Mostrando las entradas con la etiqueta Textos espirituales de Emiliano Tardif. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Textos espirituales de Emiliano Tardif. Mostrar todas las entradas

Arrepentirse sana

(De "Jesús Está Vivo" por Emiliano Tardif)
El arrepentimiento favorece la sanación física e interior.
La enfermedad en sí (no ésta o aquella enfermedad) es producto del pecado.
Si nos arrepentimos del pecado y nos convertimos a Dios,
necesariamente van a cesar las consecuencias del pecado.

Confieso que hay personas que viven en pecado y que son sanadas por el Señor,
pero también soy testigo que la mayor parte de las que reciben curación
son llevadas a un arrepentimiento.
Sin embargo el camino más normal es el que encontramos en el Evangelio.

Abandonarse en Dios

(De "Jesús está vivo" por Emiliano Tardif)
Nosotros oramos pero no podemos forzar la mano de Dios,
El puede tener un plan mucho más hermoso que el nuestro,
El puede curarnos o concedernos la sanación completa:
el encuentro definitivo en la vida eterna donde no hay lágrimas, luto ni muerte.
Por tanto es fundamental la actitud de abandono confiado en las manos amorosas del Padre.
Este abandono en sí ya es una gracia inmensa.
Quien se abandona a Dios recobra la paz profunda que el mundo no puede dar.

Clic aquí para para ver más frases y expresiones breves

Perdonar es ganar

Frase del Padre Emiliano Tardif
Muchos piensan que perdonar es perder y no se dan cuenta que es ganar,
porque así, Dios nos libera de nuestros odios y resentimientos;
nos asemeja a Jesús que amó y perdonó a sus enemigos
y nos abre al perdón y a la gracia de Dios.

Hablar con Él

Pensamiento del Padre Emiliano Tardif
¡Qué sed tiene la gente de oración!
Se acercan a nosotros para pedirnos que les enseñemos a orar.
Como Jesús, debemos enseñarles orando con ellos.
No podemos desaprovechar esa maravillosa oportunidad.
Si nosotros habláramos menos del Señor y habláramos más con El,
¡qué pronto se transformaría nuestro mundo!
Es cierto que al Señor le agrada que hablemos de El,
pero más le gusta que hablemos con El.

Tú me conoces

(De "Jesús Está Vivo" por Emiliano Tardif)
Dios mío, tú que me escrutas y me conoces; sabes cuándo me siento y cuándo me levanto;
mis pensamientos calas desde lejos, observas si voy de viaje o si me acuesto,
familiares te son todas mis sendas.
No está aún en mi lengua la palabra, y ya tú, Dios mío, la conoces entera.
Me aprietas por detrás y por delante, y tienes puesta sobre mí tu mano.
¿A dónde iré lejos de tu Espíritu, a dónde de tu rostro podré huir?
Si hasta los cielos subo, allí estás tú, si en el sheol me acuesto, allí te encuentro.
Si tomo las alas de la aurora, si voy a parar a lo último del mar,
también allí tu mano me conduce, tu diestra me aprehende.
Aunque diga: "me cubra al menos la tiniebla, y noche sea la luz en torno a mí"
la misma tiniebla no es tenebrosa para ti, y la noche es luminosa como el día.
Porque tú mis riñones has formado, me has tejido en el vientre de mi madre;
te doy gracias por tan grandes maravillas; prodigio soy, prodigios son tus obras...
Mi alma conocías cabalmente, y mis huesos no se te ocultaban,
cuando yo era hecho en lo secreto, tejido en las honduras de la tierra.
Mis acciones tus ojos las veían, todas ellas estaban en tu libro,
escritos mis días, señalados, sin que ninguno de ellos existiera.
¡Cuán insondables, oh Dios, tus pensamientos, que incontable su suma!
¡Son más, si los recuento, que la arena!
y al terminar ¡todavía me quedas tú!

