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Juan 8,1-11: El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra


En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los letrados y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron:

-Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: tú, ¿qué dices?

Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:

-El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.

E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos, hasta el último. Y quedó solo Jesús y la mujer en medio, de pie. Jesús se incorporó y le preguntó:

-Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado?

-Ella contestó:

-Ninguno, Señor.

Jesús dijo:

-Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.

REFLEXIÓN (de la homilía del Papa Benedicto XVI del 25 de marzo de 2007):

En la línea de lo que la liturgia nos propuso el domingo pasado, la página evangélica de hoy nos ayuda a comprender que sólo el amor de Dios puede cambiar desde dentro la existencia del hombre y, en consecuencia, de toda sociedad, porque sólo su amor infinito lo libra del pecado, que es la raíz de todo mal. Si es verdad que Dios es justicia, no hay que olvidar que es, sobre todo, amor:  si odia el pecado, es porque ama infinitamente a toda persona humana. Nos ama a cada uno de nosotros, y su fidelidad es tan profunda que no se desanima ni siquiera ante nuestro rechazo. Hoy, en particular, Jesús nos invita a la conversión interior:  nos explica por qué perdona, y nos enseña a hacer que el perdón recibido y dado a los hermanos sea el "pan nuestro de cada día".

El pasaje evangélico narra el episodio de la mujer adúltera en dos escenas sugestivas: en la primera, asistimos a una disputa entre Jesús, los escribas y fariseos acerca de una mujer sorprendida en flagrante adulterio y, según la prescripción contenida en el libro del Levítico (cf. Lv 20, 10), condenada a la lapidación. En la segunda escena se desarrolla un breve y conmovedor diálogo entre Jesús y la pecadora. Los despiadados acusadores de la mujer, citando la ley de Moisés, provocan a Jesús —lo llaman "maestro" (Didáskale)—, preguntándole si está bien lapidarla. Conocen su misericordia y su amor a los pecadores, y sienten curiosidad por ver cómo resolverá este caso que, según la ley mosaica, no dejaba lugar a dudas.

Pero Jesús se pone inmediatamente de parte de la mujer; en primer lugar, escribiendo en la tierra palabras misteriosas, que el evangelista no revela, pero queda impresionado por ellas; y después, pronunciando la frase que se ha hecho famosa: "Aquel de vosotros que esté sin pecado (usa el término anamártetos, que en el Nuevo Testamento solamente aparece aquí), que le arroje la primera piedra" (Jn 8, 7) y comience la lapidación. San Agustín, comentando el evangelio de san Juan, observa que "el Señor, en su respuesta, respeta la Ley y no renuncia a su mansedumbre". Y añade que con sus palabras obliga a los acusadores a entrar en su interior y, mirándose a sí mismos, a descubrir que también ellos son pecadores. Por lo cual, "golpeados por estas palabras como por una flecha gruesa como una viga, se fueron uno tras otro".

Así pues, uno tras otro, los acusadores que habían querido provocar a Jesús se van, "comenzando por los más viejos". Cuando todos se marcharon, el divino Maestro se quedó solo con la mujer. El comentario de san Agustín es conciso y eficaz: "quedaron sólo ellos  dos:  la miserable y la misericordia".

Queridos hermanos y hermanas, detengámonos a contemplar esta escena, donde se encuentran frente a frente la miseria del hombre y la misericordia divina, una mujer acusada de un gran pecado y Aquel que, aun sin tener pecado, cargó con nuestros pecados, con los pecados del mundo entero. Él, que se había puesto a escribir en la tierra, alza ahora los ojos y encuentra los de la mujer. No pide explicaciones. No es irónico cuando le pregunta:  "Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?". Y su respuesta es conmovedora:  "Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más".

San Agustín, en su comentario, observa:  "El Señor condena el pecado, no al pecador. En efecto, si hubiera tolerado el pecado, habría dicho: Tampoco yo te condeno; vete y vive como quieras... Por grandes que sean tus pecados, yo te libraré de todo castigo y de todo sufrimiento. Pero no dijo eso. Dice: Vete y no peques más".

Queridos amigos, la palabra de Dios que hemos escuchado nos ofrece indicaciones concretas para nuestra vida. Jesús no entabla con sus interlocutores una discusión teórica sobre el pasaje de la ley de Moisés:  no le interesa ganar una disputa académica a propósito de una interpretación de la ley mosaica; su objetivo es salvar un alma y revelar que la salvación sólo se encuentra en el amor de Dios. Para esto vino a la tierra, por esto morirá en la cruz y el Padre lo resucitará al tercer día. Jesús vino para decirnos que quiere que todos vayamos al paraíso, y que el infierno, del que se habla poco en nuestro tiempo, existe y es eterno para los que cierran el corazón a su amor.

