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Hambre de oír la palabra del Señor

(De las homilías de Orígenes, presbítero, sobre el libro del Génesis)

Mirad que llegan días —oráculo del Señor— en que enviaré hambre al país; no hambre de pan ni sed de agua, sino de oír la palabra del Señor. ¿Ves qué clase de hambre es la que atenaza a los pecadores? ¿Ves cuál es el hambre que se abatirá sobre el país? El hombre terreno aspira a cosas terrenas y no es capaz de percibir lo que es propio del Espíritu de Dios, padece hambre de la palabra de Dios, no escucha los preceptos de la ley, desconoce la corrección de los profetas, ignora los consuelos apostólicos, no reacciona a la medicación del evangelio.

En cambio, para los justos y para los que meditan su ley día y noche, la sabiduría ha puesto su mesa, ha matado sus reses, ha mezclado su vino en la copa y lo anuncia a grandes voces, no para que acudan todos, no para que vengan a su banquete los opulentos, los ricos o los sabios de este mundo, sino para que vengan —si los hay— los inexpertos, es decir, si hay alguno que sea humilde de corazón, que en otro lugar se los denomina «pobres en el espíritu» pero ricos en la fe: éstos sí, éstos que acudan al banquete de la sabiduría y, saciados de sus manjares, conjuren el hambre que se abate sobre el país. Y tú, cuidado, no te vayan a tomar por un egipcio y te mueras de hambre; no sea que enfrascado en los negocios de este mundo, te alejes de los manjares de la sabiduría que a diario se ofrecen en las iglesias de Dios.

Porque si te haces el sordo a lo que se lee o comenta en la iglesia, es inevitable que padezcas hambre de la palabra de Dios. En cambio, si desciendes de la estirpe de Abrahán y conservas la nobleza de la raza de Israel, continuamente te alimenta la ley, te nutren los profetas y hasta los apóstoles te ofrecen opulentos banquetes. Los mismos evangelios te invitarán a sentarte con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino del Padre, para que allí comas del árbol de la vida y bebas el vino de la vid verdadera, el vino nuevo, en compañía de Cristo en el reino de su Padre. Pues de estos manjares no pueden ayunar ni padecer hambre los amigos del novio, mientras el novio está con ellos.

El sacrificio del justo Abel significó que el Señor Jesús iba a ofrecerse por nosotros

(Comentario de san Ambrosio, obispo)

Al comienzo del Libro está escrito de mí. Efectivamente, al comienzo del antiguo Testamento está escrito de Cristo que vendría para hacer la voluntad de Dios Padre relativa a la redención de los hombres, cuando se dice que Dios formó a Eva –figura de la Iglesia– como auxiliar del hombre. ¿Dónde si no podríamos encontrar ayuda mientras nos hallamos sometidos a la debilidad de nuestro cuerpo y a las turbulencias del mundo actual, más que en la gracia propia de la Iglesia, y en nuestra fe por la cual vivimos?

Al comienzo del Libro está escrito: ¡Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. Quién sea este que así habla o a qué se refiere este sacramento, escucha a Pablo cuando dice: Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia. Por eso exhorta al hombre a que ame a su mujer como Cristo ama a la Iglesia, pues somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos. ¿Puede haber salvación mayor que estar con Cristo y adherirse a él en una concreta unidad corporal, en la que no hay mancha ni huella alguna de pecado?

Al comienzo del Libro está escrito que Dios se fijó en la ofrenda del justo Abel, pero no se fijó en la ofrenda del fratricida. ¿No significó abiertamente que el Señor Jesús iba a ofrecerse por nosotros, para consagrar en su pasión la gracia del nuevo sacrificio y abolir el rito del pueblo fratricida? ¿Hay algo más expresivo que el hecho mismo de que el santo Patriarca ofreciera al hijo e inmolara un carnero? ¿No manifestó abiertamente que habría de ser la carne, y no la divinidad del Unigénito de Dios, la que tendría que ser sometida al tormento de la sagrada pasión?

Al comienzo del Libro está escrito que iba a venir un hombre con poder sobre las potestades celestiales. Lo cual se cumplió cuando el Señor Jesús vino a la tierra y los ángeles lo servían, como él mismo se dignó decir: Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.

Al comienzo del Libro está escrito: Será un cordero sin defecto, macho, de un año; toda la asamblea lo matará. Quién sea este cordero, lo habéis oído cuando se nos decía: Este es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es el que fue muerto por todo el pueblo judío y todavía hoy sigue odiándole con odio implacable. Y ciertamente convenía que muriera por todos, para que en su cruz se llevara a cabo el perdón de los pecados y su sangre lavara las inmundicias del mundo.

Acerca de la Palabra de Dios

Primera parte: La Biblia

Introducción:
En este momento nos encontramos en una ocasión muy especial respecto a la Palabra de Dios:
Por una parte, a este año la Iglesia en la República Dominicana le ha dado un enfoque temático bíblico al asumir como lema del año “Dichoso los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen”, tomada de Lucas 11,27-28: Cuando Jesús terminó de hablar, una mujer levantó la voz en medio de la multitud y le dijo: «¡Feliz el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron!». Jesús le respondió: «Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican».
Es una invitación a convertir la Palabra oída en vida:
­ Para el cristiano la Palabra de Dios es mucho más que papel y letra.
Al convertirla en vida se alcanza una bienaventuranza, la felicidad.
Por otra parte el mes de septiembre está dedicado a la Biblia por los cristianos de habla hispana y, en la República Dominicana, una ley de la década de los 80 establece el 27 de septiembre como día de la Biblia. Las razones son:
Para los católicos, septiembre es el mes de la Biblia porque el 30 de septiembre es el día de san Jerónimo (Dalmacia, 340 - Belén, 420), un santo que dedicó su vida a la primera traducción que se hizo de la Biblia de los textos del griego y del hebreo a un lenguaje llamado vulgar como el latín, por eso se le llamó la “vulgata”.
­ Vulgata significa “del pueblo”.
­ Hasta la promulgación de la Neovulgata en 1979, ese fue el texto bíblico oficial de la Iglesia Católica romana.
Las demás denominaciones cristianas, no católicas, también consideran septiembre como el mes de la Biblia porque el 26 septiembre del 1568 se terminaron de imprimir los primeros ejemplares de una versión en español realizada por Casiodoro de Reyna.
Cabe destacar aquí que ya unos 200 años antes, a un alemán llamado Gutenberg se le atribuye la invención de la imprenta y que sus primeras impresiones fueron precisamente un misal y la Biblia en su versión católica conocida como la Vulgata.
De modo que esta es una ocasión especial para reflexionar acerca de la Biblia, qué es y qué se espera de nosotros respecto a ella.
Sobre ella se ha escrito y hablado mucho a través de los tiempos; se ha manoseado bastante; es, por mucho, el libro que más se ha impreso en el mundo: de 2,500 a 6,000 millones de ejemplares.

Qué no es la Biblia
Quizás, para entender lo que es la Biblia sería conveniente explicarlo a partir de lo que ella no es, porque lo que sí es está contenido en el desarrollo de toda esta reflexión de hoy.
No es un libro ordinario: no es un conjunto de páginas con información de algún tipo, únicamente para yacer en algún estante de libros o en cualquier otro lugar y ser tratado como los demás libros.
No tiene autor humano: es el Espíritu Santo que ha inspirado a los hagiógrafos a escribir lo que Dios quiere transmitir en la Palabra divina escrita en nuestro lenguaje para ser entendida por nosotros.
Su interpretación no es personal: está dirigida al género humano, a los hombres y mujeres de todos los tiempos. La Iglesia, con el auxilio del Espíritu Santo, es el interprete por excelencia; nosotros, como Iglesia, al leerla pedimos siempre el auxilio del E.S. para que nos ayude a entenderla.
La Biblia no es una mera obra literaria: es la Palabra de Dios.
En un curso, una humilde señora hacía las mejores reflexiones de los textos bíblicos asignados como tarea hogareña; preguntada por alguien sobre cuál era la versión de la Biblia que ella leía, para adquirir ese libro, la dama respondió temerosa “no sé leer, sólo escucho lo que otro lee”.
­ Ni sabía cuál era la versión;
­ era el Espíritu actuando en ella.
No se reduce a ser tan sólo un tratado de alguna rama del conocimiento humano: no es un libro de matemáticas, biología, medicina, geografía, ni de ninguna otra área del saber terreno; en ese sentido, por ejemplo, veamos algo sobre los números:
5 representa algunos
7 significa plenitud, perfección
70 veces 7 no significa 490
40 significa un gran número, la duración de una generación
12 significa la elección, al respecto 144,000 debe entenderse como un número simbólico
Los censos, las poblaciones, las edades, las cantidades de generaciones, y muchas otras cosas se expresan con esa simbología numérica en los textos bíblicos.
666, el número que identifica a la bestia, citado en el apocalipsis, tiene un sentido gemátrico, es decir es una suma de los valores asignados a cada carácter hebreo de un nombre. Los especialistas lo han calculado con exactitud relacionándolo con el nombre del Cesar romano Nerón de la época de las persecuciones cristianas de la época en que se escribió ese libro de la Biblia. 

