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Juan 18,33-37: Mi reino no es de este mundo


En aquel tiempo, preguntó Pilato a Jesús:
-¿Eres tú el rey de los judíos?
Jesús le contestó:
-¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?
Pilato replicó:
-¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí: ¿Qué has hecho?
Jesús le contestó:
-Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.
Pilato le dijo:
-Conque, ¿tú eres rey?
Jesús le contestó:
-Tú lo dices: Soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.

REFLEXIÓN (de "El año litúrgico - Celebrar a Jesucristo" por Adrien Nocent):

La escena transcurre en el interior del pretorio, donde Pilato interroga a Jesús. Se percibe allí a Pilato interesado y de hecho turbado por la personalidad de Jesús. Se pregunta sinceramente quién es. Lo manifiesta su pregunta, en la que no habría que ver una ironía: "¿Eres tú el rey de los judíos?". Jesús hace alusión a esa inquietud de un Pilato que se encubre: "¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?".

Pero Jesús no quiere ya ocultar su verdadera cualidad: "Tú lo dices: Soy Rey". Con todo, Pilato podría confundir las cosas. La realeza de Cristo es de orden espiritual, no de orden nacional.

En cuanto autoridad espiritual Jesús es rey, y esta autoridad pertenece a Dios. Su realeza no viene de este mundo; le ha sido confiada por el Padre. Jesús, por lo tanto, no es rey en el sentido político de la palabra, tal como Pilato podría entenderlo.

Sin embargo, Pilato ha dicho que Cristo era rey, y ha dicho verdad, si por ello entiende una realeza que escapa a toda consideración terrena. Porque la realeza de Cristo consiste en dar testimonio de la verdad.

Verdad no significa aquí una filosofía, sino la realidad eterna en contraposición a lo que pasa, la realidad de Dios. Jesús ha sido enviado y ha venido para transmitir a los hombres una realidad que libera, la realidad eterna, objeto esencial de la revelación por la que el Verbo se encarnó.

Esta escena del proceso de Jesús es paradójica. Pilato es juez de Jesús; en realidad, es Jesús quien juzga a Pilato; él es el Rey, el juez, porque es quien libera o condena, según que se reciba el testimonio de la verdad divina o que se rechace este testimonio.

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Juan 18,33-37: Cristo, Rey del universo


En aquel tiempo, preguntó Pilato a Jesús:

-¿Eres tú el rey de los judíos?

Jesús le contestó:

-¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?

Pilato replicó:

-¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí: ¿Qué has hecho?

Jesús le contestó:

-Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.

Pilato le dijo:

-Conque, ¿tú eres rey?

Jesús le contestó:

-Tú lo dices: Soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.

REFLEXIÓN (De la homilía del Papa Juan Pablo II del 23 de noviembre de 1997 en la Solemnidad de Cristo, Rey del universo): 

Este domingo, que concluye el año litúrgico, la Iglesia celebra la solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey del universo. Hemos escuchado en el evangelio la pregunta que Poncio Pilato hace a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Jesús responde, preguntando a su vez: «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?». Y Pilato replica: «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí: ¿qué has hecho?».

En este momento del diálogo, Cristo afirma: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí».

Ahora todo es claro y transparente. Frente a la acusación de los sacerdotes, Jesús revela que se trata de otro tipo de realeza, una realeza divina y espiritual. Pilato le pide una confirmación: «Conque, ¿tú eres rey?». Aquí Jesús, excluyendo cualquier interpretación errónea de su dignidad real, indica la verdadera: «Soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz».

Él no es rey como lo entendían los representantes del Sanedrín, pues no aspira a ningún poder político en Israel. Por el contrario, su reino va más allá de los confines de Palestina. Todos los que son de la verdad escuchan su voz, y lo reconocen como rey. Este es el ámbito universal del reino de Cristo y su dimensión espiritual.

«Para ser testigo de la verdad». En la lectura tomada del libro del Apocalipsis se dice que Jesucristo es «testigo fiel» (Ap 1, 5). Es testigo fiel, porque revela el misterio de Dios y anuncia el reino ya presente. Es el primer servidor de este reino. «Obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2, 8), testimoniará el poder del Padre sobre la creación y sobre el mundo. Y el lugar del ejercicio de su realeza es la cruz que abrazó en el Gólgota. Pero su muerte ignominiosa representa una confirmación del anuncio evangélico del reino de Dios. En efecto, a los ojos de sus enemigos esa muerte debía ser la prueba de que todo lo que había dicho y hecho era falso.

«Si es el rey de Israel, que baje ahora de la cruz y creeremos en él» (Mt 27, 42). No bajó de la cruz, pero, como el buen pastor, dio la vida por sus ovejas. Sin embargo, la confirmación de su poder real se produjo poco después, cuando, al tercer día, resucitó de entre los muertos, revelándose como «el primogénito de entre los muertos» (Ap 1, 5).

Él, siervo obediente, es rey, porque tiene «las llaves de la muerte y del infierno» (Ap 1, 18). Y, en cuanto vencedor de la muerte, del infierno y de satanás, es «el príncipe de los reyes de la tierra» (Ap 1, 5). En efecto, todas las cosas terrenas están inevitablemente sujetas a la muerte. En cambio, aquel que tiene las llaves de la muerte abre a toda la humanidad las perspectivas de la vida inmortal. Él es el alfa y la omega, el principio y el culmen de toda la creación, de modo que cada generación puede repetir: bendito su reino que llega.

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