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Lucas 23,35-43: Dios reinó desde el madero


En aquel tiempo, las autoridades y el pueblo hacían muecas a Jesús, diciendo:
-A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido.
Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo:
-Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.
Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: "Éste es el rey de los judíos".

Uno de los malhechores lo insultaba, diciendo:
-No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.
Pero el otro lo increpaba:
-Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada.
Y decía:
-Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.
Jesús le respondió:
-Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso

REFLEXIÓN (de la homilía del Papa Juan Pablo II del 23 de noviembre de 1980):

El texto evangélico de San Lucas, que se acaba de proclamar, nos lleva con el pensamiento a la escena altamente dramática que se desarrolla en el "lugar llamado Calvario" y nos presenta, en torno a Jesús crucificado, tres grupos de personas que discuten diversamente sobre su "figura" y sobre su "fin". ¿Quién es en realidad el que está allí crucificado? Mientras la gente común y anónima permanece más bien incierta y se limita a mirar, los príncipes, en cambio se burlaban, diciendo: A otros salvó, sálvese a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido". Como se ve, su arma es la ironía negativa y demoledora. Pero también los soldados —el segundo grupo lo escarnecían y, como en tono de provocación y desafío, le decían: "Si eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo", partiendo, quizá, de las palabras mismas de la inscripción, que veían puesta sobre su cabeza. Estaban, además, los dos malhechores, en contraste entre sí, al juzgar al compañero de pena: mientras uno, blasfemaba de él, recogiendo y repitiendo las expresiones despectivas de los soldados y de los jefes, el otro declaraba abiertamente que Jesús "nada malo había hecho" y, dirigiéndose a El, le imploraba así: "Señor, acuérdate de mí, cuando estés en tu reino".

He aquí como, en el momento culminante de la crucifixión, precisamente cuando la vida del Profeta de Nazaret está para ser suprimida, podemos recoger, incluso en lo vivo de las discusiones y contradicciones, estas alusiones arcanas al rey y al reino.

Esta escena os es bien conocida, hermanos e hijos queridísimos, y no necesita otros comentarios. Pero es muy oportuno y significativo y, diría, es muy justo y necesario que esta fiesta de Cristo-Rey se enmarque precisamente en el Calvario. Podemos decir, sin duda, que la realeza de Cristo, como la celebramos y meditamos también hoy, debe referirse siempre al acontecimiento que se desarrolla en ese monte, y debe ser comprendida en el misterio salvífíco, que allí realiza Cristo: me refiero al acontecimiento y al misterio de la redención del hombre. Cristo Jesús —debemos ponerlo de relieve— se afirma rey precisamente en el momento en que, entre los dolores y los escarnios de la cruz, entre las incomprensiones y las blasfemias de los circunstantes, agoniza y muere. En verdad, es una realeza singular la suya, tal que sólo pueden reconocerla los ojos de la fe: Regnavit a ligno Deus!

La realeza de Cristo, que brota de la muerte en el Calvario y culmina con él acontecimiento de la resurrección, inseparable de ella, nos llama a esa centralidad, que le compete en virtud de lo que es y de lo que ha hecho. Verbo de Dios e Hijo de Dios, ante todo y sobre todo, "por quien todo fue hecho", como repetiremos dentro de poco en el Credo, tiene un intrínseco, esencial e inalienable primado en el orden de la creación, respecto a la cual es la causa suprema y ejemplar. Y después que "el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn 1, 14), también como hombre e Hijo del hombre, consigue un segundo título en el orden de la redención, mediante la obediencia al designio del Padre, mediante el sufrimiento de la muerte y el consiguiente triunfo de la resurrección.

Al converger en El este doble primado, tenemos, pues, no sólo el derecho y el deber, sino también la satisfacción y el honor de confesar su excelso señorío sobre las cosas y sobre los hombres que, con término ciertamente ni impropio ni metafórico, puede ser llamado realeza. "Se humilló, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, por lo cual Dios le exaltó y le otorgó un nombre sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús doble la rodilla cuanto hay en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor" (Flp 2,8-11). Este es el nombre del que nos habla el Apóstol: es el nombre de Señor y vale para designar la incomparable dignidad, que compete a El solo y le sitúa a El solo —como escribí al comienzo de mi primera Encíclica— en el centro, más aún, en el vértice del cosmos y de la historia. Ave Dominus noster! Ave rex noster!

Pero queriendo considerar, además de los títulos y de las razones, también la naturaleza y el ámbito de la realeza de Cristo nuestro Señor, no podemos prescindir de remontarnos a esa potestad que El mismo, cuando iba a dejar esta tierra, definió total y universal, poniéndola en la base de la misión confiada a los Apóstoles: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; id, pues; enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado" (Mt 28,18-20). En estas palabras no hay sólo —como es evidente— la reivindicación explícita de una autoridad soberana, sino que se indica además, en el acto mismo en que es participada por los Apóstoles, una ramificación suya en distintas, aun cuando coordinadas, funciones espirituales. Efectivamente, si Cristo resucitado dice a los suyos que vayan y recuerda lo que ya ha mandado, si les da la misión tanto de enseñar como de bautizar, esto se explica porque El mismo, precisamente en virtud de la potestad suma que le pertenece, posee en plenitud estos derechos y está habilitado para ejercitar estas funciones, como Rey, Maestro y Sacerdote. 

Ciertamente no se trata de preguntarnos cuál sea el primero de estos tres títulos, porque, en el contexto general de la misión salvífica que Cristo ha recibido del Padre, corresponden a cada uno de ellos funciones igualmente necesarias e importantes. Sin embargo, incluso para mantenernos en sintonía con el contenido de la liturgia de hoy, es oportuno insistir en la función real y concentrar nuestra mirada, iluminada por la fe, en la figura de Cristo como Rey y Señor.

