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Religión

Frase de san Juan Bosco:
"La religión siempre fue considerada
como el único sostén de la sociedad humana
y de las familias:
donde no hay religión no existen
ni moralidad ni orden."

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Dinero

Frase de san Juan Bosco:

El dinero no puede llenar el corazón del hombre,
sino el buen uso que de él se hace,
es lo que produce la verdadera satisfacción.

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Alimento

San Juan Bosco nos dice:
"Así como nuestro cuerpo se debilita y muere
si no lo alimentamos,
del mismo modo pierde nuestra alma su vigor
si no le damos lo que necesita:
el alimento del alma es la Palabra de Dios."

Huye de eso

Frase de Don Bosco:
"Cuando os encontréis con un compañero que profiere blasfemias,
desprecia la religión o procura alejaros del servicio de Dios,
o es malhablado o inmodesto,
huid de él como de la peste."

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La gloria siempre para Dios

Máxima de Don Bosco:
"Cuando en cualquier circunstancia se refieren a nuestra pobre persona como humilde instrumento del Señor que quiere servirse de nosotros, diremos siempre: por la gracia de Dios se ha hecho esto y por lo tanto, sólo a Él todo honor y gloria."

Hacer el bien

Don Bosco nos dice:
"La mejor manera de adquirir méritos
consiste en hacer el bien sin mirar a quien,
cada vez que esté a nuestro alcance,
sin esperar recompensa del mundo,
sino de Dios solamente."

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El paraíso

(De "El joven instruido" por San Juan Bosco)

Cuanto más espanta la consideración del infierno, tanto más consuela la del paraíso, que está preparado para todos los que aman y sirven a Dios en la vida presente. Para formarte una idea, considera una noche serena. ¡Qué hermoso es el cielo, con tanta multitud y variedad de estrellas! Unas son mayores que otras; y mientras algunas de ellas aparecen por el oriente, otras desaparecen por el occidente, siendo muy variadas por lo que hace al tamaño, color, etc., etc.; pero todas ellas se mueven en la inmensidad del espacio con admirable armonía y según la voluntad de Dios, su Creador.

Supón, además, que la luz del sol te deja ver durante el día la luna y las estrellas que hay en el firmamento; imagínate también todo lo que hay de precioso en el mar, en la tierra, en los diversos países y en los palacios de los reyes y monarcas de todo el mundo; añade a esto las más exquisitas bebidas, los alimentos más sabrosos, la música más dulce, la armonía más suave... Todo eso es nada comparado con la excelencia del paraíso.

¡Cuánto debemos desear la posesión de aquel lugar, donde se hallan todos los bienes, sin mezcla de mal alguno! El alma bienaventurada no podrá menos de exclamar; “Quedaré saturado de la gloria de mi Señor”.

Considera, además, la alegría que experimentará tu alma al entrar en el paraíso; saldrán a recibirla tus parientes y amigos, y allí verás la belleza de los querubines y serafines, de todos los coros de los ángeles y de todos los santos, que a millones rodean y bendicen a su Creador. Verás asimismo a los apóstoles, el inmenso número de mártires, confesores y vírgenes, y además una gran multitud de jóvenes que, por haberse conservado puros, cantan a Dios un himno de gloria inefable. ¡Oh, cuánto gozan en aquel reino todos sus moradores!

Siempre están alegres, pues no padecen el menor sufrimiento ni penas que vengan a turbar su paz y contento. Observa además, hijo mío, que todo esto no es nada en comparación del gran consuelo que experimentará el alma al ver a Dios.

El consuela a los bienaventurados con su amorosa mirada y derrama en su corazón torrentes de delicias. Así como el sol ilumina y embellece todos los objetos donde llega su luz, así ilumina Dios con su presencia todo el paraíso y colma a aquellos dichosísimos habitantes de los más dulces consuelos.

