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El infierno como odio

(De "Semillas de contemplación" por Thomas Merton)

El infierno está donde nadie tiene nada en común con otro alguno, excepto el odiarse todos uno a otro y no poder separarse unos de otros ni de sí mismos. Están todos revueltos en su fuego, y cada uno intenta apartar a los otros de sí con un odio enorme, impotente. Y la razón porque desean estar libres unos de otros no es tanto el odiar lo que ven en otros como el saber que los otros odian lo que ven en ellos; y todos, uno en otro, reconocen lo que detestan en sí mismos, egoísmo e impotencia, angustia, terror y desesperación.

El árbol se conoce por sus frutos. Si quieres comprender la historia social y política de las naciones modernas, estudia el infierno.

Y sin embargo el mundo, con todas sus guerras, no es aún el infierno. Y la historia, por terrible que sea, tiene otro sentido, más profundo. Pues no es el mal de la historia lo que le da importancia y no es el mal de nuestro tiempo aquello por lo cual nuestro tiempo puede ser comprendido. En la hoguera de la guerra y el odio, la Ciudad de aquellos que se aman es fundida y unida en el heroísmo de la caridad bajo el sufrimiento, mientras que la ciudad de aquellos que lo odian todo es deshecha y dispersada, y sus ciudadanos lanzados en todas direcciones, como chispas, humo y llamas.

Nuestro Dios es también un fuego devorador. Y si nosotros, por el amor, nos transformamos en Él y ardemos como Él arde, su fuego será nuestro pozo eterno. Pero si rechazamos su amor y permanecemos en la frialdad del pecado y la oposición a Él y a los demás hombres, entonces su fuego (elegido por nosotros más bien que por Él) se convertirá en nuestro eterno enemigo; y el Amor, en vez de ser nuestro gozo, será nuestro tormento y nuestra destrucción.

Cuando amamos la voluntad de Dios, lo hallamos y reconocemos Su gozo en todas las cosas. Pero cuando estamos contra Dios, esto es, cuando nos amamos a nosotros mismos más que a Él, todas las cosas se nos vuelven enemigas. No pueden dejar de rehusamos la ilícita satisfacción que nuestro egoísmo les exige, porque la infinita generosidad de Dios es la ley de toda esencia creada y está impresa en todo lo que Él ha hecho y sólo puede ser amiga de Su generosidad que es también la ley fundamental de la vida de los hombres.

No hay nada que interese en el pecado, ni en el mal en su calidad de mal.

Y ese mal no es un ente positivo, sino la falta de una perfección que debería existir.

El pecado, como tal, es esencialmente aburrido, porque es la falta de algo que podría atraer nuestra voluntad y nuestro espíritu.

Lo que atrae a los hombres a los actos malos no es el mal, sino el bien que hay en ellos, visto bajo falso aspecto y con torcida perspectiva. Y el bien que se ve de este modo es sólo el cebo de la trampa. Cuando quieres alcanzarlo, salta la trampa y sólo te queda el asco, el hastío.., y el odio. Los pecadores son gente que lo odian todo, porque su mundo está necesariamente lleno de traición, lleno de engaño, lleno de decepción. Y los máximos pecadores son la gente más tediosa del mundo, porque es también la que más se aburre y la que encuentra más tedio en la vida.

Cuando intentan cubrir el tedio de la vida con ruido, excitación, agitación y violencia (inevitables frutos de una vida dedicada al amor de valores que no existen), se convierten en algo más que tediosos: son azotes del mundo y la sociedad. Y ser azotado no es meramente algo insulso y tedioso.

Sin embargo, cuando terminó todo y han muerto, el rastro de sus pecados en la historia se vuelve extremadamente falto de interés y se inflige a los escolares como penitencia, que es tanto más cruel cuanto que hasta un niño de ocho años puede notar fácilmente la inutilidad de aprender los hechos de gente como Hitler y Napoleón.

Electa ut sol (brillante como el sol)

(De "Semillas de contemplación" por Thomas Merton)

Todo lo que se ha escrito sobre la Virgen Madre de Dios me prueba que la suya es la más recóndita de las santidades. Lo que la gente llega a decir de ella nos dice más acerca de la gente que sobre Nuestra Señora. Pues como Dios nos ha revelado muy poco respecto a ella, los que no saben nada sobre quién y qué era tienden a revelarse a sí mismos cuando intentan añadir algo a lo que Dios nos ha dicho.

Y lo que sabemos acerca de ella contribuye aún a que parezcan más ocultos el carácter y calidad de su santidad. Creemos que la suya fue la santidad más perfecta, fuera de la santidad de Dios. Pero la santidad de Dios es sólo oscuridad para nuestras mentes. Sin embargo, la santidad de la Santísima Virgen es en cierto modo más oculta que la santidad de Dios; porque Él por lo menos nos ha dicho algo de Sí mismo que es objetivamente válido cuando se expresa en lenguaje humano. Pero acerca de Nuestra Señora sólo nos ha dicho unas pocas cosas importantes... y no podemos comprender la plenitud de lo que significan. Pues todo lo que nos ha dicho acerca de su alma es esto: que estaba llena de la más perfecta santidad creada. Pero lo que esto significa, en detalle, no tenemos modo seguro de saberlo. Por lo tanto, la otra cosa cierta que sabemos de ella es que su santidad es reconditísima.

