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Lectura orante del Evangelio del Domingo (Ciclo C) de la Semana 10 del Tiempo Ordinario: Lucas 7,11-17


Danos ahora, Señor, una efusión de tu Espíritu Santo que conduzca esta lectura orante de tu Palabra eficaz, que nos haga entender, acoger y vivir el mensaje que nos has echo llegar con el Evangelio de hoy. Amén.

1. Lectura

a) Texto del día

Lucas 7,11-17: En aquel tiempo, Jesús se fue a una ciudad llamada Naím, e iban con Él sus discípulos y una gran muchedumbre. Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda, a la que acompañaba mucha gente de la ciudad. Al verla el Señor, tuvo compasión de ella, y le dijo: «No llores». Y, acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon, y Él dijo: «Joven, a ti te digo: levántate». El muerto se incorporó y se puso a hablar, y Él se lo dio a su madre. El temor se apoderó de todos, y glorificaban a Dios, diciendo: «Un gran profeta se ha levantado entre nosotros», y «Dios ha visitado a su pueblo». Y lo que se decía de Él, se propagó por toda Judea y por toda la región circunvecina.

b) Contexto histórico y cultural

Naím era un poblado o aldea ubicado en el sur de Galilea, cercano a Nazaret a unos 40 kilometros de Cafarnaúm; podría considerarse dentro del área que Jesús recorrió profusamente, predicando, enseñando y sanando, en el transcurso de su intensa misión.

2. Meditación (para leer lenta y pausadamente; deteniéndose a meditar y saborear cada palabra, cada verso y cada estrofa, relacionándolos con el Evangelio del día y con nuestra vida)

Anticipo

Aquel hijo único,
que su madre era viuda
y su entierro seguían,
¿no sería algún anuncio

para Ti de preludio?
Madre ya sin ayuda:
¿pensarías en la tuya,
al faltar, sin recursos?

Para él no es lo último
porque entonces actúas,
de la muerte, lo aúpas,
y su cuerpo no es pútrido.

Ese fue un anticipo
de tu vuelta a la vida:
¡las tinieblas vencidas
por Ti; un único Hijo!

3. Oración

Tú, que devuelves la vida

Tú, que devuelves la vida,
te pido que me reanimes
como a ese que revives,
para que luego te siga
y a todo el mundo le diga
que, en ti, la muerte no existe.

Amén.

4. Contemplación (en un profundo silencio interior nos abandonamos por unos minutos de un modo contemplativo en el amor del Padre y en la gracia del Hijo, permitiendo que el Espíritu Santo nos inunde. En resumen, intentamos prolongar en el tiempo este momento de paz en la presencia de Dios).

5. Acción

A reconocerte como Señor de la vida,
vencedor de la muerte,
estoy invitado en este día;
esa es mi acción,
desde hoy, Señor.
Amén.

Lucas 7,11-17: ¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!


En aquel tiempo, iba Jesús camino de una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y mucho gentío. Cuando estaba cerca de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba. Al verla el Señor, le dio lástima y le dijo:
-No llores.
Se acercó al ataúd (los que lo llevaban se pararon) y dijo:
-¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!
El muerto se incorporó y empezó a hablar y Jesús se lo entregó a su madre. Todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios diciendo:
-Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.
La noticia del hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea entera.

REFLEXIÓN (de "Enséñame tus caminos - Los Domingos del Ciclo C" por José Aldazábal):

Jesús, el Resucitado, comunica Vida 

El episodio de Naím nos lo cuenta sólo Lucas y presenta un paralelo sorprendente con el que leemos en la 1a lectura, la resurrección obrada por la oración de Elías. Si el domingo pasado aparecía Jesús como liberador del mal y de la enfermedad, hoy aparece claramente, no sólo su misericordia, sino también su mensaje de vida y de victoria sobre la muerte.

Las dos mujeres tienen una actitud diferente ante la muerte de sus hijos. La de Sarepta, tal vez porque estaba sola, protesta contra Dios y contra su profeta. La de Naím, tal vez porque iba acompañada por un cortejo de paisanos que la apoyaban con su presencia, está callada y llora. La muerte nos impresiona a todos y podemos reaccionar ante ella de diversas maneras.

Es bueno que hoy, no precisamente en un ambiente de exequias, sino porque sale el tema en las lecturas dominicales, nos dejemos iluminar por la Palabra sobre el sentido cristiano que tiene el final de la vida. El evangelio de Jesús no niega la muerte. También él lloró la muerte de sus amigos y sintió pavor ante su propia muerte. Pero él le ha dado a esa misteriosa realidad un sentido y una respuesta desde el amor de Dios, aunque no lo sepamos comprender del todo.