Mensaje divino escrito en lenguaje humano
Entonces aterrizamos a lo que queremos: ¿qué es la Biblia?
La Carta a los Hebreos comienza de este modo: Después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los Profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras, ahora, en este tiempo final, Dios nos habló por medio de su Hijo.
Es Dios que nos habla; es la Palabra de Dios dirigida al género humano; es Dios hablando hoy directamente a cada uno de nosotros en nuestro propio idioma.
Pero expresar la Palabra de Dios ha requerido de la participación de personas de distintos tiempos y culturas que lo han hecho, inspirados por el Espíritu Santo, en formas y expresiones literarias distintas, en el contexto de sus respectivas épocas y culturas.

Géneros literarios en la Biblia
Los hagiógrafos han usado los géneros y estilos que han considerado idóneos para transmitir sus mensajes. Así vemos en la Biblia:
Poesías, como en el Libro de los Salmos y en el Cantar de los Cantares, entre otros;
Himnos y cánticos; aparecen con frecuencia en los salmos, en el Nuevo Testamento son famosos el Magnificat (Proclama mi alma la grandeza del Señor…) y el Benedictus o cántico de Zacarías (Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo…)así como en algunas de las cartas de Pablo;
Refranes; como en Ezequiel 18,2: ¿Por qué andan repitiendo este refrán en la tierra de Israel: «Los padres comieron uva verde, y los hijos sufren la dentera»?; están presentes en todos los libros sapienciales como el Libro de la Sabiduría, en el Eclesiástico y en el de los Proverbios. De hecho, proverbio significa refrán sabio.
Fábulas; Jueces 9,7-15: Cuando se lo informaron a Jotam, fue y se paró en la cumbre del monte Gerizim, y alzando su voz, clamó y les dijo: Escuchadme, habitantes de Siquem, para que os oiga Dios. Una vez los árboles fueron a ungir un rey sobre ellos, y dijeron al olivo: "Reina sobre nosotros". Mas el olivo les respondió: "¿He de dejar mi aceite con el cual se honra a Dios y a los hombres, para ir a ondear sobre los árboles?"
Parábolas; género muy conocido por nosotros por los Evangelios, que expresa una idea con ejemplos de la vida ordinaria y la naturaleza; ejemplo parábolas del hijo prodigo, del sembrador, de la oveja perdida, etc.
Narraciones históricas; dentro de la narración, el género referido a la historia no es exactamente como lo conocemos en la historia patria o en la historia universal. 
Aquí se refiere a la historia de la salvación; la de un pueblo interpretada y narrada a la luz de la acción de Dios para hacer suya a una comunidad de donde habría de venir la salvación del mundo.
Los acontecimientos son narrados bajo el enfoque dual de que, por una parte, la desobediencia a Dios son la raíz de los males, y por la otra parte, es Dios quien actúa en el devenir de los hechos que llevan a superar esos males.
Es una historia continua que se manifiesta en la propia historia de nosotros.
Como ejemplos con este género tenemos a lo 5 libros del pentateuco, Jueces, Samuel, Libros de los Reyes, Crónicas, Los Libros de los Macabeos, Los Evangelios, Hechos de los Apóstoles. 
Historias instructivas noveladas; dentro de la narración, también está un subgénero donde participan personajes y lugares, históricos o no, para con ellos redactar un episodio ejemplarizante de lo que el bien es capaz de lograr cuando se actúa conforme a él.
En este género podemos citar los Libros de Job, Tobías y Ester.
En un mismo libro pueden aparecer varios de estos géneros.
Lo importante es entender que sea cual sea el género literario en que se haya escrito, es el mismo Dios que nos está hablando hoy mediante su Palabra.

El Antiguo anuncia al Nuevo Testamento
Después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los Profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras, ahora, en este tiempo final, Dios nos habló por medio de su Hijo.
El hecho de que sea antiguo, no quiere decir que no sirva.
En el Antiguo Testamento se narra la historia del pueblo escogido y la alianza que Dios hace con él; contiene 46 libros. Los primeros 5 libros constituyen el Pentateuco. También contiene otros libros históricos, libros proféticos, y libros sapienciales.
En el Nuevo testamento, Cristo y el anuncio de su mensaje constituyen el tema central. Contiene 27 libros: los Evangelios en sus 4 versiones, los Hechos de los Apóstoles, las Cartas Paulinas, las Cartas católicas y el Libro del Apocalipsis.
Sin embargo Cristo ya es prefigurado y anunciado en el Antiguo Testamento.
Al comienzo de la Biblia hay un pasaje denominado el Protoevangelio que anuncia a Cristo, su misión, y la forma humana en que vendría al mundo mediante María; Gen 3,15: Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo. El te aplastará la cabeza y tú le acecharás el talón.
­ Tras la caída de Adán y Eva, la humanidad no es dejado abandonado a la muerte.
­ Dios anuncia un futuro en que alguien que nacería de mujer vencería al maligno.
­ Ese es Jesús, san Pablo lo llama nuevo Adán; la mujer es María, la nueva Eva que reivindica el papel femenino.
Por otra parte, recordemos los cánticos del Siervo sufriente. Vemos en Isaías desde 52,13 hasta 53,11: Sí, mi Servidor triunfará: será exaltado y elevado a una altura muy grande. así como muchos quedaron horrorizados a causa de él, porque estaba tan desfigurado que su aspecto no era el de un hombre y su apariencia no era más la de un ser humano, así también él asombrará a muchas naciones, y ante él los reyes cerrarán la boca, porque verán lo que nunca se les había contado y comprenderán algo que nunca habían oído. ¿Quién creyó lo que nosotros hemos oído y a quién se le reveló el brazo del Señor? El creció como un retoño en su presencia, como una raíz que brota de una tierra árida, sin forma ni hermosura que atrajera nuestras miradas, sin un aspecto que pudiera agradarnos. Despreciado, desechado por los hombres, abrumado de dolores y habituado al sufrimiento, como alguien ante quien se aparta el rostro, tan despreciado, que lo tuvimos por nada. Pero él soportaba nuestros sufrimientos y cargaba con nuestras dolencias, y nosotros lo considerábamos golpeado, herido por Dios y humillado. El fue traspasado por nuestras rebeldías y triturado por nuestras iniquidades. El castigo que nos da la paz recayó sobre él y por sus heridas fuimos sanados. Todos andábamos errantes como ovejas, siguiendo cada uno su propio camino, y el Señor hizo recaer sobre él las iniquidades de todos nosotros. Al ser maltratado, se humillaba y ni siquiera abría su boca: como un cordero llevado al matadero, como una oveja muda ante el que la esquila, él no abría su boca. Fue detenido y juzgado injustamente, y ¿quién se preocupó de su suerte? Porque fue arrancado de la tierra de los vivientes y golpeado por las rebeldías de mi pueblo. Se le dio un sepulcro con los malhechores y una tumba con los impíos, aunque no había cometido violencia ni había engaño en su boca. El Señor quiso aplastarlo con el sufrimiento. Si ofrece su vida en sacrificio de reparación, verá su descendencia, prolongará sus días, y la voluntad del Señor se cumplirá por medio de él. A causa de tantas fatigas, él verá la luz y, al saberlo, quedará saciado. Mi Servidor justo justificará a muchos y cargará sobre sí las faltas de ellos.
Es decir ya en el AT  se vislumbra a Cristo como el Salvador; algunas otras de las tantas prefiguraciones también son:
­ Adán lo prefigura como obra excelsa de Dios y por ser lo opuesto a Cristo.
­ Abel, pastor de ovejas y muerto injustamente; Cristo, pastor de almas que muere por nosotros.
­ Melquisedec, rey de justicia y de paz; Jesucristo, sumo y eterno sacerdote según el rito de Melquisedec.
­ Isaac, hijo único de Abrahán y el sacrificio que se iba a realizar con él.
­ José, vendido como esclavo a extranjeros, y su ropa empapada de sangre por sus hermanos; prefigura a Jesús, que vendido por Judas es luego entregado a los Romanos; que se reparten su ropa.
­ Moisés, el profeta de la ley que hablaba de tú a Tú con Dios y liberó al pueblo de Israel de la esclavitud del faraón; Cristo, tan íntimo con Dios, que es Dios, el nuevo Moisés que libera a la humanidad de la esclavitud del pecado.
­ El cordero pascual, un cordero sin tacha que los judíos comían en pascua; es prefiguración de Cristo, el Cordero inmaculado que quita los pecados del mundo.
­ La nube que acompañaba al pueblo de Israel en el desierto.
­ La piedra de la que bebieron agua los israelitas en el desierto.
­ El maná del desierto, prefiguración eucarística.
­ La serpiente de bronce que se elevaba para obtener curación; Jesús fue elevado en la cruz para salvarnos.
­ El tiempo que duró Jonás en vientre del pez.
­ Todos esos pasajes, y muchos otros, son leídos también en clave cristológica.

