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El arcángel caracol

(De "Razones para la esperanza" por el sacerdote, periodista y escritor español José Luis Martín Descalzo (1930-1991)

Hay una vieja fábula oriental que cuenta la llegada de un caracol al cielo. El animalito había venido arrastrándose kilómetros y kilómetros desde la tierra, dejando un surco de baba por los caminos y perdiendo también trozos del alma por el esfuerzo. Y al llegar al mismo borde del pórtico del cielo, San Pedro le miró con compasión. Le acarició con la punta de su bastón y le preguntó:
«¿Qué vienes a buscar tú en el cielo, pequeño caracol?»
El animalito, levantando la cabeza con un orgullo que jamás se hubiera imaginado en él, respondió:
«Vengo a buscar la inmortalidad.»
Ahora San Pedro se echó a reír francamente, aunque con ternura. Y preguntó:
«¿La inmortalidad? Y ¿qué harás tú con la inmortalidad?»
«No te rías -dijo ahora airado el caracol-. ¿Acaso no soy yo también una criatura de Dios, como los arcángeles? ¡Sí, eso soy, el arcángel caracol!»
Ahora la risa de San Pedro se volvió un poco más malintencionado e irónica:
«¿Un arcángel eres tú? Los arcángeles llevan alas de oro, escudo de plata, espada flamigera, sandalias rojas. ¿Dónde están tus alas, tu escudo, tu espada y tus sandalias?»
El caracol volvió a levantar con orgullo su cabeza y respondió:
«Están dentro de mi caparazón. Duermen. Esperan.»
«Y ¿qué esperan, si puede saberse?», arguyó San Pedro.
«Esperan el gran momento», respondió el molusco.
El portero del cielo, pensando que nuestro caracol se había vuelto loco de repente, insistió:
«¿Qué gran momento?»
«Este», respondió el caracol, y al decirlo dio un gran salto y cruzó el dintel de la puerta del paraíso, del cual ya nunca pudieron echarle.
Esta gloriosa fábula, que recoge Kazantzakís en su magnífica biografía de San Francisco de Asís, me parece una de las mejores historias que conozco sobre la dignidad humana. ¿O acaso no seremos nosotros más que los caracoles?

Pasa el hombre sus horas arrastrándose por los caminos del mundo, ¿y deja algo más que baba? Si medimos las horas de los hombres, hay en ellas mucho más de mediocridad que de heroísmo. Se diría a veces que nuestras manos se construyeron para equivocarse, que de ellas sólo sale dolor para los demás y cansancio para sus propietarios. Débiles como caracoles, cualquiera podría pisotearnos y reventaría nuestra existencia como la débil concha de los gasterópodos. ¡Y cuánto nos domina el miedo! ¡Cuántas veces nos arrinconaríamos dentro de nosotros mismos si contáramos con esa concha protectora en la que refugiarse!

Y, sin embargo, dentro están nuestras armas: las alas de oro de la inteligencia, el escudo de plata de la voluntad, la lanza viva de la palabra, las sandalias rojas del coraje. Están ahí, dentro, dormidas, casi sin usar. ¡Qué pocas veces desenvainan los hombres sus almas! Las tienen, son enormes y magníficas, resistentes al dolor, literalmente invencibles. Pero anestesiadas, atrofiadas de grasa, mojadas como paja que humea y no arde.

Duermen, pero también esperan. En el más amargado de los seres humanos flamea una bandera de esperanza. No sabe por qué espera, pero espera. Incluso cuando todo parece estar perdido, la niña esperanza grita que tal vez mañana cambie todo. No hay más razón que ese hermoso «tal vez»; no hay más base para confiar que esa palabra que a mí me parece la más hermosa de nuestro idioma: todavía. Todavía Dios nos ama, todavía estamos vivos, todavía puede el mundo cambiar, todavía alguien va   a querernos, todavía, todavía. Con esa palabra en la mano el hombre es inmortal e invencible. Quienes la practican, jamás envejecen. Y es ese todavía el que nos da fuerza para arrastrarnos hasta las puertas del cielo, para llegar hasta ellas con orgullo.

Este orgullo de ser hombres no puede ser pecado, a no ser que se trate de un orgullo tan tonto que empieza por renunciar a su mejor raíz: la de pertenecer a la gran estirpe de los hijos de Alguien. Somos los «arcángeles hijos». Y no es lo importante la baba que se dejó por los caminos, sino el alma, que ningún camino nos podrá arrebatar si nosotros no nos resignamos a perderla.

Con ella tendremos derecho no a mendigar la eternidad, sino a esperarla, casi a exigirla. Si San Pedro nos juzga por el barro acumulado sobre nuestros caparazones, tendrá todas las razones del mundo para acariciarnos con compasiva ironía con la contera de su bastón: «¿Tú, pobre criatura, te atreves a esperar la eternidad? ¡Reventarías, estallarías al entrar en ella, como los aviones al traspasar la barrera del sonido! Tú, con ese pobre fuselaje de una conchita de miseria, has nacido, cuando más, para el limbo.»

No estés seguro, San Pedro: el alma del hombre es incombustible. Se construyó -no para el tiempo, sino para la eternidad- dura como el diamante.

Pero falta, eso sí, el gran salto. Sólo se realizan y se salvan los atletas, los que se atreven a vivirse, los que cada mañana y cada tarde saltan desde el sueño a la existencia. De ésos será el reino de los cielos y lo mejor del reino de la tierra: la alegría.

Ánimo, hermanos caracoles: las alas, el escudo, las sandalias y la lanza están dentro. No se ven, pero esperan. Los caracoles-atletas mostrarán un día los arcángeles invisibles que eran. Sólo falta saltar, hermanos caracoles.

El ladrillo

(De "Razones para vivir" por José Luis Martín Descalzo)

En un viejísimo libro del siglo IV, en el que se cuentan las vidas de los Santos Padres, me encuentro la historia de aquellos dos anacoretas que vivían juntos y jamás habían tenido una discusión.

Un día uno de los dos dijo a su compañero: «Yo creo que, al menos una vez en la vida, tú y yo deberíamos tener una disputa como las tiene todo el Mundo. Así sabríamos qué es eso de reñir». A lo que su compañero respondió: «Si tu quieres, tengámosla. Pero lo malo es que yo no sé cómo empezar». «Muy sencillo -dijo el primero-. Voy a poner un ladrillo entre nosotros y después diré «Este ladrillo es mío». Y tú me contestarás: «No, me pertenece a mi». Esto nos llevará a polemizar y a disputar». Colocaron, pues, el ladrillo entre ambos. Y el primero dijo: «Esto es mío». El segundo respondió. «No, estoy seguro de que es mío». Pero el primero insistió: «No es tuyo, es mío, siempre ha sido mío». A lo que, esta vez, respondió el segundo: «Está bien. Si te pertenece, cógelo». Y así fue como los dos anacoretas no lograron pelearse.

Pienso que el candor de esta ingenua narración deja en ridículo todas nuestras disputas por varias razones.

La primera, porque demuestra que al menos el 99 por 100 de nuestras riñas surgen por tonterías que carecen de toda importancia. Si nos pusiéramos a encontrar motivos para reñir no los encontraríamos más pequeños. Pero lo absurdo es que, cuando discutimos, los temas de nuestra discusión nos parecen gigantescos, esenciales, importantísimos. Pero vistos con una leve sonrisa son, casi siempre, puras tonterías.

La segunda, porque la mayor parte de nuestra discusiones surgen de afanes de posesión. Si se borraran del diccionario las palabras «mío» y «tuyo» se acabaría la mayor parte de las polémicas entre los hombres.

Si por lo menos se descubriera que la amistad es anterior y superior al ladrillo por el que discutimos, también se terminarían las discusiones. Y lo grave es que, con frecuencia, por discutir cosas tan poco importantes como un ladrillo, ponemos en juego y aún perdemos cosas de un valor infinito: la amistad, el amor.

La tercera conclusión es la de aquel viejísimo refrán que cuenta que «dos no riñen si uno no quiere». El segundo de nuestros anacoretas lo entendía muy bien. Comenzó a discutir, pero, por fortuna, se cansó en seguida. Se dio cuenta de que la paz con su compañero valía mucho más que el aclarar quién de los dos tenía razón sobre la propiedad del ladrillo. Y así, cediendo, pareciendo ser derrotado, ganó. Ganó la amistad, que valía más que un millón de ladrillos.

A mí me gustaría pedir a todos mis amigos que, antes de comenzar a discutir, pasen por el tamiz de la ironía los motivos por los que van a discutir. Les parecerán ridículos. Y descubrirán que la amargura que deja toda polémica detrás de si es una fruta que no vale la pena probar.

Detrás de las estrellas

(De "Razones para vivir" por José Luis Martín Descalzo)

El padre Bruckberger ha contado la historia que un día le contó un amigo judío. Era un recuerdo de su infancia. Cuando tenía cuatro o cinco años, formaba parte de una tribu que vivía en el desierto en tiendas de campaña. Una noche, cuando el chavalín dormía junto a la vieja que le cuidaba, de pronto, apremiado por una necesidad natural, el niño salió de la tienda y se sintió maravillado ante el cielo plagado de estrellas que nunca había visto. Era una noche de verano y un silencio terrible lo llenaba todo. De pronto al niño le pareció que aquélla era la noche más hermosa desde la creación del mundo, tal vez porque era la primera que realmente veía. Se sentía como dentro de una gran cuna. Y todo era tan sereno, tan apacible, bajo el brillo de millares de estrellas, que se diría que aquella gran armonía estaba anunciando algo. Le pareció que aquella hermosura no podía terminar allá. Que aquello estaba preparado para algo, para alguien. ¿Iba, tal vez, a venir el Anunciado a los profetas? Corrió emocionado hacia la tienda y gritó a la vieja que le acompañaba:
«Ven, ven a verlo. En el cielo hay, por lo menos, diez estrellas. ¿No crees que el Mesías podría venir hoy?».
 La vieja, medio dormida, oyó con una sonrisa la voz temblorosa del niño. Levantó los ojos al cielo y, viendo los millares de estrellas que tantas veces había visto, respondió:
«Olvida al Mesías ¡y aprende a contar!».
Me pregunto si en esa mujer y ese niño no estaba resumida la Humanidad entera. El niño formaba parte del grupo -pequeño grupo - de los que esperan algo. De los que saben que detrás de la realidad hay otra realidad más profunda y hermosa. De los que están seguros de que la belleza del mundo esconde mayores secretos. De los que se atreven a creer en la posibilidad de la utopía. De los que no se quedan atrapados en lo que ven sus ojos y quieren ir más allá, más allá.

