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Verso que no es verso

(Proverbios 12,25: La inquietud deprime el corazón del hombre, pero una buena palabra lo reconforta)
Verso que no es verso,
rima que no es rima;
como no sublima:
¡poema reverso!

Hoy estando inmerso
en baja autoestima
ven, Señor, anima
y haz mi escrito terso.

Amén.

¡Oh mente!

(Salmo 42,6: ¿Por qué te deprimes, alma mía? ¿Por qué te inquietas? Espera en Dios, y yo volveré a darle gracias, a él, que es mi salvador y mi Dios)
¡Oh mente!, ¿por qué tan quieta?
¿Ánima por qué has caído?
Parece hasta que se han ido,
quedando sólo la grieta.
Pez, no veo ninguna aleta;
avecilla, ¿y tus alas?,
¿por qué ahora te acorralas?
Señor, la mar sin una ola
es apagada farola;
¡qué pase este día de malas!

Amén.

Hoy estoy como muerto

(Juan 11,43: Después de decir esto, gritó con voz fuerte: «¡Lázaro, ven afuera!»)
Hoy estoy como muerto;
no, Señor, no es durmiendo;
pesadilla hay, no sueño,
si tu ausencia yo siento;
por mi mismo no puedo
levantarme, ¡estoy preso!;
ven y dame tu aliento
y saldré de este encierro.

Amén.

Paz

(Juan 16,33: Les digo esto para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo)
Paz que anime al confundido
que, desorientado, es triste,
como a tus amigos diste,
es lo que hoy, Señor, te pido.
¡Desconcierto y mucho ruido,
el mundo está atribulado!;
¿dónde está la paz que has dado?
¡Aunque aún reine la malicia,
hazme tuya tu justicia
para ser pacificado!

Amén.

A nuestro lado camina

(Lucas 24,15: Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos)
Siendo desapercibida
su presencia tan discreta,
Jesús siempre nos alienta
y a nuestro lado camina.

Con su presencia divina,
al notar nuestra tristeza,
Él provee fortaleza
cuando el ánimo declina.

La Escritura nos explica,
a Moisés y los profetas,
para que la mente entienda
y que la fe siga viva.

Al quedarse en nuestra vida,
conocemos su presencia
al sentarse en la mesa
cuando parte la comida.

Oración final

(Del español Rafael Montesinos (1920-2005))
Hoy te traigo, Señor, esta tristeza
de saberme sin gozo y sin herida,
hoy te traigo, Señor, esta dolida
voz de arrepentimiento que te reza.

Te devolví en espinas y aspereza
la miel que derramaste por mi vida.
Sálvame Tú, Señor, esta vencida
primavera de angustia que ahora empieza

Si malgasté un amor, y otro a mi lado
dejé morir sin luz en la cadena
candente de la carne amarga y triste,

hoy te vuelvo lo poco que he salvado,
porque, Señor, la angustia que me llena
mayor pudo haber sido, y no quisiste.

Mala lluvia

(Del español Ramón de Garciasol (nombre literario de Miguel Alonso Calvo (1913-1994)))
¡Si lloviese sobre alegría!
Pero llueve sobre mojado,
sobre el corazón entelerido,
sobre tiempo de melancolía
—el amor en el suelo, derribado—,
sobre el entusiasmo escarnecido.
Si lloviese sobre la cara
juvenil, y sobre los ojos
llenos de risa, sobre el paso
caminero, y no se alocara
la corriente con muertos, los rastrojos
con pedrisco, los vientres con fracaso.
Si lloviese como Dios manda,
para la tierra y las cosechas,
para el viñedo y el olivo,
no para el cauce que se desmanda,
no para enrobinar las flechas,
no para emborronar lo que escribo.
Llueve, Señor, y llévatelo todo
lo que no tenga cepellón eterno,
lo que no cante amor en las raíces.
Llueve, Señor, y llueve más, a modo;
respeta solamente lo materno,
lo que tiene futuro en las matrices.
Bórrame si soy llanto, si soy humo,
hasta dejarme a flor de sol el hueso;
arrástrame este fango de la queja,
pisa mi pulpa extrema para zumo,
estrújame la sangre para beso,
rotúrame la entraña con tu reja.

Renacer

(De la poetisa argentina Marilina Rébora (1919-1999))
Estoy sola, Señor, y hay mucha gente en torno,
estoy triste —no obstante la riente algazara—
y mi imagen es débil, perdida, sin contorno,
bien que la luz del sol le dé sobre la cara.

Temerosa, Señor, del más humilde adorno
y de otras tantas cosas que el mundo nos depara,
pienso en la noche próxima del viaje sin retorno,
el instante postrero que a todos nos separa.

Mas te siento, Señor, junto a mí por momentos,
tu divina presencia ilumina el ambiente
y percibo que vuelven a su ritmo mis días,
para que así se acaben entonces mis lamentos,
renaciendo a mi propia existencia sonriente
pues que Tú me regalas con nuevas alegrías.

