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Abandonarnos en Él

Frase del beato Dom Columba Marmion, monje y sacerdote irlandés (1852-1923)
Dios es la sabiduría que nos ha creado y, cuando ve a un alma, lo ve en ella todo absolutamente;
la penetra intensamente y claramente la comprende.
Y cuanto más se abandona el alma en Él, mucho más obra en ella y bendice sus actos;
pero no siempre atendiendo a los cálculos humanos,
sino al bien de esta alma y a los intereses de la gloria de Dios.
La influencia que un alma como ésta ejerce en el mundo sobrenatural es incalculable
pues el radio de su acción participa, de algún modo, de la infinitud misma de Dios.

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Al hacer el Vía Crucis

Frase de Dom Columba Marmion
Cuando cada día,
al hacer el Vía Crucis,
contemplo a Dios, el Infinito, el Todopoderoso,
sucumbiendo a la flaqueza y temblando en Getsemaní,
comprendo que en vez de haber tomado, al encarnarse,
un cuerpo glorioso, tomó un cuerpo mortal como el nuestro
para hacer divina en Él a nuestra flaqueza.

Vencer la tentación con la vigilancia, la oración y la confianza en Jesucristo

(De "Jesucristo, vida del alma" por el beato Dom Columba Marmion (1858-1923))

Los hábitos del pecado deliberado, aun simplemente venial, no se crean de un solo golpe; se van adquiriendo, como ya lo sabéis, poco a poco: Velad, pues, y orad, como dice Nuestro Señor, para no dejaros sorprender por la tentación.

La tentación es inevitable. Nos hallamos rodeados de enemigos; el demonio anda rondando en torno nuestro; el mundo nos envuelve con sus corruptoras seducciones, o con su espíritu tan opuesto a la vida sobrenatural. Por eso no está en nuestra mano evitar toda tentación, que más de una vez es independiente de nuestra voluntad. Es, sin duda, una prueba, a veces muy penosa, sobre todo cuando va acompañada de tinieblas espirituales. Entonces nos inclinamos a calificar de felices únicamente aquellas almas que jamás se vieron tentadas.

Dios, sin embargo, nos declara, por boca del escritor sagrado, que son bienaventurados aquellos que, sin haberse expuesto imprudentemente a ella, soportan la tentación. ¿Por qué? Porque, añade el Señor, después de haber sido probados, recibirán ia corona de vida. No nos desanimemos por la frecuencia, duración e intensidad de la tentación, vigilemos con el mayor cuidado para preservar el tesoro de la gracia, evitando las ocasiones peligrosas; pero conservemos a la vez plena confianza.

La tentación, por violenta y prolongada que sea, no es un pecado; sus aguas pueden precipitarse sobre el alma como apestoso cenagal: «Las aguas han penetrado hasta mi alma» (Sal 68,2); pero podemos tranquilizarnos siempre que quede libre esa punta finísima del alma, que es la voluntad; el solo ápice -Apex mentis- que Dios considera. Por otra parte, el apóstol San Pablo nos dice: «Dios no permite que seáis tentados más allá de vuestras fuerzas, antes hará que saquéis provecho de la misma tentación dándoos por mediación de su gracia fuerzas para que podáis perseverar» (1Cor 10,13). El gran Apóstol es un ejemplo en su misma persona, pues nos dice que, a fin de que no fueran para él motivo de orgullo sus revelaciones, Dios puso lo que él llama una «espina» en su carne, figura de tentación; le «dio un ángel de Satanás que le azotase» (2Cor 12,17). «Tres veces, dice, rogué al Señor que me librase, y el Señor me respondió: Bástate mi gracia, porque en la debilidad del hombre, esto es, haciéndole triunfar, a pesar de su debilidad, con el auxilio de mi gracia, es donde se muestra mi poder».