Sanación del Padre Emiliano Tardif

(De "Jesús está vivo" por Emiliano Tardif y José H. Prado Flores)

En 1973, yo era provincial de mi Congregación, Misioneros del Sagrado Corazón, en la República Dominicana. Había trabajado demasiado, abusando de mi salud en los 16 años que tenía como misionero en el país. Pasé mucho tiempo en actividades materiales, construyendo iglesias, edificando seminarios, centros de promoción humana, de catequesis, etc. Siempre estaba buscando dinero para edificar casas y para dar alimento a nuestros seminaristas.

El Señor me permitió vivir todo ese activismo y, por el exceso de trabajo, caí enfermo. El 14 de junio de ese año en una asamblea del Movimiento Familiar Cristiano me sentí mal, muy mal. Tuvieron que llevarme inmediatamente al Centro Médico Nacional. Estaba tan grave que pensaba que no podría pasar la noche. Creí realmente que me iba a morir pronto. Muchas veces había meditado sobre la muerte y predicado sobre ella, pero nunca había hecho el ensayo de morirme, y esto no me gustó.

Los médicos me hicieron análisis muy detenidos, detectándome tuberculosis pulmonar aguda. Al ver que estaba tan enfermo pensé volver a mi país, Quebec, Canadá, donde nací y vive mi familia. Pero estaba tan delicado que no podía hacerlo entonces. Tuve que esperar quince días bajo tratamientos con reconstituyentes, para realizar el viaje.

En Canadá me internaron en un centro médico especializado donde los médicos me volvieron a examinar, pues querían estar bien seguros de cuál era mi enfermedad. El mes de julio se lo pasaron haciendo análisis, biopsia, radiografías, etc. Después de todos estos estudios, confirmaron de manera científica que la tuberculosis pulmonar aguda había lesionado gravemente los dos pulmones. Para animarme un poco me dijeron que tal vez después de un año de tratamiento y reposo podría volver a mi casa.

Un día recibí dos visitas muy peculiares. Primero llegó el sacerdote director de RND -Revista "Notre Dame"- quien me pidió permiso de tomarme una fotografía para el artículo: "Cómo Vivir con su Enfermedad".

Aún él no se despedía cuando entraron cinco seglares de un grupo de oración de la Renovación Carismática. En República Dominicana me había burlado mucho de la Renovación Carismática, afirmando que América latina no necesitaba don de lenguas sino promoción humana, y ahora ellos venían a orar desinteresadamente por mí.

Estas visitas tenían dos enfoques totalmente diferentes: el primero para aceptar la enfermedad. El segundo para recobrar la salud.

Como sacerdote misionero pensé que no era edificante rechazar la oración. Pero, sinceramente, la acepté más por educación que por convicción. No creía que una simple oración pudiera conseguirme la salud.

Ellos me dijeron muy convencidos:
-Vamos a hacer lo que dice el Evangelio: Impondrán las manos sobre los enfermos y éstos quedarán sanos. Así que oraremos y el Señor te va a sanar.
Acto seguido se acercaron todos a la mecedora donde yo estaba sentado y me impusieron las manos. Yo nunca había visto algo semejante y no me gustó. Me sentí ridículo debajo de sus manos y me daba pena con la gente que pasaba afuera y se asomaba por la puerta que se había quedado abierta.

Entonces interrumpí la oración y les propuse:
-Si quieren, vamos a cerrar la puerta...
-Sí, padre, cómo no... -respondieron.
Cerraron la puerta, pero ya Jesús había entrado.

Durante la oración yo sentí un fuerte calor en mis pulmones. Pensé que era otro ataque de tuberculosis y que me iba a morir. Pero era el calor del amor de Jesús que me estaba tocando y sanando mis pulmones enfermos. Durante la oración hubo una profecía. El Señor me decía. "Yo haré de ti un testigo de mi amor". Jesús vivo estaba dando vida, no sólo a mis pulmones sino a mi sacerdocio y a todo mi ser.