Evangelios
Dediquemos ahora unos párrafos para referirnos a las distintas versiones de redacción de los Evangelios.
Dentro del estilo literario de narraciones históricas, como expresamos sobre este género, no es exactamente historia como conocemos en los libros de texto;
aunque el personaje central es Cristo, tampoco son biografías de Jesús.
Para poder entender adecuadamente esta importante sección del Nuevo Testamento, debemos de conocer algunas particularidades:
Los primeros libros del NT en ser redactados no fueron los Evangelios, sino algunas de las cartas, que circulaban y eran leídas en las comunidades.
Las palabras y hechos de Jesús se transmitían oralmente.
Los Evangelios de Marcos y Mateo fueron escritos de 30 a 40 años luego de la crucifixión de Cristo; Lucas escribió unos 50 años después de crucifixión de Cristo  y Juan 60 años después del evento salvífico.
Cada evangelista hizo una redacción dirigida a un tipo de comunidad específica y de acuerdo a los fines catequéticos que perseguía.
­ El primero de los milagros de Jesús que es narrado en el texto de cada Evangelio es diferente, expresando algo de la finalidad catequética del evangelista.
Marcos, fue discípulo de Pedro y acompañante de Pablo en uno de sus viajes, donde tuvo cierto percance con este último.
­ Cronológicamente es el primero en escribirse.
­ Es el más breve. Fue escrito en griego.
­ Su discurso está dirigido a cristianos de origen pagano, por eso explica algunas costumbres judías y expresiones arameas que podrían no ser entendidas por los lectores.
­ En general, no insiste mucho en detalles relativos a la ley y cultura judía.
­ Se centra más en los hechos de Jesús que en sus discursos.
­ El primer milagro narrado tiene que ver con  la preocupación de los paganos; Marcos 1,23-25: Y había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu impuro, que comenzó a gritar; «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios». Pero Jesús lo increpó, diciendo: «Cállate y sal de este hombre».
Mateo, un israelita cobrador de impuestos que fue llamado directamente por Jesús a ser Apóstol, hizo una redacción en arameo dirigida a una comunidad de israelitas cristianos; en ese sentido, el Evangelio según san Mateo:
­ Presenta a Jesús como aquel en quien se cumplen las profecías y anuncios del AT acerca del Mesías;
­ Por eso, la genealogía es de importancia.
­ Se caracteriza por resaltar los discursos de Jesús.
­ El primer milagro narrado es la cura de un leproso. Mateo 8,2-3: Entonces un leproso fue a postrarse ante él y le dijo: «Señor, si quieres, puedes purificarme». Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Lo quiero, queda purificado». Y al instante quedó purificado de su lepra.
­ La lepra era símbolo de pecado y la preocupación por ella aparece desde ley dada en el Pentateuco.
Por su parte, Lucas, médico de profesión, compañero de viaje de Pablo y, diríamos, también su discípulo, escribió en un impecable griego su obra de dos tomos, siendo el primero el Evangelio.
­ Está dirigido a una comunidad de cristianos de cultura griega.
­ Es el que mejor relata el nacimiento de Jesús.
­ Junto con Mateo y Marcos constituye los tres Evangelios sinópticos que relatan hechos comunes.
­ El de Lucas es el más amplio de los tres.
­ El primer milagro narrado tiene que ver con la inquietud de los griegos respecto al demonio; Lucas 4,33-35: En la sinagoga había un hombre que estaba poseído por el espíritu de un demonio impuro; y comenzó a gritar con fuerza; «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios». Pero Jesús lo increpó, diciendo: «Cállate y sal de este hombre». El demonio salió de él, arrojándolo al suelo en medio de todos. sin hacerle ningún daño.
En tanto que Juan ya conocía los demás Evangelios y redacta el suyo como un complemento a éstos y para aclarar desviaciones de algunas comunidades.
­ Presenta una cristología elevada y profunda.
­ El primer milagro de Jesús es conocidísimo Juan 2,1: Tres días después se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí...

Segunda Parte: La escucha de la Palabra

No es lo mismo oír que escuchar; existe una gran diferencia entre oír y escuchar; escucha implica atención y entendimiento. Hay una anécdota de una oferta de empleo para un telegrafista a la que acudieron una gran cantidad de personas que entraban a un salón y esperaban ser llamados; pero sólo uno  de ellos descifró un mensaje en clave morse que estaba siendo emitido en el lugar dando instrucción de abrir una determinada puerta y entrar a una oficina; al hacerlo, sólo él ganó el puesto.
Dios siempre nos habla, somos nosotros quienes, a veces, no escuchamos.
Las enseñanzas de Jesús están en la Sagrada Escritura.
El es La Palabra de Dios.
El que quiere seguirlo debe leerla y meditarla.
En el Concilio Vaticano II se citó una frase de San Jerónimo: “quien desconoce la Escritura desconoce a Cristo”.

Para ser discípulo hay que escuchar al Maestro
En este contexto, escuchar significa no sólo entender, sino aún más: acatar
1ª Samuel 3,1-11: “...Habla Señor, que tu siervo escucha”.
Habla Señor que tu siervo escucha: tiene que ser la actitud de todo discípulo.
Eclesiástico 6,33: “Si te gusta escuchar, aprenderás, si pones atención, te instruirás”.
Al leer la Palabra, tenemos que escuchar al Maestro y poner atención a lo que nos dice.
Los libros sapienciales, es decir los escritos por los sabios, aconsejan muchas veces escuchar y poner atención para adquirir sabiduría:
Proverbios 1,8: “Escucha, hijo mío, la instrucción de tu padre y no desprecies la lección de tu madre”.
Proverbios 4,1: “Escuchen hijos la instrucción del padre...”
Antes de darle sus mandatos e instrucciones al pueblo de Israel, Dios, mediante Moisés, les dice en Deuteronomio 6,4: “Escucha, Israel. Yahvé nuestro Dios es el único Yahveh”.
Para leer la palabra, para entrar en contacto con Dios, tenemos que escuchar.

