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Bautismo: La fiesta de graduación del Señor


El Bautismo del Señor marca el fin de la etapa de preparación del Señor para iniciar la ejecución de su misión. Es como si fuera la conclusión completa de los estudios básicos esenciales, incluyendo los tiempos de pasantía con que un esforzado estudiante obtiene el visto bueno que lo certifica de que está hábil para ejercer aquello que por un largo tiempo le ha tomado el esfuerzo, dedicación y preparación.

Jesús vivió con intensidad cada etapa de su vida y esperaba con ansias que llegara la siguiente. Recordemos que siendo todavía un niño, al ser encontrado en el Templo luego de estar desaparecido por unos días le responde a María y José: "¿No saben que debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?" ; y ya prácticamente camino a la consumación de su misión en Jerusalén dice a sus discípulos: "Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo". Es decir deseaba con ansiedad que cada fase de su misión iniciara y transcurriera para lograr prontamente el encargo que el Padre le había asignado.

En ese sentido, su Bautismo es la fiesta de graduación; es el culmen de la preparación para el lanzamiento de la ejecución del trabajo de campo, del ejercicio del oficio para el cual se había estado preparando.

Está presente en esa fiesta el padrino de la graduación, que es a la vez el maestro de ceremonias: Juan el Bautista. Ha esperado presenciar este momento y considera que el graduando está tan preparado que los papeles entre ellos en el acto están invertidos en cuanto a quién bautiza a quién. Su ritual es de conversión y dirigido a los pecadores; y en este caso es aplicado a quien no ha pecado ni necesita ser convertido, considera. Tiene que ser así, le dice con humildad el que está siendo investido.

Simultáneamente con el sello característico de la graduación que le imprime la manifestación del Espíritu Santo, el Supremo Rector del magno evento pronuncia las palabras solemnes: "Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto", manifestando con ellas la esencia, grandeza e importancia del acontecimiento, y autorizando con ellas la puesta en práctica de las funciones que ese acto estaba confiriendo al investido con máximos e inigualables honores.

Para beneficio nuestro, las especializaciones, a modo de post grados obtenidos de forma autodidacta, y sus correspondientes graduaciones ocurrirían después, en sus momentos oportunos: en la cruz y en la resurrección; ambas fueron todavía más majestuosas que la que hemos comentado hoy, ya que eran su necesario complemento en el designio universal de salvación dispuesto por Dios.

Mateo 3,13-17: El Bautismo de Jesús


En aquel tiempo, fue Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.

Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole:
-Soy yo el que necesita que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?
Jesús le contestó:
-Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere.
Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo, que decía:
-Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto.
REFLEXIÓN (de "Jesús de Nazaret" por Joseph Ratzinger - Benedicto XVI):

Los cuatro Evangelios indican, aunque de formas diversas, que al salir Jesús de las aguas el cielo se «rasgó» (Mc), se «abrió» (Mt y Lc), que el espíritu bajó sobre Él «como una paloma» y que se oyó una voz del cielo que, según Marcos y Lucas, se dirige a Jesús: «Tú eres...», y según Mateo, dijo de él: «Éste es mi hijo, el amado, mi predilecto».

La imagen de la paloma puede recordar al Espíritu que aleteaba sobre las aguas del que habla el relato de la creación; mediante la partícula «como» (como una paloma) ésta funciona como «imagen de lo que en sustancia no se puede describir.» (Gnilka, I, p. 78).

Por lo que se refiere a la «voz», la volveremos a encontrar con ocasión de la transfiguración de Jesús, cuando se añade sin embargo el imperativo: «Escuchadle». En su momento trataré sobre el significado de estas palabras con más detalle.

Aquí deseo sólo subrayar brevemente tres aspectos. En primer lugar, la imagen del cielo que se abre: sobre Jesús el cielo está abierto. Su comunión con la voluntad del Padre, la «toda justicia» que cumple, abre el cielo, que por su propia esencia es precisamente allí donde se cumple la voluntad de Dios. A ello se añade la proclamación por parte de Dios, el Padre, de la misión de Cristo, pero que no supone un hacer, sino su ser: Él es el Hijo predilecto, sobre el cual descansa el beneplácito de Dios.

