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Carta Pastoral de los Obispos de la República Dominicana del 21 de enero del 2016, en ocasión del día de Nuestra Señora de La Altagracia, Protectora de la República Domincana


«Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso» (Lc 6,36)

1. Introducción

Muy queridos hermanos y hermanas en el Señor, nos dirigimos a ustedes sintonizando con el sentir de la Iglesia en el marco del año dedicado a la Misericordia por el Papa Francisco. El actual Pontífice nos presenta este año jubilar con las siguientes palabras: “Hay momentos en los que de un modo mucho más intenso estamos llamados a tener una mirada fija en la misericordia para poder ser nosotros mismos signo eficaz del obrar del Padre. Es por eso que he anunciado un Jubileo Extraordinario de la Misericordia como tiempo propicio para la Iglesia para que haga más fuerte y eficaz el testimonio de los creyentes”[1].

Esta Carta pastoral tiene como finalidad llevarles nuestro aliento y cercanía de pastores a todos aquellos hermanos que se sienten abandonados, rechazados, faltos de atención y acogida en nuestra sociedad dominicana. Dirigimos este mensaje a todas las personas de buena voluntad para hacerles la misma invitación que hiciera Jesús a sus discípulos en el Sermón del Monte: “Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso” (Lc 6,36).

Invitamos a todos a dar una mirada a la realidad que nos circunda bajo la óptica de la misericordia de Dios y responder a los males que la “desfiguran” con la aplicación de la “medicina” del amor compasivo y misericordioso del Padre.

2. ¿Qué entiende la Biblia por misericordia?

Las Sagradas Escrituras nos presentan la misericordia como uno de los atributos esenciales con que Dios más ha favorecido a su pueblo a lo largo de la historia salvífica. De hecho Dios se revela a Moisés como un “Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira, rico amor y fidelidad” (Ex 34,6). La actitud de Dios-Padre ante la infidelidad del pueblo de Israel a su alianza es ser paciente y compasivo, perdonándolo y acogiéndolo con infinito amor y ternura, dándole la oportunidad de convertirse y regenerarse de sus faltas.

El término misericordia viene de dos palabras latinas miserere que significa pobre y cor-cordis que significa corazón. Una persona misericordiosa es aquella que tiene un corazón sencillo y humilde que puede compadecerse de los demás.

El Antiguo Testamento usa dos términos para hablar de misericordia: rehamîm que describe el apego de una persona hacia otra, como el amor de entraña que siente una madre por su hijo y  hesed que significa firmeza, fidelidad, decisión. La Biblia traduce estas dos palabras de diferentes formas como: misericordia, amor, ternura, piedad, comprensión, clemencia, bondad.

El pueblo de Israel hizo experiencia de este amor misericordioso de Dios en Egipto, cuando suscitó a Moisés para librarlo del yugo opresor: “He visto la opresión de mi pueblo, he oído sus quejas, me he fijado en sus sufrimientos” (Ex 3,7).

Israel no pudo mantener este pacto de fidelidad a la Alianza y la rompió varias veces, sin que ello fuera causa para que Dios se olvidara de su promesa. Siempre tuvo compasión de su pueblo. El mejor ejemplo se da con la misericordia que tuvo con David, a quien quiso y perdonó con infinita misericordia, después que éste se arrepintió de sus graves pecados (cf. 2 Sam 11‒12,13a). Dios mantiene siempre su fidelidad hasta el punto que envía a su propio Hijo para sellar con su pueblo la Nueva y definitiva Alianza.

En los Evangelios abundan los ejemplos en los que Jesús en sus encuentros con los pecadores les anuncia la verdad, remedia sus males, pero siempre con el mandato de no volver a pecar. Así ocurrió con Zaqueo (Lc 19,1-10); con la mujer adúltera (Jn 8,1-11) y la mujer samaritana (Jn 4,5-29).

