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Marcos 4,35-40: ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!


Aquel día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos:
—Vamos a la otra orilla.
Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. El estaba a popa, dormido sobre un almohadón. Lo despertaron diciéndole:
—Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?
Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago:
—¡Silencio, cállate!
El viento cesó y vino una gran calma. El les dijo:
—¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?
Se quedaron espantados y se decían unos a otros:
—¿Pero, quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!

REFLEXIÓN (de "Celebrar a Jesucristo - El Año Litúrgico" por Adrien Nocent):

Significaría limitar considerablemente la significación de la lectura que se nos propone hoy si la redujéramos a la demostración del poder de Cristo sobre los elementos. Hay que ir mucho más allá.

Para comprender mejor el texto sometido hoy a nuestra consideración, hemos de considerar detenidamente lo que significan el agua y el mar en la Escritura.

Ya en el Génesis, el agua debe ser dominada, a fin de que pueda realizarse la creación del mundo. El salmo 94 canta al Señor que ha hecho el mar y todo cuato éste encierra. Es el Señor quien ha determinado sus límites, quien ha encerrado el mar con doble puerta (Job 38,8), quien le ha puesto límites (Prov 8,29). El tema del agua que el Señor hace brotar y de la que nacen tantos animales, según la cosmogonía antigua; el agua que el Señor divide con su poder, como ocurre en el Éxodo, y en la que viven tantos monstruos marinos, incluido Leviatán, a quien Dios creó "para jugar con él" (Sal 103,26); el tema del agua, repito, y el tema del mar han sido siempre muy del agrado de los hombres de la Biblia, muchos de los cuales son pecadores. Tienen del agua y del mar una concepción grandiosa. El salmo 106, que se canta como responso a la primera lectura, constituye un admirable poema del mar y expresa su esplendor y, al mismo tiempo, esa especie de terror sagrado que inspira.

De este modo se comprende mejor el estupor que se apodera de los apóstoles, aterrados por la tempestad, cuando ven cómo ésta es calmada por Jesús. También expresan su admiración, de un modo que Marcos formula con una interrogación pero que constituye más bien una alabanza: "¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!" Si somos capaces de entender como es debido lo que el mar significa para los discípulos, comprenderemos mejor la alabanza con que se cierra esta perícopa evangélica.

Este relato es boy, para nosotros, de gran valor. Estamos dispuestos, en teoría, a reconocer la divinidad de Cristo y el poderío de Dios; pero, ¿no hay circunstancias en las que nuestro instinto de hombres desconfiados se apodera de nosotros?

El sueño de Jesús durante la tempestad desempeña un importante papel en el relato. Para aquellos hombres, la tempestad es el mayor peligro que conocen. Posteriormente, nuestros modernos descubrimientos han multiplicado las posibilidades y la amplitud de las catástrofes. Pero para los apóstoles la tempestad constituye el peligro más angustioso que se pueda imaginar. El Señor, no obstante, duerme en el fondo de la barca. Los apóstoles manifiestan su terror: "Maestro, estamos perdidos". Y no pueden evitar hacer un reproche a Jesús: "¿No te importa que nos hundamos?".

Situémonos ahora en nuestra época. Jesús duerme, Dios no se ocupa de nosotros, que estamos metidos en la tempestad. ¿Cómo puede Dios tolerar las abominaciones que se han producido y siguen produciéndose? ¿Cómo puede tolerarse su no-intervención, tanto más cuanto que, si es Dios, debe ser bueno? Son preguntas e indignaciones que se nos plantean todos los días, incluso entre les cristianos. Dios duerme.

La respuesta de Jesús es dura: "¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?" Y, de hecho, Cristo, en el momento de su pasión, hallará en sus discípulos una fe tan débil, que Pedro no tendrá el valor de confesarla. En el momento de su resurrección encontrará las mismas vacilaciones con respecto a la fe en el advenimiento de la salvación y de la vida nueva. Los Padres de la Iglesia vieron en esta barca sacudida por la tempestad la imagen de la Iglesia misma. Y ¿no es cierto que en determinados momentos se ha podido creer que Jesús dormía en la barca que es su Iglesia, sin aparentemente reaccionar? Hay, pues, en todo esto (y Jesús lo declara personalmente) un problema de fe.

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Marcos 4,35-40: La tempestad calmada


Aquel día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos:

-Vamos a la otra orilla.

Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. El estaba a popa, dormido sobre un almohadón. Lo despertaron diciéndole:

-Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?

Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago:

-¡Silencio, cállate!

El viento cesó y vino una gran calma. El les dijo:

-¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?

Se quedaron espantados y se decían unos a otros:

-¿Pero, quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!


REFLEXIÓN (Comentario del P. Raniero Cantalamessa):

El Evangelio de este Domingo es el de la tempestad calmada. Al atardecer, después de una jornada de intenso trabajo, Jesús sube a una barca y les dice a los apóstoles que vayan a la otra orilla. Agotado por el cansancio, se duerme en popa. Mientras tanto se levanta una gran tempestad que anega la barca. Asustados, los apóstoles, despiertan a Jesús, gritándole: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?». Tras levantarse, Jesús ordena al mar que se calme: «¡Calla, enmudece». El viento se calmó y sobrevino una gran bonanza. Después, les dijo: « ¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?».

Vamos a tratar de comprender el mensaje que nos dirige hoy esta página del Evangelio. La travesía del mar de Galilea indica la travesía de la vida. El mar es mi familia, mi comunidad, mi corazón mismo. Pequeños mares, en los que se pueden desencadenar, como sabemos, tempestades grandes e imprevistas. ¿Quién no ha conocido algunas de estas tempestades, cuando todo se oscurece y la barquita de nuestra vida comienza a hacer agua por todas las partes, mientras Dios parece que está ausente o duerme? Un diagnóstico alarmante del médico, y nos encontramos de repente en plena tempestad. Un hijo que emprende un mal camino dando de qué hablar y ya tenemos a los padres en plena tempestad. Un revés financiero, la pérdida del trabajo, el amor de novio, del cónyuge, y nos encontramos en plena tempestad. ¿Qué hacer? ¿A qué podemos agarrarnos y hacia qué lado podemos tirar el ancla? Jesús no nos da la receta mágica para escapar de todas las tempestades. No nos ha prometido que evitaremos todas las dificultades; nos ha prometido, sin embargo, la fuerza para superarlas, si se lo pedimos.

San Pablo nos habla de un problema serio que tuvo que afrontar en su vida y que llama «un aguijón en mi carne». «Tres veces» (es decir, infinitas veces), dice, rogó al Señor que le liberarse de él y ¿que le respondió? «Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza». Desde aquel día, nos dice, comenzó incluso a gloriarse de sus debilidades, persecuciones y angustias, hasta el punto de poder decir: «cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte» (2 Corintios 12, 7-10).

La confianza en Dios: este es el mensaje del Evangelio. En aquel día, lo que les salvó a los discípulos del naufragio fue el hecho de llevar a Jesús en la barca, antes de comenzar la travesía. Esta es también para nosotros la mejor garantía contra las tempestades de la vida. Llevar con nosotros a Jesús. El medio para llevar a Jesús en la barca de la propia vida y de la propia familia es la fe, la oración y la observancia de los mandamientos.

Cuando se desencadena en el mar la tempestad, al menos en el pasado, los marinos solían echar aceite sobre las olas para calmarlas. Nosotros echamos sobre las olas del miedo y de la angustia la confianza en Dios. San Pedro exhortaba a los primeros cristianos a tener confianza en Dios en las persecuciones, diciendo: «confiadle todas vuestras preocupaciones, pues Él cuida de vosotros» (1 Pedro 5, 7). La falta de fe que reprochó Jesús en esa ocasión a los discípulos se debe al hecho de poner en duda el que le «importe» su vida e incolumidad: «¿no te importa que perezcamos?».

Dios nos cuida, le importa nuestra vida, ¡y de qué manera! Una anécdota citada con frecuencia habla de un hombre que tuvo un sueño. Veía dos pares de huellas que se habían quedado grabadas en la arena del desierto y comprendía que un par de huellas eran las de sus pies y el otro par las de los pies de Jesús, que caminaba a su lado. En un cierto momento, un par de huellas desaparece, y comprende que esto sucedió precisamente en un momento difícil de su vida. Entonces se lamenta con Cristo, que le dejó sólo en el momento de la prueba. «Pero, ¡yo estaba contigo!», responde Jesús. «Cómo es posible que estuvieras conmigo, si en la arena sólo se ven las huellas de dos pies?». «Eran las mías -responde Jesús-. En esos momentos, te había cargado a hombros».

Recordémoslo cuando también nosotros sintamos la tentación de quejarnos con el Señor porque nos deja solos.

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