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Mansedumbre

(De "La vida oculta en Dios" por Robert de Langeac (1877-1947)

La mansedumbre es una de las virtudes morales más importantes para la vida contemplativa. Para que podamos dedicarnos a contemplar, nos hace falta paz interior y exterior.

La mansedumbre sosiega la agitación de nuestra alma, nos permite conservar esa valiosísima paz interna y externa; facilita la oración, conversación familiar e íntima con Dios; gracias a ella podemos escuchar la voz de Dios y seguirla.

Hay en nosotros un poder irritativo y de reacción que nos permite luchar contra el obstáculo, contrarrestar un mal presente. Es bueno y licito en sí; sin él, no seríamos capaces de vibrar, nuestra alma se asemejaría a una tela ajada, inerte, y no podríamos reaccionar sensiblemente contra ningún mal, ni siquiera contra el pecado.

Pero este apetito que en sí mismo no es malo, fácilmente se transforma en desordenado y reprensible cuando se enfada uno por cosas que no lo merecen y por razones que no son buenas. Nace entonces en el alma un deseo de venganza. Cuando se nos contraría o hiere, padecemos, y porque padecemos guardamos en el fondo del corazón el secreto deseo de hacer lo mismo cuando nos llegue la vez.

Conviene así tener mucho cuidado, pues eso es lo peor que hay en la cólera, y no como contrario a la caridad para con el prójimo, a quien debemos querer bien, sino por serlo también muchas veces a la justicia. El terreno es resbaladizo; pues ese deseo de venganza plenamente consentido, salvo en el caso de parvedad de materia, podría convertirse en pecado mortal.

En un alma piadosa ese sordo deseo de venganza no es plenamente consentido, pero es inquietante desde un principio: y como una corriente profunda y semiinconsciente puede inspirar toda nuestra actividad sin que nos percatemos de ello.

De ahí esos alfilerazos, esas burlas, esas amables ocurrencias que tienen al final su gotita de amargura ¡Y con qué destreza se capta el momento favorable para herir, morder o pinchar! Pero no es bueno es esencialmente contrario a la virtud de mansedumbre y a la intimidad con Dios en sí mismo. Jamás un alma que guarda ese sentimiento -y ni siquiera hablo de un gran deseo de venganza, sino de ese deseo que está como escondido y que ni aún a sí mismo quiere uno confesarse-, jamás esa alma logrará la paz. Es ése un malestar espiritual muy doloroso y que impide la plena tranquilidad y el sosiego necesario para contemplar a Dios.

La segunda y más corriente forma de los defectos opuestos a la virtud de la mansedumbre es la impaciencia, el mal humor. Cuando nuestro juicio es contrario sentimos irritación, descontento, rabieta. Parece que nos arrancan algo de nosotros mismos, de nuestra alma: una preferencia, un gusto por una cosa secundaria que nos agradaba, una determinación que habíamos tomado ya..., sentimos la necesidad de demostrarlo por una manifestación exterior, y de ahí los encogimientos de hombros, la réplica viva, altiva, la mirada torva.

Entonces es cuando debe intervenir la virtud de la mansedumbre para paralizar el apetito irascible y para reaccionar como una fuerza contra otra fuerza, para impedir que salga al exterior lo que llevamos dentro de nosotros. Tenemos que callar. Ni una palabra. Ni siquiera una de esas frases que nos parecen tan oportunas, tan justas. No os expliquéis. Callaos. Si podéis hacerlo, hablad en un tono absolutamente moderado, totalmente amable. Pero si no sois capaces. callaos para sofocar, detener, comprimir esa erupción volcánica de la cual no sois dueños.

Para poder entregarnos a Dios en la vida contemplativa, tenemos que poseernos a nosotros mismos. Un alma que no haya sabido disciplinarse no podrá lograr la paz. Se tienen más o menos dificultades, según los temperamentos, pero es preciso que los movimientos tumultuosos sean dominados por largos y pacientes esfuerzos. De lo contrario, siempre está uno ocupado en enfadarse o en haberse enfadado.

Siempre está uno dedicado a rumiar en su mente las cosas dichas, por decir o que hubieran podido decirse, y la pobre alma no logrará salir de ahí. Es una madeja que no puede devanarse; apenas acabada, vuelve a empezar. Resulta imposible ocuparse de Dios durante ese tiempo. Todo el lapso de la oración transcurrirá en esta discusión interior con el que nos hirió. Y es una pena muy grande perder la propia oración.

Al final, nos diremos: «¿En qué he estado pensando? He sido desdichado, he sufrido y no he orado porque no he sabido dominar esta pasión, esta corriente subterránea que se lo ha llevado todo».

Despojo de la imaginación

(De "La vida oculta en Dios" por Robert de Langeac (1877-1947)

Un punto sobre el que hemos de insistir es la educación de la imaginación.

