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Piensa, oh hombre, de cuántos y cuáles dones hoy has sido enriquecido

(Comentario de san Juan Crisóstomo, obispo)

El primer día de la semana poned aparte cada uno por vuestra cuenta lo que consigáis ahorrar, para que, cuando yo vaya, no haya que andar entonces con colectas. Llama al domingo el primer día de la semana. ¿Y por qué destina este día a las ofrendas? ¿Por qué no el lunes, el martes o el mismo sábado? No lo hace ciertamente por casualidad y sin una razón: quiere tener de su parte la oportunidad del momento, para más estimular la voluntad de los oferentes. En los negocios no es lo de menos la elección del momento oportuno. Pero quizá me replicarás: ¿Es que existe una oportunidad especial para persuadir al hombre a que dé limosna?

Sí, pues ese día se dedica al descanso, el ánimo está más alegre con este reposo y, lo que es más importante, en ese día disfrutamos de innumerables bienes. En efecto, en este día, fue aniquilada la muerte, anulada la maldición, cancelado el pecado, destruidas las puertas del infierno, vencido el diablo, terminada la inacabable guerra, reconciliados los hombres con Dios, y vuelta nuestra estirpe a la prístina nobleza; qué digo, a una nobleza mucho más encumbrada; el sol contempló aquel admirable espectáculo: el hombre hecho inmortal. Queriendo Pablo que recordásemos tantos y tales beneficios, trajo a colación este día aduciéndolo como testigo, al decir a cada uno: Piensa, oh hombre, de cuántos y cuáles dones hoy has sido enriquecido, de cuántos y cuán grandes males has sido liberado: lo que eras y en qué te has convertido.

Y si solemos festejar el día de nuestro nacimiento, y si muchos siervos celebran solemnemente el día en que adquirieron la libertad, unos con banquetes y otros mostrándose más pródigos en las dádivas, ¿con cuánta mayor razón debemos venerar este día, que bien podríamos llamar, sin apartarnos de la verdad, día natalicio de toda la naturaleza humana?

Estábamos perdidos y fuimos reconciliados. Justo es, pues, solemnizarlo espiritualmente, no con comilonas, no con vino ni borracheras, sino haciendo partícipes de nuestra riqueza a nuestros hermanos pobres. Os digo esto no para que os contentéis con aprobarlo laudatoriamente, sino para que lo imitéis. No penséis que estas recomendaciones iban destinadas únicamente a los Corintios, sino también a cada uno de nosotros y a todos los que vendrán después de nosotros. Hagamos realidad lo que Pablo ordenó, y el domingo cada uno de nosotros ponga aparte en su casa el óbolo dominical. Y que esto se convierta en ley y en costumbre inmutable y así no será necesario en el futuro volver a las amonestaciones y a la persuasión. Pues la exhortación y la persuasión no valen lo que una costumbre inveterada.

El altar celestial, figura del altar eclesial

(De una homilías de san Juan Crisóstomo)

Y se gritaban uno a otro, diciendo: «¡Santo, santo, santo!» ¿Habéis reconocido esta voz? ¿Es nuestra voz o la voz de los serafines? Es la nuestra y es la de los serafines, por la gracia de Cristo, que derribó el muro divisorio, y puso en paz todas las cosas, tanto las del cielo como las de la tierra, haciendo de los dos una sola cosa.

Porque previamente este himno se cantaba únicamente en el cielo; pero después que el Señor se dignó venir a la tierra, nos concedió también a nosotros entonar este canto. Por lo cual este gran Pontífice, al acercarse al altar para celebrar el culto auténtico y ofrecer el sacrificio incruento, no se limita a invitarnos simplemente a esta fausta aclamación, sino que allí donde primeramente nombró a los querubines e hizo mención de los serafines, acaba finalmente por exhortarnos a todos a elevar esta grandiosa voz; y mientras nos invita a unirnos con aquellos que, junto con nosotros, animan los coros, aparta nuestra mente de las cosas terrenas, excitando a cada uno de nosotros con estas o parecidas palabras: Cantas a coro con los serafines, mantente en pie a la par de los serafines, extiende con ellos las alas, vuela con ellos en torno al trono real.

En realidad, ¿qué tiene de extraño el que estés de pie con los serafines, toda vez que Dios te ha concedido tratar familiarmente lo que los mismos serafines no se atreven a tocar? Y voló hacia mí —dice— uno de los serafines, con un ascua en la mano, que había cogido del altar con unas tenazas: aquel altar es figura e imagen de este altar; aquel fuego, lo es de este fuego espiritual. Ahora bien, el serafín no se atrevió a cogerlo con la mano, sino con las tenazas: en cambio tú lo coges con la mano. Indudablemente, si consideras la dignidad de las cosas propuestas, éstas son mucho más nobles que el mismo contacto del serafín; en cambio, si te fijas en la benignidad del Señor, él no se avergüenza ni siquiera de rebajarse hasta nuestra misma vileza, precisamente en virtud de aquellas cosas que se nos han propuesto.

Pensando, pues, en estas cosas, y contrapesando la magnitud del don, levántate ya de una vez, oh hombre, y, arrancado de la tierra, sube al cielo. ¿Que nos arrastra el cuerpo y quiere obligarnos a ir hacia abajo? Pues para eso están los ayunos, que aligeran las alas del alma y hacen llevadero el fardo de la carne, aunque tengan que habérselas con un cuerpo más pesado que el plomo.

Pero dejemos por ahora el tema del ayuno, para iniciar el tema de los misterios, en atención a los cuales se instituyeron estos mismos ayunos. Pues así como el fin de las competiciones olímpicas es la corona, así también el fin del ayuno es la comunión en el marco de un ánimo puro. Por consiguiente, si en estos días no consiguiéramos el fin apetecido, por habernos afligido de una manera desconsiderada y vana, saldremos de la arena del ayuno sin corona y sin premio. Esta es la razón por la que también nuestros antepasados ampliaron el estadio de nuestro ayuno, y nos asignaron un tiempo determinado de penitencia, a fin de que, una vez limpios y purificados de nuestras inmundicias, podamos finalmente tener acceso a la comunión.

Cristo entregó las llaves a aquel que extendió la Iglesia por todo el orbe de la tierra

(Texto de san Juan Crisóstomo, obispo)

Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso. ¿Por qué Pedro es proclamado dichoso? Por haberlo confesado propiamente Hijo. No podemos conocer por otro medio al Hijo sino por el Padre, ni al Padre, sino por el mismo Hijo. Aquí tenemos palmaria-mente demostrada tanto la igualdad de honor, como la consustancialidad. ¿Y qué le respondió Cristo? Tú eres Simón, el hijo de Jonás; tú te llamarás Cefas. Puesto que tú —dice— has proclamado a mi Padre, yo nombro al que te engendró. Lo que equivale a decir: Lo mismo que tú eres hijo de Jonás, yo soy el Hijo de mi Padre.

En realidad, parecería superfluo decir: Tú eres hijo de Jonás: pero como Pedro añadió «Hijo de Dios», para demostrar que él era Hijo de Dios, lo mismo que Pedro era hijo de Jonás, de la misma sustancia que el Padre, por eso añadió aquel inciso. Ahora te digo yo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia», esto es, sobre la fe que has confesado.