Observando por ejemplo el Evangelio de Lucas nos damos cuenta que la misericordia de Jesús se expresa en obras concretas. El samaritano muestra su compasión acercándose y vendando las heridas del hombre que había sido agredido por los bandidos. Asume el problema del desdichado haciéndolo suyo, olvidándose de sus propios planes. Distinta fue la actitud del sacerdote y el escriba que, apoyados en sus propias leyes, podían dar múltiples razones para justificar su indiferencia. Esta parábola (Lc 10,30-37) y las que aparecen en Lucas 15, evidencian que la misericordia no deja las cosas como estaban: saca de la miseria y del pecado.

La misericordia no equivale a la aprobación del mal. Como nos recordará san Juan Pablo II: “El significado verdadero y propio de la misericordia en el mundo no consiste únicamente en la mirada, aunque sea la más penetrante y compasiva, dirigida al mal moral, físico o material: la misericordia se manifiesta en su aspecto verdadero y propio, cuando revalida, promueve y extrae el bien de todas las formas de mal existentes en el mundo y en el hombre”[2]. Debemos combatir el mal a fuerza de bien como dice san Pablo (Rm 12,21), pues una cosa es juzgar al pecador y otra rechazar su pecado.

La misericordia no se riñe con las leyes, sino que regenera lo que la justicia no está en condiciones de lograr por sí misma. Es decir que “…la estructura fundamental de la justicia penetra siempre en el campo de la misericordia. Esta, sin embargo, tiene la fuerza de conferir a la justicia un contenido nuevo que se expresa de la manera más sencilla y plena en el perdón”[3].

En la Bula de convocatoria de este año jubilar, el Papa Francisco dice que “Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre”[4], con lo que nos marca el camino y el paradigma para conocer y explicitar los contenidos de la misericordia: Cristo es el camino y sus obras son el contenido y el método de la misericordia.

Acto de consagración de la República Dominicana a la Virgen de la Altagracia

(Oración del Papa Juan Pablo II el 12 de octubre de 1992)

Dios te salve, María, llena de gracia:
Te saludo, Virgen María, con las palabras del Ángel.
Me postro ante tu imagen, Patrona de la República Dominicana,
para proclamar tu bendito nombre de la Altagracia.
Tú eres la “llena de gracia”, colmada de amor por el Altísimo,
fecundada por la acción del Espíritu,
para ser la Madre de Jesús, el Sol que nace de lo alto.
Te contemplo, Virgen de la Altagracia,
en el misterio que revela tu imagen:
el Nacimiento de tu Hijo, Verbo encarnado,
que ha querido habitar entre nosotros,
al que tú adoras y nos muestras
para que sea reconocido como Salvador del mundo.
Tú nos precedes en la obra de la nueva Evangelización
que es y será siempre anunciar y confesar a Cristo
“Camino, Verdad y Vida”.

Santa María, Madre de Dios:
Recuerdo ante tu imagen, en este 12 de octubre de 1992,
el cumplimiento de los quinientos años
de la llegada del Evangelio de Cristo a los pueblos de América,
con una nave que llevaba tu nombre y tu imagen: la “Santa María”.
Con toda la Iglesia de América entono el canto del “Magnificat”,
porque, por tu amor maternal, Dios vino a visitar a su pueblo
en los hijos que habitaban estas tierras,
para poner en medio de ellos su morada,
comunicarles la plenitud de la salvación en Cristo
y agregarlos, en un mismo Espíritu, a la Santa Iglesia Católica.
Tú eres la Madre de la primera Evangelización de América,
y el don precioso que Cristo nos trajo
con el anuncio de la salvación.

Reina y Madre de América:
Te venero, con los pastores y fieles de este Continente,
en todos los santuarios e imágenes que llevan tu nombre,
en las catedrales, parroquias y capillas,
en las ciudades y aldeas, junto a los océanos, ríos y lagos,
en medio de la selva y en las altas montañas.
Te invoco con los idiomas de todos sus habitantes
y te expreso el amor filial de todos los corazones.
Desde hace quinientos años estás presente
a lo largo y ancho de estas tierras benditas que son tuyas,
porque decir América es decir María.
Tú eres la Madre solícita y amorosa de todos tus hijos
que te aclaman como “vida, dulzura y esperanza nuestra”.

