotros creemos que la Iglesia es necesaria para la salvación. Porque sólo Cristo es el Mediador y el camino de la salvación que, en su Cuerpo, que es la Iglesia, se nos hace presente. Pero el propósito divino de salvación abarca a todos los hombres: y aquellos que, ignorando sin culpa el Evangelio de Cristo y su Iglesia, buscan, sin embargo, a Dios con corazón sincero y se esfuerzan, bajo el influjo de la gracia, por cumplir con obras su voluntad, conocida por el dictamen de la conciencia, ellos también, en un número ciertamente que sólo Dios conoce, pueden conseguir la salvación eterna.

Eucaristía

15. Nosotros creemos que la misa que es celebrada por el sacerdote representando la persona de Cristo, en virtud de la potestad recibida por el sacramento del orden, y que es ofrecida por él en nombre de Cristo y de los miembros de su Cuerpo místico, es realmente el sacrificio del Calvario, que se hace sacramentalmente presente en nuestros altares.

16. Nosotros creemos que, como el pan y el vino consagrados por el Señor en la última Cena se convirtieron en su cuerpo y su sangre, que en seguida iban a ser ofrecidos por nosotros en la cruz, así también el pan y el vino consagrados por el sacerdote se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo, sentado gloriosamente en los cielos; y creemos que la presencia misteriosa del Señor bajo la apariencia de aquellas cosas, que continúan apareciendo a nuestros sentidos de la misma manera que antes, es verdadera, real y sustancial.

En este sacramento, Cristo no puede hacerse presente de otra manera que por la conversión de toda la sustancia del pan en su cuerpo y la conversión de toda la sustancia del vino en su sangre, permaneciendo solamente íntegras las propiedades del pan y del vino, que percibimos con nuestros sentidos. La cual conversión misteriosa es llamada por la Santa Iglesia conveniente y propiamente transustanciación. Cualquier interpretación de teólogos que busca alguna inteligencia de este misterio, para que concuerde con la fe católica, debe poner a salvo que, en la misma naturaleza de las cosas, independientemente de nuestro espíritu, el pan y el vino, realizada la consagración, han dejado de existir, de modo que, el adorable cuerpo y sangre de Cristo, después de ella, están verdaderamente presentes delante de nosotros bajo las especies sacramentales del pan y del vino, como el mismo Señor quiso, para dársenos en alimento y unirnos en la unidad de su Cuerpo místico.

La única e indivisible existencia de Cristo, el Señor glorioso en los cielos, no se multiplica, pero por el sacramento se hace presente en los varios lugares del orbe de la tierra, donde se realiza el sacrificio eucarístico. La misma existencia, después de celebrado el sacrificio, permanece presente en el Santísimo Sacramento, el cual, en el tabernáculo del altar, es como el corazón vivo de nuestros templos. Por lo cual estamos obligados, por obligación ciertamente suavísima, a honrar y adorar en la Hostia Santa que nuestros ojos ven, al mismo Verbo encarnado que ellos no pueden ver, y que, sin embargo, se ha hecho presente delante de nosotros sin haber dejado los cielos.

Escatología

17. Confesamos igualmente que el reino de Dios, que ha tenido en la Iglesia de Cristo sus comienzos aquí en la tierra, no es de este mundo, cuya figura pasa, y también que sus crecimientos propios no pueden juzgarse idénticos al progreso de la cultura de la humanidad o de las ciencias o de las artes técnicas, sino que consiste en que se conozcan cada vez más profundamente las riquezas insondables de Cristo, en que se ponga cada vez con mayor constancia la esperanza en los bienes eternos, en que cada vez más ardientemente se responda al amor de Dios; finalmente, en que la gracia y la santidad se difundan cada vez más abundantemente entre los hombres. Pero con el mismo amor es impulsada la Iglesia para interesarse continuamente también por el verdadero bien temporal de los hombres. Porque, mientras no cesa de amonestar a todos sus hijos que no tienen aquí en la tierra ciudad permanente, los estimula también, a cada uno según su condición de vida y sus recursos, a que fomenten el desarrollo de la propia ciudad humana, promuevan la justicia, la paz y la concordia fraterna entre los hombres y presten ayuda a sus hermanos, sobre todo a los más pobres y a los más infelices. Por lo cual, la gran solicitud con que la Iglesia, Esposa de Cristo, sigue de cerca las necesidades de los hombres, es decir, sus alegrías y esperanzas, dolores y trabajos, no es otra cosa sino el deseo que la impele vehementemente a estar presente a ellos, ciertamente con la voluntad de iluminar a los hombres con la luz de Cristo, y de congregar y unir a todos en aquel que es su único Salvador. Pero jamás debe interpretarse esta solicitud como si la Iglesia se acomodase a las cosas de este mundo o se resfriase el ardor con que ella espera a su Señor y el reino eterno.