Con esto declara que iban a ser muchos los que aceptarían la fe y, elevando los sentimientos del apóstol, lo constituye pastor de su Iglesia. Y el poder del infierno no la derrotará. Y si a ella no la derrotarán, mucho menos me derrotarán a mí. Así que no te turbes, cuando oyeres que he sido entregado y crucificado. A continuación le concede una nueva distinción: Te daré las llaves del reino de los cielos. ¿Qué significa ese te daré? Lo mismo que el Padre te ha dado capacidad para que me conocieras, así también yo te daré.

Y no dijo: «Rogaré al Padre», no obstante tratarse de una gran demostración de autoridad y de un don de inefable valor, sino: Te daré. Pero pregunto: ¿qué es lo que das? Las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo ¿Y cómo el conceder sentar-se a la derecha y a la izquierda no va a estar en poder de quien dijo: Te daré? ¿No ves cómo eleva a Pedro a una más sublime opinión de él, cómo se revela a sí mismo, y cómo, mediante esta doble promesa, demuestra que él es el Hijo de Dios? Lo que propiamente es competencia exclusiva de solo Dios, eso es lo que Cristo promete dar a Pedro. A saber: perdonar pecados, mantener inconmovible a la Iglesia en medio de tantas agitaciones, convertir a un pescador en alguien más firme que la roca, aunque todo el mundo se ponga en contra. Lo mismo le decía el Padre a Jeremías: que le convertiría en columna de hierro, en muralla de bronce. Pero con esta diferencia: Jeremías era colocado frente a un solo pueblo; Pedro, en cambio, frente a todo el mundo.

Me gustaría preguntar a quienes pretenden ver disminuida la dignidad del Hijo, ¿cuáles son mayores: los dones que el Padre concede a Pedro o los que le otorga el Hijo? Porque el Padre le hace la revelación del Hijo; en cambio el Hijo le comisiona para que propague por todo el mundo tanto el conocimiento del Padre como el suyo propio, otorga a un hombre mortal todo poder en el cielo, al entregar las llaves a aquel que extendió la Iglesia por todo el orbe de la tierra, y mostró ser más firme que los cielos, pues dijo: El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.

Gran cosa es que se nos hayan perdonado los pecados; pero lo es aún mayor que este perdón se nos haya otorgado por la sangre del Señor

Texto de San Juan Crisóstomo, obispo sobre la carta a los Efesios)

Él nos ha destinado a ser sus hijos, queriendo, y queriéndolo ardientemente, que se manifieste la gloria de su gracia. Por pura iniciativa suya —dice—, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo... Por tanto, si nos ha hecho gratos para alabanza de su gracia y para manifestar su gracia, permanezcamos en ella.

Y ¿por qué quiere ser alabado y glorificado por nosotros? Para que de esta forma nuestro amor hacia él sea más ferviente. Pues de nosotros no desea otra cosa que nuestra salvación; no el servicio o la gloria u otra cosa por el estilo, y todo lo hace con este fin. Pues quien alaba y admira la gracia que se le ha otorgado, se vuelve más atento, más diligente.

El Señor ha actuado como uno que restituyera la lozana juventud a un ser marcado por la sarna, la peste, por la enfermedad o la vejez prematura, o reducido a la extrema pobreza y al hambre, haciendo de él el más hermoso de los hombres, con un rostro radiante, como si ocultase los rayos del sol con el destello de sus ojos centelleantes; lo situara a continuación en la flor de la juventud, y después lo vistiera de púrpura, le impusiera la diadema, adornándolo todo con ornato regio: pues así ha equipado el Señor nuestra alma, la hermoseó y la hizo deseable y amable, hasta el punto de que los mismos ángeles desean contemplarla.

En efecto, prendado está el Rey de tu belleza, dice el salmista. Considera, pues, cuántas cosas malas decíamos antes, y qué palabras llenas de gracia profieren ahora nuestros labios. Ya no ambicionamos las riquezas, ni deseamos más los bienes presentes, sino los celestiales y las cosas que están en el cielo. ¿No tenemos por gracioso y educado al muchacho que a la elegancia y a la belleza corporales añade una notable gracia en su manera de hablar? Así son los fieles.

Fíjate de qué cosas hablan los que están iniciados en los misterios. ¿Es que puede haber algo tan gracioso como una boca, que dice cosas admirables y, con un corazón y unos labios puros, participa de la misma mesa mística, con gran esplendor y confianza? ¿Hay algo más sublime que las palabras con que renunciamos al diablo, por las que nos enrolamos en la milicia de Cristo, con las que hacemos la confesión que precede y sigue al bautismo? ¡Pensemos cuántos de nosotros hemos profanado el bautismo, y gimamos para que nos sea dado recuperarlo!

Por este Hijo —dice—, por su sangre, hemos recibido la redención. ¿Cómo? Lo admirable no es ya únicamente que nos haya dado a su Hijo, sino que nos lo haya dado de forma que, el mismo amado, haya sido muerto por nosotros. ¡Paradoja increíble: entregó al amado como precio de aquellos que lo odiaban! ¡Fíjate lo que nos aprecia! Si cuando le odiábamos y éramos enemigos suyos nos entregó a su Hijo, ¿qué no hará cuando hayamos sido reconciliados por su gracia?

De las realidades más elevadas desciende a las más llanas: habiendo hablado primero de la adopción filial, de la santificación y de la vocación a la pureza, habla también ahora del pecado; pero lo hace, no restando interés al discurso o descendiendo de lo sublime a lo sencillo, sino elevándose de lo sencillo a lo sublime. En efecto, nada hay tan sublime como que por nosotros se haya derramado la sangre de Dios; y el no haber perdonado ni a su propio Hijo es más de apreciar que la misma adopción filial y que el resto de los dones. Gran cosa es que se nos hayan perdonado los pecados; pero lo es aún mayor que este perdón se nos haya otorgado por la sangre del Señor.

La fuerza del Espíritu Santo

(Texto de san Juan Crisóstomo, obispo)

Amadísimos: Ningún humano discurso es capaz de dar a entender los grandiosos dones que en el día de hoy nos ha otorgado nuestro benignísimo Dios. Por eso, gocémonos todos a la par, y alabemos a nuestro Señor rebosando de alegría.

La festividad de este día debe, en efecto, reunir a todo el pueblo en pleno. Pues así como en la naturaleza las cuatro estaciones o solsticios del año se suceden unos a otros, así también en la Iglesia del Señor una solemnidad sucede a otra solemnidad transmitiéndonos sucesivamente las variadas facetas del misterio. Así, hemos recientemente celebrado la fiesta de la Pasión, de la Resurrección y, finalmente, la Ascención de nuestro Señor a los cielos; hoy, por último, hemos llegado al mismo culmen de los bienes, al fruto mismo de las promesas del Señor.

Porque si me voy –dice– os enviaré otro Paráclito, y no os dejaré desamparados . ¡Ved cuánta solicitud! ¡Ved qué inefable bondad! Hace sólo unos días subió al cielo, recibió el trono real, recuperó su sede a la derecha del Padre; y hoy hace descender sobre nosotros el Espíritu Santo y, con él, nos colma de mil bienes celestiales. Porque —pregunto—, ¿hay alguna de cuantas gracias operan nuestra salvación, que no nos haya sido dispensada a través del Espíritu Santo?

