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La vida en pareja... ¿El aburrimiento o las dificultades?

(De "Cada día es un alba" por Louis Évely)

¿Cómo sería posible desear dejar de desear?

Según dicen las revistas, los esposos deberían fusionarse en una perfecta armonía psicológica y, sobre todo, sexual. ¡Tendría que ser una unión carente de tropiezos y de sobresaltos! Pero la vida de pareja no está hecha para adormecer, sino para despertar. Sirve para sacar del corazón todo el amor de que somos capaces.

La unión de dos personas es necesariamente conflictiva. Todos conocemos a esas parejas en las que ambos parecen tener los mismos gustos, las mismas opiniones, los mismos amigos, las mismas distracciones... Pero, inevitable y solapadamente, se manifiestan el rencor, el miedo y la desesperación de dos seres forzados a morir juntos lentamente.

El estado normal de cualquier sociedad humana es el conflicto: las personas se afirman, se oponen y superan sus diferencias a base de negociaciones y concesiones. Y es que el conflicto no es la guerra, sino todo lo contrario. Se hace la guerra porque no se soporta el conflicto, porque se le quiere hacer desaparecer, de una vez por todas, aniquilando al adversario.

Los esposos se encuentran situados ante una opción decisiva: o el aburrimiento o las dificultades.

Si aborreces los conflictos, si lo que quieres es un cónyuge sumiso, dócil y apagado, no tardarás en conocer el aburrimiento de una vida en la que no sucede nada, en la que no hay nada que decirse y en la que únicamente se espera que aquello se acabe. Pero si aceptas los conflictos, las discusiones, los choques y los «reajustes», entonces seréis el uno para el otro el aguijón que despierta y estimula.

Nunca nos entendemos mejor que después de una buena explicación. Las reconciliaciones son, a menudo, mejores que la armonía sin fisuras. ¡Mientras haya roce, es que aún hay contacto! La sal de la palabra, el choque de la oposición, los esfuerzos de adaptación... ¡he ahí lo que os hará verdaderamente jóvenes!

Eva nació del costado de Adán, de esa herida abierta en su flanco y jamás cicatrizada que le abre a toda la inquietud y a todo el sufrimiento del mundo. ¿Qué sería el hombre sin esa llamada, sin esa interpelación desgarradora, sin esa provocación a velar, pensar, amar y crear?

¿Y qué sería la mujer si su deseo no la condujera hacia el hombre para inventar con él esa «entente» siempre comprometida y siempre recomenzada, esa comunicación que es indispensable para ambos, pero de la que suele ser ella quien se preocupe y cargue con su responsabilidad?

Al comprometerte en el matrimonio, no busques una «compañía de seguros» que te garantice que tu mujer va a ser siempre dócil, no va a dejar de admirarte, va a estar siempre de buen humor y va a gozar de una perfecta salud, o que tu marido va a ser siempre atento y solícito, un brillante conversador y un caballero galante.

El único seguro válido será tu resolución: voy a amarle tanto, voy a sufrir tan pacientemente, voy a perdonarle tan a menudo y voy a esperar de tal forma en él (o en ella) que acabará amándome como yo habré aprendido a hacerlo.

Al casarte, ya nunca estarás tranquilo..., ¡pero seguirás vivo!

La verdad os hará libres

(De "Cada día es un alba" por Louis Évely)

Nadie posee la verdad, nadie la alcanza toda entera. ¿Es la verdad para ti como algo que puedes apropiarte y definir y de lo que podrías hacer un inventario exacto y una descripción exhaustiva? ¿O es quizá como una persona a la que nunca terminas de conocer y a la que no puedes dominar, sino que has de acercarte a ella con una actitud de respeto, de acogida, de disponibilidad, de escucha, con una disposición análoga a la de la oración?

La verdad existe. Nosotros tendemos hacia ella, y nos acercamos o nos alejamos de ella; pero ninguno de nosotros es su propietario.

Hay una realidad objetiva, pero nosotros sólo llegamos a ella a través de nuestra subjetividad. Vemos las cosas como con una especie de lentes deformantes.

Ahora bien, aunque no poseamos toda la verdad, cada uno de nosotros, en determinados momentos, siente clarísimamente que está en la verdad, que está en contacto directo con lo real, que avanza hacia lo verdadero.

¿Puede la verdad liberarnos? Y nos referimos, ciertamente, no a una verdad filosófica, sino a una verdad de vida, a una revelación de verdadera vida.

La revelación evangélica sí es liberadora. Nos libera de las falsas imágenes de Dios: Dios no es un soberano que nos trata como a súbditos, ni un juez que nos trata como a culpables, ni un acreedor que nos apremie como si fuéramos sus deudores.

Dios es fuente infinita de generosidad. Dios es poder infinito de comunicación, de don, de difusión de sí, y aspira a llenarnos de El, a darnos todo cuanto El es y tiene.

La verdad nos libera de las falsas imágenes de nosotros mismos: todos estamos llamados a ser como El. Estamos habitados por un dinamismo incansable de fe, de amor y de esperanza. Todo lo podemos en Aquel que nos conforta. «Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo que yo tengo es tuyo». ¿A quién van dirigidas estas paternales palabras? Al avinagrado hermano mayor, al recalcitrante envidioso que se niega a entrar y alegrarse con su hermano «resucitado», porque, según él, ¡jamás ha podido comerse un cabrito con sus amigos! Entonces, ¿quién de nosotros se considera excluido?

Estas falsas imágenes han hecho de nosotros sus esclavos, esclavos inconscientes de nuestros miedos, de nuestro pesimismo, de nuestra torpeza, de nuestra pusilanimidad...

Somos tan esclavos que nos creemos libres; tan sordos que creemos oír; tan ciegos que creemos ver; ¡tan muertos que nos creemos vivos! Y sólo por comparación caemos en la cuenta de esa esclavitud inconsciente: ante un hombre libre como Jesús, un hombre habitado por la fe, vemos la diferencia. Uno solamente ve su condición de esclavo por comparación con un hombre libre y liberador, que contagia libertad. Sólo sabemos de lo que carecemos cuando alguien nos lo da o, al menos, nos lo hace ver.