Y, sin embargo, yo puedo hallarla si alcanzo también a esconderme en Dios, donde ella está escondida. Compartir su humildad y reconditez, pobreza, ocultamiento y soledad es el mejor modo de conocerla; pero conocerla así es alcanzar la sabiduría.

En la real, viviente Persona humana que es la Virgen Madre de Cristo, están toda la pobreza y toda la sabiduría de todos los santos. Todo llegó a ellos por su mediación y está en ella. La santidad de todos los santos es una participación en su santidad; porque, en el orden que Él ha establecido, Dios quiere que todas las gracias lleguen a los hombres a través de María.

Por esto amarla y conocerla es descubrir el verdadero significado de todo y tener acceso a toda la sabiduría. Sin ella, el conocimiento de Cristo es sólo especulación. Pero en ella se vuelve experiencia, porque toda la humildad y toda la pobreza, sin las cuales Cristo no puede ser conocido, le pertenecen a ella. Su santidad es el silencio donde se puede, y sólo en él, oír a Cristo, y la voz de Dios se convierte para nosotros en experiencia mediante la contemplación de ella.

El vacío de sí mismo, la soledad interior y el sosiego sin los cuales no podemos colmarnos de Dios, le pertenecen sólo a ella. Si alguna vez conseguimos vaciarnos del ruido del mundo y de nuestras pasiones, ello ocurre porque ella se nos ha aproximado y nos da participación en su santidad y reconditez.

Ella sola, entre todos los santos, es en todo incomparable. Tiene la santidad de todos ellos y, sin embargo, no se parece a ninguno. Con todo, podemos hablar de ser como ella. Este parecido a ella no es sólo algo que se desea..., es lo único digno de nuestro deseo; y la razón de esto es que ella, entre todas las criaturas, recobró del modo más perfecto el parecido a Dios que Dios quiso encontrar, en diversos grados, en todos nosotros.

Es necesario, sin duda, hablar acerca de sus privilegios como si fueran algo que pudiese hacerse comprensible en lenguaje humano y pudiese medirse con patrones humanos. Es muy adecuado hablar de ella como de una Reina y obrar como si se supiera lo que significa decir que tiene un trono por encima de todos los ángeles. Pero esto no debe hacer olvidar a nadie que su máximo privilegio es su pobreza, y su máxima gloria es el ser reconditísima, y la fuente de todo su poder es el ser como nada en la presencia de Cristo, de Dios.

Por ser ella, entre todos los santos, la más perfectamente pobre y la más perfectamente oculta, la que no tiene absolutamente nada que intente poseer como propio, puede con la máxima plenitud comunicar al resto de nosotros la gracia del Dios infinitamente generoso. Y lo poseeremos más verdaderamente cuando nos hayamos vaciado de nosotros mismos y consigamos ser pobres y ocultos como ella, y así nos parezcamos a Él pareciéndonos a ella.

Y toda nuestra santidad depende de su voluntad, de su placer. Aquellos que ella desea que compartan el gozo de su pobreza y sencillez, aquellos que ella quiere que estén ocultos como lo está ella, son los que llegan a ser los más grandes santos a los ojos de Dios.

Es, pues, una gracia sin medida, y un gran privilegio el que una persona que vive en el mundo en que hemos de vivir pierda súbitamente todo interés en las cosas que absorben la atención de ese mundo y descubra en su alma un apetito de pobreza y soledad. Y el más precioso de todos los dones de la naturaleza o la gracia es el deseo (de ocultarse y desaparecer de la vista de los hombres, ser tenido en nada por el mundo, ser borrado de la propia consideración y desaparecer en la nada en la inmensa pobreza que es la adoración de Dios).

Este vacío absoluto, esta pobreza, esta oscuridad encierra el secreto de todos los gozos, porque está llena de Dios. Buscar ese vacío de sí mismo es la verdadera devoción a la Madre de Dios. Hallarlo es hallarla a ella. Y estar escondido en sus profundidades es estar lleno de Dios, como ella está llena de Él, y compartir su misión de llevar a Dios a todos los hombres.

Y todas las generaciones deben llamarla bendita, porque todas reciben por su mediación lo que les es concedido de vida y gozo sobrenaturales. Y es necesario que todo el mundo la reconozca y acate, y que se canten las alabanzas de la gran obra de Dios en ella, y se construyan catedrales en su nombre. Pues si no se reconociere a Nuestra Señora como Madre de Dios y corno Reina de todos los santos y ángeles y como la esperanza del mundo, la fe en Dios quedaría incompleta. ¿Cómo podemos pedirle a Dios todo aquello que Él quiere que esperemos, si no sabemos, por la contemplación de la santidad de la Virgen Inmaculada, cuán grandes cosas puede Él realizar en el alma de los hombres?

Así, cuanto más ocultos estemos en las honduras donde se descubre su secreto, tanto más querremos alabar su nombre en el mundo y glorificar, en ella, al Dios que hizo de ella su resplandeciente tabernáculo. Sin embargo, no nos fiaremos del todo en nuestro propio talento para hallar palabras con que alabarla, pues, aunque pudiéramos cantar sus alabanzas como Dante o San Bernardo, todavía poco podríamos decir de ella en comparación con la Iglesia, que es la única que sabe cómo alabarla adecuadamente y se atreve a aplicarle las inspiradas palabras que Dios dice de Su propia Sabiduría. Así la encontramos viviendo en medio de la Sagrada Escritura, y a no ser que la hallemos, también, oculta en la Escritura dondequiera y en cualesquiera promesas que contengan a su Hijo, no conoceremos plenamente la vida que está en la Escritura.