Madre de Cristo y de la Iglesia:
Te presento y consagro, como Pastor de la Iglesia universal,
a todos tus hijos de América:
a los obispos, sacerdotes, diáconos y catequistas;
religiosos y religiosas;
a quienes viven su consagración en la vida contemplativa
o la testimonian en medio del mundo.
Te encomiendo a los niños y a los jóvenes,
a los ancianos, a los pobres y a los enfermos,
a cada una de las Iglesias locales,
a todas las familias y comunidades cristianas.
Te ofrezco sus gozos y esperanzas, sus temores y angustias,
sus plegarias y esfuerzos para que reine la justicia y la paz,
iluminados por el Evangelio de la verdad y la vida.
Tú, que ocupas un puesto tan cercano a Dios y a los hombres,
con tu mediación maternal presenta a tu Hijo Jesucristo
la ofrenda del Pueblo sacerdotal de las Américas;
implora el perdón por las injusticias cometidas,
acompaña con tu cántico de alabanza
nuestra acción de gracias.

Virgen de la Esperanza y Estrella de la Evangelización:
Te pido que conserves y acrecientes el don de la fe
y de la vida cristiana,
que los pueblos de América recibieron hace cinco siglos.
Intercede ante tu Hijo para que este Continente
sea tierra de paz y de esperanza,
donde el amor venza al odio, la unidad a la rivalidad,
la generosidad al egoísmo, la verdad a la mentira,
la justicia a la iniquidad, la paz a la violencia.
Haz que sea siempre respetada la vida
y la dignidad de cada persona humana,
la identidad de las minorías étnicas,
los legítimos derechos de los indígenas,
los genuinos valores de la familia
y de las culturas autóctonas.
Tú, que eres Estrella de la Evangelización,
impulsa en todos el ardor del anuncio de la Buena Nueva
para que sea siempre conocido, amado y servido
Jesucristo, fruto bendito de tu vientre,
Revelador del Padre y Dador del Espíritu,
“el mismo ayer, hoy y siempre”. Amén.

Familia Cristiana: vive y proclama tu fe

Carta Pastoral de la Conferencia del Episcopado Dominicano del 21 de enero del 2014

I. Introducción

1. Al celebrar cada año la solemnidad de Nuestra Señora de La Altagracia, madre y protectora del pueblo dominicano, los Obispos dominicanos dirigimos una carta pastoral a todos los hermanos y hermanas de la Iglesia Católica y a los hombres y mujeres de buena voluntad. Por tal motivo tratamos algún tema importante de la vivencia de nuestra fe. En esta ocasión les invitamos a centrar la mirada en la familia, valor insustituible en la Iglesia y en la sociedad. Proclamamos con gozo: “Familia cristiana: vive y proclama tu fe”.

2. De octubre 2012 a noviembre 2013 hemos celebrado con abundantes frutos el Año de la Fe, convocado por el Papa emérito Benedicto XVI. En la primera Carta Encíclica del Papa Francisco “La Luz de la Fe” dedica un artículo a la fe y la familia donde afirma “El primer ámbito que la fe ilumina en la ciudad de los hombres es la familia” (1). Estas páginas de los dos últimos Papas nos han motivado a poner nuestra atención en el núcleo más fundamental para la Iglesia y la sociedad.

3. Terminado el Año de la Fe, una representación de los obispos del mundo convocados por el Papa se prepara para participar en el próximo Sínodo extraordinario que tratará sobre “Los Desafíos Pastorales sobre la Familia en el contexto de la Evangelización”. Ahondemos en este gran valor.