A los tres o cuatro días me sentía perfectamente bien. Tenía apetito, dormía bien y no había dolor alguno. Los médicos estaban preparados para comenzar inmediatamente el tratamiento. Sin embargo, ningún medicamento les respondía de acuerdo a mi supuesta enfermedad. Entonces mandaron traer unas inyecciones especiales para gentes cuyo organismo no es normal, pero tampoco hubo reacción alguna.

Yo me sentía bien y quería regresar a casa, pero ellos me obligaron a pasar el mes de agosto en el hospital buscando por todos lados la tuberculosis que se les había escapado y no podían encontrar.

Al final del mes, después de muchos experimentos el médico responsable me dijo:
-Padre, vuelva a su casa. Usted está perfectamente, pero esto va en contra de todas nuestras teorías médicas. No sabemos lo que ha pasado.
Luego, encogiendo los hombros, añadió:
-Padre, usted es un caso único en este hospital.
-En mi Congregación también -le respondí riendo.
Salí del hospital sin recetas, medicinas ni cuidados especiales. Me fui a casa pesando sólo 110 libras (50 kilos). El hospital que me iba a curar de tuberculosis me estaba matando de hambre.

Quince días después apareció el número 8 de la Revista "Notre Dame". En la página cinco estaba mi fotografía del hospital: sentado en la célebre mecedora, con sondas, cara triste y mirada pensativa. Abajo de la fotografía decía: El enfermo debe aprender a vivir con su enfermedad, acostumbrarse a las alusiones veladas a las preguntas indiscretas... y a los amigos que ya no volverán a mirarlo de la misma manera". Pero mi salud echó a perder su número.

El Señor me había sanado. Mi fe era muy pequeña, tal vez del tamaño de un grano de mostaza, pero Dios era tan grande que no había dependido de mi pequeñez. Así es nuestro Dios. Si estuviera condicionado a nosotros, no sería Dios.

De esa manera yo recibí en carne propia la primera y fundamental enseñanza para el ministerio de curación: El Señor nos sana con la fe que tenemos. No nos pide más, sólo eso.

El 15 de septiembre asistí a la primera reunión de oración carismática de mi vida. Ni sabía lo que era eso, pero fui, puesto que me había curado y las personas que habían orado por mí me pidieron que diera el testimonio de mi sanación.

Comencé a trabajar un poco ese mes de septiembre y le escribí a mi superior para que el año que yo debía estar hospitalizado me permitiera pasarlo estudiando la Renovación Carismática en Canadá y Estados Unidos. Me dio permiso y fui a los centros más importantes de Quebec, Pittsburg, Notre Dame y Arizona.

Recuerdo que estaba en los Angeles celebrando misa con mi sobrina y un amigo. Después de leer el Evangelio en francés quise comentarlo, pero pasó algo muy curioso: sentí como que la mejilla se me adormecía y comencé a hablar algo que no entendía. No era ni francés, ni inglés, ni español. Cuando terminé de hablar, exclamé sorprendido:
-No me digan que voy a recibir el don de lenguas...
-Eso es lo que tú ya recibiste, tío -respondió mi sobrina-. Tú estabas hablando en lenguas.
Tanto que yo me había burlado del don de lenguas y el Señor me lo regaló en el momento en que iba a predicar. Así descubrí ese don tan hermoso del Señor.

Oración de sanación de familias

(Del P. Emiliano Tardif)

Te damos gracias, Señor, por ayudarnos a descubrir más y más el plan maravilloso que tú tienes para cada familia nuestra.

Tú quieres que la familia sea en la tierra el reflejo de la Trinidad de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Te pedimos que sanes las heridas emocionales de nuestros corazones que muchas veces vienen a ser la raíz de nuestra agresividad, de nuestra impaciencia, de nuestra falta de comprensión.