La gracia divina es, en efecto, el auxilio con que Dios nos ayuda a vencer la tentación; pero tenemos que pedirla: Et orate. En la oración que nos enseñó el mismo Jesucristo, nos hace pedir al Padre celestial que «no nos deje caer en la tentación y nos libre del mal». Repitamos con frecuencia esta oración, que Jesús, ha puesto en nuestros labios; repitámosla apoyándonos en los méritos de la Pasión del Salvador. Nada hay tan eficaz contra la tentación como el recuerdo de la cruz de Jesús.

¿Qué vino a hacer Cristo en la tierra sino destruir la obra del demonio? Y, ¿cómo la destruyó? ¿Cómo expulsó al demonio sino por su muerte sobre la cruz, según El mismo dijo? Durante su vida mortal arrojó nuestro Señor los demonios de los cuerpos de los posesos, los arrojó también de las almas cuando perdonó los pecados de la Magdalena, del paralítico y de tantos otros; pero fue sobre todo con su benditísima Pasión con lo que derrocó el imperio del demonio; precisamente en el momento mismo en que, haciendo morir a Cristo a manos de los judíos, contaba el demonio triunfar para siempre, es cuando recibía él mismo el golpe mortal. Porque la muerte de Cristo ha destruido el pecado y conquistado para todos los bautizados el derecho a recibir la gracia de morir al pecado.

Apoyémonos, pues, mediante la fe, en la cruz de Jesucristo: su virtud es inagotable y nuestra condición de hijos de Dios y nuestra calidad de cristianos nos dan derecho a ello. Por el Bautismo fuimos marcados con el sello de la cruz, hechos miembros de Cristo iluminados con su luz participantes de su vida y de la salud que con ella nos consiguió. Por tanto, unidos como estamos con El, «¿qué podemos temer?» (Sal 26,1). Digamos, pues: «Dios ha ordenado a sus ángeles que te guarden en todos tus caminos para impedirte caer; mil enemigos caen a tu mano siniestra y diez mil a tu diestra, sin que puedan llegarse a ti. Por haberse adherido a Mí, dice el Señor, le libraré, le protegeré, porque conoce mi nombre; me invocará y será atendida su demanda; estaré a su lado en el momento de la tribulación para librarle y glorificarle; le colmaré de días felices y le mostraré mi salvación» (Sal 90, 11-12; 14-16).

Roguemos, pues, a Cristo que nos sostenga en la lucha contra el demonio, contra el mundo su cómplice y contra la concupiscencia que reside en nosotros. Prorrumpamos como los Apóstoles zarandeados por la tempestad: «Sálvanos, Señor, que perecemos», y extendiendo Cristo su mano, nos salvará. Como Cristo, que para darnos ejemplo y para merecernos la gracia de resistir quiso ser tentado, aunque, debido a su divinidad, la tentación fuese puramente exterior, obliguemos a Satanás a que se retire, diciéndole en el momento en que se presente: «No hay más que un solo Señor a quien yo quiero adorar y servir; elegí a Cristo en el día del Bautismo, y a El solo quiero escuchar».

He aquí en qué términos, llenos de sobrenatural seguridad, quería San Gregorio Nacianceno que todo bautizado rechazase a Satanás: «Fortalecido con la señal de la cruz con que fuiste signado, di al demonio: Soy ya imagen de Dios, y no he sido, como tú, precipitado del cielo por mi orgullo. Estoy revestido de Cristo; Cristo es, por el Bautismo, mi bien. A ti te toca doblegar la rodilla delante de mí».

Con Cristo Jesús, que es nuestro Jefe, saldremos vencedores del poder de las tinieblas. Cristo reside en nosotros desde que recibimos el Bautismo, y, como dice San Juan, «es, sin comparación, muchísimo mayor que el que domina en el Mundo, esto es, Satanás» (1Jn 4,4). El demonio no ha vencido a Cristo; pues, como dice Jesús, «el príncipe de este mundo no tiene en Mí nada que le pertenezca», por lo mismo, no podrá vencernos, ni hacernos caer jamás en el pecado, si, vigilantes sobre nosotros mismos, permanecemos unidos a Jesús, si nos apoyamos en sus palabras y en sus méritos. «Confiad: yo he vencido al mundo».