Es ella quien, en estos últimos días, está destinada por delegación de Dios a manifestar el poder que Él le ha dado, a causa de su pobreza, y a salvar a los últimos hombres vivos en las ruinas de la tierra incendiada. Y si la última edad del mundo, por la perversidad de los hombres, se convierte en la más terrible, también será para los elegidos, por la clemencia de la Virgen, la más victoriosa y la más gozosa.

La raíz de la guerra es el miedo

(De "Semillas de contemplación" por Thomas Merton)

El concepto de “virtud” no atrae a los hombres, porque ya no se interesan en llegar a ser buenos. Sin embargo, si les dices que Santo Tomás habla de las virtudes como “hábitos del intelecto práctico”, quizá presten alguna atención a tus palabras. Les place la idea de algo que, al parecer, pueda avivar su
inteligencia.

Nuestra mente es como la corneja. Recoge todo lo que brilla, por incómodo que quede nuestro nido con tanto metal en él.

Los demonios están muy contentos con el alma que sale de su seco hogar y tiembla bajo la lluvia sin otra razón que la de estar seca su casa.

Tengo muy leve idea de lo que ocurre en el mundo; pero de vez en cuando veo algunas de las cosas que están dibujando y escribiendo allá, y esto me convence de que todos están viviendo en ceniceros. Me alegra no poder oír lo que están cantando.

Si un escritor es tan cauto que no escribe nunca nada que pueda ser criticado, nunca escribirá nada que pueda ser leído. Si quieres ayudar a otros tienes que decidirte a escribir cosas que algunos condenarán.

El poeta entra en sí mismo para crear. El contemplativo entra en Dios para ser creado.

Un poeta católico debería ser apóstol siendo ante todo poeta; no intentar ser poeta siendo ante todo un apóstol. Pues si se presenta a su público como poeta, será juzgado como tal, y si no es buen poeta, quedará en ridículo su apostolado.

Si escribes para Dios llegarás al corazón de muchos hombres y les causarás alegría.

Si escribes para los hombres.., acaso hagas algún dinero, causes a alguien algún pequeño gozo y hagas cierto ruido en el mundo por breve tiempo.

Si escribes para ti mismo, podrás leer lo que has escrito, y al cabo de diez minutos estarás tan asqueado que desearás haber muerto.

En la raíz de toda guerra está el miedo: no tanto el miedo que los hombres se tienen mutuamente, sino el miedo que le tienen a todo. No es meramente que no confíen el uno en el otro: no se fían ni de sí mismos. Si no están seguros de que alguien no va a volverse contra ellos para matarlos, lo están todavía menos de que ellos mismos no se volverán contra sí para matarse. No pueden confiar en nadie, porque han dejado de creer en Dios.

¿Quieres terminar las guerras pidiendo a hombres que confíen en hombres en quienes evidentemente no puede confiarse? No. Enséñales a amar a Dios y a confiar en él; entonces podrán amar a los hombres en quienes no pueden confiar, y osarán hacer la paz con ellos, no confiando en ellos, sino en Dios.

Pues solamente el amor (que significa humildad) puede expulsar el miedo que es la raíz de toda guerra.

Si realmente los hombres quisieran la paz, la pedirían a Dios, y Él se la daría. Pero ¿por qué ha de dar Él al mundo una paz que éste no desea realmente? Pues la paz que el mundo parece desear no es realmente en ningún modo la paz.

Para algunos la paz significa tan sólo tranquilidad para explotar a otros sin miedo a represalias o injerencias. Para otros la paz significa libertad para robarse mutuamente sin interrupción. Para ciertos hombres significa asueto para devorar los bienes de la tierra sin verse obligados a interrumpir sus placeres para alimentar a aquellos que su codicia está matando de hambre. Y para casi todo el mundo la paz significa simplemente ausencia de toda violencia física que pudiese arrojar sombras sobre vidas dedicadas a la satisfacción de su apetito animal de comodidades y placeres.

Muchos como éstos han pedido a Dios lo que ellos entendían por “paz” y se han extrañado de que su ruego no fuese atendido. No podían comprender que, en realidad, lo había sido. Dios los dejaba con lo que deseaban, pues su idea de paz era sólo otra forma de la guerra.

Así, pues, en vez de amar lo que crees ser la paz, ama al prójimo y ama a Dios sobre todo. Y en vez de odiar a los hombres que tienes por promotores de guerras, odia los apetitos y el desorden de tu propia alma, que son las causas de la guerra.

Las cosas en su identidad

(De "Semillas de contemplación" por Thomas Merton)

Un árbol da gloria a Dios, ante todo, siendo un árbol. Porque al ser lo que Dios quiere que sea está imitando una idea que está en Dios y que no es distinta de la esencia de Dios, y por lo tanto un árbol imita a Dios siendo un árbol.