Los fariseos se irritan ante la denuncia de su esclavitud que encierra la propuesta de libertad que hace Jesús. Ellos son esclavos de su pasado, se refugian en su árbol genealógico («hijos de Abraham»), están en regla con las leyes... Rechazan el cambio, el movimiento, la vida... Desean que nada se mueva. Están muertos, pero aún son capaces de matar a quien les inquiete.

Ese es el pecado del que les acusa Jesús: ser «hombres viejos», negar el futuro, rechazar toda esperanza, decir que ya no van a cambiar, que están demasiado viejos, demasiado acostumbrados, demasiado incapacitados, o demasiado contentos consigo mismos, o quizá demasiado descontentos... Se niegan a vivir, se niegan a nacer... Niegan el poder creador y resucitador del Espíritu de Dios.

Jesús conoce al Padre, que es amor y, consiguientemente, libertad y liberación total. Dios es el gran aventurero de los mundos: a todo se atreve, todo lo arriesga, todo lo espera. La creación no es más que una inmensa apuesta de Dios, que espera siempre hacer de ella una obra magnífica. Y nos quiere a su imagen: «¡Liberaos de todas vuestras crisálidas! Sed como yo, inventad vuestras vidas, cread vuestras relaciones, atreveos a amar, vivir y obrar».

Unos dicen: «No merece la pena intentarlo; seguro que fracasaré... ¿para qué voy a levantarme si he de volver a caer? Si no voy a poder acabar, ¿para qué voy a empezar?»

Y otros, que se saben habitados por un dinamismo inextinguible, se repiten: «No merece la pena quedarse tirado; al final, seguro que he de levantarme. Hay en mí una llamada a la que no podré resistirme siempre. Hay en mí una esperanza que jamás ha de dejarme tranquilo. Hay en mí un amor que acabará por prevalecer. Entonces, puesto que, a pesar de todo, he de comenzar de nuevo a creer, a esperar y a amar, ¡más vale comenzar cuanto antes! ¡Más vale resucitar de inmediato!»

Inventar la existencia

(De "Cada día es un alba" por Louis Évely)

Inventar la existencia, vivificar las relaciones, renovar el amor, conservar viva el alma... es tanto como crear una obra de arte cada día.

La vida es dura, acuciante, rápida..., ¡y es tan fácil dejarse arrastrar por ella protegiéndose de sus golpes a base de inconsciencia y de mediocridad...! Necesitamos distanciarnos de ella, verla con una cierta perspectiva, para ser capaces de crearla y gustarla de nuevo.

Dice Proust que jamás contempló Noé tan perfectamente el mundo como cuando lo vio a través del tragaluz del Arca. Entonces fue como si viera por primera vez la cumbre de una montaña, el vuelo de una paloma y una rama de olivo verde.

Nada se hace tan inconscientemente como el morir. Basta con no hacer nada, basta con no asombrarse, basta con habituarse para que muera una fe, un amor, un alma... Podemos dejarnos morir
dulcemente.

Si dos personas dejan de hablarse, pronto no tendrán nada que decirse; si dos personas dejan de escribirse con regularidad, no tardarán en perder las ganas de hacerlo; si dos personas ya no se miran, acaban por no verse siquiera. Para seguir amándose hay que volver a empezar cada día.

Kierkegaard nos advierte: «El mayor de los peligros, que es el de perder el propio yo, puede pasar inadvertido, como si no tuviera importancia; en cambio, cualquier otra pérdida —la pérdida de un brazo, de una pierna... o de cinco dólares— se advierte de inmediato».

La nobleza del hombre consiste en que sea consciente de la distancia infranqueable que existe entre lo que él es y lo que hace; en que sea al mismo tiempo actor valiente y espectador crítico de su propia vida; en que quiera entregarse a cada causa y a cada ser como si fueran merecedores de toda su persona, y descubrirse a continuación como si aún no hubiera dado nada.

«¿Quién es el que hace las cosas que yo hago?»: he ahí lo que deberíamos preguntarnos incesantemente para no perdernos en el encadenamiento de nuestras ocupaciones.

Exiliarse para reencontrar la verdadera patria; dejar de tocar y tomarse tiempo para afinar el instrumento... Verse a sí mismo vivir a la luz de los sueños de juventud, escuchar el sonido que uno produce al impacto de la Palabra de Dios: esfuerzo doloroso y, sin embargo, momento bendito de nuestra existencia en el que dejamos regresar al alma, en el que respiran todas las regiones de nuestro ser, en el que reiniciamos la existencia como sólo se hace tras haber rozado la muerte.

¿Para qué sirve el existir? Únicamente para existir. Porque la existencia es gratuita, como lo es el arte, el amor, la oración... Son cosas que no se merecen, que no se conquistan, que no se poseen...

¡Ah, si pudiéramos saborear la existencia como un don, tomar conciencia de esta creación continua, de esta profusión incesante de ser y de vida, de esta dicha, de este asombro de existir...!

No tenemos que producir, merecer ni justificar nuestra existencia, porque ella fluye en nosotros gracias a una pura generosidad que es presentimiento, signo y testimonio de Dios, primer acercamiento del Creador. Somos del mismo «ser» que él, y podemos decirle, como Mowgli a sus hermanos de la jungla: «Tú y yo somos de la misma sangre»; somos de la misma raza (Hech 17,28), de la misma familia; somos imagen tuya.

Muchas veces me digo a mí mismo que somos unos seres distraídos por un exceso de riquezas, asediados por un exceso de sensaciones, hastiados por un exceso de dones. He visto a personas mudas, ciegas o paralíticas que rebosaban de dicha de existir.

Tal vez tengamos demasiadas ventanas, y tal vez deberíamos privarnos de algunas de ellas, vivir con mayor sobriedad, para tomar conciencia de las cosas esenciales.