18. Creemos en la vida eterna. Creemos que las almas de todos aquellos que mueren en la gracia de Cristo —tanto las que todavía deben ser purificadas con el fuego del purgatorio como las que son recibidas por Jesús en el paraíso en seguida que se separan del cuerpo, como el Buen Ladrón— constituyen el Pueblo de Dios después de la muerte, la cual será destruida totalmente el día de la resurrección, en el que estas almas se unirán con sus cuerpos.

19. Creemos que la multitud de aquellas almas que con Jesús y María se congregan en el paraíso, forma la Iglesia celeste, donde ellas, gozando de la bienaventuranza eterna, ven a Dios, como Él es y participan también, ciertamente en grado y modo diverso, juntamente con los santos ángeles, en el gobierno divino de las cosas, que ejerce Cristo glorificado, como quiera que interceden por nosotros y con su fraterna solicitud ayudan grandemente nuestra flaqueza.

20. Creemos en la comunión de todos los fieles cristianos, es decir, de los que peregrinan en la tierra, de los que se purifican después de muertos y de los que gozan de la bienaventuranza celeste, y que todos se unen en una sola Iglesia; y creemos igualmente que en esa comunión está a nuestra disposición el amor misericordioso de Dios y de sus santos, que siempre ofrecen oídos atentos a nuestras oraciones, como nos aseguró Jesús: Pedid y recibiréis. Profesando esta fe y apoyados en esta esperanza, esperamos la resurrección de los muertos y la vida del siglo venidero.

Bendito sea Dios, santo, santo, santo. Amén.

Temas doctrinales y edificantes de nuestra fe


A continuación presentamos algunos temas instructivos cristianos católicos que han aparecido en publicaciones de este blog; algunos artículos bien pueden ser catalogados como doctrinales, en tanto que diríamos que otros pueden ser considerados más bien como edificantes; en ambos casos son formativos ya que sus contenidos pueden iluminarnos y servirnos de auxilio y refuerzo no sólo en cuanto al conocimiento sino también en el crecimiento personal en la fe que profesamos.

Para acceder al asunto que sea de su particular interés seleccione, haciendo clic, el tema que desee visualizar en la pantalla a partir de la siguiente lista de enlaces:

La esperanza de los cielos nuevos y de la tierra nueva

(Del Catecismo de la Iglesia Católica)

Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del Juicio final, los justos reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado:
La Iglesia «sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo cuando llegue el tiempo de la restauración universal y cuando, con la humanidad, también el universo entero, que está íntimamente unido al hombre y que alcanza su meta a través del hombre, quede perfectamente renovado en Cristo» (Lumen Gentium 48).
La sagrada Escritura llama "cielos nuevos y tierra nueva" a esta renovación misteriosa que trasformará la humanidad y el mundo. Esta será la realización definitiva del designio de Dios de "hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra" (Ef 1, 10).

En este "universo nuevo", la Jerusalén celestial, Dios tendrá su morada entre los hombres. "Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado" (Ap 21, 4).

Para el hombre esta consumación será la realización final de la unidad del género humano, querida por Dios desde la creación y de la que la Iglesia peregrina era "como el sacramento". Los que estén unidos a Cristo formarán la comunidad de los rescatados, la Ciudad Santa de Dios, "la Esposa del Cordero" (Ap 21, 9). 

Ya no será herida por el pecado, las manchas, el amor propio, que destruyen o hieren la comunidad terrena de los hombres. La visión beatífica, en la que Dios se manifestará de modo inagotable a los elegidos, será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión mutua.