4. Hace exactamente veinte años escribimos una carta pastoral titulada “Consolidemos la Familia”. Reafirmamos lo dicho en aquella ocasión (2). Nuevas situaciones han surgido. El valor familia no pasa. Volvemos a él con renovada esperanza.

Nuevo Obispo de la Diócesis de San Francisco de Macorís

Ciudad del Vaticano, 31 mayo 2012 (VIS)

El Santo Padre ha nombrado a Mons. Fausto Ramón Mejía Vallejo como obispo de la diócesis de San Francisco de Macorís (superficie: 3,700 km2; población: 753,000; católicos: 599,000; sacerdotes: 60; religiosos: 72; diáconos permanentes: 92) en la República Dominicana.

Sucede al obispo Jesús María de Jesús Moya, cuya renuncia al gobierno pastoral de la diócesis, al haber alcanzado el límite de edad, fue aceptada por el Santo Padre.

El nuevo obispo Fausto Ramón Mejía Vallejo nació en 1941 en Bejucal, y fue ordenado sacerdote en 1972. Estudió Pedagogía en la Universidad Autónoma de Santo Domingo; es licenciado en Teología Espiritual por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, y doctor en la misma disciplina por la Pontificia Universidad Lateranense. Incardinado en la diócesis de La Vega, ha sido párroco de diversas parroquias, rector del seminario menor "Santo Cura de Ars" de La Vega y rector del Seminario Pontificio "Santo Tomás de Aquino". Actualmente es rector de la Universidad Católica Tecnológica del Cibao en República Dominicana.

La Virgen de la Altagracia


El 21 de Enero de cada año se celebra en la República Dominicana el día de la Virgen de la Altagracia, Madre y Protectora Espiritual del país. Esta advocación mariana es la más popular de esta nación, donde también se tiene a la Virgen de las Mercedes como patrona. Es un día festivo y se llevan a cabo peregrinaciones desde todos los lugares hasta la Basílica ubicada en la ciudad de Higüey, donde se encuentra la imagen cuya historia data desde hace varios siglos.

En el libro "Historia de Nuestra Señora, la Virgen de la Altagracia", John Fleury, miembro y fundador de la Comunidad Siervos de Cristo Vivo, hace un minucioso estudio de la imagen y de este culto mariano tan arraigado en la República Dominicana, en gran parte del territorio caribeño, y en aquellos lugares a donde los nacionales de este país han emigrado. Quienes tengan la oportunidad de leer tan ilustrativa obra, no la desperdicien.

La imagen es una escena del nacimiento de Jesús en el pesebre donde aparecen, además de Jesús, la Virgen María y San José. María viste un velo azul oscuro; su actitud es de adoración; tiene una corona en su cabeza, como reina y madre de un Rey, y alrededor de la corona aparecen doce estrellas que representan la Iglesia y sus doce Apóstoles, así como a las doce tribus de Israel. Delante de ella esta el niño Jesús, recién nacido, desnudo, sobre pajas. San José aparece detrás vestido con una capa roja y un cirio en la mano; detrás de él hay una columna, significando que el pesebre se había convertido en un templo por la presencia del Señor que nace. El cuadro apenas mide 54 centímetros de alto por 42 centímetros de ancho, pero la imagen está llena de detalles de gran contenido simbólico.

En general, el culto de hiperdulía dado a María es esencialmente centrado en Cristo. A María la veneramos porque es la madre del Señor y tuvo la gracia y el privilegio de estar con él en los momentos claves de su misión. En el pasaje bíblico de la Anunciación, el saludo del Angel a la Virgen comienza con la frase: "Alegrate María, llena eres de gracia". Precisamente el nombre de Altagracia se debe a que a María le correspondió la más alta de todas las gracias que podía recibir mujer alguna: llevar en su vientre a la alta gracia dada por Dios: el Verbo que en ese momento se encarnaba. Hoy ella sigue, como en Caná de Galilea, intercediendo por los que precisan del auxilio de Jesús.