En El, como en un espejo, verás todas las cosas, gozarás de todos los placeres de la mente, de todas las satisfacciones del corazón. Al ver San Pedro, en el monte Tabor, el rostro de Jesús radiante de luz, fue colmado de tanta dulzura que, como fuera de sí, exclamó: “¡Oh Señor! ¡Qué bueno es estar aquí!...” ¡Qué alegría será el gozar no por un instante, sino para siempre, de la vista de aquel rostro que enamora a los apóstoles y a los santos y que embellece todo el paraíso! Y la hermosura y amabilidad de María, ¡de cuánto gozo inundará el corazón de los bienaventurados!

¡Qué amables son, Señor, tus tabernáculos!

Por eso, todos los coros de los ángeles y todos los bienaventurados cantarán alabanzas a Dios, diciendo:“Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de los ejércitos, a quien sea dado honor y gloria por los siglos de los siglos”.

Valor, pues, hijo mío; algo tendrás que sufrir en este mundo; mas no importa; el premio que te espera en el paraíso compensará infinitamente todos los males que hayas padecido en la vida presente. ¡Qué consuelo será el tuyo cuando te encuentres en el ciclo en compañía de tus padres, de tus amigos, de los santos, de los bienaventurados y puedas exclamar: “¡Estaré siempre con el Señor!”

Entonces bendecirás el momento en que dejaste el pecado, en que hiciste una buena confesión, frecuentaste los sacramentos; bendecirás el día en que, dejando las malas compañías, comenzaste a practicar la virtud; y, lleno de agradecimiento, te volverás a tu Dios y le cantarás alabanzas y gloria por todos los siglos de los siglos.

Así sea.

Devoción a María Santísima

(De "El joven instruido" por San Juan Bosco)

La devoción y el amor a María Santísima es una gran defensa, hijos míos, y un arma poderosa contra las asechanzas del demonio. Oíd la voz de esta buena Madre, que os dice: El que es niño, que venga a mí. Ella nos asegura que si somos sus devotos, nos colocará en el número de sus hijos, nos cubrirá con su manto, nos colmará de bendiciones en este mundo, y para el otro nos asegura el paraíso.

Amad, pues, a esta vuestra Madre celestial; acudid a ella de corazón, y estad ciertos de que cuantas gracias le pidáis os serán concedidas, siempre que no redunden en perjuicio de vuestras almas. Debéis, además, pedir con perseverancia tres gracias especiales, que son de absoluta necesidad para todos, pero particularmente para los jóvenes, a saber: La primera, que os ayude para no cometer ningún pecado mortal en toda vuestra vida. Las demás gracias, sin ella, carecerían de valor.

¿Sabéis qué quiere decir caer en pecado mortal? Quiere decir renunciar al título de hijo de Dios, para ser esclavo de Satanás; perder aquella belleza que ante los ojos de Dios nos hace tan hermosos como los ángeles, para ser semejantes a los demonios; perder todos los méritos ya adquiridos para la vida eterna; quiere decir estar expuestos a ser precipitados a cada momento en el infierno; quiere decir inferir una enorme injuria a la Bondad infinita, lo cual es el mayor mal que pueda imaginarse. Aun cuando María Santísima os obtuviera muchas gracias, de nada servirían si no os consiguiera la de no caer en pecado mortal. Esto debéis implorarle mañana y tarde y en todos vuestros ejercicios de piedad.

La segunda es conservar la preciosa virtud de la pureza, de que ya os he hablado. Si conserváis intacto ese precioso tesoro, seréis semejantes a los ángeles y vuestro ángel de la guarda os mirará como hermano y se complacerá en vuestra compañía.

Estas tres gracias son las más necesarias a vuestra edad, y bastarán para encaminaros en la senda por la cual llegaréis a ser hombres respetables en la edad madura y a obtener la gloria eterna, que María concede indudablemente a sus devotos.

¿Qué obsequio le ofreceréis para obtener estas gracias? Si podéis, rezad el santo rosario, o al menos no os olvidéis nunca de rezar cada día tres avemarías, y Gloria Patri con la jaculatoria “¡Madre querida, Virgen María, haced que yo salve el alma mía!”.

