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Más alto que toda nube

(Marcos 16,19: Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios)
Más alto que toda nube,
allá en la entrada del cielo,
una danza en pleno vuelo
de un jubiloso querube
acompaña, cuando sube,
a Cristo que al Padre llega;
y, desde aquí, en una vega:
"súbeme, Señor, contigo
al indultar mi castigo",
mi alma, arrepentida, ruega.

Amén.

En la Ascensión

(Mateo 28,16: Los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado)
En la Ascensión hay fiesta;
es júbilo universal;
de la salvación, el plan,
culmina con esta pieza.

Hoy subes desde la tierra
adonde estuviste ya;
alta gloria se te da,
tu Padre te la reitera.

Ahí vas, pero te quedas,
tu Espíritu mandarás;
un regalo en el que estás
Tú, entonces no te alejas.

En la Ascención del Señor

(De Cayetano Cabrera y Quintero, présbitero y poeta mexicano del siglo XVIII)
Ya sube a los cielos
nuestro amante Dios,
triunfante del odio,
cautivo de amor,
teniendo y dejando
sin contradicción
el cuerpo en el aire
y la alma en prisión.

Sube en una nube
por mostrar mejor
que, cual otro Elias,
al cielo subió,
y de nuestros ojos
por fuerza y rigor,
otro torbellino
se lo arrebató.

A la tierra tan
amante se unió
que le hizo el dejarla
notable impresión,
y estrechándose a ella,
al subir veloz,
ya que no su carro,
las huellas dejó.

Por eso cautivo
nuestro fino amor,
logra de su triunfo
la pompa y blasón
pues si no de hierro,
metal que doró,
de la misma tierra
grillos se forjó.

Parebo e Imán
junto se mostró,
el cielo y la tierra
en su elevación;
pues si Imán la piedra
a sí lo apegó,
cual oro al Parebo
al cielo voló.

No; yo no dejo la tierra

Himno de la Liturgia de las Horas
No; yo no dejo la tierra.
No; yo no olvido a los hombres.
Aquí, yo he dejado la guerra;
arriba, están vuestros nombres.
¿Qué hacéis mirando al cielo,
varones, sin alegría?
Lo que ahora parece un vuelo
ya es vuelta y es cercanía.
El gozo es mi testigo.
La paz, mi presencia viva,
que, al irme, se va conmigo
la cautividad cautiva.
El cielo ha comenzado.
Vosotros sois mi cosecha,
El padre ya os ha sentado 
conmigo, a su derecha.
Partid frente a la aurora.
Salvad a todo el que crea.
Vosotros marcáis mi hora

Soneto a la ascensión del señor

(Del poeta español Pedro Espinosa (1578-1650))
Jesús, mi amor, que en una nube de oro, 
engendrada del llanto de tu ausencia, 
al Cielo te trasladas en presencia 
del, si alegre, dichoso, santo coro, 

mi corazón se va tras su tesoro; 
tras Ti se va con alta diligencia, 
y yo te sigo en dulce competencia, 
con cudiciosa vista y triste lloro. 

¿Cómo oirás, oh mi bien, el llanto mío, 
si vas adonde nunca entró la pena? 
¡Bien que en tus manos llevas mi memoria! 

Lejos yo, cual mis ojos, hechos río, 
el fuego templan que en mi pecho suena, 
templaré mis querellas con tu gloria.

Emprenda la esperanza raudo vuelo

Himno de la Liturgia de las Horas
Emprenda la esperanza raudo vuelo
siguiendo los caminos de nuestro Salvador,
y libre de nostalgias, camino de los cielos,
alegre el corazón.

Dijeron que te fuiste a las alturas
juntándote a los coros del "Gloria" de Belén, 
acaban hoy su canto en melodías puras
con solemne "Amén".

Jamás te irás, Señor, porque eres nuestro,
serás Hijo del hombre sin fin de eternidad;
los hombres, por tu nombre, de Dios hijos dilectos,
hermanos te serán.

Asciende victorioso del combate,
derrama sobre el mundo tu Espíritu de amor,
retorna jubiloso al seno de tu Padre, 
tú volverás, Señor. Amén.

Ascensión

(Del poeta español José María Zandueta Munárriz (1915-2005))
Voces de resonante melodía,
elevándose al son de los clarines.
Albos coros de alados querubines,
que anunciarán la luz del nuevo día.

Cristo asciende y allá, en la lejanía,
una nube de heráldicos carmines
lo nimba en los etéreos confines,
ocultando su rauda travesía.

Ingrávida Ascensión,triunfo rotundo...
Hombres de Galilea,¿no habéis visto
los celestes umbrales entreabiertos?

Con majestad suprema, al fin del mundo,
desde allí ha de venir el mismo Cristo
a juzgar a los vivos y los muertos.

En la Ascención

(Del religioso y poeta español Fray Luis de León (1527-1591))
¿Y dejas, Pastor santo,
tu grey en este valle hondo, oscuro,
con soledad y llanto;
y tú, rompiendo el puro
aire, te vas al inmortal seguro?

Los antes bienhadados
y los ahora tristes y afligidos,
a tus pechos criados,
de ti desposeídos,
¿a dó convertirán ya sus sentidos?

¿Qué mirarán los ojos
que vieron de tu rostro la hermosura,
que no les sea enojos?
Quien oyó tu dulzura,
¿qué no tendrá por sordo y desventura?

Aqueste mar turbado
¿quién le pondrá ya freno? ¿Quién concierto
al viento fiero, airado?
Estando tú encubierto,
¿qué norte guiará la nave al puerto?

¡Ay!, nube envidïosa
aun de este breve gozo, ¿qué te aquejas?
¿Dó vuelas presurosa?
¡Cuán rica tú te alejas!
¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!