ORACIÓN:
¡Virgen Santísima de Altagracia!
De todo corazón te agradecemos las continuas bendiciones que sobre nosotros derramas.
De tus manos y de tu corazón maternal recibimos cada día el sustento que nos da nuestro Padre del cielo.
Tu eres nuestra defensora en los peligros,
nuestro socorro en las necesidades
y nuestra esperanza en los sacrificios de nuestra vida cristiana.
Por tu Corazón Inmaculado queremos tributar a Dios un himno de acción de gracias por tantos beneficios dispensados.
Te prometemos ¡Oh Madre! Gratitud y fidelidad.
Tu reinarás siempre en nuestros hogares y en nuestro pueblo,
donde todos te veneraremos como Señora y Madre, haciendo florecer todas tus virtudes.
Haznos dignos de llamarnos tus hijos,
a fin de que sirviendo a Dios y a Ti en este mundo,
alcancemos la más alta gracia que nos traes:
una muerte cristiana que nos abra las puertas del cielo.
Amen.

Carta Pastoral de la Conferencia del Episcopado Dominicano



Con motivo de la celebración en la República Dominicana de la Solemnidad de Nuestra Señora de la Altagracia, Protectora del Pueblo Dominicano, la Conferencia del Episcopado Dominicano ha emitido una Carta Pastoral. A continuación publicamos un resumen de la misma, gentilmente facilitado por el Vicario de Pastoral de la Diócesis de San Francisco de Macorís, Reverendo Padre Felix Rosario.

CONFERENCIA DEL EPISCOPADO DOMINICANO
RESUMEN DE LA CARTA PASTORAL 2010

En la introducción de la Carta Pastoral los obispos señalan que el motivo principal de la misma es el Año Sacerdotal, convocado por su Santidad Benedicto XVI, con motivo de los 150 años de la partida al reino celestial del Padre Juan María Vianney (Santo Cura de Ars), Patrono de todos los sacerdotes, de gran testimonio y vida ejemplar como pastor. El objetivo del Año Sacerdotal es “promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo”.

La Carta quiere ser una exhortación a todos los sacerdotes para continuar con entusiasmo, con fidelidad y generosidad su servicio al pueblo dominicano y una oportuna ocasión para reflexionar con los fieles católicos y con los hombres y mujeres de buena voluntad, sobre la esencia y la misión del sacerdote.

En el primer capítulo de la Carta, los Obispos destacan cuatro elementos fundamentales presentes, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, de la institución del sacerdocio:

a) Es una persona elegida por Dios, es decir, que toda vida humana es una elección divina, tiene su valor absoluto insustituible y posee una alta dignidad. Es Dios quien elige a cada ser humano desde antes del vientre de su madre (Cfr Jer 1,5) y de esta elección participamos todos.

b) Es una persona llamada por Dios. Lo que indica que nadie se apropia esta llamada, pues es Dios quien llama y a la persona le toca responder. Esto significa, al mismo tiempo, que la elección del sacerdocio no es primeramente iniciativa humana, sino ante todo pura voluntad divina.

c) Es una persona consagrada para Dios; señalando que en la Biblia el término “consagración” hace referencia a la pertenencia total y absoluta a Dios de una cosa o de una persona. De este modo, el sacerdote, por el sacramento del Orden se consagra exclusivamente a Dios y es en este sentido que se debe entender el mismo celibato sacerdotal, es decir, como una entrega total a Dios y una donación incondicional a la humanidad. Son llamados al sacerdocio aquellos que han hecho una experiencia profunda de Dios, la que los capacita para hacer una donación total de sí por la causa del Reino y han sido elegidos por la Iglesia, después de un adecuado discernimiento sobre si tiene el carisma del celibato.

d) Es una persona enviada por Dios. Aquí se destaca el hecho de que la misión específica del sacerdote es la misma de Cristo: conducir los hombres hacia Dios, es decir, ser puente entre Dios y los hombres y entre los hombres y Dios. De ahí la necesidad hoy de sacerdotes-discípulos, sacerdotes-misioneros y sacerdotes-servidores, tal como señala el Documento de Aparecida (DA 199).