Finalmente, quisiera señalar que aquí encontramos, junto con el Hijo, también al Padre y al Espíritu Santo: se preanuncia el misterio del Dios trino, que naturalmente sólo se puede manifestar en profundidad en el transcurso del camino completo de Jesús.

En este sentido, se perfila un arco que enlaza este comienzo del camino de Jesús con las palabras con las que el Resucitado enviará a sus discípulos a recorrer el «mundo»: «Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19).

El bautismo que desde entonces administran los discípulos de Jesús es el ingreso en el bautismo de Jesús, el ingreso en la realidad que El ha anticipado con su bautismo. Así se llega a ser cristiano.

Una amplia corriente de la teología liberal ha interpretado el bautismo de Jesús como una experiencia vocacional: Jesús, que hasta entonces había llevado una vida del todo normal en la provincia de Galilea, habría tenido una experiencia estremecedora; en ella habría tomado conciencia de una relación especial con Dios y de su misión religiosa, conciencia madurada sobre la base de las expectativas entonces reinantes en Israel, a las que Juan había dado una nueva forma, y a causa también de la conmoción personal provocada en El por el acontecimiento del bautismo.

Pero nada de esto se encuentra en los textos. Por mucha erudición con que se quiera presentar esta tesis, corresponde más al género de las novelas sobre Jesús que a la verdadera interpretación de los textos. Éstos no nos permiten mirar la intimidad de Jesús. Él está por encima de nuestras psicologías.

Pero nos dejan apreciar en qué relación está Jesús con «Moisés y los Profetas»; nos dejan conocer la íntima unidad de su camino desde el primer momento de su vida hasta la cruz y la resurrección. Jesús no aparece como un hombre genial con sus emociones, sus fracasos y sus éxitos, con lo que, como personaje de una época pasada, quedaría a una distancia insalvable de nosotros.

Se presenta ante nosotros más bien como «el Hijo predilecto», que si por un lado es totalmente Otro, precisamente por ello puede ser contemporáneo de todos nosotros, «más interior en cada uno de nosotros que lo más íntimo nuestro».

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Mateo 3,13-17: El Bautismo del Señor


En aquel tiempo, fue Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole:

-Soy yo el que necesita que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?

Jesús le contestó:

-Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere.

Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo, que decía:

-Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto.

REFLEXIÓN:

Con la Solemnidad del Bautismo del Señor llegamos al final del tiempo de Navidad. Con el Adviento, la Navidad, y la Epifanía, ciertamente hemos estado celebrando un período especial en el que conmemoramos y actualizamos esos acontecimientos trascendentes que marcaron la encarnación del Hijo de Dios, su manifestación al mundo, y la necesaria preparación previa a estos hechos, y que constituyen la primera parte del plan redentor de Dios.

Terminado este ciclo, habremos de empezar el tiempo del testimonio, el tiempo ordinario, donde viviremos los hechos de Jesús en el desempeño para alcanzar su objetivo de anunciar la Buena Noticia del Evangelio, acompañando ese anuncio con signos que habrán de confirmar su identidad mesiánica.

Este tiempo de Navidad que estamos concluyendo debe haber contribuido a nuestra conversión, meditando sobre el gran amor de Dios por nosotros, que ante el aparente fracaso de su plan original en que crea al hombre a su imagen y semejanza y éste luego cae victima del pecado, decide anonadarse y hacerse él como hombre, para acompañarnos en nuestras debilidades y ayudarnos a vencerlas. Ese es el misterio de la encarnación del Hijo de Dios que hemos estado celebrando, y que debe siempre estar presente en nuestro caminar y ayudarnos a alcanzar una conversión plena; nunca es tarde y todavía estamos a tiempo.

El Bautismo de Jesús señala el inicio público de la misión del Señor. Juan, que estaba anunciando la inminente aparición del Mesías, y llevando a cabo un bautismo de conversión como preparación para esa llegada, recibe la visita de Jesús para ser bautizado. Juan, que ya conoce la mesianidad de Jesús, en principio se muestra renuente, considerándose indigno de bautizar al Señor; pero éste lo convence de cumplir la voluntad del Padre.

Es entonces que se produce una manifestación trinitaria: el Espíritu Santo, en forma de paloma, desciende sobre el Hijo, y el Padre se expresa audíblemente diciendo: "Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto". Ha comenzado la segunda parte del plan de redención!

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