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Salmo III

(Del escritor y filósofo español Miguel de Unamuno (1864-1936))
¡Oh, Señor, tú que sufres del mundo
sujeto a tu obra,
es tu mal nuestro mal más profundo
y nuestra zozobra!

Necesitas uncirte al infinito
si quieres hablarme,
y si quieres te llegue mi grito
te es fuerza escucharme.

Es tu amor el que tanto te obliga
bajarte hasta el hombre,
y a tu Esencia mi boca le diga
cuál sea tu nombre.

Te es forzoso rasgarte el abismo
si mío ser quieres,
y si quieres vivir en ti mismo
ya mío no eres.

Al crearnos para tu servicio
buscas libertad,
sacudirte del recio suplicio
de la eternidad.

Si he de ser, como quieres, figura
y flor de tu gloria,
hazte, ¡oh, Tu Creador, criatura
rendido a la historia!

Libre ya de tu cerco divino
por nosotros estás,
sin nosotros sería tu sino
o siempre o jamás.

Por gustar, ¡oh, Impasible!, la pena
quisiste penar,
te faltaba el dolor que enajena
para más gozar.

Y probaste el sufrir y sufriste
vil muerte en la cruz,
y al espejo del hombre te viste
bajo nueva luz.

Y al sentirte anhelar bajo el yugo
del eterno Amor,
nos da al Padre y nos mata al verdugo
el común Dolor.

Si has de ser, ¡oh, mi Dios!, un Dios vivo
y no idea pura,
en tu obra te rinde cautivo
de tu criatura.

Al crear, Creador, quedas preso
de tu creación,
mas así te libertas del peso
de tu corazón.

Son tu pan los humanos anhelos,
es tu agua la fe;
yo te mando, Señor, a los cielos
con mi amor, mi sed.

Es la sed insaciable y ardiente
de sólo verdad;
dame, ¡oh, Dios!, a beber en la fuente
de tu eternidad.

Méteme, Padre eterno, en tu pecho,
misterioso hogar,
dormiré allí, pues vengo deshecho
del duro bregar.

Hermosura

(Del escritor y filósofo español Miguel de Unamuno (1864-1936))
¡Aguas dormidas,
 verdura densa,
piedras de oro,
cielo de plata!
Del agua surge la verdura densa;
de la verdura,
como espigas gigantes, las torres
que en el cielo burilan
en plata su oro.
Son cuatro fajas:
la del río, sobre ella la alameda,
la ciudadana torre
y el cielo en que reposa.
Y todo descansando sobre el agua,
flúido cimiento,
agua de siglos,
espejo de hermosura.
La ciudad, en el cielo pintada
con luz inmoble;
inmoble se halla todo,
el agua inmoble,
inmóviles los álamos,
quietas las torres en el cielo quieto.
Y es todo el mundo;
detrás no hay nada.
Con la ciudad enfrente me hallo solo,
y Dios entero
respira entre ella y yo toda su gloria.
A la gloria de Dios se alzan las torres,
a su gloria los álamos,
a su gloria los cielos,
y las aguas descansan a su gloria.
El tiempo se recoge;
desarrolla lo eterno sus entrañas;
se lavan los cuidados y congojas
en las aguas inmobles,
en los inmobles álamos,
en las torres pintadas en el cielo,
mar de altos mundos.
El reposo reposa en la hermosura
del corazón de Dios, que así nos abre
tesoros de su gloria.
Nada deseo;
mi voluntad descansa.
mi voluntad reclina
de Dios en el regazo su cabeza.
y duerme y sueña...
Sueña en descanso
toda aquesta visión de alta hermosura.
¡Hermosura! ¡Hermosura!
Descanso de las almas doloridas,
enfermas de querer sin esperanza.
¡Santa hermosura.
solución al enigma!
Tú matarás la Esfinge.
tú reposas en ti sin más cimiento.
Gloria de Dios, te bastas.
¿Qué quieren esas torres?
Ese cielo, ¿qué quiere?
¿qué la verdura?
¿y qué las aguas?
Nada, no quieren;
su voluntad murióse;
descansan en el seno
de la Hermosura eterna;
son palabras de Dios limpias de todo
querer humano.
Son la oración de Dios, que se regala
cansándose a sí mismo,
y así mata las penas.
La noche cae; despierto,
me vuelve la congoja,
la espléndida visión se ha derretido,
vuelvo a ser hombre.
Y ahora dime, Señor, dime al oído:
tanta hermosura,
¿matará nuestra muerte?