No sabemos cómo será, pero lo que es seguro es que Dios nos tiene destinados a la vida, no a la muerte. Dios es Dios de amor y Dios de vida. Su respuesta a nuestra debilidad y nuestra caducidad es la vida eterna. Ese es nuestro futuro, aunque la muerte siga siendo un misterio y su seriedad no la podamos rehuir.

La Iglesia de Cristo sigue ofreciendo vida

Cristo comunica vida porque él mismo la recibe del Padre y también él vencerá a la muerte en su resurrección. Los cristianos no podemos mirar a la muerte -a la nuestra y a la de los seres queridos o de los que mueren en accidentes o en grandes cataclismos- como los que no tienen esperanza. No porque sepamos la "respuesta" a un enigma o a un misterio, sino porque la fe en el Resucitado, el vencedor de la muerte, nos proporciona una luz especial que nos hace, no tanto "entender" el misterio de la muerte, sino "vivirlo" desde la fe.

El Resucitado sigue también hoy aliviando a los que sufren y comunicando vida. Lo hace a través de su comunidad, la Iglesia, de un modo especial por medio de su Palabra poderosa y de sus sacramentos de gracia.

El sacramento de la Reconciliación, ¿no es la aplicación actual de las palabras de Jesús, "joven, a ti te lo digo, levántate"? La Unción de los enfermos ¿no es Cristo que se acerca al que sufre, por medio de su comunidad, que le acompaña y le da el alivio y la fuerza de su Espíritu?

Este es el lenguaje que ahora nos ofrece para nuestra oración y para nuestra comprensión teológica de la muerte el Ritual de las Exequias cristianas: "la Iglesia, en las exequias de sus hijos, celebra el misterio pascual, para que quienes por el Bautismo fueron incorporados al Cristo muerto y resucitado, pasen con él a la vida", "que los cristianos recuperen el sentido pascual de la muerte y afirmen su fe y esperanza en la vida eterna y en la resurrección", "la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma", "él quiso entregar su vida para que todos tuviéramos vida eterna"...

Al verla el Señor, le dio lástima

En otro aspecto nos interpela también a los cristianos la escena de hoy. En ella aparece bien claro, como en tantas otras ocasiones en el evangelio, el buen corazón de Jesús, que se compadece de los que sufren y les alivia con sus palabras y sus gestos. Esta vez, resucitando al hijo de la viuda de Naím.

La buena mujer no le pide nada: la iniciativa es del mismo Jesús (el centurión sí había pedido a Jesús que le ayudara).

Jesús se ha acercado de veras a nuestro mundo y a nuestro dolor. Su palabra es a la vez humana ("no llores") y divina ("joven, a ti te lo digo, levántate"). Y es palabra eficaz.

La escena de hoy nos invita a actuar con los demás como lo hizo Cristo. Cuando nos encontramos con personas que sufren, porque están solitarias, enfermas o de alguna manera muertas, y no han tenido suerte en la vida, ¿cuál es nuestra reacción? ¿la de los que pasaron de largo ante el que había sido víctima de los bandidos, o la del samaritano que le atendió? ¿acompañamos a los que sufren, solidarizándonos con ellos, formamos parte de su cortejo de dolor, como los paisanos de Naím, no tanto con discursos, sino con la cercanía y la oración? ¿somos capaces de adelantarnos a ayudar a los demás, sin esperar que nos lo pidan? ¿somos sensibles al dolor y a las lágrimas de los que sufren a nuestro lado?

No se nos pide hacer milagros. Pero a veces el mejor milagro es la presencia, la palabra amable, la mano tendida y una ayuda oportuna. Eso, para el dolor que pasa lejos de nosotros, y también para el que tenemos a la vista, porque pasa en nuestra propia familia o comunidad o sociedad.

La Eucaristía, sacramento de vida eterna

La Eucaristía, en la que recibimos el Cuerpo y Sangre de Cristo es garantía de resurrección, como él nos prometió: "el que me coma vivirá por mí, como yo vivo por el Padre", "el que come mi Carne... vivirá por mí... yo le resucitaré el último día".

Hoy podríamos invitar a la comunión con las expresivas palabras de Jesús: "Así dice el Señor: yo soy la resurrección y la vida: el que me come tendrá vida eterna. Dichosos los invitados...".

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Lucas 7,11-17: Dios ha visitado a su pueblo


En aquel tiempo, iba Jesús camino de una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y mucho gentío. Cuando estaba cerca de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba. Al verla el Señor, le dio lástima y le dijo:
-No llores.
Se acercó al ataúd (los que lo llevaban se pararon) y dijo:
-¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!
El muerto se incorporó y empezó a hablar y Jesús se lo entregó a su madre. Todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios diciendo:
-Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.
La noticia del hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea entera.