En cuanto al cosmos, la Revelación afirma la profunda comunidad de destino del mundo material y del hombre:
«Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios  en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo» (Rm 8, 19-23).
Así pues, el universo visible también está destinado a ser transformado, "a fin de que el mundo mismo restaurado a su primitivo estado, ya sin ningún obstáculo esté al servicio de los justos", participando en su glorificación en Jesucristo resucitado (San Ireneo de Lyon).

"Ignoramos el momento de la consumación de la tierra y de la humanidad, y no sabemos cómo se transformará el universo. Ciertamente, la figura de este mundo, deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará y superará todos los deseos de paz que se levantan en los corazones de los hombres".

"No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva familia humana, que puede ofrecer ya un cierto esbozo del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente el progreso terreno del crecimiento del Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en la medida en que puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa mucho al Reino de Dios" .

"Todos estos frutos buenos de nuestra naturaleza y de nuestra diligencia, tras haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y según su mandato, los encontraremos después de nuevo, limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal" (Gadium et Spes 39).

Dios será entonces "todo en todos" (1 Co 15, 22), en la vida eterna:

«La vida subsistente y verdadera es el Padre que, por el Hijo y en el Espíritu Santo, derrama sobre todos sin excepción los dones celestiales. Gracias a su misericordia, nosotros también, hombres, hemos recibido la promesa indefectible de la vida eterna» (San Cirilo de Jerusalén).

La Iglesia es apostólica

(Del Catecismo de la Iglesia Católica)

La Iglesia es apostólica porque está fundada sobre los apóstoles, y esto en un triple sentido:
— fue y permanece edificada sobre "el fundamento de los Apóstoles" (Ef 2, 20; Hch 21, 14), testigos escogidos y enviados en misión por el mismo Cristo.
— guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza, el buen depósito, las sanas palabras oídas a los Apóstoles.
— sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los Apóstoles hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral: el colegio de los obispos, "al que asisten los presbíteros juntamente con el sucesor de Pedro y Sumo Pastor de la Iglesia":
«Porque no abandonas nunca a tu rebaño, sino que, por medio de los santos pastores, lo proteges y conservas, y quieres que tenga siempre por guía la palabra de aquellos mismos pastores a quienes tu Hijo dio la misión de anunciar el Evangelio (Prefacio de los Apóstoles I: Misal Romano).
La misión de los Apóstoles

Jesús es el enviado del Padre. Desde el comienzo de su ministerio, "llamó a los que él quiso [...] y vinieron donde él. Instituyó Doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar" (Mc 3, 13-14). Desde entonces, serán sus "enviados" [es lo que significa la palabra griega apóstoloi]. En ellos continúa su propia misión: "Como el Padre me envió, también yo os envío" (Jn 20, 21). Por tanto su ministerio es la continuación de la misión de Cristo: "Quien a vosotros recibe, a mí me recibe", dice a los Doce (Mt 10, 40).

 Jesús los asocia a su misión recibida del Padre: como "el Hijo no puede hacer nada por su cuenta" (Jn 5, 19.30), sino que todo lo recibe del Padre que le ha enviado, así, aquellos a quienes Jesús envía no pueden hacer nada sin Él de quien reciben el encargo de la misión y el poder para cumplirla. Los Apóstoles de Cristo saben por tanto que están calificados por Dios como "ministros de una nueva alianza" (2 Co 3, 6), "ministros de Dios" (2 Co 6, 4), "embajadores de Cristo" (2 Co 5, 20), "servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios" (1 Co 4, 1).

En el encargo dado a los Apóstoles hay un aspecto intransmisible: ser los testigos elegidos de la Resurrección del Señor y los fundamentos de la Iglesia. Pero hay también un aspecto permanente de su misión. Cristo les ha prometido permanecer con ellos hasta el fin de los tiempos. "Esta misión divina confiada por Cristo a los Apóstoles tiene que durar hasta el fin del mundo, pues el Evangelio que tienen que transmitir es el principio de toda la vida de la Iglesia. Por eso los Apóstoles se preocuparon de instituir [...] sucesores" (Lumen Gentium - Constitución Dogmática sobre la Iglesia).