Por él somos liberados de la esclavitud, llamados a la libertad, elevados a la adopción, somos —por decirlo así– plasmados de nuevo, y deponemos la pesada y fétida carga de nuestros pecados; gracias al Espíritu Santo vemos los coros de los sacerdotes, tenemos el colegio de los doctores; de esta fuente manan los dones de revelación y las gracias de curar, y todos los demás carismas con que la Iglesia de Dios suele estar adornada emanan de este venero. Es lo que Pablo proclama, diciendo: El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como a él le parece . Como a él le parece –dice–, no como se le ordena; repartiendo, no repartido; por propia autoridad no sujeto a autoridad. Pablo, en efecto, atribuye al Espíritu Santo el mismo poder que, según él tiene el Padre.

Y así como dice del Padre: Dios es el que obra todo en todos , afirma igualmente del Espíritu Santo: El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como a él le parece. ¿No advertís su plena potestad? Los que poseen idéntica naturaleza, es lógico que posean idéntica potestad; y los que tienen una igual majestad de honor, también tienen una misma fuerza y poder. Por él hemos obtenido la remisión de los pecados; por él nos purificamos de todas nuestras inmundicias; por la donación del Espíritu, de hombres nos convertimos en ángeles, nosotros que nos acogimos a la gracia, no cambiando de naturaleza, sino —lo que es todavía más admirable— permaneciendo en nuestra humana naturaleza, llevamos una vida de ángeles. ¡Tan grande es el poder del Espíritu Santo!

Somos justificados por la gracia

(Comentario de san Juan Crisóstomo, obispo)

Si todo beneficio y todo don perfecto viene de arriba, del Padre de los astros, ¿cómo no va a ser también un don de la diestra del Padre el conocimiento de Cristo? ¿Cómo no considerar la comprensión de la verdad superior a cualquier otra gracia? El Padre ciertamente no otorga el conocimiento de Cristo a los impuros, ni infunde la utilísima gracia del Espíritu en los que se obstinan en correr tras una incurable incredulidad: no es efectivamente decoroso derramar en el fango el precioso ungüento.

De ahí que el santo profeta Isaías manda a quienes desean acercarse a Cristo que se purifiquen primero dedicándose a cualquier obra buena. Dice en efecto: Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras está cerca; que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón.

Fíjate cómo primero nos dice que hay que abandonar los viejos caminos y renunciar a los criminales proyectos, para así conseguir el perdón de los pecados, indudablemente por la fe en Cristo. Pues somos justificados, no por la observancia de la ley, sino por la gracia que nos viene de él y por la abolición de los pecados que nos viene de arriba.

Pero quizá alguno objete: ¿Qué se oponía a relegar al olvido y conceder a los judíos y a Israel la remisión de los pecados lo mismo que a nosotros? Este parecería ser el comportamiento adecuado de quien es bueno a carta cabal.

Pero se le puede responder: ¿Cómo entonces mostrarse veraz, cuando nos dijo: No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores para que hagan penitencia?

¿Qué objetar a esto? La gracia del Salvador estaba destinada primeramente a solos los israelitas: pues —como él mismo afirma— sólo fue enviado a las ovejas descarriadas de la casa de Israel . Y ciertamente a los que quisieren aceptar la fe, les estaba igualmente permitido caminar decididos a la vida eterna. Todo el que se portaba honestamente y buscaba la verdad era destinado a salvarse por la fe, ayudado por la gracia de Dios Padre; en cambio los arrogantes fariseos y, con ellos, los pontífices y ancianos de dura cerviz se obstinaban en no creer, por más que habían sido con anterioridad instruidos por Moisés y los profetas.

Mas, habiéndose hecho —a causa de su perversidad— totalmente indignos de la vida eterna, no recibieron la iluminación que procede de Dios Padre. De esto tenemos un precedente en el antiguo Testamento. Lo mismo que se negó la entrada en la tierra prometida a los que en el desierto dudaron de Dios, así también a los que, por la incredulidad, desprecian a Cristo, se les niega el ingreso en el reino de los cielos, del que la tierra prometida era figura.

Jesús, para consagrar al pueblo con su propia sangre, murió fuera de las murallas

(Texto de san Juan Crisóstomo, obispo)

De la figura tomó el Apóstol la idea de sacrificio, y la comparó con el modelo primitivo, diciendo: Los cadáveres de los animales, cuya sangre lleva el sumo sacerdote al santuario para el rito de la expiación, que se queman fuera del campamento; y por eso Jesús, para consagrar al pueblo con su propia sangre, murió fuera de las murallas. Los sacrificios antiguos eran figura del nuevo; por eso Cristo cumplió plenamente las profecías muriendo fuera de las murallas. Da a entender asimismo, que Cristo padeció voluntariamente, demostrando que aquellos sacrificios no se instituyeron porque sí, sino que tenían el valor de figura y su economía no estaba al margen de la pasión, pues la sangre clama al cielo.

Ya ves que somos partícipes de la sangre que era introducida en el santuario, en el santuario verdadero; partícipes del sacrificio del que sólo participaba el sacerdote. Participamos pues, de la realidad. Por tanto, somos partícipes, no del oprobio, sino de la santidad: el oprobio era causa de la santidad; sin embargo, lo mismo que él soportó ser infamado, hemos de hacer nosotros; si salimos con él fuera de las murallas, tendremos parte con él.

Y ¿qué significa: Salgamos a encontrarlo? Significa compartir sus sufrimientos, soportar con él los ultrajes, pues no sin motivo murió fuera de las murallas, sino para que también nosotros carguemos con su cruz, siendo extraños al mundo y esforzándonos por permanecer así. Y lo mismo que él fue escarnecido como un condenado, así lo seamos también nosotros.

Por su medio, ofrezcamos a Dios un sacrificio. ¿Qué sacrificio? Nos lo aclara él mismo: el fruto de unos labios que profesan su nombre, esto es, preces, himnos, acciones de gracias; este es el fruto de los labios. En el antiguo Testamento se ofrecían ovejas, bueyes y terneros, y los daban al sacerdote. No ofrezcamos nada de esto nosotros, sino acción de gracias y, en la medida de lo posible, la imitación de Cristo en todo. Brote esto de nuestros labios. No os olvidéis de hacer el bien y de ayudaros mutuamente; ésos son los sacrificios que agradan a Dios. Démosle este sacrificio, para que lo ofrezca al Padre. Por lo demás, no se ofrecen sino por el Hijo, o mejor, por un corazón quebrantado.

Siendo la acción de gracias por todo cuanto por nosotros padeció el fruto de unos labios que profesan su nombre , soportémoslo todo de buen grado, sea la pobreza, la enfermedad o cualquiera otra cosa, pues sólo él sabe el bien que nos reporta. Porque nosotros –dice– no sabemos pedir lo que nos conviene . Por consiguiente, si no sabemos pedir lo que nos conviene de no sugerírnoslo el Espíritu Santo, ¿cómo podremos saber el bien que nos reporta? Procuremos, pues, ofrecer acciones de gracias por todos los beneficios, y soportémoslo todo con ánimo esforzado.

Eficacia de la oración

(Texto de san Juan Crisóstomo, obispo)

Muchísimas veces, cuando Dios contempla a una muchedumbre que ora en unión de corazones y con idénticas aspiraciones, podríamos decir que se conmueve hasta la ternura. Hagamos, pues, todo lo posible para estar concordes en la plegaria, orando unos por otros, como los corintios rezaban por los apóstoles. De esta forma, cumplimos el mandato y nos estimulamos a la caridad. Y al decir caridad, pretendo expresar con este vocablo el conjunto de todos los bienes; debemos aprender, además, a dar gracias con un más intenso fervor.

