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Cristo, Rey de la Patria eterna

(De "Cristo Rey" por Tihamér Tóth)

Podríamos dividir a los católicos en tres tipos. Hay católicos bautizados (católicos no propiamente cristianos, sino cristianizados), que, si bien son católicos según la partida de bautismo, llevan una vida para nada cristiana. Son las ramas secas en el árbol de la Iglesia. Hay católicos domingueros , que lo son únicamente los domingos, cuando van a misa, pero que el resto de la semana dejan de serlo, y apenas se les nota. Son los retoños enfermizos. Gracias a Dios, hay un tercer grupo: los católicos de todos los días , que no sólo van a la iglesia los domingos, sino que lo son todos los días de la semana, y tratan de hacer siempre la voluntad de Dios, hacen oración un rato todas las mañanas y se confiesan frecuentemente. Son los que se acuestan por la noche con este pensamiento: Señor mío, ¿hoy he vivido como debería? ¿estás contento conmigo?

Pensemos que si no hay muchos apóstoles es porque son pocos los católicos de todos los días.

Pero, ¿a qué se debe que haya tan pocos católicos que vivan su fe cotidianamente todos los días? A qué no pensamos en la vida eterna, como lo han hecho los santos. A que no tenemos nuestra mirada puesta en Dios, en la vida eterna, el más allá. Cuando las pruebas nos abruman, no sabemos mirar al cielo como hizo el primer mártir de la Iglesia, San Esteban: « Fijando los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús, que estaba a la diestra de Dios » (Hechos 7,55).

Los santos han sido hombres como nosotros, han tenido que luchar y han encontrado los mismos o mayores obstáculos en su camino que los que hemos encontrado nosotros; los adversarios que les combatieron eran, poco más o menos, como los que nos atacan a nosotros; las mismas tentaciones y dificultades.

Pero ellos meditaban de continuo estas tres cuestiones : ¿Quién es Dios? ¿Cuál es el fin de esta vida terrena? Y ¿qué es la vida eterna ? Pudiéramos decir que cuando sentían el peso de la vida, «fijaban los ojos en el cielo y veían la gloria de Dios, y a Jesús, que estaba a la diestra del Padre».

1.° ¿Quién es Dios para mí? Muchos, aunque no lo confiesen abiertamente, piensan de esta manera: Dios es un ser excelso, majestuoso, soberano de todo, que está en el Cielo, en la lejanía, a quien se le rinde culto cada domingo… pero que no cuenta para nada en la vida diaria, en el trabajo, en el hogar, en la sociedad, en la política.

Pero los santos no pensaban de esta manera. Para ellos Dios no estaba lejos. Él está entre nosotros, en todas partes. A cualquier punto que me dirija, en El «vivo, me muevo y existo». No puedo huir nunca de su presencia.

Nosotros, si nos abruman los obstáculos, las dificultades, nos desesperamos y decimos: «Dios mío, ¿es qué me merezco todo esto?, ¿por qué me castigas?» De esta forma, fácilmente se nos enfría el amor a Dios. ¿Y los santos? Los santos veían en todo la voluntad del Señor.

Nosotros nos rebelamos cuando nos hiere la enfermedad o la desgracia. ¿Qué hicieron los santos en semejantes circunstancias? Besaban la mano del que les castigaba: «Padre, castígame; heme aquí, heme aquí, castígame, ponme entre llamas, con tal que uses misericordia conmigo en la eternidad» (SAN AGUSTÍN).

Nosotros nos quejamos: «¡Cuántas molestias me causa este enfermo! ¡Qué insoportable es este hombre!» ¿Y los santos? Ellos se decían: «Este hombre es hermano de Cristo, y lo que yo haga por él, lo hago por Cristo». Y algunos hasta llegaron a besar las llagas de los enfermos, para vencerse a sí mismos.

¡Cuánto distamos de los santos en nuestra manera de pensar en Dios!

2.° ¿Cuál es el fin de esta vida terrena? ¿Qué significa esta vida para mí? Para algunos esta vida no es otra cosa que una búsqueda de placeres pecaminosos. Para otros, una suma de años sin más, que se pasan la mitad soñando nostálgicamente: «¡Qué bien estaba yo antes!», y la otra mitad con temor: «¿Qué será de mí en el porvenir?» Hay quienes consideran esta vida como un penar continuo cuyo único objetivo de conseguir un poco de comodidad; esto y nada más. Como aquel enfermo anciano, a quien el médico aconsejaba una cura muy costosa, y que se le quejaba diciendo: «Vea usted, doctor, qué raro es el hombre. En su juventud da la salud por el dinero; y cuando envejece, da el dinero por la salud.»

Lo cierto es que nunca estamos satisfechos. Siempre pensamos que los demás tienen mejor suerte que yo. Nos comportamos aquel picapedrero chino.

Un día en que desbarataba la piedra con tedio, cavilando sobre la monotonía de su vida, aconteció que pasó cerca de él, el emperador, acompañado de un brillante cortejo. Iba encaramado sobre un enorme elefante, bajo un dosel de oro; en su corona brillaban abundantes diamantes; un magnífico ejército de ministros, soldados y cortesanos le acompañaban. El picapedrero admirado se dijo para sí: ¡Oh!, ¡si yo pudiera ser emperador!

Y en el mismo instante se transformó en emperador. Ahora era él quien estaba sentado bajo dosel de oro; era señor de millones de hombres, y a un gesto suyo se inclinaban hasta el suelo los ministros y los jefes del ejército. Pero el sol despedía ese día demasiado calor, y el emperador no paraba de enjugarse la frente. Al final se puso de mal humor, porque veía que el sol era más poderoso que él. Y exclamó con enfado:

—¡Quiero ser el sol!

En el mismo instante se transformó en sol. Estaba a sus anchas brillando en la bóveda celeste, y despedía tanto calor, que los hombres y los animales de la tierra caminaban jadeantes…, la hierba se secaba y la tierra se resquebrajaba. Y esto le divertía mucho. Pero de repente se interpuso una densa nube negruzca delante de él. El sol trataba de irradiar más calor, pero en vano: los rayos no lograban atravesar la densa nube. Saltó de ira y exclamó:

—¡Quiero ser nube!

Y fue transformado en nube. Con desenfrenada furia hacía caer la lluvia sobre la tierra; los arroyuelos y los ríos, repletos de agua, se salían de su cauce, la corriente arrastraba las casas, los hombres se ahogaban, pero… un gigantesco peñasco se mantenía inamovible en su puesto. La nube exclamó llena de ira:

—Pero ¿qué es esto? Este peñasco, ¿se atreve a retarme? ¡Quiero ser peñasco!

Y en peñasco se convirtió. Ya estaba satisfecho. Con orgullo se erguía en su puesto y no le dañaba ni el ardor del sol, ni la lluvia de la nube. Pero un día llegó un hombre y clavó un puntiagudo pico en él.

—¡Ay!, ¿qué es esto?—gritó el peñasco—. Este cantero ¿es más poderoso que yo? ¡Quiero ser picapedrero!

Y en aquel momento volvió a ser de nuevo picapedrero. Y vivió en adelante contento con su suerte. 

También a nosotros nos pasa lo mismo: nos pasamos la vida en continua desazón. No es así como pensaban los santos.

Para ellos la vida era cumplir día a día la voluntad de Dios. Para ellos su alma era una blanca vestidura que tenían que conservar inmaculada hasta el día de su muerte, tal como se las había entregado su Padre celestial. Para ellos la vida era un atesorar riquezas de valor eterno, no trastos inútiles que se oxidan o apolillan. Ellos no vivían recordando el pasado ni temiendo el porvenir. Para ellos no había más que una cosa importante: hoy, en este momento, ¿cuál es la voluntad de Dios? ¿cómo puedo acumular tesoros para la vida eterna?

¡Si, para la vida eterna! Y con esto llegamos a la tercera cuestión, sumamente importante, decisiva, de la que depende todo:

3.° ¿Qué es para mí la vida eterna? ¿Cómo la valoro? ¿Pienso constantemente en el cielo?

Ya sabemos cómo vivían y morían los Apóstoles, con la mirada puesta en la vida eterna. Cuando Pedro estaba clavado en la cruz con la cabeza hacia abajo, ¿qué es lo que le daba fuerza? Cuando Andrés abrazaba con amor la cruz antes de morir, ¿qué es lo que le animaba? Cuando Pablo inclinó su cabeza bajo el hacha del verdugo, ¿qué es lo que le daba ánimos y valentía? La vida eterna. Veían los cielos abiertos, y contemplaban a Cristo Rey, a la diestra del Padre.

Es lo mismo que han hecho los mártires, mientras les despedazaban las fieras.

También los santos han vivido pensando frecuentemente en la vida eterna. Los sufrimientos que han padecido no son nada comparados con la felicidad que ahora gozan.

Aquí, lágrimas, sudores, luchas…; allí, perlas preciosas de la corona celestial. Ante tal perspectiva —pensaban— bien vale la pena de sufrir.

¿Creo realmente en el cielo?

Cada vez que recitamos el Credo lo confesamos de palabra: «Creo en la vida eterna.» Pero ¿cómo lo confesamos también con la vida…, con una vida consecuente? ¿No somos de aquellos que dicen: «acaso, puede ser., quién sabe, puede ser que haya algo después de la muerte»?… ¿Soy cómo aquel soldado si fe que en medio de la batalla rezaba de esta manera: «¡Dios mío (si es que existes), salva mi alma (si es que hay alma), para que no me condene (si es que hay condenación), y así alcance la vida eterna (si es que hay vida más allá de la muerte).» ¿Mi fe es más robusta que esta raquítica fe? ¿Creo resueltamente que hay vida eterna, que viviré eternamente?

Alguien objetará, tal vez, que en la tumba todo se pudre, todo se convierte en polvo…, y, por tanto, ¿cómo puede brotar allí la vida? Podría decir lo mismo el grano de trigo sembrado en otoño: En torno mío todo es podredumbre, fango, hielo…, ¿cómo podrá surgir la vida aquí? Y, sin embargo, surgirá. ¡Qué vigoroso germinar brotará allí mismo en la primavera!

Quizá se me diga: ¡Está todo tan inmóvil en la tumba! ¿Cómo puede brotar allí vida? Lo mismo podría decir el gusano cuando se encierra en el capullo y está como muerto en su ataúd durante semanas. Y, sin embargo, ¡qué mariposa de irisados colores sale de la crisálida, al parecer, muerta! 

Junto a mí todo cae, todo perece… ¿Puedo afirmar, no obstante, ¡hay vida eterna!?

Entierran a mi padre, muere mi esposa…; ¿sé decir, a pesar de todo: ¡hay vida eterna!?

Me cerca el pecado, casi caigo en sus lazos…; ¿sé animarme a mí mismo para resistir confesando que hay vida eterna?

Las desgracias casi me aplastan…; ¿sé consolarme con esta fe: ¡hay vida eterna!?

Si no hay «más allá»…, entonces está loco este mundo; de nada sirve ser honrado; se abre ancho campo al engaño y al latrocinio; lo que importa es disfrutar lo mas que se pueda de esta vida.