Los obispos sucesores de los Apóstoles

"Para que continuase después de su muerte la misión a ellos confiada, [los Apóstoles] encargaron mediante una especie de testamento a sus colaboradores más inmediatos que terminaran y consolidaran la obra que ellos empezaron. Les encomendaron que cuidaran de todo el rebaño en el que el Espíritu Santo les había puesto para ser los pastores de la Iglesia de Dios. Nombraron, por tanto, de esta manera a algunos varones y luego dispusieron que, después de su muerte, otros hombres probados les sucedieran en el ministerio" (Lumen Gentium - Constitución Dogmática sobre la Iglesia).

"Así como permanece el ministerio confiado personalmente por el Señor a Pedro, ministerio que debía ser transmitido a sus sucesores, de la misma manera permanece el ministerio de los Apóstoles de apacentar la Iglesia, que debe ser ejercido perennemente por el orden sagrado de los obispos". Por eso, la Iglesia enseña que "por institución divina los obispos han sucedido a los apóstoles como pastores de la Iglesia. El que los escucha, escucha a Cristo; el que, en cambio, los desprecia, desprecia a Cristo y al que lo envió" (Lumen Gentium - Constitución Dogmática sobre la Iglesia).

El apostolado

Toda la Iglesia es apostólica mientras permanezca, a través de los sucesores de San Pedro y de los Apóstoles, en comunión de fe y de vida con su origen. Toda la Iglesia es apostólica en cuanto que ella es "enviada" al mundo entero; todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío. "La vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado". Se llama "apostolado" a "toda la actividad del Cuerpo Místico" que tiende a "propagar el Reino de Cristo por toda la tierra" (Decreto Apostolicam Actuositatem sobre el apostolado de los laicos).

"Siendo Cristo, enviado por el Padre, fuente y origen del apostolado de la Iglesia", es evidente que la fecundidad del apostolado, tanto el de los ministros ordenados como el de los laicos, depende de su unión vital con Cristo. Según sean las vocaciones, las interpretaciones de los tiempos, los dones variados del Espíritu Santo, el apostolado toma las formas más diversas. Pero la caridad, conseguida sobre todo en la Eucaristía, "siempre es como el alma de todo apostolado" (Decreto Apostolicam Actuositatem sobre el apostolado de los laicos).

El pecado original

(Del Catecismo de la Iglesia Católica)

La prueba de la libertad

Dios creó al hombre a su imagen y lo estableció en su amistad. Criatura espiritual, el hombre no puede vivir esta amistad más que en la forma de libre sumisión a Dios. Esto es lo que expresa la prohibición hecha al hombre de comer del árbol del conocimiento del bien y del mal, "porque el día que comieres de él, morirás sin  remedio" (Gn 2,17). "El árbol del conocimiento del bien y del mal" evoca simbólicamente el límite infranqueable que el hombre en cuanto criatura debe reconocer libremente y respetar con confianza. El hombre depende del Creador, está sometido a las leyes de la Creación y a las normas morales que regulan el uso de la libertad.

El primer pecado del hombre

El hombre, tentado por el diablo, dejó morir en su corazón la confianza hacia su creador y, abusando de su libertad, desobedeció al mandamiento de Dios. En esto consistió el primer pecado del hombre. En adelante, todo pecado será una desobediencia a Dios y una falta de confianza en su bondad.

En este pecado, el hombre se prefirió a sí mismo en lugar de Dios, y por ello despreció a Dios: hizo elección de sí mismo contra Dios, contra las exigencias de su estado de criatura y, por tanto, contra su propio bien. El hombre, constituido en un estado de santidad, estaba destinado a ser plenamente "divinizado" por Dios en la gloria. Por la seducción del diablo quiso "ser como Dios", pero "sin Dios, antes que Dios y no según Dios".

La Escritura muestra las consecuencias dramáticas de esta primera desobediencia. Adán y Eva pierden inmediatamente la gracia de la santidad original. Tienen miedo del Dios de quien han concebido una falsa imagen, la de un Dios celoso de sus prerrogativas.

