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Juan 10,11-18: El buen Pastor


En aquel tiempo dijo Jesús a los fariseos:
-Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estrago y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas.
Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas.
Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño un solo Pastor.
Por eso me ama el Padre: porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para quitarla y tengo poder para recuperarla. Este mandato he recibido del Padre.

REFLEXIÓN (de "Espíritu y mensaje de la liturgia dominical - Año B" por Johan Konings):

El tema central de la liturgia de hoy es la alegoría del buen pastor (como siempre en el 4to domingo pascual). En la primera parte de la alegoría, leída en el Año A, Juan comparó a Jesús con la puerta del aprisco, puerta por la cual entra el pastor y sale el rebaño, conducido por el pastor. Quien no entra por Cristo, la puerta, no es pastor, sino salteador. En la segunda parte, leída hoy, Cristo es el propio pastor, en oposición a los mercenarios: imágenes tomadas de Ez 34. Los mercenarios no dan su vida por el rebaño. Jesús, sí.

Todo el mundo entiende esta comparación, en su sentido obvio: Jesús dio, en la cruz su vida por nosotros. Pero para Juan, esconde un sentido más profundo: la vida que Jesús da no es solamente la vida física que él pierde en favor nuestro, sino la vida de Dios que él nos comunica (precisamente al perder su vida física por nosotros). Esta idea constituye la unión con la imagen anterior (la puerta): en Jn 10,10b, Jesús dice que él vino para "dar la vida", y la da en abundancia; y continúa en 10,11, señalando su propia vida como vida en abundancia que él da. En los vv 17-18 se ve, entonces, que él da esta vida con soberanía divina (él tiene el poder de retomarla; nadie se la quita): entregándose por nosotros, nos hace participar de la vida divina, porque entramos en la comunión del amor de Jesús y de quien lo envió.

La vida que Jesús nos da es el amor del Padre, que nos hace vivir verdaderamente y nos hace sus hijos. Ahora ya tenemos una cierta experiencia de eso, a saber, en la práctica de este amor que se nos dio. Pero esta experiencia es todavía inicial; se manifiesta plenamente cuando Cristo se manifieste totalmente en su gloria: entonces seremos semejantes a él. Desde ya, nuestra participación de esta vida divina nos coloca en una situación aparte: en la comunidad del amor fraterno, que el mundo no quiere conocer y, por eso, rechaza. Es la "diferencia cristiana".

Pero la diferencia cristiana no es cerrada, sino abierta. Es una identidad no autosuficiente, sino comunicativa. Juan insiste varias veces en este punto: Jesús es la víctima de expiación de los pecados no solamente de nosotros, sino de todo el mundo; Jesús tiene todavía otras ovejas, que no son "de este redil". El amor, que es la vida divina, comunicada por el Padre en la donación del hijo, se realiza de manera ejemplar en la comunidad de los fieles bautizados, practicantes y sociológicamente unidos. Pero no se restringe a esta comunidad. No solo porque existen otras comunidades, sino porque la salvación es para todos.

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Juan 10,11-18: Yo soy el buen Pastor


En aquel tiempo dijo Jesús a los fariseos:

-Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estrago y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño un solo Pastor. Por eso me ama el Padre: porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para quitarla y tengo poder para recuperarla. Este mandato he recibido del Padre.

REFLEXIÓN (de la homilía del P. Raniero Cantalamessa):

Se llama al IV domingo del tiempo pascual «domingo del Buen Pastor». Para comprender la importancia que tiene en la Biblia el tema del pastor hay que remontarse a la historia. Los beduinos del desierto nos brindan hoy una idea de la que fue, en un tiempo, la vida de las tribus de Israel. En esta sociedad la relación entre pastor y rebaño no es sólo de tipo económico, basada en el interés. Se desarrolla una relación casi personal entre el pastor y el rebaño. Pasan días y días juntos en lugares solitarios, sin nadie más alrededor. El pastor acaba conociendo todo de cada oveja; la oveja reconoce y distingue entre todas la voz del pastor, quien frecuentemente habla con las ovejas. 

Esto explica por qué Dios se ha servido de este símbolo para expresar su relación con la humanidad. Uno de los salmos más bellos del salterio describe la seguridad del creyente de tener a Dios como pastor: «El Señor es mi pastor, nada me falta...».

Posteriormente se da el título de pastor, por extensión, también a quienes hacen las veces de Dios en la tierra: los reyes, los sacerdotes, los jefes en general. Pero en este caso el símbolo se divide: ya no evoca sólo imágenes de protección, de seguridad, sino también las de explotación y opresión. Junto a la imagen del buen pastor hace su aparición la del mal pastor, la del mercenario. En el profeta Ezequiel encontramos una terrible acusación contra los malos pastores que se apacientan sólo a sí mismos, y a continuación la promesa de Dios de ocuparse Él mismo de su rebaño.

Jesús en el Evangelio retoma este esquema del buen y mal pastor, pero con una novedad: «¡Yo -dice- soy el Buen Pastor!». La promesa de Dios se ha hecho realidad, superando cualquier expectativa. Cristo hace lo que ningún pastor, por bueno que fuera, estaría dispuesto a hacer: «Yo doy mi vida por las ovejas».

El hombre de hoy rechaza con desdén el papel de oveja y la idea de rebaño, pero no se percata de que está completamente dentro. Uno de los fenómenos más evidentes de nuestra sociedad es la masificación. Nos dejamos guiar de manera supina por todo tipo de manipulación y de persuasión oculta. Otros crean modelos de bienestar y de comportamiento, ideales y objetivos de progreso, y nosotros los seguimos; vamos detrás, temerosos de perder el paso, condicionados y secuestrados por la publicidad. Comemos lo que nos dicen, vestimos como nos enseñan, hablamos como oímos hablar, por eslogan. El criterio por el que la mayoría se deja guiar en la propias opciones es el «Così fan tutti» («Todos son así») de mozartiana memoria.

Mirad cómo se desarrolla la vida de la multitud en una gran ciudad moderna: es la triste imagen de un rebaño que sale junto, se agita y se amontona a hora fija en los vagones del tren y del metro y después, por la tarde, regresa junto al redil, vacío de sí y de libertad. Sonreímos divertidos cuando vemos una filmación a cámara rápida con las personas que se mueven a saltos, velozmente, como marionetas, pero es la imagen que tendríamos de nosotros mismos si nos miráramos con ojos menos superficiales.

El Buen Pastor que es Cristo nos propone hacer con Él una experiencia de liberación. Pertenecer a su rebaño no es caer en la masificación, sino ser preservados de ella. «Donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad» (2 Corintios 3, 17), dice San Pablo. Allí surge la persona con su irrepetible riqueza y con su verdadero destino. Surge el hijo de Dios aún escondido, del que habla la segunda carta de este domingo: «Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos».

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