Pero ¿qué digo? Si no hay vida eterna, entonces, Dios es cruel, entonces no hay Dios; porque no es posible que nos haya creado para esta miserable vida, únicamente para esta vida terrena.

No de otra manera pensaba SAN PABLO, cuando dijo: «¿De qué me sirve haber combatido en Éfeso contra bestias feroces, si no resucitan los muertos? En este caso, no pensemos más que en comer y beber, puesto que mañana moriremos» (Cf. I Cor 15,32).

Recordemos otra vez la lección que nos dan los santos. Para ellos, la vida eterna era la verdadera vida, y esta vida de abajo no era más que una sombra.

Para ellos, la vida eterna era el gran libro, y esta vida de acá no era más que el prólogo, la introducción del libro.

Para ellos, la vida eterna era la patria verdadera, y esta vida de la tierra no era más que un «valle de lágrimas».

Y, con todo, sabían alegrarse cuando el día era soleado. Sabían disfrutar del trino de los pájaros. Y también luchaban y cumplían con su deber. Para cumplirlo tan heroicamente como lo hacían, sacaban fuerzas del pensamiento de la vida eterna. Vivían con la nostalgia del cielo.

Nosotros, los católicos, añoramos la patria verdadera, pero no por ello odiamos este mundo. Esta nostalgia nos impulsa a ser valientes. Esta nostalgia nos hace olvidar las penas. Esta nostalgia nos mueve a hacer oración cuando la desgracia o la angustia nos oprimen. Así podemos sonreírnos en los días más oscuros; sabemos que todas nuestras desgracias las ordena Dios para nuestro bien.

Cuando el cielo está nublado y oscuro, sé que por encima de las nubes brilla el sol. Por encima de las desgracias de esta vida, está la vida eterna.

4.° Hay un pensamiento que me puede ayudar en gran manera: ¿Qué será de mí dentro de noventa años? Estaré en casa . ¿En casa? No aquí, por cierto, no en tal ciudad o pueblo, sino en mi verdadera casa, en el cielo, en la patria eterna. Quiera Dios que en la otra vida yo esté en el cielo gozando con Dios; entonces recordaré a manera de sueño toda mi vida. Por muy difícil que haya sido, o por mucho que haya rebosado de alegría…, ya no será más que un sueño. ¡Oh!, ¡cómo me acuerdo de tal o cual cosa!; me creía que nunca podría separarme de ella, y ahora… veo que era una fruslería. He sufrido mucho, he padecido, y ahora… veo que habría sido muy ventajoso padecer aún más por amor a Dios. 

¡Qué diferente nos parecerá todo desde allá arriba! ¡Toda nuestra vida!

 ¿Qué has sido en la tierra? ¿Ministro? Pues ahora lo que te interesa no es el cargo que ocupaste, sino si fuiste honrado en él y cumpliste con tu deber.

¿Has sido profesor? Ahora lo que te llena de gozo no es el número de libros que has escrito, sino si has ennoblecido el alma del estudiante que te fue confiado.

¿Qué has sido? ¿Empresario? Ya no te enorgulleces de las empresas que dirigiste, sino de haber sido fiel a Dios haciendo su Voluntad y no haciendo negocios sucios.

¿Qué has sido? ¿Madre de familia? Lo que te consuela no es el prestigio social que alcanzaste en la sociedad, sino el haber enseñado a rezar a tus hijos, por la mañana y por la noche.

Y dirás con sorpresa: ¡Dios mío! ¡Qué berrinches me llevé por tan pocas cosas! Y también: ¿Por qué me callé cuando podía haber cortado esa conversación inmoral? ¡Cuántas almas habría podido salvar! ¿Por qué fui cobarde? ¿Por qué di libre curso a mis malos deseos? ¿Por qué no me negué nunca nada? ¿Cómo pude dar crédito a tantas palabras vacías y frívolas?

Y hay un dato que no se puede descuidar. Todo arrepentimiento entonces será tardío.

Ahora no es tarde todavía. Es tiempo a propósito para que podamos aprender la gran sabiduría: Hemos de orientar hacia la vida eterna toda nuestra vida, todos nuestros actos.

Todos pasamos abundantes sufrimientos y pruebas. No los desperdiciemos inútilmente. La vida es muchas veces, para todos, un martirio. Que nuestros sufrimientos nos sirvan para alcanzar la corona eterna. Sólo así seremos vencedores, y no vencidos. Sólo así llegaremos a casa, a nuestra casa celestial, donde nos espera nuestro Padre, y Jesucristo Rey.

Hemos de ser columnas, rocas y no arena, tierra movediza. Solamente así resistiremos en este mundo tan corrompido moralmente. La columna no vacila. La roca no tambalea ante el torrente impetuoso del pecado. ¿Sufro por ello? Es posible. ¿Lucho por mantenerme así? Es posible. ¿Caigo? ¡No, no he de caer!

Cristo es el Rey de la vida eterna, y yo quiero heredarla. Dios me ha creado para la vida eterna y allí me espera… con tal que persevere junto a Él. He de trabajar durante el día, mientras haya luz, antes de que se ponga el sol, antes de que me sobrevenga la muerte.

Cristo, Rey crucificado

(De "Cristo Rey" por Mons. Tihamer Toth)

¡Viernes Santo! ¡No hay otro día más importante del año! En ese día celebramos que Nuestro Señor Jesucristo murió crucificado por nosotros!

No se fue de este mundo después de una vida cómoda; no acabó su vida en una blanda cama, rodeado de sus seres queridos; murió sobre un patíbulo de ignominia, sobre la cruz. En ella expiró, entre carcajadas de escarnio; en ella terminó su vida mortal, agotado por los sufrimientos del espíritu y del cuerpo, abandonado de todos. En la cruz sufre durante varias horas. En la cruz sufre y muere por nosotros.

Y cada Viernes Santo atrae por un día las miradas de todos.

Entonces siente el hombre que no hay objetivo de vida más sublime, misión humana más elevada, deber más santo, que el que nos muestra la cruz de Cristo: salvar el alma.

El sacrificio del Viernes Santo me está diciendo con toda claridad: I. Cuánto me amó El a mí, y II. Cuán, poco le amo yo a El.

¡Cuánto me amó El a mí! ¿Cuánto? ¡Murió por mí! Me amó y se entregó por mí! Esto es amor. 

Jesucristo muere clavado en una cruz. No tenía una almohada para reposar su cabeza, coronada de espinas. Le atravesamos sus manos y pies con agudos clavos. Le dimos a beber hiel y vinagre. En vez de recibir consuelos, recibió desprecios y blasfemias. ¡Oh Jesús!, ¿es esto lo que mereciste de nosotros? ¿A Ti, hijo de Dios, que bajaste de los altos cielos para darnos el reino eterno de tu Padre? ¡Y nosotros te clavamos en la cruz! ¡Cuánto me has amado!

Te interpusiste en medio, entre el cielo y la tierra, para encubrir con tu cuerpo ensangrentado y lleno de llagas a cada uno de los hombres, para encubrir mi alma pecadora y esconderme así de la ira de Dios; para desviar, con los brazos extendidos en lo alto, los rayos de la justicia divina; para implorar perdón para nosotros. Tú imploras al cielo pidiendo misericordia: «Padre, perdónalos…», a ellos, a todos, sin excepción. No te preocupas de ti mismo, no piensas en tu dolor, sólo piensas en mí. ¡Cuánto me amas!

 Me amó…, me amó… Pero ¿quién podía esperar tal exceso de amor? Ya conocíamos las promesas del Mesías venidero hechas por Dios al hombre en el Paraíso. Cuando el Niño de Belén se sonreía mirándonos a los ojos, cuando el Hijo de Dios vivía entre nosotros como un hermano, sentíamos que en su Corazón ardía con vivísimas llamas en amor a los hombres. Al oír sus parábolas del buen samaritano, del hijo pródigo, del buen pastor que busca la oveja perdida, bien sentíamos los ardores del amor del Corazón de Jesús. Pero aquel amor sin límite y sin medida, que le llevó a soportar por nosotros, sin pronunciar una palabra de queja, los golpes rudos, los latigazos que le herían, el ser escupido y servir de befa, la corona de espinas, los dolores de la cruz…, no podíamos sospecharlo. ¡Cuánto nos ama Jesús!

Se deja clavar a la cruz para decirme cuánto me ama. Así conquista mi alma. Yo estoy al pie de la cruz, abismado al ver tanto exceso de amor, y espero que su sangre preciosa, aquella sangre divina, caiga sobre mí, y lave mis grandes pecados. Quisiera llorar con amargura; pero no puedo; este Jesús amoroso me fascina, su palabra me obliga a que le mire, no puedo desviar de El mi mirada. Pero si le miro, siento que me dice: Mira cuánto te he amado…, y tú ¿me amas a Mí…?

Esta cruz manchada de sangre no sólo me está diciendo cuánto me ama, sino también cuán poco le amo yo a El.

Desde el Viernes Santo, hace dos mil años, que está erguida la cruz, y todos los hombres pasan en torno suyo.

Hay hombres de corazón duro, que pasan sin percatarse por delante de ella, para quienes nada significa la muerte del Señor, ni tampoco su vida ni su doctrina, cuyo único afán es el dinero, la mesa bien repleta y el degustar de los placeres… ¿Alma? ¿Religión? ¿Dios? ¿Oración? ¿Cruz?…: son palabras incomprensibles para ellos…

Hay otros que por un momento miran emocionados la cruz y el sacrificio cruento de Jesucristo…, pero se asustan de las repercusiones que lleva consigo. «No, no; Jesús, a pesar de todo, no podemos alistarnos en tu partido. ¿Tendríamos que estar dispuestos a morir como Tú? A morir a nuestros deseos desordenados, a nuestros bajos instintos. Esto significaría una luchar incesantemente contra nosotros mismos, una vigilancia continua. ¡No! No es posible. Ya luchamos bastante. Luchamos por la esposa, por los hijos, por el pan de cada día, por alcanzar una posición social, por el porvenir… No, no; Jesús, no te ofendas; pero para Ti, para nuestra alma, ya no nos queda tiempo, ni ánimo, ni energías… Mira, no somos malos; ya cargamos nuestra cruz…»

Hay un tercer grupo. Son los hombres que se arrodillan y rezan delante de la cruz. No sólo eso, sino que comparten sus infortunios y sufrimientos con los sufrimientos del Crucificado…, con la de Aquel que cargó sobre sus hombros las angustias y el pecado de la Humanidad. ¿Pertenecemos nosotros a este grupo? O por lo menos, ¿hacemos el firme propósito de alistarnos bajo su estandarte?

Desde que el estandarte de la santa Cruz se izó entre cielos y tierra todos han de tomar partido. Mira al Padre celestial: ahora recibe el sacrificio de su Hijo. Mira a los ángeles: conmovidos adoran a Nuestro Señor crucificado. Mira a sus enemigos: ¡cómo blasfeman de El, cómo le maldicen! Mírate a ti mismo, hermano. ¿De qué parte estás? Dime: ¿entre los enemigos de Cristo? ¿Entre aquellos que le odian, que le maldicen? No lo creo. ¿Quizá estés entre los soldados que se sentaron al pie de la cruz y, mientras a su lado se desarrollaba la tragedia más impresionante de la historia del mundo, ellos como si nada ocurriera, se pasaban el rato jugando a los dados? Hermano, piénsalo bien, ¿no estás tú entre estos soldados?

