Lucas 7,1-10: No soy digno de que entres en mi casa


En aquel tiempo, cuando terminó Jesús de hablar a la gente, entró en Cafarnaún. Un centurión tenía enfermo,
a punto de morir, a un criado a quien estimaba mucho. Al oír hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos para rogarle que fuera a curar a su criado. Ellos, presentándose a Jesús, le rogaban encarecidamente:
-Merece que se lo concedas, porque tiene afecto a nuestro pueblo y nos ha construido la sinagoga.
Jesús se fue con ellos. No estaba lejos de la casa, cuando el centurión le envió unos amigos a decirle:
-Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo; por eso tampoco me creí digno de venir personalmente. Dilo de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes, y le digo a uno: «ve», y va; al otro: «ven», y viene; y a mi criado: «haz esto», y lo hace.
Al oír esto, Jesús se admiró de él, y, volviéndose a la gente que lo seguía, dijo:
-Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe.
Y al volver a casa, los enviados encontraron al siervo sano.

REFLEXIÓN (de "Enarraciones sobre los Salmos" de san Agustín de Hipona):

Los príncipes de los pueblos se aliaron con el Dios de Abrahán (Sal 46,10). A esos príncipes pertenecía el centurión del que oísteis hablar ahora cuando se leyó el evangelio. En cuanto centurión era un hombre constituido en honor y potestad entre los hombres, era un príncipe entre los príncipes de los pueblos. Yendo Cristo hacia él, mejor yendo de paso Cristo, el centurión le envió unos amigos para rogarle que curase a su pequeño, gravemente enfermo. El mismo Señor quiso ir personalmente, pero él mando a decirle: No soy digno de que entres bajo mi techo, pero di una sola palabra y mi niño quedará sano. Pues también yo soy un hombre subordinado, pero tengo soldados bajo mi mando.

Ved cómo respetó el orden; primero recordó que estaba bajo la autoridad de otro y luego que tenía a otros bajo la suya. Soy súbdito y superior; estoy bajo alguien y tengo a otros bajo mí. Y digo a uno: «Vete» y va; a otro: «Ven» y viene; y a mi siervo: «Haz esto» y lo hace. Como si dijera: «Si yo que estoy subordinado doy órdenes a quienes están bajo mi poder, tú que no estás sometido a nadie ¿no puedes darlas a tu criatura, siendo así que todo ha sido hecho por ti y sin ti nada se ha hecho? Di, pues, una palabra y mi niño quedará sano».

No soy digno de que entres en mi casa. Le llenó de espanto el que Cristo pudiese entrar dentro de los muros de su casa y, sin embargo, ya le tenía morando en su corazón. Su alma era ya su residencia, ya reposaba en ella quien iba en busca de los humildes. Acto seguido, volviéndose Cristo, se quedó maravillado y dijo a quienes le seguían: «En verdad os digo, no he hallado fe tan grande en Israel». Según el relato de otro evangelista que narra la misma escena, el Señor continuó: Por eso os digo que vendrán muchos de oriente y de occidente y se sentarán a la mesa en el reino de los cielos con Abrahán, Isaac y Jacob.

El centurión mencionado no pertenecía al pueblo de Israel. En efecto, dentro del pueblo de Israel, los soberbios alejaban de sí a Dios; en cambio, entre los príncipes de los pueblos se halló la persona humilde que le invitó a sí. Jesús, al admirar la fe de éste, condena la infidelidad de los judíos. Se creían sanos, a pesar de que su enfermedad era tanto más peligrosa cuanto que, por no reconocerlo, daban muerte al médico. ¿Qué dijo al condenar y reprobar su soberbia? Por eso os digo que vendrán muchos de oriente y de occidente, que no pertenecen a la estirpe de Israel; vendrán muchos de aquellos a quienes se dijo: Pueblos todos, batid palmas, y se sentarán a la mesa en el reino de los cielos con Abrahán.

Aunque Abrahán no los engendró de su carne, vendrán y se sentarán con él en la mesa en el reino de los cielos y serán hijos suyos. ¿Cómo hijos suyos? No porque hayan nacido de su carne, sino porque han imitado su fe. En cambio, los hijos del reino, es decir los judíos, irán a las tinieblas exteriores. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. Los que nacieron de la carne de Abrahán serán condenados a las tinieblas exteriores, en cambio los que imitaron su fe se sentarán a la mesa con él en el reino de los cielos. Con razón, pues, también aquí los príncipes de los pueblos se aliaron con el Dios de Abrahán.