¡Dichosos los pobres que saborean lo que los demás no conocerán nunca: la fraternidad, el compartir, el amor, el cielo, el sol, el agua, el aire, la vida: todo lo que no se puede adquirir ni te pueden arrebatar!

El derecho a existir

(De "Cada día es un alba" por Louis Évely)

Sensación de paz.
El reloj del tiempo se ha detenido.
Esos segundos, esos minutos que asaeteaban
para precipitarme a mis trabajos y a mis búsquedas
no tienen poder sobre mí esta mañana.
Saboreo el instante
y siento que tiene más que enseñarme
que la suma de todos los instantes subsiguientes.
¿Por qué me he tomado tan pocas veces
el tiempo y el derecho de vivir?
Necesitaba justificar incesantemente mi existencia
con mi producción y con mi rendimiento,
a mis ojos y a los de los demás.
Mi existencia, en sí, no tenía valor:
no creía yo existir para los otros
y he acabado por no existir tampoco para mí.
Esta mañana tengo derecho a existir totalmente solo
y exclusivamente para mí.

Me arrogo el derecho a existir.
Y los seres y las cosas que me rodean
comienzan a existir con una existencia más densa:
también ellos comienzan a tener
el derecho a existir.
Somos un universo de existencias sólidas, reales,
igualmente importantes y respetables.
Es como si el reloj de arena de la existencia
se llenara minuto a minuto de la cantidad de realidad
que le hace estable.
Ya no es esa sensación de vacío la que hay que llenar
con actos, con palabras, con obras...
Saboreo la inmovilidad.
Existo más sin hacer nada.

Descanso sobre mi raíz.
¿Y cuál es esta raíz?

Siento cómo la existencia brota sin cesar en mí,
y el observar este movimiento basta para ocuparme.
Confío en él y no tengo ya que intervenir
ni justificarme por existir: él me justifica.
Existir justifica el existir.
Es bueno existir.
No tiene por qué «servir» para algo el existir.
No estamos obligados a servir para algo.
Ante todo, tenemos derecho a existir.
Me parece que he buscado incesantemente
justificar mi existencia
sin haber tomado la conciencia y el gusto de existir.
Hasta ahora me parecía increíble que se pudiera pasar
el tiempo sin hacer nada y no considerarlo perdido.

El tiempo no se llena metiendo cosas en él.
Mi tiempo se llena con la atención que le presto,
con el gusto que sé sacar de él,
porque le considero,
porque me considero a mí
y porque he vuelto a tomarme
el derecho a existir.

(Extracto de su diario - Octubre de 1983)

Buscar... desear

(De "Cada día es un alba" por Louis Évely)

Son muchas las personas que afirman hoy estar «en búsqueda», lo cual me parece muy bien. Pero muchas veces me entran ganas de preguntar a esas personas: en búsqueda... ¿desde dónde y hacia dónde? Porque, si no tienes alguna idea de lo que buscas, jamás lo encontrarás. Y si desde el comienzo de tu búsqueda no has adquirido una serie de certezas que desarrollar y controlar, ¿con qué instrumento vas a buscar y cómo vas a reconocer las verdades que te faltan?

Nunca dejaremos de estar «en búsqueda», pero esa búsqueda hemos de realizarla profundizando unas determinadas «verdades» que hemos percibido, unas certezas de las que hemos vivido, una serie de momentos de gracia en los que nos hemos acercado a lo real de tal manera que no podemos dejar de reconocerlo.

La palabra «búsqueda» es muy ambigua, y tiene el peligro de orientar en direcciones equivocadas. Sólo se busca «lo que no está ahí». Pero ¿estás seguro de que lo que buscas «no está ahí»? Y en tal caso, ¿no deberías más bien aprender a discernirlo y a reconocerlo, en lugar de buscarlo?

No hay que buscar a Dios. Si lo buscas, jamás lo encontrarás, porque está dentro de ti desde siempre, y tú lo buscas fuera.

Es él quien te llama, quien te «trabaja», quien solicita tu atención. Si imaginas que eres tú quien sale en su búsqueda, estás invirtiendo los papeles y alejándote de él.

¿Es Dios un ausente al que hay que descubrir en su escondrijo, o es una presencia y una acción que hay que constatar? Dios nos supera siempre, y no es en modo alguno la proyección de nuestras necesidades y de nuestras carencias: cuando conseguimos conocerlo, sabemos que él puede oponerse a todas esas necesidades y carencias y ser nosotros intensamente felices, a pesar de ver frustrado todo cuanto habíamos imaginado.

El deseo de Dios no queda nunca colmado; cuanto más se ahonda, más se aviva; cuanto más pronunciado se hace en mí, tanto más experimento que no me pertenece y que siempre habrá de superarme. El mejor sentimiento de su presencia es el de una ausencia cada vez más viva. Dios es alguien que está en mí sin ser de mí.

El deseo es la señal de la existencia de Dios y de su velada presencia en el fondo de todos y cada uno de nosotros.

La necesidad puede ser satisfecha: alcanza su objetivo y se lo incorpora. La necesidad y su objeto desaparecen simultáneamente una vez obtenida la satisfacción.

En cambio, el deseo nunca se ve colmado, sino que renace y hasta se intensifica en cada encuentro con su objeto, el cual no puede ser más que una persona reconocida como tal, es decir, semejante y diferente a uno mismo e indefinidamente explorable. Quien deja de tener deseo es hombre muerto. Por eso es por lo que puede decirse que el hombre no está hecho para la felicidad (satisfacción de todos los deseos), sino únicamente para perseguirla. El deseo es nuestro pasaporte para la eternidad.

Esta trascendencia del deseo revela la presencia en nosotros de una vida que supera a la materia y a la biología y exige ir más allá de todas nuestras conquistas, saberes y adquisiciones, orientándonos hacia una búsqueda sin fin, sin límites, sin muerte...

«Pero el agua no existe porque nosotros tengamos sed, ni hay alimentos porque nosotros tengamos hambre», podrá argüirse.