«Cristo murió por mí. Pues el que haya muerto, ¿qué me importa.?» «Pero yo no hablo así», me dices. No, no hablas así, pero piensas y vives como si Cristo te fuera completamente extraño; como si Cristo no te importara.

No te importa que le hayan azotado durante la noche; pero sí te importaría tener que mimar un poco menos tu cuerpo y no poder concederle todo cuanto pide, aunque sea algo pecaminoso.

No te importa que le hayan hecho a Cristo blanco de la befa del mundo, presentándole ante la turba blasfema como un loco; pero te importaría mucho si algunos se burlaran de ti porque te tomas en serio la fe.

No te importa que a Cristo le hayan coronado con agudas espinas; pero sentirías mucho tener que reprimir tus caprichos y dominar tus instintos.

No te importa que Cristo haya derramado toda su sangre por ti; pero cuánto te pesa dedicar una hora cada domingo para participar de la Santa Misa.

No te importa que Cristo haya tenido que subir casi a rastras, cargando con la cruz, por el camino pedregoso del Calvario, pero sería una lástima que tú tuvieses que ascender el camino exigente de la virtud.

No te importa que Jesucristo haya sido clavado en la cruz, y su Corazón traspasado por una lanza; pero sería muy duro padecer algo por El y cumplir sus preceptos.

¿Tan pocas entrañas de misericordia tienes para este Cristo que tanto sufre por ti? ¿No te da lástima? 

Si de verdad te diese lástima, no vivirías como vives.

¡Jesús! Tu pobreza ha de ser mi pobreza. Tu dolor ha de ser la causa de mi enmienda. Tu corona de espinas ha de unir dos corazones: el tuyo y el mío. Tus lágrimas y tu sangre preciosísima han de reformar mi vida. Tu amor abrasado ha de derretir mi duro corazón. ¡Oh Señor! Cuando Tú sufriste, mi alma se limpió. Cuando Tú derramaste tu sangre, mi castigo se mitigó. Cuando Tú te sumergías en los mares del sufrimiento, yo me salvé de la condenación. Cuando Tú moriste, ¡entonces empecé yo a vivir!

Me importa tu Pasión; me importan los golpes y latigazos que recibiste; me importa la cruz en que fuiste clavado. Y no me importa que tenga que luchar para vivir sin pecar. Aunque tenga que luchar hasta la muerte, no cejaré, Señor.

Voy a hacer todo lo posible, mi Cristo crucificado, para que reines en la sociedad, en las familias, en cada hogar, en todos los lugares de donde te han echado. Tienes que reinar de nuevo en el alma de los jóvenes.

Jesús, que nos ha amado hasta la muerte, tiene derecho a reinar en el mundo entero. Tiene derecho a que nosotros, los que fuimos redimidos con su sangre, le ofrezcamos agradecidos toda nuestra vida. 

¡Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, porque por tu santa Cruz redimiste el mundo!

Concepto de la realeza de Cristo

De "Cristo Rey" por Mons. Tihamér Tóth)

¿Por qué los hombres rechazan a Cristo? Porque no quieren aceptar el reinado de Cristo.

Recordemos la escena de Belén: Los tres magos están postrados ante el pesebre... Este Niño, al que adoran y le traen regalos, es el Hijo del Dios vivo, el Verbo encarnado, el Soberano del linaje humano. Es decir, ¡Jesucristo es Rey! ¡Es niño, pero también es Legislador! Nos ama, pero también es nuestro Juez. Es dulce, pero a la vez exigente. Y si es mi Rey, entonces yo no puedo vivir tan frívolamente como lo he hecho hasta ahora. Jesucristo debe tener voz y voto en mis pensamientos, en mis planes, en mis negocios, en mis diversiones. ¡Ah!, pero esto nos resulta demasiado exigente. Nos resulta muy duro y no queremos admitirlo. Porque la sencillez, la pobreza, la humildad de este Cristo de Belén es una acusación inexorable contra nuestro modo de vivir. Porque si Cristo tiene razón, es patente que nosotros no la tenemos; no tiene razón mi orgullo, mi afán inconmensurable de gloria, mis ansias de placeres, mis idolatrías de tantas cosas terrenas, mi culto al becerro de oro.

Esta es la causa por la que nos resistimos a someternos al yugo de Cristo.

No quiero a Cristo, porque su humildad condena mi jactancia.

No quiero a Cristo, porque su pobreza reprueba mi afán de bienestar y de placeres.

No quiero a Cristo, porque su confianza en la Providencia condena mi materialismo y autosuficiencia.

Pero si Cristo es mi Rey, entonces no pueden ser mis ídolos la razón, el placer ni el dinero.

Si Cristo es mi Rey y mi Dios, no puedo hacer de la razón o de la ciencia un ídolo.

He de respetar la ciencia, sí; pero no elevarla a la categoría de divinidad. La ciencia no puede explicármelo todo y mucho menos colmar mis ansias de felicidad.

Nunca como en la actualidad ha habido tantas escuelas y universidades, tantas bibliotecas, tantos recursos para adquirir conocimientos y culturizarse. Y no obstante, proliferan los asesinatos, la corrupción y la decadencia moral. La ciencia, el libro, la cultura, no pueden suplirlo todo. No ocupan el primer lugar, que sólo puede ocuparlo Dios. ¿No fue acaso el ángel que más sabía, Lucifer, el que se precipitó en los más profundos abismos? ¿Y no leemos a cada paso que entre los grandes criminales hay hombres muy cultos, con muchas cualidades, muy astutos y hábiles? Sabemos muchas cosas, sí, pero… ¿qué sabemos? Construimos rascacielos, explotamos los recursos naturales, nos divertimos, nos lo pasamos muy bien... pero no sabemos ser honrados, no sabemos perseverar haciendo el bien, no sabemos ser felices, no sabemos vivir una vida digna del hombre.

¡Cristo es nuestro Rey! ¿Qué significa esto? Significa que el alma es superior al cuerpo; que la integridad moral es más preciosa que tener muchos conocimientos.

Que la fe religiosa vale más que mi carrera o mi quehacer profesional.

Que la santa Misa tiene un valor infinito, que no se puede comparar con una película.

Que un rato de oración vale mucho más que una fiesta mundana...

Todo esto significa la realeza de Cristo.

Si Cristo es mi Rey, no puede ser mi ídolo la moda. Donde reina Cristo no hay sitio para la frivolidad. El que tiene por Rey a Cristo, no puede vestirse, bailar o divertirse con tanta superficialidad y ligereza...

Muchas mujeres ingenuamente no se percatan de que el paganismo intenta abrirse camino de nuevo a través de la moda: a través de los vestidos indecentes, a través de los bailes obscenos, a través del veneno que difunden ciertas películas, a través de lujo exorbitante..., todo esto es paganismo.

Si Cristo es mi Rey, no puedo desterrarle de la vida pública, que es justamente lo que pretende el laicismo: expulsar el cristianismo del mayor número de lugares posible, arrancarle a Cristo más y más fieles.

Si Cristo es mi Rey, no puedo dar culto al dinero o a los placeres. Porque el espíritu está por encima de la materia, porque mi alma está llamada a vivir la vida de Dios. Pero nos olvidamos de Cristo, y no tenemos tiempo para alimentar nuestro espíritu.

Y por no poner nuestro corazón en Cristo, acabamos poniéndolo en las religiones exotéricas orientales, y abdicamos de la fe católica. Pero estas religiones no tienen nada nuevo que decirnos, y están llenas de muchos errores.

He aquí, pues, la razón por que se rechaza la realeza de Cristo... No aceptamos a Cristo-Rey, porque condena nuestro modo pagano de vivir.

Según una leyenda cuando el Niño Jesús se encaminaba hacia Egipto, huyendo de Herodes, a su paso se iban desplomando todas las estatuas de los ídolos que se cruzaban por el camino... Es lo mismo que nos tendría que suceder hoy: ¡Ante Cristo deben desplomarse todos los ídolos! Ante Jesucristo humilde, debe caer mi orgullo altanero. Ante Jesucristo pobre, debe desaparecer mi jactancia presuntuosa y mis ansías de placeres. Y cuando acatemos a Cristo como Rey, entonces —sólo entonces— se curará la sociedad humana de sus innumerables males.

¡Ven, oh Cristo Rey, porque ya no podemos más!

Tú eres nuestro Sol, el que nos da la vida, el que nos da la luz y el calor.

En un mundo superficial

De "El joven creyente" por Mons. Tihamér Tóth)

El mundo de hoy es tremendamente superficial. Muchos hombres pasan horas charlando sobre temas sin importancia, al mismo tiempo que emiten los juicios más despectivos, altaneros e irónicos respecto de las cuestiones más profundas de la vida.

Para ellos lo principal es tener mucho dinero para comer hasta hartarse, para divertirse de lo lindo y... ¡para de contar!: para ellos no hay nada más.

¡Cuántos hay de esta clase! De horizonte cerrado, no son capaces de ver nada más.

Entre los pájaros hay gorriones y águilas. ¿Qué necesita el gorrión? Le basta poderse tragar unos miserables gusanos, unos cuantos granos, algunas cerezas, y con esto, ¡cómo abulta el pecho!, ¡cómo se redondea!, !qué feliz! ¿Qué sabe el pobre gorrión de la vida de las águilas y de que éstas cifran en otras cosas su felicidad?

También entre los hombres los hay con corazón y estómago de gorrión. ¿Quienes son éstos? Los que, a pesar de toda su riqueza y bienestar, tienen el corazón vacío y el alma árida y estéril. Los que no saben lanzar una mirada a las perspectivas infinitas de la eternidad. Aquellos cuyas almas, llenas de goces terrenos, se mueren de hambre y se secan de terrible sed. Se marchitan y mueren porque volvieron la espalda al Sol.

Alguno me dirá que ¡no es para tanto!, que también tiene alma la persona que no se acuerda de Dios, lo mismo que la que vive su fe religiosa; pero !que diferencia va de una a la otra!

Fíjate, el carbón es carbono, y carbono es también el diamante; pero ¿no es cierto que estos dos carbonos son muy distintos?

El alma alejada de Dios es un carbón oscuro, negro, insensible a la luz; el alma en gracia, que vive la fe, por el contrario, es un diamante que brilla con luz cristalina, que absorbe con avidez el rayo luminoso de la divina gracia y lo refleja con una alegría radiante.

Dios es mi Padre: hablo con Él cuando rezo

(De "Creo en Dios" por Mons. Tihamér Tóth)

«Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso»... Dios es nuestro Padre celestial.

Si Dios es mi Padre, entonces no he de temer: Él, ciertamente, se cuidará de mí.

Pero si Dios es nuestro Padre, podemos sacar otras consecuencias —no sólo la de confianza en El— también hemos de dirigirnos a Él con humildad y respeto.

