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Meditación

(Del sacerdote y poeta español Juan Arolas (1805-1849))
Yo te veo, Señor, en las montañas
que soberbias se miran en su altura,
dó reciben la luz con que las bañas,
antes que este hondo valle de tristura;

y en el último y lánguido reflejo,
que recogen del día moribundo,
cuando su altiva cumbre es el espejo
de las sombras que caen en el mundo;

y en su color azul y nieve fría
que oculta la preñez de los volcanes,
como encubre falaz hipocresía
de infame corazón pérfidos planes.

Que tú les das la niebla matutina
que se pierde por leve y vaporosa,
tú les enciendes llama que ilumina,
tú su cráter entibias y reposa.

Desataste en sus cimas y pendientes,
para calmar la sed de los mortales,
las cristalinas venas de las fuentes
y escondiste en su seno los metales.

Mas ellos ambicionan el tesoro
que previsión de un padre les encierra,
no pueden apagar la sed del oro
y rompen las entrañas de la tierra.

¡Metal de execración! ¡metal maldito,
cuya pálida luz cegó los ojos,
doró deformidades del delito
y alumbró los desórdenes y enojos!

Yo te veo, Señor, en los breñares
poblados de malezas muy bravías,
en los altos, difíciles lugares,
dó el águila renueva largos días,

el águila que es hija de los vientos,
con su nido que es campo de batalla,
lleno de los despojos más sangrientos
del vulgo de las aves que avasalla,

sombría como el sitio donde habita,
de furibundos ojos y de garras
duras como las peñas que visita,
corvas como moriscas cimitarras.

Que tú para cortar los aquilones
la fuerza muscular le diste en prenda;
te busca por las célicas regiones,
por eso mira al sol como a tu tienda.

Tú contaste sus plumas más ligeras,
como cuentas los árboles y frutos,
los átomos que cruzan las esferas,
y hasta la eternidad por sus minutos.

Yo te veo en el mar: en la ola verde,
azul, o sonrosada que camina,
que con orla de aljófares se pierde,
mientras otra más alta se avecina.

También cuando lo tienes en bonanza
para el pequeño alción que a sus cristales
fía su hermosa prole y su esperanza,
mientras atas furiosos vendavales.

Y en el cetáceo enorme que entre hielos,
que muros de cristal pueden decirse,
alza dos ríos de agua hasta los cielos,
y agita el mar del norte al rebullirse;

que herido del arpón, iras alienta,
con su sangre las aguas enrojece,
y las pone agitadas en tormenta...
¡Tanto puede su mole que padece!

Tú le diste los mares por presea
donde tenga por lecho las bahías
el boreal y antártico pasea;
por abismos de espuma tú le guías.

Yo te veo, Señor, en el insecto
que busca en la camelia nido y casa,
con las galas de adorno tan perfecto
que unas púrpura son, otras son gasa;

y en el que enamorado de su pompa
se contempla en la fuente bulliciosa,
y en el que chupa almíbar con su trompa,
y en el que se adormece en una rosa;

y el que queda suspenso ante las ovas
mecido en equilibrio con las alas,
y al parecer les canta dulces trovas
que solo entiendes tú que a ti te igualas;

y en el reptil que turba linfas puras,
que por su cauce nítido se alegra,
y el que por las musgosas hendiduras
asoma su cabeza verdinegra.

Tú has vestido de flores las colinas
cual nunca Salomón se engalanara,
cuando a ruego de hermosas concubinas
ídolos en los bosques adorara.

Tú has dado los aromas y canelas,
papagayos hermosos y parleros,
búfalos, elefantes y gacelas,
cedros, palmas, acacias, bananeros.

Que tú eres el principio de ti mismo,
sin contar el origen de tus días,
grande en la inmensidad y en el abismo,
dios de eternas venturas y alegrías.

Dios hombre

(Del sacerdote y poeta español Juan Arolas (1805-1849))
¡Tanto exigió el humano desvarío! 
¡Niño llora en la cuna: el Dios del cielo 
Que es víctima de amor! 
Ved al eterno sol temblar de frío 
Para ablandar el corazón de hielo 
Del hombre pecador. 

Ven, suspirado, ven, que cuando lloras 
Y en tu vagido exhalas triste ruego, 
Me pongo a contemplar 
Que tú pintaste el cielo y las auroras, 
Tú diste al serafín alas de fuego, 
Tú lindes a la mar; 

Tú al águila altanera que retrata 
Su sombra en el peñasco más erguido, 
Las fuerzas y el ardor; 
Tú al colibrí las plumas de oro y plata 
Mientras ebrio de aroma se ha dormido 
Colgado de una flor. 

¡Yaces en desnudez y amarga pena, 
Tú, que a los mismos ángeles encantas, 
Delicia de Israel! 
¡Tú, que has vestido el campo de azucena; 
Tú, que has puesto una alfombra a nuestras plantas 
De rosa y de clavel! 

¡Estrella de Jacob!... Tu luz bendita, 
Que saluda la iglesia enamorada 
Con arpas de Sión, 
De la prole de Adán, prole proscrita, 
Borró en la inicua frente señalada 
Divina maldición. 

Aquel ángel que al hombre inobediente 
Y a la mujer bañada en largo lloro 
Sacó del sacro Edén, 
Envainada la espada refulgente 
Segunda vez abrió las puertas de oro 
Que guardan todo bien. 

Las aves desplegaron voces puras 
Cantando un himno de alabanza al cielo 
Con grata suavidad: 
Demos a Dios la gloria en las alturas, 
Y la paz a los hombres en el suelo 
De buena voluntad. 

Los árboles vistieron frescas flores, 
Y enfrenado con hórridas cadenas, 
Rasgado el pecho infiel, 
Bajó del orco impuro a los horrores 
Para sufrir el colmo de las penas 
El pérfido Luzbel. 

Desde el principio existe tu hermosura 
Siempre inmutable, eterna y escogida; 
Hoy has venido a nos 
Nacido de una Virgen bella y pura, 
Verdad, amor y vida de la vida, 
Luz de luz, Dios de Dios.