Y así es. Pero yo pienso que no existirían la sed ni el hambre si no existieran el agua y los alimentos. ¿Cómo podrías sentir que estás deshidratado si no tuvieras experiencia alguna del agua?

Pero mi argumento va aún más lejos: la existencia del deseo prueba la presencia en nosotros de una comunicación con el objeto de dicho deseo, que no es accesible en su totalidad. ¿Cómo podríamos desear algo que no conocemos en absoluto? ¿Cómo podríamos saber lo que corresponde o se aproxima a dicho deseo si no hubiéramos presentido ya algún indicio de ello?

Dios nos sorprende siempre, porque es el más imprevisible y el más familiar, a la vez, de todos los seres.

La profunda «connaturalidad» que existe entre él y nosotros radica en el carácter infinito de su ser y en el carácter igualmente infinito de nuestro deseo.

Por eso no hay nada que podamos conocer tan perfectamente como a Dios; y por eso quien lo encuentra lo reconoce instantáneamente, a pesar de no haberle conocido anteriormente.

Pero mientras no nos conozcamos ni nos observemos a nosotros mismos, mientras no hayamos explorado nuestra dimensión interior, seremos incapaces de discernirlo.

La «búsqueda» de Dios es una toma de conciencia de lo que vive y acontece dentro de uno mismo.

La ignorancia de Dios proviene de una prodigiosa ignorancia de uno mismo. En muchas personas, Dios se ha evaporado en proporción directa a su propia inexistencia.

Actitudes ante la muerte

(De "Eternizar la vida" por Louis Evely)

Rechazo

Vivir nos parece tan natural que no imaginamos que sea posible dejar de hacerlo. Todos sabemos que el hombre es mortal, pero ninguno de nosotros admite que eso le concierne personalmente.

En momentos de frivolidad, se nos ocurre jugar con la idea de que tenemos que morir, pero sólo es para valorar mejor lo lejos que estamos aún, y tranquilizarnos al sentirnos todavía tan vivos.

Incluso la muerte de los demás, por admisible que nos parezca, hemos de explicarla por una causa especial, por un concurso de circunstancias, por una agresión exterior: «¿Cómo es que ha muerto? No debería haber muerto. Habría podido evitarlo». Sólo la muerte de alguien a quien amamos tanto como para sentirlo parte de nosotros mismos nos arranca a veces de esta inconsciencia.

Nuestra negación de la muerte nos adormece con ilusiones, nos distrae de la realidad, nos impide vivir una vida verdaderamente humana.

La actitud del hombre ante la muerte siempre ha sido una mezcla de fascinación y de rechazo: en el fondo de nosotros mismos, sabemos que nuestra vida es frágil, que la muerte está entrelazada con la vida y que golpea a cualquier edad, pero rechazamos esa obsesión con una furiosa voluntad de negar la muerte, nuestra muerte: «Si nunca me llegara...», se atreve a pensar ese viejo, ese enfermo, ¡ese mortal!

No se trata de obsesionarse, sino simplemente de extender el ámbito de la consciencia, de no negarse a ver lo que nos disgusta. Tan natural nos parece vivir que no conseguimos imaginar que la vida llegue a terminarse.

¿No es la característica de nuestra época que se dé al mismo tiempo el miedo a morir y el hastío de vivir? Un hastío del que nos evadimos por medio del ruido, la velocidad, el sexo, la droga, la revolución e, incluso, por medio del trabajo, que permite pensar en todo salvo en uno mismo. «Si no fuera tan perezoso, no trabajaría tanto. Si no estuviera tan angustiado, me pararía de vez en cuando. Si no tuviera tanto miedo a vivir, me tomaría tiempo para hacerlo».

Si volviéramos a ser humanos, no tendríamos tanto miedo a morir.

Temores

Si los hombres de nuestro tiempo ya no son capaces de afrontar la muerte, es porque han perdido el gusto y el sentido de la vida. Están divididos entre el hastío de vivir y el temor a morir.

Desde luego, este último es legítimo, y el hombre que no lo experimentara resultaría con toda razón inquietante. Podríamos considerarle sospechoso de inconsciencia o, aún peor, de inhumanidad. Son nuestros vínculos los que nos hacen existir; son los demás los que nos mantienen vivos.

Temor a perderse

La muerte nos asusta, porque nos precipita en un mundo desconocido.

Estamos continuamente escindidos entre el temor y la fascinación por la muerte, entre el deseo de preservarnos y el de darnos, entre la voluntad de inmovilizarnos, de detener el tiempo y la vida, y la de aventurarnos, superarnos, conocer lo que nunca hemos conocido; todo ello nos invita a otra clase de muerte.

En el fondo, estamos condenados inexorablemente a perdernos: sólo podemos optar entre una pérdida cierta, inmediata, estéril, aferrándonos a nuestras posesiones —«Quien quiera (demasiado) salvar su vida, la perderá»—, y el riesgo, una oportunidad de salvarnos perdiéndonos, de abrirnos a lo desconocido, de apoyarnos sobre lo que hemos experimentado del amor y de la vida para confiar en lo que aún nos reservan. Rechazar este tipo de muerte es, en definitiva, rechazar vivir, ya que la vida siempre nos lleva más allá de lo que ya nos ha revelado.

Por esta razón, la fe cristiana en la vida eterna no se identifica en modo alguno con una reanudación de la vida presente, con una simple continuación del pasado. Hay que aceptar «perder la vida», hay que nacer a una vida que es tan distinta de la nuestra como la vida postnatal lo es de la vida uterina —aunque con continuidad de la persona en la imprevisible mutación de las formas de vida.

Temor a la fragilidad

Aceptar morir un día es reencontrar la verdad de la condición humana. ¡Qué alivio sentiríamos si nos desarmáramos de nuestras artificiales protecciones, si entráramos en la fraternidad de los pobres, los viejos, los enfermos...! Ellos son nuestra imagen, nuestra verdad recobrada. Al reconocerlos como hombres, como hermanos, recibiríamos de ellos, a cambio, la revelación de nuestra propia humanidad, tan bella en su miseria, tan conmovedora, tan vibrante de vida en su fragilidad. «¡No desprecies tu propia carne!», dice el profeta.