Un alma que procura permanecer unida con Cristo por la fe, está muy por encima de sus pasiones, por encima del mundo y de los demonios; aunque todo se soliviante dentro de ella y alrededor de ella, Cristo la sostendrá con su fuerza divina contra todas esas acometidas. Llámase a Cristo en el Apocalipsis «León vencedor, nuevamente victorioso» porque con su victoria adquirió para los suyos la fuerza necesaria para salir ellos también a su vez vencedores. Por eso San Pablo, después de haber recordado que la muerte, fruto del pecado, quedó destruida por Jesucristo, que nos comunica su inmortalidad, exclama: «Gracias, Dios mío, te sean dadas por habernos concedido la victoria sobre el demonio, padre del pecado; victoria sobre el pecado, fuente de muerte; victoria, en fin, sobre la misma muerte por Jesucristo Nuestro Señor» (1Cor 15, 56-57).

Paciencia en el sufrimiento

Pensamiento de Dom Columba Marmion
Sufriendo con paciencia las penas y fatigas de nuestra vida,
nosotros participamos en la Pasión de Jesucristo.
Entonces, su fuerza, su virtud reina en nosotros:
‘Con gusto me gloriaré de mis debilidades,
para que la fuerza de Cristo viva en mi’.

La corrección

Frase de Dom Columba Marmion
En verdad, toda corrección, en un principio,
es motivo de tristeza, no de alegría,
pero luego produce, en los que así ha ejercitado,
un fruto delicioso de paz y de justicia.

Lo que Jesús ha dado a su Madre

(De "Jesucristo, vida del alma" por Dom Columba Marmion)

Toda una corona de gracias adorna a la Virgen, Madre de Cristo, aunque todas ellas se deriven de su maternidad divina. Jesús, en cuanto hombre, depende de María; mas como Verbo eterno, es anterior a ella. Veamos lo que ha dado hecho por aquella de quien había de tomar la naturaleza humana.

Como es Dios, es decir, la Omnipotencia y Sabiduría infinitas, va a adornar a esa criatura con un aderezo inestimable y sin igual. Ante todas las cosas, escogióla con preferencia a las demás en unión del Padre y del Espíritu Santo.

Todos los hijos de Adán nacen manchados con el pecado original, esclavos del demonio, enemigos de Dios. Tal es el decreto promulgado por Dios contra todos los descendientes de Adán pecador. Solamente María, entre todas las criaturas, se librará de esta ley. A esa ley universal, el Verbo eterno hará una excepción -una sola-, en favor de aquella en quien se ha de encarnar. Ni un solo momento el alma de María será esclava del demonio; brillará siempre con destellos de pureza; por eso, luego de la caída de nuestros primeros padres, Dios puso eterna enemistad entre el demonio y la Virgen escogida. Ella es quien bajo su planta aplastará la cabeza de la infernal serpiente (Gén 3,15). Con la Iglesia recordemos frecuentemente ese privilegio de María de ser inmaculada, que sólo Ella posee.

No sólo nace Inmaculada María, sino que en ella abunda la gracia. Cuando el Angel la saluda, la declara «llena de gracia», Gratia plena, pues el Señor, fuente de toda gracia, está con ella: Dominus tecum.- Luego, al concebir y dar a luz a Jesús, María guarda intacta su virginidad. Da a luz y permanece virgen; según canta la Iglesia: «a la gloria tan pura de la virginidad, María junta la alegría de ser madre fecunda».

A esto hay que unir la gracia que representó para María su vida oculta con Jesús, las de su unión con su Hijo en los misterios de su vida pública y de su Pasión, y para colmar la medida, la de su Asunción al cielo. El cuerpo virginal de María, en el cual Cristo tomó su naturaleza humana, no verá la corrupción; en su cabeza será colocada una corona de inestimable valor y reinará como Soberana a la diestra de su Hijo, adomada con la vestidura de gloria formada por tantos privilegios.