Actitudes de escucha:
Silencio:
A veces alguien está proclamando la Palabra o la estamos leyendo, mientras nuestra mente está distraída.
Se requiere silencio exterior y, sobre todo, el interior:
­ Procura, de ser posible, un lugar apartado;
­ evita los distractores tanto los audibles como los visibles.
Dios habla en el silencio:
­ Ante Dios, en la presencia de Jesús Eucarístico, el silencio te llena de su presencia en una conversación sin palabras, muda:
­ al respecto, hay una canción en que una campesinita dice:“Como no se rezar, solo vine a mostrar mi mirar”.
Hay que apagar los ruidos y las interferencias que nos puedan afectar la escucha.
­ El ruido del rencor y de la falta de perdón,
­ y si hay odio en nosotros, la voz de Dios no se podrá escuchar;
­ el ruido de la crítica;
­ y ni se diga del ruido de la envidia;
­ los ruidos de la autosuficiencia, de la vanidad y del orgullo;
­ el de las preocupaciones;
­ el ruido del pecado en nosotros;
­ el ruido producido por las tentaciones.
Oración y Palabra de Dios:
Es muy recomendable comenzar el momento de lectura bíblica con una oración:
­ La Palabra no puede entenderse con solamente con la  razón;
­ Por tanto, pide la luz y la sabiduría que viene de Dios y la acción del Espíritu Santo para poder escuchar y entender.
El Maestro se está dirigiendo a ti:
Aunque estés en un grupo, el Maestro se dirige a ti, está hablando a ti, su Palabra es para ti.
Cada capítulo, cada página, cada versículo de la Biblia está dirigido a ti.
Si en algún momento pretendes aplicar lo leído a alguien, en ese momento dejaste de ser discípulo de Dios.
La Biblia es como un álbum de fotografía familiar; en cada personaje bíblico se habla de ti o de tus actitudes en un momento de tu vida:
­ Judas, su traición;
­ Pedro, capaz de dejar todo por Cristo, pero también de negarle;
­ David, un siervo de Dios, pero que cae en el pecado;
­ el Fariseo, estricto con el cumplimiento, pero más preocupado por lo externo, por lo que se ve;
­ el Publicano, un pecador público, pero capaz de arrepentirse;
­ Martha y su excesivo activismo.
Sentarse:
Debemos darle al Maestro el tiempo que nos pida.
Algunas cosas no se entienden a la primera lectura, y si se entienden, a veces es solo superficialmente.
Hay que estudiarlas:
­ Leer y releer; ver los textos paralelos, si es posible, distintas versiones bíblicas.
­ Analizar; a quién hablaba, en qué contexto;
­ reflexionar: qué me dice a mí, hoy.
­ Meditar: cuál debe ser mi actitud; a qué me comprometo.
María, la amiga de Jesús, estaba sentada a sus pies, escuchando su palabra, mientras Martha estaba atareada con los quehaceres (Lucas 10,39).
­ Jesús dice que María eligió la mejor parte.
Vemos que gran parte de las enseñanzas de Jesús se efectuaban en ambientes sentados:
­ el sermón de la montaña;
­ sentado en la barca se dirigía a la multitud en la orilla;
­ cuando querían apedrear la mujer adúltera;
­ sentado comiendo con pecadores;
­ la última cena.
En las escuelas se está sentado.
­ Con calma;
­ facilita la atención y la comprensión;
­ favorece la escucha y la reflexión;
­ crea un clima de confianza;
­ elimina la prisa;
­ ayuda al descanso.
Para oír a Dios hay que “sentarse”:
­ No es tanto una postura de cuerpo;
­ es relajarse en cuerpo y alma;
­ en actitud de apertura y receptividad;
­ la Palabra de Dios debe ser escuchada sin prisa;
­ tenemos que entrar en la profundidad de nuestro yo.
Frecuentar su enseñanza:
La lectura de la Palabra debe ser asidua, es decir frecuente, constante.
Hay que buscar tiempo:
­ Hay que fijarse tiempo para leer la Sagrada Escritura: cinco, diez, quince minutos, es lo mínimo;
­ una hora sería lo mejor;
­ diariamente.
Isaías 50,4: “El Señor me ha dado lengua de discípulo, para que haga saber al cansado una palabra alentadora. Mañana tras mañana despierta mi oído para escuchar como los discípulos”.
Salmo 119, 97: “¡Oh, cuanto amo tu ley! Todo el día es ella mi meditación”.
Salmo 1,1-2: “Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni en la senda de los pecadores se detiene, ni en el banco de los burlones se sienta, mas se complace en la ley de Yahvé, su ley susurra día y noche.
Dios quiere que siempre nos recordemos de sus preceptos: Deuteronomio 6,6-9: “Queden en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Se las repetirás a tus hijos, les hablarás de ellas tanto si estás en casa como si vas de viaje, así acostado como levantado; las atarás a tu mano como una señal y serán como una insignia en tu frente; las escribirás en la entra de tu casa y en la puerta”.
­ Es decir en todo momento y todo lugar tener la Palabra con nosotros;
­ vivir la Palabra.
Entre las tantas cosas buenas que nos dejó el Concilio Vaticano II está la exhortación a la lectura frecuente de la Sagrada Escritura.
Conversión:
Solo oír o leer no hace al discípulo,
y no se aprende si no se tiene ganas de aprender;
se requiere participar con el deseo de aprender la enseñanza y llevarla a la práctica:
­ porque aprender significa prenderse de una enseñanza, hacerla suya.
­ Es decir, aprender algo es vivirlo;
­ no se aprende un oficio, deporte, música o baile solo en teoría: si no lo sabe ejecutar, no lo sabe en realidad.
No soy discípulo de Jesús, si conociendo sus enseñanzas, no las pongo en práctica; por eso Él dice: Lucas 11,28: “Bienaventurados los que escuchan la Palabra de Dios y la practican”. Y el Apóstol Santiago dice: Santiago 1,22: “Pongan por obra la Palabra y no se contenten solo con oírla, engañándose a ustedes mismos. Porque si alguno se contenta con oír la Palabra sin ponerla en práctica, ese se parece al que contempla su imagen en un espejo: se contempla, pero en yéndose, se olvida de cómo es”.
La actitud fundamental de quien escucha la Palabra de Dios es, pues, la conversión:
­ El deseo llevado a la realidad de cambiar nuestras vidas, sentimientos, ideales, modo de actuar y ser.
Oír la Palabra es dejar que se meta en cada uno de nosotros:
­ Como la semilla en una tierra fértil;
­ y que germine y produzca frutos.
­ Que en toda decisión a tomar nos preguntemos: ¿qué me dice el Señor? ¿Qué haría Jesús en una situación como esta?
­ Y que podamos decir como el salmista en el Salmo 119,105: Tu Palabra es una lámpara para mis pasos, y una luz en mi camino.

La escucha también tiene que ser colectiva
Dios quiere que todos se salven, por eso la Palabra de Dios resuena verdaderamente en la comunidad.
Es para cada uno de nosotros individualmente, pero como miembros de una comunidad.
Dios habla a los profetas personalmente, pero para que lleven el mensaje al pueblo.
La Palabra es para vivirla en la comunidad:
En la Iglesia, que es la casa de la Palabra;
en la familia, que debe ser Iglesia doméstica;
en el vecindario, que debe ser segunda familia;
en el trabajo, donde debemos proyectar nuestra fe.
Los libros epistolares, es decir las cartas de la Biblia, están dirigidas a, o son dirigidas desde comunidades.
San Pablo escribe a “las iglesias”, es decir a comunidades cristianas:
1ª Tesalonicenses 1,1: “Pablo, Silvano y Timoteo a la iglesia de los Tesalonicenses...”
Gálatas 1, 2: “...y todos los hermanos que conmigo están, a las Iglesias de Galacia”.

Somos Iglesia
La Sagrada Escritura es canon, regla de fe y de vida para la comunidad y cada uno de sus integrantes.
La Palabra de Dios congrega, es decir, hace iglesia
La palabra iglesia significa asamblea, es la reunión de los que han escuchado la Palabra de Dios que los convoca:
­ Siempre habrá “iglesia”, es decir personas atraídas por la Palabra y reunidas en torno a ella y por ella.
La eficacia de la Palabra consiste, entre otras cosas:
Si la oímos con fe nos dará fuerza para unirnos aún más y solidarizarnos.
Y cuando todos los hombres la escuchen:
­ seremos las ovejas atendiendo a la voz del Buen Pastor, 
­ y habrá un solo rebaño reunido por un solo Pastor.

La Lectura orante de la Palabra de Dios
Hay un método para leer y orar con la Palabra de Dios en profundidad, es la Lectio Divina; tiene cuatro pasos.
Lectura; luego de invocar el Espíritu Santo, se lee el texto seleccionado, que puede ser el correspondiente a una lectura litúrgica del día.
Meditación; es principalmente mental y en silencio. Aquí la imaginación juega un gran papel y tiene que caminar siempre de la mano de la reflexión, acompañada de una profunda actitud de conversión continua.
Oración; este es el momento de hablarle a Dios que previamente nos ha estado hablando a nosotros en los pasos precedentes. Aquí tenemos que permitir al Espíritu Santo que obre en nosotros y a partir del texto que ha sido leído y meditado nos dirigimos a Dios, agradeciendo o pidiendo según consideremos mas conveniente.
Contemplación; en el cuarto y último de los pasos básicos de la Lectio divina contemplamos la Palabra. La contemplación es el más profundo de los tipos de oración; su esencia es el silencio, y es absolutamente personal. Consiste en dejarse impregnar de lo que se contempla, hasta ser parte de ello. En la contemplación no se buscan razonamientos ni expresiones, sino que se busca anular los sentidos propios. Aquí ya no hablamos acerca del pasaje que leímos y meditamos, sino que nos introducimos en lo que éste nos expresa. De ese modo entramos en contacto con Dios en una de sus tres naturalezas que está presente y nos habla mediante su Palabra. Básicamente consiste no en hablar de Dios, sino en estar con él.
Acción es un paso extra para concluir; es el momento de asumir el compromiso de convertir en fe viva lo que hemos leído, agradando a quien le hemos orado, poniendo en práctica lo que hemos meditado, y yendo de la mano de quien hemos contemplado.

¡Dulce es el Verbo de Dios!

Señor Jesús,
Palabra viviente de Dios
que de tu Padre eres la audible voz
que calma hoy mi inquietud,
que yo escuche lo que dices Tú
de lo que acontece a mi alrededor;
que tu Palabra guíe siempre mi acción
y, al ser tuya, sea mi faro de luz;

tu Espíritu me dé entendimiento
sembrándola en mi corazón,
y germinando en mi interior
conduzca mis sentimientos;

que con ella yo acalle los ruidos
que sé que habrán de venir
tratando de apartarme de Ti
pues eso procura el maligno;
que yo asuma, Señor, el camino
que tu Palabra me invita a seguir
ahora y en el porvenir,
pues me quieres, Tú, como amigo.