La vieja es la mayoría de la Humanidad. Creen que han visto todo. Y, en lo que ven, nunca saben descubrir lo que puede haber detrás. Se ríen incluso de los soñadores. Para ellos lo importante es saber contar, vivir en la superficie de su aburrimiento. No se atreven a creer en nada más, porque tienen miedo a decepcionarse luego. Prefieren creer poco, esperar nada, y así se sienten como más seguros.

Naturalmente, yo preferiré siempre a los que sueñan... aunque se equivoquen; a los que esperan... aunque a veces fallen sus esperanzas; a los que apuestan por la utopía... aunque luego se queden a medio camino. Apuesto por los que no se resignan a que el mundo sea como es; los que confían en que el mundo puede y debe cambiar; los que creen que la felicidad vendrá, tal vez mañana, tal vez esta misma noche; los que no hacen caso a esa vieja que hay dentro de cada uno de nosotros y que nos asegura que no hay nada detrás de las estrellas. Sólo de los que creen es el reino de los cielos. Sólo de los que esperan será el reino de la felicidad.

Mis diez mandamientos

(De "Razones para la esperanza" por el sacerdote, periodista y escritor español José Luis Martín Descalzo (1930-1991))

Me han llamado de no sé qué emisora para preguntarme cuál es mi decálogo. Por lo visto están llamando a una serie de gente para preguntarles cuáles serían los mandamientos que ellos impondrían para que el mundo funcionase bien. Y la idea me hace gracia porque responde a esa vocación oculta de dictadores que todos llevamos en el alma. ¿A quién no le encantaría ser Dios durante media hora con la seguridad de organizar el mundo mucho mejor de lo que lo hizo el auténtico? ¿Quién no ha trazado dentro de su corazón leyes y planes para dirigir «mejor» la libertad humana, frenar la violencia o secar la soledad? El mundo está lleno de diosecillos y, quién más y quién menos, todos tenemos en nuestro corazón un altar en el que nos rendimos un culto idolátrico.

La verdad es que yo no me siento con capacidad "a fabricar un decálogo. ¡Dios sabe cuántas tonterías impondría desde mi capricho! ¡Y sabe también que, cuando los hombres nos ponemos a mandar -ahí están todos los dictadores y dictadorzuelos de la historia-, lo único que conseguimos es implantar el espanto, aunque a veces sepamos camuflarlo bajo un orden de merengue artificial.

Esa es la razón por la que he respondido a los de la emisora que me parece que el decálogo de la Biblia está «bastante bien hecho» y que no me siento con fuerzas para intentar «mejorarlo». Bastante trabajo tengo con dedicarme a cumplir el decálogo que Dios hizo como para dedicarme a imponer a los demás mis mandamientitos.

De todos modos, y para no decepcionar demasiado a quien me preguntaba, he respondido que lo que sí tengo es mi visión personal de los mandamientos de siempre; visión que, como es lógico, sólo intento imponerme a mí mismo, porque bastante sería ya con que yo arreglase un poco mi corazón.

No obstante, y por si a alguien le sirve, he aquí mis formulaciones, que tal vez ayuden a otros a elaborar las propias.

I. Amarás a Dios, José Luis. Le amarás sin retóricas, como a tu padre, como a tu amigo. No tengas nunca una fe que no se traduzca en amor. Recuerda siempre que tu Dios no es una entelequia, un abstracto, la conclusión de un silogismo, sino Alguien que te ama y a quien tienes que amar. Sabe que un Dios a quien no se puede amar no merece existir. Le amarás como tú sabes: pobremente. Y te sentirás feliz de tener un solo corazón y de amar con el mismo a Dios, a tus hermanos, a Mozart y a tu gata. Y, al mismo tiempo que amas a Dios, huye de todos esos ídolos de nuestro mundo, esos ídolos que nunca te amarán pero podrían dominarte: el poder, el confort, el dinero, el sentimentalismo, la, violencia.

II. No usarás en vano las grandes palabras- Dios, Patria, amor. Tocarás esas grandes realidades de año en año y con respeto, como la campana gorda de una catedral. No las uses jamás contra nadie, jamás para sacar jugo de ellas, jamás para tu propia conveniencia. Piensa que utilizarlas como escudo para defenderte o como jabalina para atacar es una de las formas más crueles de la blasfemia.

III. Piensa siempre que el domingo está muy bien inventado, que tú no eres un animal de carga creado para sudar y morir. Impón a ese maldito exceso de trabajo que te acosa y te asedia algunas pausas de silencio para encontrarte con la soledad, con la música, con la Naturaleza, con tu propia alma, con Dios en definitiva. Ya sabes que en tu alma hay flores que sólo crecen con el trabajo. Pero sabes también que hay otras que sólo viven en el ocio fecundo.

IV. Recuerda siempre que lo mejor de ti lo heredaste de tu padre y de tu madre. Y, puesto que no tienes ya la dicha de poder demostrarles tu amor en este mundo, déjales que sigan engendrándote a través del recuerdo. Tú sabes muy bien, José Luis, que todos tus esfuerzos personales jamás serán capaces de construir el amor y la ternura que te regaló tu madre y la honradez y el amor al trabajo que te enseñó tu padre.

V. No olvides que naciste carnívoro y agresivo  y que, por tanto, te es más fácil matar que amar. Vive despierto para no hacer daño a nadie, ni a hombre ni a animal, ni a cosa alguna. Sabes que se puede matar hasta con negar una sonrisa y que tendrás que dedicarte apasionadamente a ayudar a los demás para estar seguro de no haber matado a nadie.

VI. No aceptes nunca esa idea de que la vida es una película del Oeste en la que el alma sería el bueno y el cuerpo el malo. Tu cuerpo es tan limpio como tu alma y necesita tanta limpieza como ella. No temas, pues, a la amistad, ni tampoco al amor; ríndeles culto precisamente porque les valoras. Pero no caigas nunca en esa gran trampa de creer que el amor es recolectar placer para ti mismo, cuando es transmitir alegría a los demás.

VII. No robarás a nadie su derecho a ser libre. Tampoco permitirás que nadie te robe a ti la libertad y la alegría. Recuerda que te dieron el alma para repartirla y que roba todo aquel que no la reparte, lo mismo que se estancan y se pudren los ríos que no corren.

VIII. Recuerda que, de todas tus armas, la más peligrosa es la lengua. Rinde culto a la verdad, pero no olvides dos cosas: que jamás acabarás de encontrarla completa y que en ningún caso debes imponerla a los demás.

IX. No desearás la mujer de tu prójimo, ni su casa, ni su coche, ni su vídeo, ni su sueldo. No dejes nunca que tu corazón se convierta en un cementerio de chatarra, en un cementerio de deseos estúpidos.

X. No codiciarás los bienes ajenos ni tampoco los propios. Sólo de una cosa puedes ser avaro: de tu tiempo, de llenar de vida los años -pocos o muchos- que te fueran concedidos. Recuerda que sólo quienes no desean nada lo poseen todo. Y sábete que, ocurra lo que ocurra, nunca te faltarán los bienes fundamentales. el amor de tu Padre, que está en los cielos, y la fraternidad de tus hermanos, que están en la tierra.

El sacramento de la sonrisa

(De "Razones para la alegría" por José Luis Martín Descalzo)

Si yo tuviera que pedirle a Dios un don, un solo don, un regalo celeste, le pediría, creo que sin dudarlo, que me concediera el supremo arte de la sonrisa. Es lo que más envidio en algunas personas. Es, me parece, la cima de las expresiones humanas.

Hay, ya lo sé, sonrisas mentirosas, irónicas, despectivas y hasta ésas que en el teatro romántico llamaban «risas sardónicas». Son ésas de las que Shakespeare decía en una de sus comedias que «se puede matar con una sonrisa». Pero no es de ellas de las que estoy hablando. Es triste que hasta la sonrisa pueda pudrirse. Pero no vale la pena detenerse a hablar de la podredumbre.

Hablo más bien de las que surgen de un alma iluminada, ésas que son como la crestería de un relámpago en la noche, como lo que sentimos al ver correr a un corzo, como lo que produce en los oídos el correr del agua de una fuente en un bosque solitario, ésas que milagrosamente vemos surgir en el rostro de un niño de ocho meses y que algunos humanos -¡poquísimos!- consiguen conservar a lo largo de toda su vida.

Me parece que esa sonrisa es una de las pocas cosas que Adán y Eva lograron sacar del paraíso cuando les expulsaron y por eso cuando vemos un rostro que sabe sonreír tenemos la impresión de haber retornado por unos segundos al paraíso. Lo dice estupendamente Rosales cuando escribe que «es cierto que te puedes perder en alguna sonrisa como dentro de un bosque y es cierto que, tal vez, puedas vivir años y años sin regresar de una sonrisa». Debe de ser, por ello, muy fácil enamorarse de gentes o personas que posean una buena sonrisa. Y ¡qué afortunados quienes tienen un ser armado en cuyo rostro aparece con frecuencia ese fulgor maravilloso!