Si Dios es mi «Padre», es natural que yo le hable, que le dirija mis oraciones. ¿Cómo puede querer a su padre el hijo que durante varias semanas no le dirige la palabra? De la misma manera ¿Cómo puede querer a su Padre celestial el hombre que nunca ora?

Acaso se me objete: «¡Ah!, ¿es ésta una manera de pensar tan humana, tan rastrera! ¡Que Dios, el Dios todopoderoso, eterno, necesite de nuestras oraciones! ¡Que exija de nosotros que le recemos!»

¿Cuál es la respuesta que yo daría a quien viniese con esta objeción? Le contestaría con las palabras que JESUCRISTO dijo a la Samaritana: «Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren.» (Jn 4,23). Hay que subrayarlo. El Padre desea que se le adore en espíritu y en verdad.

Las páginas de los Evangelios atestiguan a cada paso con cuánta frecuencia dio ejemplo de oración Jesucristo. Una vez reza en la soledad; en otra ocasión, ante sus discípulos, o ante todo el pueblo; oraba cuando se regocijaba su alma, y cuando sus ojos se llenaban de lágrimas.

Siguieron su ejemplo los Apóstoles; llama la atención el número de veces que en sus escritos exhortan a los fieles a que oren, y la frecuencia con que ellos mencionan sus propios y fervientes rezos.

¡Sí!, si Dios es mi Padre, le dedicaré ratos de oración para hablar con Él.

I. ¿Por qué hemos de orar?, y II. ¿Cómo hemos de orar? Son las preguntas a las cuales intentaré dar respuesta.

I ¿POR QUÉ HEMOS DE ORAR?

Nuestra primera pregunta es, por lo tanto ¿Por qué hemos de orar?

1.° Para poder contestar hemos de saber, en primer término, lo que significa orar. Porque el que comprenda una vez perfectamente la esencia de la oración, no necesitará que le recomienden, o le manden, que ore; buscará con alegría la ocasión de orar.

¿Qué significa, pues, «rezar»? ¿Qué significa orar?

A) Rezar u orar significa hablar con Dios, es decir, dirigirnos a Dios con nuestro pensamiento, nuestra voluntad, nuestros sentimientos y todo nuestro interior.

El rezo, por lo tanto, pulsará todas las cuerdas de nuestro ser. Quien reza u ora como es debido, siente cómo se funden en su interior tiempo y eternidad, tierra y cielo. Se siente en presencia de la divina Majestad, y allí explaya sus alegrías y sus dolores. Por esto resulta tan sublime el momento de orar o rezar. Por esto el espectáculo más hermoso del mundo es el hombre que reza; así se dice: «Déjale en paz, que está rezando.»

El emperador Carlos V oía misa cuando precisamente llegó el embajador de un monarca extranjero y con urgencia le pidió audiencia. El emperador le mandó este recado: «Decidle al embajador que yo mismo estoy ahora en audiencia.»

¡Ved ahí la bendita democracia de la oración! Fijémonos; mientras rezan, todos los hombres son iguales. Cualquiera que sea la posición social que se ocupa, sea el que reza sabio o analfabeto, anciano o niño, vasallo o rey..., durante el rezo todos los hombres son iguales: hombres humildes y débiles. Porque todos se humillan cuando en la oración se dan cuenta de la grandeza de Dios; pero también se robustecen los que saben acogerse al brazo vigoroso del Omnipotente.

La vida terrena es el llano de los valles; la fe anclada en Dios es la altura elevadísima de las montañas. Desde las cumbres más elevadas fluye al valle, y le fecunda el agua vivificadora de frescos riachuelos; también en las alturas de la fe, en Dios brota una fuente, sin su agua vivificadora todo se secaría en el llano de la vida terrena. ¿Cuál es esta fuente? La oración.

2.° Quien lo sabe, ya no tendrá dificultad en contestar a la objeción mencionada al principio: «¿Por qué hemos de rezar? ¿El Dios todopoderoso y eterno necesita acaso las oraciones de hombre débil y pequeño?»

¿Sabes cuál es mi contestación?

Tienes razón. Dios no necesita nuestras oraciones. Sin embargo, hemos de orar y rezar, porque nosotros necesitamos a Dios. A) Se puede hablar, leer, reflexionar, demostrar mucho respeto de Dios; pero tan sólo le sentirá aquel que le envía a la eternidad palabras de gratitud, de arrepentimiento, de súplica, de alabanza; en una palabra, el que reza, el que ora.

No se puede explicar —hay que probarlo— cómo la oración levanta el alma, robustece la voluntad, despeja la vista, fortalece la paciencia y —fíjate bien— tranquiliza los nervios, los nervios crispados del hombre moderno. No te escandalices si digo que la influencia de una oración bien hecha por la noche, equivale muy bien, por lo que toca a los nervios, a una dosis de tranquilizante.

Si un cirujano antes de la operación, un juez antes de fallar el pleito, un padre de familia antes de tomar decisiones graves, levanta su alma por un momento y reza: «Señor mío, ven a mi lado, ayúdame para que obre lo mejor posible», experimentaría cómo encuentra lo mejor de sus fuerzas, qué nuevas fuentes de energías insospechadas e inexplicables ha descubierto en su interior esa orientación hacia Dios.

¡La orientación hacia Dios! ¡El pedir consejo a Dios! En medio de las complejas ocupaciones de la vida moderna, el hombre se para a menudo sin saber qué hacer. En estas ocasiones no sabe dónde acogerse, esboza planes, escribe cartas, telefonea, pide consejo a todo el mundo, y, al final, todavía es mayor el caos en su cabeza. Pero el que cree en Dios, a Dios le pedirá en semejantes ocasiones el primero y el último consejo.

Dijo alguien, y vio con acierto la situación: «El hombre actual tiene muchos deleites y pocas alegrías.» Compra muy caramente los placeres en los lugares de diversión; pero cosecha muy pocas alegrías que le tranquilicen, le conforten y le levanten.

¡Oh, si llegase por lo menos a conocer las alegrías de la oración bien hecha!

La oración es silencio, calma y descanso; y ¡qué bienestar se encuentra en esto! Nuestros nervios agotados descansan y nuestra alma cansada disfruta del silencio de la oración. En nuestro cuarto solitario, en la iglesia silenciosa, en la cumbre donde los ruidos no llegan, en el bosque que no oye rumores de palabras... en cualquier parte, es igual: sólo es preciso que haya silencio.

Por esto se reza y ora mejor por la mañana, cuando los acontecimientos del día no han turbado aún nuestra alma, y por la noche, cuando ya no hemos de preocuparnos más del día que ha pasado.

¡Qué gracia para nosotros! ¡Qué agradecidos hemos de estar porque nuestra religión católica nos recomienda la oración diaria, es decir, nos asegura cada día algunos momentos de silencio! Dentro de poco ya nos faltará el momento que podamos llamar nuestro; todo nuestro tiempo hemos de darlo al trabajo, a ganarnos el sustento, a la agitación, a los pesares, a las diversiones.

Somos más pobres que nuestras máquinas; éstas, por lo menos, descansan durante la noche, mientras que las preocupaciones vienen a turbar muchas veces nuestro sueño. Pero ved ahí que llega la oración y nos dice: ¡Ahora, por fin, eres tuyo..., eres de tu alma..., eres de Dios!

¡Qué agradecidos hemos de estar porque nos tenemos un tiempo para la oración!

B) Y es preciso hacer resaltar aquí la gloriosa característica de nuestro Cristianismo; el amor de la oración. Sí, nosotros los cristianos somos de la estirpe de los que rezan y oran sin cesar. En ninguna parte del mundo se reza: a) con tanto fervor, y b) tan a menudo como en la religión cristiana.

a) Nadie sabe rezar con tanto fervor como nosotros. Porque nosotros no sólo creemos que Dios es el Creador soberano del mundo sino que es también nuestro Padre celestial que con amor orienta el curso del mundo y la vida de cada hombre. Como Creador, es capaz de ayudarnos; como Padre, quiere darnos su ayuda.

Dirás, acaso: también los que profesan otra religión suelen rezar. Es verdad. Pero no como nosotros, los cristianos. No saben rezar con tanto fervor, con tanta confianza... Porque sólo nosotros unimos en Dios los dos conceptos, al parecer, contrarios: Creador y Padre.

Por ser Creador, de un poder infinito, nos humillamos ante El, hasta llegar a la nada de nuestra pequeñez, que no rebasa la de un grano de arena; pero como quiera que es también Padre, nos atrevemos a levantarnos hasta Él, le tratamos con confianza, y hasta le tuteamos. Al jefe de nuestra empresa no nos atrevemos a tutearle, no osamos tutear tampoco a nuestros superiores, pera todos tuteamos a Dios, el niño pequeño y la viejecita analfabeta.

b) Pero hay más: sostengo que el Cristianismo es la religión de los que oran y rezan, porque en ninguna parte se reza tanto como entre nosotros.

Las primeras palabras que se enseñaban en las familias cristianas al pequeño niño que empezaba a balbucear —ojalá sucediera todavía hoy día — eran las palabras «Dios» y «Jesús». Lo primero que aquella criaturita humana tenía que aprender era una oración en verso.

Y cuántas veces se escapa la pregunta de los labios de las madres cristianas: «¡Hijo mío, ¿has rezado ya?!»; Y cuando se despide el hijo que emprende un largo viaje, la última palabra maternal que le llega es ésta: «No te olvides jamás de rezar.»

Nadie en el mundo siente tanto la majestad de Dios como la religión cristiana; así resulta natural su empeño en que se el culto divino, la adoración a Dios, no cese ni un momento en la tierra.

Es bella y piadosa costumbre cristiana el rezo de la mañana y de la noche. ¡Qué alegría nos produce el saber que siempre hay alguien en el mundo rezando al Señor, ya que siempre hay una porción de la tierra en la que empieza a rayar el alba, y otra, al mismo tiempo, en la que la noche comienza.

Pero la santa Iglesia católica da un paso más en la adoración y la alabanza de Dios. Bien sabe que los simples fieles, debido a las graves preocupaciones terrenas, durante el día no tienen tiempo para rezar, y por esto prescribe por lo menos a sus sacerdotes que dediquen diariamente, por lo menos, una hora a rezar el Breviario.

Pero el Breviario no se puede considerar como el rezo particular de un sacerdote, sino el perenne cántico de alabanza que se levanta por doquier, desde la tierra, hacia el Padre celestial, cántico que entona la Iglesia santa.

En verdad: por doquier..., desde la tierra. En cualquier parte del mundo hay un sacerdote de la Iglesia católica alabando a Dios y dándole gracias, recitando el Breviario.

En un avión, en un tren, en el bosque —mientras el sacerdote se pasea con una pequeña tropa de «boy-scout»,—, en los claustros conventuales, en las misiones de África, de Alaska..., en cualquier sitio encontramos al sacerdote con su Breviario.

Se ora continuamente. En las iglesias, en las chozas de los pobres, en medio del estrépito de la calle, en el lecho del enfermo... ¡cuánto se reza por todas partes! Sólo el Dios podría decir cuántas oraciones suben al cielo diariamente desde millones de corazones...