Cuanto más un árbol se realiza a sí mismo, tanto más se acerca a Dios. Si intentara ser otra cosa, algo que nunca estuvo destinado a ser, sería menos semejante a Dios y por ende Le daría menos gloria.

No hay dos seres creados exactamente iguales. Y su individualidad no es imperfección. Al contrario: la perfección de una cosa creada no está meramente en su conformidad con un tipo abstracto, sino en su identidad individual consigo misma. Este determinado árbol dará gloria a Dios extendiendo sus raíces en la tierra y alzando sus ramas hacia el aire y hacia la luz de un modo que antes no siguió, ni seguirá después, ningún otro árbol.

¿Imaginas que todas las cosas individuales creadas en el mundo son imperfectas tentativas de reproducir un tipo ideal que el Creador nunca logró realizar en la tierra? Si ello es así, no le dan gloria, sino que proclaman que Él no es un Creador perfecto.

Por lo tanto, todo ser particular, en su individualidad, su naturaleza y entidad concretas, con todas sus características cualidades particulares, y su inviolable identidad, da gloria a Dios al ser precisamente lo que Él quiere que sea aquí y ahora, en las circunstancias ordenadas para él por Su Amor y Su Arte infinitos.

Las formas y caracteres individuales de lo que vive y crece, de las cosas inanimadas y de los animales y flores, y de toda la naturaleza, constituyen su santidad a los ojos de Dios.

Su condición intrínseca es su santidad.

La especial belleza falta de gracia de determinado potro en este día de abril, en este campo, bajo estas nubes, es una santidad consagrada a Dios por Su propio Arte, y proclama la gloria de Dios.

Las pálidas flores del cornejo que vemos al exterior de esa ventana son santas. Las florecitas amarillas que nadie nota al borde de ese camino son santas que miran hacia la faz de Dios.

Esta hoja tiene su propio tejido y su propia trama de venas y su propia forma santa, y la lubina y la trucha que se ocultan en las profundas hoyas del río son canonizadas por su belleza y su fuerza.

Y la grande, desgarrada, medio calva montaña es otro de los santos de Dios. No hay otro como ella. Está sola en su propio carácter; ninguna otra cosa en el mundo ha imitado ni imitará jamás a Dios exactamente del mismo modo. Y esto es su santidad.

Mas ¿qué decir de ti? ¿Qué decir de mí?

A diferencia de los animales y árboles, no hay bastante para nosotros con que se cumpla la intención de nuestra naturaleza. No basta en nuestro caso el ser hombres individuales. Para nosotros santidad es más que humanidad. Si no somos nunca otra cosa que hombres, si no somos más que nuestro ser natural, no seremos santos ni podremos ofrecer a Dios la adoración de nuestra imitación, que es la santidad.

Es cierto decir que para mí la santidad consiste en ser yo mismo y para ti la santidad consiste en ser tú mismo y que, en último término, tu santidad nunca será la mía, y la mía nunca será la tuya, salvo en la caridad y la gracia comunes a los dos.

Para mí ser santo significa ser yo mismo. Por lo tanto el problema de la santidad y la salvación es en realidad el problema de descubrir quién soy yo y de encontrar mi verdadero yo.

Los árboles y los animales no tienen problemas. Dios los hace tales como son sin consultarles, y ellos están perfectamente satisfechos.

Con nosotros es distinto. Dios nos deja en libertad de ser lo que nos parezca. Podemos ser nosotros mismos o no, según nos plazca. Pero el problema es éste: puesto que Dios solo posee el secreto de mi identidad, únicamente Él puede hacerme quien soy o, mejor, únicamente Él puede hacerme quien yo seré cuando por fin empiece plenamente a ser. Las semillas plantadas en mi libertad, en cada momento, por la voluntad de Dios son las de mi propia identidad, mi propia realidad, mi propia felicidad, mi propia santidad.

Rechazarlas es rechazarlo todo: es rechazar mi propia existencia y ser; mi identidad, mi propio yo.

No aceptar, no amar ni hacer la voluntad de Dios es rehusar la plenitud de mi existencia.

Y si nunca llego a ser lo que debo ser, y permanezco siempre en lo que no soy, pasaré la eternidad contradiciéndome a mí mismo, siendo a la vez algo y nada, una vida que quiere vivir y está muerta, y una muerte que quiere estar muerta y no puede lograr su propia muerte, porque todavía tiene que existir.

Decir que nací en el pecado es decir que vine al mundo con un falso yo. Entré en la existencia bajo un signo de contradicción, siendo alguien que nunca estuve destinado a ser y, por lo tanto, una negación de lo que debería ser. Y así entré en la existencia y en la inexistencia al mismo tiempo, porque desde el comienzo fui algo que no era.

Para decir lo mismo sin paradoja: mientras no sea yo nadie más que lo que nació de mi madre, estoy tan lejos de ser la persona que debería ser, que es lo mismo que si no existiese. De hecho, sería mejor para mí no haber nacido.

Cada uno de nosotros lleva la sombra de una persona ilusoria: un falso yo.

Éste es el hombre que yo quiero ser, pero que no puede existir, porque Dios no sabe nada de él. Y serle desconocido a Dios es un aislamiento excesivo.

Mi yo falso y particular es el que quiere existir fuera del radio de la voluntad y del amor de Dios, fuera de la realidad y de la vida. Y tal yo no puede dejar de ser una ilusión.