Pero la gran pregunta es, me parece, cómo se consigue una sonrisa. ¿Es un puro don del cielo? ¿O se construye como una casa? Yo supongo que una mezcla de las dos cosas, pero con un predominio de la segunda. Una persona hermosa, un rostro limpio y puro tiene ya andado un buen camino para lograr una sonrisa fulgidora. Pero todos conocemos viejitos y viejitas con sonrisas fuera de serie. Tal vez las sonrisas mejores que yo haya conocido jamás las encontré precisamente en rostros de monjas ancianas: la madre Teresa de Calcuta y otras muchas menos conocidas.

Por eso yo diría que una buena sonrisa es más un arte que una herencia. Que es algo que hay que construir, pacientemente, laboriosamente.

¿Con qué? Con equilibrio interior, con paz en el alma, con un amor sin fronteras. La gente que ama mucho sonríe fácilmente. Porque la sonrisa es, ante todo, una gran fidelidad interior a sí mismos. Un amargado jamás sabrá sonreír. Menos un orgulloso.

Un arte que hay que practicar terca y constantemente. No haciendo muecas ante un espejo, porque el fruto de ese tipo de ensayos es la máscara y no la sonrisa. Aprender en la vida, dejando que la alegría interior vaya iluminando todo Cuanto a diario nos ocurre e imponiendo a cada una de nuestras palabras la obligación de no llegar a la boca sin haberse chapuzado antes en la sonrisa, lo mismo que obligamos a los niños a ducharse antes de salir de casa por la mañana.

Esto lo aprendí yo de un viejo profesor mío de oratoria. Un día nos dio la mejor de sus lecciones: fue cuando explicó que si teníamos que decir en un sermón o una conferencia algo desagradable para los oyentes, que no dejáramos de hacerlo, pero que nos obligáramos a nosotros mismos a decir todo lo desagradable sonriendo.

Aquel día aprendí yo algo que me ha sido infinitamente útil: todo puede decirse. No hay verdades prohibidas. Lo que debe estar prohibido es decir la verdad con amargura, con afanes de herir. Cuando una sola de nuestras frases molesta a los oyentes (o lectores) no es porque ellos sean egoístas y no les guste oír la verdad, sino porque nosotros no hemos sabido decirla, porque no hemos tenido el amor suficiente a nuestro público como para pensar siete veces en la manera en la que les diríamos esa agria verdad, tal y como pensamos la manera de decir a un amigo que ha muerto su madre. La receta de poner a todos nuestros cócteles de palabras unas gotitas de humor sonriente suele ser infalible.

Y es que en toda sonrisa hay algo de transparencia de Dios, de la gran paz. Por eso me he atrevido a titular este comentario hablando de la sonrisa como de un sacramento. Porque es el signo visible de que nuestra alma está abierta de par en par.

El grito

(De "Razones para el amor" por el sacerdote, periodista y escritor español José Luis Martín Descalzo (1930-1991))

Son muchos los cristianos a quienes, a lo largo de los siglos, ha intrigado y angustiado el grito en que Jesús prorrumpid segundos antes de morir. Un grito que debió de ser impresionante porque lo recuerdan y subrayan tres de los cuatro evangelistas y hasta San Pablo habla de él en una de sus epístolas. Marcos dice que «Jesús, dando un gran grito, expiró». Mateo cuenta que «habiendo gritado de nuevo con gran voz, entregó su espíritu». Para Lucas es la séptima palabra de Cristo -«Padre, en tus manos en- comiendo mi espíritu»- la que dice a gritos el agonizante. Pablo pone ese momento como uno de los ejes de la vida de Cristo: «Habiendo ofrecido, en los días de su vida mortal, oraciones y súplicas con un gran grito y lágrimas al que era poderoso para salvarle de la muerte ... »

¿Y por qué ese grita cuando era ya la hora de acabar, cuando no le quedaba por cumplir más que la formalidad de la muerte, cuando regresaba, con su tarea cumplida y las manos llenas, a la casa de su Padre? Es realmente desconcertante. Jesús no habla gritado en la flagelación ni en la coronación de espinas. No sabemos que gritase en la crucifixión. ¿Por qué grita ahora, que ya sólo le falta inclinar la cabeza y morir? Al otro lado -ha recordado Peguy- le esperaba su Padre para abrazarle al fin, le aguardaban los ángeles para lavar sus llagas vivas, se preparaba la corte celestial para cantar su gloria eterna. ¿Y grita? ¿Grita precisamente ahora?

Durante siglos las generaciones le echarán en cara ese grito. En los «catecismos» hitlerianos se explicaba a los niños la «vergonzosa» muerte de un Cristo aterrado en comparación con el heroísmo sonriente con que morían por la patria los jóvenes nazis. Y nunca ha faltado alguien que recuerde que los genios o los mártires murieron «mejor». Sócrates bebió más tranquilo su cicuta. San Policarpo daba la bienvenida a los soldados que llegaban a arrestarlo. San Ignacio de Antioquía sólo tenía un miedo: que sus bienintencionados amigos lograsen salvarle de la muerte. Santo Tomás Moro bromeaba en el mismo patíbulo pidiendo a su verdugo que le ayudase a subir «porque, para bajar, ya se las arreglaría solo», y explicaba al soldado que no golpeara con el hacha hasta que él no se hubiera colocado bien la barba, ya que «ésta no había ofendido a su majestad y no merecía ser cortada». ¿Es que Cristo tuvo menos entereza que sus sucesores?

Una de las religiosas de los Diálogos de carmelitas, de Bernanos, explica que «los mártires estaban sostenidos por Cristo, pero él no tenía nadie que le ayudase, ya que todo socorro y toda misericordia provienen de él. Ningún ser vivo entró jamás en la muerte tan solo y tan desarmado». Y la respuesta es hermosa y profunda. Pero temo que no llegue a ser satisfactoria. Será, pues, preferible tomar ese grito por las solapas y preguntarnos de dónde proviene.

No de la desesperación, desde luego. ¿Qué desesperación extraña sería esa de alguien que grita al mismo tiempo que deposita confiado su espíritu y su cabeza en las manos del Padre? Entonces, ¿del dolor físico? Tampoco es verosímil.  Hubo en la pasión de Cristo al menos diez ocasiones en las que el dolor fue más intenso que en ese último instante en el que el Crucificado no tenía ya fuerzas ni para sufrir. ¿Tal vez de la duda de lo que pudiera haber -o no haber- al otro lado? Nadie jamás supo como él lo que hay al otro lado porque nadie estuvo «antes» allí.

¿Del miedo a la muerte, entonces? ¡Qué ingenuos y poco humanos son los que creen que la fe es una morfina para el miedo a morir! ¿Quién, por mucho que sepa de otra vida más grande, no temblará ante el desgarrón del alma y el querido cuerpo? Ser hombre es aceptar el riesgo de la eternidad y el centro de ese riesgo es la muerte. ¿Cómo cruzarla sin que todo en el interior se ponga en pie y se subleve ante la gran jugada? ¿No tiembla y goza, al mismo tiempo, el atleta en el momento de batir un récord? ¿Cómo -por hermosos que sean los paisajes celestes- no sentir que algo se quiebra al perder este querido sol, las nubes y los montes en que anidó nuestra alma? Jesús era hombre total. Le gustaba ser hombre. Estaba a gusto siéndolo. Este miedo de ahora lo certifica. No era un titán insensible. La eternidad no le impedía amar este pequeño y adorable tiempo. Durante treinta y tres años su divinidad había convivido con la fugitividad de lo transitorio.

Y había convivido bien. Ahora sentía -como en la llama de amor vivo, de San Juan de la Cruz- que se rompía la tela de este dulce encuentro. Al regresar tres días después, reencontrarla a este querido cuerpo-compañero, pero alma y cuerpo estarían ya entonces subidos para siempre en el escabel de la resurrección. Sí, lo sabia muy bien: moría por su voluntad, pero no por su gusto.

Pero su muerte, además, era más que una muerte. Eran muchas reunidas. Quien tiene que compartir la muerte de todos, muere «más» que el que sólo muere la propia.

Ya la propia de Jesús era más honda que las nuestras. Porque -la frase es de Guardini- «el aniquilamiento es tanto mayor cuanto más es lo que aniquila. Nadie ha muerto como Jesucristo, porque era la misma vida. Nadie ha expiado el pecado como él, porque era la misma pureza. Nadie ha caldo tan hondo en la nada, porque era el Hijo de Dios». Nosotros apenas morimos: pasarnos de dormidos a muertos, de semimuertos a difuntos. La vida ha ido arrebatándonos trozos de alma. Cuando la muerte llega, apenas tiene ya nada que llevarse. Pero él estaba entero. ¡Qué derrumbamiento! ¿Cómo no gritar ante él? A nosotros el mismo mal nos endurece, nos va cubriendo de sucesivas costras, corno un caparazón. Pero ¿y su corazón inerme y desprotegido por su propia pureza?