Señor, no dejes nunca de hablarme,
quiero oír siempre tu voz.
¡Dulce es el Verbo de Dios!,
el don de la escucha, dame.

Amén.

Libro de los Hechos de los Apóstoles: el viaje del Evangelio en el mundo

(De la Audiencia General del Papa Francisco del 29 de mayo de 2019)

Hoy comenzamos una serie de catequesis sobre el Libro de los Hechos de los Apóstoles. Este libro bíblico, escrito por San Lucas Evangelista, nos habla del viaje; de un viaje: pero, ¿de qué viaje? Del viaje del Evangelio en el mundo y nos muestra la maravillosa unión entre la Palabra de Dios y el Espíritu Santo que inaugura el tiempo de la evangelización. Los protagonistas de los Hechos son realmente una «pareja» viva y efectiva: la Palabra y el Espíritu.

Dios «envía a la tierra su mensaje» y «a toda prisa corre su palabra», dice el Salmo (147,4). La Palabra de Dios corre, es dinámica, riega todo el terreno en el que cae. ¿Y cuál es su fuerza? San Lucas nos dice que la palabra humana se hace efectiva no gracias a la retórica, que es el arte del hermoso discurso, sino gracias al Espíritu Santo, que es la dýnamis de Dios, la dinámica de Dios, su fuerza, que tiene el poder de purificar la palabra, para hacerla portadora de vida. Por ejemplo, en la Biblia hay historias, palabras humanas; pero, ¿cuál es la diferencia entre la Biblia y un libro de historia? Que las palabras de la Biblia están tomadas del Espíritu Santo, que da una fuerza muy grande, una fuerza diversa y nos ayuda para que la palabra sea semilla de santidad, semilla de vida, que sea eficaz. Cuando el Espíritu visita la palabra humana, se vuelve dinámico, como «dinamita», que es capaz de iluminar corazones y hacer saltar patrones, resistencias y muros de división, abriendo nuevos caminos y expandiendo los límites del pueblo de Dios. Y esto lo veremos en el recorrido de estas catequesis, en el libro de los Hechos de los Apóstoles.

Quien da vibrante sonoridad e incisividad a nuestra frágil palabra humana, incluso capaz de mentir y escapar de sus responsabilidades, es solo el Espíritu Santo, por medio del cual se generó el Hijo de Dios; el Espíritu que lo ungió y lo sostuvo en la misión; El Espíritu gracias al cual escogió a sus apóstoles y que garantizó a su anuncio la perseverancia y la fecundidad, como se las garantiza también hoy a nuestro anuncio.

El Evangelio termina con la resurrección y la ascensión de Jesús, y la trama narrativa de los Hechos de los Apóstoles comienza aquí, desde la sobreabundancia de la vida del Resucitado transfundida en su Iglesia. San Lucas nos dice que Jesús «se les presentó dándoles muchas pruebas de que vivía, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca de lo referente al Reino de Dios» (Hechos 1,3). El Resucitado, Jesús Resucitado, hace gestos muy humanos, como compartir una comida con los suyos, y los invita a esperar confiadamente el cumplimiento de la promesa del Padre: «seréis bautizados en el Espíritu Santo» (Hechos 1,5).

El bautismo en el Espíritu Santo, de hecho, es la experiencia que nos permite entrar en una comunión personal con Dios y participar en su voluntad salvadora universal, adquiriendo el don de la parresía, la valentía, es decir, la capacidad de pronunciar una palabra «como hijos de Dios», no solo como hombres sino como hijos de Dios: una palabra clara, libre, efectiva, llena de amor por Cristo y por los hermanos.

Por lo tanto, no hay que luchar para ganar o merecer el don de Dios. Todo se da gratis y a su debido tiempo. El Señor da todo gratuitamente. La salvación no se compra, no se paga: es un don gratuito. Frente a la ansiedad de saber de antemano el momento en que sucederán los eventos anunciados por Él, Jesús responde a los suyos: «A vosotros no os toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad, sino que recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria y hasta los confines de la tierra» (Hechos 1,7-8).

El Resucitado invita a sus seguidores a no vivir el presente con ansiedad, sino a hacer una alianza con el tiempo, a saber cómo esperar el desenlace de una historia sagrada que no se ha interrumpido sino que avanza, va siempre hacia adelante; a saber cómo esperar los «pasos» de Dios, Señor del tiempo y del espacio. El Resucitado invita a su gente a no «fabricar» la misión por sí mismos, sino a esperar que el Padre dinamice sus corazones con su Espíritu, para poder involucrarse en un testimonio misionero capaz de irradiarse de Jerusalén a Samaria e ir más allá de las fronteras de Israel para llegar a las periferias del mundo.

Esta espera los apóstoles la viven juntos, la viven como la familia del Señor, en la sala superior o cenáculo, cuyos muros aún son testigos del regalo con el que Jesús se entregó a los suyos en la Eucaristía. ¿Y cómo aguardan la fortaleza, la dýnamis de dios? Rezando con perseverancia, como si no fueran tantos sino uno. Rezando en unidad y con perseverancia. De hecho, es a través de la oración como uno supera la soledad, la tentación, la sospecha y abre su corazón a la comunión. La presencia de las mujeres y de María, la madre de Jesús, intensifica esta experiencia: primero aprendieron del Maestro a dar testimonio de la fidelidad del amor y la fuerza de la comunión que supera todo temor.

También le pedimos al Señor la paciencia para esperar sus pasos, para no querer «fabricar» nosotros su obra y para permanecer dóciles rezando, invocando al Espíritu y cultivando el arte de la comunión eclesial.

Liturgia de la Palabra: la Palabra de Dios y la respuesta de la Asamblea litúrgica

(De la Audiencia General del Papa Francisco del 14 de febrero de 2018)

Continuamos con las catequesis sobre la misa. La escucha de las lecturas bíblicas, prolongada en la homilía ¿a qué responde? Responde a un derecho: el derecho espiritual del Pueblo de Dios a recibir con abundancia el tesoro de la Palabra de Dios. Cada uno de nosotros cuando va a misa tiene el derecho de recibir abundantemente la Palabra de Dios bien leída, bien dicha y después bien explicada en la homilía. ¡Es un derecho! Y cuando la Palabra de Dios no está bien leída, no es predicada con fervor por el diácono, por el sacerdote o por el obispo, se falta a un derecho de los fieles. Nosotros tenemos el derecho de escuchar la Palabra de Dios. El Señor habla para todos, pastores y fieles. Él llama al corazón de cuantos participan en la misa, cada uno en su condición de vida, edad, situación. El Señor consuela, llama, suscita brotes de vida nueva y reconciliada. Y esto, por medio de su Palabra. ¡Su Palabra llama al corazón y cambia los corazones!

Por eso, después de la homilía, un tiempo de silencio permite sedimentar en el alma la semilla recibida, con el fin de que nazcan propósitos de adhesión a lo que el Espíritu ha sugerido a cada uno. El silencio después de la homilía. Un hermoso silencio se debe hacer allí y cada uno debe pensar en lo que ha escuchado.

Después de este silencio, ¿cómo continúa la misa? La respuesta personal de fe se incluye en la profesión de fe de la Iglesia, expresada en el «Credo». Todos nosotros recitamos el «Credo» en la misa. Recitado por toda la asamblea, el símbolo manifiesta la respuesta común a lo que se ha escuchado juntos de la Palabra de Dios. Hay un nexo vital entre escucha y fe. Están unidas. Esta —la fe—, de hecho, no nace de la fantasía de mentes humanas, sino como recuerda san Pablo «viene de la predicación y la predicación, por la Palabra de Cristo» (Romanos 10,17). La fe se alimenta, por lo tanto, con la predicación y conduce al Sacramento. Así, el rezo del «Credo» hace que la asamblea litúrgica «recuerde, confiese y manifieste los grandes misterios de la fe, antes de comenzar su celebración en la Eucaristía» (Instrucción General del Misal romano, 67). El símbolo de la fe vincula la Eucaristía con el Bautismo, recibido «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» y nos recuerda que los Sacramentos son comprensibles a la luz de la fe de la Iglesia.

La respuesta a la Palabra de Dios acogida con fe se expresa después en la súplica común, denominada Oración universal, porque abraza las necesidades de la Iglesia y del mundo. Se lle llama también Oración de los fieles.