¿Cuál es el origen de todas esas gracias insignes, de todos esos privilegios extraordinarios, que hacen de ella una criatura por encima de toda criatura? La elección que desde la eternidad hizo Dios de María para ser Madre de su Hijo. Si ella es bendita entre todas las mujeres, si Dios ha trastomado en favor suyo tantas leyes por El mismo establecidas, es porque la destina a ser Madre de su Hijo. Si quitáis a María esa dignidad, todas esas prerrogativas no tienen ya sentido ni razón de ser; pues todos esos privilegios preparan o acompañan a María en cuanto es Madre de Dios.

Pero lo que es incomprensible es el amor que determinó esa elección singularisima que el Verbo hizo de esa doncella Virgen para tomar en ella naturaleza humana. Cristo amó a su Madre.- Nunca Dios amó tanto a una simple criatura, nunca un hijo amó a su madre como Cristo Jesús a la suya. Amó tanto a los hombres, nos dice El mismo, que dio su vida por ellos, y no pudo darles mayor prueba de amor. Pero no olvidéis esta verdad: Cristo murió, ante todo, por su Madre, para pagar su privilegio. Las gracias únicas que María recibió son el primer fruto de la Pasión de Cristo. La Santísima Virgen no gozaría de privilegio alguno sin los méritos de su Hijo; es la gloria mas grande de Cristo, porque es la que más ha recibido de El.

El Verbo no predestinó a María solamente para ser su Madre según la carne, no solamente le tributó el honor que esa dignidad lleva consigo, colmándola de gracias, sino que la asoció a sus misterios.

En el Evangelio vemos que Jesús y María son inseparables en los misterios de Cristo. Los ángeles anuncian a los pastores que en la cueva de Belén hallarán al «Niño y a su Madre» (Lc 2, 8-16): María es quien presenta a Jesús en el Templo, presentación que es ya preludio del sacrificio del Calvario. Toda la vida de Nazaret, como acabo de decir, la pasa sujeto a María; a sus ruegos obra Jesús el primer milagro de su vida pública, en las bodas de Caná; los Evangelistas afirman que siguió a Jesús en algunas de sus excursiones misionales.

Pero notad bien que no se trata de una simple unión física, sino que María penetra con alma y corazón en los misterios de su Hijo. San Lucas nos refiere que la Madre de Jesús «conservaba en su corazón las palabras de su Hijo y las meditaba» (Lc 2,19). Las palabras de Jesús eran para ella fuente de contemplación. ¿No podríamos decir nosotros otro tanto de los misterios de Jesús? Ciertamente, Cristo, al vivir esos misterios, iluminaba el alma de su Madre sobre cada uno de ellos. Ella los comprendía y se asociaba a ellos. Cuanto Nuestro Señor hablaba o hacía era, para aquella a quien amaba entre todas las mujeres, un manantial de gracias. Jesús devolvía, por decirlo así, a su Madre en vida divina, de la que es fuente perenne, lo que de ella había recibido en vida humana. Por eso Cristo y la Virgen están indisolublemente unidos en todos los misterios; y por eso también María nos tiene a todos unidos en su corazón con su divino Hijo.

Nuestro Señor ha llegado al final de su misión apostólica en la tierra; va a reconciliar con Dios a todo el género humano. ¿Quién está al pie de la cruz en aquel supremo instante? María, su Madre, con Juan, el discípulo amado, y otras cuantas mujeres. Allí está de pie; acaba de renovar la ofrenda de su Hijo que hizo mucho antes al presentarle en el Templo, en este momento ofrece al Padre, para rescate del mundo,·«el fruto bendito de su vientre». Sólo quedan a Jesús cortos instantes de vida; luego, el sacrificio estará consumado, y devuelta a los hombres la gracia divina. Quiere darnos por madre a María y esto constituye una de las formas de esta gran verdad: que Cristo se unió en la Encarnación a todo el género humano; los escogidos forman el cuerpo místico de Cristo, del que no pueden ser separados. Cristo nos dará a su Madre para que sea también la nuestra en el orden espiritual; María no nos separará de Jesús, su Hijo, nuestra cabeza.

