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El dogma en la fe y en la Iglesia

(De "Vida de la fe" por Romano Guardini)

La Iglesia cree, y al principio le sucede igual que a aquél que vive sin darse cuenta, que actúa sin tener exacta conciencia de ello, pero que, si encuentra un obstáculo o un peligro, sí adquiere conciencia de lo que hace y su actitud cambia; reflexiona y se siente responsable. Igual sucede aquí. La Iglesia cree, sin darse cuenta de toda la riqueza contenida en su creencia. Vive sencillamente en el mundo de la fe, como la gente vive en el mundo de las cosas; vive con simplicidad en la historia de su fe, como el pueblo en el curso de su existencia natural.

Pero he aquí que si al contacto de una tendencia en auge, o con motivo de crisis en las creencias religiosas de ciertos individuos o de ciertos grupos, se suscita un problema —por ejemplo, el de las relaciones entre la gracia y la capacidad del hombre, o el del esencial misterio de la Eucaristía—, entonces hace lo que todo ser viviente que se siente en peligro: se refugia en sí y separa el verdadero sentido de las convicciones de la fe y los falsos postulados. Para hacer esto, puede presentar la doctrina con mayor precisión y fijada en una definición solemne, tal como los símbolos de la fe, que eran lo primero que se recitaba en el bautismo de los neófitos; o puede, asimismo, con lógica incisiva, establecer el distingo entre la verdad y el error, y entonces es ya el dogma propiamente dicho, la lex credendi, la regla de fe.

El «dogma» significa que la fe de la Iglesia adquiere una conciencia aguda de sí misma; que se separa de una concepción falsa y se fija a sí misma un significado preciso. El dogma no es, pues, otra cosa que la Iglesia misma creyente en el momento en que protege la vida de su fe, con claridad y rigor extremos.

Los dogmas persiguen siempre la siguiente finalidad: preservar en su interior el misterio de la Revelación. Lo que viene del Dios santo -incomprensible, Maestro de toda verdad, independiente del mundo no puede ser captado por el simple espíritu humano. Este misterio no sólo es inaccesible para el hombre, sino que saca al hombre de su presunción y le demuestra su desvío. En el fondo, todo error dogmático se yergue contra el misterio. En un sentido o en otro, procura, partiendo de uno u otro punto, resolver el misterio. Eso no aparece de inmediato.

Siempre las herejías son difundidas por hombres muy religiosos; los indiferentes no inventan herejías. Los herejes son hombres que quieren el bien. Ven más a fondo que la generalidad; hacen resaltar lo que ha sido descuidado; luchan contra un debilitamiento de la vida cristiana o contra un abuso; son hombres serios y entusiastas. Por eso a menudo nos sentimos inclinados a simpatizar con ellos, de la misma manera que nos tienta el deseo de atacar a la autoridad que se les enfrenta, tanto más cuanto que los representantes de ésta frecuentemente no son las personalidades de mayor valía y que en la lucha contra el error las peores debilidades humanas se ponen en evidencia. Por algo la palabra «ortodoxia» puede tener una resonancia tan penosa. Pero eso no impide que sea cierto lo que antes hemos sostenido, y la consecuencia final de la herejía., aun de la que se propaga con las mejores intenciones del mundo y que se apoya en las más nobles cualidades humanas, es, en definitiva, destruir el santo misterio y, por tanto, anular la fe.

La Revelación significa que la palabra de Dios. penetra en el ser humano; supera, por consiguiente, su espíritu. Ahora bien, esa trascendencia es la base de su salvación, e importa que el misterio sea preservado. Las herejías parten siempre de consideraciones particulares: de una idea, una actitud, una tendencia de una época dada; yeso a pesar de los pensamientos más profundos, de la crítica más sincera, de los más animosos impulsos. Finalmente, cuando las ideas y las actividades se han abierto camino, se comprueba que la estructura misteriosa de la verdad de la fe ha sido dislocada.

Es a eso a lo que se opone el dogma. Se dice a menudo: los dogmas son proposiciones racionales, traducción en conceptos de aquello que debe permanecer viviente. El que así habla no los ha comprendido. Ciertamente que los dogmas contienen conceptos y proposiciones abstractas; pero si miramos más de cerca y observamos cómo han sido. formuladas esas proposiciones y articulados esos diferentes conceptos, veremos que todo gira, para proteger al misterio, alrededor de éste. El dogma es un cerco firme e insalvable que protege la fuente, la profundidad, la vida.