Los Padres del Vaticano II quisieron restaurar esta oración después del Evangelio y la homilía, especialmente en el domingo y en las fiestas, para que «con la participación del pueblo se hagan súplicas por la santa Iglesia, por los gobernantes, por los que sufren cualquier necesidad, por todos los hombres y por la salvación del mundo entero» (Const. Sacrosanctum Concilium, 53; cf. 1 Timoteo 2,1-2). Por tanto, bajo la guía del sacerdote que introduce y concluye, «el pueblo [...] ejercitando el oficio de su sacerdocio bautismal, ofrece súplicas a Dios por la salvación de todos» (IGMR, 69). Y después las intenciones individuales, propuestas por el diacono o un lector, la asamblea una su voz invocando: «Escúchanos Señor».

Recordamos, de hecho, cuando nos ha dicho el Señor Jesús: «Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis» (Juan 15,7). «Pero nosotros no creemos esto, porque tenemos poca fe». Pero si nosotros tuviéramos una fe —dice Jesús— como el grano de mostaza, recibiríamos todo. «Pedid y lo conseguiréis». Y en este momento de la oración universal después del Credo, está el momento de pedir al Señor las cosas más fuertes en la misa, las cosas que nosotros necesitamos, lo que queremos. «Lo conseguiréis»; en un modo u otro pero «lo conseguiréis». «Todo es posible para quien cree», ha dicho el Señor. ¿Qué respondió ese hombre al cual el Señor se dirigió para decir esta palabra —todo es posible para quien cree—? Dijo: «Creo Señor. Ayuda mi poca fe». También nosotros podemos decir: «Señor, yo creo. Pero ayuda mi poca fe». Y la oración debemos hacerla con este espíritu de fe: «Creo Señor, ayuda mi poca fe». Las pretensiones de lógicas mundanas, sin embargo, no despegan hacia el Cielo, así como permanecen sin ser escuchadas las peticiones autorreferenciales. Las intenciones por las que se invita al pueblo fiel a rezar deben dar voz a las necesidades concretas de la comunidad eclesial y del mundo, evitando recurrir a fórmulas convencionales y miopes. La oración «universal», que concluye la liturgia de la Palabra, nos exhorta a hacer nuestra la mirada de Dios, que cuida de todos sus hijos.

Liturgia de la Palabra: proclamación del Santo Evangelio

(De la Audiencia General del Papa Francisco del 7 de febrero de 2018)

Continuamos con las catequesis sobre la santa misa. Habíamos llegado a las lecturas.

El diálogo entre Dios y su pueblo, desarrollado en la Liturgia de la Palabra de la misa, alcanza el culmen en la proclamación del Evangelio. Lo precede el canto del Aleluya —o, en cuaresma, otra aclamación— con la que «la asamblea de los fieles acoge y saluda al Señor, quien hablará en el Evangelio». Como los misterios de Cristo iluminan toda la revelación bíblica, así, en la Liturgia de la Palabra, el Evangelio constituye la luz para comprender el sentido de los textos bíblicos que lo preceden, tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo Testamento. De hecho, «de toda la Escritura, como de toda la celebración litúrgica, Cristo es el centro y la plenitud». Siempre en el centro está Jesucristo, siempre.

Por eso, la misma liturgia distingue el Evangelio de las otras lecturas y lo rodea de particular honor y veneración. De hecho, su lectura está reservada al ministro ordenado, que termina besando el libro; se escucha de pie y se hace el signo de la cruz en la frente, sobre la boca y sobre el pecho; los cirios y el incienso honran a Cristo que, mediante la lectura evangélica, hace resonar su palabra eficaz. De estos signos la asamblea reconoce la presencia de Cristo que le dirige la «buena noticia» que convierte y transforma. Es un discurso directo el que sucede, como prueban las aclamaciones con las que se responde a la proclamación: «Gloria a ti, Señor Jesús» o «Te alabamos Señor». Nos levantamos para escuchar el Evangelio: es Cristo quien nos habla, allí. Y por esto nosotros estamos atentos, porque es un coloquio directo. Es el Señor que nos habla.

Por tanto, en la misa no leemos el Evangelio para saber cómo fueron las cosas, sino que escuchamos el Evangelio para tomar conciencia de lo que Jesús hizo y dijo una vez; y esa Palabra está viva, la Palabra de Jesús que está en el Evangelio está viva y llega a mi corazón. Por esto, escuchar el Evangelio es tan importante, con el corazón abierto, porque es Palabra viva. Escribe san Agustín que «la boca de Cristo es el Evangelio. Él reina en el cielo, pero no cesa de hablar en la tierra». Si es verdad que en la liturgia «Cristo anuncia todavía el Evangelio», como consecuencia, participando en la misa, debemos darle una respuesta. Nosotros escuchamos el Evangelio y debemos dar una respuesta en nuestra vida.

Para hacer llegar su mensaje, Cristo se sirve también de la palabra del sacerdote que, después del Evangelio, da la homilía. Recomendada vivamente por el Concilio Vaticano II como parte de la misma liturgia, la homilía no es un discurso de circunstancia —ni una catequesis como esta que estoy haciendo ahora—, ni una conferencia, ni una clase, la homilía es otra cosa. ¿Qué es la homilía? Es «retomar ese diálogo que ya está entablado entre el Señor y su pueblo», para que encuentre realización en la vida. ¡La auténtica exégesis del Evangelio es nuestra vida santa! La palabra del Señor termina su recorrido haciéndose carne en nosotros, traduciéndose en obras, como sucedió en María y en los santos. Recordad lo que dije la última vez, la Palabra del Señor entra por las orejas, llega al corazón y va a las manos, a las buenas obras. Y también la homilía sigue la Palabra del Señor y hace también este recorrido para ayudarnos para que la Palabra del Señor llegue a las manos, pasando por el corazón.

Ya traté este argumento de la homilía en la exhortación Evangelii gaudium, donde recordaba que el contexto litúrgico «exige que la predicación oriente a la asamblea, y también al predicador, a una comunión con Cristo en la Eucaristía que transforme la vida».

Quien da la homilía debe cumplir bien su ministerio —aquel que predica, el sacerdote o el diácono o el obispo—, ofreciendo un servicio real a todos aquellos que participan en la misa, pero también cuantos la escuchan deben hacer su parte. Sobre todo prestando la debida atención, asumiendo las justas disposiciones interiores, sin pretextos subjetivos, sabiendo que todo predicador tiene méritos y límites. Si a veces hay motivos para aburrirse por la homilía larga o no centrada o incomprensible, otras veces sin embargo el obstáculo es el prejuicio. Y quien hace la homilía debe ser consciente de que no está haciendo algo propio, está predicando, dando voz a Jesús, está predicando la Palabra de Jesús. Y la homilía debe estar bien preparada, debe ser breve, ¡breve! Me decía un sacerdote que una vez había ido a otra ciudad donde vivían los padres y el padre le dijo: «¡Sabes, estoy contento, porque con mis amigos hemos encontrado una iglesia donde se hace la misa sin homilía!». Y cuántas veces vemos que en la homilía algunos se duermen, otros hablan o salen fuera a fumar un cigarrillo... Por esto, por favor, que sea breve, la homilía, pero que esté bien preparada. ¿Y cómo se prepara una homilía, queridos sacerdotes, diáconos, obispos? ¿Cómo se prepara? Con la oración, con el estudio de la Palabra de Dios y haciendo una síntesis clara y breve, no debe durar más de 10 minutos, por favor. Concluyendo podemos decir que en la Liturgia de la Palabra, a través del Evangelio y la homilía, Dios dialoga con su pueblo, el cual lo escucha con atención y veneración y, al mismo tiempo, lo reconoce presente y operante. Si, por tanto, nos ponemos a la escucha de la «buena noticia», seremos convertidos y transformados por ella, por tanto capaces de cambiarnos a nosotros mismos y al mundo. ¿Por qué? Porque la Buena Noticia, la Palabra de Dios entra por las orejas, va al corazón y llega a las manos para hacer buenas obras.

Liturgia de la Palabra: Palabra viva de Dios

(De la Audiencia General del Papa Francisco del 31 de enero de 2018)

Continuamos hoy las catequesis sobre la misa. Después de habernos detenido en los ritos de introducción, consideramos ahora la Liturgia de la Palabra, que es una parte constitutiva porque nos reunimos precisamente para escuchar lo que Dios ha hecho y pretende hacer todavía por nosotros. Es una experiencia que tiene lugar «en directo» y no por oídas, porque «cuando se leen las sagradas Escrituras en la Iglesia, Dios mismo habla a su pueblo, y Cristo, presente en su palabra, anuncia el Evangelio» (Instrucción General del Misal Romano, 29). Y cuántas veces, mientras se lee la Palabra de Dios, se comenta: «Mira ese..., mira esa..., mira el sombrero que ha traído esa: es ridículo...”. Y se empiezan a hacer comentarios. ¿No es verdad? ¿Se deben hacer comentarios mientras se lee la Palabra de Dios? No, porque si tú chismorreas con la gente, no escuchas la Palabra de Dios. Cuando se lee la Palabra de Dios en la Biblia —la primera Lectura, la segunda, el Salmo responsorial y el Evangelio— debemos escuchar, abrir el corazón, porque es Dios mismo que nos habla y no pensar en otras cosas o hablar de otras cosas. ¿Entendido?... Os explicaré qué sucede en esta Liturgia de la Palabra.