Si has cuidado enfermos, velado a moribundos, tratado con minusválidos o visitado ancianos, sabes cuánta riqueza humana poseen. Todos estos seres que habíamos marginado en nuestro empeño por ser inmortales son quienes pueden devolvernos el gusto, el sabor de la amistad, de la ternura, de la compasión, de las alegrías sencillas que se dan y se reciben.

A fuerza de querer adaptarnos a un modelo artificial, nos convertimos en extraños para nosotros mismos.

A fuerza de marginar a todos los seres que nos recuerdan que hemos de morir, creamos un desierto a nuestro alrededor.

A fuerza de ahuyentar de nosotros la debilidad y la muerte, hemos ahuyentado a la vida. Porque la vida humana es frágil, vulnerable, mortal. No hay vida humana sin una cierta aceptación de la muerte, sin una cierta familiaridad con ella. Nos negamos a vivir para no tener que morir.

Temor a la soledad

La experiencia de la soledad en la muerte es terrible. «Todos morimos solos» y por ello sufrimos, hasta el punto de que el único consuelo es una presencia a nuestro lado, una mano amiga que estrecha la nuestra. En el momento en que nos cortan todos los lazos, como en el momento de nuestro nacimiento, una vez más nos alivia el contacto con la vida.

Sólo vivimos de nuestras relaciones. Nuestros vínculos nos mantiene con vida. Los demás nos mantienen en la vida si nos aman, si nos valoran, y su ausencia o su olvido nos hacen morir.

¿Por qué el mal?

(De "Cada día es un alba" por Louis Evely)

El tormento de las filosofías y la ambición de las religiones ha sido siempre responder a los grandes interrogantes de la humanidad: ¿cómo explicar y cómo evitar el sufrimiento en esta vida (las enfermedades, etc.) y en la otra (infierno, purgatorio, reencarnaciones...) y, sobre todo, ese supremo sufrimiento que es la muerte?

Cristo, por su parte, no pretende enseñar ni la causa ni la finalidad de la existencia del mal. Pero hizo mucho más que eso: mostró que el amor puede soportar y vencer al mal y a la mismísima muerte, y se atrevió a afirmar: «¡Dichosos los que lloran!»

¿Qué significa esta paradoja?

Una cierta teología ha querido explicar el mal por el pecado del hombre. Esta era ya la opinión de los apóstoles ante el ciego de nacimiento: «¡Quién pecó para que naciera ciego: él o sus padres? » Para todos los que piensan de este modo, ¡desdichados los que lloran! Su sufrimiento denuncia su pecado. ¿Puede haber algo peor?

Una determinada escuela de espiritualidad, por el contrario, ha tratado en vano de justificar y canonizar el sufrimiento por el perfeccionamiento moral que ocasiona, los méritos que hace adquirir y la intercesión a que da lugar. Con una preocupación, digna de todo respeto, por disminuir el escándalo del sufrimiento, algunos han llegado incluso a caer en el «dolorismo»: puesto que el sufrimiento es bueno y útil para uno mismo y para los demás, hay que buscarlo, cultivarlo y preferirlo. «O padecer o morir», decía santa Teresa de Jesús. Y así es como ha habido creyentes que, para buscar el dolor, han hecho tantos esfuerzos como los paganos para evitarlo.

Pero, en verdadera doctrina cristiana, el valor de un acto no es jamás proporcional a los sufrimientos que conlleva, sino a la caridad que lo inspira. Cristo no buscó el sufrimiento; únicamente quiso amar y aliviar a los que sufrían. Lo que le faltaba a la redención del mundo, con anterioridad a él, no era una determinada cantidad de sufrimientos, de los que la tierra estaba verdaderamente saturada, sino una revelación de amor.

No. Es preciso reconocer que, si el sufrimiento sirve para madurar y «elevar» a algunos, lo cierto es que quebranta y destruye a muchos más; que no hay proporción entre el mal y la falta, como tampoco la hay entre la crueldad de los tormentos y el bien que de ellos se pueda obtener. En presencia de un mongólico, o de un bebé monstruoso, o de un herido que aulla de dolor, o de un psicópata al que corroe la angustia, ¿quién se atreverá a hablar de la «bondad » o el «mérito» del sufrimiento?; ¿quién puede afirmar que tales pruebas son enviadas por Dios para nuestro bien? ¡Como si Dios se complaciera en torturar a sus hijos! ¡Como si Dios se vengara de sus enemigos!

La verdadera grandeza del cristianismo consiste en haber superado el sufrimiento a través del amor. Jesús reveló que existe un amor que es capaz de soportar el sufrimiento y que prefiere amar y sufrir, antes que no sufrir y no amar.

Todos hemos conocido a padres de hijos anormales que, siguiendo a Jesús, han resuelto su problema simplemente a base de amor, y cuya vida gira enteramente en torno a un ser perpetuamente tendido en la cama y que de vez en cuando les recompensa con una sonrisa.

Por desgracia, también hay sufrimiento sin amor; por supuesto que sí. Pero lo que no hay es verdadero amor sin sufrimiento. ¡Dichosos los que lloran por amor a la justicia ofendida, a los pobres abandonados, a los enfermos mal atendidos, a los afligidos carentes de consuelo! ¡Dichosos los que en nuestro apresurado mundo no pasan indiferentes junto a la miseria! ¡Dichosos los que son compasivos y solícitos para con los demás y son capaces de reconocer a Cristo en el hambriento, en el vagabundo y en el encarcelado!

Vivir a plenitud y para siempre

(De "Eternizar la vida" por Louis Evely)

Plenitud

Con frecuencia, dejo extrañados a quienes me escuchan al afirmar: «Debemos ser felices de inmediato, si no, no lo seremos nunca». Es una frase difícil de entender, pero reflexionemos: si nuestra felicidad dependiera de lo que nos falta, nunca seríamos felices.

