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Amar: Oración del adolescente

(De "Oraciones Para rezar por la calle" por Michel Quoist)

La adolescencia no es «la edad del pavo». Es la edad estupenda en que Dios, fiel a las leyes de su naturaleza, hace brotar en el cuerpo y en el corazón del joven una profunda inclinación hacia otro ser, hacia otro corazón.

Feliz el que tiene quien sepa decírselo; padres que le amen lo suficiente para no retenerlo egoístamente para ellos solitos, y lo bastante para encaminar su mirada hacia la Ruta nueva y clara en que un día encontrará a ese ser que le espera.

Feliz el que tenga un amigo, un hermano que le ayude a salir de sí mismo para darse a los demás.

Feliz, porque gracias a ellos no se convertirá en esclavo de sí mismo, incapaz de amar.

Sabemos que hemos sido trasladados de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte... En esto hemos conocido el amor: en que Él dio su vida por nosotros; y nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos (Jn 3,14.16).

Queridos míos, amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios... El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor (1 Jn 4,7-8).

Quisiera amar, Señor,
necesito amar,
todo mi ser no es ya más que un deseo:
mi corazón,
mi cuerpo
se alargan en la noche hacia un desconocido a quien ya amo
y braceo en el aire sin encontrar el alma que abrazar.
Estoy solo y quisiera «ser dos»,
hablo y no hay nadie que escuche
vivo y vivo, y nadie saca jugo a mi vida.
¿Para qué ser tan rico si no enriquezco a nadie?
¿Y de dónde viene este amor?
¿A dónde va?

Quisiera amar, Señor,
necesito amar.
He aquí, Señor, en esta noche, todo mi amor estéril.

Escucha, pequeño.
Párate un momento
y haz silenciosamente un largo viaje hasta lo más profundo de tu corazón.
Avanza a lo largo de tu amor recién hecho,
como a contracorriente del río hasta encontrar su fuente.
Y, al principio y al fondo del infinito misterio de tu amor inquieto, me encontrarás a Mí.
Pues Yo me llamo Amor
y soy Amor, ya desde siempre,
y el Amor está en ti.

Soy yo quien te hizo para amar,
para amar eternamente:
y tu amor pasará a «otra-tú-mismo».
Es a ella a quien buscas
ella está en tu camino
en tu camino desde siempre
sobre el camino de mi amor.

Ahora es preciso esperar su llegada:
ella se acerca,
tú te acercas,
y os reconocéis.
Pues yo hice su cuerpo para ti y el tuyo para ella,
yo hice tu corazón cara a ella y el suyo para el tuyo,
y por eso os buscáis en la noche,
en mi noche, que se hará luz si confiáis en Mí.

Resérvate para ella, amigo mío
como ella se reserva para ti.
Yo os guardaré al uno para el otro.

Y, mientras, como tú tienes hambre de amor,
he ido poniendo en tu camino a todos tus hermanos para que vayas amando.
Créeme, el amor necesita un largo entrenamiento,
y no hay diversas clases de amor, sino una sola:
Amar es olvidarse de sí mismo para ir hacia los demás.

Señor, ayúdame a olvidarme de mí por mis hermanos los hombres
para que, siempre dándome, aprenda a amar.