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Mateo 1,18-24: Él salvará a su pueblo de los pecados


La concepción de Jesucristo fue así:

La madre de Jesús estaba desposada con José, y antes de vivir juntos resultó que ella esperaba un hijo, por obra del Espíritu Santo.

José, su esposo, que era bueno y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero apenas había tomado esta resolución se le apareció en sueños un ángel del Señor, que le dijo:
-José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.
Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el profeta:
Mirad:
la virgen concebirá y dará a luz un hijo, 
y le pondrá por nombre Emmanuel 
(que significa: «Dios-con-nosotros»).
Cuando José se despertó hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.

REFLEXIÓN (de "La infancia de Jesús" por Joseph Ratzinger - Benedicto XVI):

A la comunicación sobre la concepción del niño en virtud del Espíritu Santo, sigue un encargo: María «dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados» (Mt 1,21). Junto a la invitación de tomar con él a María como su mujer, José recibe la orden de dar un nombre al niño, adoptándolo así legalmente como hijo suyo. Es el mismo nombre que el ángel había indicado también a María para que se lo pusiera al niño: el nombre Jesús (Jeshua) significa YHWH es salvación. El mensajero de Dios que habla a José en sueños aclara en qué consiste esta salvación: «Él salvará a su pueblo de los pecados.»

Con esto se asigna al niño un alto cometido teológico, pues sólo Dios mismo puede perdonar los pecados. Se le pone por tanto en relación inmediata con Dios, se le vincula directamente con el poder sagrado y salvífico de Dios. Pero, por otro lado, esta definición de la misión del Mesías podría también aparecer decepcionante. La expectación común de la salvación estaba orientada sobre todo a la situación penosa de Israel: a la restauración del reino davídico, a la libertad e independencia de Israel y, con ello, también naturalmente al bienestar material de un pueblo en gran parte empobrecido. La promesa del perdón de los pecados parece demasiado poco y a la vez excesivo: excesivo porque se invade la esfera reservada a Dios mismo; demasiado poco porque parece que no se toma en consideración el sufrimiento concreto de Israel y su necesidad real de salvación.

En el fondo, en estas palabras se anticipa ya toda la controversia sobre el mesianismo de Jesús: ¿Ha redimido verdaderamente a Israel? ¿Acaso no ha quedado todo como antes? La misión, tal como él la ha vivido, ¿es o no la respuesta a la promesa? Seguramente no se corresponde con la expectativa de la salvación mesiánica inmediata que tenían los hombres, que se sentían oprimidos no tanto por sus pecados, cuanto más bien por su penuria, por su falta de libertad, por la miseria de su existencia.

Jesús mismo ha suscitado drásticamente la cuestión sobre la prioridad de la necesidad humana de redención en aquella ocasión en que cuatro hombres, a causa del gentío, no podían introducir al paralítico por la puerta y lo descolgaron por el techo, poniéndolo a sus pies. La propia existencia del enfermo era una oración, un grito que clamaba salvación, un grito al que Jesús, en pleno contraste con las expectativas del enfermo mismo y de quienes lo llevaban, respondió con estas palabras: «Hijo, tus pecados quedan perdonados» (Mc 2,5). La gente no se esperaba precisamente esto. No encajaba con sus intereses. El paralítico debía poder andar, no ser liberado de los pecados. Los escribas impugnaban la presunción teológica de las palabras de Jesús; el enfermo y los hombres a su alrededor estaban decepcionados, porque Jesús parecía hacer caso omiso de la verdadera necesidad de este hombre.

Pienso que toda la escena es absolutamente significativa para la cuestión de la misión de Jesús, tal como se describe por primera vez en la palabra del ángel a José. Aquí se tiene en cuenta tanto la crítica de los escribas como la expectativa silenciosa de la gente. Que Jesús es capaz de perdonar los pecados lo muestra ahora mandando al enfermo, ya curado, que tome su camilla y eche a andar. No obstante, de esta manera queda a salvo la prioridad del perdón de los pecados como fundamento de toda verdadera curación del hombre.

El hombre es un ser relacional. Si se trastoca la primera y fundamental relación del hombre —la relación con Dios— entonces ya no queda nada más que pueda estar verdaderamente en orden. De esta prioridad se trata en el mensaje y el obrar de Jesús. Él quiere en primer lugar llamar la atención del hombre sobre el núcleo de su mal y hacerle comprender: Si no eres curado en esto, no obstante todas las cosas buenas que puedas encontrar, no estarás verdaderamente curado.

En este sentido, la explicación del nombre de Jesús que se indicó a José en sueños es ya una aclaración fundamental de cómo se ha de concebir la salvación del hombre, y en qué consiste por tanto la tarea esencial del portador de la salvación.

En Mateo, al anuncio del ángel a José sobre la concepción y nacimiento virginal de Jesús, siguen dos afirmaciones integrantes.

El evangelista muestra en primer lugar que con ello se cumple todo lo que había anunciado la Escritura. Esto forma parte de la estructura fundamental de su Evangelio: proporcionar a todos los acontecimientos esenciales una «prueba de la Escritura»; dejar claro que las palabras de la Escritura aguardaban dichos acontecimientos, los han preparado desde dentro. Así, Mateo enseña cómo las antiguas palabras se hacen realidad en la historia de Jesús. Pero muestra al mismo tiempo que la historia de Jesús es verdadera, es decir, proviene de la Palabra de Dios, y está sostenida y entretejida por ella.