¿Qué ha dado María a Jesús?

(De "Jesucristo, vida del alma" por Dom Columba Marmion)

Le ha dado, permaneciendo ella Virgen, una naturaleza humana. Es éste un privilegio único que María no comparte con nadie.

El Verbo podría haber venido al mundo tomando una naturaleza humana creada ex nihilo, sacada de la nada, y ya perfecta en su organismo, como fue formado Adán en el Paraíso terrenal. Por motivos que sólo conoce su sabiduría infinita, no lo hizo.

Así, al unirse al género humano, quiso el Verbo recorrer, para santificarlas, todas las etapas del desarrollo humano; quiso nacer de una mujer.

Pero lo que admira en este nacimiento es que el Verbo lo subordinó, por decirlo así, al consentimiento de esa mujer.

Vayamos en espíritu a Nazaret, para contemplar ese espectáculo inefable.

El ángel se aparece a la doncella virgen; después de saludarla, le comunica su embajada: «He aquí que concebirás en tu seno y parirás un hijo, y le darás por nombre Jesús; sera grande y será llamado Hijo del Altísimo y su reino no tendrá fin».

María pregunta al ángel cómo ha de obrarse esto, siendo ella virgen (Lc 1,34). Gabriel le responde: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios».

Luego, evocando como ejemplo a Isabel, que había concebido a pesar de su esterilidad pasada, porque así le plugo al Señor, el Angel añade: «Para Dios nada es imposible»; puede, cuando lo quiere, suspender las leyes de la naturaleza.

Dios propone el misterio de la Encarnación, que no se realizará en la Virgen más que cuando ella haya dado su consentimiento.

La realización del misterio queda en suspenso hasta la libre conformidad de María. En ese instante, según enseña Santo Tomás, María nos representa a todos en su persona; es como si Dios aguardase la respuesta del género humano, al cual quiere unirse.

¡Qué instante aquel tan solemne, ya que en aquel momento va a decidirse el misterio vital del Cristianismo! San Bernardo, en una de sus más hermosas homilías sobre la Anunciación, nos presenta todo el género humano, que ha millares de años espera la salvación, a los coros angélicos y a Dios mismo, como en suspenso aguardando la aceptación de la joven Virgen.

Y he aquí que María da su respuesta: llena de fe en la palabra del cielo, entregada enteramente a la voluntad divina que acaba de manifestársele, la Virgen responde con sumisión entera y absoluta: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).

Este Fiat es el consentimiento dado por María al plan divino de la Redención, cuya exposición acaba de oír; este Fiat es como el eco del Fiat de la creación; pero de él va a sacar Dios un mundo nuevo, un mundo infinitamente superior, un mundo de gracia, como respuesta a esa conformidad; pues en ese instante el Verbo divino, segunda persona de la Santisima Trinidad, se encarna en María: «Y el Verbo se hizo carne» (Jn 1,14).

Verdad es, como acabamos de oírlo de la boca misma del ángel, que ningún concurso humano intervendrá, pues todo ha de ser santo en la concepción y el nacimiento de Cristo; pero cierto es también que de su sangre purísima concebirá María por obra del Espíritu Santo, y que el Dios-Hombre saldrá de sus purisimas entrañas. Cuando Jesús nace en Belén, ¿quién está allí reclinado en un pesebre?

Es el Hijo de Dios, es el Verbo que, «permaneciendo Dios», tomó en el seno de la Virgen una naturaleza humana.

En ese niño hay dos naturalezas bien distintas, pero una sola persona, la persona divina; el término de ese nacimiento virginal es el Hombre-Dios; «El ser santo que nacera de ti será llamado Hijo de Dios» (Lc 1,35); ese HombreDios, ese Dios hecho hombre, es el hijo de María.