El segundo capítulo de la Carta Pastoral señala algunos aportes de sacerdotes a nuestra identidad dominicana, afirmando que la figura del sacerdote, a pesar de las debilidades, siempre ha estado presente a lo largo de nuestra interesante y accidentada historia. “Son muchísimos los sacerdotes de congregaciones, órdenes e institutos seculares que cada día han ido sembrando paz, justicia social, comunión, desarrollo, integración, ya sea en la pastoral social, educativa, cultural, religiosa y familiar, cuyos aportes son de gran trascendencia y que hicieron posible que la Iglesia Católica sea tan valorada en la sociedad dominicana”.

En el tercer capítulo de la Carta Pastoral, la Conferencia del Episcopado Dominicano puntualiza algunos elementos que se esperan de este año sacerdotal, afirmando que se impone la presencia generosa y el testimonio fecundo de los sacerdotes, frente al desequilibrio que impera en la sociedad dominicana, originado por la crisis familiar acuciante, la drogadicción que parece arroparnos, el comportamiento amoral de los partidos políticos, el clima de corrupción en que vivimos y la situación de inseguridad, delincuencia, violencia, crimen y corrupción que amenazan la sana convivencia y la identidad de nuestra sociedad. Frente a todo esto, el testimonio será posible si logramos tener una sólida y profunda experiencia del encuentro con Cristo.

El Año Sacerdotal debe ser una hermosa oportunidad, no sólo para los sacerdotes, sino también para todos los laicos del pueblo de Dios, para que todos fortalezcamos nuestra vocación y misión, que es llevar a Cristo a cada dominicano, a cada familia y a toda la sociedad.

En este sentido, los obispos expresan un agradecimiento a tantos sacerdotes que, renunciando a la posibilidad de tener una familia propia, aceptan con alegría dedicar su vida al servicio del pueblo de Dios. Además, se reconoce la presencia cercana de los sacerdotes a las comunidades más alejadas y abandonadas, donde no solamente están con las personas para escucharles, sino también involucrándose con ellas en la búsqueda de soluciones a sus múltiples problemas y necesidades. Al mismo tiempo invitan a los sacerdotes a “no desfallecer ante el mundo y mantener en alto la frente, a pesar de que nos reconocemos débiles, pero con una conciencia clara de que todo lo podemos en Aquel que nos conforta (Cfr Fil 4, 13)”.

Por otra parte, los obispos exhortan a los laicos a amar y apoyar los sacerdotes, a orar por ellos, ya que siendo hombres como todos los demás, muchas veces sienten desaliento, soledad y tentación. “Ellos y nosotros necesitamos de sus oraciones, de su amor, su comprensión y de su perdón, para permanecer fieles y poder perseverar en tan alta responsabilidad encomendada por el Señor a nuestros débiles hombros. Somos conscientes de que el mundo no nos entiende, pero sí nos necesita”.

Al final de la Carta Pastoral, los obispos hacen un llamado a la solidaridad con el hermano pueblo de Haití, ante la tragedia acaecida por el terremoto del pasado 12 de enero, donde perdieron la vida miles de nuestros hermanos haitianos, dominicanos y de otras nacionalidades. “Hacemos un llamado, tanto a la comunidad nacional, como internacional para que salgamos todos en auxilio del vecino país, el más pobre del Continente”.

Los obispos concluyen su Carta Pastoral citando al Papa Benedicto XVI quien confía este Año Sacerdotal a la Santísima Virgen María, “pidiéndole que suscite en cada presbítero un generoso y renovado impulso de los ideales de total donación a Cristo y a la Iglesia que inspiraron el pensamiento y la tarea del Santo Cura de Ars”.