Las páginas de la Biblia cesan de ser un escrito para convertirse en palabra viva, pronunciada por Dios. Es Dios quien, a través de la persona que lee, nos habla e interpela para que escuchemos con fe. El Espíritu «que habló por medio de los profetas» y ha inspirado a los autores sagrados, hace que «para que la Palabra de Dios actúe realmente en los corazones lo que hace resonar en los oídos». Pero para escuchar la Palabra de Dios es necesario tener también el corazón abierto para recibir la palabra en el corazón. Dios habla y nosotros escuchamos, para después poner en práctica lo que hemos escuchado. Es muy importante escuchar. Algunas veces quizá no entendemos bien porque hay algunas lecturas un poco difíciles. Pero Dios nos habla igualmente de otra manera. Es necesario estar en silencio y escuchar la Palabra de Dios. No os olvidéis de esto. En la misa, cuando empiezan las lecturas, escuchamos la Palabra de Dios. ¡Necesitamos escucharlo! Es de hecho una cuestión de vida, como recuerda la fuerte expresión que «no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mateo 4,4). La vida que nos da la Palabra de Dios. En este sentido, hablamos de la Liturgia de la Palabra como de la «mesa» que el Señor dispone para alimentar nuestra vida espiritual. Es una mesa abundante la de la Liturgia, que se basa en gran medida en los tesoros de la Biblia, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, porque en ellos la Iglesia anuncia el único e idéntico misterio de Cristo. Pensamos en las riquezas de las lecturas bíblicas ofrecidas por los tres ciclos dominicales que, a la luz de los Evangelios Sinópticos, nos acompañan a lo largo del año litúrgico: una gran riqueza. Deseo recordar también la importancia del Salmo responsorial, cuya función es favorecer la meditación de lo que se ha escuchado en la lectura que lo precede. Está bien que el Salmo sea resaltado con el canto, al menos en la antífona.

La proclamación litúrgica de las mismas lecturas, con los cantos tomados de la sagrada Escritura, expresa y favorece la comunión eclesial, acompañando el camino de todos y cada uno. Se entiende por tanto por qué algunas elecciones subjetivas, como la omisión de lecturas o su sustitución con textos no bíblicos, sean prohibidas. He escuchado que alguno, si hay una noticia, lee el periódico, porque es la noticia de día. ¡No! ¡La Palabra de Dios es la Palabra de Dios! El periódico lo podemos leer después. Pero ahí se lee la Palabra de Dios. Es el Señor que nos habla. Sustituir esa Palabra con otras cosas empobrece y compromete el diálogo entre Dios y su pueblo en oración. Al contrario, la dignidad del ambón y el uso del Leccionario, la disponibilidad de buenos lectores y salmistas. ¡Pero es necesario buscar buenos lectores!, los que sepan leer, no los que leen [trabucando las palabras] y no se entiende nada. Y así. Buenos lectores. Se deben preparar y hacer la prueba antes de la misa para leer bien. Y esto crea un clima de silencio receptivo.

Sabemos que la palabra del Señor es una ayuda indispensable para no perdernos, como reconoce el salmista que, dirigido al Señor, confiesa: «Para mis pies antorcha es tu palabra, luz para mi sendero» (Salmos 119,105). ¿Cómo podremos afrontar nuestra peregrinación terrena, con sus cansancios y sus pruebas, sin ser regularmente nutridos e iluminados por la Palabra de Dios que resuena en la liturgia? Ciertamente no basta con escuchar con los oídos, sin acoger en el corazón la semilla de la divina Palabra, permitiéndole dar fruto. Recordemos la parábola del sembrador y de los diferentes resultados según los distintos tipos de terreno. La acción del Espíritu, que hace eficaz la respuesta, necesita de corazón que se dejen trabajar y cultivar, de forma que lo escuchado en misa pase en la vida cotidiana, según la advertencia del apóstol Santiago: «Poned por obra la Palabra y no os contentéis solo con oírla, engañándoos a vosotros mismos» (Santiago 1,22). La Palabra de Dios hace un camino dentro de nosotros. La escuchamos con las oídos y pasa al corazón; no permanece en los oídos, debe ir al corazón; y del corazón pasa a las manos, a las buenas obras. Este es el recorrido que hace la Palabra de Dios: de los oídos al corazón y a las manos. Aprendamos estas cosas.

Cristología de la Palabra

(De la Exhortación Apostólica postsinodal "Verbum Domini" del Papa Benedicto XVI)

La consideración de la realidad como obra de la santísima Trinidad a través del Verbo divino, nos permite comprender las palabras del autor de la Carta a los Hebreos: «En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo» (1,1-2). Es muy hermoso ver cómo todo el Antiguo Testamento se nos presenta ya como historia en la que Dios comunica su Palabra. En efecto, hizo primero una alianza con Abrahán; después, por medio de Moisés, la hizo con el pueblo de Israel, y así se fue revelando a su pueblo, con obras y palabras, como Dios vivo y verdadero. De este modo, Israel fue experimentando la manera de obrar de Dios con los hombres, la fue comprendiendo cada vez mejor al hablar Dios por medio de los profetas, y fue difundiendo este conocimiento entre las naciones.

Esta condescendencia de Dios se cumple de manera insuperable con la encarnación del Verbo. La Palabra eterna, que se expresa en la creación y se comunica en la historia de la salvación, en Cristo se ha convertido en un hombre «nacido de una mujer» (Ga 4,4). La Palabra aquí no se expresa principalmente mediante un discurso, con conceptos o normas. Aquí nos encontramos ante la persona misma de Jesús. Su historia única y singular es la palabra definitiva que Dios dice a la humanidad. Así se entiende por qué no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva. La renovación de este encuentro y de su comprensión produce en el corazón de los creyentes una reacción de asombro ante una iniciativa divina que el hombre, con su propia capacidad racional y su imaginación, nunca habría podido inventar. Se trata de una novedad inaudita y humanamente inconcebible: «Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros» (Jn1,14a). Esta expresión no se refiere a una figura retórica sino a una experiencia viva. La narra san Juan, testigo ocular: «Y hemos contemplado su gloria; gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn1,14b). La fe apostólica testifica que la Palabra eterna se hizo Uno de nosotros. La Palabra divina se expresa verdaderamente con palabras humanas.

La tradición patrística y medieval, al contemplar esta «Cristología de la Palabra», ha utilizado una expresión sugestiva: el Verbo se ha abreviado: «Los Padres de la Iglesia, en su traducción griega del antiguo Testamento, usaron unas palabras del profeta Isaías que también cita Pablo para mostrar cómo los nuevos caminos de Dios fueron preanunciados ya en el Antiguo Testamento. Allí se leía: “Dios ha cumplido su palabra y la ha abreviado” (Is 10,23; Rm 9,28)... El Hijo mismo es la Palabra, el Logos; la Palabra eterna se ha hecho pequeña, tan pequeña como para estar en un pesebre. Se ha hecho niño para que la Palabra esté a nuestro alcance». Ahora, la Palabra no sólo se puede oír, no sólo tiene una voz, sino que tiene un rostro que podemos ver: Jesús de Nazaret.

Siguiendo la narración de los Evangelios, vemos cómo la misma humanidad de Jesús se manifiesta con toda su singularidad precisamente en relación con la Palabra de Dios. Él, en efecto, en su perfecta humanidad, realiza la voluntad del Padre en cada momento; Jesús escucha su voz y la obedece con todo su ser; él conoce al Padre y cumple su palabra; nos cuenta las cosas del Padre; «les he comunicado las palabras que tú me diste» (Jn 17,8). Por tanto, Jesús se manifiesta como el Logos divino que se da a nosotros, pero también como el nuevo Adán, el hombre verdadero, que cumple en cada momento no su propia voluntad sino la del Padre. Él «iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres» (Lc 2,52). De modo perfecto escucha, cumple en sí mismo y nos comunica la Palabra divina.