Por tanto, también en este episodio comprendemos que nuestro verdadero enemigo es el apego al pecado, que puede llevarnos al fracaso de nuestra existencia. Jesús despide a la mujer adúltera con esta consigna:  "Vete, y en adelante no peques más". Le concede el perdón, para que "en adelante" no peque más. En un episodio análogo, el de la pecadora arrepentida, que encontramos en el evangelio de san Lucas (cf. Lc 7, 36-50), acoge y dice "vete en paz" a una mujer que se había arrepentido. Aquí, en cambio, la adúltera recibe simplemente el perdón de modo incondicional. En ambos casos —el de la pecadora arrepentida y el de la adúltera— el mensaje es único. En un caso se subraya que no hay perdón sin arrepentimiento, sin deseo del perdón, sin apertura de corazón al perdón. Aquí se pone de relieve que sólo el perdón divino y su amor recibido con corazón abierto y sincero nos dan la fuerza para resistir al mal y "no pecar más", para dejarnos conquistar por el amor de Dios, que se convierte en nuestra fuerza. De este modo, la actitud de Jesús se transforma en un modelo a seguir por toda comunidad, llamada a hacer del amor y del perdón el corazón palpitante de su vida.

Queridos hermanos y hermanas, en el camino cuaresmal que estamos recorriendo y que se acerca rápidamente a su fin, nos debe acompañar la certeza de que Dios no nos abandona jamás y que su amor es manantial de alegría y de paz; es la fuerza que nos impulsa poderosamente por el camino de la santidad y, si es necesario, también hasta el martirio.

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La mujer adúltera

Juan 8,1-11

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los letrados y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron:

-Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: tú, ¿qué dices?

Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:

-El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.

E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos, hasta el último. Y quedó solo Jesús y la mujer en medio, de pie. Jesús se incorporó y le preguntó:

-Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado?

-Ella contestó:

-Ninguno, Señor.

Jesús dijo:

-Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.

REFLEXIÓN:

Jesús ha pasado la noche en el monte de los Olivos, un lugar de recogimiento y oración frecuentado por él mientras se encontraba en Jerusalén. Por la mañana esta enseñando en el templo. Su doctrina es conocida es de amor y perdón. Ha repetido, de diferentes modos y en distintas ocasiones, que no vino a salvar los justos sino los pecadores.

Al presentarle a Jesús el caso de la mujer adúltera, los letrados y los fariseos lo que pretendían no era tanto aplicar la ley, sino ponerlo en aprietos. De hecho, en la época en que sucede este acontecimiento ya los judíos habían perdido desde hacía algún tiempo la capacidad de ejecutar a alguien así por así; requerían primero obtener la autorización mediante un juicio ante el procurador romano, quien decidiría el tipo de pena a aplicar.

La finalidad por la que estos personajes, que conocían la ley al dedillo, consultan a Jesús es para ver si entra en contradicción; en primer lugar sería contra la ley mosaica, en caso de que dijera que la mujer no debía ser apedreada; en segundo lugar, si aceptaba que fuese lapidada, sería oponerse a las disposiciones de las autoridades del imperio romano que eran los que podían decidir sobre una condena de ese tipo; y en tercer lugar, coincidir con la opinión de los letrados y los fariseos sería contradecir su propia predicación que tanto había pregonado el amor y el perdón.

Si bien es cierto que la mujer había pecado, la actitud de los acusadores es cruel: exhiben públicamente a la mujer como reo y pecadora. Le quieren aplicar un legalismo extremo sólo a ella; debido al machismo judío de entonces, el hombre con quien fue encontrada parece como si no hubiese cometido pecado alguno.

Jesús, con certeza, conocía la intención de quienes le exponen el caso; por eso con su actitud de continuar escribiendo en el suelo, más que indiferencia, les muestra desprecio a la actitud hipócrita y legalista que les movía. Ellos, sin embargo, insistían en que él tomara partido en la decisión a tomar.

Con su sabia respuesta: "El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra" queda desarticulada la conspiración de quienes, como el hijo mayor de la parábola del padre misericordioso, creyéndose puros y santos, critican y condenan al que comete faltas. Ante las palabras de Jesús, ninguno se atreve a tirar la primera piedra, sus conciencias les impiden a cada uno iniciar la lapidación.

Jesús sigue, con su aparente indiferencia, escribiendo en el suelo, y todos se van desapareciendo uno tras otro. Las palabras que luego dirige el Señor a la mujer no aprueban el hecho, pero con su gran misericordia le dice que él no la condena y la exhorta a mantenerse alejada del pecado. A eso vino él, a dar el verdadero significado a la ley, a darle su plenitud: buscar que el ser humano se convierta y se salve, y no que se condene y muera.

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