Pues los que dan gracias a Dios por los favores que los otros reciben, lo hacen con mayor interés cuando se trata de sí mismos. Es lo que hacía David, cuando decía: Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre; es lo que el Apóstol recomienda en diversas ocasiones; es lo que nosotros hemos de hacer, proclamando a todos los beneficios de Dios, para asociarlos a todos a nuestro cántico de alabanza.

Pues si cuando recibimos un favor de los hombres y lo celebramos, disponemos su ánimo a ser más solícitos para merecer nuestro agradecimiento, con mayor razón nos granjearemos una mayor benevolencia del Señor cada vez que pregonamos sus beneficios. Y si, cuando hemos conseguido de los hombres algún beneficio, invitamos también a otros a unirse a nuestra acción de gracias, hemos de esforzarnos con mucho mayor ahínco por convocar a muchos que nos ayuden a dar gracias a Dios. Y si esto hacía Pablo, tan digno de confianza, con más razón habremos de hacerlo nosotros también.

Roguemos una y otra vez a personas santas que quieran unirse a nuestra acción de gracias, y hagamos nosotros recíprocamente lo mismo. Esta es una de las misiones típicas del sacerdote, por tratarse del más importante bien común. Disponiéndonos para la oración, lo primero que hemos de hacer es dar gracias por todo el mundo y por los bienes que todos hemos recibido. Pues si bien los beneficios de Dios son comunes, sin embargo tú has conseguido la salvación personal precisamente en comunidad. Por lo cual, debes por tu salvación personal elevar una común acción de gracias, como es justo que por la salvación comunitaria ofrezcas a Dios una alabanza personal. En efecto, el sol no sale únicamente para ti, sino para todos en general; y sin embargo, en parte lo tienes todo: pues un astro tan grande fue creado para común utilidad de todos los mortales juntos. De lo cual se sigue, que debes dar a Dios tantas acciones de gracias, como todos los demás juntos; y es justo que tú des gracias tanto por los beneficios comunes, como por la virtud de los otros.

Muchas veces somos colmados de beneficios a causa de los otros. Pues si se hubieran encontrado en Sodoma al menos diez justos, los sodomitas no habrían incurrido en las calamidades que tuvieron que soportar. Por tanto, con gran libertad y confianza, demos gracias a Dios en representación también de los demás: se trata de una antigua costumbre, establecida en la Iglesia desde sus orígenes. He aquí por qué Pablo da gracias por los romanos, por los corintios y por toda la humanidad.

Enseñamos una sabiduría divina, misteriosa

(Comentario de san Juan Crisóstomo, obispo)

Enseñamos una sabiduría divina, misteriosa. El misterio no admite demostración, pero anuncia lo que es. Y no sería un misterio exclusivamente divino si le añadieras algo por tu cuenta. Por lo demás, se llama misterio porque creemos lo que no vemos: una cosa es la que vemos y otra la que creemos. Tal es de hecho la naturaleza de nuestros misterios.

Mi reacción ante el misterio es muy distinta de la reacción del infiel. Me dicen que Cristo ha sido crucificado, e inmediatamente entran en juego los mecanismos de mi admiración al comprobar su amor por los hombres; lo oye el infiel y lo considera una imbecilidad; me dicen que se ha hecho esclavo y admiro la providencia; lo oye él y lo juzga deshonroso; me dicen que murió y enmudezco ante su poder no superado por la muerte sino destructor de la muerte; lo oye él y diagnostica imbecilidad.

Cuando él oye hablar de resurrección lo considera una fábula, yo, en cambio, una vez hechas las debidas comprobaciones, adoro la economía de Dios. Oyendo hablar del bautismo piensa él que es sólo cuestión de agua, yo, en cambio, no me quedo en las meras apariencias, sino que veo además la purificación del alma por el Espíritu. Piensa él que sólo me han lavado el cuerpo, mientras que yo creo que también el alma se ha hecho pura y santa, y pienso en el sepulcro, la resurrección, la santificación, la justicia, la redención, la adopción, la herencia, el reino de los cielos, el don del Espíritu. Pues no juzgo los fenómenos con los ojos del cuerpo, sino con los ojos del alma. Oigo hablar del cuerpo de Cristo, y lo entiendo de muy diversa manera que el infiel.

Y así como los niños al ver un libro, no conocen el valor de las letras y desconocen lo que ven, lo mismo pasa con el misterio: los infieles aunque oigan, es como si no oyeran; en cambio los fieles, que poseen la pericia del Espíritu, penetran el significado oculto. Aclarando este tema decía Pablo: Si nuestro evangelio sigue velado, es para los que van a la perdición, o sea, para los incrédulos.

Así pues, misterio es sobre todo lo que, aunque predicado en todas partes, no es conocido por los que no tienen un alma recta, pues se revela no por la sabiduría, sino por el Espíritu Santo y en la medida de nuestra propia capacidad. En consecuencia, no andaría errado quien, de acuerdo con lo expuesto, llamara al misterio «arcano», ya que ni siquiera a nosotros los creyentes se nos ha dado la plena percepción y el conocimiento exacto del misterio. Por eso decía Pablo: Porque limitado es nuestro saber y limitada es nuestra profecía. Ahora vemos confusamente en un espejo, entonces veremos cara a cara. Enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria.

Cristo atestigua la resurrección futura, y, con él, los apóstoles, los mártires y la madre de los Macabeos

(Sermón de san Juan Crisóstomo, obispo)

Comprueba solamente esto: si Cristo ha prometido la resurrección; y cuando bajo el peso de una nube de testimonios hayas comprobado la existencia de una tal promesa, más aún, cuando tengas en tu poder la certísima garantía del mismo Cristo, el Señor, confirmado en la fe, deja ya de temer la muerte. Pues quien todavía teme, es que no cree; y el que no cree contrae un pecado incurable, ya que, con su incredulidad, se atreve a inculpar a Dios o de impotencia o de mentira.

No es ésta la opinión de los bienaventurados apóstoles, no es ésta la manera de pensar de los santos mártires. Los apóstoles, en virtud de esta predicación de la resurrección, predican que Cristo ha resucitado y anuncian que, en él, los muertos resucitarán, no rehusando ni la muerte, ni los tormentos, ni las cruces. Por tanto, si todo asunto queda confirmado por boca de dos o tres testigos, ¿cómo puede ponerse en duda la resurrección de los muertos, avalada por tantos y tan cualificados testigos, que apoyan su testimonio con el derramamiento de su sangre?

Y los santos mártires, ¿qué? ¿Tuvieron o no tuvieron una esperanza firme en la resurrección? Si no la hubieran tenido, ciertamente no habrían acogido como la máxima ganancia una muerte envuelta en tantas torturas y sufrimientos: no pensaban en los suplicios presentes, sino en los premios futuros. Conocían el dicho: Lo que se ve es transitorio, lo que no se ve es eterno.

Escuchad, hermanos, un ejemplo de fortaleza. Una madre exhortaba a sus siete hijos: no lloraba, se alegraba más bien. Veía a sus hijos lacerados por las uñas, mutilados por el hierro, fritos en la sartén. Y no derramaba lágrimas, no prorrumpía en lamentos, sino que con solicitud materna exhortaba a sus hijos a mantenerse firmes. Aquella madre no era ciertamente cruel, sino fiel: amaba a sus hijos, pero no delicada, sino virilmente. Exhortaba a sus hijos a la pasión, pasión que ella misma aceptó gozosa. Estaba segura de su resurrección y de la de sus hijos.