El pecado mortal

(De "El joven instruido" por San Juan Bosco)

¡Si supieras, hijo mío, lo que haces cometiendo un pecado mortal! Vuelves la espalda a Dios, que te ha colmado de beneficios; desprecias su gracia y su amistad. Le dices con los hechos:
“Alejaos de mí, Señor; no quiero ya obedeceros, serviros ni reconoceros por mis ojos. Quiero que mi Dios sea ese placer, esa venganza, esa cólera, esa mala conversación, esa blasfemia...”
 ¿Puede imaginarse ingratitud más monstruosa? Sin embargo, esto es lo que haces ofendiendo a Dios.

Es tanto más negra esta ingratitud, cuanto que para cometerla te sirves de los mismos bienes que Dios te ha dado. Oídos, ojos, boca, lengua, pies y manos te han sido dados por Dios, y los has empleado para ofenderle.

Escucha lo que dice el Señor:
“Hijo mío, te he creado a mi imagen y semejanza; te he dado cuanto tienes; has nacido en la verdadera religión; te he concedido la gracia del bautismo; podía haberte dejado morir cuando estabas en pecado, y te conservo la vida para que no te condenes; y tú, olvidando tantos beneficios, ¿quieres servirte de esos medios, que yo te he dado, para ofenderme?” 
¿Cómo no mueres de dolor ante una injuria tan enorme contra un Dios tan bueno?

Considera, además, que este Dios de bondad no deja de estar justamente irritado con tus ofensas, y que, cuanto más continúes viviendo en pecado, tanto más excitas contra ti su cólera; por lo cual debes temer que el Señor te abandone si multiplicas tus faltas. No porque te falte su misericordia, sino porque no tendrás tiempo de implorarla.

El que abusa de las gracias de Dios, no merece que El se las conceda. Grande es el número de los pecadores que vivieron en pecado con la esperanza de convertirse; pero la muerte llegó cuando menos la esperaban. Dios no les dio tiempo para reconciliarse con Él, y ahora se hallan perdidos para siempre. ¿No tiemblas al pensar que puede sucederte lo mismo?

Después de tantas culpas como Dios te ha perdonado, ¿no podría castigarte al primer pecado mortal que cometieras y precipitarte en el infierno?

Dale gracias por haberte esperado hasta ahora y toma una firme resolución, diciéndole:
“¡Oh Dios mío, cuánto os he ofendido hasta el presente! ¡Basta ya! Quiero emplear la vida que me resta en amaros, en llorar mis pecados, arrepintiéndome de ellos de todo corazón; Jesús mío, quiero amaros; dadme fuerzas. Virgen Santísima, Madre de Dios, ayudadme. Así sea”.

Lo que deben evitar los cristianos

(De "El joven instruido" por San Juan Bosco)

Evitar el ocio

El lazo principal que el demonio tiende a la juventud es el ocio, origen funesto de todos los vicios. Convenceos de que el hombre ha nacido para el trabajo; y cuando se excusa de él, está fuera de su centro y corre gran riesgo de ofender a Dios.

El ocio es, según el Espíritu Santo, el padre de los vicios, y el trabajo los combate y los vence todos. El mayor tormento de los condenados en el infierno es el pensar que han perdido el cielo por haber pasado en la ociosidad la mayor parte del tiempo que Dios les había dado para salvarse. Al contrario, no hay mayor consuelo para los bienaventurados en el paraíso que el acordarse de que un poco de tiempo empleado un servir a Dios les ha valido la eterna felicidad.

No pretendo con esto que os ocupéis desde la mañana hasta la noche sin descanso alguno; al contrario, yo os concedo gustoso las diversiones propias de vuestra edad y en las que no ofendáis a Dios. Sin embargo, no cesaré de recomendaros con preferencia aquellas cosas que, sirviéndoos de esparcimiento, puedan seros de alguna utilidad, como, por ejemplo, el estudio de la historia, la geografía, las artes mecánicas y liberales, los trabajos manuales, etc., conque podéis recrearos, adquirir conocimientos útiles y contentar a vuestros superiores. Además podéis también divertiros con juegos y entretenimientos lícitos, útiles para recrear el espíritu y el cuerpo; pero no toméis parte en ellos sin haber antes pedido la debida licencia. Preferid los que requieran agilidad y destreza corporal, por ser los más convenientes para la salud. Evitad los engaños, las trampas, los pequeños fraudes, los juegos pesados y las palabras que ocasionen discordias y ofendan a vuestros compañeros. Tanto en el juego como en la conversación o en el cumplimiento de cualquier deber, levantad de cuando en cuando vuestro corazón a Dios y ofrecedlo todo a su mayor honra y gloria. Omnia in gloriam Dei facite, dice San Pablo.