Es lo que confesaba Isabel, llena del Espíritu Santo: «¿De dónde a mí tanto bien que venga la Madre de mi Señor a visitarme?».

María es la Madre de Cristo, pues al igual que las demás madres hacen con sus hijos, formó y nutrió de su sustancia purísima el cuerpo de Jesús.

Cristo, dice San Pablo, fue «formado de la mujer». Es dogma de fe. Si por su nacimiento eterno «en el esplendor de la santidad» (Sal 109,3), Cristo es verdaderamente Hijo de Dios, por su nacimiento temporal es verdaderamente Hijo de María. El Hijo único de Dios es también Hijo único de la Virgen.

Tal es la unión inefable que existe entre Jesús y María; ella es su Madre, El es su hijo. Esa unión es indisoluble; y como Jesús es al mismo tiempo el Hijo de Dios que vino a salvar al mundo, María, de hecho, está asociada íntimamente al misterio vital de todo el Cristianismo.

Lo que constituye el fundamento de todas sus grandezas es el privilegio especial de su maternidad divina.

La misericordia de Dios

(Pensamiento del monje Dom Columba Marmion)
La misericordia es la bondad o el amor que, ante la miseria,
se mueve a compasión.
En Dios, la misericordia no es otra cosa que el amor sin límites de la bondad infinita,
que, a la vista de las miserias de la criatura,
se inclina hacia ella para aliviarla,
ayudarla,
perdonarla
y hacerla feliz.

La virtud de la penitencia es necesaria para mantener en nosotros los frutos del sacramento

(De "Jesucristo, vida del alma" del beato Dom Columba Marmion, monje y sacerdote irlandés [1852-1923])

Aun después que Dios nos ha perdonado, quedan en nosotros reliquias del pecado, raíces malas, dispuestas a crecer y producir malos frutos. La concupiscencia no desaparece del todo ni con el Bautismo, ni con el sacramento de la Penitencia, y, por consiguiente, si queremos llegar a un grado elevado de unión con Dios, si queremos que la vida divina adquiera poderoso desarrollo en nuestras almas, es preciso que trabajemos sin descanso por contrarrestar esos resabios y por desarraigar esas raíces del pecado, que desfiguran nuestra alma a los ojos de Dios.

Existe también, fuera de la acción del sacramento de la Penitencia, un medio eficaz para brotar esas cicatrices del pecado, que no dejan a Dios comunicarnos su vida con abundancia; este medio es la virtud de la penitencia. ¿Qué es esta virtud? -Un hábito que, cuando está bien arraigado, nos inclina de continuo a expiar el pecado y destruir sus consecuencias. Esta virtud debe, sin duda, manifestarse, como vamos a verlo, por actos que le son propios; pero es, ante todas las cosas, una disposición habitual del alma, que despierta y excita en nosotros el pesar de haber ofendido a Dios y el deseo de reparar nuestras faltas. Tal es el sentimiento habitual que debe animar nuestros actos de penitencia. Por dichos actos se revuelve el hombre contra sí mismo para vengar los derechos de Dios que pisoteó, cuando por su pecado se levantó contra Dios poniendo en oposición su voluntad con la voluntad santísima divina, y ahora, por estos actos de penitencia, coincide con Dios en el odio al pecado y con su soberana justicia que reclama la expiación.

El alma considera entonces el pecado a través de la fe y desde el punto de vista de Dios: «He pecado, dice, he realizado un acto cuya malicia no puedo calcular, pero que es tan terrible y viola en tal grado los derechos de Dios, de su justicia, de su santidad, de su amor, que sólo la muerte de un Hombre-Dios pudo expiarlo». El alma está entonces conmovida y exclama: «Oh, Dios mío, detesto mi pecado, quiero restablecer vuestros derechos por medio de la penitencia, preferiría morir antes que ofenderos de nuevo». Ved ahí el espíritu de penitencia que excita al alma y la inclina a realizar actos de expiación. Ya comprendéis que esta disposición de alma es necesaria a todos aquellos que no han vivido en perfecta inocencia. Cuando nace del temor al infierno, es buena, como dice el Concilio de Trento, y agradable a Dios; mas si tiene por motivo el amor, entonces es excelente y perfecta, y cuanto más aumente el amor de Dios, más necesidad experimentaremos también de ofrecer a Dios el sacrificio de un corazón contrito y humillado y de repetir con el publicano del Evangelio: «Tened piedad de mí, que soy un pobre pecador» (Lc 18,13).