Es la lógica consecuencia de nuestra confesión de fe: «Creo en un Dios Padre bondadoso...»

II ¿CÓMO SE HA DE REZAR? ¿CÓMO SE HA DE ORAR?

1.º En nuestros días se ha extendido mucho la costumbre de aprender idiomas extranjeros. Se abren cursos a cada paso. Muchísimas personas aprenden idiomas extranjeros, porque es la condición básica de la comunicación mundial.

También la comunicación ultraterrena tiene su lengua oficial: la oración. Es verdad que Dios comprende todas las lenguas, pero no escucha más que una sola: la lengua de la oración. ¡Cuánto se sacrifican los hombres para aprender inglés, francés, italiano...! ¡Ojalá tuvieran tanto tiempo para ejercitarse en el lenguaje del más allá! Porque también éste se ha de aprender y se ha de practicar.

¿Aprender? ¿De quién? ¿Quién es el mejor maestro del lenguaje ultraterreno? No os maravilléis si os digo: el pordiosero y el niño.

¡El pordiosero! ¿Por qué rezamos? Porque somos pobres, y Dios, en cambio, es rico; porque somos débiles, y Dios, en cambio, es poderoso. Cuanto más considere el hombre lo pequeño y lo pobre es ante Dios, tanto mejor será su oración: tanto más humilde, tanto más ardorosa, tanto más perseverante.

Y ¿el niño? El niño sabe expresar sus sentimientos aun sin proferir palabra, con sólo el gesto, el movimiento, la sonrisa. El pequeñuelo habla mucho antes de saber ejercitar su lengua; habla con la mirada, con la sonrisa que dirige a su madre. Y ¡qué elocuente, qué emocionante es este hablar sin palabras... esta oración sin palabras! ¡Es el ocultarse en Dios del alma que ora!

El santo cura de Ars notó que uno de sus sencillos feligreses pasaba largas horas ante el Sagrario sin moverse. ¿Qué haces tú aquí?, le pregunta el párroco. Je le vise, il me vise: «Miro a Jesús, Jesús me mira a mí» ¡Qué palabras más sublimes, fervorosas y filiales! De manera que es posible rezar sin palabras, largamente, sin moverse, pero mirando con encendido amor al Santísimo Sacramento, al crucifijo...

2.º Para dar unos medios prácticos que ayuden a hacer bien la oración, juzgo oportuno mencionar brevemente estos tres pensamientos:

A) Rezamos a Dios, que está sobre nosotros; B) Rezamos a Dios, que está entre nosotros, y C) Rezamos a Dios, que está dentro de nosotros.

A) ¡Rezamos a Dios que está sobre nosotros!

Es rasgo característico del habla humana el llamar «superiores» a las personas en las cuales se piensa con respeto. Superior significa que, en nuestro concepto, la persona de que se trata está sobre nosotros. El estudiante ve a su profesor en la altura de la cátedra; al juez, defensor de la ley, le respetamos contemplándole en la altura del tribunal; al monarca, en la altura del trono. Es muy lógico, pues, que al pensar en Dios, en la autoridad suprema, nuestros ojos busquen espontáneamente el cielo; aún más, que en la santa Misa el sacerdote celebrante extienda sus manos hacia el cielo. Lo hemos aprendido de Jesucristo, que también oró de esta manera en diferentes ocasiones.

Con este hecho, ¿rechazamos acaso nuestra creencia de que Dios está presente por doquier? De ningún modo. Solamente queremos ayudar a nuestra alma con esta actitud, a fin de que durante la oración pueda deshacerse de las preocupaciones terrenas y se levante sobre todos los seres creados, sobre los montes, los valles, los bosques, los mares, los millones de estrellas de la bóveda celeste, y, como arrancándose del mundo —en cuanto es posible durante esta vida mortal—, adore al Dios verdadero, que está sobre todo el universo.

He de levantar de las cosas terrenas mi alma para hacer oración, para encontrarnos con nuestro Padre celestial.

B) Además, rezamos a Dios, que está entre nosotros. ¿Dios entre nosotros? Pero acabamos de decir que está sobre nosotros, más arriba que todas las cosas creadas.

Es cierto. Pero no lo es menos que Dios está también en medio de nosotros. No ignoráis cómo empieza el Evangelio, según San Juan: «En el principio era el Verbo..., y el Verbo era Dios» (Jn 1,1). «Y el Verbo se hizo carne; y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). Es decir, el Verbo de Dios, el Hijo de Dios, asumió cuerpo mortal y vivió en medio de nosotros, y cuando regresó a su Padre celestial, no nos abandonó, ni siquiera entonces, sino que se quedó en medio de nosotros, sobre nuestros altares, en el Santísimo Sacramento. «Por esto adoramos este gran Sacramento postrados en tierra, porque bien sabemos que en él está el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo»

C) Finalmente, rezamos á Dios, que está dentro de nosotros.

Si lo dijera un hombre, no lo creería. Pero he de creerlo si me lo dice Jesucristo. «El que me ame —dijo en cierta ocasión el Señor— guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada dentro de é1» (Jn 14,23). ¿No son bien claras estas palabras? Quien ama a Dios y cumple sus preceptos, tendrá a Dios morando en su alma. ¡Qué revelación más sublime! Tal hombre es templo vivo de Dios, es un tabernáculo viviente.

Puedo rezar, no sólo de palabra, sino también con obras. La oración más hermosa que le podemos tributar a Dios es precisamente una vida que se ajuste a todos sus preceptos. Al decir, pues, que oramos también con nuestra vida, no hago sino repetir las palabras de San Pablo: «Glorificad a Dios en vuestro cuerpo» (1 Cor 6,20). Hubo compositores que escogieron para sus obras títulos tan como éste: «Canciones sin palabras.» También la vida humana, conforme a la voluntad de Dios, viene a ser una canción y una oración sin palabras que glorifica a Dios.

¡Qué edificante viene a ser la piadosa costumbre que tienen muchos cristianos fervorosos de no pasar ninguna fiesta solemne sin confesarse y sin comulgar! Es el modo más profundo y hermoso de celebrar las fiestas: disponerlo todo de suerte que, si el polvo de la vida ha cubierto nuestra alma, y nuestra debilidad humana ha caído por la fuerza de la tentación, por lo menos pueda volver una y otra vez a nuestro interior el Dios misericordioso, lleno de perdón.

¡Recemos a Dios, que está dentro de nosotros!

Un viejo pescador llevaba en su barca a un joven. En uno de los remos se leía esta inscripción: «¡Reza!, y en el otro «¡Trabaja!» El joven dijo con ironía: «Basta con trabajar; ¿por qué se ha de rezar también?».

El viejo no contestó; pero soltó el remo en que estaba escrita la palanca «reza» y empezó a remar tan sólo con el otro. Remaba, remaba, pero no hacían más que dar vueltas en el mismo punto sin adelantar un paso. Entonces comprendió el joven que junto al remo del trabajo se necesitaba también el otro: el de la oración.

Yo, por tanto, rezo a Dios, que está sobre mí: es mi rezo habitual de la mañana y de la noche; rezo a Dios, que está entre nosotros: es mi oración en la iglesia, ante el Sagrario; y rezo a Dios, que está dentro de mí: cuando comulgo y cuando mi vida está orientada según la voluntad de Dios. Yo no necesito que se me prescriba, bajo pena de pecado grave, participar de la Misa, confesarme y comulgar por lo menos una vez al año. Yo no necesito que se me tenga que mandar rezar. Para mí la oración es un tiempo maravilloso en el que me encuentro con Dios, le hablo y le escucho; para mi es enormemente consuelo que Dios se digne escuchar mis palabras; para mí es la mayor de las distinciones.

Diez millones de leyes

(De "Cristiano en el siglo XX" por Mons. Tihamér Tóth)

El hombre moderno está henchido de orgullo: siente la gran superioridad de nuestra época respecto de las demás. ¡Nunca estuvo tan alta la Humanidad! ¡Ninguna época ha progresado tanto!

Es verdad: nuestra época es «grande». Pero ¿en qué? Es grande... en el caos de sus ideas. Es grande... en sus problemas no resueltos. Es grande... en su terrible descontento.

El hombre moderno sabe mucho de entrenamientos deportivos; pero no sabe hacer un solo sacrificio por su alma.

El hombre moderno huye con espanto de toda exigencia moral, del menor esfuerzo para vencerse, del más pequeño acto de dominio sexual.

El hombre moderno es fuerte en musculatura, pero es niño de pecho en su voluntad; no tiene carácter.

El hombre moderno, ciego de orgullo, intentó romper en pedazos aquellas tablas de piedra en que está inscrita la ley de Dios. «¡Ah! ¡Yo no necesito de una ley tan anticuada! ...» Pero hoy vamos dándonos cuenta que sin esa ley, nos quedamos sin el fundamento sólido para una vida digna del hombre.

Cuanto menos nos influye el Decálogo en la vida, tanto más necesitamos de leyes y policías; pero estas medidas serán infructuosas; y se hará patente la verdad que, para la seguridad de la vida terrena, vale más un pequeño catecismo que un todo un destacamento de policías.

¿Sabéis cuántas leyes hay en los Estados Unidos... ¿Sabéis cuántas? ¡Diez millones! ¡Diez millones de leyes! No hay en el mundo quien haya podido leerlas una vez siquiera en su vida; quizá ni sus títulos; pero en este país se siguen cometiendo a diario montones de crímenes, de asesinatos, de robos...

Ahí tenéis el gran contraste: Diez millones de leyes, diez millones de mandatos humanos y crímenes horrorosos; diez frases cortas, los diez Mandamientos de la ley de Dios, y una vida feliz digna del hombre.

¿Cómo hemos de orar?

(De "Padre Nuestro" por Mons. Tihamér Tóth)

A esta primera pregunta, es decir, cómo se ha de orar bien, podemos contestar exponiendo detenidamente el modo que han de tener la oración matutina y la vespertina. Porque estas oraciones bien hechas dan un marco sagrado a los acontecimientos de todo el día, lo que en general asegura ya una vida espiritual bien ordenada.

Veamos primeramente la oración matutina. ¿Cómo ha de ser esta oración matutina?

¿Eres niño? ¿Qué te traerá el nuevo día? Pocos pesares, muchas alegrías; tu padre y tu madre se cuidan de ti; tú no has de hacer más que rezar, para que el ángel esté a tu lado y tú seas siempre bueno con tus padres. Mira cuántos niños no tienen padre ni madre... Da gracias de tenerlos tú. ¡Cuántos niños minusválidos, ciegos, enfermos y hambrientos hay!... Da gracias por no ser uno de ellos. Y si también tú eres pobre y desamparado, reza, para que Dios siga siendo tu Padre; tu Padre bondadoso del cielo.