REFLEXIÓN (de "Tratados sobre el Evangelio de San Juan" por san Agustín):

Si, pues, el Señor, por su gracia y por su misericordia, resucita a las almas para que no muramos por siempre, bien podemos suponer que los tres muertos que resucitó en sus cuerpos significan y son figura de las resurrecciones de las almas que se obran por la fe. Resucitó al hijo del archisinagogo cuando aún estaba en casa de cuerpo presente; resucitó al joven hijo de la viuda cuando le llevaban ya fuera de las puertas de la ciudad; resucitó a Lázaro, que llevaba cuatro días en el sepulcro.

Mire cada cual para su alma. Muere si peca, porque el pecado es la muerte del alma. Pero a veces se peca de pensamiento; te agradó lo que era malo, consentiste; pecaste; ese consentimiento te dio la muerte, pero esa muerte es interna, porque el mal pensamiento no pasó a la obra. Para indicar el Señor que El resucita a estas almas, resucitó a aquella niña que todavía no había sido sacada fuera, sino yacía muerta en la casa: estaba oculta, como el pecado. Pero, si no sólo diste el consentimiento a la mala delectación, sino que pusiste el mal por obra, lo sacaste afuera, como a un muerto; ya estás fuera y levantado como cadáver. Sin embargo, el Señor resucita también a éste y lo devuelve a su madre viuda. Si pecaste, arrepiéntete, y el Señor te resucitará y te devolverá a la Iglesia, tu madre. El tercero de los muertos es Lázaro.

Hay un género de muerte detestable, que se llama hábito perverso. Porque una cosa es pecar, y otra tener el hábito del pecado. Quien peca y al punto se enmienda, pronto vuelve a la vida, porque aún no está amarrado por el hábito; aún no está sepultado. Pero quien tiene el hábito del pecado está ya sepultado, y bien puede decirse que ya hiede, pues empieza a tener mala fama como si fuera un hedor insoportable. Tales son los dados al vicio y de perversas costumbres. Les dices: No hagas esto. ¿Cuándo has sido escuchado por quien está bajo tierra y se deshace en la corrupción, y está bajo la gruesa losa de la costumbre? Pues ni para resucitar a éste fue menor el poder de Cristo.

Lo sabemos, lo hemos visto y diariamente vemos a hombres que, cambiadas sus pésimas costumbres, viven mejor que quienes los reprendían. Detestabas a ese hombre, pues ahí tienes a la misma hermana de Lázaro (si es que es la misma que ungió con el ungüento los pies del Señor y los enjugó con sus cabellos después de haberlos lavado con sus lágrimas) mejor resucitada que su hermano, ya que fue libertada de la pesada mole de sus hábitos perversos e inveterados. Era una pecadora de fama, y de ella se dijo: Se le perdonan muchos pecados porque amó mucho.

Vemos a muchos, hemos conocido a muchos; nadie desespere, nadie presuma de sí mismo. Es malo desesperar y presumir de sí. No desesperes y elige aquello de lo cual debes presumir.

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¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!

Lucas 7,11-17

En aquel tiempo iba Jesús camino de una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y mucho gentío. Cuando estaba cerca de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba. Al verla el Señor, le dio lástima y le dijo:

-No llores.

Se acercó al ataúd (los que lo llevaban se pararon) y dijo:

-¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!

El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre. Todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios diciendo:-Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo. La noticia del hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea entera.

REFLEXIÓN:

La dolida madre, que además era viuda, ciertamente que debía estar sufriendo mucho la muerte de su hijo único. Lo que más quería en la tierra acababa de morir: su único hijo; además, en lo adelante tendría pocas esperanzas para conseguir el sustento, le aguarda la pobreza extrema, vivir únicamente de la caridad por el resto de su vida. El lamento tenía que ser grande, el sufrimiento inmenso!

Ese drama no podía menos que despertar la solidaridad en el dolor de quienes le conocían, eso explica la gran multitud de la ciudad de Naín que acompañaba a la viuda en el cortejo fúnebre de su hijo.

Al ver la tristeza y el sufrimiento de la viuda, el Señor se compadece de ella. Aquí, Jesús manifiesta uno de los sentimientos que repetiría en situaciones similares de dolor: la compasión. Pero a Jesús también debió traerle a la mente su situación personal, y lo que implicaría para su madre la condición de viuda que también pierde a su hijo único.

Las palabras de consuelo del Señor no se hacen esperar: "No llores". Acompaña las palabras con obras; inmediatamente dice: "Muchacho, a ti te lo digo, levántate!", y se produce el milagro.

La vuelta a la vida del muchacho es, obviamente, temporal; algún día habría de morir de algún modo. Pero con este milagro, a modo de signo, Jesús nos expresa en este hecho que él es el Señor de la vida y que puede vencer a la muerte. Algún tiempo después, la propia resurrección de Jesús nos lo demostraría, dándonos a todos la posibilidad de resucitar con él a la vida eterna, mediante la salvación otorgada con su muerte en cruz.

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