Mostrando las entradas con la etiqueta Procesión de los ramos (A). Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Procesión de los ramos (A). Mostrar todas las entradas

Mateo 21,1-11: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!


Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, junto al monte de los Olivos, Jesús mandó dos discípulos, diciéndoles:
-Id a la aldea de enfrente encontraréis en seguida una borrica atada con su pollino, desatadlos y traédmelos. Si alguien os dice algo contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto.
Esto ocurrió para que se cumpliese lo que dijo el profeta:
«Decid a la hija de Sión: Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de acémila.»
Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos y Jesús se montó. La multitud extendió sus mantos por el camino; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaba:
-¡Viva el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Viva el Altísimo!
Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad preguntaba alborotada:
-¿Quién es éste?
La gente que venía con él decía:
-Es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea.

REFLEXIÓN (de "Jesús de Nazaret II" por Joseph Ratzinger - Benedicto XVI):

Los peregrinos que han venido con Jesús a Jerusalén se dejan contagiar por el entusiasmo de los discípulos; ahora alfombran con sus mantos el camino por donde pasa. Cortan ramas de los árboles y gritan palabras del Salmo 118, palabras de oración de la liturgia de los peregrinos de Israel que en sus labios se convierten en una proclamación mesiánica: «¡Hosanna, bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el Reino que llega, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!».

Esta aclamación la han transmitido los cuatro evangelistas, aunque con sus variantes específicas. Estas diferencias no son irrelevantes para la historia de la transmisión y la visión teológica de cada uno de los evangelistas, pero no es necesario que nos ocupemos aquí de ellas. Tratamos solamente de comprender las líneas esenciales de fondo, teniendo en cuenta, además, que la liturgia cristiana ha acogido este saludo, interpretándolo a la luz de la fe pascual de la Iglesia.

Ante todo, aparece la exclamación: «¡Hosanna!». Originalmente, ésta era una expresión de súplica, como: «¡Ayúdanos!». En el séptimo día de la fiesta de las Tiendas, los sacerdotes, dando siete vueltas en torno al altar del incienso, la repetían monótonamente para implorar la lluvia. Pero, así como la fiesta de las Tiendas se transformó de fiesta de súplica en una fiesta de alegría, la súplica se convirtió cada vez más en una exclamación de júbilo.

La palabra había probablemente asumido también un sentido mesiánico ya en los tiempos de Jesús. Así, podemos reconocer en la exclamación «¡Hosanna!» una expresión de múltiples sentimientos, tanto de los peregrinos que venían con Jesús como de sus discípulos: una alabanza jubilosa a Dios en el momento de aquella entrada; la esperanza de que hubiera llegado la hora del Mesías, y al mismo tiempo la petición de que fuera instaurado de nuevo el reino de David y, con ello, el reinado de Dios sobre Israel.

La palabra siguiente del Salmo 118, «bendito el que viene en el nombre del Señor», perteneció en un primer tiempo, como se ha dicho, a la liturgia de Israel para los peregrinos y con ella se los saludaba a la entrada de la ciudad o del templo. Lo demuestra también la segunda parte del versículo: «Os bendecimos desde la casa del Señor». Era una bendición que los sacerdotes dirigían y casi imponían sobre los peregrinos a su llegada. Pero con el tiempo la expresión «que viene en el nombre del Señor» había adquirido un sentido mesiánico. Más aún, se había convertido incluso en la denominación de Aquel que había sido prometido por Dios. De este modo, de una bendición para los peregrinos la expresión se transformó en una alabanza a Jesús, al que se saluda como al que viene en nombre de Dios, como el Esperado y el Anunciado por todas las promesas.

Clic aquí para ir a la Lectio Divina de este Evangelio

Clic aquí para ver homilías de otros Evangelios

Mateo 21,1-11: La Procesión de los Ramos


Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, junto al monte de los Olivos, Jesús mandó dos discípulos, diciéndoles:

-Id a la aldea de enfrente encontraréis en seguida una borrica atada con su pollino, desatadlos y traédmelos. Si alguien os dice algo contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto.

Esto ocurrió para que se cumpliese lo que dijo el profeta: «Decid a la hija de Sión: Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de acémila.» Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos y Jesús se montó. La multitud extendió sus mantos por el camino; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaba:

-¡Viva el Hijo de David!

-¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Viva el Altísimo!

Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad preguntaba alborotada:

-¿Quién es éste?

La gente que venía con él decía:

-Es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea.

REFLEXIÓN:

Con la procesión de los ramos comienza la Semana Santa, también conocida como Semana Mayor. Desde el Domingo de Ramos hasta la mañana del Jueves Santo, tendremos la primera parte de la semana, que básicamente es el final de la Cuaresma.

En estos días intensificamos nuestra preparación, principalmente penitencial, para vivir adecuadamente la segunda parte de la semana. Esta última comienza la tarde del Jueves Santo; en ella celebramos el Triduo Pascual, la plenitud de la Pasión y muerte de Cristo, que culmina con la victoriosa Pascua de Resurrección.

En su entrada mesiánica a Jerusalén, Jesús escoge la humildad y sencillez de un asno como transporte. El borrico para montar ni siquiera es propio, sino prestado. Esto entra en contradicción con los hermosos caballos usados por los guerreros y con las robustas mulas usadas por los nobles de esa región (1 Reyes 1,44); de este modo se resalta el carácter espiritual, pacífico y humilde de su misión, así como a quienes estaba orientada.

Los discípulos colocan sus mantas haciendo una alfombra a modo de camino para que avance el Señor. La masa lo aclama apoteósicamente. Quieren un rey que asuma el poder, quieren un cambio; han oído de Jesús y esperan que el pueda instalar la justicia y librarlos del yugo y la opresión del imperio romano, devolviendo a la nación judía el esplendor del imperio de antaño, evocando los tiempos del rey David. No piensan cambiar ellos, sólo cambiar el gobierno.

En el texto paralelo de Lucas, al oír la aclamación de la multitud: "Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en lo alto", unos fariseos se escandalizan al oir aquello y le piden a Jesús que mande callar a sus seguidores; sin embargo el Señor acepta la aclamación del pueblo, aún a sabiendas de que está comenzando la dolorosa parte final de su voluntaria y gloriosa misión.

Esta entrada habrá de conducirlo a un triunfo diferente al esperado por la muchedumbre: la salvación de la humanidad, redimiéndola del pecado mediante su propia muerte en la cruz y posterior resurrección. Esto acontece aún a pesar de recibir el abandono de sus seguidores, la humillación de los círculos de poder de entonces, y el desprecio de la mayoría de los que previamente en esa entrada a Jerusalén habían vociferado a voz en cuello aclamándole como su esperado rey.

Clic aquí para ir a la Lectio Divina de este Evangelio

Clic aquí para ver homilías de otros Evangelios