Interrogado una vez San Luis, mientras jugaba alegremente con sus amigos, qué haría sise le apareciese un ángel para advertirle que, pasado un cuarto de hora, debería comparecer ante el tribunal de Dios, el Santo respondió sin vacilar que continuaría jugando, pues creía con aquella acción agradar al Señor. Lo que os recomiendo con mayor insistencia en vuestros recreos y pasatiempos es el huir, como de la peste, de los malos compañeros.

Huir de las malas compañías

Hay tres clases de compañeros: unos, buenos; otros, malos, y otros, en fin, que no son ni lo uno ni lo otro. Debéis procurar la amistad de los primeros; ganaréis mucho huyendo completamente de los segundos; en cuanto a los últimos, tratadlos cuando sea necesario, evitando toda familiaridad. “Pero ¿quiénes son esos amigos perjudiciales?”

Escuchadme, hijos míos, y comprenderéis cuáles son. Todos los chicos que no se avergüenzan de tener en vuestra presencia conversaciones obscenas y de pronunciar palabras de doble sentido y escandalosas; los que mienten o critican; los que profieren juramentos, imprecaciones y blasfemias; los que tratan de alejaros de la piedad; los que os aconsejan el robo, la desobediencia a vuestros padres y el olvido de vuestros deberes..., todos éstos son malísimos amigos, ministros de Satanás, de quienes debéis huir más que de la peste o del mismo diablo. ¡Ah!, con lágrimas en los ojos os suplico distéis y huyáis de semejante compañía.

Escuchad la voz del Señor, que dice: “El que se asocia al hombre virtuoso será virtuoso; el amigo del vicioso se pervertirá”. Huid de un mal compañero como de la vista de una serpiente venenosa: Quasi a facie colubri.

En una palabra, si os juntáis con los buenos, os aseguro que iréis con ellos al paraíso; al contrario, si con los malos, seréis desgraciados y concluiréis por perder irreparablemente vuestra alma. Dirá tal vez alguno. “Son tantos los malos compañeros, que sería preciso abandonar el mundo para huir de ellos”. En efecto, es tan perjudicial el trato de los amigos viciosos, que, precisamente esto, os recomiendo con tanta insistencia que huyáis de ellos. Y si por esto os vierais solos, dichosos de vosotros, pues tendríais por compañeros a Nuestro Señor Jesucristo, a la Santísima Virgen y al ángel custodio, que son nuestros mejores amigos.

Podéis, no obstante, tener buenos amigos, y los encontraréis entre aquellos que frecuentan la confesión y comunión, que asisten a la iglesia, que con sus palabras y ejemplos os animan al cumplimiento de vuestros deberes y os alejan de todo lo que puede ofender a Dios. Estrechad vuestras relaciones con ellos y obtendréis gran provecho. David y Jonatán llegaron a ser buenos amigos, con ventajas recíprocas, pues se animaban mutuamente a la práctica de la virtud.

Evitar las malas conversaciones

¡Cuántos jovencitos se encuentran en el infierno por haber caído en malas conversaciones! San Pablo predicaba ya esta verdad, cuando decía que las cosas impuras no debían ni nombrarse entre los cristianos, pues son la ruina de las buenas costumbres: Corrumpunt mores bonos colloquia mala.