Pero aún no hemos dicho lo fundamental: lo grave no es morir, sino morir inútilmente. ¿Vio él desde su cruz los frutos de su pasión? ¿Extendió Satanás ante su vista como un gran mapa la realidad del mundo después de su redención? El Evangelio de Lucas, tras las tentaciones en el desierto, añade una feroz apostilla: «El demonio se retiró hasta otra ocasión.» ¿Fue tal vez ahora cuando vino «el príncipe de este mundo»? ¿Llegó al mismo tiempo que la muerte para mostrarle para cuántos moriría en vano, él, que soñaba ser el redentor de todos? ¿Vio desde la cruz la mediocridad de su elegidos, las falsificaciones de su Evangelio, las mixtificaciones y componendas de los hombres de Iglesia, la violencia de los violentos, el imperio de la mentira las divisiones entre cristianos, las risas de los listos de este mundo, la carne vendida en los mercados de la noche, el llanto de los inocentes oprimidos, las falsas palabras de los «redentores del pueblo», vio el odio circulando por los corazones como un sapo negro y el hambre de dinero resbalando por debajo de las puertas de todas las almas? ¿Vio acaso el infierno de los que cerraban a cal y canto sus vidas a la llamada de su amor?,¿Comprendió que él, con su muerte, darla un sentido al dolor de los hombres, pero no conseguiría impedir que los hombres sufriesen? ¿Atronó sus oídos el llanto de los hospitales? ¿Sintió congelarse su alma ante el frío latigazo de la indiferencia?

¡Cómo no iba a gritar! Gritó, gritó. Y su grito sigue ahí, taladrando las paredes de la eternidad. Y los hombres inventan un mar de ruidos y de estruendos para no oír su grito. Nadie lo escucha, apagado por los televisores, amortiguado por las guitarras eléctricas, cloroformizado por las risas de un mundo que no quiere oír los llantos de los hombres y mucho menos el llanto de un Dios.

Hay que guardar silencio para oír ese grito. Hay que amar para oírlo. Como esa madre que, a esta misma hora, se inclina sobre la cama de hospital donde ha dejado de latir hace unos momentos el corazón de su hijo, y aun aterrada también ella por el ala negra de la muerte, ofrece a Dios lo único que le queda: su llanto, y oye, entonces, a la gran voz que creó los cielos y la tierra, a la voz que en la cruz desgarró el velo del templo e hizo temblar al mundo, que le repite ahora: «Perdóname, perdóname, tal vez he muerto poco. Pero un día también tú comprenderás que, si no pude libraros de la muerte, hice lo que podía: partirla como un pan con vosotros. Lo entenderás un día. Ahora sólo pido tu perdón. Perdóname.»

Solo semillas

(De "Razones para vivir" por José Luis Martín Descalzo)

Cuentan que un joven paseaba una vez por una ciudad desconocida, cuando, de pronto, se encontró con un comercio sobre cuya marquesina se leía un extraño rótulo: «La Felicidad». Al entrar descubrió que, tras los mostradores, quienes despachaban eran ángeles. Y, medio asustado, se acercó a uno de ellos y le preguntó:
«Por favor, ¿qué venden aquí ustedes?»
«¿Aquí? -respondió el ángel-. Aquí vendemos absolutamente de todo»
«¡Ah! -dijo asombrado el joven-. Sírvanme entonces el fin de todas las guerras del mundo; muchas toneladas de amor entre los hombres; un gran bidón de comprensión entre las familias; más tiempo de los padres para jugar con sus hijos ... »
Y así prosiguió hasta que el ángel, muy respetuoso, le cortó la palabra y le dijo:
«Perdone usted, señor. Creo que no me he explicado bien. Aquí no vendemos frutos, sino semillas.»
En los mercados de Dios (y en los del alma) siempre es así. Nunca te venden amor ya fabricado; te ofrecen una semillita que tú debes plantar en tu corazón; que tienes luego que regar y cultivar mimosamente; que has de preservar de las heladas y defender de los fríos, y que, al fin, tarde, muy tarde, quién sabe en qué primavera, acabará floreciéndote e iluminándote el alma.

Y con la paz ocurre lo mismo. Hay quienes gustarían de acudir a un comercio, pagar unas cuantas pesetas o unos cuantos millones y llevarse ya bien empaquetaditos unos kilos de paz para su casa o para el mundo.

Claro que a la gente este negocio no le gusta nada. Sería mucho más cómodo y sencillo que te lo dieran ya todo hecho y empaquetado. Que uno sólo tuviera que arrodillarse ante Dios y decirle: «Quiero paz» y la paz viniera volando como una paloma. Pero resulta que Dios tiene más corazón que manos.

Bueno, voy a explicarme, no vayan ustedes a entender esta última frase como una herejía. Sucedió en la última guerra mundial: en una gran ciudad alemana, los bombardeos destruyeron la más hermosa de sus iglesias, la catedral. Y una de las «víctimas» fue el Cristo que presidía el altar mayor, que quedó literalmente destrozado. Al concluir la guerra, los habitantes de aquella ciudad reconstruyeron con paciencia de mosaicistas su Cristo bombardeado, y, pegando trozo a trozo, llegaron a formarlo de nuevo en todo su cuerpo... menos en los brazos. De éstos no había quedado ni rastro. ¿Y qué hacer? ¿Fabricarle unos nuevos? ¿Guardarlo para siempre, mutilado como estaba, en una sacristía? Decidieron devolverlo al altar mayor, tal y como había quedado, pero en el lugar de los brazos perdidos escribieron un gran letrero que decía: «Desde ahora, Dios no tiene más brazos que los nuestros.» Y allí está, invitando a colaborar con El, ese Cristo de los brazos inexistentes.

Bueno, en realidad, siempre ha sido así. Desde el día de la creación Dios no tiene más brazos que los nuestros. Nos los dio precisamente para suplir los suyos, para que fuéramos nosotros quienes multiplicáramos su creación con las semillas que Él había sembrado.

El «Padre nuestro» de Dios

(De "Razones para vivir" por José Luis Martín Descalzo)

Hoy (como uno de esos latigazos que te cruzan de pronto la cabeza y te dejan como traumatizado) he sentido, con una especie de vértigo y con algo parecido a la pena, que me dolía el alma al descubrir que hay algo en lo que Dios -con toda su omnipotencia- tiene mucha menos suerte que los humanos: El no puede rezar el «Padre nuestro». Y es que, en rigor, Dios es el único huérfano entre todos los seres que existen. Porque, si a los humanos se nos muere el padre de la tierra, tenemos siempre, como gozosa alternativa, al gran padre que es Él. Pero ¿y Él? ¿A qué padre podría acudir si un día sintiese (si pudiera sentir) tristeza? ¿A quién le reza Dios cuando Lis cosas no le van bien? ¿O todo le va bien? ¿O no le duele la suciedad de este mundo que es suyo? ¿Nunca necesita Dios ser sostenido, como en el Huerto lo precisó su Hijo? ¿Se sostienen entre sí las tres Divinas personas? ¿Es tan potente su alegría interior que todas las penas le rozan sin herirle? Cuando su amor se ve - ¡tantas veces! ¡tantos millones de veces! - defraudado ¿sobre qué hombro llora?

Sé muy bien que todo esto que estoy diciendo es terriblemente humano y, por tanto, falso aplicado a Dios. Pero el Dios-autor de toda ternura ¿nunca sangrará al saberse olvidado o despreciado?

Pensando en todo esto, he sentido que casi se me desbordaba el corazón al encontrar, en un pequeño libro del P. Peñalosa, una idea que jamás se me había ocurrido: ¿Reza Dios? ¿Cómo podría ser el Padre Nuestro de Dios? ¿De qué tipo podría ser la oración con la que Dios contesta cada vez que los ojos de los hombres se alzan al ciclo y ponen en sus labios -millones de veces en el planeta- esas dos palabras milagrosas: Padre Nuestro?

Y pienso -sobre el esquema de mi amigo- que esa oración podría ser algo parecida a ésta:
Hijo mío que estás en la tierra, preocupado, solitario, tentado, yo conozco perfectamente tu nombre y lo pronuncio como santificándolo, porque te amo. No, no estás solo, sino habitado por Mí, y juntos construimos este reino del que tú vas a ser el heredero. Me gusta que hagas mi voluntad porque mí voluntad es que tú seas feliz ya que la gloria de Dios es el hombre viviente. Cuenta siempre conmigo y tendrás el pan para hoy, no te preocupes, sólo te pido que sepas compartirlo con tus hermanos. Sabes que perdono todas tus ofensas antes incluso de que las cometas, por eso te pido que hagas lo mismo con los que a ti te ofenden. Para que nunca caigas en la tentación cógete fuerte de mí mano y yo te libraré del mal, pobre y querido hijo mío».
¿Es así? ¿No es así? ¿Quién puede saber los pensamientos de Dios? Realmente lo único que sabemos de El es lo que El mismo ha querido decimos. Y en la Biblia nos ha explicado de mil maneras que El nos ama mucho más de lo que podamos sospechar; que él quiere a los hombres más que la gallina a sus polluelos; que una madre puede llegar a traicionar a sus hijos, pero que El jamás traicionará ni abandonará a los suyos; que él cuida con amor hasta cada uno de los cabellos de nuestra cabeza.

A veces la gente me pregunta por qué me siento feliz. Y la respuesta es muy simple: Porque me siento querido. Por muchos hombres, pero sobre todo, por El. Porque nunca me he sentido abandonado. Porque experimento su ternura incluso en la oscuridad y en el dolor.

Y, claro, cuando uno se sabe querido ¡qué cuentan ya la oscuridad o los problemas! Este y no otro fue el misterio de la alegría de Jesús: sentía a su Padre en su interior y hasta en la piel de sus dedos; vivía con El y de El respiraban juntos; unidos hacían los milagros; y hasta el abandono en la cruz era una forma -paradójica, misteriosísima- de predilección pues, a través de esa cruz, estaba Jesús siendo lo más importante que sería jamás: Redentor de todos sus hermanos. Hasta ese abandono era fecundidad.

Cuando Jesús enseñó a sus discípulos a rezar el «Padre Nuestro» sabía muy bien lo que estaba diciendo. Estaba abriendo de par en par - ¡nada menos! - el mismo corazón de Dios.