¿Qué diré de tantos hombres, mujeres, jóvenes y doncellas? ¡Cómo jugaron con la muerte! ¡Con qué enorme rapidez pasaron a engrosar la milicia celeste! Y eso que, de haber querido, podían haber seguido viviendo, puesto que les pusieron en la alternativa: vivir, negando a Cristo, o morir, confesando a Cristo. Pero prefirieron despreciar esta vida temporal y aceptar la eterna, ser excluidos de la tierra para convertirse en ciudadanos del cielo.

Después de esto, hermanos, ¿existe algún lugar para la duda? ¿Dónde puede albergarse todavía el miedo a la muerte? Si somos hijos de los mártires, si queremos ser un día compañeros suyos, no nos contriste la muerte, no lloremos a nuestros seres queridos que nos precedieron en el Señor. Si, no obstante, nos empeñásemos en llorar, serán los mismos santos mártires los que se burlarán de nosotros y nos dirán: ¡Oh fieles! ¡Oh vosotros que ansiáis el reino de Dios! ¡Oh vosotros los que, angustiados, lloráis y os lamentáis por vuestros seres queridos que han muerto delicadamente en sus lechos y sobre colchón de plumas! ¿Qué hubierais hecho de haberlos visto torturar y asesinar por los paganos a causa del nombre del Señor?

Piensa en qué misterios te es dado participar

(Sermón de San Juan Crisóstomo)

Qué duda cabe de que la asiduidad en escuchar la sagrada predicación es cosa buena; pero esta obra buena resultaría perfectamente inútil, si no fuera acompañada de la utilidad que se deriva de la obediencia.

Por tanto, para que no os reunáis aquí en vano, debéis trabajar con gran celo —como varias veces os he pedido encarecidamente y no me cansaré de repetirlo— por traer aquí otros hermanos, por exhortar a los que yerran, por aconsejar y no sólo de palabra, sino también con el ejemplo. La doctrina que se expone es de mayor peso si va avalada por la conducta y el tenor de vida. Aunque no pronuncies palabra, con sólo salir de la asamblea litúrgica y manifestar a los hombres que no asistieron a la sinaxis, a través de tu talante exterior, de la mirada, de la voz, de tu modo de andar y de toda la modesta compostura del resto del cuerpo el provecho que de la reunión has recabado, es ya una valiosa exhortación y un consejo.

Pues hemos de salir de aquí como si saliéramos del Santo de los santos, como caídos del cielo, hechos más modestos, filosofando, diciendo y haciéndolo todo moderada y comedidamente. De modo que al ver la esposa a su marido de vuelta de la asamblea, el padre al hijo, el hijo al padre, el siervo a su señor, el amigo al amigo, el enemigo al enemigo, todos caigan en la cuenta de la utilidad que hemos sacado de esta reunión: y se darán cuenta si advierten que volvéis más sosegados, más pacientes y más religiosos.

Piensa en qué misterios te ha sido dado participar, tú que estás ya iniciado, con quiénes ofreces aquel místico canto, con quiénes entonas el himno tres veces santo. Demuestra a los profanos que has danzado con los Serafines, que perteneces al pueblo celestial, que formas parte del coro de los ángeles, que has conversado con el Señor, que te has reunido con Cristo. Si de tal modo nos comportáramos, no necesitaríamos de discursos para con los que no asistieron a nuestra asamblea, sino que del provecho que nosotros hemos sacado se darían cuenta del propio perjuicio, y acudirían prontamente para poder disfrutar de idénticas ventajas.

Cuando vieren con sus propios ojos la hermosura de vuestra alma, aun cuando fueren los más estúpidos de los hombres, arderán en deseos de vuestra eximia belleza. Si ya la belleza corporal es capaz de suscitar la admiración en los espectadores, mucho más puede conmoverles la hermosura del alma, e incitarles a un parecido celo.

Adornemos, pues, nuestro hombre interior, y recordemos en la calle lo que aquí se dijere: allí es donde las circunstancias nos exigen no echarlo en olvido. Como el atleta demuestra en la arena lo que ha aprendido en la palestra, así también nosotros debemos manifestar en nuestras relaciones exteriores lo que aquí hubiéramos oído.

Jesús es vida incluso para los que abandonan este mundo

(Texto de san Juan Crisóstomo)

El mismo Señor que es incapaz de mentir, clama: Yo soy —dice— la resurrección y la vida: el , que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. Bien clara es, hermanos carísimos, la voz divina: el que cree en Cristo y guarda sus mandatos, aunque haya muerto, vivirá. Abriéndose a esta voz el bienaventurado apóstol Pablo y aferrándose a ella con toda la energía de la fe, enseñaba: No quiero, hermanos —dice—, que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis. ¡Oh admirable expresión la del Apóstol! En una sola palabra y ya antes de exponer la doctrina, da por sentada la resurrección. Pues llama «durmientes» a los que murieron, de modo que, al afirmar que duermen, da por segura su resurrección. Para que no os aflijáis —dice— por los difuntos como los hombres sin esperanza.

Que se aflijan los hombres sin esperanza; alegrémonos, en cambio, nosotros que somos hijos de la esperanza. Y cuál sea nuestra esperanza, lo recuerda el mismo Apóstol diciendo: Si creemos que Cristo ha muerto y resucitado, del mismo modo a los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con él. Pues Jesús es para nosotros salvación mientras todavía vivimos en el mundo y, además, vida cuando lo abandonamos. Para mí —dice el Apóstol— la vida es Cristo, y una ganancia el morir. Una ganancia realmente, ya que la muerte prematura nos ahorra las angustias y tribulaciones de una prolongada vida.

Pero tal vez te preguntes: ¿Cómo serán los que resuciten de entre los muertos? Escucha a tu mismo Señor, que dice: Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. Pero ¿a qué evocar el resplandor del sol, cuando es preciso que los fieles se vayan transformando según el modelo de la claridad del mismo Cristo, el Señor? Lo atestigua el apóstol Pablo: Nosotros somos —dice— ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo, él transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa. Se transformará indudablemente esta carne mortal según el modelo de la claridad de Cristo. Lo mortal se vestirá de inmortalidad, pues se siembra lo débil, resucita fuerte. En adelante, la carne no temerá la corrupción, no padecerá hambre, ni sed, ni enfermedad, ni adversidad. Pues una paz inalterable es también garantía de una firme seguridad de la vida. Pero muy distinta es la gloria de la vida celeste, donde se nos proporcionará un indefectible gozo.

Teniendo todo esto presente en su fina sensibilidad, decía el bienaventurado apóstol Pablo: Deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor. Y todavía decía abiertamente enseñando: Mientras vivimos, estamos desterrados lejos del Señor. Caminamos sin verlo, guiados por la fe. ¿Qué es lo que hacemos nosotros, hombres de poca fe, que nos angustiamos y nos deprimimos cuando alguno de nuestros seres queridos parte para el Señor? ¿Qué es lo que hacemos nosotros, que preferimos peregrinar en este mundo, a ser conducidos a la presencia de Cristo?