La oración del alba

(De la poetisa cubana Dulce María Loynaz  (1902-1997))
Señor:
Te pido ahora que me dejes
bajar de esta mi torre de marfil; de la altísima
torre a donde, sola y callada,
sin volver la cabeza subí un día:
un día de esos en que siente uno
yo no sé qué nostalgia de alas...
Una fina
tristeza se me ahonda
despacio... la tristeza de las cimas.
Quiero bajar, Señor,
quiero bajar en paz.
Inclina
más mi frente—esta frente siempre alta!..—
Suaviza
y distingue mis manos que, de tanto
no querer asir nada, están un poco rígfidas...
Inclíname la frente alta y devuélvele
a tu tierra mi mirada perdida.
¡Ay!, miré demasiado las estrellas...
No hay que mirarlas tanto:
Con tus manos heridas
sosténme en la bajada un poco triste
y dime qué palabra se le dice a la hormiga,
a la yerba del campo, al que está triste,
al que tiene las manos manchadas...
La sencilla
palabra, Dios mío...
Ayúdame
a disimular esta repulsión instintiva
hacia las cosas feas y concédeme
la comprensión.
Yo quiero comprender...
¡Qué exquisita
gracia la de saber que todo está
bien!... La de entender la armonía
de lo inarmonioso.
Yo quiero
comprender y amar
— ¡quisiera besar la herida
de un leproso y que él no supiera nunca
cuánto el beso me costaría!...—
Dame la buena voluntad;
dame más suavidad para la vida...
Yo no quiero que sepan que estoy triste,
yo quiero comprender y amar; yo quiero
que la palabra dura que alguien diga
no vaya a oscurecerme
la mirada limpia.
Dame, Señor, un buen olvido
para las pequeñas
injusticias de cada día;
dame que la mentira y la torpeza
no puedan ya quitarme la sonrisa.
Dame valiente el corazón, segura
la mano, el pie incansable y el amor...
¡Bien vendría
ahora un poco de serenidad
y otro poco de fe!... Me quedo tan sombría,
tan callada a veces...
Amanece en la vaga lejanía:
Bajaré de la torre de marfil,
y dejaré mi luna lila
y mi soledad y mi ensueño...
El polvo vuelve al polvo:
Me perderé un buen día
por los caminos de la tierra, y, si un minuto
el desaliento me domina,
nadie vea mi desaliento
y todos vean mi sonrisa.
Y mi sonrisa sea fuente,
y flor, y ala y venda... ¡Y sonrisa!...
¡Por los caminos de la tierra;
por los caminos de la tierra,
como San Francisco quería!...

Divagaciones

(Del poeta nicaragüense Rubén Darío (1867-1916))
Mis ojos espantos han visto,
tal ha sido mi triste suerte;
cual la de mi Señor Jesucristo,
mi alma está triste hasta la muerte.

Hombre malvado y hombre listo
en mi enemigo se convierte;
cual la de mi Señor Jesucristo,
mi alma está triste hasta la muerte.

Desde que soy, desde que existo,
mi pobre alma armonías vierte.
Cual la de mi Señor Jesucristo,
mi alma está triste hasta la muerte.

Letrilla

(De Sor Ana de San Bartolomé, beata y religiosa Carmelita (1549-1626))
Si ves mi pastor,
háblale, Llorente;
dile mi dolor,
mira si lo siente.
Dile con cuidado,
y bien dicho, pastor, 
que por qué ha cerrado
ansí mi corazón,
y siendo el Señor
ansí se me ausente.
Dile mi dolor,
mira si lo siente.
Vuélveme la luz,
caro y buen amigo,
y venga la cruz
como seáis servido,
que ese es el camino
que pide el amor.
Dile mi dolor,
mira si lo siente.
La noche es oscura
y da mil temores,
y los robadores
que no se conduran;
¿y entonces te escondes,
mi buen fiador?
Dile mi dolor,
mira si lo siente.
No os mostréis tan duro,
buena está la prueba
y basta la hecha,
pues veis no es seguro
en tan flaca tierra
y tan sin vigor.
Dile mi dolor
mira si lo siente.
¿Cómo me has metido 
en tan fuerte breña,
y te has escondido
dejándome en ella
y en estrecha senda
nis saber dó voy?
Dile mi dolor,
mira si lo siente.
Si me has entendido,
¿cómo no respondes
a un triste suspiro
que es cierto que le oyes?
Y eso más me pone
triste y con temor.
Dile mi dolor,
mira si lo siente.

Tengo ganas de llorar

(Del escritor español José María de Horna)
Cuando recorta mis alas
un mundo cobarde y lento,
y mis sueños se critican
porque levantan el vuelo;

cuando cualquier fantasía
es rechazada al momento
si no se ciñe a las leyes
del santo "tanto por ciento";

cuando es "rentable" la vida,
y yo siento en mis adentros
que esta "rentabilidad"
ahoga mis sentimientos;

cuando la gente me aplaude
en orden a ciertos éxitos,
que yo considero fallos
que traicionaron mis sueños;

cuando me ahoga el ambiente,
cuando no vislumbro el cielo,
cuando noto a Dios distante
y su condena presiento...
tengo ganas de llorar
lentamente y en silencio.

¿Hasta cuándo, Señor?

(Del poeta español Ricardo León (1877-1943))
¿Hasta cuándo, Señor, en este olvido,
cárcel del alma, viviré? ¿Hasta cuándo

tu dulce rostro me estarán celando
la noche y las tinieblas del sentido?

¿Hasta cuándo, en las sombras oprimido,
con crudas ansias te andaré buscando,

mientras escucho el implacable bando
y de sus flechas el mortal silbido?

¡Mira y óyeme, oh Dios! Triste y herido
de amor y muerte, en las tinieblas ando

de la noche sin luz, desfallecido.

Pájaro ciego, errante y perseguido
que busca ansioso de tu pecho blando

las suaves plumas y el calor del nido.