Comparad vuestras conversaciones a un manjar agradable: por bien preparado que esté, si cae en él una gota de veneno, basta para dar muerte a cuantos lo coman. Lo mismo sucede con las conversaciones impuras: una palabra, un gesto, una broma, bastan a veces para enseñar el mal a un jovencito, y aun a veces a muchos que, habiendo vivido hasta entonces como inocentes corderillos, se convierten en desgraciados esclavos de Satanás. Me diréis: “Conocemos las funestas consecuencias de las conversaciones impuras; pero ¿qué hemos de hacer? Estamos en una escuela, en una tienda, en un negocio o empleo donde tenemos que trabajar, y allí las oímos”.

Demasiado conozco, hijos míos, lo que os ocurre; y por eso quiero daros una norma de conducta que os pueda servir para evitar las ofensas al Señor. Silos que hablan así son vuestros inferiores, reprendedlos severamente; si no podéis hacerlo a causa de su posición, tratad de alejaros de ellos; y si esto no es posible, absteneos completamente de tomar parte en lo que dicen; y, dirigiéndoos a Nuestro Señor, decidle muchas veces: “¡Jesús mío, misericordia!” Si, a pesar de todas estas precauciones, os encontráis en peligro de ofender a Dios, os dan consejo de San Agustín: Apprehende fugam, si vis referre victoriam.

Huye, abandona el puesto, la escuela, el empleo y el trabajo, sufre todos los males del mundo antes que permanecer entre gentes que ponen en gran peligro la salvación de tu alma; porque, como dice el Evangelio, más vale ser pobre y despreciado, más vale que nos corten los pies y las manos, que nos saquen los ojos, y llegar así al cielo, antes que poseer todo lo que deseamos en el mundo y ser eternamente desgraciados en el infierno.

Se burlarán probablemente de vosotros, pero no os dé cuidado, pues llegará un día en que las burlas y las risas de los malos se trocarán en lágrimas en el infierno, y los desprecios que hayan sufrido los buenos se cambiarán en eternas alegrías en el paraíso: Tristitia vestra vertetur in gaudium.

Persuadíos, además, de que vuestra rectitud obligará a los mismos que os despreciaron a reconocer vuestra sensatez, y al fin guardarán silencio.

Nadie se atrevía a pronunciar palabras malsonantes en presencia de San Luis Gonzaga; y, si se acercaba en el momento que se profería alguna, cortaban todos aquella conversación diciendo: “Silencio, que viene Luis”.

Evitar los escándalos

La palabra escándalo significa tropiezo, y se llama escandaloso al que con sus palabras o acciones da a los demás ocasión de ofender a Dios. El escándalo es un pecado abominable; pues, robando a Dios las almas que ha creado para el cielo y rescatado con su preciosa sangre, las pone en manos del demonio y las envía al infierno. Así es que puede llamarse al escandaloso verdadero ministro de Satanás. Cuando el demonio ha empleado inútilmente todos sus ardides para seducir a un joven, se suele servir finalmente de los escandalosos. ¡Con qué enorme número de pecados se cargan la conciencia aquellos que escandalizan en la iglesia, en la calle, en el colegio o en cualquier sitio! Cuanto mayor es el número de las personas a quienes hayan escandalizado, tanto mayor y más tremenda es su culpa a los ojos de Dios. Pero ¿qué se dirá de los que llevan la perversidad hasta enseñar el mal u las almas inocentes? Oigan estos desgraciados la sentencia que dio un día el Salvador. Tomando de la mano a un niño, se volvió a la multitud que le escuchaba y dijo: “¡Ay de aquel que escandalice a alguno de estos niños que creen en mí! Muchos escándalos hay en el mundo, pero ¡ay de aquel que los comete! Mejor le fuera que le colgasen al cuello una piedra de molino y le arrojaran en lo profundo del mar”.

Si se pudieran suprimir en el mundo los escándalos, ¡cuántas almas que hoy se condenan irremisiblemente llegarían al paraíso! Temed a los escandalosos y huid de ellos como del mismo demonio. Una niña de tierna edad, oyendo una vez ciertas palabras escandalosas, dijo al que las profería: “¡Fuera de aquí, espíritu maligno!”

Si vosotros, queridos jovencitos, queréis ser los verdaderos amigos de Jesús y María, debéis no tan sólo huir de los escandalosos, sino esforzaros con el buen ejemplo en reparar el gran mal que estos hacen a las almas.