Si no sabemos apreciar lo que tenemos, si no nos esforzamos en crear una vida cuyo sabor apreciemos, si simplemente esperamos una vida feliz, no la obtendremos nunca. Hemos de encontrar nuestras razones para ser felices allá donde estemos, en cualesquiera que sean nuestras condiciones... lo que no significa que nos esté prohibido mejorarlas.

Comprendamos bien esto: de nosotros sólo morirá lo que ya esté muerto, lo que no hayamos sabido mantener vivo. Lo que se depositará en nuestra tumba no será un cuerpo que volverá algún día a ser lo que fue. No, allí se depositará un desecho que ya es inadecuado para la vida. Lo que de nosotros resucitará será nuestra personalidad viva, la que hayamos sabido crear a partir de nuestros propios elementos.

Sólo la vida es portadora de vida. Sólo un ser vivo que ama, que confía en la vida, puede contagiar vida. Sólo él nos convence de que esta vida es más fuerte que la meramente biológica y puede durar para siempre. No hay vida verdaderamente humana si no estamos habitados por la esperanza de vivirla plenamente, de sacar partido de todas sus etapas y de aprovecharla para enriquecernos. De hecho, todo nuestro trabajo consiste en prepararnos para «despegar», para después aterrizar en un espacio más vasto.

La auténtica conversión consiste en el encuentro con una realidad de la que ya se vivía, con una palabra de verdad que ilumina. En este sentido, el Evangelio es para mí una revelación.

Jesús habla muy poco de la vida después de la muerte. Se refiere a ella en los términos convencionales de su época. Menciona una boda, un banquete, el vino nuevo y el paraíso para el buen ladrón.

Pero, en su enseñanza, Jesús habla de una vida eterna, que no es en absoluto futura, en la que hay que participar de inmediato. Una vida que hay que vivir desde el momento presente. Jesús habla de una conversión inmediata, por la cual quien comienza a creer en él tiene la vida eterna y jamás verá la muerte.

La predicación evangélica tiene un carácter de urgencia. No esperéis, no os hagáis ilusiones sobre una vida futura que vais a merecer por vuestras buenas obras. No; el reino de Dios está «ya» en medio de vosotros. ¿Participaremos en él o nos quedaremos fuera? Hay que decidirse ahora mismo.

Con qué vivir para siempre

Jesús nos dice: «Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque haya muerto, vivirá. Quien vive y cree en mí no morirá jamás».

Ésta es la fe en la resurrección. Quien esté animado de esta fe, animado por este mismo amor, tendrá con qué vivir para la eternidad.

Vivirás para siempre de aquello de lo que has empezado a vivir ahora.

Todos hemos experimentado ya el reino de Dios, desde el momento en que los hombres se aman, en que establecen entre ellos una verdadera comunicación, un verdadero reparto de los bienes, de la palabra, del perdón. Nunca existirá otra vida sino la que hayamos comenzado ya a vivir. No hay otro mundo. Y si Cristo está con nosotros hasta la consumación de los siglos, siempre está ocupado en la redención, en la liberación, en la reunión de todos los hijos de Dios para que formen un solo cuerpo.

En definitiva: ¿optamos desde ahora por vivir con Él para la eternidad?

Atreverse a ser feliz en un mundo infeliz

(De "Cada día es un alba" por Louis Evely)

¿Cómo pueden conciliarse la conmiseración y la alegría? ¿Cómo hacerlas cohabitar en el corazón? ¿Cómo soportar nuestra impotencia ante los egoísmos encontrados, ante el hermano que despedaza a su propio hermano, ante la angustia, ante la violencia y la contra-violencia rampante, ante las desavenencias familiares, ante el hambre y las guerras en el Tercer Mundo...?

A veces me parece de un egoísmo verdaderamente cruel el dar gracias por la vida, por la salud, por la paz, por la belleza, por el afecto de los seres queridos...

Pero ¿es justo el reprocharse uno a sí mismo sus alegrías, el sentirse culpable por no sufrir continuamente con quienes sufren? Por supuesto que no podemos permanecer indiferentes ante el mal que hay en el mundo, pero el obligarse a pensar obsesivamente en el sufrimiento y la muerte de los demás es exponerse a morir uno mismo. ¿De qué les serviría a ellos que nosotros nos dejáramos abrumar por semejante compasión?

Puede incluso haber mucho egoísmo en el hecho de complacerse en la tristeza, la desesperación y la culpabilidad, dispensándose así de hacer uno en su propio entorno lo poco que está en su poder y para lo que es absolutamente necesario conservar el equilibrio y la confianza.

Hay «almas generosas» que pretenden persuadirnos de que somos responsables de todas las injusticias pasadas y presentes; pero, al reducirnos a la desesperación, nos impiden aliviar aquellas injusticias con respecto a las cuales podríamos realmente hacer algo.

Por otra parte, ¿no es una escapatoria el tratar de imaginar lo que sufren los demás, con el fin de negar la bondad de la vida? Aquellas personas que son para nosotros motivo (o simplemente ocasión)
para desesperarnos, tal vez son capaces de vivir y amar la vida, que ellos experimentan en toda su radicalidad y en su simplicidad, mientras que quizá nosotros hemos perdido el gusto por la vida a fuerza de refinamientos y de lujos. Nos imaginamos que sufren por carecer precisamente de ese «gusto por la vida» que marca la diferencia entre ellos y nosotros, o porque no han experimentado el verdadero sentido de la vida, cuando es precisamente el sufrimiento lo que muchas veces obliga a buscarlo.

Cada cual debe hacer el mismo acto de fe en la vida, en sí y en los demás, y cada cual puede hacerlo, aunque no sea fácil para nadie.