La imaginación es la zona en que confluyen las facultades superiores y las inferiores. Adueñarse de ella tiene así la mayor importancia. Pero no se consigue fácilmente... Paciencia, pues, y tiempo al tiempo.

No tenemos sobre la imaginación un poder despótico, sino político. Ganémosla por destreza. Presentémosle imágenes buenas y santas; dejémosla libre, si es necesario, vigilándola. Poco a poco, cuando las demás facultades hayan sido ganadas por Dios, formará al lado de ellas.

La regla general es el Age quod agis de los antiguos. Terminar con las discusiones inútiles sobre lo que acabamos de hacer, con las preocupaciones sobre lo que hemos de hacer más tarde. Lo que hemos de vigilar, regular y dominar es la imagen que está siempre al final de la acción lo mismo que estuvo en su origen.

Atengámonos únicamente a la imagen de lo que hacemos, pero sin precisarla más de cuanto sea menester. Que durante este tiempo el fondo del alma está unido muy suavemente a Dios. Insistamos mucho sobre este punto.

Multiplicar las imágenes es aumentar el desasosiego, dividir las fuerzas de la atención. Durante la acción, no tengamos en la imaginación más que una imagen; la de la cosa que hagamos. En la meditación, por otra parte, en lugar de combatir las distracciones, vale más que nos volvamos hacia Dios y vayamos derechos a Él por un movimiento vigoroso del alma.

Ocupad vuestro espíritu, pero en paz y con paciencia. No le deis a moler más que muy buen trigo. Que trabaje lentamente. Las lecturas inútiles no sirven más que para hacer girar la imaginación en el vacío. Pero los molinos no están hechos para girar, sino para moler. La conclusión es fácil de deducir.

Para ver mejor los «armónicos» de una idea principal y sus ideas afines, debilitad el sonido de aquélla. Y dedos: agrando, luego exagero.

No escuchéis el rumor que se forma en vuestra alma; eso es, por lo menos, perder el tiempo. Dejad más bien que la tierra siga girando. Procurad vivir a la manera de las almas desasidas. Uníos a Dios por lo más alto del alma. No esperéis a mañana para concluir vuestros trabajos de construcción. Hacedlo desde ahora mismo.

Vigilad mucho vuestras fuentes, vuestros puntos de partida, como se vigila un cruce de agujas o una cimentación. Pues sin eso, y ayudados por la lógica, podéis construir todo un edificio sobre la arena, sin punto de apoyo, en el aire. Y ya sabéis lo que sucede... A menos de que las conclusiones a las que lleguéis os adviertan por sí mismas que habéis equivocado el camino...

En el descanso, suprimid despiadadamente todo ensueño imaginativo en cuanto lo vislumbréis. Dad a Dios la fidelidad de no ocuparos más que de Él y Él os dará enseguida la Gracia, para hacer lo que sea preciso y para resolver los problemas pendientes.

Hay períodos en los que la «rueda de molino» es muy difícil de parar; es preciso saber soportar esas importunidades de la imaginación. No persigáis entonces a Dios, sino volved hacia Él suavemente las facultades superiores. Es lo más seguro e, incluso, lo más fácil.

Velar sobre la salud, la moderación en la marcha, en la escritura, etc., ayuda mucho. Pues en la pobre máquina humana todo se relaciona.

Importa mucho evitar todo lo que agita, inquieta y turba. ¿Sobre quién descansará mi Espíritu sino sobre el humilde y el pacífico? ¡Tenemos tanta necesidad del Espíritu Santo!

Acordaos de que la imaginación es tanto más de temer y de vigilar cuanto que no siempre se equívoca necesariamente.

Ansias de Dios

Pensamiento de Robert de Langeac (1877-1947)
El alma quiere a Dios a toda costa.
Si hay que abandonarlo todo, lo abandonará todo;
si perderlo todo, lo perderá todo.
Dejará su manto, que después de todo no es de ella, en las manos de quienes quieran detenerla.
Renunciará sin dolor a sus maneras propias de sentir, de pensar y de querer,
como a un equipaje pesado y molesto.
No pedirá ningún goce a nada.
No pensará ya en ninguna cosa del mundo.
No volverá a utilizar las ideas, sin duda justas, pero deficientísimas, que se hacía de su Dios.
Se contentará con la fe.
Y ya no querrá aquí abajo nada más,

Ir a Dios sin temor

Pensamiento de Robert de Langeac (1877-1947)
Lo que me parece que constituye un obstáculo para encontrar a Dios es el temor.
Por humildad, por timidez, tenemos miedo de Dios.
No vemos en Él más que la Grandeza infinita, la Omnipotencia, la Majestad,
y solemos olvidar la Bondad, la Misericordia, la infinita condescendencia
de ese Dios que se hizo hombre por amor a nosotros.
Él dijo "venid todos a mi", y tenemos que ir a Él.