Libértate, Señor

(Del escritor y filósofo español Miguel de Unamuno (1864-1936))
Dime tú lo que quiero,
que no lo sé...
Despoja a mis ansiones de su velo...
Descúbreme mi mar,
Mar de lo eterno...
Dime quién soy..., dime quién soy..., que vivo...
Revélame el misterio...
Descúbreme mi mar...
Ábreme mi tesoro,
mi tesoro, ¡Señor!
¡Ciérrame los oídos,
ciérramelos con tu palabra inmensa,
que no oiga los quejidos
de los pobres esclavos de la tierra...!
¡Que al llegar sus murmullos a mi pecho,
al entrar en mi selva,
me rompen la quietud!
- - -
Tu palabra no muere, nunca muere...
porque no vive...
No muere tu palabra omnipotente,
porque es la vida misma,
y la vida no vive...
no vive..., vivifica...
Tu palabra no muere..., nunca muere...
¡nunca puede morir!
Follaje de la vida,
raíces de la muerte...
¡eso son sus palabras nada más!
Me llegan sus canciones al oído...
estribillos de moda...
¡cantan la libertad!
No canta libertad más que el esclavo,
el pobre esclavo;
el libre canta amor,
te canta a ti, ¡Señor!
Que en mí cante tu selva,
¡selva de inmensidad!
Que en mí cante tu selva,
la virgen selva libre en que colgaste
al aire libre
mi nido del follaje...
Que en mí cante tu selva,
¡selva de inmensidad!
Allí en sus jaulas de oro,
fuera del nido,
la cantinela en moda
repiten los esclavos... ¡pobrecillos!
¡Libérta-los!
¡Libérta-los, Señor!
Mira, Señor, que mi alma
jamás ha de ser libre
mientras quede algo esclavo
en el mundo que hiciste,
y mira que si al alma no libertas,
al alma en que Tú vives,
serás en ella esclavo.
¡Tú, Tú mismo, Señor!
¡Libérta-te!
¡Libérta-te, Señor!
¡Libérta-les,
átales con tu amor!
Libérta-te.
¡Libérta-te en tu amor!
Libérta-me.
¡Libérta-me, Señor!
- - -
No me muestres sendero,
no me muestres camino;
no me lo muestres,
que no lo sigo...
Déjame descansar en tu reposo,
en el reposo vivo,
y en su dulce regazo,
en tu seno dormido
guárda-me, ¡Señor!
Guárdame tranquilo,
guárdame en tu mar,
mar del olvido...
mar de lo eterno...
guárda-me, ¡Señor!
No me muestres camino,
no me muestres sendero,
que no lo sigo...
¡No puedo andar!
A las demás renuncio
si sigo una vereda...
quiero perderme,
perderme sin senderos en la selva,
selva de vida;
quiero tenerla abierta...
las sendas me la cierran...
guárda-me,
guárda-me, ¡Señor!
- - -
Callaron los esclavos...
Están durmiendo...
Callaron los esclavos...
En silencio te rezan sin saberlo...
Mientras duermen te rezan,
es oración su sueño...
No los despiertes...
Libérta-los.
¡Libérta-los, Señor! 
Ata-les con el sueño.
Libérta-los.
¡Libérta-los, Señor!
Mientras quede algo esclavo
no será mi alma libre,
ni Tú, Señor,
ni Tú que en ella vives...
Serás tú mismo esclavo...
Libérta-me,
libérta-me, ¡Señor!
Libérta-te,
libérta-te, ¡Señor!
¡Libérta-te!

Eucaristía

(Del escritor y filósofo español Miguel de Unamuno (1864-1936))
Amor de Ti nos quema, blanco cuerpo;
amor que es hambre, amor de las entrañas;
hambre de la Palabra creadora
que se hizo carne; fiero amor de vida
que no se sacia con abrazos, besos,
ni con enlace conyugal alguno.
Sólo comerte nos apaga el ansia,
pan de inmortalidad, carne divina.
Nuestro amor entrañado, amor hecho hambre,
¡oh Cordero de Dios!, manjar te quiere;
quiere saber sabor de tus redaños,
comer tu corazón, y que su pulpa
como maná celeste se derrita
sobre el ardor de nuestra seca lengua:
que no es gozar en Ti; es hacerte nuestro,
carne de nuestra carne, y tus dolores
pasar para vivir muerte de vida.
Y tus brazos abriendo como en muestra
de entregarte amoroso, nos repites:
«Venid, comed, tomad: éste es mi cuerpo!»
¡Carne de Dios Verbo encarnado encarna
nuestra divina hambre carnal de Ti!

Santa sencillez

(Del escritor y filósofo español Miguel de Unamuno (1864-1936))
¡Felices aquellos cuyos días
son todos iguales!

Lo mismo les es un día que otro,
lo mismo un mes que un día,
y un año lo mismo que un mes.

Se acuestan tranquilos
esperando el nuevo día,
y se levantan alegres a vivirlo...

Viven a Dios,
que es más que pensarlo,
sentirlo o quererlo.

Su oración no es algo que se destaca
y separa de sus demás actos...

Oran viviendo.

Y por fin mueren como muere
la claridad del día al venir la noche,
yendo a brillar a otra región.

¡Santa sencillez!

Agranda la puerta, Padre

(Del escritor y filósofo español Miguel de Unamuno (1864-1936))
Agranda la puerta, Padre,
porque no puedo pasar;
la hiciste para los niños.
Yo he crecido, a mi pesar.

Si no me agrandas la puerta,
achícame, por piedad,
vuélveme a la edad bendita
en que vivir es soñar.