Llena de gracia

(De "Vida y misterio de Jesús de Nazaret I" por el sacerdote, periodista y escritor español José Luis Martín Descalzo (1930-1991))

Estaba «llena de gracia». Más: era «la llena de gracia». El ángel dirá «llena de gracia» como quien pronuncia un apellido, como si en todo el mundo y toda la historia no hubiera más «llena de gracia» que ella. Y hasta los escrituristas insisten en el carácter pasivo que ahí tiene el verbo llenar y piensan que habría que traducirlo —con perdón de los gramáticos— «llenada de gracia». Era una mujer elegida por Dios, invadida de Dios, inundada por Dios. Tenía el alma como en préstamo, requisada, expropiada para utilidad pública en una gran tarea.

No quiere esto decir que su vida hubiera estado hasta entonces llena de milagros, que las varas secas florecieran de nardos a su paso o que la primavera se adelgazara al rozar su vestido. Quiere simplemente decir que Dios la poseía mucho más que el esposo posee a la esposa. El misterio la rodeaba con esa muralla de soledad que circunda a los niños que viven ya desde pequeños una gran vocación. No hubo seguramente milagros en su infancia, pero sí fue una niña distinta, una niña «rara». O más exactamente: misteriosa. La presencia de Dios era la misma raíz de su alma. Orar era, para ella, respirar, vivir.

Seguramente este mismo misterio la torturaba un poco. Porque ella no entendía. ¿Cómo iba a entender? Se sentía guiada, conducida. Libre también, pero arrastrada dulcemente, como un niño es conducido por la amorosa mano de la madre. La llevaban de la mano, eso era.

Muchas veces debió de preguntarse por qué ella no era como las demás muchachas, por qué no se divertía como sus amigas, por qué sus sueños parecían venidos de otro planeta. Pero no encontraba respuesta. Sabía, eso sí, que un día todo tendría que aclararse. Y esperaba.

Esperaba entre contradicciones. ¿Por qué —por ejemplo— había nacido en ella aquel «absurdo» deseo de permanecer virgen? Para las mujeres de su pueblo y su tiempo ésta era la mayor de las desgracias. El ideal de todas era envejecer en medio de un escuadrón de hijos rodeándola «como retoños de olivos» (Sal 127,3), llegar a ver «los hijos de los hijos de los hijos» (Tob 9,11). Sabía que «los hijos son un don del Señor y el fruto de las entrañas una recompensa» (Sal 126,3). Había visto cómo todas las mujeres bíblicas exultaban y cantaban de gozo al derrotar la esterilidad. Recordaba el llanto de Jefté y sus lamentos no por la pena de morir, sino por la de morir virgen, como un árbol cortado por la mitad del tronco.

Sabía que esta virginidad era aún más extraña en ella. ¿No era acaso de la familia de David y no era de esta estirpe de donde saldría el Salvador? Renunciando a la maternidad, renunciaba también a la más maravillosa de las posibilidades. No, no es que ella se atreviera siquiera a imaginarse que Dios podía elegirla para ese vertiginoso prodigio —«yo, yo» pensaba asustándose de la simple posibilidad—pero, aunque fuera imposible, ¿por qué cerrar a cal y canto esa maravillosa puerta?

Sí, era absurdo, lo sabía muy bien. Pero sabía también que aquella idea de ser virgen la había plantado en su alma alguien que no era ella. ¿Cómo podría oponerse? Temblaba ante la sola idea de decir «no» a algo pedido o insinuado desde lo alto. Comprendía que humanamente tenían razón en su casa y en su vecindario cuando decían que aquel proyecto suyo era locura. Y aceptaba sonriendo las bromas y los comentarios. Sí, tenían razón los suyos: ella era la loca de la familia, la que había elegido el «peor» partido. Pero la mano que la conducía la había llevado a aquella extraña playa.

Por eso tampoco se opuso cuando los suyos decidieron desposarla con José. Esto no lo entendía: ¿Cómo quien sembró en su alma aquel ansia de virginidad aceptaba ahora que le buscasen un esposo?
Inclinó la cabeza: la voluntad de Dios no podía oponerse a la de sus padres. Dios vería cómo combinaba virginidad y matrimonio. No se puso siquiera nerviosa: cosas más grandes había hecho Dios. Decidió seguir esperando.

El saber que era José el elegido debió de tranquilizarle mucho. Era un buen muchacho. Ella lo sabía bien porque en Nazaret se conocían todos. Un muchacho «justo y temeroso de Dios», un poco raro también, como ella. En el pueblo debieron de comentarlo: «Tal para cual». Hacían buena pareja: los dos podían cobijarse bajo un mismo misterio, aquel que a ella la poseía desde siempre.

¿Contó a José sus proyectos de permanecer virgen? Probablemente no. ¿Para qué? Si era interés de Dios el que siguiera virgen, él se las arreglaría para conseguirlo. En definitiva, aquel asunto era más de Dios que suyo. Que él lo resolviera. Esperó.

Pregón para una Navidad entre miedos

(De "Razones para la esperanza" por el sacerdote, periodista y escritor español José Luis Martín Descalzo (1930-1991)

Si yo tuviera que elegir uno solo entre los recuerdos de la ciudad de Belén, que he tenido la fortuna de visitar dos veces, sé que me quedaría., sin vacilar, con el de aquella puertecilla de entrada a la Basílica de la Natividad, aquella puerta de sólo un metro veinte de altura por la que sólo los niños podían entrar sin agacharse. Recuerdo que, a mi lado, el guía franciscano explicaba que esa entrada se hizo así en la Edad Media para evitar que los jenízaros pudieran penetrar en el templo a caballo, aterrando y descabezando a los fieles en oración. Pero yo no le oía. Estaba descubriendo en mi interior otra razón más alta: que a Dios sólo se puede llegar de dos maneras: o siendo niño o agachándose mucho. No empinándose, sino inclinándose. No estirándose, sino empequeñeciéndose. No subiéndose en escaleras o escabeles de ciencia, de poder o de grandeza, sino retornando a los primeros años de nuestra vida. Porque Dios no es más grande que nosotros, sino mucho más joven. o, para ser exacto, porque Dios es mucho más grande que nosotros, por la simple razón de que es más verdadero, más misericordioso, mucho más loco y niño que nosotros.

Pero este descubrimiento venía a abrir en mí otro problema- si Dios no pudo acercarse a los hombres sino por el camino de hacerse pequeño, ¿podrán los hombres acercarse a Dios por distinto sendero? Rosales ha escrito que la alegría no tiene más que una puerta, que es la puerta de entrada, porque quien entra en ella está felizmente perdido. Así las cosas de Dios: no tienen más entrada que la de la pequeñez. Por eso la Navidad es, ante todo, un misterio de infancia. Por eso es tan sagrada. Por eso sólo puede hablarse de ella dejando la palabra al niño que uno fue y confiando en que será leído por los niños que los lectores fueron.

Pero todos hemos crecido demasiado. Dicen que ser niño es vivir en la ignorancia. Y tal vez sea cierto. De pequeños, por ejemplo, creíamos que los árboles más altos tocaban con sus ramas el cielo. Ahora -sabios- ya hemos descubierto que el cielo está infinitamente lejos de nosotros. Y sabemos también cuánto más preferible era aquella ignorancia que esta ciencia.

¿Dónde queda, en verdad, el chiquillo que fuimos? Hemos crecido, hemos engordado, nos hemos ido llenando de grasas y de sebo, nos hemos amordazado con títulos y premios, nos hemos subido en el escabel de la importancia, hemos hecho ilustrísimas tarjetas de visita, aprendimos ya a manejar ese superlibro que es el talonario de cheques, los bancos nos han concedido el «abracadabra» de las tarjetas de crédito, ya somos hombres, al fin somos adultos, hemos dejado atrás la leche y los tartamudeos.

Y henos aquí, aterrados ante el mundo y la vida, mirando hacia Polonia o hacia los Altos del Golán con los ojos enfebrecidos con que el jugador de ruleta persigue los giros de la bola que puede abrir las puertas del cielo o de la guerra. Damos gracias a Dios porque en los últimos meses los terroristas han matado «poco» y hasta nos contentamos con que 1982 no resulte peor que 1981. Ya veis: hasta la esperanza se ha avinagrado y prostituido en nuestras manos, volviéndose vacilante y neurótica.

¿Han visto ustedes cómo esperan los niños a los Reyes? No pueden aguantar ya la espera, arden sus ojos y sus almas, pero su espera no es torturadora, sus miradas se encienden, pero no vuelven vidriosos sus ojos. ¿Sabéis por qué? Porque los niños nunca se preguntan si lo que vendrá el día de Reyes es hermoso o feo, magnífico o terrible. Ellos saben que lo que viene es incuestionablemente hermoso. Lo único que ignoran es qué clase de hermosura tendrá lo que va a negar. La suya es una esperanza gozosa porque es cierta. los niños saben que son amados. Sólo quieren saber cómo les expresarán este año su amor.

Por eso los niños viven en la alegría, mientras nosotros braceamos por ella. A los niños basta un rayo de sol para alegrarles. Pero hace falta todo un sol entero -ha escrito Goldwitzer- para que el corazón helado de un adulto pueda deshelarse.

El hombre no sabe esperar. Y espera, además, lo que no debe. Por eso no entendimos a Dios cuando vino. Esperábamos ver en sus manos el poder y vimos la pobreza. Esperábamos la cólera destructora de los enemigos y vino la gran misericordia. Esperábamos misteriosas revelaciones y vino un pedacito de carne que, con muchos esfuerzos, aprendió a decir papá y mamá.