Sana los corazones de los padres y las madres para que puedan imitar a José, a María y a Jesús en el hogar. Te lo pedimos por los méritos de tu pasión.

Sana los corazones de hijos, para que sepamos imitar a Jesús en el hogar de Nazaret y ser obedientes y crecer en sabiduría y amor con nuestros padres. Te lo suplicamos Jesús. Tú que has tomado sobre ti todas nuestras dolencias.

Sana el corazón de tantas madres afligidas por la falta de comprensión de su hijo, de su hija. Llénalas de amor para que sean instrumentos tuyos para sacar a sus hijos en sus corazones heridos. Te lo pedimos Jesús.

Ven a fortalecer el amor del esposo y de la esposa para que siempre y en todo busquen ser testigos de tu presencia en el hogar. Que el padre sea la imagen del Padre del cielo, y la madre en el hogar imite a la Virgen María en Nazaret.

Te lo pedimos Jesús, todo, porque tú eres Jesús, y tú haz dicho: Pedid y se os dará. Mira, Jesús, cuántos problemas en nuestros matrimonios en nuestras familias y tú has venido a romper nuestra cadena a darnos la libertad, a darnos vida y vida en abundancia.

Nos ponemos todos de acuerdo, para pedir esta bendición para nuestras familias, para que lleguemos a ser comunidades de amor, donde tú eres el centro y la vida de nuestros hogares.

Te pedimos también que sanes a los que sufren en su cuerpo. Tú eres la resurrección y la vida, Jesús. Tú eres la plenitud de la vida.

Virgen María, tú eres la Madre de la Iglesia. Ruega por nosotros. Intercede por nuestras familias, como lo hiciste en Caná de Galilea, cuando Jesús cambió el agua en vino por tu intercesión. Intercede por nuestras familias, para que todo lo que es agua se cambie en vino rico, abundante, el vino del amor como en Nazaret. Y que la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes y sobre todas sus familias. Amén

Oración de Sanación Interior

(De Emiliano Tardif)
Padre de bondad, Padre de amor,
te bendigo, te alabo y te doy gracias
porque por amor nos diste a Jesús.

Gracias Padre porque a la luz de tu Espíritu
comprendemos que El es la luz, la verdad y el buen pastor,
que ha venido para que tengamos vida
y la tengamos en abundancia.

Hoy, Padre, me quiero presentar delante de Tí, como tu hijo.
Tú me conoces por mi nombre.
Pon tus ojos de Padre amoroso en mi vida.
Tú conoces mi corazón y conoces las heridas de mi historia.

Tú conoces todo lo que he querido hacer y no he hecho.
Conoces también lo que hice o me hicieron lastimándome.
Tú conoces mis limitaciones, errores y mi pecado.

Conoces los traumas y complejos de mi vida.

Hoy, Padre, te pido que por el amor que le tienes a Tu Hijo Jesucristo,
derrames Tu Santo Espíritu sobre mí,
para que el calor de tu amor sanador,
penetre en lo más íntimo de mi corazón.

Tú que sanas los corazones destrozados y vendas las heridas
sáname aquí y ahora de mi alma, mi mente,
mi memoria y todo mi interior.

Entra en mí, Señor Jesús, como entraste en aquella casa
donde estaban tus discípulos llenos de miedo.

Tú te apareciste en medio de ellos y les dijiste:
"Paz a vosotros".
Entra en mi corazón y dame Tu paz.
Lléname de amor.

Sabemos que el amor echa fuera el temor.

Pasa por mi vida y sana mi corazón.
Sabemos, Señor Jesús,
que Tú lo haces siempre que te lo pedimos,
y te lo estoy pidiendo con María mi Madre,
la que estaba en las bodas de Caná cuando no había vino
y Tú respondiste a su deseo, transformando el agua en vino.

Cambia mi corazón y dame un corazón generoso,
un corazón afable, un corazón bondadoso, dame un corazón nuevo.
Haz brotar en mí los frutos de tu presencia.