La armonía en la que se encontraban, establecida gracias a la justicia original, queda destruida; el dominio de las facultades espirituales del alma sobre el cuerpo se quiebra; la unión entre el hombre y la mujer es sometida a tensiones; sus relaciones estarán marcadas por el deseo y el dominio. La armonía con la creación se rompe; la creación visible se hace para el hombre extraña y hostil. A causa del hombre, la creación es sometida "a la servidumbre de la corrupción" (Rm 8,21). Por fin, la consecuencia explícitamente anunciada para el caso de desobediencia, se realizará: el hombre "volverá al polvo del que fue formado" (Gn 3,19). La muerte hace su entrada en la historia de la humanidad.

Desde este primer pecado, una verdadera invasión de pecado inunda el mundo: el fratricidio cometido por Caín en Abel; la corrupción universal, a raíz del pecado; en la historia de Israel, el pecado se manifiesta frecuentemente, sobre todo como una infidelidad al Dios de la Alianza y como transgresión de la Ley de Moisés; e incluso tras la Redención de Cristo, entre los cristianos, el pecado se manifiesta de múltiples maneras. La Escritura y la Tradición de la Iglesia no cesan de recordar la presencia y la universalidad del pecado en la historia del hombre:

«Lo que la Revelación divina nos enseña coincide con la misma experiencia. Pues el hombre, al examinar su corazón, se descubre también inclinado al mal e inmerso en muchos males que no pueden proceder de su Creador, que es bueno. Negándose con frecuencia a reconocer a Dios como su principio, rompió además el orden debido con respecto a su fin último y, al mismo tiempo, toda su ordenación en relación consigo mismo, con todos los otros hombres y con todas las cosas creadas» (GS 13,1).

Consecuencias del pecado de Adán para la humanidad

Todos los hombres están implicados en el pecado de Adán. San Pablo lo afirma: "Por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores" (Rm 5,19): "Como por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron..." (Rm 5,12). A la universalidad del pecado y de la muerte, el apóstol opone la universalidad de la salvación en Cristo: "Como el delito de uno solo atrajo sobre todos los hombres la condenación, así también la obra de justicia de uno solo (la de Cristo) procura a todos una justificación que da la vida" (Rm 5,18).

Siguiendo a san Pablo, la Iglesia ha enseñado siempre que la inmensa miseria que oprime a los hombres y su inclinación al mal y a la muerte no son comprensibles sin su conexión con el pecado de Adán y con el hecho de que nos ha transmitido un pecado con que todos nacemos afectados y que es "muerte del alma". Por esta certeza de fe, la Iglesia concede el Bautismo para la remisión de los pecados incluso a los niños que no han cometido pecado personal.

¿Cómo el pecado de Adán vino a ser el pecado de todos sus descendientes? Todo el género humano es en Adán sicut unum corpus unius hominis ("Como el cuerpo único de un único hombre") (Santo Tomás de Aquino, Quaestiones disputatae de malo, 4,1). Por esta "unidad del género humano", todos los hombres están implicados en el pecado de Adán, como todos están implicados en la justicia de Cristo. Sin embargo, la transmisión del pecado original es un misterio que no podemos comprender plenamente. Pero sabemos por la Revelación que Adán había recibido la santidad y la justicia originales no para él solo sino para toda la naturaleza humana: cediendo al tentador, Adán y Eva cometen un pecado personal, pero este pecado afecta a la naturaleza humana, que transmitirán en un estado caído. Es un pecado que será transmitido por propagación a toda la humanidad, es decir, por la transmisión de una naturaleza humana privada de la santidad y de la justicia originales. Por eso, el pecado original es llamado "pecado" de manera análoga: es un pecado "contraído", "no cometido", un estado y no un acto.

Aunque propio de cada uno, el pecado original no tiene, en ningún descendiente de Adán, un carácter de falta personal. Es la privación de la santidad y de la justicia originales, pero la naturaleza humana no está totalmente corrompida: está herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al imperio de la muerte e inclinada al pecado (esta inclinación al mal es llamada "concupiscencia"). El Bautismo, dando la vida de la gracia de Cristo, borra el pecado original y devuelve el hombre a Dios, pero las consecuencias para la naturaleza, debilitada e inclinada al mal, persisten en el hombre y lo llaman al combate espiritual.