¿Eres joven? El nuevo día te va a traer algo que nadie puede evitar: la lucha. La lucha por tu pureza, por el cumplimiento de tus deberes, por vivir tu fe. Reza, pues para ser fuerte cuando Satanás quiera obstaculizar tu camino. Porque con toda certeza lo intentará. No pienses que su hablar será manifiesto, ni que se te representará claramente. Al contrario, se presentará astutamente, ya por medio de la adulación; ya incitándote a la rebeldía. Cuando la ardorosa sangre joven hierva en ti, dejará oír su voz siseante: “¿Cómo? ¿Qué temes? ¿Todavía te preocupas de Dios? Yo creía que ya habías dejado de ser niño.” ¡Ah, no titubees, joven! Reza cada mañana, para que no te dejes deslumbrar, para que no se empañe tu vista, para que puedas dominar tus instintos, para que puedas seguir siendo el orgullo de tu padre y no entristezcas a tu madre. ¡Reza, joven!

¿Y cómo habéis de orar vosotros, los adultos?

¿Eres hombre? Ha pasado el sueño de la noche. Piensa
ahora en los deberes que te esperan durante el día; en las gentes con quienes tendrás que tratar; en el deber que has de cumplir; en las tentaciones que te podrán sobrevenir..., y todo esto enciérralo en una oración fervorosa de diez minutos; ofrécete a Dios; ofrécete a ti mismo, a los tuyos, tus planes, tus pensamientos, tus debilidades.

¿Eres mujer? ¿Eres madre? ¡Qué difícil deber te espera en medio de tus hijos; educarlos constantemente; reprenderlos, si se portan mal; poner paz entre ellos, si discuten y riñen. Has de procurar la tranquilidad de los demás, y tú nunca puedes descansar; has de soportar el dolor sin quejarte; has de trabajar continuamente sin esperar gratitud; has de guisar en la cocina, llena de vaho y olores; y has de llevar una vida heroica en medio de las mil dificultades de la vida diaria...

Reza, pues, por todo esto. Y reza por tu marido, que está en la oficina, o que está sudando en la fábrica. Reza por tus hijos, que andan por la calle, y allí, en la escuela, y en todas partes los cercan mil peligros.

Sí; todo esto se puede meter en la oración matutina. Hay que rezar el Padrenuestro, el Avemaría, El Credo..., pero, además, hay que sostener una conversación animada, íntima y fervorosa, con Dios. La fuerza que nos infunda esta oración matutina nos acompañará durante todo el día.

¡Qué diferente será de esta manera este día! ¡Qué alegría, empuje y energía para el trabajo habrá en él, si lo empezamos de esta manera, en vez de empezarlo con un baño caliente, o leyendo el periódico, o tomando café, o acaso ya con riñas y disputas!

Empezamos y terminamos el día con oración. ¿Cómo ha de ser la oración vespertina?

Se acerca el término del día. Lentamente viene la noche, y la oscuridad lo envuelve todo, lo bueno y lo malo. Te preparas para acostarte. Consagra antes unos momentos a Dios.

¡Pero no en la cama! Sino ¡antes de acostarte! Antes de todo, dale gracias por lo que recibiste de Él. Por los bienes del cuerpo y del alma. Y también por las tribulaciones y los sufrimientos, porque mediante ellos el Señor quiso dar madurez a tu alma y aumentar tus méritos.

Después haz una pequeña cuenta. ¿Qué has hecho de bueno y de malo durante el día? Las personas con quienes tuviste que tratar —tus hijos, tus subordinados, tus amigos — ¿han sido mejores o peores por tu causa? ¿Cómo te has comportado fuera y dentro de casa? ¿Acaso has sido más grosero, rudo, indisciplinado con los tuyos que con los extraños? ¿Has cumplido tu deber? ¿Qué has sido hoy? ¿Caín? ¿David? ¿Judas? ¿Pedro? ¿Pilatos? ¿Tomás?

Arrepiéntete si has sido malo; llora si has caído; y después inclina con toda tranquilidad tu cabeza cansada en las manos cariñosas de Dios.

¡Qué diferente será la vida cuyos días empiecen y terminen con Dios!

“¡Oh, si yo supiera rezar de esta manera!”—me dice un lector. Pues a propósito de esto, quiero llamar la atención de mis lectores sobre un medio muy eficaz para aprender a rezar bien.

La oración matutina y la vespertina, practicadas con orden, pertenecen —por decirlo así— a la salud del alma y a su equilibrio armónico. Por muy bueno que sea un auto, hay que cargarlo de combustible de vez en cuando, hacerle las revisiones apropiadas y ponerlo a punto...; esto viene a ser la oración cotidiana y metódica.

El que ama su alma única e inmortal no se contenta cada mañana y cada noche con alimentarla con la oración, sino que además la somete de vez en cuando a una reparación y a un repaso general. Con todo derecho podemos dar este nombre a los ejercicios espirituales, en perfecto silencio, en los que se ofrece la mejor ocasión para examinar las pasiones y los instintos, quitar el polvo de los rincones de nuestra alma..., y de esta manera aprender a rezar.

Gracias a Dios, hoy día son muchos los seglares que han experimentado las bendiciones que se obtienen haciendo “ejercicios espirituales en silencio”.

Quien haya probado una vez siquiera la eficacia de estos ejercicios espirituales, sentirá la nostalgia de aquel dulce paraíso de paz y armonía, donde tan cerca uno se siente de Dios, y donde tan fácil se hace rezar.

¿Qué significa para nuestra vida religiosa el dogma de la Santísima Trinidad?

(De "Creo en Dios" por Mons. Tihamér Tóth)

La doctrina de la Santísima Trinidad es la creencia más difícil de la religión cristiana; la más dura prueba a que ha de someterse nuestra fe. No lo comprende nuestra razón; mas lo creemos, porque lo enseñó Nuestro Maestro, Jesucristo. Pero, y he aquí lo difícil de la cuestión ¿por qué lo enseñó Cristo? ¡Esta doctrina está, al parecer, tan lejos de la vida religiosa! Aparentemente ni siquiera le atañe. ¿Por qué, pues, la reveló Cristo, si sabía que nunca la habíamos de comprender?

¡Cuántas otras cuestiones nos habrían interesado de veras, y no dijo una sola palabra respecto de ellas! ¿Cuándo llegara el fin del mundo? ¡Qué pregunta más importante! Y Cristo no nos lo dijo. ¿Se salva o se condena la mayor parte de la humanidad? ¿Qué será de aquellos niños que mueren antes del bautismo? Todas estas cosas nos interesarían, y Cristo no nos dijo nada respecto de ellas.

Pero nos habló de la Santísima Trinidad.

Nunca comprenderemos la doctrina de la Santísima Trinidad; y, no obstante, hemos de agradecer a Jesucristo que nos la haya revelado; porque lo poco que de ella entendemos: nos descubre sublimes verdades religiosas. Conociendo a la Santísima Trinidad: 1º, conocemos mejor a Dios; 2º, adoramos mejor a Dios; 3º, amamos mejor al hombre, y 4º, soportamos mejor esta vida terrenal.

En primer lugar, gracias a la creencia en la Santísima Trinidad, ¡qué sublime aparece ante nosotros la imagen de Dios! Si nunca hubiéramos oído hablar de la Santísima Trinidad, ¡qué lejos estaríamos del conocimiento de Dios!

Dejemos por un momento este mundo creado, y... ¿qué es lo quevemos? ¿Vemos acaso al Dios eterno, solo, abandonado en una soledad eterna como Él?

¡Sería algo insoportable! ¡Estar solo eternamente! ¿Sabes lo que significa estar solo? ¿Pasar por la vida abandonado, sin que nadie te comprenda, sin que nadie te ame? Es el peor de los sufrimientos.

Pues, entonces, ¿podrás imaginarte lo que supone que Dios tenga que estar siempre solo? ¿Que nunca sea comprendido por nadie, ya que una mera criatura no es capaz de comprenderle? ¿Que no sea amado como se merece, porque ninguna criatura puede quererle como Dios merece ser querido?

¡Y nos surgen las preguntas de los incrédulos! «¿Qué hizo Dios desde toda la eternidad? Cuando aún no existía el mundo, ¿qué hacía Dios? ¿Se aburría enormemente?...»

Y ahora ved qué admirable respuesta da a todas estas preguntas la doctrina de la Iglesia tocante a la Santísima Trinidad. Nadie es capaz de conocer por completo a Dios sino el mismo Dios; y a este conocimiento lo llamamos el Dios-Hijo. El Padre y el Hijo se aman infinitamente; y a su amor mutuo lo llamamos Dios-Espíritu Santo. Y en este conocimiento divino, perfecto, y en este amor divino, también perfecto, Dios es completamente feliz.

¡Oh Trinidad dichosa!

Es verdad que no comprendemos la doctrina de la Santísima Trinidad; pero ello no obsta a que esta creencia abra ante nosotros insondables abismos de la vida admirable que se esconde en el seno de Dios. A la luz de nuestra fe en la Santísima Trinidad, ¡qué fuerza y qué claridad adquieren las palabras de San Pablo!: «El Rey de los reyes y Señor de los señores, el único que es inmortal y que habita en una luz inaccesible, a quien ninguno de los hombres ha visto, ni le puede ver, a Él el honor y el imperio por siempre» (1 Tim 6,15-16).

¡Cuánto más sublime se nos muestra así nuestro Dios!

¡Oh Trinidad feliz!

Pero voy más allá. De esta forma, no sólo conocemos mejor a Dios, sino que nos podemos dirigirnos a Él en la oración de una manera mucho más perfecta.

No comprendemos el misterio de la Santísima Trinidad, pero lo poco que sabemos nos llena de fascinación...

Si a un niño se le muere su padre y no guarda de él más que una pequeña y deslucida fotografía, ¡con qué amor y respeto mirará el niño los rasgos desdibujados del rostro de su padre! ¿No tendría que conmoverse, aunque de una forma mucho más intensa, nuestro interior cuantas veces pronunciemos el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo?

Hay tres Personas divinas y estas tres Personas son «un solo Dios»; así lo confesamos en el Creo. Pero no me detengo aquí, sino que sigo mis reflexiones. Si son «personas» entonces les puedo dirigir la palabra, les puedo pedir algo, les puedo manifestar mi amor; es decir, son «personas» con quienes puedo entablar «relaciones personales».

Entro en relaciones con el Padre, le hablo, le doy las gracias a Aquel que me otorgó la vida, la conciencia de mí mismo, mi entendimiento, mi corazón.

Hablo con el Hijo, que se hizo hombre, que se hizo hermano mío, que consintió en que fuese martirizado su cuerpo por mí, que vertió su sangre por amor mío.

Hablo con el Espíritu Santo, quien, como espíritu del Padre y del Hijo, inunda mi alma, y de quien proceden todos mis buenos propósitos y todas mis buenas obras. Cuando de esta manera rezo humildemente ante la Santísima Trinidad, la entiendo mejor que si pensase las elucubraciones filosóficas más elevadas.

Y así comprendemos también por qué resuena con tanta frecuencia en los labios de nuestra Santa Madre la Iglesia la alabanza de la Santísima Trinidad. Con esta alabanza empezarnos y terminarnos nuestras oraciones. Con ella empezamos y terminamos la Santa Misa. A ella está unida la administración de los sacramentos, y la Iglesia no sabe bendecir de otra manera que en nombre de la Santísima Trinidad. Al final de sus salmos, de sus himnos, de sus oraciones, siempre resuena la alabanza de la Santísima Trinidad: «¡Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos!»