No somos muy aptos para reconocer ilusiones; sobre todo las que nos rodean, las que nacieron con nosotros y nutren las raíces del pecado. Para la casi totalidad de los hombres no hay mayor realidad subjetiva que este su falso yo, que no puede existir. Una vida consagrada al culto de esta sombra es lo que se llama una vida de pecado.

Todo pecado empieza en la suposición de que mi falso yo, ese yo que existe tan sólo en mis propios deseos egocéntricos, es la realidad fundamental de la vida, hacia la cual todo lo demás del universo está orientado. Así, gasto mi vida intentando acumular placeres y experiencias, poder y honores, conocimientos y amor, para vestir ese falso yo y construir con su nada algo objetivamente real. Y enrollo experiencias en torno de mí mismo y me cubro de placeres y gloria como con vendas para hacerme perceptible a mí mismo y al mundo, como si fuera un cuerpo invisible que sólo puede hacerse ver cuando algo visible cubre su superficie.

Pero no hay sustancia bajo las cosas con que rae he rodeado. Soy hueco, y mi construcción de placeres y ambiciones carece de base. Estoy objetivado en ellos. Pero están todos destinados, por su misma contingencia, a ser destruidos. Y cuando desaparezcan no quedará nada de mí sino mi propia desnudez, vacío y oquedad, para decirme que soy un error.

El secreto de mi identidad está oculto en el amor y misericordia de Dios.

Pero todo lo que hay en Dios es realmente idéntico a Él mismo; pues Su infinita simplicidad no admite división ni distinción. No puedo, pues, esperar encontrarme a mí mismo en ningún sitio distinto de Él.

En último término, el único modo como puedo ser yo mismo es identificándome con Aquel en quien está oculta la razón y consumación de mi existencia.

Así, pues, sólo hay un problema del que toda mi existencia, paz y felicidad dependen: descubrirme descubriendo a Dios. Si Lo encuentro, me encontraré, y si encuentro mi verdadero yo, Lo encontraré a Él.

Pero, aunque esto parece sencillo, es en realidad inmensamente difícil. De hecho, si estoy abandonado a mí mismo, será absolutamente imposible. Pues, aunque algo puedo conocer de la existencia y naturaleza de Dios por medio de mi razón, no hay modo racional y humano de alcanzar ese contacto, esa posesión de Él que será el descubrimiento de quien es Él realmente y de Aquel en quien yo soy.

Es esto algo que ningún hombre puede lograr solo. Ni pueden todos los hombres y todas las cosas creadas ayudarlo en esta obra.

El único que puede enseñarme a hallar a Dios es Dios, Él mismo, Él solo.

Un cuerpo de huesos rotos

(De "Semillas de contemplación" por Thomas Merton)

Tú y yo y todos los hombres fuimos hechos para hallar nuestra identidad en el Cristo místico, en quien nos completamos todos mutuamente “en un hombre perfecto, en la medida de la edad de la plenitud de Cristo”.

Cuando alcancemos la perfección del amor que es la contemplación de Dios en Su gloria, nuestras personalidades inalienables, aunque permaneciendo eternamente distintas, se combinarán, sin embargo, en UNA, de modo que cada uno de nosotros se hallará en todos los demás; y Dios será la vida y realidad de todos. Omnia in omnibus Deus.

Dios es un Fuego devorador. Él solo puede refinarnos como oro y separarnos de la escoria de nuestra egoísta individualidad, para fundirnos en esa totalidad de unidad perfecta que reflejará para siempre Su propia Vida trina y una.

Mientras rehusemos a Su amor el poder de consumirnos enteramente y unirnos en Él, el oro que hay en nosotros quedará oculto por la roca y el barro que nos mantienen opuestos uno a otro.

Mientras no seamos purificados por el amor de Dios y transformados en Él en la unión de la pura santidad, permaneceremos separados, opuestos uno a otro, y la unión entre nosotros será cosa precaria y dolorosa, llena de trabajos y penas, y sin cohesión duradera.

En todo el mundo, a lo largo de toda la historia aun entre los religiosos y los santos, Cristo sufre desmembramiento.

Su Cuerpo físico fue crucificado por Pilatos y los fariseos; su Cuerpo místico es estirado y descuartizado época tras época por los demonios, en la angustia de la desunión que se cría y vegeta en nuestras almas propensas al egoísmo y al pecado.

Por toda la faz de la tierra la avaricia y la concupiscencia de los hombres crían incesantes divisiones entre ellos, y las heridas que arrancan a los hombres de la unión se abren y agrandan en guerras enormes. Asesinatos, matanzas, revoluciones, odios, muerte y tortura de cuerpos y almas, destrucción de ciudades por el fuego, hambre de millones de seres, aniquilamiento de poblaciones y finalmente la cósmica inhumanidad de la guerra atómica: Cristo es asesinado en Sus miembros, desgarrado a pedazos; Dios es asesinado en los hombres.

La historia del mundo, con la destrucción material de ciudades y naciones, expresa la división que tiraniza las almas de todos los hombres y hasta de los santos.

Aun los inocentes, aun aquellos en quienes Cristo vive por la caridad, aun aquellos que desean de todo corazón amarse los unos a los otros, permanecen divididos y separados. Aunque son ya uno en Él, su unión se les oculta, porque todavía posee solamente la secreta sustancia de sus almas.