El dogma se yergue frente al individuo. Es aquí donde la oposición de la Iglesia, de la cual hemos hablado, puede mostrar su arista más dura con respecto a ciertos individuos. Una de dos: o bien el creyente reconoce que la Iglesia es aquí la encargada de hablar, y Cristo en ella, y que aquél que escucha a la Iglesia escucha a Cristo, y comprende y admite que cada creyente «debe perderse para encontrarse», o bien lo rechaza todo. La fe individual rompe entonces con la comunidad, no solamente con la comunidad de un círculo determinado o de un grupo, de un movimiento, sino con la totalidad viviente de la Iglesia, y se torna realmente fe individual en el sentido despectivo de la palabra: fe particulatista, herejía.

Pero si aquél que se ve colocado ante la decisión reconoce que se trata de una prueba, si acepta lo que se le presenta, si es capaz de hacer con sinceridad el sacrificio, a menudo muy penoso, de olvidar su opinión personal ante el dogma, persuadido de que en el dogma es Cristo mismo quien habla en la voz de su Iglesia, entonces el dogma penetra en él. Penetra en él y formará parte integrante de su propia personalidad, a pesar de todas las cosas que le chocaban al principio exteriormente, con la dureza de roca de la que la Iglesia puede hacer gala en los momentos de lucha, unidas a todas las debilidades humanas, a la estrechez de espíritu, al despotismo, a la violencia, a la obstinación de los seres que quieren tener razón y triunfar, y a tantas cosas corrientes en circunstancias análogas. El dogma se convierte para él en espacio, orden, fuerza. Desde ese momento es el dogma el que determina su vida en todas sus dimensiones. Como un apoyo, lo sostiene y lo ilumina; es como el suelo donde se afirma, como su estructura viviente, y guía sus pasos en el mundo.

Ese choque con el dogma puede tener algo de humillante. El juicio y el sentimiento individual pueden oponerse de la manera más violenta a la «regla de fe» y a la forma humana en que se la propone; pero es difícil encontrar una. experiencia que sea de una fuerza tan serena e inquebrantable como aquélla en la. cual el creyente se apoya con el dogma y, fuerte en el dogma, afronta al mundo.

A menudo se ha opuesto la fe, facultad de intuición inmediata, capacidad combativa y creadora, al dogma, al cual se le reprocha enfriar y destruir la vida cristiana. Tal cosa puede acontecer, y o bien ya ha acontecido, y la fe viviente ha perecido, o bien no ha logrado identificarse con el elemento dogmático y ha continuado su propio camino. Por eso, todos los que representan al dogma tienen una responsabilidad tan grande. Pero la separación radical y la decisión del dogma se imponen. Lo exige la existencia histórica de la Iglesia, que pasa sin cesar de la espontaneidad inmediata a la toma de posesión de la conciencia y a la responsabilidad que de ello se desprende. Y la vida del individuo lo exige igualmente: pues por hermosa que sea la espontaneidad inmediata de la vida, llegará necesariamente el día en que haya de mantenerse firme, elegir, tomar partido.

La fe comporta también madurez, carácter, gravedad. Bien comprendido y bien vivido, el dogma significa realmente el carácter en la fe. Al encontrarse con el dogma, la fe . espontánea y viviente puede sufrir una crisis; hay que resignarse a ese hecho inevitable. Pero si la fe sale victoriosa, si asimila el dogma, entonces adquiere un espíritu de decisión y una conciencia de su responsabilidad, de su alcance, que son de una importancia irreemplazable. No será preciso que pierda su fuerza viviente, pues ha podrá menos de ganar con la seriedad y los sufrimientos de la discusión.

Es así como se extiende y madura la fe, hasta que, poco a poco, el dogma penetra en la existencia y en la actitud del creyente. Penetra hasta el punto que, salvo en determinados momentos de advertencias y de peligro, obra sobre la existencia del creyente, no ya tan sólo como una orientación y una regla de conciencia, sino como un guía que lo conduce por el camino de una libertad magnífica.