Y es que -ya veis qué loco-, Dios quería ser amado. Y sabía muy bien que los hombres no Sabemos amar una cosa a menos que podamos rodearla con los brazos. Y al Dios de los Ejércitos podíamos temerle. Al Dios de los filósofos podíamos admirarle. Sólo le amaríamos si se hacía bebé. Por eso la Navidad es vértigo, desconcierto, exceso y desbordamiento. Por eso la Navidad viene a quitarnos las caretas de importancia con las que, a lo largo de la vida, nos hemos ido disfrazando. Viene a derretir los kilos de sebo y de grasa con los que fuimos embadurnando y amortajando nuestra infancia.

Porque -aleluia, aleluia!- la infancia es inmortal; al niño que fuimos puede arrinconársele, amordazársele, cloroformizársele. Matarle, no. Y el niño que hemos sido está aún ahí, dentro de nosotros, encerrado entre nuestros títulos y tarjetas de crédito, amordazado por nuestra experiencia, pero vivo. No se resigna a morir, grita, patalea dentro de nosotros. Las esquirlas de amor que aún, a veces, nos salen del alma son esos gritos y esos pataleos.

Dostoievski decía que «el hombre que guarda muchos recuerdos de su infancia, ése está salvado para siempre». Y así es cómo nosotros estamos salvados en la medida en que la Navidad pueda resucitar al chiquillo que fuimos. Estos son días para descubrir cuán locos estamos, para aprender que la experiencia es sólo una señora que nos da un peine cuando ya estamos calvos, y que es mucho mejor un pelo despeinado que un peine sin porqué ni para qué. Días para descubrir que el agua vale más que los cheques, que un poeta es más útil que un político, que un niño es más importante que un emperador, que la fe es la mejor lotería, que un brasero y amor en torno a él debería cotizarse altísimo en Bolsa.

Por eso en esta Navidad, en la que el mundo tiembla de hambre y de guerra, de paro y bomba atómica, en esta tierra nuestra que está casi olvidando ya el sabor de la esperanza, la Navidad y el pequeño Dios vienen a despertarnos de tanto y tanto miedo y a enseñarnos a mirar la vida con los ojos ardientes con los que hace años esperábamos a los Magos. A mí me gustaría que el mundo volviera a ser una gran escuela, que estuviéramos aún todos sentados en los viejos pupitres, que Dios fuera el maestro que escribe en la pizarra el verbo «amar». Y me gusta repetirles a mis amigos aquella gran lección que daba un día Bernanos a los niños de una escuela: «No olvidéis nunca que este mundo odioso se mantiene en pie por la dulce complicidad -siempre combatida, siempre renaciente- de los santos, de los poetas y de los niños. ¡Sed fieles a los santos! ¡Sed fieles a los poetas! ¡Permaneced fieles a la infancia! ¡Y no os convirtáis nunca en personas mayores!»

Porque, si lográramos esas tres fidelidades, en el mundo sería siempre Navidad. Y la alegría sería mucho más ancha y fuerte que los miedos.

Veinticuatro maneras de amar

(De "Razones para vivir" por José Luis Martín Descalzo)

Cuando a la gente se le habla de que «hay que amarse los unos a los otros» son muchos los que se te quedan mirando y te preguntan: ¿y amar, qué es: un calorcito en el corazón? ¿Cómo se hace eso de amar, sobre todo cuando se trata de desconocidos o semiconocidos? ¿Amar son, tal vez, solamente algunos impresionantes gestos heroicos?

Un amigo mío, Amado Sáez de Ibarra publicó hace muchos años un folleto que se titulaba «El arte de amar» y en él ofrecía una serie de pequeños gestos de amor, de esos que seguramente no cambian el mundo, pero que, por un lado, lo hacen más vividero y, por otro, estiran el corazón de quien lo hace.

Siguiendo su ejemplo voy a ofrecer aquí una lista de 24 pequeñas maneras de amar:
  1. Aprenderse los nombres de las personas que trabajan con nosotros o de las que nos cruzamos en el ascensor y tratarles luego por su nombre.
  2. Estudiar los gustos ajenos y tratar de complacerles.
  3. Pensar, por principio, bien de todo el mundo.
  4. Tener la manía de hacer el bien, sobre todo a los que no se lo merecerían teóricamente.
  5. Sonreír. Sonreír a todas horas. Con ganas o sin ellas.
  6. Multiplicar el saludo, incluso a los semiconocidos.
  7. Visitar a los enfermos, sobre todo si son crónicos.
  8. Prestar libros aunque te pierdan alguno. Devolverlos tú.
  9. Hacer favores. Y concederlos antes de que terminen de pedírtelos.
  10. Olvidar las ofensas. Y sonreír especialmente a los ofensores.
  11. Aguantar a los pesados. No poner cara de vinagre escuchándolos. 
  12. Tratar con antipáticos. Conversar con los sordos sin ponerte nervioso.
  13. Contestar, si te es posible, a todas las cartas.
  14. Entretener a los niños chiquitines. No pensar que con ello pierdes el tiempo.
  15. Animar a los viejos. No engañarles como chiquillos, pero subrayar todo lo positivo que encuentres en ellos.
  16. Recordar las fechas de los santos y cumpleaños de los conocidos y amigos.
  17. Hacer regalos muy pequeños, que demuestran el cariño pero no crean obligación de ser compensados con otro regalo.
  18. Acudir puntualmente a las citas, aunque tengas que esperar tú.
  19. Contarle a la gente las cosas buenas que alguien ha dicho de ellos.
  20. Dar buenas noticias.
  21. No contradecir por sistema a todos los que hablan con nosotros. 
  22. Exponer nuestras razones en las discusiones, pero sin tratar de aplastar.
  23. Mandar con tono suave. No gritar nunca.
  24. Corregir de modo que se note que te duele el hacerlo.
La lista podría ser interminable y los ejemplos similares infinitos. Y ya sé que son minucias. Pero con muchos millones de pequeñas minucias como éstas el mundo se haría más habitable.

El arte de criticar

(De "Razones para vivir" por José Luis Martín Descalzo)

Si en el mundo hay algo que sea especialísimamente difícil y para lo que, sin embargo, nos sintamos perfectamente preparados, es el arte de criticar. Arte endiabladamente complejo y que se convierte en injusticia noventa y nueve de cada cien veces que lo usamos y en el que, no obstante, nos embarcamos a diario con una frivolidad digna de mejor causa.

Es uno de nuestros deportes favoritos. ¿Quién hay que no critique algo o a alguien setenta veces siete cada día? Critican los hijos a los padres, los padres a los hijos, los vecinos a los demás vecinos, los gobernados a los gobernantes, los incrédulos a los creyentes, los creyentes a su propia Iglesia, los españoles a los españoles, los franceses a todo el resto del mundo, no hay persona que llegue a la noche sin haber derramado o recibido -sabiéndolo o sin saberlo- media docena de rociadas críticas al día.

Y lo gracioso es que esto de la crítica se suele presentar en la actualidad no sólo como un gran derecho, sino también como un mérito. Un hombre que «vive en postura crítica» se considera ya un privilegiado. «Mantener una actitud crítica» es algo así como la cima de la perfección. ¡Y cuánta falsedad y mediocridad se esconde a veces tras tan bonitas palabras! No creo que sea malo reflexionar un poco sobre este arte que jamás nos han enseñado.

Y no vendría mal empezar por un recuerdo infantil. Yo tuve un profesor de griego que nos explicaba que la palabra «crítica» viene del verbo «krino» o «krinein», que quiere decir «juzgar, medir, valorar», y nos recordaba que de esa misma raíz, «kri» vienen «crisol» y «acrisolar» (es decir: filtrar impurezas) y vienen también palabras tan dispares como «crisis», «criterio» e incluso «hipocresía» (desempeñar un papel teatral, literariamente).

Pero nuestro profesor insistía en que, por tanto, crítica no es, como suele pensarse, sólo decir las cosas malas de lo juzgado, sino medir, valorar cuanto tiene de bueno y de malo. Por lo que una crítica que sólo subraya lo negativo no es ya una crítica, sino algo muy diferente. Y entonces nuestro profesor nos explicaba que para expresar esa idea de «decir lo negativo» tenían los griegos otras dos palabras «aitía», que quiere decir acusación, y «diabolé», que es más dura y se refiere a la «acusación calumniosa». De esa última palabra viene precisamente el nombre de «diablo», es decir: el acusador, el calumniador.

No he olvidado nunca la explicación de mi profesor de griego: muchos que se creen «críticos», son simplemente «diablos». Muchos que creen ejercer esa nobilísima tarea que es criticar (separar el grano de la paja, para guardar el grano), lo que en realidad hacen es acusar, calumniar, diabolizar. Es decir. destruir.

El crítico, en cambio, es el que juzga porque ama aquello que está criticando y porque quiere ayudar a mejorar. Critica para empujar hacia arriba. No goza criticando. Sabe que al criticar él también se embarca en aquello que critica: porque también él fracasa si lo criticado no acaba mejorando.

El criticón es todo lo contrario: goza subrayando los aspectos negativos. Y el fracaso de lo criticado lo ve como un éxito propio, como una confirmación de que él tenía razón al criticarlo.

Triste personaje el criticón. Que empieza por no ser feliz. ¿Conocen ustedes a alguna persona que se pase la vida hablando mal de los demás y que sea al mismo tiempo feliz personalmente? No, el criticón critica precisamente porque él no es feliz y proyecta su amargura sobre el criticado. Lo que realmente no le gusta es su propio corazón. Y todo su desencanto por si mismo lo vuelca en cuanto mira. Si una jarra llena de vinagre rebosa -como dice el refrán-, rebosará vinagre. Si lo que rebosa es miel, es que está llena de miel.

Por eso, porque el criticón no puede aceptar que los demás sean más felices o mejores que él, todo el mundo le parece podrido. Y se pasa la vida vigilando los posibles -y temibles- éxitos de los demás.