Nuestra desesperación no se debe a la desdicha de los demás, sino a nuestra propia inconsciencia o a nuestro propio desaliento. Como no tenemos fe en la vida, en la fuerza de vida y de amor que hay en nosotros, olvidamos que ellos sí poseen dicha fe, y que tal vez la viven y la reconocen mucho mejor. Creemos desesperarnos por sus sufrimientos, pero en realidad es por la debilidad de nuestra esperanza.

Decía el pastor Wagner: «Si resulta que hay centenares de heridos y tú sólo puedes recoger a uno de ellos, recoge al menos a ése. S¡ resuíta que hay miíes de aimas angustiadas y tú no puedes consolar más que a una de ellas, consuela al menos a ésa. No te dejes arrastrar a la inacción por el hecho de que no puedes hacerlo todo».

Y a una visitante absolutamente abatida ante el espectáculo de la multitud de enfermos y agonizantes carentes de la ayuda necesaria, le decía la madre Teresa: «No piense usted en todos aquellos por los que no puede hacer nada, sino ocúpese únicamente de uno. El excederse de las propias fuerzas no conduce más que a no hacer uso de ellas».

¿Será preciso añadir que, evidentemente, lo que el individuo puede y debe hacer no basta? Es menester, además, unirse y ejercer un influjo colectivo sobre la opinión pública y sobre los gobiernos,
a fin de que dejen de encerrarse en su despiadado egoísmo.

Un sentido para la vida

(De "Eternizar la vida" por Louis Evely)

Cada uno de nosotros es, mediante toda su existencia, el testimonio, la expresión, la manifestación del sentido que da a su vida. Una vida justa, un instinto certero del valor de la vida, aun cuando no se pueda expresar o se exprese mal, vale infinitamente más que la expresión adecuada de una vida mal vivida. Para míes un principio absoluto que todo lo que se vive y se piensa realmente tiene un valor ante el cual se inclinan todos los argumentos.

Creo que lo que ha dado profundidad a la influencia de Jesús es que él revelaba, mediante su propia vida, un sentido que todos percibimos veladamente. No me refiero a los intelectuales que habían separado sus ideas de su vida, sino a las gentes sencillas que, por el contrario, sentían de inmediato que Jesús los conmovía y les hablaba certeramente. Verificaban por sí mismos la autenticidad de su palabra y reconocían en lo que decía lo que no habían podido pensar por sí mismos, pero percibían como verdadero.

Todo el mundo tiene un conocimiento de Dios; todo el mundo tiene un conocimiento de la verdad, aun cuando no lo sepa. Lo único que podemos hacer por los demás es levantar un poco el velo que oculta a esa presencia. Lo esencial de la enseñanza religiosa debería apelar, como hacía Jesús, a la experiencia. Es inútil hablar de algo que no sea la riqueza que se halla en cada uno. Y entonces es cuando la palabra, en lugar de encadenar a un amo del que se es tributario, nos libera. Al reconocer en nuestra experiencia la verdad de lo que se nos ha enseñado, es como podemos empezar a caminar con nuestro propio bagaje vital.

Es evidente que para muchos hombres de nuestro tiempo la vida carece de sentido. Su vida les parece absurda, y se trata de un fenómeno cada vez más extendido. ¿Por qué este cambio? Porque antaño no había elección: la búsqueda de la subsistencia ocupaba cada instante; se estaba obligado a sobre-vivir. Por otra parte, había un consenso, existía unanimidad en aceptar una concepción indiscutida del universo. Todo el mundo creía, sobre poco más o menos, que el sentido de la existencia conducía al cielo, al infierno o al purgatorio... o, como decía el padre Ganne, a anexos más o menos caldeados.

Actualmente, la mayoría cree que no hay ni Dios ni vida futura. Os confieso que a mí esto no me disgusta, porque ambos constituyen falsas soluciones al problema de la vida. Vivimos una época de exterioridad, en la que el vacío anímico y la incertidumbre generalizada producen personas desorientadas. La preocupación principal es la producción de objetos, el cambio de objetos (de coche, de frigorífico, de vestidos, de marido, de mujer), de cualquier cosa que pueda proporcionar la esperanza de que todo vaya mejor. Se trata de una civilización de la exterioridad, terriblemente eficaz, hay que reconocerlo, pero que sofoca toda forma de vida interior. Hay que distraerse a cualquier precio para evitar pensar. El resultado es que las personas de nuestro tiempo no saben disfrutar de la vida. Por tanto, es urgente preguntarse por el sentido de la vida, por su utilidad.

Pero ¿cómo encontrar un sentido a la vida antes de haberla experimentado y amado? Esto es lo que más necesita el mundo y de lo que más carece. En este terreno, tenemos que reaprenderlo todo, pues a este respecto hemos sido muy maltratados. Ni siquiera sabemos cómo usar las funciones más simples, como, por ejemplo, la respiración. Luego, mientras no se haya experimentado, sentido y amado la vida, ¿qué se podrá decir de ella?

No se vive cuando sólo se vive de intenciones, buscando razones para vivir. Muchos llenan su vacío con ocupaciones, con distracciones e incluso... con «deberes». ¿Hay algo más triste que negarse el derecho a vivir? Creemos que debemos justificar nuestra vida por la producción, el rendimiento, la eficacia, como si la existencia personal no tuviera valor. ¡Cuántas prótesis nos hemos fabricado para eximirnos de vivir! Pues bien, darse cuenta de lo que es la vida, de la riqueza que hay en cada uno de nosotros, de la posibilidad que se nos ofrece de libertad y de amor, es la primera consciencia de Dios que tenemos.

Gozar de Dios es gozar de la vida

No sientes más amor y respeto por Dios que los que sientas por tu propia vida. No tienes más confianza en Dios que la que tengas en tu vida, porque son lo mismo. «He venido para que tengan vida». «Doy mi vida, soy la vida. Quien crea en mí vivirá...» Gozar de Dios es gozar de la propia vida. Sólo podemos gozar de Dios en nuestra vida, en la riqueza interior que va creciendo cuando creemos en nosotros y en la vida. Dios no es una idea en nuestra cabeza; no nos serviría de nada. Dios debe ser sentido, vivido personalmente en cada instante de nuestra vida, pues lo que él nos ofrece es su propia vida, una vida plenamente humana. Puede tratarse incluso de una vida de enfermo, y una vida de enfermo puede ser muy hermosa si se vive de la vida misma de Dios.