Sí, toda nuestra vida no es en realidad más que una peregrinación, pues, al igual que los peregrinos de este mundo, no tenemos morada estable, trabajamos, sudamos, caminamos caminos difíciles, llenos de peligros. Y con todo y estar amenazados por tantos peligros, no sólo no deseamos ser nosotros mismos liberados, sino que nos lamentamos y lloramos como perdidos a los que ya han sido liberados. ¿Qué es lo que Dios nos ha dado por medio de su Unigénito, si todavía tenemos miedo a la causa de la muerte? ¿A qué gloriarnos de haber renacido del agua y del Espíritu, si la partida de este mundo nos contrista? En esto consiste la esencia de la fe cristiana: en esperar, después de la muerte, la verdadera vida; tras la salida, el retorno.

Dando, pues, acogida a las palabras del Apóstol, demos ya confiados gracias a Dios, que nos ha dado la victoria sobre la muerte por Cristo, nuestro Señor, a quien corresponde la gloria y el poder, ahora y por los siglos de los siglos. Amén.

El amor de Dios

 San Juan Crisóstomo nos dice:
"Dios nos ama más que un padre,
madre, un amigo o cualquiera puede amar,
y aun más de lo que nosotros mismos
seamos capaces de amarnos."

No es tiempo de coronas y de premios, sino de luchas

(Texto de san Juan Crisóstomo, obispo)

Mientras Jesús iba subiendo a Jerusalén, se acercó a Jesús la madre de los Zebedeos con sus hijos, Santiago y Juan, y le dijeron: Ordena que estos dos hijos míos se sienten uno a tu derecha y el otro a la izquierda. En cambio, el otro evangelista pone esta petición en boca de los hijos. Sin embargo, no existe discrepancia alguna, ni tenemos por qué detenernos en tales minucias. La verdad es que, habiendo enviado por delante a la madre para preparar el terreno, después que ella hubo hablado, fueron ellos quienes presentaron la petición, sin saber, desde luego, lo que pedían, pero pidiéndolo efectivamente. Pues aun siendo apóstoles, eran, no obstante, todavía muy imperfectos, como polluelos que se remueven en el nido por no haberles aún crecido las alas. Porque es muy útil que sepáis que, antes de la pasión, los apóstoles andaban como inmersos en un mar de ignorancia, por lo cual increpándolos les decía: A estas alturas, ¿tampoco vosotros sois capaces de entender? ¿No acabáis de entender que no hablaba de panes al deciros: Mucho cuidado con la levadura de los fariseos? Y de nuevo: Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora. ¿Te das cuenta de que no tenían ideas claras acerca de la resurrección? El evangelista lo subraya, diciendo: Pues hasta entonces no habían entendido que él había de resucitar de entre los muertos. Y si esto desconocían, con mayor razón ignoraban otras cosas, como por ejemplo lo referente al reino de los cielos, a nuestras primicias y a la ascensión a los cielos. Arrastrándose sobre la tierra, eran todavía incapaces de levantar el vuelo a las alturas.

Imbuidos, pues, como estaban de esta opinión, y esperando como esperaban que de un momento a otro iba Jesús a instaurar el reino en Jerusalén, eran incapaces de asimilar otra cosa. Convencimiento que el otro evangelista subraya diciendo que los apóstoles creían ya próximo el advenimiento de su reino, al que se imaginaban como uno de tantos reinos de la tierra; pensaban que se dirigía a Jerusalén a inaugurar su reino, y no a la cruz y a la muerte. Pues aun cuando lo habían oído mil veces, su entendimiento estaba bloqueado a la comprensión de estas realidades.

No habiendo, pues, alcanzado todavía un evidente y exacto conocimiento de los dogmas, sino creyendo dirigirse a un reino terreno y que Jesús iba a reinar en Jerusalén, tomándolo aparte en el camino, estimando que la ocasión era pintiparada, le formulan esta petición. Pues habiéndose separado del grupo de los discípulos, y como si todo dependiese de su arbitrio, piden un puesto de privilegio y que se les aseguren los cargos más importantes, como quienes pensaban que las cosas estaban ya tocando a su fin y que el asunto estaba a punto de cerrarse, y que era llegado el tiempo de las coronas y de los premios. Lo cual era el colmo de la inconsciencia.

Pues bien, hecha esta petición, escucha lo que les responde Jesús: No sabéis lo que pedís. No es tiempo de coronas y de premios, sino de combates, luchas, sudores, de pruebas y de peleas. Esto es lo que significa la frase: No sabéis lo que pedís. Todavía no habéis probado las cárceles, aún no habéis salido a la palestra para combatir. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar? En este pasaje llama cáliz y bautismo a su cruz y a su muerte: cáliz, por la avidez con que lo apura; bautismo, porque por medio de su muerte iba a purificar el orbe de la tierra; y no sólo lo redimía de este modo, sino mediante la resurrección, si bien ésta no le resultaba penosa. Les dice: El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, refiriéndose de este modo a la muerte. Santiago fue efectivamente decapitado, y Juan fue varias veces condenado a muerte. Pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado. Vosotros, ciertamente, moriréis, os matarán, conseguiréis la corona del martirio; pero en cuanto a que seáis los primeros, no me toca a mí concederlo: lo recibirán los que luchan, en base a su mayor esfuerzo, en atención a su mayor prontitud de ánimo.

Éstos son los pastos que dio Dios a los creyentes

(Texto de san Juan Crisóstomo)

El Señor es mi pastor, nada me falta. Fijaos cómo se recomienda la Iglesia por boca de sus hijos: pues realmente aquel a quien Dios pastorea no puede caer y descarriarse. Este es nuestro rey, que día y noche rige nuestros corazones y nuestros cuerpos, conserva nuestros sentidos interiores y exteriores, y nada nos falta.

Es posible que haya quien afirme que aquel a quien Dios pastorea y nada le falta, tiene puestos los sentidos únicamente en las cosas temporales. ¿Qué significa «nada me falta», sino tener el oído atento a las peticiones que se le hacen? Rige y no niega nada. Lo que acaba de afirmar: Nada le falta es una gran cosa. Cuando no se peca contra Dios, él otorga la sabiduría, la prudencia, la templanza, la fortaleza y la justicia: y si éstas no faltan, ¿qué puede ambicionar el avaro? Dios mismo en su totalidad va involucrado en estas virtudes: y aquel en quien Dios está con toda su plenitud nunca será reo.

El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar. ¡Gran cosa son estos pastos! Estos banquetes siempre sacian, nunca faltan. Porque, ¿os interesa saber cómo alimenta Dios a los que le esperan, es decir, a los que en él tienen puesta su confianza? Dijo el profeta: Mirad que llegan días en que enviaré hambre a la tierra: no hambre de pan ni sed de agua, sino de escuchar la palabra del Señor. Cuando nuestra alma llega a este campo de la ley y a las flores de la alianza, se siente alimentada, apacentada, nutrida, engordada y exulta en la simplicidad del corazón: el alma allí colocada progresa, descansa, exulta y se gloría.

Este buen pastor, que da la vida por sus ovejas, otorgó tales pastos a los creyentes que esperan en él y llegan allí donde hace descansar a las almas en seguridad. Por tanto, en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. ¡Gran cosa es este agua! Lava la suciedad, quita las manchas, hace capaz al rudo: despojando de la vieja condición humana, con sus obras, y revistiendo de la nueva condición, creada a imagen de Dios.