A este respecto aparece obvia la exclusión de cualquier referencia de naturaleza política o temporal. A la pregunta formal que le hizo Pilato: "¿Eres Tú el rey de los judíos?" (Jn 18,33), Jesús responde explícitamente que su reino no es de este mundo y, ante la insistencia del procurador romano, afirma: "Tú dices que soy rey", añadiendo inmediatamente después: "Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad" (Jn 18,37). De este modo declara cuál es la dimensión exacta de su realeza y la esfera en que se ejercita: es la dimensión espiritual que comprende, en primer lugar, la verdad que hay que anunciar y servir. Su reino, aun cuando comienza aquí abajo en la tierra, nada tiene, sin embargo, de terreno y trasciende toda limitación humana, puesto que tiende hacia la consumación más allá del tiempo, en la infinitud de la eternidad.

A este Reino nos ha llamado Cristo Señor, otorgándonos una vocación que es participación en esos poderes suyos que ya he recordado. Todos nosotros estamos al servicio del Reino y, al mismo tiempo, en virtud de la consagración bautismal, hemos sido investidos de una dignidad y de un oficio real, sacerdotal y profético, a fin de poder colaborar eficazmente en su crecimiento y en su difusión.

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Lucas 23,35-43: Cristo, Rey del universo


En aquel tiempo, las autoridades y el pueblo hacían muecas a Jesús, diciendo:

-A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido.

Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo:

-Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.

Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: "Éste es el rey de los judíos". Uno de los malhechores lo insultaba, diciendo:

-No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.

Pero el otro lo increpaba:

-Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada.

Y decía:

-Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.

Jesús le respondió:

-Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.

REFLEXIÓN (reproducimos un comentario homilético del padre R. Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia):

La solemnidad de Cristo Rey, en cuanto a su institución, es bastante reciente. La estableció el Papa Pío XI en 1925 en respuesta a los regímenes políticos ateos y totalitarios que negaban los derechos de Dios y de la Iglesia. El clima del que nació la solemnidad es, por ejemplo, el de la revolución mexicana, cuando muchos cristianos afrontaron la muerte gritando hasta el último aliento: «Viva Cristo Rey». Pero si la institución de la fiesta es reciente, no así su contenido y su idea central, que es en cambio antiquísima y nace, se puede decir, con el cristianismo. La frase «Cristo reina» tiene su equivalente en la profesión de fe: «Jesús es el Señor», que ocupa un puesto central en la predicación de los apóstoles.

El pasaje evangélico es el de la muerte de Cristo, porque es en ese momento cuando Cristo empieza a reinar en el mundo. La cruz es el trono de este rey. «Había encima de él una inscripción: "Este es el Rey de los judíos"». Aquello que en las intenciones de los enemigos debía ser la justificación de su condena, era, a los ojos del Padre celestial, la proclamación de su soberanía universal.

Para descubrir cómo nos toca de cerca esta fiesta, basta con recordar una distinción sencillísima. Existen dos universos, dos mundos o cosmos: el macrocosmos, que es el universo grande y exterior a nosotros, y el microcosmos, o pequeño universo, que es cada hombre. La liturgia misma, en la reforma que siguió al Concilio Vaticano II, sintió la necesidad de trasladar el acento de la fiesta, haciendo énfasis en su aspecto humano y espiritual, más que en el –por así decirlo— político. La oración de la solemnidad ya no pide, como hacía en el pasado, que «se conceda a todas las familias de los pueblos someterse a la dulce autoridad de Cristo», sino que «toda criatura, libre de la esclavitud del pecado, le sirva y alabe sin fin».

En el momento de la muerte de Cristo, se lee en el pasaje evangélico --recordémoslo--, pendía sobre su cabeza la inscripción «Jesús es el Rey de los judíos»; los presentes le desafiaban a mostrar abiertamente su realeza y muchos, también entre los amigos; se esperaban una demostración espectacular de su realeza. Pero Él eligió mostrar su realeza preocupándose de un solo hombre, y encima malhechor: «Jesús, acuérdate de mi cuando estés en tu reino. Le respondió: "En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso"».

En esta perspectiva, el interrogante importante que hay que hacerse en la solemnidad de Cristo Rey no es si reina o no en el mundo, sino si reina o no dentro de mí; no si su realeza está reconocida por los Estados y por los gobiernos, sino si es reconocida y vivida por mí. ¿Cristo es Rey y Señor de mi vida? ¿Quién reina dentro de mi, quién fija los objetivos y establece las prioridades: Cristo o algún otro? Según san Pablo, existen dos modos posibles de vivir: o para uno mismo o para el Señor (Rm 14, 7-9). Vivir «para uno mismo» significa vivir como quien tiene en sí mismo el propio principio y el propio fin; indica una existencia cerrada en sí misma, orientada sólo a la propia satisfacción y a la propia gloria, sin perspectiva alguna de eternidad. Vivir «para el Señor», al contrario, significa vivir por Él, esto es, en vista de Él, por y para su gloria, por y para su reino.

Se trata verdaderamente de una nueva existencia, frente a al cual la muerte ha perdido su carácter irreparable. La contradicción máxima que el hombre experimenta desde siempre –aquella entre la vida y la muerte-- ha sido superada. La contradicción más radical ya no es aquella entre «vivir» y «morir», sino entre vivir «para uno mismo» y vivir «para el Señor».

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