Vuestras conversaciones sean buenas y modestas; sed devotos en la iglesia, obedientes y respetuosos hacía vuestros superiores. ¡Oh, cuántos compañeros os imitarán, yendo, como vos-otros, por la senda del paraíso! Podéis estar seguros de salvaros con ellos; porque, como dice San Agustín, el que contribuya a la salvación de un alma, puede esperar fundadamente que también salvará la propia: Animam salvasti, animam tuam praedestinasti.

Estos son los principales peligros de que debéis huir en el mundo; si ponéis en práctica los medios para evitarlos, viviréis una vida cristiana y virtuosa, recibiendo más tarde la eterna recompensa allá en el cielo.

Astucias de que se vale el demonio para engañar a la juventud

(De "El joven instruido" por San Juan Bosco)

El primer lazo que suele tender el demonio a vuestra alma para perderla es la falsa idea que os sugiere de que no podréis continuar mucho tiempo por la difícil senda de la virtud y alejados de todos los placeres durante cuarenta, cincuenta, sesenta o más años que os prometo de vida.

A esta sugestión del enemigo infernal contestad: “¿Quién me asegura que llegaré a esa edad? Mi vida está en manos de Dios, y puede ser que hoy mismo sea el ultimo día de mi existencia. ¡Cuántos de la misma edad que yo estaban ayer sanos, alegres y contentos, y hoy los llevan al sepulcro!”.

Y aun cuando debiésemos trabajar aquí algunos años en el servicio del Señor, ¿no se nos recompensará centuplicadamente con una eternidad de dicha y de gloria en el paraíso?

Por otra parle, vemos que los que viven en gracia de Dios están siempre alegres y conservan hasta en sus aflicciones la paz y la serenidad del corazón; sucediendo lodo lo contrario a los que se abandonan a los placeres, pues viven sin sosiego y se esfuerzan por encontrar la paz en sus pasatiempos, sin conseguirla nunca, siendo cada día más desgraciados: Non est pax impiis, dice el Señor: “No hay paz para los malos”.

Quizá alguno de vosotros alegue: “Somos jóvenes; si pensamos en la eternidad y en el infierno, nos entristeceremos, concluyendo por trastornársenos la cabeza”. No niego que el pensamiento de una eternidad dichosa o desgraciada y de un suplicio que no concluirá jamás es un pensamiento capaz de poner miedo y espanto a cualquiera; pero decidme: si os trastorna la cabeza sólo pensar en el infierno, ¿qué será caer en él? Mejor es pensarlo ahora para no caer más tarde; porque es evidente que si lo meditamos a menudo, pondremos por obra los medios para evitarlo.

Observad, además, que si el pensamiento del infierno es aterrador, también nos colma de consuelo la esperanza del paraíso, en donde se gozan todos los bienes. Por eso, los santos, pensando seriamente en la eternidad de las penas, vivían muy alegres y con la firme confianza de que Dios les ayudaría a evitarlas, dándoles la recompensa eterna que tiene preparada a sus fieles servidores.

Valor, pues, queridos míos; haced la prueba de servir al Señor, y ya veréis qué dulce y qué suave es su servicio y cuan dichoso se encontrará vuestro corazón en esta vida y en la eternidad.

A la juventud

(De "El joven instruido" por San Juan Bosco)

El Señor ama de un modo especial a la juventud. Puesto que todos hemos sido creados para el paraíso, debemos, amados hijos, dirigir todas nuestras acciones a este único fin.

La eterna recompensa o el terrible castigo que nos esperan deben movernos a eso; pero lo que más ha de impulsarnos a amar y servir a Dios es el amor infinito que Él nos tiene.

Verdad es que ama a todos los hombres, por ser ellos obra de sus manos; sin embargo, profesa un afecto especial a la juventud, encontrando en ella sus delicias: Deliciae meae esse cum filiis hominum.