Cuando este sentimiento de compunción es habitual, mantiene al alma en una gran paz; la conserva en la humildad y llega a ser poderoso instrumento de purificación; nos ayuda a mortificar nuestros instintos desordenados, nuestras tendencias perversas, todo aquello, en una palabra, que podría arrastrarnos a nuevas faltas. Cuando uno posee esta virtud, está atento para emplear cuantos medios encuentre de reparar el pecado. Es esta virtud nuestra mejor garantía de perseverancia en el camino de la perfección, por ser ella, mirándolo bien, una de las formas más puras del amor; ama uno de tal modo a Dios y siente tan profundamente el haberle ofendido, que quiere expiarlo y dar una reparación; es un manantial de generosidad y de olvido de sí mismo. «La santidad, dice el P. Faber, ha perdido el principio de su crecimiento, cuando prescinde del pesar y sentimiento constante de haber pecado, pues la raíz del progreso no es solamente el amor, sino el amor nacido del perdón».

Ciertas almas, aun piadosas, al oir la palabra penitencia o mortificación, que expresan la misma idea, experimentan a veces un sentimiento de repulsión. ¿De dónde proviene? -No debe extrañarnos; tal sentimiento tiene un origen psicológico. Nuestra voluntad busca necesariamente el bien en general la felicidad, o algo que parece serlo. Ahora bien, la mortificación que refrena alguna de las tendencias de nuestros sentidos, algunos de nuestros deseos más naturales, aparece a dichas almas como algo contrario a la felicidad, de ahí, pues esta repugnancia instintiva en presencia de todo cuanto constituye la práctica del renunciamiento de sí mismo. Además, vemos muchas veces en la mortificación un fin, cuando no es más que un medio, medio necesario sin duda, indispensable, pero al fin medio. No minimizamos el Cristianismo, al reducir a papel de medio la renuncia de uno mismo.

El Cristianismo es un misterio de muerte y de vida pero la muerte no tiene otro objeto que el de salvaguardar la vida divina en nosotros: «No es Dios de muertos, sino de vivos». «Cristo, al morir, destruyó la muerte, y al resucitar nos restituyó la vida». La obra esencial del Cristianismo, el fin último quel persigue de por sí, es una obra de vida, el Cristianismo es la reproducción de la vida de Cristo en el alma. Ahora bien, como ya os tengo dicho la existencia de Cristo ofrece este doble aspecto: «entregóse a la muerte por nuestros pecados, resucitó a fin de comunicarnos la vida de la gracia» (Rm 4,25). El cristiano muere a todo cuanto es pecado, pero para vivir más intensamente de la vida de Dios; la penitencia, de consiguiente, no es, en principio, sino un medio para conseguir la vida. Ya lo notó muy bien San Pablo cuando dijo: «Llevemos siempre en nuestros cuerpos la mortificacion de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste en nosotros» (2Cor 4,10).

Que la vida de Cristo, que tiene su principio en la gracia y su perfección en el amor, tome incremento en nosotros: ése es el objetivo y no hay otro. Para conseguirlo, es necesaria la mortificación; por eso dice San Pablo: «Los que pertenecen a Cristo, en cuyo número por nuestro bautismo nos contamos nosotros, crucifican su carne con sus vicios y concupiscencias» (Gál 5,24). Y en otro lugar, dice todavía con lenguaje más explícito: «Si vivís según los instintos de la carne, haréis morir en vosotros la vida de la gracia; pero si mortificáis sus malas inclinaciones, viviréis vida divina» (Rm 8,13).