Pero su mente, su juicio y sus deseos, sus caracteres y facultades humanos, sus apetitos e ideales están todos aprisionados en la escoria de una mundanidad inevitable, que el puro amor no ha podido refinar todavía.

Mientras permanezcamos en la tierra, el amor que nos une nos traerá sufrimientos por nuestro mismo contacto recíproco, porque este amor es el reajuste de un Cuerpo de huesos rotos. Ni los santos pueden vivir con santos, en esta tierra, sin alguna angustia, sin algún dolor ante las diferencias que ocurren entre ellos.

Los hombres pueden hacer dos cosas acerca del dolor de la desunión con otros hombres. Pueden amar u odiar.

El odio retrocede ante el sacrificio y el dolor que son el precio de este reajuste de huesos. Rechaza el dolor de la reunión. Identifica la angustia con los otros hombres, cuya presencia causa angustia en nosotros recordándonos nuestra desunión.

El odio intenta curar la desunión aniquilando a los que no están unidos con nosotros. Busca la paz por la eliminación de todos los que no somos nosotros mismos.

Pero el amor, con su aceptación del dolor de la reunión, empieza a sanar todas las heridas.

Es principalmente en el sufrimiento y el sacrificio requeridos para que los hombres vivan juntos en paz y armonía donde el amor es perfeccionado en nosotros, donde nos preparamos para la contemplación.

Pues el cristianismo no es meramente una doctrina o sistema de creencias: es Cristo que vive en nosotros y une a los hombres unos con otros en Su propia Vida y unidad. “Yo en ellos y Tú, Padre, en Mí, para que sean perfectos en Uno... Y la gloria que Tú me has dado les di Yo para que sean Uno como nosotros somos Uno. In hoc cognoscent omnes quia mei estis discipuli, si dilectionem habueritis ad invicem.

“El que ama no mora en la muerte”.

Si consideras la contemplación principalmente como medio de escapar a las miserias de la vida humana, como un apartamiento de la angustia y sufrimiento de esta lucha por la reunión con otros hombres en la caridad de Cristo, no sabes lo que es la contemplación y nunca hallarás a Dios en tu contemplación. Pues es precisamente en la recuperación de nuestra unión con nuestros hermanos en Cristo donde descubrimos a Dios y Lo conocemos, pues entonces Su vida empieza a penetrar en nuestras almas, y Su amor posee nuestras facultades, y somos capaces de descubrir quién es por la experiencia de Su propia generosidad reflejada en nuestra voluntad purificada.

Hay sólo una verdadera huida del mundo: no es una fuga lejos de tribulaciones, conflictos, dificultades y sufrimientos; sino una fuga de la desunión y separación hacia la unidad y la paz en el amor de los otros.

¿Qué es el “mundo” por el cual no quiso Cristo rogar y del cual dijo que sus discípulos estaban en él, pero no eran de él? El mundo es la inquieta ciudad de los que viven para s mismos y están por tanto divididos unos contra otros en una lucha que no puede terminar, pues continuará eternamente en el infierno. Es la ciudad de los que luchan por cosas limitadas y por el monopolio de bienes y placeres que no pueden ser compartidos por todos.

Pero si intentas escapar de este mundo saliendo solamente de la ciudad y escondiéndote en la soledad, no harás más que llevar contigo la ciudad a la soledad; y sin embargo puedes estar enteramente fuera del mundo permaneciendo en medio de él, si dejas que Dios te libre de tu propio egoísmo y vives sólo para el amor.

Porque huir del mundo no es otra cosa que huir del egoísmo. Y el hombre que se encierra con su propio egoísmo se coloca en una posición en que el mal que lleva dentro lo poseerá como un demonio o lo enloquecerá.

Por esto es peligroso ir a la soledad únicamente por el hecho de que te guste estar solo.

Todo lo que es, es santo

(De "Semillas de contemplación" por Thomas Merton)

No es cierto que los santos y grandes contemplativos no se fijaran en las cosas creadas y no comprendieran ni apreciaran el mundo y sus escenas y sonidos y la gente que vive en él.

¿Crees que su amor a Dios era compatible con el odio a las cosas que lo reflejaban y hablaban de Él en todas partes?

Dirás que debían de estar absortos en Dios y no tenían ojos para ver nada que no fuera Él. ¿Crees que iban por el inundo con rostros de piedra y no escuchaban las voces de los hombres que les hablaban ni comprendían las alegrías y tristezas de los que estaban en torno suyo?

Por estar los santos absortos en Dios eran verdaderamente capaces de ver y apreciar las cosas creadas; porque amaban a Dios solo, sólo ellos amaban a todos.

¿Crees que un santo tiene que excusar su interés en las cosas creadas dando traspiés en su lenguaje para introducir un montón de observaciones convencionales e insípidas acerca de Dios cada vez que habla o piensa acerca del mundo y de lo que hay en él? Un santo es capaz de hablar del mundo sin ninguna explícita referencia a Dios, de tal modo que sus afirmaciones den mayor gloria a Dios y despierten mayor amor a Dios que las observaciones de alguien menos santo, que tenga que esforzarse por establecer una arbitraria relación entre las criaturas y Dios mediante gastadas analogías y metáforas, tan débiles que hacen pensar que algo le pasa a la religión.