Dame el fruto de tu Espíritu que es amor, paz, alegría.
Haz que venga sobre mí el Espíritu de las bienaventuranzas,
para que pueda saborear y buscar a Dios cada día,
viviendo sin complejos ni traumas
junto a los demás, junto a mi familia, junto a mis hermanos.

Te doy gracias, Padre, por lo que estás haciendo hoy en mi vida.
Te doy gracias de todo corazón porque Tú me sanas,
porque Tú me liberas, porque Tú rompes las cadenas y me das la libertad.

Gracias, Señor Jesús, porque soy templo de Tu Espíritu
y este templo no se puede destruir porque es la Casa de Dios.

Te doy gracias, Espíritu Santo, por la Fé.
Gracias por el amor que has puesto en mi corazón.
¡Qué grande eres, Señor Dios Trino y Uno!
Bendito y alabado seas, Señor.

Oración de sanación física

(Del P. Emiliano Tardif)

Señor Jesús, creemos que estás vivo y resucitado.

Creemos que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento del altar y en cada uno de nosotros. Te alabamos y te adoramos. Te damos gracias, Señor, por venir hasta nosotros como pan vivo bajado del cielo. Tú eres la plenitud de la vida. Tú eres la resurrección y la vida. Tú eres, Señor, la salud de los enfermos.

Hoy queremos presentarte a todos los enfermos que leen esta oración, porque para Ti no hay distancia ni en el tiempo ni en el espacio.

Tú eres el eterno presente y Tú los conoces. Ahora, Señor, te pedimos que tengas compasión de ellos. Visítalos a través de tu Evangelio proclamado en este sitio web para que todos reconozcan que Tú estás vivo en tu Iglesia hoy; y que se renueva su fe y su confianza en Ti; te lo suplicamos, Jesús.

Ten compasión de los que sufren en su cuerpo, de los que sufren en su corazón y de los que sufren en su alma que están orando y leyendo los testimonios de lo que Tú estás haciendo por tu Espíritu renovador en el mundo entero.

Ten compasión de ellos, Señor. Desde ahora te lo pedimos. Bendícelos a todos y haz que muchos vuelvan a encontrar la salud, que su fe crezca y se vayan abriendo a las maravillas de tu amor para que también ellos sean testigos de tu poder y de tu compasión. Te lo pedimos, Jesús, por el poder de tus santas llagas, por tu santa cruz y por tu preciosa sangre. Sánalos, Señor, sánalos en su cuerpo, sánalos en su corazón, sánalos en su alma. Dales vida y vida en abundancia. Te lo pedimos por intercesión de María Santísima, tu madre, la Virgen de los Dolores, quien estaba presente, de pie, cerca de la cruz. La que fue la primera en contemplar tus santas llagas y que nos diste por madre.

Tú nos has revelado que ya has tomado sobre Ti todas nuestras dolencias y por tus santas llagas hemos sido curados.

Hoy, Señor, te presentamos en fe a todos los enfermos que nos han pedido oración y te pedimos que los alivies en su enfermedad y que les des la salud.

Te pedimos por la gloria del Padre del cielo, que sanes a los enfermos que van a leer esta oración. Haz que crezcan en la fe, en la esperanza, y que reciban la salud para gloria de tu Nombre. Para que tu Reino siga extendiéndose más y más en los corazones, a través de los signos y prodigios de tu amor.

Todo esto te lo pedimos Jesús, porque Tú eres Jesús.

Tú eres el Buen Pastor y todos somos ovejas de tu rebaño. Estamos tan seguros de tu amor, que aún antes de conocer el resultado de nuestra oración en fe, te decimos: gracias Jesús por lo que Tú vas a hacer en cada uno de ellos. gracias por los enfermos que Tú estás sanando ahora, que Tú estás visitando con tu misericordia.

¡Gloria y alabanza a Ti, Señor! Amen.