En el fondo, al criticón le disgusta el mundo que le rodea y el que tiene dentro. Pero, como es demasiado orgulloso para reconocer que él tiene parte de culpa de ese mundo molesto, necesita inventarse culpables:  y los encuentra en todos los que le rodean. Como él está seguro de tener la verdad absoluta, se sube en la peana de esa verdad y se dedica a demostrar a todo el mundo que él tiene razón, ¿Cómo, entonces, podrían tenerla los demás?

Pero ahora debemos aterrizar un poco más. Y señalar cuándo y cómo se debe hacer la crítica.

Y las leyes fundamentales me parecen las siguientes: la primera es que no tiene derecho a criticar el que no elogia habitualmente. Un padre que jamás elogia las cosas que su hijo hace bien -y todo el mundo hace muchas cosas bien-, ¿qué derecho tendría a reñirle cuando se equivoca? Un jefe que jamás estimula a sus colaboradores, ¿no se despoja de razón para criticar cuando éstos fallan?

El que en política jamás encuentra nada válido en sus gobernantes, ¿no demuestra en sus críticas que o es un neurótico o tiene gafas políticas para criticarles? La crítica verdaderamente valiosa es la de quien, estando en principio siempre dispuesto al elogio, se ve, en algún caso, obligado a criticar.

La segunda ley podría ser ésta: no se debe criticar nada que no se ame. Si toda crítica va dirigida a conseguir el bien y no a destruir, ¿no es lógico que sólo se critique aquello cuyo bien se quiere? Criticamos con derecho a los gobernantes cuando de hecho querernos a nuestro país, y lo demostramos a diario con nuestro trabajo. Tenemos derecho a criticar a la Iglesia si la amamos. Y con tanta más razón criticamos al hijo o al esposo cuanto más les demostremos constantemente nuestro amor. La crítica del enemigo ni crea nada, ni nada aporta.

Lógicamente, cuando se critica lo que se ama se critica con amor, con tanta delicadeza como la que se emplea al curar una herida. Por ello, en una crítica rebozada de ironías o sarcasmo, puede haber un desahogo del que critica, no una esperanza de verdadera mejoría.

La cuarta norma podría ser ésta: Nunca se debe formular una crítica sin que, antes, el propio crítico se haya preguntado por la parte de responsable    que él tiene en lo que fustiga. La verdad es que todos somos responsables de todo.

Y cuando algo marcha mal, nadie de los que rodean ese mal puede estar seguro de tener limpias sus manos. ¿Cómo criticar a un país que produce poco, si no empezamos todos por cumplir nuestro deber?

¿Criticar a la jerarquía por la mala marcha de la Iglesia, no será una coartada para tapar nuestros errores? ¿Reñir a un hijo porque llega tarde a casa no es un autoengaño cuando no se ha empezado por hacer vividera la convivencia dentro?

Lógicamente se critica de manera distinta cuando uno se siente corresponsable de lo que se discute. Y, en rigor, sólo debería criticarse «desde dentro», comenzando por la confesión de nuestra propia culpa. El criticado entenderá mucho mejor su error si empezamos a compartir con él el nuestro. Porque no entenderá la crítica como una agresión hecha desde fuera, sino como una colaboración practicada desde dentro. Desde dentro del corazón.

Y ahora quisiera concretar las pequeñas leyes que son decisivas en el arte de criticar. Lo hago siguiendo las que seguía López Caballero. Podrían ser las siguientes.
- La crítica ha de hacerse siempre «cara a cara». No hay nada más sucio, más triste que la denuncia anónima. El que tira la piedra y esconde la mano sólo demuestra que su corazón está podrido. Y carece de todo derecho a criticar.
- La crítica ha de hacerse a la persona interesada y en privado (salvo en la crítica pública a las cosas públicas). Una crítica a un hijo o a un amigo en público es siempre rigurosamente contraproducente.
- Nunca se debe criticar comparando con otras personas. Decirle a un hijo: «Aprende de tu primo, o de fulanito» es olvidar que cada persona es cada persona.
- Se deben criticar los hechos, jamás las intenciones. El que ama debe partir siempre de la buena voluntad de aquellos a quienes ama.
- La crítica debe ser específica, no generalizadora; objetiva, no exagerada. Cualquier exageración en la crítica le hace perder toda su eficacia. Evitar las palabras «siempre», «nunca». Nadie es «siempre malo».
- Hay que criticar una sola cosa cada vez. Sí. al criticar, soltamos todos los rencorcillos que hemos ido acumulando durante meses, lo que conseguiremos es discutir y no curar.
- No se deben, en principio, repetir las críticas una vez formuladas. Las repeticiones y el machaconeo las vuelven ineficaces.
- Hay que saber elegir bien el momento para criticar. En principio lo ideal es hacerlo apenas se ha producido el hecho criticable, pero todo depende de que nosotros estemos tranquilos para criticar y el criticado lo esté para escuchar. Si uno de los dos está nervioso, lo más probable es que agrandemos la herida en lugar de curarla.
- Nunca se debe criticar lo que no se ha comprobado bien. Criticar sobre rumores, sobre sospechas, es predisponerse a ser injusto.
- Antes de criticar hay que ponerse en las circunstancias del criticado. Como dice un viejo proverbio: «Dios me libre de juzgar a mi hermano». 

Martirio a plazos

(De "Razones para vivir" por José Luis Martín Descalzo)

Desde el mismo corazón de África me escribe una amiga misionera que me dice cosas que me hacen pensar. Habla del sentido que ella atribuye a su existencia y escribe:
«Yo amo a mis hermanos, a mis amigos, como a mi misma vida, mejor dicho: como a Cristo, que es más amado que mí misma vida. Antes yo pedía en mi oración el martirio, pero de algún tiempo acá, me apasiona verdaderamente dar la vida por Cristo en el amigo, en el hermano. Porque el martirio es dar la vida por la fe, pero morir por es apasionante, porque Cristo es más que la fe. Aunque no sé si todas estas cosas mías son muy ortodoxas. En todo caso yo no encuentro sentido a la vida si no es para darla. Morir sólo porque sí, ¿no le parece muy sin sustancial?»
Yo tampoco sé, amiga mía, si esas frases son muy ortodoxas en el sentido técnico de la palabra. Pero lo que sí me parecen son muy cristianas y muy sensatas.

Y tengo que comenzar por decirle que también yo tengo desde hace mucho una seria desconfianza ante los «sueños de martirio». De muchacho también los tuve yo. Con mis dieciséis años me veía en las selvas de la India enfrentándome con los tígres de Bengala o en la africanas, luchando con los hechiceros, o cayendo como un mártir más bajo las balas en la guerra que viví de niño.

Con el paso del tiempo me fui dando cuenta de que esos sueños eran una especie de coartada para no luchar con la realidad. Como me sentía héroe en mí imaginación, ya no era necesario trabajar tanto en la vida de cada día. Y, poco a poco, dejé de pedir el martirio cruento en mis oraciones. Entre otras cosas, porque para que haya un mártir tiene que haber también un matador y yo aspiraba a un mundo en que nadie matase a nadie.

Por eso mi oración cambió. Y le decía a Dios: «Si Tú quieres mi muerte, dame, cuando llegue, la fuerza para ponerla en tus manos. Pero mejor es que me ayudes a poner en tus manos mi vida de cada día, mi martirio a plazos».

Y es que empecé a encontrarme, no sólo en lo religioso, sino también en lo humano, mucha gente que hablaba de heroísmo pero luego no daba el callo. Personas que hablaban mucho de dar la vida por la patria, pero que, luego, no le daban cada día el trabajo con el que se la construye o no eran difusoras de esa paz y alegría con las que la patria se alimenta. Gentes que decían que darían la vida por sus seres queridos, pero luego les hacían la vida imposible.

Por eso elegí esa fórmula del martirio a plazos. No soñar con la flecha ni el balazo. Aceptar, en cambio, el arañazo de cada día. Querer a la gente hoy y mañana. Y no soñar en un futuro heroico.

Con la fe pasa lo mismo. Si Dios un día nos pide que muramos por ella, ya nos dará Él fuerza para hacerlo. Pero lo normal es que Dios nos pida que demos por ella esta vida de cada día y que la demos, no teóricamente, sino, como mí amiga dice, «queriendo a Cristo en directo», en nuestros amigos, en nuestros hermanos. Ya sé que por este «martirio a plazos» no nos canonizarán. Pero en el cielo hay más santos de los que nos imaginamos.

Carta a Dios

(De "Razones para el amor" por el sacerdote, periodista y escritor español José Luis Martín Descalzo (1930-1991), escrita poco antes de su muerte)

Gracias. Con esta palabra podría concluir esta carta, Dios, o amor mío. Porque eso es todo lo que tengo que decirte: gracias. gracias. Si, desde la altura de mis cincuenta y cinco años, vuelvo mi vista atrás, ¿qué encuentro sino la interminable cordillera de tu amor? No hay rincón en mi historia en el que no fulgiera tu misericordia sobre mi. No ha existido una hora en que no haya experimentado tu presencia amorosa y paternal acariciando mi alma.

Ayer mismo recibía la carta de una amiga que acaba de enterarse de mis problemas de salud, y me escribe furiosa: «Una gran carga de rabia invade todo ni¡ ser y me rebelo una vez y otra vez contra ese Dios que permite que personas como tú sufran.» ¡Pobrecilla! Su cariño no le deja ver la verdad. Porque -aparte de que yo no soy más importante que nadie-- toda mi vida es testimonio de dos cosas: en mis cincuenta años he sufrido no pocas veces de manos de los hombres. De ellos he recibido arañazos y desagradecimientos, soledad e incomprensiones. Pero de ti nada he recibido sino una interminable siembra de gestos de cariño. M última enfermedad es uno de ellos.