¡Oh Trinidad dichosa!

¿Sabéis qué otra cosa nos enseña la creencia en la Santísima Trinidad? El amor al prójimo.

Los más sublimes motivos por los que tenemos que amar al prójimo los sacó el mismo Jesucristo de la doctrina referente a la Santísima Trinidad. En la última Cena, con el corazón conmovido, rezó al Padre por sus discípulos para que «...todos sean una misma cosa; y que como Tú, Padre, estás en Mí, y Yo en Ti, así sean ellos una misma cosa en nosotros» (Jn 17,21).

Por encima de nosotros está el Sol, sin el cual no podríamos vivir. Hace brotar la vida, calienta, ilumina; en una triple actividad, no deja de ser una sola cosa. Es una nueva comparación para hacer más inteligible el misterio de la Santísima Trinidad.

Pero el Sol no es un gran disco de fuego, inmóvil, silencioso, como parece muchas veces a través de las nubes, sino que es escenario de huracanes de fuego en constante actividad, de cráteres que arrojan continuamente terribles erupciones de llamas. Algo parecido podríamos decir de Dios, del Dios uno y trino, que no es inmovilidad inactiva, sino amor siempre activo, vivificador, creador y conservador.

Nuestros antepasados tenían especial preferencia por consagrar los hospitales a la Santísima Trinidad. Su alma profundamente religiosa sentía que el amor tierno y abnegado florece mejor en aquellas personas que veneran un amor ferviente a la Santísima Trinidad, a aquella Trinidad augusta en que el amor recíproco y eterno del Padre y del Hijo es llamado Espíritu Santo.

Dios es el Dios de amor, y sólo quien ama mucho a Dios podrá amar a su prójimo y cumplir la Ley (Mc 12,30), porque «Dios es caridad, amor; y el que permanece en la caridad, en Dios permanece, y Dios en él» (1 Jn 4,16).

Finalmente, el dogma de la Santísima Trinidad nos infunde fuerza para pasar esta vida terrena. Dios se entiende a Sí mismo, y esto es el Dios-Hijo. «Dios es luz, y en Él no hay tinieblas» (1 Jn 1,5). Por lo tanto, si vivo según la voluntad de Dios; es decir, si vivo en Dios, entonces también mi vida será luminosa, iluminará, tendrá sentido, aunque viva, según las terrenas apariencias, en medio de privaciones y sufrimientos, en la oscuridad de negros nubarrones, y aunque mi vida sea, aparentemente, una cosa sin sentido.

El Padre y el Hijo se aman, y este amor es el Espíritu Santo. «Dios es caridad» (1 Jn 4,8); por lo tanto, si vivo en Dios, entonces voy alimentándome con el amor de Dios, que me da vida y fortalece, por muy malas que sean las circunstancias de mi vida.

Por tanto, el misterio del Dios uno y trino no sólo nos permite profundizar con la mirada en la esencia de Dios, iluminada con su propia luz, sino que también nos conforta y fortalece.

¡Oh Trinidad feliz!

Nuestra Madre la Iglesia católica nos hace hijos suyos al bautizarnos en el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo; y sólo nos reconoce por hijo suyo cuando confesamos en voz alta la creencia en la Santísima Trinidad.

Y desde aquel momento la fe en la Santísima Trinidad nos acompaña durante toda nuestra vida. Desde el momento en que por vez primera hicimos la señal de la cruz, cuando empezamos a tener uso de razón, hasta el último momento, aquel momento solemne en que el hombre se despide con plena conciencia de la vida, nos acompaña esta fe. Muchos cristianos, incluso hoy día, comienzan su testamento con estas palabras: «En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo...».

La primera idea religiosa que llega a nuestro oído en esta tierra es la profesión de fe en la Santísima Trinidad, que se hace en el bautismo. Y el último pensamiento religioso que se nos dirige es la palabra del sacerdote que junto al lecho de la agonía recita esta oración: «Sal de este mundo, alma cristiana, en el nombre de Dios, Padre Todopoderoso, que te creó: en el nombre de Jesucristo, Hijo del Dios vivo, que padeció por ti; en el nombre del Espíritu Santo, que descendió sobre ti...».

Después sigue el sacerdote rezando: «Te encomendamos, Señor, el alma de tu siervo... Alégrale con tu visión... Es verdad que pecó, pero nunca renegó de la fe en el Padre, y en el Hijo, y en el Espíritu Santo, sino que creyó y adoró fielmente a Dios.».

Dios se merece todo nuestro amor, por eso quiero adorarle fielmente. Cuando trabajo, cuando cumplo a conciencia con mi deber, sé que entonces sirvo al Señor. Cuando rezo mis oraciones, cuando visito a Jesús-Eucaristía oculto en el Sagrario, o me confieso, o comulgo, le sirvo aún mejor. Mas si procuro ser amable, dulce, comprensivo, caritativo con todos, si me esfuerzo por vivir sin pecado, cumplir los mandamientos divinos, entonces es cuando sirvo más al Señor.

¡Señor! Recibí el santo bautismo en nombre de la Santísima Trinidad; me santiguo siempre en nombre de la Santísima Trinidad; quiero despedirme un día de este mundo con el nombre de la Santísima Trinidad en mis labios... Concédeme que la visión de la Santísima Trinidad sea también la felicidad sin fin de mi vida eterna.

El milagro de la pascua

(De "El triunfo de Cristo" por Mons. Tihamér Tóth)

La fiesta del día santo de Pascua, es la fiesta mayor del cristianismo. Es más grande que Navidad. Ciertamente, en Navidad celebramos el nacimiento del Niño de Belén; mas la Pascua nos dice con certeza inconmovible que aquel Niño de Belén no era un puro hombre, como todos nosotros, sino el mismo Dios humanado, que bajó a nosotros. El milagro acaeció en la madrugada de Pascua. La resurrección de Cristo, muerto y puesto en el sepulcro, es una prueba irrefutable de su divinidad; es el fundamento granítico de todo el cristianismo.

Si el Credo acabara con este articulo: «Padeció bajo el poder de Poncio Pilato; fue crucificado, muerto y sepultado»; si la vida terrena de Jesucristo terminase con este acorde trágico, todo el cristianismo se derrumbaría como saco vacío, como edificio sin armazón, como casa sin fundamento.

Concedemos que, aun así, el cristianismo sería un magnífico sistema filosófico; que aun así, las enseñanzas de Cristo no dejarían de ser verdades morales y edificantes; pero ¿quién podrá observar los exigentes mandamientos de Cristo aun a costa de los mayores sacrificios? ¿Quién podría amar la santa fe cristiana hasta dar por ella la última gota de sangre, si su Fundador no hubiera sido más que un hombre —un hombre bueno, hombre sabio, hombre santo, pero hombre—, que sus enemigos pudieron escarnecer, pisotear, matar...?

Sí; si fuese éste el último artículo de nuestro Credo...

Pero no lo es. El Credo continúa. Y la continuación pregona una cosa sencillamente conmovedora, inaudita, increíble: «Al tercer día resucitó de entre los muertos».

Ya lo sintió San Pablo, y lo expresó sin rodeos; toda la fe cristiana depende de esto: ¿Ha resucitado o no ha resucitado Jesucristo? Porque «si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, y vana vuestra fe» (I Cor 15, 14).

Realmente es así. Si Cristo no resucitó, ¿de qué me sirve a mí, hombre del siglo XX, el que un día lejano, hace mil novecientos años, haya vivido en esta tierra un hombre muy bueno, muy sabio, muy amable, que era todo amor para con los hombres, que curó a los enfermos, que perdonó a los arrepentidos...? ¿De qué me sirve todo esto si El también murió, si El también fue sepultado y también se convirtió en polvo...?

Acaso le admire como se admira a los grandes hombres, quizá le venere como solemos venerar a los hombres buenos; ¿pero amarle, adorarle, atenerme con amor abnegado a sus mandamientos, atar a Él toda mi vida? ¿Quién une su vida a un cadáver, que se deshace en polvo? Y, sin embargo, así sería si
Cristo no hubiese resucitado...

Pero ¿si ha resucitado?... ¿Qué hacer en este caso? No solamente me causa asombro por su bondad, por sus palabras maravillosas, por su vida incomparable, por sus milagros, sino que me confirmo en que lleva el sello de la divinidad, el más grande y asombroso y nunca visto: el de salir por su propia virtud de la tumba.

¿Y qué será si veo que por la fe en el Resucitado miles y millones de hombres como yo están dispuestos a dar su vida con el martirio? Si veo que desde el día en que resucitó se dan las virtudes más hermosas y heroicas entre los hombres.

Entonces no hay más solución: confesar que Cristo no puede ser un hombre cualquiera, sino que es Dios.

Así es si Cristo ha resucitado.

La resurrección de Jesucristo no es una leyenda, sino un hecho histórico. Es tan cierto y está corroborado por la palabra de tantos testigos como cualquier otro acontecimiento de la historia universal. Es un hecho histórico que el Señor murió realmente y fue sepultado. Es un hecho histórico que el día de Pascua sus amigos y enemigos estuvieron junto a su sepulcro y lo encontraron vacío. Y, finalmente, es un hecho histórico que el Señor apareció a muchos después de Pascua y les habló. Por lo tanto, vivía.

Testigos y pregoneros de la resurrección de Cristo son, no solamente los evangelistas, sino también los Apóstoles.

Primero, la pregona San Pedro en su discurso de Pentecostés; por tanto, cincuenta días después de la Resurrección. Pedro empieza a hablar en la plaza al pueblo reunido.
—¿Habéis visto a Jesús en la cruz? —preguntaría.
—Le vimos —hubo de ser la respuesta.
—¿Le habéis visto muerto?
—Le vimos.
—¿Habeís visto salir sangre y agua de su corazón, abierto por
la lanza?
—Lo vimos.
—Pues bien, yo y estos otros que están junto a mí, sus Apóstoles y discípulos, nosotros le vimos vivo después de su muerte, le vimos resucitado. «Este Jesús es a quien Dios ha resucitado, de lo que todos nosotros somos testigos» (Hech 2,32).

En el sentir de San Pedro, el hecho de la resurrección es tan conocido, que ni siquiera necesita ser probado. Habla de este hecho con naturalidad, seguro de que en Jerusalén lo sabe todo el mundo, y nadie puede aducir un argumento, una objeción contra el mismo. Y hay que caer en cuenta que el auditorio es numeroso, ya que en aquel día se convierten y bautizan tres mil personas (Hech 2,41).

De la misma manera alude a la resurrección de Cristo en la puerta del templo de Jerusalén, después de curar a un cojo (Hech 3,15). No lo prueba, únicamente lo recuerda como un hecho conocido en todo Jerusalén.