Dios os ama porque estáis en condiciones de hacer muchas buenas obras en vuestra vida, siendo propias de vuestra edad la sencillez, humildad e inocencia; y, en general, porque no habéis llegado aún a ser presa infeliz del enemigo infernal.

Nuestro divino Salvador, durante su vida mortal, dio también muestras de su especial benevolencia para con los niños.

Asegura que considera como hechos a Él mismo todos los beneficios que se hagan a los niños.

Amenaza terriblemente a los que con sus palabras o acciones los escandalicen:
“En verdad os digo, exclama, que si alguien escandalizare a alguno de estos pequeñuelos que creen en mí, más le valiera que le colgaran al cuello una rueda de molino y le arrojaran a lo más profundo del mar”. Se complacía en que los niños le quisiesen; y, llamándolos para que se le acercaran, los abrazaba y concluía por darles su santa bendición.
“Dejad, decía, dejad que los niños se acerquen a mí”: Sinite párvulos venire ad Me; demostrando así, ¡oh hijos míos!, que vosotros sois las delicias de su corazón.
Puesto que el Señor os ama tanto, dada la edad en que os encontráis, ¿no debéis formular un firme propósito de corresponderle, haciendo lodo cuanto le agrade y procurando evitar todo lo que puede disgustarle, probándole de este modo que vosotros también le amáis?

El alimento del alma es la Palabra de Dios

(Frase de San Juan Bosco)
Así como nuestro cuerpo se debilita y muere
si no lo alimentamos,
del mismo modo pierde nuestra alma su vigor
si no le damos lo que necesita:
el alimento del alma es la Palabra de Dios.

Perdón

Pensamiento de San Juan Bosco
Digamos siempre de corazón:
Perdónanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden.
Pero con un olvido absoluto y definitivo
de todo lo que en el pasado nos haya ocasionado algún ultraje.
Amemos a todos con amor fraterno.

Medios para adquirir la virtud: Conocimiento de Dios

(De "El joven instruido" por San Juan Bosco)

Observad, queridos hijos míos, todo cuanto existe en el ciclo y en la tierra: el sol, la luna, las estrellas, el aire, el agua, el fuego. Hubo un tiempo en que ninguna de estas cosas existía, porque nada hay que se dé el ser a sí mismo.

Dios, con su omnipotencia infinita, las creó todas de la nada, y por esto motivo se llama Creador, Dios, que ha existido y existirá siempre, después de haber creado todas las cosas que hay en el cielo y en la tierra, dio existencia al hombre, que es la más perfecta de todas las creaturas visibles.

Así nuestros ojos, oídos, pies, boca, lengua y manos son dones del Señor.

El hombre se distingue de los demás animales en que posee un alma que piensa, raciocina y conoce lo que es bueno y lo que es malo.

Siendo el alma un espíritu puro, no puede morir con el cuerpo; tan pronto como éste sea cadáver, el alma comenzará una nueva vida que no concluirá jamás. Si fue virtuosa en este mundo, será para siempre feliz con Dios en el paraíso, donde gozará eternamente de todos los bienes. Si obró el mal, será castigada terriblemente en el infierno, donde sufrirá para siempre toda clase de tormentos.

Pensad, pues, hijos míos, que todos habéis sido creados para el paraíso, y que Dios, nuestro Padre amoroso, experimenta un gran dolor cuando se ve obligado a condenar un alma al infierno.

¡Oh, cuánto os ama Dios! Él desea que practiquéis buenas obras para haceros partícipes, después de la muerte, de aquella dicha tan grande que a todos nos tiene preparada en el cielo.

Devoción a Jesús Sacramentado

Frase de San Juan Bosco
Créanmelo,
quien es devoto del Santísimo Sacramento,
es decir, que va con frecuencia a hacer santas comuniones
y visitas a Jesús en el Tabernáculo,
ése tiene una prenda segura de su eterna salvación.

Pureza

Frase de San Juan Bosco
Rogad ardientemente al Señor
 que os conceda la virtud de la pureza
y os la conserve,
pues, teniéndola, no necesitaréis preocuparos más.
Con la observancia de la pureza os vendrán del cielo todos los bienes
y todos los consuelos.