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Ninguna soledad como la mía

(Del escritor y poeta mexicano Carlos Pellicer (1899-1977))
Ninguna soledad como la mía. 
Lo tuve todo y no me queda nada. 
Virgen María, dame tu mirada 
para que pueda enderezar mi guía. 

Ya no tengo en los ojos sino un día 
con la vegetación apuñalada. 
Ya no me oigas llorar por la llorada 
soledad en que estoy, Virgen María. 

Dame a beber del agua sustanciosa 
que en cada sorbo tiene de la rosa 
y de la estrella aroma y alhajero. 

Múdame las palabras, ven primero 
que la noche se encienda y silenciosa 
me pondrás en las manos un lucero. 

Tiempo soy entre dos eternidades

(Del escritor y poeta mexicano Carlos Pellicer (1899-1977))
Tiempo soy entre dos eternidades.
Antes de mí la eternidad y luego
de mí, la eternidad. El fuego;
sombra sola entre inmensas claridades.

Fuego del tiempo, ruidos, tempestades;
sí con todas mis fuerzas me congrego,
siento enormes los ojos, miro ciego
y oigo caer manzanas soledades.

Dios habita mi muerte, Dios me vive.
Cristo, que fue en el tiempo Dios, derive
gajos perfectos de mi ceiba innata.

Tiempo soy, tiempo último y primero,
el tiempo que no muere y que no mata,
templado de cenit y de lucero.

Sonetos de esperanza

(Del escritor y poeta mexicano Carlos Pellicer (1899-1977))
I
Cuando a tu mesa voy y de rodillas
recibo el mismo pan que Tú partiste
tan luminosamente, un algo triste
suena en mi corazón mientras Tú brillas.

Y me doy a pensar en las orillas
del lago y en las cosas que dijiste...
¡Cómo el alma es tan dura que resiste
tu invitación al mar que andando humillas!

Y me retiro de tu mesa ciego
de verme junto a Ti. Raro sosiego
con la inquietud de regresar rodea

la gran ruina de sombras en que vivo.
¿Por qué estoy miserable y fugitivo
y una piedra al rodar me pisotea?

II
Y salgo a caminar entre dos cielos
y ya al anochecer vuelvo a mis ruinas.
Ultimas nubes, ángeles divinas,
se bañan en desnudos arroyuelos.

La oscura sangre siente los flagelos
de un murciélago en ráfaga de espinas,
y aun en las limpias aguas campesinas
se pudren luminosos terciopelos.

La poderosa soledad se alegra
de ver las luces que su noche integra.
¡Un cielo enorme que alojaría puede!

Y un goce primitivo, una alegría
de Paraíso abierto se sucede.
Algo de Dios al mundo escalofría.

Haz que tenga piedad de Ti, Dios mío

(Del poeta mexicano Carlos Pellicer)
Haz que tenga piedad de Ti, Dios mío,
huérfano de mi amor, callas y esperas.
En cautas y andrajosas primaveras
me viste arder buscando un atavío.

Vuelve donde a las rosas el rocío
conduce al festival de sus vidrieras.
Llaga que en tu costado reverberas,
no tiene en mí ni un leve escalofrío.

Del bosque entero harás carpintería,
que yo estaré impasible a tus labores
encerrado en mi cruenta alfarería.

El grano busca en otro sembradío.
Yo no tengo que darte, ni unas flores.
Haz que tenga piedad de Ti, Dios mío.