San Pablo también predica la resurrección del señor. En Antioquía habla de esta manera a los judíos: «Descolgándolo de la cruz, le pusieron en el sepulcro. Mas Dios le resucitó de entre los muertos al tercer día, y se apareció durante muchos días a aquellos que con él habían venido de Galilea, a Jerusalén, los cuales hasta el día de hoy están dando testimonio de él al pueblo» (Hech 13,29-31).

Añádase a este testimonio explícito de la Sagrada Escritura el cambio tan inesperado que experimentaron los Apóstoles. También es prueba elocuente de la resurrección real de Jesucristo.

Todos conocemos la postración moral que produjo en los Apóstoles la muerte del Señor, su trágico fin.

Y, de repente, irrumpe en estos hombres cobardes, miedosos, desalentados, un heroísmo capaz de llevarlos al martirio. Los que hace poco estaban escondidos con las puertas cerradas, ahora salen a las plazas y calles para predicar, y retan con valentía a los príncipes de los sacerdotes, que les prohíben hablar.

¿Cómo se comprende este cambio si Cristo no ha resucitado? ¿Puede un muerto tener tal influencia? No hay efecto sin causa. Y es un hecho real e indudable que los Apóstoles, estos sencillos pescadores, promovieron por todas partes, en el campo religioso, moral, social e intelectual del mundo, una tal transformación —una tal revolución—, que no se registra cosa parecida en la historia
universal.

¿Cómo se explica si Cristo no ha resucitado? Realmente, si aun se puede dudar de la resurrección de Cristo, no hay hecho «histórico» que pueda mantenerse firme.

Al ponderar estas razones que corroboran nuestra fe en la resurrección de Cristo, nos parecen cada vez más inútiles y torpes los ensayos y esfuerzos que hacen los enemigos de Cristo para desvirtuar este hecho, realmente incontrastable.

A) Antes de todo, no saben qué hacer con el sepulcro vacío de Cristo.

Las afanosas mujeres, que en la mañana de Pascua quisieron tributar los últimos honores al cadáver de Jesús, encontraron el sepulcro vacío. Alarmadas lo notificaron a los Apóstoles; enseguida fueron al sepulcro Juan y Pedro, y lo encontraron también vacío (Jn 20,8).

Los príncipes de los sacerdotes quedaron desconcertados; esto prueba que ya no estaba en el sepulcro el cuerpo del Salvador, pues ellos hubieran podido desvanecer fácilmente los rumores que corrían respecto de la resurrección, si hubiesen podido enseñar el cadáver del Crucificado.

El sepulcro, pues, estaba realmente vacío. Pero ¿cómo se vació? ¿Dónde estaba el cadáver?

a) Lo hurtaron... Esto pudo ser una explicación. Los sacerdotes enseguida la tomaron para no tener que admitir que hubiese resucitado, y dieron dinero a los soldados que guardaban el sepulcro para que pregonasen por doquier: «Mientras nosotros dormíamos, vinieron los discípulos de Cristo y robaron el cadáver.»

¡Cuántas contradicciones en esta sola frase! ¡Los discípulos, miedosos y dispersos, de repente cobran ánimo y se atreven a franquear los soldados que guardan el sepulcro! Si los soldados dormían, ¿cómo pudieron ver que eran los Apóstoles quienes hurtaron el cadáver? Y, si no dormían, ¿por qué consintieron que lo robasen?

Además, si los soldados se durmieron en vez de montar la guardia, ¿cómo es que estos soldados romanos, los soldados más disciplinados del mundo, no recibieron castigo? Y leemos que en vez de castigo recibieron dinero, ¡dinero en abundancia!

b) Los mismos enemigos de la resurrección sintieron el peso de estas dificultades, y por esto acudieron a otra explicación: Cristo murió sólo en apariencia; la frescura del sepulcro hizo que recobrase los sentidos, y El mismo salió de allí.

Es una explicación peor que la anterior.

Porque, antes de todo, es un hecho cierto que Cristo murió realmente y no sólo en apariencia.

¿Murió Cristo? Casi estoy tentado de contestar: nunca murió un hombre más de veras que Jesucristo. Ya en el camino de la cruz parece una sombra que va titubeando, un hombre medio muerto que sangra por mil heridas. Y después, durante la crucifixión, sangra más profusamente al ser taladrado de pies y manos; la lanza del soldado que atraviesa su corazón le abre la quinta llaga. Después de sepultado, sellan su sepulcro con una gran piedra y lo guardan soldados. Realmente, en aquellas horas
se hizo todo lo posible para quitarse de encima al profeta desagradable.

Pero imaginémonos que Cristo medio muerto, pálido, con rigidez cadavérica en su rostro, logra escaparse del sepulcro. Imaginémonos que, al fin, puede llegar a unirse con sus discípulos; que éstos le ponen vendas y le cuidan; si muere por efecto de todas sus llagas, y aunque no muera, ¿es posible psicológicamente pensar que este fin miserable suscite aquella impresión sin igual que se manifiesta en el espíritu de los Apóstoles?

B) La fe de los Apóstoles en la resurrección es producto de la fantasía y de una alucinación colectiva. Con esta explicación pretenden escapar otros de la enorme fuerza probatoria de la resurrección.

a) Pero ¿quién puede tomar en serio esta escapatoria? El sepulcro mismo de Jerusalén destruye con el peso de la realidad tangible toda sospecha de visión o de alucinación. Si el sepulcro no estuviera vacío, si lo cubriera aún la pesada losa y debajo de ella se encontrara el cadáver, entonces sería imposible toda ilusión.

b) Además, en nuestro caso, faltaban las condiciones más elementales para que se dé una alucinación.

¿Quiénes suelen tener visiones y alucinaciones? Aquellos que esperan algo con impaciencia. Cuando ya es hora de que llegue el invitado, y éste no llega, oímos a cada instante sus pasos: «Ahora viene...», y, sin embargo, no viene.

Pues bien, los Apóstoles estaban muy lejos de esperar la resurrección de Cristo. Aún más, cuando las mujeres les llevaron la primera noticia, ni aun quisieron creerla. Los discípulos de Emaús la consideran, todavía por la noche, como noticia de mujeres «sobresaltadas», fantasiosas. Y Tomás no la cree, aun cuando todos los demás Apóstoles vieron al Resucitado.

Tan poco dispuestos están para visiones, que no reconocen al Señor cuando se les aparece. Magdalena cree que es un hortelano; los discípulos de Emaús creen que es un peregrino.

Además, la alucinación puede darse en gente nerviosa y aprensiva, no para pescadores curtidos al aire libre.

c) Y si Cristo resucitado no hubiese aparecido más que una o dos veces, podría discutirse todavía si no era más que una visión o un espectro. Pero apareció varias veces durante cuarenta días. Se le apareció a San Pedro. Se apareció a María Magdalena. Se apareció a las piadosas mujeres Se apareció a los diez Apóstoles —no faltando más que Tomás—. Después se aparece a los once apóstoles, con Tomás incluido. Y San Pablo, al escribir a los fieles de Corinto, afirma que entre ellos viven todavía muchos hombres que vieron con sus propios ojos al Cristo resucitado (I Cor 15, 6).

¿Es posible probar mejor un hecho histórico? Si unos pocos hombres pueden ser engañados por una visión, ¿es posible que quinientos hombres vean a la vez a Jesucristo? ¿Pueden quinientos hombres tener la misma alucinación? Por otra parte, cuarenta días después, el día de la Ascensión, cesan de repente todas las apariciones. ¿Por qué, cuando las disposiciones psicológicas siguen como antes?

La Resurrección de Cristo es, pues, un hecho histórico. Testigos son las piadosas mujeres que se dirigen al sepulcro, que al ver el sepulcro vacío, cualquier explicación admiten (“se han llevado el cadáver”), menos que haya resucitado el Señor. Testigos son los Apóstoles, que al principio recibieron con dudas la noticia; pero cuando comprobaron con sus propios ojos, oídos y manos la realidad, dieron su vida por la dar testimonio de la Resurrección. Testimonio es la multitud de los primeros cristianos, a quienes se les apareció el Señor después de la Resurrección. Y testimonio es la vida diecinueve veces secular de la Santa Madre Iglesia. Porque al contemplar el heroísmo de los mártires, la elevación moral y la fe invicta que brota de la fe en la Resurrección, podemos preguntar con derecho: Si Cristo no ha resucitado, si su cuerpo se deshizo como todos en el fondo del sepulcro, ¿cómo se explican todas estas cosas? ¿Quién va a creer que un muerto sea capaz de realizar estas maravillas?

La Resurrección de Cristo es la corona de su obra, la última garantía de que El era realmente Hijo de Dios. Cuando estaba pendiente en la cruz, sus enemigos se burlaban de El con estas palabras: «A otros ha salvado, y no puede salvarse a sí mismo; si es el Rey de Israel, baje ahora de la cruz y creeremos en él» (Mt 27,42). Pues bien, Cristo da una prueba aún mayor de su divinidad. No baja de la cruz, sino que sale vivo del sepulcro sellado.

Es domingo por la noche, noche de Pascua. Los Apóstoles están reunidos; no faltan más que dos: Judas, el desgraciado traidor, y Tomás. No sabemos dónde estaba Tomás. El ambiente es de oración, de preocupación. El cadáver de Cristo ha desaparecido; los príncipes de los sacerdotes han hecho correr por toda la ciudad la noticia de que los discípulos lo habían robado. No es prudente salir a la calle en tales circunstancias. Sólo puede tranquilizarlos el tener la puerta cerrada. ¿Qué sucederá ahora? ¿Qué será de los planes de Cristo? ¿Cómo van a conquistar el mundo estos pescadores tan temerosos?

Y entonces..., entonces... aparece de repente Cristo. Las puertas permanecen cerradas; pero Cristo está allí, en medio de ellos. «¡Soy yo, no temáis!» Como si dijera: «Se acabó el temor y el pesimismo. Soy yo, vivo. Yo, que necesito soldados y mártires que me confiesen delante del mundo.»

Y «se llenaron de gozo los discípulos al ver al Señor» (Jn 20,20) —dice la Sagrada Escritura— y una nueva fuerza invadió sus espíritus decaídos.

Y desde entonces la figura gloriosa del Cristo resucitado es la fuente de nuevas fuerzas también para nosotros.

Millones de fieles repiten a diario jubilosamente este artículo de nuestro Credo: «Al tercer día resucitó de entre los muertos...».

Sí; Cristo vive. Cristo es una realidad viva. No es leyenda; no es un mito, no es un símbolo. El mismo Cristo que andaba por los caminos de la Palestina, sigue andando aun hoy por los caminos del mundo. El mismo Cristo, que hace mil novecientos años habló a los habitantes de Tierra Santa, nos habla aun hoy día con la palma de la victoria alcanzada sobre la muerte: nos habla, nos consuela, nos conforta, nos ilumina y ayuda..., nos espera en la patria eterna.

Durante meses, el frío invierno ha tenido aprisionada la tierra; pero he ahí que hoy brota por doquier la pujante fuerza de la vida primaveral. Encerraron en un sepulcro de piedra a Cristo muerto; mas hoy resucita para una vida nueva. También yo, cuando muera y sea sepultado, resucitaré para la primavera eterna.

Este es el dulce consuelo del milagro pascual.