Los santos saben que el mundo y todo lo hecho por Dios es bueno, mientras que los que no lo son, o creen que las cosas creadas son impías o no se preocupan por la cuestión en ningún sentido, porque sólo se interesan por si mismos.

Los ojos del santo hacen santa toda belleza, y las manos del santo consagran todo lo que tocan a la gloria de Dios, y el santo no se ofende nunca por nada ni juzga el pecado de nadie, porque no conoce el pecado. Conoce la misericordia de Dios y está en la tierra para traer esa misericordia a todos los hombres.

Cuando estamos unidos al amor de Dios, lo poseemos todo en Él y se lo ofrecemos todo a Él en Cristo Su Hijo. Pues todas las cosas son nuestras, y nosotros somos de Cristo, y Cristo es de Dios. Descansando en Su gloria sobre todo placer y dolor, alegría o pena, y sobre todo otro bien o mal, amamos en todas las cosas Su voluntad más bien que las cosas mismas, y éste es el modo como hacemos de la creación un sacrificio en alabanza de Dios.

Éste es el fin para el que Dios hizo todas las cosas.

El único gozo verdadero en la tierra es escapar de la prisión de nuestro yo (no digo del cuerpo, porque el cuerpo es templo de Dios y, por ello, es santo) y entrar por el amor en unión con la Vida que reside y canta dentro de la esencia de toda criatura y en el centro de nuestras propias almas. En Su amor poseemos y gozamos todas las cosas hallándole a Él en todas. Y así, mientras andamos por el mundo, todo lo que encontramos, todo lo que vemos, oímos y tocamos, lejos de macularnos nos purifica y planta en nosotros algo más de contemplación y de cielo.

No llegando a esta perfección, las cosas creadas no nos traen gozo, sino dolor. Mientras no logramos amar a Dios perfectamente, todo en el mundo es capaz de herirnos. Y el infortunio máximo es ser insensible al dolor que nos inflige y no advertir lo que es.

Pues mientras no amemos a Dios perfectamente Su mundo estará lleno de contradicción. Las cosas que ha creado nos atraen a Él y, sin embargo, nos mantienen apartados de Él. Nos llaman y nos detienen. Lo hallamos en ellas hasta cierto punto y luego ya no Lo encontramos de ningún modo.

Cuando pensamos haber descubierto algún gozo en ellas, la alegría se convierte en pesar; y cuando empiezan a agradarnos, el placer se cambia en dolor.

En todo lo creado, los que todavía no amamos perfectamente a Dios podemos hallar algo que refleja la plenitud del cielo y algo que semeja la angustia del infierno. Gustamos algo del gozo de la bienaventuranza y algo del dolor de la pérdida, que es la condenación.

Lo que de plenitud encontramos en las criaturas pertenece a la realidad del ser creado, una realidad que procede de Dios, pertenece a Dios y refleja a Dios. La angustia que hallamos en ellas pertenece al desorden de nuestro deseo, que busca en su objeto una realidad mayor que la que hay en él; una plenitud mayor de la que una cosa creada es capaz de dar. En lugar de adorar a Dios a través de Su creación, estamos siempre intentando adorarnos a nosotros mismos mediante las criaturas.

Pero adorarnos a nosotros mismos es no adorar nada. Y la adoración de la nada es el infierno.

Distracciones

(De "Semillas de contemplación" por Thomas Merton)

La oración y el amor se aprenden en la hora en que la plegaria se ha hecho imposible y tu corazón se ha petrificado.

Si nunca has tenido distracciones no sabrás cómo orar. Pues el secreto de la plegaria es el hambre de Dios y de la visión de Dios, una avidez de mucha más hondura que el nivel del lenguaje o el afecto. Y un hombre cuya memoria e imaginación lo persiguen con una multitud de inútiles y aun malos pensamientos e imágenes puede a veces verse forzado a orar mucho mejor, en lo hondo de su asesinado corazón, que otro en cuya mente flotan claros conceptos, brillantes propósitos y fáciles actos de amor.

Por esto es inútil que te inquietes cuando no puedes desembarazarte de las distracciones. En primer lugar, debes darte cuenta de que con frecuencia son inevitables en una vida de oración. La necesidad de arrodillarse y ser sumergido por una marca de locas y vanas imágenes es una de las pruebas típicas de la vida contemplativa. Si crees que estás obligado a rechazar esas cosas mediante un libro, agarrándote a sus frases como se aferra el náufrago a una tabla tienes el privilegio de hacerlo; pero si permites que tu oración degenere en un período de simple lectura espiritual, pierdes gran parte del fruto. Te aprovecharía más el resistir pacientemente a las distracciones y aprender algo de tu propio desamparo e incapacidad. Y si tu libro llega a ser meramente un anestésico, lejos de ayudar a tu meditación, probablemente la echó a perder.