Me diste primero el ser. Esta maravilla de ser hombre. El gozo de respirar la belleza del mundo. El de encontrarme a gusto en la familia humana. El de saber que, a fin de cuentas, si pongo en una balanza todos esos arañazos y zancadillas recibidos serán siempre muchísimo menores que el gran amor que esos mismos hombres pusieron en el otro platillo de la balanza de mi vida. ¿He sido acaso un hombre afortunado y fuera de lo normal? Probablemente. Pero ¿en nombre de qué podría yo ahora fingirme un mártir de la condición humana si sé que, en definitiva, he te- nido más ayudas y comprensión que dificultades?

Y, además, tú acompañaste el don de ser con el de la fe. En mi infancia yo palpé tu presencia a todas horas. Para mí, tu imagen fue la de un Dios sencillo. Jamás me aterrorizaron con tu nombre. Y me sembraron en el alma esa fabulosa capacidad: la de saberme amado, la de sentirme amado, la de experimentar tu presencia cotidiana en el correr de las horas.

Hay entre los hombres -lo sé- quienes maldicen el día de su nacimiento, quienes te gritan que ellos no pidieron nacer. Tampoco yo lo pedí, porque antes no existía. Pero de haber sabido lo que sería mi vida, con qué gritos te habría implorado la existencia, y ésta, precisamente, que de hecho me diste.

Supongo que fue absolutamente decisivo el nacer en la familia que tú me elegiste. Hoy daría todo cuanto después he conseguido sólo por tener los padres y hermanos que tuve. Todos fueron testigos vivos de la presencia de tu amor. En ellos aprendí -¡qué fácilmente!- quién eras y cómo eres. Desde entonces amarte -y amar, por tanto, a todos y a todo- me empezó a resultar cuesta abajo. Lo absurdo habría sido no quererte. Lo difícil habría sido vivir en la amargura. La felicidad, la fe, la confianza en la vida fueron, para mi, como el plato de natillas que mamá pondría, infaliblemente, a la hora de comer. Algo que vendría con toda seguridad. Y que si no venía, era simplemente porque aquel día estaban más caros los huevos, no porque hubiera escaseado el amor. Entonces aprendí también que el dolor era parte del juego. No una maldición, sino algo que entraba en el sueldo de vivir; algo que, en todo caso, siempre sería insuficiente para quitarnos la alegría.

Gracias a todo ello, ahora -siento un poco de vergüenza al decirlo- ni el dolor me duele, ni la amargura me amarga. No porque yo sea un valiente, sino sencillamente porque al haber aprendido desde niño a contemplar ante todo las zonas positivas de la vida y al haber asumido con normalidad las negras, resulta que, cuando éstas llegan, ya no son negras, sino sólo un tanto grises. Otro amigo me escribe en estos días que podré soportar la diálisis «chapuzándome en Dios». Y a mí eso me parece un poco excesivo y melodramático. Porque o no es para tanto o es que de pequeño me «chapuzaron» ya en la presencia «normal» de Dios, y en ti me siento siempre como acorazado contra el sufrimiento. O tal vez es que el verdadero dolor aún no ha llegado.

A veces pienso que he tenido «demasiado buena suerte». Los santos te ofrecían cosas grandes. Yo nunca he tenido nada serio que ofrecerte. Me temo que, a la hora de mi muerte, voy a tener la misma impresión que en ese momento tuvo mi madre: la de morirme con las manos vacías, porque nunca me enviaste nada realmente cuesta arriba para poder ofrecértelo. Ni siquiera la soledad. Ni siquiera esos descensos a la nada con que tú regalas a veces a los que verdaderamente fueron tuyos. Lo siento. Pero ¿qué hago yo si a mí no me has abandonado nunca? A veces me avergüenzo pensando que me moriré sin haber estado nunca a tu lado en el huerto de los olivos, sin haber tenido yo mi agonía de Getsemaní. Pero es que tú -no sé por qué- jamás me sacaste del domingo de Ramos. Incluso alguna vez --en mis sueños heroicos- he pensado que me habría gustado tener yo también una buena crisis de fe para demostrarte a ti y a " mismo que la tengo. Dicen que la auténtica fe se prueba en el crisol. Y yo no he conocido otro crisol que el de tus manos siempre acariciantes.

Y no es, claro, que yo haya sido mejor que los demás. El pecado ha puesto su guarida en mí y tú y yo sabemos hasta qué profundidades. Pero la verdad es que ni siquiera en las horas de la quemadura he podido experimentar plenamente la llama negra del mal de tanta luz como tú mantenías a mi lado. En la miseria he seguido siendo tuyo. Y hasta me parece que tu amor era tanto más tierno cuantas más niñerías hacía yo.

También me gustaría presumir ante ti de persecuciones y dificultades. Pero tú sabes que, aun en lo humano, me rodeó siempre más gente estupenda que traidora y que recibí por cada incomprensión diez sonrisas. Que tuve la fortuna de que el mal nunca me hiciera daño y, sobre todo, que no me dejara amargura dentro. Que incluso de aquello saqué siempre ganas de ser mejor y hasta misteriosas amistades.

Luego me diste el asombro de mi vocación. Ser cura es imposible, tú lo sabes. Pero también maravilloso, yo lo sé. Hoy no tengo, es cierto, el entusiasmo de enamorado de los primeros días. Pero, por fortuna, no me he acostumbrado aún a decir misa y aún tiemblo cada vez que confieso. Y sé aún lo que es el gozo soberano de poder ayudar a la gente -siempre más de lo que yo personalmente sabría- y el de poder anunciarles tu nombre. Aún lloro -¿sabes?- leyendo la parábola del hijo pródigo. Aún -gracias ~ a ti- no puedo decir sin conmoverme esa parte del Credo que habla de tu pasión y de tu muerte.

Porque, naturalmente, el mayor de tus dones fue tu Hijo, Jesús. Si yo hubiera sido el ~ desgraciado de los hombres, si las desgracias me hubieran perseguido por todos los rincones de mi vida, sé que me habría bastado recordar a Jesús para superarlas. Que tú hayas sido uno de nosotros me reconcilia con todos nuestros fracasos y vacíos. ¿Cómo se puede estar triste sabiendo que este planeta ha sido pisado por tus pies? ¿Para qué quiero más ternuras que la de pensar en el rostro de María?

He sido feliz, claro. ¿Cómo no iba a serlo? Y he sido feliz ya aquí, sin esperar la gloria del cielo. Mira, tú ya sabes que no tengo miedo a la muerte, pero tampoco tengo ninguna prisa porque llegue. ¿Podré estar allí más en tus brazos de lo que estoy ahora? Porque éste es el asombro: el cielo lo tenemos ya desde el momento en que podemos amarte. Tiene razón mi amigo Cabodevilla: nos vamos a morir sin aclarar cuál es el mayor de tus dones: si el de que tú nos ames o el de que nos permitas amarte.

Por eso me da tanta pena la gente que no valora sus vidas. Pero ¡sí estamos haciendo algo que es infinitamente más grande que nuestra naturaleza: amarte, colaborar contigo en la construcción del gran edificio del amor!

Me cuesta decir que aquí te damos gloria. ¡Eso seria demasiado! Yo me contento con creer que mi cabeza reposando en tus manos te da la oportunidad de quererme. Y me da un poco de risa eso de que nos vas a dar el cielo como premio. ¿Como premio de qué? Eres un tramposo: nos regalas tu cielo y encima nos das la impresión de haberío merecido. El amor, tú lo sabes muy bien, es él solo su propia recompensa. Y no es que la felicidad sea la consecuencia o el fruto del amor. El amor ya es, por sí solo, la felicidad. Saberte Padre es el ciclo. Claro que no me tienes que dar porque te quiera. Quererte ya es un don. No podrás darme más.

Por todo eso, Dios mío, he querido hablar de ti y contigo en esta página final de mis Razones para el amor. Tú eres la última y la única razón de mi amor. No tengo otras. ¿Cómo tendría alguna esperanza sin ti? ¿En qué se apoyaría mi alegría si nos faltases tú? ¿En qué vino insípido se tornarían todos mis amores si no fueran reflejo de tu amor? Eres tú quien da fuerza y vigor a todo. Y yo sé sobradamente que toda mi tarea de hombre es repetir y repetir tu nombre. Y retirarme.

La quemadura



(Del sacerdote, periodista y escritor español José Luis Martín Descalzo (1930-1991))
En estos labios que vistió el pecado
con una oscura cortina enrojecida,
beso y mentira hicieron su guarida
y la falsa sonrisa su mercado.

¿Y Vos entráis en ella, descuidado,
en la boca del lobo? ¡Ved, mi vida,
que vais a ser, pues que perdí mi brida,
Dios en boca de un hombre desbocado!

¡Y si, al menos, locura hubiera sido
mi loco desbocarme! Pero lleno
de vacíos estoy, y he convertido
tu espuela, ¡oh Dios!, ¡tu roja espuela!, en frenos.
¡Mas arda en mi tu Pan, y habré vivido
loco de amor y desbocado al menos!

Nadie ni nada



(Del sacerdote, periodista y escritor español José Luis Martín Descalzo (1930-1991))
Nadie estuvo más solo que tus manos
perdidas entre el hierro y la madera;
mas cuando el pan se convirtió en hoguera
nadie estuvo más lleno que tus manos.

Nadie estuvo más muerto que tus manos
cuando, llorando, las besó María;
mas cuando el vino ensangrentado ardía
nadie estuvo más vivo que tus manos.

Nadie estuvo más ciego que mis ojos
cuando creí mi corazón perdido
en un ancho desierto sin hermanos.
Nadie estaba más ciego que mis ojos.
Grité, Señor, porque te has ido.
Y Tú estabas latiendo entre mis manos.