Después de la cita bíblica, Mateo completa la narración. Refiere que José se despertó y procedió como le había mandado el ángel del Señor. Llevó consigo a María, su esposa, pero, «sin haberla conocido», ella dio a luz al hijo. Así se subraya una vez más que el hijo no fue engendrado por él, sino por el Espíritu Santo. Por último, el evangelista añade: «Él le puso por nombre Jesús» (Mt 1,25).

También aquí, y de modo muy concreto, se nos presenta de nuevo a José como «hombre justo»: su estar interiormente atento a Dios —una actitud gracias a la cual puede acoger y comprender el mensaje— se convierte espontáneamente en obediencia. Si antes se había puesto a cavilar con su propio talento, ahora sabe lo que es justo y lo que debe hacer. Como hombre justo, sigue los mandatos de Dios, como dice el Salmo 1.

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Mateo 1,18-24: La anunciación a san José


La concepción de Jesucristo fue así: La madre de Jesús estaba desposada con José, y antes de vivir juntos resultó que ella esperaba un hijo, por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era bueno y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero apenas había tomado esta resolución se le apareció en sueños un ángel del Señor, que le dijo:

-José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.

Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el profeta: Mirad, la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel (que significa: «Dios-con-nosotros»).

Cuando José se despertó hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.

REFLEXIÓN:

Estamos en el cuarto Domingo de Adviento, la Navidad está cada vez más próxima. La luz de nuestros corazones debe estar en similar y armónica intensidad acorde con la luz de la corona de Adviento, cuyo cuarto cirio es encendido hoy. Cristo es la luz del mundo y nuestros corazones deben disponerse para albergarlo y disipar las tinieblas de nuestros pecados.

En los Domingos precendentes de este Adviento, hemos presenciado la activa participación de dos personajes principales de este tiempo; ellos son Isaías, el profeta del anuncio, y Juan el Bautista, el precursor encargado de preparar el camino para la llegada del Salvador.

En esta parte final del Adviento aparece un tercer personaje de gran importancia. Nos referimos a la virgen María, cuya aceptación a participar en el misterio de la encarnación del Hijo de Dios fue esencial para que, llegada la plenitud de los tiempos, la salvación del mundo fuese posible. En el texto de hoy, aparece con ella José, cuya participación es también de primer orden, aunque opacada muchas veces por el brillo involuntario, pero merecido, de su esposa.

Como es sabido, las costumbres matrimoniales de la sociedad y época del nacimiento de Jesús implicaban un compromiso efectuado en la pubertad de la novia, a partir del cual, sin los novios tener relaciones íntimas, eran ya considerados casados. Al cabo de cierto tiempo la pareja pasaba a convivir juntos y consumar el matrimonio. Es precisamente en la primera etapa en que se encontraba la relación entre José y María, cuando éste se da cuenta que ella está embarazada sin la intervención de él.

El pasaje de hoy nos dice que José, quien aunque tenía la creencia de que había ocurrido un adulterio, no pensó en denunciarla públicamente ya que esto hubiese generado la condena a una humillante muerte mediante lapidación de María. Al llamarle justo, Mateo resalta que José era un hombre piadoso, cumplidor de los mandatos de Dios; su intención era simular un divorcio y apartarse de María, pero de tal modo que no la perjudicara hasta el punto de su descrédito y muerte. María está pasando por la primera de las tantas dificultades que su aceptación a ser la Madre de Jesús le acarrearía.

Es entonces que acontece la anunciación que en sueños le hace el ángel a José; al indicarle que "" le pondrás el nombre, aunque dicho nombre ya estuviese previamente señalado, está diciéndole que él haría la función de padre legal de la criatura, y que estaría a cargo de su cuidado y protección. Encargo que no habría de ser nada sencillo en sus comienzos, por causa de los peligros que acechaban al niño y que son narrados más adelante en el Evangelio de Mateo.

La aceptación de José a las instrucciones del ángel, propia de su categoría de justo y creyente, conlleva a la realización del plan de Dios para la salvación de la humanidad. Igualmente contribuyó a ello el cuidado que durante toda su vida este santo hombre ejerció con esmero tanto en María como en el niño Jesús.

Este humilde obrero, cumpliendo las funciones de buen papá y de acuerdo a las costumbres de la época, transmitió además los conocimientos de su oficio de carpintero a quien habría de ser conocido en su vecindario como hijo suyo. Alrededor de 30 años después, el centurión romano que comandaba en Jerusalén las tropas de ejecución, habría de reconocer la verdadera filiación de aquel que una vez había sido considerado como el hijo del carpintero, y que en ese momento acababa de cumplir su misión cargando con los pecados del mundo, diciendo: "Verdaderamente éste era Hijo de Dios" (Mateo 27,54)

Sigamos avanzando en este tiempo de Adviento que está próximo a culminar, continuemos preparando nuestros corazones, para que convertidos al Señor celebremos el nacimiento en nuestro interior del Hijo  de Dios que viene a salvarnos.

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