La doctrina de la Iglesia sobre la transmisión del pecado original fue precisada sobre todo en el siglo V, en particular bajo el impulso de la reflexión de san Agustín contra el pelagianismo, y en el siglo XVI, en oposición a la Reforma protestante. Pelagio sostenía que el hombre podía, por la fuerza natural de su voluntad libre, sin la ayuda necesaria de la gracia de Dios, llevar una vida moralmente buena: así reducía la influencia de la falta de Adán a la de un mal ejemplo. Los primeros reformadores protestantes, por el contrario, enseñaban que el hombre estaba radicalmente pervertido y su libertad anulada por el pecado de los orígenes; identificaban el pecado heredado por cada hombre con la tendencia al mal (concupiscentia), que sería insuperable. La Iglesia se pronunció especialmente sobre el sentido del dato revelado respecto al pecado original en el II Concilio de Orange en el año 529 y en el Concilio de Trento, en el año 1546.

Un duro combate... 

La doctrina sobre el pecado original —vinculada a la de la Redención de Cristo— proporciona una mirada de discernimiento lúcido sobre la situación del hombre y de su obrar en el mundo. Por el pecado de los primeros padres, el diablo adquirió un cierto dominio sobre el hombre, aunque éste permanezca libre. El pecado original entraña "la servidumbre bajo el poder del que poseía el imperio de la muerte, es decir, del diablo". Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres.

Las consecuencias del pecado original y de todos los pecados personales de los hombres confieren al mundo en su conjunto una condición pecadora, que puede ser designada con la expresión de san Juan: "el pecado del mundo" (Jn 1,29). Mediante esta expresión se significa también la influencia negativa que ejercen sobre las personas las situaciones comunitarias y las estructuras sociales que son fruto de los pecados de los hombres.

Esta situación dramática del mundo que "todo entero yace en poder del maligno" (1 Jn 5,19; cf. 1 P 5,8), hace de la vida del hombre un combate:

«A través de toda la historia del hombre se extiende una dura batalla contra los poderes de las tinieblas que, iniciada ya desde el origen del mundo, durará hasta el último día, según dice el Señor. Inserto en esta lucha, el hombre debe combatir continuamente para adherirse al bien, y no sin grandes trabajos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de lograr la unidad en sí mismo» (GS 37,2).

“No lo abandonaste al poder de la muerte”

Tras la caída, el hombre no fue abandonado por Dios. Al contrario, Dios lo llama y le anuncia de modo misterioso la victoria sobre el mal y el levantamiento de su caída. Este pasaje del Génesis ha sido llamado "Protoevangelio", por ser el primer anuncio del Mesías redentor, anuncio de un combate entre la serpiente y la Mujer, y de la victoria final de un descendiente de ésta.

La tradición cristiana ve en este pasaje un anuncio del "nuevo Adán" que, por su "obediencia hasta la muerte en la Cruz" (Flp 2,8) repara con sobreabundancia la desobediencia de Adán. Por otra parte, numerosos Padres y doctores de la Iglesia ven en la mujer anunciada en el "protoevangelio" la madre de Cristo, María, como "nueva Eva". Ella ha sido la que, la primera y de una manera única, se benefició de la victoria sobre el pecado alcanzada por Cristo: fue preservada de toda mancha de pecado original y, durante toda su vida terrena, por una gracia especial de Dios, no cometió ninguna clase de pecado.

Pero, ¿por qué Dios no impidió que el primer hombre pecara? San León Magno responde: "La gracia inefable de Cristo nos ha dado bienes mejores que los que nos quitó la envidia del demonio". Y santo Tomás de Aquino: «Nada se opone a que la naturaleza humana haya sido destinada a un fin más alto después de pecado. Dios, en efecto, permite que los males se hagan para sacar de ellos un mayor bien. De ahí las palabras de san Pablo: "Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia" (Rm 5,20). Y en la bendición del Cirio Pascual: "¡Oh feliz culpa que mereció tal y tan grande Redentor!"».