Esta agua ostenta la primicia entre los elementos. Pero cuando este elemento recibe el Espíritu Santo, se convierte en sacramento, de modo que ya no es agua para beber, sino para santificar; ya no es agua común, sino alimento espiritual. Por medio de este agua los conduce fuera purificados, los hace perfectos, iluminándolos y colmándolos con el esplendor de la gracia: si creció el delito, sobreabundará la gracia.

Me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa. Gracias, Señor Jesús, por habernos mostrado este aceite. En este aceite reconocemos el óleo del crisma. Cristo, en efecto, es llamado el Ungido, y los cristianos derivan su nombre de la «unción». Cuál sea esta copa, escuchad. Esta es la copa que el Señor tiene en la mano, un vaso lleno de vino drogado. Este es el cáliz respecto del cual gritó en el momento de su pasión: Padre, si es posible, pase de mí este cáliz. Y porque nos dio un modelo de obediencia, añadió a renglón seguido: Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres. De este cáliz bebe la Iglesia, este cáliz es el que emborrachó a los mártires. Mas para que podáis apreciar la esplendidez de este cáliz, fijaos en el resplandor que irradia por todo el mundo la pasión de los apóstoles y de los mártires.

Es éste un gran misterio

(Comentario de san Juan Crisóstomo)

Como Eva salió del costado de Adán, así también nosotros del costado de Cristo. Esto es lo que significa la expresión: Carne de mi carne y hueso de mis huesos.

Ahora bien: que Eva fue formada de una costilla de Adán es algo que todos sabemos y de ello nos informa cumplidamente la Escritura, a saber: que Dios infundió en Adán un letargo, que le sacó una costilla de la que formó a la mujer; en cambio, que la Iglesia naciera del costado de Cristo, ¿dónde podríamos averiguarlo? También esto nos los indica la Escritura.

En efecto, después de que Cristo, izado y clavado en la cruz, hubo expirado, acercándose uno de los soldados, con la lanza le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. Pues de aquella sangre y agua nació toda la Iglesia. Testigo es aquel que dijo: El que no nazca de agua y de Espíritu, no puede entrar en el reino de los cielos: llama sangre al Espíritu. En realidad, nacemos del agua del bautismo, y nos alimentamos de la sangre. ¿Ves cómo somos carne de su carne y hueso de sus huesos, por nacer y alimentarnos de aquel agua y de aquella sangre?

Y lo mismo que la mujer fue formada mientras Adán dormía, de igual modo, muerto Cristo, la Iglesia nació de su costado. Sin embargo, la mujer ha de ser amada no sólo por el mero hecho de ser miembro de nuestro cuerpo y en nosotros tiene su origen, sino además porque sobre este punto Dios promulgó una ley en estos términos: Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. Y si Pablo nos recuerda esta ley es para inducirnos por todos los medios a este amor. Considera ahora conmigo la sabiduría apostólica: no nos induce a amar a las esposas apelando únicamente a las leyes divinas o a solas leyes humanas, sino a ambas a la vez: de suerte que los espíritus más selectos y cultivados se sensibilicen sobre todo a las leyes divinas, mientras que los más débiles y sencillos se sientan movidos mayormente por las incitaciones del amor natural.

Por eso expone primero esta doctrina comenzando por el ejemplo de Cristo. Dice así: Amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia, para volver luego nuevamente a las motivaciones humanas: Así deben los maridos amar a sus mujeres, como miembros suyos que son. A continuación, vuelve otra vez a Cristo: Porque somos miembros de su cuerpo, carne de su carne y hueso de sus huesos. Y retorna de nuevo a las motivaciones humanas: Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer. Y después de haber leído esto, continúa leyendo: Es éste —dice— un gran misterio.

Dime: ¿por qué es grande? ¿Cómo es que ocurre lo mismo en Cristo y la Iglesia? Como el esposo, abandonando a su padre, se apresura a ir al encuentro de la esposa, así también Cristo, abandonando el solio paterno, vino en busca de la Esposa: no nos convocó a las sublimes alturas del cielo, sino que espontáneamente vino él a nuestro encuentro. Pero al oír «venida», no pienses en una migración, sino en una acomodación: de hecho, cuando vivía entre nosotros, estaba con el Padre. Por esta razón escribe el Apóstol: Es éste un gran misterio. Es realmente grande ya entre los hombres, pero cuando lo considero referido a Cristo y a la Iglesia, entonces la grandeza del misterio me colma realmente de estupor. Por eso, después de haber dicho: Es éste un gran misterio, añadió inmediatamente: Y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.

Imitemos al Señor

(Comentario de san Juan Crisóstomo, obispo)

Imitemos al Señor y oremos por los enemigos. Imita al Señor: fue crucificado y abogó ante el Padre por sus verdugos. Pero me dirás: ¿Cómo puedo yo imitar al Señor? Si quieres, puedes. Pues si no pudieras imitarle, ¿cómo habría dicho: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón? Si no pudieras imitarle, no hubiera dicho Pablo: Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo.

Por lo demás, si no quieres imitar al Señor, imita a tu consiervo Esteban, pues que él imitó al Señor. Lo mismo que Cristo oraba al Padre por los que le crucificaban, así el siervo, mientras le apedreaban, acosado por todas partes, aguantando las pedradas y haciendo caso omiso deldolor que los golpes le causaban, decía: Señor, no les tengas en cuenta este pecado.

¿Quieres que te muestre otro consiervo que ha soportado tormentos mucho más graves? Dice Pablo: He sido apaleado tres veces por los judíos, una vez me han apedreado, he tenido tres naufragios y pasé una noche y un día en el agua. Y ¿qué responde a esos malos tratos? Por el bien —dice— de mis hermanos, los de mi raza y sangre, quisiera incluso ser un proscrito lejos de Cristo. ¿Quieres que te presente a otro no ya del nuevo sino del antiguo Testamento? Pues esto es lo más maravilloso de todo: que aquellos a quienes todavía no se les había mandado amar a los enemigos, sino que vivían bajo la ley del talión —ojo por ojo y diente por diente— hubieran llegado a la sabiduría apostólica. Escucha lo que dice Moisés, él que fue repetidas veces lapidado por los judíos y objeto de su desprecio: O perdonas su pecado o me borras del libro de tu registro. ¿No ves cómo cada uno de estos justos antepone la seguridad de los demás a la propia salvación? Tú no has pecado: ¿por qué entonces quieres correr la misma suerte que los culpables? Y responden: Porque si los demás sufren, no le encuentro sentido a mi prosperidad.

Así pues, ¿qué perdón podremos esperar si, mientras el Señor y sus siervos, tanto del nuevo como del antiguo Testamento, nos exhortan a orar por los enemigos, nosotros, por el contrario, oramos contra los enemigos? Por favor, hermanos, no hagamos semejante cosa, que cuanto más numerosos son los ejemplos, tanto mayor será nuestro castigo, si no los imitamos. Más valioso es orar por los enemigos que por los amigos; y también más ventajoso. Si amáis —dice— a los que os aman, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los publicanos?