En tal caso, ¿es buena idea orar pidiendo curación? ¿Quién puede saber si es bueno para el enfermo curarse? Lo que hay que hacer es ayudarle a ser feliz estando enfermo, cuidarle, alegrarle con nuestra amistad, nuestras visitas, nuestras atenciones; con todo lo que nos parezca interesante y que le permita participar de la vida.

Es bueno orar para que el enfermo sea feliz aun estando enfermo. Quizás entonces esa misma felicidad le cure. Yo creo en esa clase de milagros.

Creo que a Dios le ha parecido bien crear seres vivos que se abran a la vida, progresen, se amen, crezcan y sientan la alegría de vivir. Tal es la misión que nos confía en la tierra. Y la mejor acción de gracias no consiste en entonar alabanzas, sino en existir en plenitud, en resplandecer de felicidad, en testimoniar que estamos habitados y animados. El cristiano no es alguien más inteligente, instruido y virtuoso que los demás; es alguien que se sabe «habitado» y que, por ello, experimenta una alegría y una confianza extraordinarias.

La eternidad en el tiempo

(De "Eternizar la vida" por Louis Evely)

En nuestra vida cotidiana, también se presentan experiencias del más allá, ráfagas de eternidad, experiencias de vida espiritual que nos hacen comprender la realidad de esta vida fuera del tiempo, al margen de la vida biológica.

Primera experiencia: el arte

El arte es la expresión de nuestra nostalgia de un mundo diferente, de un universo más expresivo, más vivo, más elocuente, más significativo, más rico y más espiritualizado que el nuestro. En esto consiste la obra de arte. El arte nos introduce en el mundo de la gratuidad, en el que no se trata de adquisición, de posesión, de avidez. Sólo necesito contemplar la obra de arte, sumirme en ella, fundirme con ella. En la contemplación de la obra me olvido de mí mismo, hago una experiencia de muerte y resurrección (y lo mismo sucede con la música). Muero a mis preocupaciones cotidianas, a mis ambiciones, a mis pretensiones, y solamente me absorbe el asombro que el artista me proporciona. Y todo ello sin envidia; me basta con que esté. Muero a mí mismo y resucito a una vida distinta. Estoy a la vez en el tiempo y fuera de él. Ya no me preocupo ni del pasado ni del futuro. Vivo el éxtasis del instante. Podría durar por siempre si mi vida biológica no se acordara de mí. Pero entonces siento cansancio y rápidamente pierdo la intensidad de la atención.

Segunda experiencia: la oración

¿Qué es orar? Es cambiar de nivel vital; es entrar en un mundo diferente. Llevo conmigo mis tristezas, mis frustraciones, mis iras, mis ambiciones... y me introduzco en el mundo de Dios. Poco a poco, me abro a un mundo de alegría, de aceptación, de unificación, de total adhesión. Es una unión intensa con la fuente misma de mi existencia para sentirla manar como nunca en mí. Orar es morir y resucitar. Morimos a nuestra propia voluntad y despertamos a otra voluntad infinitamente más pacificadora y poderosa que la nuestra. Morimos a toda una parte de nosotros mismos que está demasiado inquieta, demasiado activa, demasiado presente, y despertamos a esa otra parte que generalmente tenemos adormecida cuando no embotada. Pero esta parte puede resucitar continuamente, mucho más viva que la que en definitiva creíamos vivir.

Tercera experiencia: el amor

Creo que todo el mundo ha podido tener la experiencia, o al menos el presentimiento, de qué es el amor, esta tercera ventana abierta al infinito. ¿Qué es el amor? Es encontrar una infinita satisfacción en alguien. Es perderse para reencontrarse enajenadamente en otro que nos ama y encontrar en él la plenitud de la alegría. Yo nunca habría descubierto mi humanidad si no me la hubieran revelado los seres que me han amado. En el amor no hay ni cálculo ni posesión. ¡Qué maravilla que exista y que me colme! El amor permite mirar cara a cara a la muerte, pues, cuando amamos profundamente, sabemos que hemos alcanzado un valor que la muerte no puede destruir. Hemos salido de nosotros mismos y hemos encontrado una realidad superior a la que podemos entregar nuestras vidas... y que es capaz de hacernos vivir por siempre.

La última experiencia

Pero, si no hemos podido beneficiarnos de ninguna de estas tres experiencias, la vida aún nos ofrece una cuarta oportunidad para que nos abramos a la trascendencia: la propia muerte.

A quienes no han descubierto las otras ventanas al más allá, a quienes no han orado, a quienes no han conocido el amor, a quienes no han sido sensibles a la belleza, se les ofrece una última oportunidad de abrirse al infinito.

En su momento, escucharán este mensaje: «¿No puedes renunciar a tus pobres posesiones; no puedes abrir las manos, abandonar lo que constituía tu triste vida, para confiar en otro valor y ponerte en otras manos? ¿No quieres aceptar traspasar un nuevo umbral confiando en el futuro? En el transcurso de tu vida, con mucha frecuencia has tenido que confiar. En tu nacimiento, recibiste una vida de la que ignorabas todo. Cuando elegiste tu profesión, tuviste que confiar en un camino que te era desconocido. Cuando elegiste a tu mujer, a tu marido, tuviste que confiar en alguien a quien no conocías completamente. Y cuando trajiste un hijo al mundo, tuviste que confiar en las capacidades que en ti existían para criarle y en él para crecer. Y ahora, ante la muerte, ¿te negarás a entregarte? ¿Será la primera vez que no confíes?»

Ante la muerte, debemos dejarnos llevar, como en la oración, como ante el amor, como ante la belleza.

Si supiéramos amar, orar y asombrarnos, sabríamos morir.