La misión de Jesús se cumple finalmente en el misterio pascual: aquí nos encontramos ante el «Mensaje de la cruz» (1 Co 1,18). El Verbo enmudece, se hace silencio mortal, porque se ha «dicho» hasta quedar sin palabras, al haber hablado todo lo que tenía que comunicar, sin guardarse nada para sí. Los Padres de la Iglesia, contemplando este misterio, ponen de modo sugestivo en labios de la Madre de Dios estas palabras: «La Palabra del Padre, que ha creado todas las criaturas que hablan, se ha quedado sin palabra; están sin vida los ojos apagados de aquel que con su palabra y con un solo gesto suyo mueve todo lo que tiene vida». Aquí se nos ha comunicado el amor «más grande», el que da la vida por sus amigos.

En este gran misterio, Jesús se manifiesta como la Palabra de la Nueva y Eterna Alianza: la libertad de Dios y la libertad del hombre se encuentran definitivamente en su carne crucificada, en un pacto indisoluble, válido para siempre. Jesús mismo, en la última cena, en la institución de la Eucaristía, había hablado de «Nueva y Eterna Alianza», establecida con el derramamiento de su sangre, mostrándose como el verdadero Cordero inmolado, en el que se cumple la definitiva liberación de la esclavitud.

Este silencio de la Palabra se manifiesta en su sentido auténtico y definitivo en el misterio luminoso de la resurrección. Cristo, Palabra de Dios encarnada, crucificada y resucitada, es Señor de todas las cosas; él es el Vencedor, el Pantocrátor, y ha recapitulado en sí para siempre todas las cosas. Cristo, por tanto, es «la luz del mundo» (Jn 8,12), la luz que «brilla en la tiniebla» (Jn 1,54) y que la tiniebla no ha derrotado. Aquí se comprende plenamente el sentido del Salmo 119: «Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero»; la Palabra que resucita es esta luz definitiva en nuestro camino. Los cristianos han sido conscientes desde el comienzo de que, en Cristo, la Palabra de Dios está presente como Persona. La Palabra de Dios es la luz verdadera que necesita el hombre. Sí, en la resurrección, el Hijo de Dios surge como luz del mundo. Ahora, viviendo con él y por él, podemos vivir en la luz.

Llegados, por decirlo así, al corazón de la «Cristología de la Palabra», es importante subrayar la unidad del designio divino en el Verbo encarnado. Por eso, el Nuevo Testamento, de acuerdo con las Sagradas Escrituras, nos presenta el misterio pascual como su más íntimo cumplimiento. San Pablo, en la Primera carta a los Corintios, afirma que Jesucristo murió por nuestros pecados «según las Escrituras», y que resucitó al tercer día «según las Escrituras» (1 Co 15,4). Con esto, el Apóstol pone el acontecimiento de la muerte y resurrección del Señor en relación con la historia de la Antigua Alianza de Dios con su pueblo. Es más, nos permite entender que esta historia recibe de ello su lógica y su verdadero sentido. En el misterio pascual se cumplen «las palabras de la Escritura, o sea, esta muerte realizada “según las Escrituras” es un acontecimiento que contiene en sí un logos, una lógica: la muerte de Cristo atestigua que la Palabra de Dios se hizo “carne”, “historia” humana». También la resurrección de Jesús tiene lugar «al tercer día según las Escrituras»: ya que, según la interpretación judía, la corrupción comenzaba después del tercer día, la palabra de la Escritura se cumple en Jesús que resucita antes de que comience la corrupción. En este sentido, san Pablo, transmitiendo fielmente la enseñanza de los Apóstoles, subraya que la victoria de Cristo sobre la muerte tiene lugar por el poder creador de la Palabra de Dios. Esta fuerza divina da esperanza y gozo: es éste en definitiva el contenido liberador de la revelación pascual. En la Pascua, Dios se revela a sí mismo y la potencia del amor trinitario que aniquila las fuerzas destructoras del mal y de la muerte.

Teniendo presente estos elementos esenciales de nuestra fe, podemos contemplar así la profunda unidad en Cristo entre creación y nueva creación, y de toda la historia de la salvación. Por recurrir a una imagen, podemos comparar el cosmos a un «libro» –así decía Galileo Galilei– y considerarlo «como la obra de un Autor que se expresa mediante la “sinfonía” de la creación. Dentro de esta sinfonía se encuentra, en cierto momento, lo que en lenguaje musical se llamaría un “solo”, un tema encomendado a un solo instrumento o a una sola voz, y es tan importante que de él depende el significado de toda la ópera. Este “solo” es Jesús... El Hijo del hombre resume en sí la tierra y el cielo, la creación y el Creador, la carne y el Espíritu. Es el centro del cosmos y de la historia, porque en él se unen sin confundirse el Autor y su obra».

Tradición y Escritura

(De la Exhortación Apostólica postsinodal "Verbum Domini" del Papa Benedicto XVI)

Al reafirmar el vínculo profundo entre el Espíritu Santo y la Palabra de Dios, hemos sentado también las bases para comprender el sentido y el valor decisivo de la Tradición viva y de las Sagradas Escrituras en la Iglesia. En efecto, puesto que «tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único» (Jn 3,16), la Palabra divina, pronunciada en el tiempo, fue dada y «entregada» a la Iglesia de modo definitivo, de tal manera que el anuncio de la salvación se comunique eficazmente siempre y en todas partes.

Como nos recuerda la Constitución dogmática Dei Verbum, Jesucristo mismo «mandó a los Apóstoles predicar a todos los hombres el Evangelio como fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta, comunicándoles así los bienes divinos: el Evangelio prometido por los profetas, que Él mismo cumplió y promulgó con su boca.

Este mandato se cumplió fielmente, pues los Apóstoles, con su predicación, sus ejemplos, sus instituciones, transmitieron de palabra lo que habían aprendido de las obras y palabras de Cristo y lo que el Espíritu Santo les enseñó; además, los mismos Apóstoles y otros de su generación pusieron por escrito el mensaje de la salvación inspirados por el Espíritu Santo».

El Concilio Vaticano II recuerda también que esta Tradición de origen apostólico es una realidad viva y dinámica, que «va creciendo en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo»; pero no en el sentido de que cambie en su verdad, que es perenne.

Más bien «crece la comprensión de las palabras y las instituciones transmitidas», con la contemplación y el estudio, con la inteligencia fruto de una más profunda experiencia espiritual, así como con la «predicación de los que con la sucesión episcopal recibieron el carisma seguro de la verdad».

La Tradición viva es esencial para que la Iglesia vaya creciendo con el tiempo en la comprensión de la verdad revelada en las Escrituras; en efecto, «la misma Tradición da a conocer a la Iglesia el canon de los libros sagrados y hace que los comprenda cada vez mejor y los mantenga siempre activos».

En definitiva, es la Tradición viva de la Iglesia la que nos hace comprender de modo adecuado la Sagrada Escritura como Palabra de Dios. Aunque el Verbo de Dios precede y trasciende la Sagrada Escritura, en cuanto inspirada por Dios, contiene la palabra divina «en modo muy singular».

De aquí se deduce la importancia de educar y formar con claridad al Pueblo de Dios, para acercarse a las Sagradas Escrituras en relación con la Tradición viva de la Iglesia, reconociendo en ellas la misma Palabra de Dios.

Es muy importante, desde el punto de vista de la vida espiritual, desarrollar esta actitud en los fieles. En este sentido, puede ser útil recordar la analogía desarrollada por los Padres de la Iglesia entre el Verbo de Dios que se hace «carne» y la Palabra que se hace «libro».

Esta antigua tradición, según la cual, como dice san Ambrosio, «el cuerpo del Hijo es la Escritura que se nos ha transmitido», es recogida por la Constitución dogmática Dei Verbum, que afirma: «La Palabra de Dios, expresada en lenguas humanas, se hace semejante al lenguaje humano, como la Palabra del eterno Padre, asumiendo nuestra débil condición humana, se hizo semejante a los hombres». Entendida de esta manera, la Sagrada Escritura, aún en la multiplicidad de sus formas y contenidos, se nos presenta como realidad unitaria. En efecto, «a través de todas las palabras de la sagrada Escritura, Dios dice sólo una palabra, su Verbo único, en quien él se dice en plenitud», como ya advirtió con claridad san Agustín: «Recordad que es una sola la Palabra de Dios que se desarrolla en toda la Sagrada Escritura y uno solo el Verbo que resuena en la boca de todos los escritores sagrados».

En definitiva, mediante la obra del Espíritu Santo y bajo la guía del Magisterio, la Iglesia transmite a todas las generaciones cuanto ha sido revelado en Cristo. La Iglesia vive con la certeza de que su Señor, que habló en el pasado, no cesa de comunicar hoy su Palabra en la Tradición viva de la Iglesia y en la Sagrada Escritura.

En efecto, la Palabra de Dios se nos da en la Sagrada Escritura como testimonio inspirado de la revelación que, junto con la Tradición viva de la Iglesia, es la regla suprema de la fe.