Si, pues, oramos sólo por los amigos, no somos mejores que los paganos y publicanos; en cambio, cuando amamos a los enemigos nos hacemos, en lo que cabe, semejantes a Dios, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia a justos e injustos. Seamos, pues, semejantes al Padre: Sed perfectos —dice el Señor— como vuestro Padre celestial es perfecto, para que merezcamos conseguir el reino de los cielos, por la gracia y la bondad del Señor Dios y Salvador nuestro Jesucristo, a quien corresponden el honor y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

Cristo es el grano que ha disipado las tinieblas y ha renovado la Iglesia

(Texto de san Juan Crisóstomo, obispo)

¿Hay algo más grande que el reino de los cielos y más pequeño que un grano de mostaza? ¿Cómo ha podido Cristo comparar la inmensidad del reino de los cielos con esta pequeñísima semilla tan fácil de medir? Pero si examinamos bien las propiedades del grano de mostaza, hallaremos que el parangón es perfecto y muy apropiado.

¿Qué es el reino de los cielos sino Cristo en persona? En efecto, Cristo dice refiriéndose a sí mismo: Mirad, el reino de Dios está dentro de vosotros. Y ¿hay algo más grande que Cristo según su divinidad, hasta el punto de que hemos de oír al profeta que dice: Él es nuestro Dios y no hay otro frente a él: investigó el camino del saber y se lo dio a su hijo Jacob, a su amado, Israel. Después apareció en el mundo y vivió entre los hombres?

Pero, asimismo, ¿hay algo más pequeño que Cristo según la economía de la encarnación, que se hizo inferior a los ángeles y a los hombres? Escucha a David explicar en qué se hizo menor que los ángeles: ¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder? Lo hiciste poco inferior a los ángeles. Y que David dijo esto de Cristo, te lo interpreta Pablo, cuando dice: Al que Dios había hecho un poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y muerte.

¿Cómo se ha hecho al mismo tiempo reino de los cielos y grano? ¿Cómo pueden ser lo mismo el pequeño y el grande? Pues porque en virtud de su inmensa misericordia para con su criatura, se puso al servicio de todos, para ganarlos a todos. Por su propia naturaleza era Dios, lo es y lo será, y se ha hecho hombre por nuestra salvación. ¡Oh grano por quien fue hecho el mundo, por quien fueron disipadas las tinieblas y renovada la Iglesia! Este grano, suspendido de la cruz, tuvo tal eficacia que, aun cuando él mismo estaba clavado, con sola su palabra raptó al ladrón del madero y lo trasladó a las delicias del paraíso; este grano, herido por la lanza en el costado, destiló para los sedientos una bebida de inmortalidad; este grano de mostaza, bajado del madero y depositado en el huerto, cubrió toda la tierra con sus ramas; este grano, depositado en el huerto, hincó sus raíces hasta el infierno, y tomando consigo las almas que allí yacían, en tres días se las llevó al cielo.

Por tanto, el reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre tomó y lo sembró en su huerto. Siembra este grano de mostaza en el huerto de tu alma. Si tuvieres este grano de mostaza en el huerto de tu alma, te dirá también a ti el profeta: Serás un huerto bien regado, un manantial de aguas cuya vena nunca engaña.

Y si quisiéramos discutir más a fondo este tema, descubriríamos que la parábola le compete al mismo Salvador. En efecto, él es pequeño en apariencia, de una breve vida en este mundo, pero grande en el cielo. El es el Hijo del hombre y Dios, por cuanto es Hijo de Dios; supera todo cálculo: es eterno, invisible, celestial, que es comido únicamente por los creyentes; fue triturado y, después de su pasión, se volvió tan blanco como la leche; éste es más alto que todas las hortalizas; él es el indivisible Verbo del Padre; éste es en quien los pájaros del cielo, es decir, los profetas, los apóstoles y cuantos han sido llamados pueden cobijarse; éste es quien con su propio calor cura los males de nuestra alma; bajo este árbol somos cubiertos de rocío y protegidos de los ardores de este mundo; éste es el que al morir fue sembrado en la tierra y allí fructificó; y al tercer día resucitó a los santos sacándolos de los sepulcros; éste es el que por su resurrección apareció como el más grande de todos los profetas; éste es el que conserva todas las cosas mediante el Aliento que procede del Padre; éste es el que sembrado en la tierra creció hasta el cielo, el que sembrado en su propio campo, es decir, en el mundo, ofreció al Padre todos cuantos creían en él. ¡Oh semilla de vida sembrada en la tierra por Dios Padre! ¡Oh germen de inmortalidad que reconcilias con Dios a los mismos que tú alimentas! Diviértete bajo este árbol y danza con los ángeles, glorificando al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Para aprender a correr rectamente, fijémonos en Cristo

(Texto de san Juan Crisóstomo, obispo)

Corramos —dice el Apóstol— en la carrera que nos toca . Seguidamente presenta a Cristo, que es el primero y el último, como motivo de consuelo y de exhortación: Fijos los ojos —dice— en el que inició y completa nuestra fe: Jesús . Es lo que el mismo Jesús decía incansablemente a sus discípulos: Si al dueño de la casa lo han llamado Belzebú, ¡cuánto más a los criados! Y de nuevo: Un discípulo no es más que su maestro, ni un esclavo más que su amo.

Fijos los ojos , dice: esto es, para aprender a correr, fijémonos en Cristo. Pues así como en todas las artes y competiciones fijándonos en los maestros, se nos va grabando en la mente un arte, deduciendo de la observación algunas reglas, aquí sucede lo mismo: si queremos competir, si queremos aprender a competir diestramente, no apartemos los ojos de Cristo, que es quien inició y completa nuestra fe.

Y esto, ¿qué es lo que quiere decir? Quiere decir que Cristo mismo nos infundió la fe, él la inició. Lo declaraba Cristo a sus discípulos: No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido. Y Pablo dice también: Entonces podré conocer como Dios me conoce. Y si Cristo es quien nos inició, también es él quien completa nuestra fe.

Él renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia. Es decir, si hubiese querido, no hubiera padecido, ya que él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca. Lo dice él mismo en los evangelios: Se acerca el Príncipe de este mundo; no es que él tenga poder sobre mí . Le hubiera, pues, sido fácil, de haberlo querido, evitar la cruz, pues como él mismo afirmó: Tengo poder para entregar mi vida y tengo poder para recuperarla. Por tanto, si el que en modo alguno merecía ser crucificado, por nosotros soportó la cruz, ¿cuánto más justo no será que nosotros lo soportemos todo con ánimo varonil?

Renunciando —dice— al gozo inmediato, soportó la cruz despreciando la ignominia . ¿Qué significa: despreciando la ignominia ? Eligió —dice— una muerte ignominiosa. Como no estaba sometido al pecado, la eligió, enseñándonos a ser audaces frente a la muerte, despreciándola olímpicamente.

Y escucha ahora cuál será el fin: Está sentado a la derecha del trono de Dios. ¿Ves cuál es el premio de la competición?

También san Pablo escribe sobre el tema y dice: Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre», de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble. Se refiere a Cristo en su condición de hombre. Y aun cuando no se nos hubiera prometido ningún premio por la competición, bastaría —y con creces— un ejemplo tal para persuadirnos a soportar espontáneamente todos los contratiempos; pero es que además se nos prometen premios, y no unos premios cualquiera, sino magníficos e inefables premios.

Por lo cual, cuando también nosotros hayamos padecido algo semejante, pensemos en Cristo antes que en los apóstoles. ¿Y eso? Pues porque toda su vida estuvo llena de ultrajes; oía continuamente hablar mal de él, hasta el punto de llamársele loco, seductor, impostor. Y esto se lo echaban en cara, mientras él les colmaba de beneficios, hacía milagros y les mostraba las obras de Dios.