Uno de los motivos de tus distracciones es éste: la mente, memoria e imaginación sólo trabajan, en la meditación, para conducir tu voluntad a la presencia de su objeto, que es Dios. Cuando has practicado la meditación por unos años, es la cosa más espontánea del mundo el que la voluntad se acomode a su ocupación de amar a Dios en la oscuridad y sin palabras tan pronto como te dispones a la oración. En
consecuencia la mente, memoria e imaginación no tienen realmente que hacer nada. La voluntad está atareada, y ellas están sin empleo. Al cabo de un rato, pues, se abren las puertas de tu subconsciente, y toda suerte de curiosas figuras entran en escena como bailando un vals... Si eres avisado, no prestarás ninguna atención a esas cosas; permanece en tu simple atención a Dios y mantén tu voluntad sosegadamente dirigida a Él en simple deseo, mientras las sombras intermitentes de la enojosa película se mueven sobre el remoto fondo. Si te percatas de ellas, es sólo para advertir que las
rechazas.

La clase de distracciones que más temen las personas santas son generalmente las más inofensivas. Pero a veces hombres y mujeres piadosos se torturan en la meditación porque se imaginan que están “consintiendo” en los fantasmas de una farsa lúbrica y algo idiota que se está fabricando en su imaginación sin que ellos puedan hacer nada por terminarla. La principal razón de su tormento es que sus inútiles esfuerzos por poner fin a ese desfile de imágenes engendra una tensión nerviosa que sólo sirve para hacerlo todo cien veces peor.

Si alguna vez poseyeron el sentido del humor, se han puesto ya tan nerviosos que lo han perdido del todo. Sin embargo, el humor es probablemente una de las cosas que más podrían ayudar en tal ocasión.

No hay peligro real en estas cosas. Las distracciones que perjudican son las que apartan nuestra voluntad de su profunda y sosegada ocupación con Dios y la envuelven en la elaboración de proyectos que nos han preocupado durante nuestra tarea del día. Se nos presentan problemas que realmente atraen y ocupan nuestra voluntad, y existe considerable peligro de que nuestra meditación se desmenuce en un trabajo mental de escritura de cartas, sermones, discursos, libros o, peor aun, consideración de planes para obtener dinero o cuidar de nuestra salud.

Será difícil para cualquiera que deba realizar una tarea pesada el desembarazarse de esas cosas. Le recordarán siempre lo que es, y deberían advertirle que no se deje envolver demasiado en una obra activa, porque es inútil que intentes desembarazar tu mente de todas las cosas materiales en el momento de la meditación, si no haces nada por aliviar la presión del trabajo fuera de ese tiempo.

Pero, en todo eso, la esencia de la oración es la voluntad de orar, y lo que importa es el deseo de hallar a Dios y verlo y amarlo. Si has deseado conocerlo y amarlo, has hecho ya lo que se esperaba de ti, y es mucho mejor desear a Dios sin poder pensar claramente acerca de Él sin desear entrar en unión con Su voluntad.

Ante Dios

Pensamiento de Thomas Merton
En vez de una aceptación estoica de los decretos "providenciales",
de los hechos y de otras manifestaciones de la "ley en el cosmos",
debemos presentarnos desnudos y sin defensas en el centro de esta realidad que nos asusta,
donde estamos solos delante de Dios dependientes de su cuidado providente,
en una extrema necesidad del don de su gracia,
 de su perdón y de la luz de la fe.

La Contemplación

(De "La Oración Contemplativa" por Thomas Merton)

La contemplación es esencialmente una escucha en el silencio, una expectación. Y también, en cierto sentido, debemos empezar a escuchar a Dios cuando hemos terminado de escuchar. ¿Cuál es la explicación de esta paradoja?

Quizá que hay una clase de escucha más elevada, que no es una atención a la longitud de cierta onda, una receptividad para cierto mensaje, sino un vacío que espera realizar la plenitud del mensaje de Dios dentro de su aparente vacío.

En otras palabras, el verdadero contemplativo no es el que prepara su mente para un mensaje particular, que él quiere o espera escuchar, sino el que permanece vacío porque sabe que nunca puede esperar o anticipar la palabra que transformará su oscuridad en luz.

Ni siquiera llega a anticipar una clase especial de transformación. No pide la luz en vez de la oscuridad. Espera la Palabra de Dios en silencio, y cuando es "respondido", no es tanto por una palabra que brota del silencio. Es por su silencio mismo cuando de repente, inexplicablemente revelándose a él como la palabra de máximo poder, llena de la voz de Dios.

La oración contemplativa

(De "La oración contemplativa" del monje, poeta y pensador estadounidense Thomas Merton)

La oración contemplativa es, en cierto modo, simplemente la preferencia por el desierto, el vacío, la pobreza.

Cuando uno ha conocido el sentido de la contemplación, intuitiva y espontáneamente busca el sendero oscuro y desconocido de la aridez con preferencia a ningún otro.

El contemplativo es el que más bien desconoce que conoce, más bien no goza que goza, y el que más bien no tiene pruebas de que Dios le ama. Acepta el amor de Dios en fe, en desafío a toda evidencia aparente. Ésta es una condición necesaria, y muy paradójica, para la experiencia mística de la realidad de la presencia de Dios y de su amor para con nosotros.

Sólo cuando somos capaces de "dejar que salgan" todas las cosas de nuestro interior, todos los deseos de ver, saber, gustar y experimentar la presencia de Dios, entonces es cuando realmente nos hacemos capaces de experimentar la presencia con una convicción y una realidad abrumadoras, que revolucionan toda nuestra vida interior.